Disclaimer: Los personajes y la saga de "Naruto" y "Naruto Shippuden" no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto. Yo los uso sin fines de lucro, con el único objetivo de divertir a quien lo lea. La historia sí me pertenece, prohibido su uso con o sin fines de lucro sin mí previa autorización.

Aclaración: Las actualizaciones serán de cada 3 a 4 días, en algunas ocasiones 5.


KAKASHI & ANKO

Una muchacha iba caminando por la calle con una sonrisa dibujada en el rostro, en sus manos llevaba una bolsa repleta de una variedad impresionante de dulces. Desde pequeños ositos de goma hasta gigantescos corazones de chocolate con la leyenda "te amo" en sus centros. Sí, ella los había comprado, eran un regalo de ella para ella y ya quería ver quien era lo suficientemente valiente o idiota como para decirle algo. Además San Valentín es el día del amor y la amistad y ella se ama a sí misma, además jamás había escuchado alguna regla que dijese que ella no podía aprovechar el día para mimarse un poco. No negaba ni menospreciaba la inteligencia de su novio, pero el pobre era un fracaso en lo que a regalos concernía. Era la culpa de Kakashi y de nadie más que su bodega este repleta de todo poster habido y por haber de Icha Icha Paradise e inclusive versiones firmadas de los mismos, entrevistas al pervertido autor, etc. Soltó una risita enternecida al recordar la única vez que él había acertado en el regalo.


Una muchacha se miraba al espejo con ojo crítico, asegurándose de que el maquillaje sea perfecto, el vestido el ideal y que cada mechón de cabello estuviese en su lugar. Era el día de su cumpleaños y su novio la había invitado a salir a comer con él. Miró el reloj, ya eran las siete de la noche, él debería estar por llegar. Se miró de reojo nuevamente en el espejo y suspiró de consternación. Ella había hecho frente a despiadados asesinos dejando la adrenalina correr por sus venas y, aún así, estaba mucho más que nerviosa ante la idea de una cita romántica con Kakashi. Sentía el revoloteo furioso de muchísimas mariposas en su estomago, los latidos desenfrenados de su corazón ansioso y las manos inquietas buscando con que jugar. El timbre sonó y ella se lanzó a sí misma una última mirada inquisidora para finalmente lanzar un bufido entre derrotado y estresado. Abrió la puerta y tras ella se encontró con un par de ojos que la observaban nerviosamente, sonrió satisfecha al notar que no era la única en semejante situación; aceptó la mano que él mantenía extendida hacia ella a modo de invitación y se dispuso a seguirlo enganchada a su brazo a donde él decidiese llevarla; ya sea al fin del mundo o a la vuelta de la esquina, porque ella confiaba en él y él en ella. Caminaron unas diez cuadras más hasta que llegaron a un pequeño, pero acogedor restaurante, se dejó guiar hasta una mesa un tanto apartada de las demás con una vista hermosa. La mesa estaba decorada con un mantel blanco, sobre el cual había un florero donde reposaba una rosa y unas pequeñas florcitas blancas que contrastaban con el intenso rojo de la misma. Pasaron una hermosa velada hablando de nada y a la vez de todo. Cuando la comida ya había llegado a su fin y ya era hora de que abandonaran el restaurante, un suave sonrojo adornaba las mejillas de la chica, en parte por la ocasión y en parte porque ella era cabeza de pollo y por tanto el poco alcohol que había conseguido ya se le había subido a la cabeza. Sin embargo, cuando estaba a punto de levantarse, él se arrodilló frente a ella, dejándola petrificada en su lugar y consiguiendo desvanecer los efectos del alcohol en su sistema, pero manteniéndola, de todos modos, aturdida.

- Anko. – Dijo él, como queriendo llamar su atención, a pesar de ya ser el dueño y señor de la misma.

Sonrió entre nervioso y complacido al notar la sorpresa tatuada en el rostro de la chica. Sus ojos estaban abiertos de par en par, un leve rubor en sus mejillas, sus músculos tensos y sus labios entreabiertos formando una perfecta "o" pequeña. Aún en el piso se aventuró a enredar sus dedos con los de ella; Anko parpadeó sorprendida, expectante.

- Tú y yo nos conocemos desde hace algún tiempo. – Continuó él. – Sé lo que te sucede con solo mirarte y tú me puedes leer como a un libro abierto. – Agregó, al mismo tiempo que con su mano libre sacaba una negra cajita aterciopelada de su bolsillo. – Y mientras más tiempo paso contigo, más seguro estoy de que quiero compartir toda mi vida contigo. – Hizo una pausa dramática mientras abría la cajita, dejando ver un anillo blanco, resplandeciente, con un diamante sobre él. – Así que, Anko. ¿Te casarías conmigo?

Y ahí quedó, fue como un tiro directo a sus cuerdas vocales, la dejó sin habla, así que terminó por simplemente abalanzarse sobre sus labios y besarlo como si no hubiese un mañana.


Sus piernas se detuvieron automáticamente frente al departamento que ahora compartían ella y su prometido. Sonrió, "prometido" sonaba tan bien. Abrió la puerta haciendo maromas para que no se le cayera el cargamento de dulces; cuando finalmente lo logró, ingresó al lugar para encontrarse con su chico parado a unos metros de ella con una sonrisa Colgate adornando su rostro, escondida tras aquella mascara que él tanto se empeñaba en usar. En sus manos la tan prevista colección de libros "Icha Icha Paradise" y ella rio divertida. ¡Ay! ¡Qué bien que conocía a ese hombre! ¡Y qué predecible que era él! Pero ¡Cómo lo amaba! Sin soltar sus dulces se acercó a él hasta poder tomar su cara entre sus manos, dejando que la bolsa colgase en su brazo, tiró suavemente de la tela que cubría su rostro hasta dejar sus labios al descubierto y lo besó, porque solo ella conocía lo que había debajo de esa máscara guardaría ese secreto celosamente hasta la tumba.