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Esa noche, Mycroft y Sherlock se liberaron de sus ataduras y se marcharon en busca de libertad e información.

Ahora, después de más de doscientos años, Sherlock aun no se acostumbra a la imagen de si mismo vagando por las calles, tratando de encontrar una manera de librarse de la constante picazón en su garganta. Su piel brilla con un blanco puro a la luz de la luna, sus risos oscuros se agitan alrededor de su rostro, como un halo. Sus dientes crecen, inquietándose ante la prospectiva de sangre.

Y no había absolutamente nada que pudiera hacer al respecto.

Siempre había vivido por su cuenta, sus instintos y ansias de sangre eran más fuertes que las de su hermano ya que habían drenado mas sangre de su cuerpo. La posición de Mycroft aseguraba que nadie nunca se enterara de ellos. Y si alguien lo hacía, no sería capaz de decirle a nadie su descubrimiento.

Pero incluso un sociópata autoproclamado puede sentirse solitario. Incluso un vampiro puede desear compañía. Así que, cuando un cierto doctor apareció cojeando en su vida, buscando un compañero de piso, ¿quien era él para negar esa solicitud?

Al principio su hermano se había mostrado disgustado; pensando que él solo quería tener al doctor alrededor como una especie de lonchera caminante, (como él tan amablemente lo describió). Después de la acusación ellos no hablaron por días. Y al siguiente día, John Watson se mudó al departamento 221B de Baker Street. Y efectivamente comenzó a desgastar el control de Sherlock.

Sherlock había vivido la mayor parte de su vida con sed. Había lidiado con ella en la única forma posible –alimentándose. Sin embargo, en lugar de atacar a otros inocentes, él trataba de atacar criminales, personas en la lista de los 'buscados', personas con intenciones oscuras. Era la única forma en que sentía que podía justificarse a si mismo.

La sangre de ninguna otra persona lo había tentado tanto como la de un cierto doctor. Cuando había mudado sus cosas a la habitación, justo arriba de la de Sherlock, su aroma le había quitado el aliento. Sherlock razonó que, por supuesto, el hombre que había escogido como compañero de piso seria la persona que añoraba más. Fue simplemente mala suerte. John no olía como las personas normales, en lo absoluto –la mayoría de las personas en las calles olían a humo de cigarro, carbón, perfumes baratos, sudor y sexo. John olía muy, muy diferente. Y mucho más apetecible.

Él olía a té, a madera y luz solar. Al igual que un día que acaba de despertar sorprendiendo al mundo con su belleza sin refinar. Olía a gotas de rocío aferradas a las telas de las arañas. Nunca había ningún olor artificial en él, nunca usó colonia o perfumes. Olía natural – como la seguridad.

Y, desafortunadamente, eso sólo lo hacía mucho más peligroso.

A lo largo de los años, Sherlock había logrado escapar y asesinar a inocentes en dos ocasiones. Pero, aunque Mycroft había tratado de confortarlo y sofocarlo con la información de que la mayoría de los vampiros mataban a muchos más, las matemáticas y los sentimientos de culpa aun golpeaban fuerte a Sherlock.

Dos victimas, Cuatro padres, Tres hermanos, Cinco tías, Seis tíos, Un abuelo, Dos niños, Una sobrina.

24 vidas arruinadas por dos errores. No volvería a cometer ese error de nuevo –se lo había prometido.

Pero con John sentado en la silla junto a él, en el apartamento, ofreciéndole hacer té y contándole sobre las peleas que tenía con las maquinas, esa promesa se estaba volviendo cada vez mas difícil de mantener. Dudaba que el doctor mordiera su labio en una forma seductiva a propósito. Y era muy poco probable que la manera en que sostenía su cabeza; arrojada hacia atrás, cara mirando hacia el techo, cuando dormía fuera por cualquier otra razón que comodidad –y definitivamente no era una invitación.

Sherlock se había ocupado de sus afectos crecientes por John en una manera de la que estaba inmensamente orgulloso. Los indicios repentinos de emociones lo habían asustado. Había pasado doscientos treinta años sin nada en lo absoluto. Sin embargo, aunque era el rostro de sus miedos, él sabía que ahora no solo anhelaba la sangre de su compañero de piso, sino que también ansiaba bastante su cuerpo.

Así que, cuando lo inevitable ocurrió, no sorprendió a Sherlock.

Fue en un día caluroso, y ni John ni Sherlock se habían aventurado afuera en el sol abrasador (aunque Sherlock tenía más de una razón para quedarse dentro). John se había resignado a un día de separar sus documentos legales, doble control de seguros y crear un registro de sus gastos. Desde donde Sherlock se hallaba tendido sobre el sofá podía ver como la camisa de John comenzaba a mojarse por su sudor. Tenía el cabello revuelto como resultado de correr sus dedos sobre el; una acción por la que Sherlock renunciaría a su inmortalidad para intentarlo él mismo.

Su pacifico y confortable día se arruino cuando John repentinamente silbó y metió su dedo a la boca. Un corte de papel.

Que normal.

El corte en el dedo de John no era mas largo que un centímetro. Solo hubo una pequeña gota de sangre que John había removido exitosamente con su lengua. Ahora había regresado a sus papeles, haciendo caso omiso de la pequeña herida en su dedo índice.

Fue casi repulsiva la rapidez con la que el cuerpo de Sherlock lo traicionó. En el pequeño plazo en que el olor de esa gota llego a su nariz sus colmillos se alargaron, presionando incómodamente en su labio interior donde él había cerrado su boca. Sintió el cambio de sus ojos también. Su color se desvaneció de el gris innatural que los disfrazaba a su color natural –rojo.

Brillantes, de color rojo sangre.

Los apretó inmediatamente, cerrándolos también. Sin embargo, con el olor de a sangre de John flotando perezosamente a través del aturdidor calor tuvo que contener la respiración, y la ingesta súbita de un último aliento no paso desapercibida a los agudos oídos de John en el silencio de su piso.

"¿Sherlock? ¿Qué estás haciendo?" John preguntó, incrédulo, una insinuación de sonrisa en su tono al ver a su compañero de piso sentado en posición vertical en el sofá, los ojos y la boca insistentemente cerrados. Sherlock no reaccionó. No había manera en que pudiera responder sin mostrar sus dientes. Y estaba plenamente seguro de que si perdía su concentración, incluso por un segundo, perdería el control completamente –y haría algo de lo que se arrepentiría.

"¿Sherlock?" Por una vez, Sherlock odio el hecho de que John se preocupara por él. No había forma de que se rindiera ahora que pensaba que había un problema serio con su compañero de piso. "¿Te sientes bien?"

Sherlock no podía permitirse ni siquiera el atisbo de concentración que tomaría asentir.

Y entonces John se acercó agachándose delante de él – hizo todo lo que pudo para mantenerse quieto; sabiendo que ese olor, ese magnifico y sorprendente olor provenía del hombre frente a él. Sus sentidos desarrollados podían oír el pulso agitándose en su cuello, podía imaginar la vibración floja de la sangre en sus venas, casi podía sentirla deslizándose alrededor de su cuerpo.

"¿Sherlock?" John posó una mano sobre la pierna de Sherlock y Sherlock se sacudió hacia atrás. "¿Qué pasa?" Sherlock no podía responder. Sabía que tarde o temprano iba a ceder, era como una bomba de tiempo poco a poco contando los segundos hasta que él se rasgara –y no había forma de advertir a John- no sin reducir drásticamente los pocos segundos que le quedaban. Solo podía sentarse y rezar por que alguien más interrumpiera –que la señora Hudson llegara y preguntara si John podía ayudar con el horno o algo parecido. No era mucho para una esperanza.

El calor irradiando de la mano de John era como un atizador al rojo vivo apoyado en su rodilla. Estaba quemándolo, hasta el mismo centro, dolía físicamente tener su mano tendida ahí –tan casualmente presionada contra la piel. Estaba dañando severamente las posibilidades de John de salir con vida. Y cuando John sacudió su rodilla, obviamente tratando de llamar la atención de Sherlock –fue como un frágil terremoto que sacudió el frágil control sobre sus reacciones corporales haciéndolas totalmente añicos.

Y entonces, antes de que pudiera detenerse, tomó una respiración profunda.

John casi saltó de su piel cuando la mano de Sherlock repentinamente atrapó su muñeca –manteniéndola con fuerza sobre su pierna. Su apretón era muy fuerte y John no podía retirar su mano, aunque podía sentir como esa sensación de alfileres y agujas en los dedos comenzaba a surgir.

"¿Sherlock?" Preguntó con preocupación. Palabras como 'crisis', 'drogas' y 'alucinación' dando vueltas inútilmente en su cerebro. ¿Qué es lo que pasa, puedes hablarme?"

Se llevo el susto de su vida cuando los ojos de Sherlock finalmente se abrieron, y las irises rojo sangre miraron fijamente a sus amplios ojos marrones. Pero no fue hasta que Sherlock abrió su boca y comenzó a reír –una carcajada profunda que sacudió su cuerpo- que John realmente entró en pánico.

En su boca abierta podía ver colmillos. Reales, de un blanco brillante y puntiagudos, colmillos.

Y la carcajada no era natural tampoco. No era la clase de risa que Sherlock haría, John podría esperar ese tipo de risa innatural de Moriarty o el taxista. No de Sherlock. Porque el sonido que salía ahora, escupiendo de su boca, era uno trastornado.

Era el sonido de un asesino.

"¿Qué demonios…" John susurró, y el ruido pareció enviar una descarga eléctrica al sistema de Sherlock ya que detuvo su risa innatural, el ruido cesó tan rápido como había comenzado. Él miro a John; aun arrodillado en el suelo delante de él, como si no lo hubiera notado antes.

Y John no pudo evitar entrar en pánico. Trato en vano de quitar su muñeca del agarre de Sherlock, tirando de su brazo hacia atrás con firmeza, usando su otra mano para tratar de mover los fuertes dedos que encapsulaban su mano. Esto no tuvo ningún efecto sobre Sherlock –quien simplemente se inclinó hacia adelante y tomó la muñeca libre de John con su otra mano. Sonriendo ligeramente ante la mirada atrapada en rostro del hombre mas pequeño.

"¿Cuál es el problema John?" Su voz profunda y barítonal parecía casi burlona. "Nunca viste este lado de mi"

John se encontraba demasiado aterrado para responder. Él había sido entrenado para ser capaz de funcionar bajo presión. Para ser capaz de ignorar el miedo. Pero eso era al enfrentar bombas enemigas – no, sociópatas detectives consultores que lo tenían en una obvia desventaja.

"Puedes hablar sabes." Sherlock indicó. "Es mas divertido de ese manera." Aunque él no parecía darse cuenta de como estaba prácticamente citando a Moriarty. –quien se encontraba en el proceso de tratar de matar a John cuando lo había dicho.

Brevemente John se pregunto si eso era lo que Sherlock trataba de hacer.

"¿Qué eres tu? Se encontraba tan absorto que no se dio cuenta de como su voz subió unas cuantas octavas al decirlo.

"¿No te gustaría saber?" Se escuchó el estruendo de su respuesta. Sherlock parecía escuchar sólo la mitad de lo que John decía, aparentemente mucho mas interesado en oler la muñeca de John –sosteniéndola frente a su rostro como si se tratara de una botella de perfume que estuviera probando. Actuaba como si John no estuviera tratando de tirar con todas sus fuerzas para liberarse de su agarre.

"No entiendo." John exclamó. Hubo un momento de silencio.

"¿Qué es nuevo sobre eso?"

El agarre en su muñeca se apretó imperceptiblemente, como si Sherlock estuviera en guerra con sí mismo o preparándose para algo.

"Me estás lastimando, Sherlock." Gimió John. El sonido envió chispas de placer alrededor del cuerpo de Sherlock. La muñeca de John se encontraba ahora directamente en frente de su boca; tanto que cuando Sherlock hablo después, John pudo sentir su aliento contra la piel de su muñeca.

"Bien."

Y entonces, John no sintió nada más que dolor. Había dolor en su muñeca, fluyendo hacia su brazo, en su corazón, latiendo alrededor de su cuerpo. Sus ojos estaban ciegos a todo menos a la luz blanca, sus oídos no podían oír nada más que el correr de su propia sangre y el pulso frenético de su corazón. El aroma familiar a cobrizo de la sangre llenaba sus fosas nasales hasta que sintió nauseas.

Después de unos minutos, se desmayó.

Sherlock estaba en el cielo. No había, literalmente, nada en la Tierra que pudiera compararse con el sabor de John. Podía probarlo por todo su cuerpo, había John en su corazón ahora, en su torrente sanguíneo, en su estomago. El calor de su sangre lo llenaba, hasta que el fuego en su garganta se detuvo un poco y él desacelero, saboreando cada gota que caía sobre su lengua, dejando que la sangre llegara a él.

No estaba esperando una interrupción.

Especialmente no de Mycroft.

Él entró en la habitación, como si fuera el dueño del departamento, en su forma completa de vampiro; ojos rojos y brillantes, colmillos perfectamente expuestos. Su paraguas aferrado a su lado – la punta recubierta de plata presentando más que la simple amenaza que Sherlock había anticipado- especialmente cuando se encontraba apuntando a donde su propio corazón residía; frío y sin latir, dentro de su pecho. De mala gana, saco la muñeca de su boca.

"Hermano." Siseó. El sonido no era humano y, en definitiva, no era la voz natural de Sherlock.

"Libéralo." Indicó Mycroft.

"Él es mío." Sherlock se burló. "No lo puedes alejar de mí."

"No pienses por un segundo que no voy a tratar."

Un momento de silencio. Los hermanos miraron a los ojos de cada uno, sus miradas desafiantes.

"No matarías a tu propio hermano."

"Si esto es él.. entonces Sherlock murió hace mucho tiempo."

"Mentiras."

"¿Siquiera te das cuenta de lo que estás haciendo?

"Me estoy alimentando."

"De John."

"No me importan los nombres."

"No seas ridículo Sherlock. ¿Recuerdas a John? Lo estás matando. Si continúas por mas tiempo él va a morir."

"Los humanos no tienen ningún interés para mí."

"Creó que ambos sabemos que estás mintiendo, Sherlock. ¿Recuerdas a los otros? Jane Matthews y Harrison Fry… Fue una pena ¿no lo crees así?

"Calla." Pero hubo un temblor en su voz.

"Tan grande desperdicio de vida… Ella acababa de abrir su propio negocio ¿sabes? Iba a comenzar una empresa de decoración familiar. Su hermana cerró todo cuando la hallaron. Al parecer, no querían seguir solos." El tono de Mycroft era conversacional pero sus ojos decían toda una diferente historia; estaba buscando una reacción en el rostro de Sherlock, buscaba grietas en la armadura.

"¡Cállate!" Sherlock gritaba ahora –sin embargo, el rojo se desvanecía de sus ojos, un leve matriz de azul regresaba.

"Harrison estaba a punto de comprometerse; incluso tenia un añillo en su cuerpo. Su novia –Ana, me parece recordar- dejo el restaurante pensando que la había plantado. Ella no se dio cuenta de que realmente no podía evitar su ausencia." La burla era evidente en la voz de Mycroft.

El miedo era innegable en el tono de Sherlock "Detente, ¡por favor!, Mycroft."

"Dame a John."

"Sherlock casi lucia desafiante –el rojo parecía brillar- antes de que mirara abajo, a la cara de John, sus ojos cerrados aprisionados de dolor, y prácticamente lo lanzó a su hermano.

La ambulancia llego ahí en menos de 5 minutos.

Para ese momento Mycroft había regresado a su forma humana y encapsulado a su tembloroso hermano en un abrazo, sintiendo las lágrimas poco a poco penetrar en su traje. Sherlock siempre había sido delicado, su control tambaleante en el mejor de los casos. Y Mycroft no se atreve a pensar en lo que la posibilidad de la muerte de John le haría.

Cuando los paramédicos llegaron y miraron la sangre en el suelo y cubriendo a los dos hombres, inmediatamente saltaron a las conclusiones –intentando llamar refuerzos policiales. Una palabra tranquila de Mycroft cambio su opinión y se concentraron en llevar a John, de manera segura, al hospital, donde su tipo de sangre podría confirmarse y podrían suminístrale las transfusiones que desesperadamente necesitaba. Hasta entonces le aplicaron unas cuantas bolsas en la ambulancia –para estar seguros- y su muñeca fue anestesiada y cubierta en vendajes, ocultando la herida de la vista.

Sherlock se quedó con Mycroft mientras la ambulancia se iba, alejando a John del 221B.

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Gracias por leer, y gracias por todos los reviews que han enviado! Realmente me alientan. Cuídense chicos, tratare de actualizar para el próximo fin de semana!