Disclaimer: Personajes de Stephanie Meyer.


El sol brillaba a su máximo esplendor en las calles de Volterra, iluminando todo a su alrededor, dejando entrever las diferentes personas que comenzaban a pasear, a caminar, a manejar en aquella ciudad, era un nuevo día, un día de esperanza, cómo siempre que el sol se encontraba en el cielo, brillando.

Varios humanas y humanos caminaban por las calles, unos dirigiéndose a su trabajo, otros paseando y otros muy seguramente en busca de su hogar, ya que eran en aquellos momentos cuando llegaban a su casa.

Mujeres, hombres, jóvenes, muchachos, muchachas, niñas, niños… ignorantes. Todas aquellas personas eran ignorantes del mal que reinaba en su ciudad, en su país, en su mundo, eran ignorantes de que muy seguramente su muerte sería temprana, de que quizás algunos de ellos fuera elegido para convertirse en inmortal.

Humanos ignorantes, débiles, estúpidos, frágiles y… deliciosos.

Caius mantenía su mirada fija en la ventana, observando, meditando, pensando en aquellas cosas, mientras veía a unos cuantos niños ir corriendo muy seguramente a la escuela, ya que una mujer salía tras ellos, empujándolos, apurándolos… irían tarde de seguro.

Los despreciabas, odiaba a aquellos inservibles humanos, deseaba matarlos, asesinarlos, exterminarlos, sin embargo eso no se podía, no podían acabarse los humanos o de lo contrario ¿De qué vivirían ellos? Pese a que los odiaba, sabía muy bien que los necesitaba, para alimentarse, para mantenerse fuerte.

— Desgraciados humanos…—masculló con rencor el vampiro mientras se retiraba de la ventana.

Se sentó en el borde de la cama, era extraño, demasiado, ni siquiera sabía para qué carajo tenía una cama, se suponía que era un vampiro y definitivamente él no dormía, todo aquello era culpa de Aro, su hermano y sus "excelentes" ideas.

Suspiró con cansancio. Aquél día comenzaría su tortura, tendría que vigilar a la maldita humana, soportar su olor y además no realizarle ningún rasguño, maldito Aro, lo odiaba sólo por ponerlo de niñero.

— ¿Qué te sucede Caius? —cuestionó una voz femenina a sus espaldas.

Se trataba de Athenodora, Caius lo sabía, reconocería la voz de su mujer en cualquier lugar.

Su cabeza giró lentamente y allí se encontraba tan hermosa como siempre, y sin embargo detrás de aquella hermosura exterior, en su interior era un alma corrupta, vil, sanguinaria, quizás aún más sanguinaria que él mismo.

— Nada Athenodora, no me ocurre nada. —acotó.

No quería hablar del tema de la humana con nadie, mucho menos con su esposa, siempre había sido demasiado cerrado, pese a que Athenodora le conocía a la perfección.

— Es por la humana… ¿Cierto?—cuestionó la vampira con cuidado.

Conocía el carácter del Vulturi, así que quizás lo mejor era prevenir para no lamentar después.

— No te incumbe.-acotó el vampiro con frialdad.

Se levantó del lugar en donde se encontraba y salió de aquella habitación, aquello no le era de importancia a la vampira, mejor dicho no debía importarle, sólo a él, a él y al maldito de su hermano Aro.

Bufó, bufó mientras se dirigía hacia el lugar en donde se encontraba la prisionera, a partir de aquél día comenzaba su labor, y aunque odiase tener que hacerlo, lo haría sólo por conservar unos años más a su esposa, y por evitarse la fatiga de tener que buscar otra nueva.

— Lárguense…-acotó al adentrarse al lugar.

Se estaba dirigiendo a los vampiros que allí se encontraban, custodiando a la prisionera, si Aro pretendía que cuidara a la prisionera lo haría él solo. Nadie más estaría allí, además así no tendría testigos.

Sus pasos se dirigieron hacía una puerta colocada a su izquierda, era allí donde estaba la humana, podía sentirlo, podía olerlo.

La abrió, abrió la puerta y ésta resonó de manera chirriante, declarando que alguien se adentraba a aquél lugar oscuro, húmedo y… tenebroso.

Lamentaba en aquél momento no poseer ningún poder, quizás así pudiera percatarse de si en verdad aquella humana era invulnerable a los poderes vampíricos, y es que no lo creía, no a pesar de que lo había visto con sus propios ojos.

— Maldita humana…— comentó Caius mientras sentía el delicioso aroma, aquél que provenía de la sangre de la chica frente a sí.

Delicioso, era un olor terriblemente delicioso. Sus manos estaban rígidas y formaron un puño, se estaba conteniendo, conteniendo para no asesinarla, para no enfrentarse con Aro, para conservar a Athenodora.

Sabía que si seguía allí terminaría matando, asesinando y clavando sus colmillos en el cuello de la frágil y débil humana.

Salió, salió de aquél lugar, dejando tras de sí, el cuerpo débil, inconsciente y frágil de la humana, llamada Isabella.