Otros soñaran mil cosas descabelladas pero no imposibles, ahora que tienen en la mano el poder para alcanzarlas.
SOÑAR
Rosario se miraba al espejo.
Hacia un par de semanas, ella no era más que otra mujer marchita y acabada del humilde pueblo. Pero entonces llego una bestia que devoraba el ganado y mataba niños. Un día, los hombres se unieron, con antorchas, machetes, picas, y alguno que otro rifle, se habían ido a buscar a la bestia para acabar con ella. Pero jamás esperaron que la bestia fuera un demonio de piedra. Rosario iba con ellos. En su frenesí después de morderla la aventó con una fuerza terrible hacia un granero, la hizo atravesar la madera. Se habían seguido oyendo gritos afuera, pero por miedo a que la volviera a buscar apretó los dientes, cerró los ojos, y espero, ignorando la quemazón que se apoderaba de su cuerpo. La bestia se fue. El sol iba y venía. No supo cuantas veces amaneció y cuantas atardeció, por el dolor, cada vez más insoportable, que la hizo sumirse en sí misma.
Ahora el dolor había pasado. Trabajosamente se levanto. Comenzó a buscar la salida, cuando paso por aquel gran espejo, y se detuvo al contemplar su imagen.
Rosario había rejuvenecido. Su cabello volvía a ser brillante. Sus ojos eran rojos, pero ya no se veían tan cansados, al contrario, también habían recuperado su brillo. Su rostro antes lleno de surcos ahora estaba casi liso. Su figura tan imperfecta, con dos protuberancias caídas y su cuerpo demasiado raquítico, se habían estilizado, su busto no estaba tan caído y su cuerpo ya no se veía tan frágil, al contrario, ahora tenía algo de fuerte. Su piel tersa y ahora pálida brillaba por el sol que se colaba. Más que rejuvenecer, parecía una bendita. Al principio se asusto, pero no tardo en quedar fascinada por el cambio. Deshizo sus trenzas y su cabello largo ondeo libremente. Sonrió, y la mujer del espejo, tan extraña, sonrió también, mostrando sus colmillos. Entonces supo exactamente que era la bestia, por las viejas leyendas de su abuelo.
Tenía la belleza que nunca tuvo, y además, por lo que acababa de pasar, todos la darían por muerta. Incluso si la vieran, apenas la reconocerían. Recordó su vida de privaciones. Criando casi una docena de hijos, con un esposo que la golpeaba, trabajando de sol a sol cosechando pobrezas, y prosiguiendo ese miserable círculo por el que habían ido su madre, su abuela, su bisabuela, su tatarabuela, todas las mujeres de la familia, y que seguirían sus hijas. Pero ella ahora tenía algo diferente. Podía ya no ser ese eslabón miserable, ya no, podía ser diferente. Un mundo de posibilidades comenzó a cruzar su mente. Recordó que la ciudad estaba cerca, podía robar un banco o una casa e irse, ahora que era invencible. Podía huir. Podía viajar. Podía buscar un marido rico, ahora que era hermosa, o podría matarlo y quedarse con lo suyo. O en lugar de eso seguir robando, ahora que quizá ya no iba a tener que preocuparse de Dios. No más mandamientos que la ataran. Podría incluso matar sin preocupaciones.
Volvió a sonreír, ahora con ambición.
