Otros vengarán todas sus miserias pasadas, se levantarán sobre aquellos que les atormentaron en vida para hacerles pagar.

VENGAR

Miro hacia sus manos y su ropa. Estaba cubierta de sangre. Sangre de su mayor enemigo. Sangre que jamás había osado desafiar.

Sangre de su sangre.

Su valor inicial la abandono: había matado a su propio padre.

— Fue su culpa…

Cerró los puños, recordando el suplicio, los años de tormento, de ser abusada, golpeada, humillada… todo por su progenitor.

Hubo días buenos, cuando sus ojos eran cafés y su madre estaba con ellos. Pero un día que fueron a cegar el campo todo cambió. Solo regresó papa, gimoteando y tropezando, y cuando cayó al suelo pudo ver como se retorcía de dolor. Le ordenó volver a su cuarto y allí se había quedado, hasta que pasaron varios días, y él comenzó a salir por las noches. Siempre que salía regresaba con la camisa roja, y poco a poco la sangre humana cambiaron su carácter, hasta hacerlo volverlo tiránico, violento y abusivo. Sus ojos rojos le causaban terror. En una ocasión le dio una bofetada que la tumbó al suelo y le rompió la nariz. No le permitía salir del hogar ni siquiera para conseguir qué comer, y era tan prepotente y abusivo que todo el amor que un día tuvo por él se había esfumado, pero jamás lo había enfrentado.

Entonces todo cambió una noche: por una caída se había hecho una cortada en el pié, y el olor de la sangre lo hizo olvidar todo y saltó para devorarla. No se detuvo hasta que se dio cuenta de que la estaba matando, y se retiró, pero era tarde. Cuando acabaron los tres días, una euforia desconocida se había apoderado de ella, por el olor de la camisa manchada de sangre. Enloquecida, hecha una bestia, saltó sobre su padre. Clavó sus dientes en su cuello de mármol, apretó su cara, rompió su cabeza y despedazó su cuerpo. El fuego se había extendido por toda la sala mientras, en medio de un grito, su progenitor dejó de existir.

¿Qué había hecho?

Salió corriendo con su nueva velocidad, escapando del fuego y del castigo. Sin embargo, se detuvo en la colina, desde donde podía ver la choza consumiéndose en medio del incendio, dejando una columna de humo alzándose sobre las montañas, creando con su luz un tétrico atardecer.

Atardecer…

Lo había matado. Ya no podía detenerla.

—Fue su culpa—comentó alegremente

Sonrió, saboreando su venganza.

Especialmente cuando quien toma la decisión no tiene control completo de sí mismo, cuando la sed y la sangre mandan. No importa la fe o las creencias, la suerte está echada.