Otros podrían librarse de sus cadenas terrenales, y serán libres como el viento, con un horizonte cada vez más brillante.

VOLAR

Adric solía ser otro campesino más de la plantación de algodón. Solía ser otro negro más. Otro esclavo más. Nació así, vivió así y así hubiera muerto, hasta el día que se hartó y le metió un par de cachetadas al capataz. Furioso, el hombre decidió flagelarlo en medio de todos. Apenas tenía quince años, y su madre desesperada pidió de rodillas por su vida, pero en lugar de conmoverlo solo lo provoco más. Regresó contra ella los golpes que le había dado el hijo, mientras a este lo ataban a una rueda de madera. Rasgaron su camiseta para exponer su espalda. Cuando el látigo comenzó a rasgar la piel casi todos los trabajadores cerraron los ojos, pero ninguno pudo cerrar los oídos a sus gritos. Cuando por fin termino, el adolescente estaba convulsionándose. El capataz, al ver que seguía vivo, decidió dejarlo así, atado y con la espalda expuesta, para que sirviera de ejemplo a todos. Algunos pensaron en ir a consolar a la madre, pero la encontraron tan débil y pálida en su cama que prefirieron dejarla en paz. Del desafortunado hijo no les quedaba la menor duda que debía de estar muerto.

Sin embargo, a la noche siguiente, pudieron volver a escucharlo. Los gritos duraron tres noches seguidas. La primera noche se encerraron y no pudieron dormir. La segunda noche todos se reunieron a rezar, para tratar de apaciguar su alma. Extrañamente, su madre sonreía y decir que el demonio había cumplido su pacto y pronto vería a su niño y se irían de allí, por lo que se rumoró que había perdido la razón. A la tercera noche, el capataz y varios guardias de la plantación decidieron acercarse a ver que estaba ocurriendo.

Las antorchas iluminaban el camino. Los gritos cada vez eran más apagados. Faltando pocos metros ya se habían detenido. Cuando llegaron, lo vieron, milagrosamente soltado, tocándose los dedos. Trataron de matarlo a tiros. Las balas rebotaron. Comenzó a correr, y los hombres, a balazos y en caballo, trataban de matarlo o capturarlo de nuevo, pero de pronto se volvió más rápido que todos juntos, hasta ser un borrón. Entonces la persecución llego a un acantilado, y el niño, que no había podido detenerse por su nueva velocidad, cayó. Los hombres celebraron dando tiros al aire, pero la alegría se convirtió en sorpresa al ver que no solo estaba vivo, sino que flotaba en el aire. Y la sorpresa en terror cuando, al abrir fuertemente sus ojos de la impresión, todos pudieron apreciar unos ojos increíblemente rojos, como la sangre. De inmediato huyeron.

Adric había tenido los ojos fuertemente cerrados en lo que creyó que sería su caída. El mismo se sorprendió al abrirlos, y se asusto tanto al ver que flotaba que estuvo cerca de volver a caer. Trato de caminar en el aire, pero noto como su cuerpo se impulsaba hacia la dirección que había tratado de seguir.

Recordó lo que había escuchado antes de comenzar a sentir que se quemaba.

—Su madre sacrifico una oveja y la mitad de su sangre para que yo lo salvara. Si notas algo extraño en ti, no te preocupes, a veces despertamos con poderes. Aprovecha su sacrificio y escapa con ella a donde no puedan encontrarlos.

Al amanecer, el capataz y sus hombres, aun impactados por lo que habían visto, fueron por la madre, para interrogarla sobre su extraña letanía del demonio. Pero no la encontraron. Ya estaba lejos de allí. Los dos estaban lejos de allí, volando sobre los acantilados, libres, rumbo al norte, hacia una vida mejor.