Trece de enero.

-¿Me recuerdan por qué tenemos que hacer esto?

-Culpa de Hannibal – corearon todos, que inmediatamente desviaron la mirada cuando el gigantesco hombre los miró con la peor mirada que se pudiera tener de cualquier persona que midiera más de dos metros.

-¿Y quien tuvo esta genial idea?

-Tu abuelo… -volvieron a corear, y se volvieron a callar cuando una figura mucho más pequeña pero más aterradora hizo el mismo gesto asesino. Y yo preferí no hacer más preguntas que me perjudicaran. Ya bastante malo sería tener a mi novio secreto junto a mi abuelo paranoico y todos mis compañeros mutantes busca excusas para molestar por cinco largos días en un bosque que está solo Logan sabe donde.

- ¿Y a…?

-Sarah.

-¿Si abuelo?

-Si haces una sola pregunta en los próximos cinco minutos, se quedan sin cena. – gruñó Logan, y entre risillas y algunas burlas, todos esperaron que hiciera un esfuerzo sobrehumano para lograr tan heroico objetivo. Aunque sabían que no lo lograría.

Bueno, debo decir que el esfuerzo fue considerable gracias a Hannibal, después de la advertencia de Logan y el hecho de que nadie me dirigió la palabra para evitar a toda costa que yo abriera la boca, él fue el único que se acercó a mí para ayudarme a seguir teniéndola cerrada.

-Solo son unos metros más, lo lograras. – dijo consoladoramente.

-Son unos exagerados. – refunfuñe, teniendo por respuestas mas de cinco caras enojadas mirándome amenazadoramente. - ¡No he hecho ninguna pregunta! – y el rio.

-Nos tienes acostumbrados.

-¿Eso que…? O sea que te… estas agobiado… - dije reprimiendo todo intento de poner signos de interrogación en mis frases.

-¿Recuerdas cuando nos conocimos? – continuó sonriente.

-Un poco… si, aunque podrías recordármelo. – clavé mis ojos en su cara que inmediatamente se sonrojó. Y un calosfrío recorrió toda mi espalda al sentir la mirada de Logan partiéndome en dos. – Aunque mejor después.

-Si… definitivamente después…

Aun así, lograron pasar cinco interminables minutos hasta que me tomé la libertad de abrir mi boca, terriblemente contenta. - ¿Entonces que comeremos? – Y el abuelo miró su reloj.

-Esta noche podrán comer todo el aire que quieran. – Y los improperios llegaron por todos lados del bosque.

La zona de acampada era peculiar, un bonito claro lleno de sonidos que provenían por todos lados, algo demasiado amable si teníamos en cuenta al profesor que nos había llevado de paseo, aun así no tuvimos la fortuna de llevar las casas y todos los materiales necesarios para una expedición como esa. Mi abuelo quería que aprendiéramos acerca de estar realmente en un bosque, únicamente ayudados con nuestro conocimiento y habilidades únicas. Y ahí estaba yo una vez más, mirando a todo el mundo intentando ponerse de acuerdo en, para empezar, las obligaciones. Yo por supuesto había sido completamente olvidada, mirando la luz extinguirse e imaginando al sol escondiéndose por el inmenso horizonte, y la verdad es que deseaba ser como él, al menos él podía desaparecer y las estrellas no lo molestaban por alumbrar demasiado. Yo en cambio… sentada junto a un árbol, haciendo hoyitos en la tierra y teniendo la esperanza de que en algún momento se me ocurra algo que hacer… como armar mi refugio, cosa en la que nadie me va a ayudar, por grande, fiero y bondadoso que sea. Así que se convirtió en el momento de mirar a mí alrededor ¿Qué podría hacer una niña que se cura de todo, huele todo, escucha todo y mira todo mejor que los demás?

-¿Sarah?

Quizás subirme a un árbol, podría ser una excelente idea ya que con mucha gente cerca ningún animal se atrevería a acercarse…

-Ahmmm… Sarah…

Podría enojarse el abuelo si me separo del grupo… o preocuparse y…

-¡Sarah!

-¡QUE!

-¡No me grites!

-Ay… abuelo. – Ladeó media sonrisa y se sentó a mi lado, recargándose en el mismo grueso árbol que yo. – Este… yo… lo siento, hace un momento, te deses…

-No pasa nada niña. – interrumpió quitándole importancia al asunto. - ¿Cómo vas?

-Considerando que nadie me habla, de maravilla.

-Lo harán, y si no lo hacen estará ese niño acosándote. – Escupió.

-¿Por qué detestas tanto a Hanni? – Mala pregunta, mala, mala mala pregunta.

-Sarah... ¿En serio quieres saberlo?

-N… no. – susurré. Nadie sabía nada pero el abuelo siempre celaba lo que se acercara a mí y no fueran él o mamá, además, desde que lo conoció no le hizo gracia, no se por qué.

-Y… que tal van tus manos. – preguntó, y en un acto reflejo me cubrí con las mangas de mi suéter. - Ya veo. – exhaló. – por cierto, el esfuerzo de hace un momento lo valió, así que después de la cena todo mundo te volverá a querer, pero mientras eso pasa aprovecha tu tiempo de exiliada y vete a hacer lo que quieras.

-Es… ¿Es en serio?

-No lo se, ¿Serás capaz de escaparte de mi? – Entonces se fue a gritar a todo el mundo en el campamento. Yo me levanté dispuesta a irme, quería ayudara preparar las cosas, pero no me dejarían, y no podía tampoco acercarme a Hannibal porque habíamos acordado en no estar muy juntos cerca de todos, el hecho de tener nuestro secreto hacía las cosas un tanto peculiares, y emocionantes, aunque el precio a pagar a veces era demasiado alto. Me despedí de el con un ademán de mi mano y entonces desaparecí.