Disclaimer: Los personajes y la saga de "Naruto" y "Naruto Shippuden" no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto. Yo los uso sin fines de lucro, con el único objetivo de divertir a quien lo lea. La historia sí me pertenece, prohibido su uso con o sin fines de lucro sin mí previa autorización..
Aclaración: Las actualizaciones serán de cada 3 a 4 días, en algunas ocasiones 5.
GAARA & MATSURI
Apenas ingresó al pequeño departamento provisional que tenían mientras estuvieran en Konoha, se retiró la chaqueta de los hombros y percibió el olor de la comida proveniente de la cocina; frunció casi imperceptiblemente el seño, como tenía que ser, porque él era Gaara, el actual Kazekage, y solo los que lo conocían bien sabrían reconocer los pequeños cambios en su semblante. Se acercó a paso decidido a la cocina, porque él sabía lo que significaba que Matsuri cocinase sin tararear o música alta. Claro que él lo sabía y en cuanto solucionara las consecuencias, mataría al culpable a sangre fría. Ya luego se preocuparía de arreglar los posibles daños en la relación diplomática entre su aldea y Konoha, supuso que de todos modos cualquier hombre que hubiese estado enamorado alguna vez lo entendería. Al entrar en la cocina se quedó quieto, ahí estaba su novia moviendo sus caderas alegremente al son de una música que él no podía oír. ¿Por qué? Fácil, en el bolsillo trasero del pantalón de ella estaba el culpable. Ese aparatito endemoniado llamado iPod conectado por medio de un cable a sus audífonos grandes y negros que coronaban la cabeza de la muchacha.
Bufó imperceptiblemente, al menos para ella. ¿Quién habría sido el idiota que le obsequió el aparatito ese? Sin siquiera saberlo el susodicho le acababa de complicar la vida. Porque sí, él lo admitía, era tristemente dependiente de la radio para conocer el estado anímico de la chica. No es que no pudiera hacerlo por sus propios medios, pero la radio era simplemente más rápida y sencilla que todos los medios que él conocía. Si ella estaba feliz, la casa se llenaba del sonido alto de las melodías alegres; si estaba pensativa, se escuchaba la música clásica; si estaba preocupada, la música tenía un volumen bajo; si estaba enojada, la música llegaba a un ritmo frenético y cuando estaba triste, no había música; fin de la historia. Sí, él era perfectamente consciente de la obsesión de su chica con la música y el buen audio, de la despreocupada manera en la que ella movía sus caderas, de las muecas que hacía, de lo terapéutico que le resulta y él no se quejaba. A decir verdad, le gustaba, la constante música y tarareos de ella llenaban la casa de vida, convirtiéndola en un hogar, además le permitían a él fácil acceso a lo que pasaba en el corazón de ella; su movimiento de caderas, tan descomplicado, tan natural, le resultaba hipnotizante, cautivaba su atención sin procurarlo siquiera; las muecas que hacía mientras bailaba y su estado de total relajación lo llenaban de paz, de ternura y ¿por qué no? A veces hasta de deseo. Ahora, gracias al dichoso aparatito ese, su hogar recaería en el silencio y él tendría que esmerarse aún más en saber qué es lo que pasaba con ella. No, él no lo permitiría.
Un pelirrojo saltaba hábilmente de tejado en tejado, debía darse prisa si es que quería conservar el factor sorpresa en su nueva misión autoimpuesta. En su casa una muchacha terminaba de poner la mesa para dos como tantos otros días, una vez hubo acabado un leve puchero asomó en su semblante, usualmente su chico llegaba a más tardar en ese momento. Puesto que él como líder de la aldea tenía muchas responsabilidades, la hora del almuerzo se había convertido en una especie de ritual sagrado para los dos: él dejaba cualquier cosa que tuviera que hacer a un lado para verla a ella y ella hacía lo mismo por él. Suspiró, bueno, definitivamente él tendría una razón de peso para su retraso, es decir, cualquier cosa pudo haber pasado, ¿no? Pasaron cinco minutos que se transformaron en diez, que llegaron a veinte y así sucesivamente. Una hora y veinte minutos más tarde Matsuri ya estaba al borde de una crisis nerviosa, toda clase de ideas descabelladas pasaban por su mente, desde que se le había pasado el tiempo con su rubio amigo en el Ichiraku Ramen hasta que había sido víctima de alguna nueva organización criminal que atentaba contras las relaciones Konoha-Suna. Estaba ya a punto de salir de casa en busca de su chico cuando el sonido de la puerta abriéndose llamó su atención.
Cerró la puerta tras de sí, consciente de su retraso y el enojo del que Matsuri le haría saber en menos de un par de segundos. Oyó los pasos acercándose al recibidor y sacudió un tanto nervioso su cabello con la mano libre, conocedor como era de como Matsuri parecía desquitar su furia e instintos asesinos contra el piso cuando algo causaba su enfado en un grado considerable. Cuando sintió que ella llegaría en unos instantes sacó una caja de la bolsa, la tomó con ambas manos y estiró sus brazos, ofreciéndola como regalo en silencio. Ella apareció finalmente con ambas manos en jarra sobre sus caderas y lo miró sin reparar realmente en el obsequio.
- La comida ya se enfrió hace poco más de una hora.
Él tembló, ahí estaba ese tonito de ella; acido, frío, venenoso. La prueba irrefutable de su furia controlada. Porque cuando ella estaba realmente enfadada no era como las demás chicas que estallaban en rabia a gritos descontroladamente. Su ira era como un cuentagotas, daba golpes pequeños, pero certeros, mortíferos. Tragó seco, ella sonrió cínica.
- ¿Se te ha comido la lengua el gato, mi vida?
- Yo… Bueno, yo… - Él solo atinó a tartamudear.
- Me voy, de todos modos ya se me fue el apetito, feliz San Valentín.
La vio marcharse en silencio, cualquiera que hubiese visto tal situación se habría quedado con la boca abierta y no era para menos. Él, el Kazekage más joven de la historia, temblaba como un simple niño ante la furia de su novia. Claro, no es que él fuese ningún sometido, pero evitaba a toda costa los altercados con ella y guardaba silencio como un mocoso regañado cuando ella tenía la razón, y está vez, ella la tenía. Él había llegado tarde al almuerzo, no se había dignado a avisarle y para colmó en San Valentín. Suspiró con pesadez recordando el motivo.
El joven Kazekage iba saltando velozmente de tejado en tejado cuando el olor a quemado que salía del departamento de la novia de un amigo suyo llamó su atención, con curiosidad se acercó al lugar para descubrir a su rubio amigo con el cabello repleto de fideos, parado frente a una olla probablemente tratando de hervir algo. Entró al lugar por medio de una ventana abierta y se aproximó a paso calmado donde su amigo.
- Naruto ¿Qué estas…
Ni siquiera logró terminar su pregunta cuando un estallido lo interrumpió, por suerte por algún extraño motivo la explosión no despertó a la dueña de casa. El rubio le regresó a ver con expresión afligida.
- ¡Gaara! ¡Ayúdame!
Le tomó casi cuarenta minutos lograr calmar al Uzumaki lo suficiente para que este lograra hablar de manera entendible y otros treinta o treintaicinco minutos se le pasaron tratando de ayudarlo a cocinar ramen, pero el bendito alimento les venció la batalla, incluso la guerra, se atrevía a decir. ¿Cómo era posible que el Kazekage y el futuro Hokage, un par de héroes de la cuarta Gran Guerra Ninja, no fueran capaces de cocinar algo comestible ni siquiera uniendo sus fuerzas? Era, sinceramente, una muy buena pregunta, para cuando quiso darse cuenta ya llevaba más de una hora de retraso y de algún modo milagroso solo tenía un par de fideos en su cuerpo. Se excusó con su amigo y reemprendió el regreso a casa.
Sacudió la cabeza, regresando al presente, dispuesto a soluciona las cosas con Matsuri, caminó hasta la habitación y abrió la puerta. Ahí estaba ella, botada sobre la cama, llorando desconsoladamente; y él, ahí, parado, con una cara que probablemente era un poema a la confusión. Bien, entendía que lo que había hecho era un tanto desconsiderado, pero no era para tanto, ¿o sí? Se acercó a ella, recostándose a su lado, mientras acariciaba sus cortos cabellos suavemente y ella al instante se refugió en su pecho. Pasaron los minutos y ella finalmente se relajó, dejando como evidencia de su previo llanto solo unos leves sollozos que aún se escapaban cada cierto tiempo de sus labios, unas mejillas mojadas y un par de ojos levemente enrojecidos. Él la separó de sí con delicadeza, secando las pocas lágrimas que aún quedaban en su rostro con sus dedos, y murmuró:
- ¿Qué sucede?
Inmediatamente sus ojos se llenaron de lágrimas nuevamente y él acarició su rostro buscando calmarla para que pudiese hablar.
- No te preocupes, las hormonas me están matando. – Logró mencionar ella finalmente.
- ¿Hormonas?
- Sí, bueno, es que con eso de las nauseas me ha costado tanto hacer la comida para que no llegaras y bueno las hormonas me han hecho exagerar todo y bueno, ya sabes.
- ¿Nauseas?
Ella observó el rostro de Gaara que en esos momentos reflejaba la más pura de las confusiones y rodó los ojos interiormente, si su novio no quería entender que dos más dos era cuatro, ella se lo haría saber.
- Gaara, estoy embarazada, vas a ser padre.
El silencio reinó nuevamente, no es que él fuera muy comunicativo, pero esta vez en serio se quedó sin palabras, así que optó por apretarla fuertemente contra sí en un abrazo, esperando que ella entendiera lo que él quería decirle con ello. La escuchó reír suavemente, mientras alzaba la mano y acariciaba sus rojos cabellos en ese gesto de ella que a él tanto le gustaba. Unos minutos más tarde se separó un poco de la mujer para asaltar sus labios con ternura, con el rabillo del ojo alcanzó a ver la caja que contenía los parlantes que le había comprado, se encogió de hombros. ¡Al diablo con eso! Ya se los daría más tarde. Continuó besándola, mientras con una mano acariciaba su aún plano vientre y con la otra se aferraba a su cadera como temiendo que ella pudiese desaparecer en algún momento.
