Unos maldecirán mil veces su suerte, el ser bestias en lugar de hombres, monstruos sin alma que hubieran preferido la vida eterna en el paraíso en lugar de seguir en el infierno terrenal de la tierra.

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Julia se dejó caer de rodillas, pero no por agotamiento, sino por incertidumbre. Había corrido por tres días enteros, sin atreverse a mirar atrás, ignorando la sed que le quemaba la garganta desde hacía tres meses, todo por miedo de que si se detenía Fernando la atrapara y matara, como había hecho con los demás.

Sollozos salieron de su garganta, y aunque llovía en el cielo, ya no podría llover en su rostro. Un ligero temblor recorría la tierra. Increíble, había estado tratando de aguantar las lágrimas durante esos horribles tres meses, solo por orgullo. Le habían enseñado que llorar frente a otros era impropio, y ahora que por fin estaba sola ya no podía.

— ¿Por qué?

Recordó su vida pasada, cuando el mundo era alegre y la vida fácil, cuando su única preocupación era que vestido con vuelo y encaje ponerse para el baile. De una mordida Fernando le había quitado todo: su riqueza, su alegría, su libertad, sus sueños, su vida. Ella no debía haber pasado por ello, no, debía de haberse casado con un pretendiente igual de rico que ella, tener siete hijos, ser respetada por todos, vivir una vida piadosa para luego fallecer de vieja e irse al cielo. No tenía que haber pasado por todo eso, por la sed, por el miedo a todos aquellos descontrolados, por pelear por el absurdo control de un pequeño pueblo, todo solo por tener sangre que beber, ¡ni siquiera había tenido que beber sangre de otra persona!

Y mientras el temblor de su alma perdida aumentaba, crecía también la magnitud de aquel terremoto de la tierra.

— ¿Por qué?

Miro al cielo llena de odio, de dolor, de rabia. Mientras perdía el control de sus emociones perdió su control sobre la naturaleza, el temblor comenzó a devastar la sierra madre y se desato al mismo tiempo un terrible huracán.

— ¡EXIJO QUE ME EXPLIQUES PORQUÉ!

Entonces ella golpeo el suelo con los puños, al mismo tiempo que el terremoto sacudió toda la región, destrozando los pueblos cercanos. Una, dos, tres, mil veces continuo golpeando, confundiéndose sus golpes con los truenos. Se levanto de golpe, y mientras un rayo ilumino su fisionomía desencajada, un trueno retumbo por toda la sierra mientras ella gritaba en un solo alarido todo el dolor, el odio y la rabia que la quemaban.

— ¡TE ODIO, DIOS! ¡TE ODIO!