Título: La pieza faltante
Claim: Johan Andersen/Yuuki Juudai, implícito soulshipping y bridgeshipping.
Notas: Post-series. Situado en la siguiente reencarnación de Juudai.
Rating: T
Género: Romance/Angst
Tabla de retos: Misteriosa
Tema: 04. Posesión


Era él. Era él. Esas palabras se repetían una y otra vez en su cabeza, como un cántico o un hechizo, impulsando sus movimientos frenéticos por la habitación, guardar un objeto de aquí, tomar otro de allá, observar por la ventana la luz del día que comenzaba a colarse. Era él.

El fenómeno no se había repetido, pero según lo relatado por las bestias gema, Juudai y presumiblemente también Yubel se habían presentado en su habitación al menos diez noches atrás, para observarlo (para cuidarme) pero nada más. Era él y no se había acercado, era él y no había vuelto a su lado, pese a que ahora estaba totalmente seguro de que sabía que lo perseguía, por mar y tierra, entre sueños y fantasías. Quizás no había vuelto porque sabía también de su engaño, de que se envolía en las mantas y cerraba fuertemente los ojos en espera de su regreso, en espera de escuchar el sonido de la ventana al abrirse, crujiendo por la falta de mantenimiento, dejando entrar luz y sombras. No era muy buen actor después de todo, quizás sus movimientos nerviosos lo delataban, sus párpados temblorosos, alertas, las manos fuertemente cerradas sobre las mantas, el disfraz antinatural del sueño.

—No sé por qué no quiere verme —musitó Johan mientras hacía una pausa, con una camisa entre las manos, que iría pronto a parar al desarreglado interior de la maleta que estaba haciendo, tan vieja y tan cargada de recuerdos como él—. Pero sé que está cerca y si no quiere verme, tendré que ir hacia él —no quería detenerse a cuestionar el por qué, no importaba. Si Juudai había ido a verlo (y podía imaginarse el tacto fantasmal de sus dedos sobre su rostro) ésa era toda señal que necesitaba.

—¿A dónde vamos, Johan? —inquirió Cobalt Eagle, que lo seguía por todo el lugar, en una curiosa representación de una luna alada orbitando alrededor de su cabeza y lanzando preguntas por doquier.

—No sé, no estoy seguro —admitió, pero en su mejilla, en su rostro, el tacto efímero aún ardía, como brasas al rojo vivo, pulsando al ritmo de otro corazón, una brújula, un camino—. Tenemos que ir al norte. Ha habido un extraño incidente y estoy seguro de que Juudai estará allí tarde o temprano, quizás para cuando lleguemos se haya terminado, pero las personas sabrán decirme a dónde fue, dónde está. Nunca hemos estado más cerca.

Era su primera pista verdadera desde que había salido de Alemania, alejándose de Munich hasta llegar a Italia, Venecia y ahora Roma, donde se desarrollaba el incidente del que hablaban todos los periódicos: niños desaparecidos de sus casas, pequeños, no más de 6 años, que sólo hablaban de la luz. Aunque los medios lo habían tomado como un caso a gran escala de tráfico de personas, Johan intuía con ese extraño sexto sentido que comenzaba a crecer en su interior, que el objetivo era muy diferente y que los niños estaban a salvo, o todo lo a salvo posible considerando que los querían como sirvientes del señor de la Luz.

—Quieren niños para enseñarlos a ser fieles desde pequeños, para que no se cuestionen como en otros lugares y otras sectas, el propósito de su sociedad —Johan había deducido ésto mientras observaba las fotografías de los niños en la televisión, rostros amables y agraciados, de todas las clases sociales, razas y lugares, pero con un elemento en común: sus padres estaban involucrados de algún modo en el duelo de monstruos, ya fuese trabajando en una compañía importante, diseñando o teniendo duelos en las ligas profesionales—. No sé cómo explicarlo, pero estoy seguro de que es verdad. Tenemos que marcharnos, creo que entre más cerca estemos del lugar del incidente, más fácil será que lo encontremos.

Había sido todo un lío con el hospital en el que trabajaba, darlo de baja tan inesperadamente golpeaba con dureza a los pacientes, que se quedaban sin unas manos menos que los ayudaran, alguien que trasnochara, como muchos otros, para esperar por emergencias una vez a la semana, una palabra amable y cuidados eficaces. Todavía rezumbaban en su mente como abejas las palabras de despedida, de reproche y de agradecimiento de todos cuando les informó de su decisión, apenas el día siguiente a que Juudai apareciera y se marchara envuelto en la noche, siguiendo sin duda su viaje hacia Roma.

Y ahora se marchaba, tras diez días de haber puesto sus cosas en orden, juntado el poco dinero que tenía y llenado su maleta de esperanzas, en el día de su vigésimo quinto cumpleaños, el día en que, en su vida anterior, la de Juudai se cortó y sus caminos se separaron. Sin duda no había situación más propicia, no podía dejar de pensarlo y de repetírselo mientras salía del edificio que había ocupado durante casi tres meses, con las Bestias Gema ocultas en su deck; no podía dejar de recitarlo como si fuera un cántico o un hechizo, ni siquiera cuando abordó el autobús que lo llevaría hacia la capital romana, hacia la vieja civilización. Pero sus palabras se detuvieron nada más puso un pie sobre la superficie pavimentada, las calles llenas de turistas, los edificios de estilo clásico, se detuvo a causa del sentimiento apremiante que lo envolvió, como un latido inmenso, el único, el de la tierra.

Echó a correr con la brújula mágica de su presentimiento entre las calles, derecha, izquierda, una fuente, una cafetería y de nuevo derecha, sin que ninguna decoración cambiase, salvo el estilo de los edificios, que cercaban el perímetro de un parque, permitiendo de este modo que sus habitantes, los huéspedes que se alojaban en dichos hoteles, observaran la magnífica vista de la fuente en el centro y la vegetación alrededor.

Juudai estaba ahí, lo reconoció inmediatamente se detuvo en la esquina de una de las calles, pero no dio seña alguna de reconocer su presencia, parecía totalmente absorto en sus pensamientos, con los ojos cerrados y las manos en los bolsillos, como si tratara de localizar algo. Yubel no estaba allí tampoco, pero Johan no se dio cuenta de ello, ni de lo curioso del momento, un cliché de lo sucedido nueve años atrás, cuando Juudai lo encontró en Alemania, jugando fútbol y alzó la mano para llamarlo, justo como él.

—¡Juudai!

Sus ojos castaños se encontraron con los suyos durante un ínfimo momento y la brújula en el interior de Johan pareció apagarse, justo en el tiempo menos oportuno, pues nada más verlo, Juudai echó a correr.