Otros añorarán lo que perdieron: en lugar de avanzar por el camino de la vida se mantendrán estancados en lo que tenían, lo que pudieron tener, lo que ahora no tienen, y trataran de retroceder aun cuando en la vida se debe avanzar, o si no, llegan terribles consecuencias…

AÑORAR

Constanza miraba el horizonte, llena de melancolía. Al principio en su nueva vida todo parecía marchar bien: su nueva familia era muy amable con ella, y en solo cuatro meses había olvidado casi todo lo relacionado con su vida humana. Solo quedaba un detalle: no podía ser mamá. Cuando humana ese había sido su más grande anhelo, y cuando vampira no dejaba de añorar tener un hijo, especialmente ahora que parecía que no lo podría tener. Miraba a las humanas con envidia, y a veces se acariciaba su propio vientre imaginando que estaba embarazada… pero sabía que era imposible, que no podría concebir. Una vez su pareja le preguntó qué era lo que más deseaba, y esta le respondió para su sorpresa:

—Un hijo…

Lloraba en silencio, lamentando cada día no poder satisfacer ese deseo, que no dejaba de crecer. Caminaba horas enteras por la pequeña ciudad medieval, recorriendo los árboles, sin lograr calmar esa ansiedad. Sin embargo un día las cosas fueron diferentes: mientras caminaba pudo escuchar un llanto débil y ronco. Corrió a la dirección del sonido hasta llegar al monasterio y pudo ver a un bebé, mal envuelto en una sábana raída y sucia, a punto de morir por la hipotermia. Se agachó a su lado y al verlo así, tan indefenso y solo, sintió un calor en el pecho y como despertaba de nuevo su instinto maternal. Estuvo a punto de acunarlo cuando se detuvo, indecisa, sabiendo en el fondo que no estaría bien llevárselo.

Entonces el niño le dirigió una mirada suplicante.

—Mi hijo…

A los tres días el niño dejó de llorar.

El resultado del sacrilegio era algo que superaba todos los límites de la imaginación: aquel niño se veía adorable, tanto que de solo verlo uno se sentía embargado por la ternura, pero al oler la sangre el pequeño ángel se transformaba en un terrible demonio. Pronto se dieron cuenta de que ahora estaban lidiando con una criatura completamente descontrolada, que al menor descuido escapaba y sembraba el terror y la muerte, y lo peor, no dejaba de ponerlos en evidencia.

Pero a ella no le importaba: era su hijo.