Notas Iniciales: La extensión de esto alcanzaba para separarlo en dos partes pero al final me arrepentí y lo dejé en Oneshot.
Advertencias: Incesto.
Seis Fases.
Descubrimiento.
Irritable e incómodo era como Ikki se reconocía mientras pretendía enfocar su atención en la pantalla del televisor frente a él, recostado en el suelo, sin ánimos de alimentar esta farsa a la que se vio forzado integrarse, todo por petición de su hermano a quien podría maldecir por este infortunio, más no se sintió capaz y en cambio culpó a ese grupo de ineptos que eran Seiya, Shiryu y Hyoga, mismos que se encontraban distribuidos por la sala luchando por mantenerse despiertos. Eran más de las tres de la mañana y el día ajetreado debió ser motivo suficiente para que se rindieran respecto a su pequeña reunión pero los testarudos se habían empecinado, reacios a remembrar vivencias que nunca parecían abandonar sus mentes; pasaron por tanto que ésta era de paz resultaba abrumadora, así que Ikki podía perdonarles ese aspecto aunque no en su totalidad. Un lobo solitario como él no admitía demasiada compañía por tanto tiempo.
El pensamiento le incitó mirar en dirección a Shun a su lado, quien hacía tiempo dejó de luchar contra el sueño para entregarse por completo, respirando profundo y con el cuerpo tan relajado que Ikki se sintió mal de que estuviera en el suelo.
Desde el comienzo el santo de Fénix se había negado a que imitara sus tendencias de preferir el piso a un sillón pero Shun había alegado debía aprovechar al máximo su visita, pues estuvieron lejos el uno del otro un largo periodo y quería sentirse cerca suyo aunque fuera para ver películas. Algo se había retorcido en el interior de Ikki al escucharlo hablar con semejante pasión sobre algo que lo involucraba y sólo entonces lo dejó hacer su voluntad. Esa extraña reacción de su cuerpo todavía le pesaba, los restos de un sentimiento inexplorado palpitando al compás de su corazón a la vez que admiraba ese fino rostro dormido.
Si debía ser sincero consigo mismo, esa sensación ya la había percibido en el pasado, más nunca se había detenido para contemplarla, preguntarse los motivos de su brote casi similar a las llamas que incendiaban sus venas y proporcionaban calor a su rostro. Sólo eran palabras pero cada muestra parecida emergente de los labios de su hermano lo dejaban desconcertado, desarmaban sus planes, ayudándole ceder a cualquier inocente capricho perpetrado por el santo de Andrómeda. No tenía sentido. Su lazo fraternal se había forjado a raíz de las duras experiencias que atravesaron toda su vida desde el fallecimiento de su madre, los entrenamientos letales, sus separaciones y constantes reencuentros; los enfrentamientos contra dioses y otros santos.
Pero de igual forma no justificaba el que necesitara tan desesperadamente volver a verlo, saber qué estaba siendo de su vida aunque sólo fuese por un segundo.
Sin razón aparente notaba su garganta seca por rozar con la vista esa hipnotizante boca o prestar atención a esa inmaculada piel que parecía negar la existencia de cicatrices. A diferencia suya que siempre fue indiferente con el cuidado de su piel para siquiera disimular su naturaleza destructiva, Shun actuaba tan diferente a él como sino tuviera hondas heridas adornándole la carne, haciéndolo ver ajeno a sus realidades como soldados de Atena, incluso solía dudar que compartieron el batallar hombro a hombro antes, lo que le hacía desear comprobar la existencia de estas entrañables marcas con el tacto. Y la idea le tentaba con la misma intensidad que le generaba culpa. Sabía que Shun había dejado de ser un niño pero su mente siempre se encontraba en conflicto, deseando protegerlo de los males del mundo como un tesoro de incalculable valor mientras una parte (probablemente la más recóndita de su ser entero, por tanto la más aterradora nacida de su odio), anhelaba una oportunidad para despojarlo de esa pureza que le había convertido en blanco de las más peligrosas pruebas posibles. Como el ser contenedor del dios Hades.
Descartando el filme ya ignorado, Ikki se propuso llevar a su hermano a la cama, así que sin molestarse en anunciar intenciones ni siquiera por cortesía, sostuvo el cuerpo de Shun en brazos con sumo cuidado para no despertarlo y emprendió su marcha escaleras arriba apenas escuchando los adormilados balbuceos de Seiya que pretendieron formular una pregunta casual.
El santo de Fénix cruzó sin detenerse el largo pasillo de la segunda planta de la mansión Kido hasta la habitación que Saori le había asignado a su hermano previamente. Ikki odiaba esa ostentosa construcción y era su motivo principal de que se las arreglase para encontrar un pretexto que le mantuviera lejos de sus grotescos muros, los cuales nunca dejaron de escupirle fantasmas desagradables; no se trataba de un hombre fácil de conquistar, así que por mucho que su diosa hubiera intentado hacer su estadía más amena, la simple presencia de la fotografía de Mitsumasa Kido en el recibidor conseguía que se le crisparan los nervios. Si Shun no ocupara un lugar en el sitio habría cumplido su promesa de nunca poner un pie en su interior otra vez, también era quien abogaba por la seguridad de Tatsumi, ya que a pesar de su aparente serenidad lo cierto era que el rencor de Ikki por todo lo que se relacionaba a esa fundación no había mermado ni un poco.
El que atendieran a Shun a manos llenas lo persuadía de mantener la paz ante sus hirvientes deseos de ver aquel imperio multimillonario hecho trizas.
Cuando estuvieron en la mencionada recamara, Ikki no desvió su camino hacia la agradable cama donde depositó a su hermano de forma adecuada, incluyendo el quitarle los zapatos y cubrirlo con una cobija que había encontrado doblada sobre un mueble cercano. Contempló el cerrar las puertas que daban al balcón pero con una corta reflexión concluyó no haría falta ya que estaban en verano, así que el calor abrazante impediría que el menor se enfermase. Y luchando contra sus instintos sin darse cuenta, no perdió la ocasión de separarse de Shun para caminar directo a esa zona con deliciosas corrientes de aire, siendo acariciado por las delicadas cortinas blancas que lo adornaban, las cuales apartó para apreciar el envidiable paisaje precediéndole.
Otros quizás podrían adorar aquellas vistas al mar pero no alguien como Ikki que vivió por mucho tiempo en la Isla de la Reina Muerte, pues además de ello le traía recuerdos sobre cierta joven de rubios cabellos que confundió constantemente con el hombre que yacía tan cómodo y vulnerable a sus espaldas.
A veces solía preguntarse qué hubiese sido de su presente de haberla protegido en ese entonces. ¿Habrían logrado ser felices? ¿Ella se habría quedado con él? Esmeralda y Shun pudieron convertirse en muy buenos amigos. A Ikki le habría gustado mucho que experimentara los placeres que se perdió al estar confinada en esas circunstancias desafortunadas, sin importar cuan feliz se dijo ser a lado de su padre o el haberlo conocido a él. El santo de Fénix trató de evadir esos pensamientos que en el presente no valían la pena; era un hecho que ninguna de las posibilidades hipotéticas que se planteaba reflejarían la realidad que esperaba, después de todo las cosas eran complicadas tanto en la actualidad como en esos días remotos. Esmeralda enfrentó su propia guerra, sin mencionar que sin su sacrificio él no hubiese encontrado el coraje para asesinar a su maestro y enseguida convertirse en merecedor de la armadura que portaba en cada combate, misma con la que se transformó en el escudo de su hermano cuando éste más lo necesitaba. Fue aquel el sendero que eligió y ya se había apegado a él, así que permanecería de la misma manera hasta que el cosmos en su interior se extinguiera.
—¿Ikki? —La voz de Shun lo sacó de sus cavilaciones, incitándole voltear en su dirección, aunque algo en él lo reprendió, obligándolo retornar a su postura inicial.
—Esperaba que durmieras hasta mañana —le dijo con la mayor neutralidad que le fue posible, pues no podía remediar el sentimiento que ardía con sólo escuchar su voz.
—Entre mis sueños percibí un cálido cosmos que me llenó de júbilo. No pude evitar desear sentirlo más de cerca. A decir verdad no me sorprende que siempre haya sido tuyo.
La mezcla de implicaciones en aquella última frase logró que el fuego aleteara y creara una ráfaga que hizo a Ikki removerse, disimulando la reacción de su cuerpo al cruzarse de brazos, aún si la tensión seguía siendo evidente en su semblante. Inaudito. Enfermizo.
—Necesitas recuperar energías para el día siguiente, ¿no?
—No tengo planes ni clases en la universidad, tampoco misiones que cumplir, así que estoy libre. Por eso me preguntaba, ¿te quedarás?
Ikki sintió el veloz impulso de responder con una negativa pero nuevamente su cabeza entró en conflicto. Sabía que estaba de vuelta a la mansión porque anhelaba ver de nuevo a su hermano pero también era consciente que se estaba arrepintiendo de haber actuado a favor de su egoísmo. Inmoral. No debía estar ahí, debía irse.
—No tengo otro destino en mente pero eso podría cambiar, aunque... si me pides que me quede yo... lo consideraré.
—¡Quédate! —dijo Shun rápidamente con inmensa alegría, una expresión que volvía despertar mecanismos que Ikki se esforzaba en eliminar de su intercambio—. ¡Podríamos salir juntos! Hay un par de lugares que me gustaría mostrarte, de esa manera no te sentirás encarcelado aquí, ¿cierto?
—¿Sabes? No necesitas preocuparte de cómo me siento.
—Quiero que te sientas cómodo —espetó Shun con arrasante convicción—. Me esforzaré en ello, te lo prometo.
—Escucha, Shun...
—Quiero recuperar el tiempo perdido —le interrumpió. Ikki abrió los ojos de golpe, encontrándose con el par de piedras preciosas enmarcadas con la frente, nariz, pómulos y labios juveniles del santo de Andrómeda, el cual no pareció preocuparse por la impresión que experimentó. No se había dado cuenta en qué momento salió de la cama para enfrentarlo con tremenda efusividad—. No, no recuperar. Quiero que pasemos un tiempo juntos, al menos ahora que tengo la fortuna de tenerte aquí sin que haya una batalla a vencer. Odio que no compartamos un momento así.
Era tan inusual que Shun diera uso a una palabra de tal calibre, sobre todo para expresar su sentir en respuesta a una situación; no parecía correcta, como si no ajustara realmente a la personalidad pura y amable de este santo de bronce que tantas veces superó a sus adversarios con fiereza y compasión, algo muy contradictorio pero que funcionaba a la perfección con el estilo de lucha de su sacrificado hermano menor, nuevo contraste entre ellos que todos podían notar al poco tiempo de verlos en acción. Había quienes confundían amabilidad con debilidad y no podían estar más equivocados, después de todo Ikki fue espectador de la fortaleza de Shun, su cosmos que se elevaba más que ningún otro, manteniendo el respeto hacia quienes osaban desafiarlo. El santo de Fénix acarició la cabeza del otro como consolándolo, obteniendo una mirada rebosante de sorpresa.
—Está bien, Shun. Tendremos un día solo para nosotros dos. —La mirada del santo de Andrómeda se iluminó a la vez que sus pálidas mejillas se teñían de rojo, un hecho que inquietó tanto a Ikki que vio necesario retroceder en su declaración anterior—. Será como un tiempo entre hermanos.
La luz en los ojos esmeraldas de Shun se apagó con facilidad pero esta pronunciada decepción no le impidió asentir contento por la accesibilidad de su hermano mayor, quien con suma dificultad apartó los dedos de esos sedosos cabellos verdes, disfrazando el acto con nostalgia para perder la mirada en el monótono paisaje que les saludaba, funcionando como una distracción convincente que les salvara de comprometer sentimientos de un sólo contacto. Ikki podía notarlo en la forma que sus cosmos se llamaban, atraídos por una violencia tan sutil que parecía agradable, tan precisa, pero no podía permitir que continuara por lo que se deshizo del embrujo huyendo de la cercanía que Shun ya había establecido.
—¿A dónde vas? —quiso saber el santo de Andrómeda un poco consternado.
—Me iré a dormir ya, tú deberías hacer lo mismo.
—Ya veo, entonces descansa, hermano. Nos vemos mañana —lo despidió, sus palabras enredándose en su silueta como una promesa que esperaba obligarlo cumplir, algo a lo que Ikki correspondió deteniéndose sólo un momento en el marco de la puerta para asentir y de nuevo avanzar hacia la oscuridad que le entregó la puerta al ser cerrada.
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Negación.
No se trataba de nada anormal que dos caballeros como ellos salieran de paseo a solas. El clima era perfecto, un poco caluroso pero la brisa fresca lo compensaba con creces, sólo bastaba un conjunto de ropa adecuado para canalizar el choque de temperaturas y estarían bien durante todo el recorrido. Caminando uno junto al otro se integraron al flujo de personas, procurando no ser presas de grandes multitudes al avanzar, pues uno de ellos detestaba no ser capaz de moverse, no por nada en cada uno de sus viajes elegía lugares reducidos en población para instalarse una larga temporada antes de proseguir.
Hasta el momento la informalidad de la cita estaba resultando afable, por momentos Ikki llegaba olvidar el lío interno al que solía enfrentarse cada vez que formaba parte de la realidad de su hermano. Estando así, compartiendo y conversando tan naturalmente con Shun, se convenció que sólo estuvo pensando más de lo necesario, que una confusión tan inadmisible pronto se desvanecería producto de un mal sueño, uno terrible y sofocante pero un delirio al fin y al cabo; sólo haría falta que pasaran más tiempo en estos mutuos acuerdos para que sus incorrectas suposiciones dejaran de causarle tantas incertidumbres. No amaba a Shun más de lo que le correspondía como su única familia sanguínea.
Al fin lo veía todo con claridad.
Se daba cuenta de los engaños de su propia mente, mezclando la figura de su hermano con la mujer por la que sufrió un enamoramiento que no tuvo oportunidad de asimilar, mucho menos satisfacer, y entonces comenzó a compararlos tanto que pronto se inclinó a creencias erróneas respecto a su sentir; Esmeralda nunca hubiese podido ser Shun y Shun jamás podría convertirse en Esmeralda. Ambos era distintos incluso dentro de sus similitudes e inconscientemente Ikki creyó encontrar amor romántico danzando por encima de tan honesta fraternidad. Se sentía un estúpido al reflexionar en la equivocación cometida, suerte que acostumbraba guardarse sus problemas para sí mismo, de no haber sido de esa manera dudaba escapar ileso de tantas revoluciones emocionales. Sólo con imaginar la reacción de su hermano menor ya se reconocía devastado.
Sin embargo, cuando lo pensaba ya no sentía el mismo pánico del comienzo. Si es que conocía a Shun tanto como estaba convencido, él hubiese llegado a la misma conclusión sin siquiera mostrarse asqueado por sus locas ideas y era una de las cosas que más le gustaban de su personalidad; el ser un buen confidente y también juez, alguien que piensa con el corazón mientras analiza todas la posibilidades calmadamente sin acudir a la arbitrariedad.
No pudo evitar sonreírle dulcemente al verlo alejarse con la promesa de conseguir una bebida fresca para los dos del puesto ambulante más próximo a sus posiciones y volver con esos radiantes ánimos que contagiaban a cualquiera, no le extrañaba que incluso sujetos arrogantes como Hyoga y tranquilos como Shiryu disfrutaran tanto el pasar el tiempo a su lado. Seiya ajustaba con todos pero Ikki se permitió vanagloriarse de su posición como hermano mayor, pues que fuera el favorito de Shun por este simple hecho le hacía inflarse el pecho con orgullo. Pero siempre debían existir inconvenientes que arruinaran su recién revivida confianza, ya que mientras se apoderaban de un espacio bajo la sombra de un toldo, le fue imposible descartar las indiscretas miradas que muchos a su alrededor le dedicaban a su hermano, de las cuales casi podía palpar sus hambrientas intenciones.
No debería sorprenderle cuando Shun calificaba como un hombre atractivo, en su primera y última visita al Torneo Galáctico donde los santos de bronce se enfrentaron por la armadura de Sagitario, quedó comprobado el inmenso espectáculo que significaba para las mujeres (y varios hombres) la simple presencia de su hermano. Sin embargo, aunque su conocimiento al respecto incluso fuese añejo, no reducían los celos que le atacaban.
Si Shun tuviera el interés podría obtener a quien quisiera, separarse de su deber como santo de Atena e irse con alguna chica o chico para que pudiese disfrutar de una vida normal como hace tiempo se merecía. En cambio Ikki despedía un aura que atemorizaba a todo el que pretendiese acercarse con estas simples intenciones; tal vez era un poco agradable a la vista pero tal perspectiva se pudriría con tan sólo dirigirle la primer palabra. Ya lo había vivido algunas veces después de todo. Shun era el único a quien no le desagradaba tenerlo cerca.
—¿Ocurre algo, Ikki? —quiso saber Shun en cuanto notó el gesto tenso de su acompañante, más no fue capaz de insistir por una respuesta ya que el santo de Fénix comenzó andar lejos de la aglomeración de gente sin siquiera mirarle—. ¿Ikki? ¿A dónde vas? Espérame.
Sin dejar de avanzar Ikki se empeñó en ubicar un sitio menos concurrido sin molestarse en mostrar compasión por la confusión de su hermano, convenciéndose de que este repentino brote de furia estaba dirigida a él y su aparente ingenuidad, no a las personas que pecaban de admirarle desde la distancia sin resquebrajar el escenario distante en que actuaban. Simplemente no se podía creer que no se diera cuenta cómo atraía miradas con su sonrisa, sus bellos ojos y su manera tan particular de moverse. Una cosa era la juventud y otra muy distinta la inocencia, dudaba que no fuese consciente de lo bien que lucía, había elegido su atuendo de verano más bonito para salir con él, seguro lo hacía para opacarlo; algo absurdo, el santo de Fénix no estaba hecho para resaltar fuera de combate. Ikki de Fénix jamás iba a funcionar dentro del mundo social.
—Lo siento.
La sorpresiva disculpa golpeó la consciencia del hermano mayor, obligándolo frenar en seco para mirar al otro por encima del hombro, siendo testigo de aquella sincera tristeza reflejada en los siempre hermosos ojos verdes. Esos que le arrancaron el aliento con sólo encontrarlos en mitad de esas caóticas emociones que acariciaron su pecho con ardor como el viento costero a sus azulados cabellos.
—¿Por qué? —cuestionó desviando la vista.
—Siento que te hayas sentido abrumado, debí buscar un mejor lugar donde descansar.
—No seas tonto, no se trata de eso... —Ikki se detuvo al darse cuenta que carecía de una explicación, al menos de alguna que no hiriese a su hermano pequeño; él no necesitaba preocuparse de sus complejos también—. Olvídalo, ¿si? No fue nada, yo debí decirte que quería comenzar a caminar. ¿Estás cansado? Si es así podemos esperar un poco más.
—N-No, estoy bien. Podemos ir a donde quieras, te sigo.
Luchando por evadir el embrujo que tiró de sus entrañas al verlo sonreír nuevamente, Ikki retornó al sendero recién establecido por sus pasos; necesitaba que se fueran juntos a una parte privada, sólo así dejaría de sentirse intimidado por la atracción que su hermano menor incitaba en otros. Al menos era eso lo que quería pensar, excepto que a medida que se escurrían las horas y ambos se aventuraban a una convivencia mucho más cercana, cada nimio gesto suyo despertaba algo más en su interior, un aspecto que podía percibir antinatural pero familiar. No era como si estuviera disfrutándolo, no por completo.
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Fantasía.
Su subconsciente nunca fue un aliado, desde que podía recordar éste nunca actuó a su favor y siempre le escupía visiones o pensamientos creados con el único propósito de torturarlo, desvelarle durante las madrugadas. Esta vez no fue la excepción. Con un movimiento brusco tanto como precipitado se había incorporado con más de medio cuerpo fuera de la protección de las sábanas, sobresaltado a causa de imágenes desconcertantes al punto que estando despierto ahora significaba una bendición misericordiosa por parte de los dioses regentes del sueño, del mismo modo no dudaba que semejante experiencia fuese también una broma de pésimo gusto cortesía de los susodichos.
Mientras trataba normalizar su agitada respiración, Ikki aún podía sentir sus labios húmedos, hinchados por causa de un agasajo fantasmal que lo había despertado de esa forma tan violenta. Había visualizado sueños sugerentes a lado de Shun pero éste último se había superado a niveles insospechados, cuya explicites seguía horrorizándolo con los rastros todavía nítidos al alcance de su sudorosa piel que ardía con el ímpetu de su cosmos amenazado por la muerte; si es que podía comparar la sensación con cualquier otra chocante noción.
El santo de Fénix comenzó a reír ácidamente, cubriéndose la cara indignado con el conocimiento de su erección despierta, inspirada por aquella aberración. Justo cuando creía estar mejorando su subconsciente le arrojaba escenarios nada honorables de incesto puro y crudo, los cuales lo lamieron, saborearon y tragaron para que se impactase con la más letal excitación que hizo cosquillas a su bestia interna, la cual se sintió seducida por los promiscuos gritos de aquel que reflejase la apariencia de su hermano para alimentar sus bajas pasiones. La desnudez idealizada por morbos y fetiches que hasta entonces desconocía habitaron siempre un rincón de su ser; las cadenas de Andrómeda no habían sido fabricadas para darles esos depravados usos, nunca tan sucios. Se revisó los brazos en busca de las marcas que en su sueño seguramente le dejaron por todo el cuerpo estando firmemente inmovilizado, mientras la figura engañosa de Shun lo montaba con una sonrisa lasciva.
Esto era más de lo que Ikki podía tolerar. Debía marcharse rápido, de lo contrario estaría expuesto a cometer actos de los que sin duda se arrepentiría.
Pero tras el sofocante pavor encontró autocontrol, pues un sueño no podía dañar su psiquis más de lo que ya estaba, bastaría con desecharlo como había estado haciendo con los pensamientos que lo distrajeron de sus espontáneas charlas con Shun, engatusado por la forma de sus labios articulando palabras. Se convenció de que podía sobrellevarlo, pues entre sus compañeros era quien poseía más resistencia mental; interrumpió los ataques de Saga de Géminis y venció las ilusiones de Shaka de Virgo durante la pelea de las Doce Casas para su hermano, santos de oro quienes eran reconocidos por poseer el más poderoso control mental y espiritual además de Mu de Aries, así que debía convertirse también en su deber aprender a canalizar todas estas preocupantes situaciones generadas por su cabeza. Ya se había interpuesto a la ejecución de sus propias acciones hasta perder la cuenta, nada de lo que no estuviera acostumbrado, un par de visiones escandalosas no lo iban amedrentar.
Cuando logró calmarse se levantó del lecho y se dispuso salir de la habitación, pensaba en que mirar las estrellas desde un espacio abierto le serviría para conciliar el sueño una vez más, no esperaba sorprender a su hermano justo del otro lado a tan sólo unos centímetros de tomar entre sus dedos la manija de la puerta.
El rostro de Shun proyectó sus nervios, agregando un enrojecimiento en sus mejillas que lo hizo parecer de nuevo un niño que acababa de ser atrapado cometiendo una travesura. Ikki se habría reído de ello sino hubiese comenzado a lanzar sospechas sobre las intenciones de su hermano para yacer despierto altas horas de la noche y que en lugar de quedarse en su cama hubiese optado por caminar directo al cuarto menos recomendable de toda la mansión. Por supuesto que tenía conocimiento respecto a los hábitos de Shun cuando trataron el tema esa misma tarde y tal lo llevó recordar que caminaba sin rumbo hasta lograr un contacto cercano a la razón de sus perturbaciones, entonces la ocasión actual significaría que también había soñado con él. Entrecerró los ojos mientras lo contemplaba en absoluto silencio y su hermano le sostuvo la mirada con evidente tensión. Ikki podría preguntar y Shun se apresuraría dar explicaciones al azar incluso sin que su hermano mayor lo cuestionara pero dejaron que el silencio los dominara hasta que el santo de Andrómeda decidió que había tenido suficiente de aquel callado intercambio.
—Quería asegurarme de que aún estarías aquí, no es la primera vez que te marchas sin decirle nada a nadie. —No habían siquiera motas de reproche en el tono de Shun aunque su oración dictase lo contrario y a pesar de eso el hermano mayor no dijo nada por unos instantes, absorto, todavía luchando por digerir la situación.
—Me dirigía al patio, no para huir, sólo a tomar aire. Ya notaste que he superado mi propio récord quedándome.
—No quise decir... —el más joven trató de renegar pero fue interrumpido.
—¿Quieres venir? No me molesta.
Shun bajó la mirada pensativo y entonces lo acompañó con un rostro muy serio, con el cual Ikki pudo encontrar similitudes en sus rasgos que no le parecían tan evidentes cuando estaba sonriendo y mezclándose con el mundo al que a él le costaba adaptarse con semejante soltura; siempre estaban presentes pero Ikki solía eludir reparar en éstos, como si tratara negar el parentesco que los unía a una línea familiar por mera necesidad, pues así le parecía menos doloroso a él y su subconsciente que sangraba en deseos ocultos tras irse a dormir, cuando lograba no repetir eventos traumáticos relacionados a su entrenamiento militar. No era de ayuda pero no veía objeto en enfadarse con los mecanismos automáticos de su cerebro, resultaba absurda la simple idea.
Pero más absurdo fue percibir la manera en que uno de sus puños eran sujetos. Miró a Shun, quien no le otorgó la misma respuesta, en cambio pareció encogerse más en su retraída postura. Habían estado recorriendo la mansión a oscuras, por lo que la falsa protección de las sombras le permitieron a Ikki aflojar los dedos, poco a poco permitiendo que los contrarios se deslizaran tímidamente entre ellos, acariciando y explorando, midiendo terrero -libertad- hasta que por fin se entrelazaron. Durante todo el proceso el corazón de Ikki produjo uno o dos o tres latidos que casi le reventaron los tímpanos, tan ruidosos que se descubrió desorientado por la acción de Shun, temiendo preguntar y que la calidez de esa piel se le escapara, intimidada por un impulso expuesto a la luz que juiciosa se irritaría con el valor que le entregó la oscuridad, daba igual que se tratase de la tenue y reflectante de la noche.
—¿Aún le tienes miedo? —susurró Ikki aproximándose un poco, fingiendo que su pregunta se refería a la fobia infante que muchas veces les había arrastrado problemas a los dos durante su niñez. Shun se estremeció al impacto de su voz.
—Sólo cuando no estás ahí —declaró en un murmullo, actuando cómplice de la nueva cercanía, aquella que Ikki tuvo deseos de intimar.
Sin embargo, en su cuerpo se disparó la sensación de estar cometiendo un crimen malévolo con y junto a su hermano menor, quien por fin se atrevió alzar la mirada, cuya profundidad les incitó apretar el agarre que mantenían en el otro, inconscientes pero honestos en su afán. Los labios de Shun temblaron, en sus párpados inferiores se asomaron lágrimas que dieron brillo a sus pupilas pero ninguno se movió de su posición, consumidos en este ambiente con sabor a prohibición y desenfreno. De pronto Ikki sentía la inquietud de llorar, no lo hizo pero la desesperación era fuerte, también desgarradora.
—Shun... —le llamó con miedo, tan cerca, incapaz de resistirse a la tentación.
—Ikki —le respondió como un eco, el cual estaba a punto de ceder. Pero entonces el santo de Fénix apartó la vista y retrocedió, estableciendo la debida distancia a este abrupto choque de sentimientos sin soltarlo de la mano, como si hacerlo lo terminara por volver loco.
—Recuerdo que no querías salir de la recamara a menos que todas las luces estuvieran encendidas, era una faena convencerte de ir solo al baño.
—Ikki —insistió Shun con tono anhelante, algo que al aludido lo lastimó pero estaba decidido en desviar el fuego.
—¿Lo recuerdas, hermano?
Fue entonces cuando Shun lo soltó, dejando un denso aire con sabor a abandono entre ambos mientras forzaba una sonrisa en sus labios, tejiendo la imagen que él mismo llegó a detestar en secreto, por eso negó con la cabeza como primera contestación, sacudiéndose las ganas con obvio resentimiento, uno que pasaría desapercibido a la vista de las divinidades omnipresentes.
—Es difícil para mi recordar esos detalles ahora. De esa época todo lo que está enterrado en mi pecho es la tristeza de haberte perdido, la impotencia de no haber sido más fuerte para protegerte. Pero eso se quedó en el pasado, ya no importa porque estamos juntos de nuevo, ¿cierto? Continuamos siendo una familia... con algunos nuevos miembros.
— …Si. —Ikki suspiró derrotado—. Todos los santos de bronce.
—Así es, por eso todo está bien... está bien... —concluyó aunque ambos supiesen que tal afirmación se trataba de una descarada mentira.
Nada estaba bien entre ellos, no en el pasado, mucho menos en el presente. Ikki se preguntó cuándo fue que inició todo. ¿Sería cuando dependieron exclusivamente el uno en el otro tras el derrumbe de su hogar? ¿Cuando su madre le dijo que tendría un hermano y le animó tocar su vientre para sentir a este bebe moverse contento de conocer el tacto de su futuro compañero? Ikki estaba emocionado cuando se enteró que nacería, a diferencia de otros niños él jamás sintió celos ni rechazo por el nuevo integrante de su pequeña familia, en cambio desde el principio estuvo motivado con su presencia, pues le encantaba correr a buscarlo en su cuna ya que éste siempre estiraba sus delicadas manos necesitando alcanzarle, incluso más de lo que parecía querer sentir cerca a su madre; él fue la primera palabra de Shun, fue quien presenció sus primeros pasos, quien lo veneró tan devotamente.
Los dulces recuerdos ahora parecían transformarse en visiones asquerosas, manchadas por obsesivos encuentros alejados de lo fraternal. Al principio Ikki se convenció que era el único que había ocasionado la ruptura debido a sus incorrectos desvaríos, más con la demostración de esa noche oró por que el alma de su hermano no hubiese sido mancillada y que todo fuera una percepción errónea de su pervertida mente. Esa pureza que tantas veces lo sanó no podía estar corrompida. Definitivamente no debía ser correspondido, jamás estropeado por él.
Esa misma noche al acostarse más tarde soñó con hermanos y hermanas sosteniendo relaciones sobre un infinito manto negro, intercambiándose, combinándose y adhiriéndose gracias a los sudores que les derretían las pieles, clamando por un placer culposo al que no conseguían resistirse, pues como animales eran dominados por sus instintos, sus fluidos tomaban la forma de cada indecente acto y se doblegaban ante el dolor que les ocasionaba saber que esto recibiría un merecido castigo, pues como simples mortales no merecían emanciparse de esta manera. Todos ellos para Ikki fueron personas que no conocía pero que les podría confundir fácilmente a favor de su deleite.
Por eso cuando sus rostros se transformaron en aquello que tanto le hizo repeler en su anterior fantasía, la escena capturó su interés. No temió más y se permitió recibirlo de brazos abiertos, después de todo era lo mínimo que podía hacer por sí mismo.
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Aceptación.
Se había rendido. No valía la pena escapar, ya que por más que se alejara e intentase convencerse de lo contrario yacía prendado a su alma como un estigma, más hondo que una ruptura en los huesos principales. Marchó lejos sin previo aviso de nuevo pero volvió al poco tiempo, siendo embestido por su hermano al que ni siquiera le importó que hubiesen espectadores, él corrió a su encuentro y lo envolvió con sus brazos de manera tan posesiva que Ikki creyó que no lo liberaría otra vez. Su comportamiento había inspirado bromas entre sus camaradas de bronce que trataron aligerar el ambiente sino es que cortarlo por la incomodidad que despertó, algunas burlas más comprometedoras que otras, pero ni eso convenció a Shun de parar, demasiado furioso y aliviado para mostrar apariencias. El tiempo transcurrido se le hizo eterno, sin importar que fuese el más corto en el que Ikki desapareciera, pues esta vez le castigó manteniéndolos totalmente incomunicados, ningún rastro de su cosmos, nada. Y esto se lo reclamó.
Shun temió que no lo volvería a ver, ni siquiera quiso ir a clases ese día, sólo accedió porque Ikki le prometió pasar a recogerlo, más a partir de ese día no volvería a quedarse en la mansión. A todos les dio la noticia de que había conseguido un empleo y que viviría lo suficiente cerca para estar pendiente de las noticias sobre el Santuario pero lo bastante lejos para mantener a flote su estilo de vida. Seiya bufó acusándolo de creído aunque por dentro estaba feliz de que por fin tomara la decisión de establecerse, los otros dos lo apoyaron en su convicción pero Shun todavía se sintió desplazado, pues su hermano mayor nunca les cedió la libertad de visitarlo en su nueva residencia al no brindarles una ubicación exacta.
Los días avanzaron agridulces para el santo de Fénix pero decidió que aquello era lo mejor. Tenía la oportunidad de pasar tiempo con Shun cuando no estaba ocupado trabajando y a su vez velaría por su protección desde la distancia. Ya no temía por el amor impuro que le dedicaba pero era necesario que tuvieran su espacio, pues nunca fue su intención aspirar más de lo establecido en su relación. Shun era tan noble que sería capaz de corresponderlo si se enterase sólo para que no se apartara de su lado, así que sólo le estaría dando tiempo para que reflexionara en lo que realmente quería, entonces dejaría de insistir y encontraría por su cuenta el camino que debía seguir.
Ikki sabía perfectamente que le dolería como el infierno que Shun se deslindara del apego que le transmitía cuando estaban juntos, pero precisamente hacía eso para que aprendiera a ser egoísta con su propia persona. Confiaba en él, sabía que no tardaría en aprender alejarse cuando fuera necesario, a no esperarlo más, entonces habría mejorado, encontrando cosas más importantes para atender que complacer a su irremediable hermano mayor.
Al menos pareciera que las circunstancias estaban avanzando bien, el propio Ikki ya no experimentaba la hastiante necesidad de huir cuando Shun le dedicaba algún gesto fraternal, ya no temía contaminarlo y en su lugar disfrutaba estar cerca sin sufrir peligrosos impulsos que arruinasen la armonía del ambiente. Por eso le sorprendió mucho cuando Shun le propuso acompañarlo en sus vacaciones venideras. Aparentemente Saori le había concedido la oportunidad de viajar a donde quisiera con todo pagado como una especie de premio por sus esfuerzos universitarios. Cuando Ikki de Fénix preguntó por los demás, Shun se limitó asegurar que el resto de sus amigos le habían rechazado ya que tenían sus propios planes; Hyoga y Seiya irían de visita al Santuario y Shiryu saldría con Shunrei a un viaje aparte, así que serían sólo ellos dos en aquella pequeña aventura.
A Ikki ya no le molestaba la idea de pasar mucho tiempo a solas con su hermano menor, había superado la incertidumbre, por eso aceptó sin mucho entusiasmo acompañarlo en este viaje. Sin embargo, le inquietó ese pequeño destello de nervios que brotó de los ojos de Shun, como si de pronto no pudiese esperar que la salida se concretara, pues estarían en un lugar donde nadie los conocía, que no podrían saber que se trataba de dos hermanos escabulléndose entre la inocente ignorancia de aquellos que les descubrieran realizando practicas amorales.
Un mes para que Ikki consiguiera el permiso de su jefe, un mes comiéndose la cabeza sobre si realmente sería una buena idea acudir. Fue como si las estrellas se alinearan en advertencia esa última noche, de pronto intimidado (también emocionado) por nimias e imposibles posibilidades una vez más.
El trayecto fue como cualquier otro para Ikki, aunque fue un poco más largo y tedioso, ya que habían cruzado más fronteras de las que pudo estar acostumbrado. Cuando llegaron al hotel no estaba impresionado por los lujos, lo espacioso o lo sofisticado que era la planta que ocuparían o el cuarto de cada uno, sólo pensaba en tumbarse para dormir hasta el día siguiente, pues Shun dentro de su comprensible cansancio no podía esperar para hacer el recorrido que estuvieron planeando en el avión. Durmieron tanto como la fatiga del viaje se los permitió, pues terminaron abriendo los ojos más veces entre horas de lo que podían manejar. Quizás no fueran individuos con trastornos de sueño más normales pero la falta de rutina lo empeoró. Ikki no se mostró impresionado por la visita nocturna de su hermano menor, más no quiso indagar en ello, aceptando que merodeara cerca. Shun tomó asiento en su cama y alimentó el silencio distrayendo la mirada en los alrededores, la decoración era muy bonita, aunque no despertaba su curiosidad tanto como lo hacía la silueta de Ikki frente a los grandes ventanales que daban una vista espectacular a la metrópolis.
—¿Tienes algo en tu mente, hermano? —cuestionó Shun, una pregunta inocente que pretendía rellenar el silencio pero Ikki solamente negó con la cabeza, estaba tranquilo pero su mente volvía a ser un caos; había tantas cosas que quería y no debía hacer—. ¿Es algo en lo que pueda ayudar? —insistió, logrando que el corazón del santo de Fénix doliera, un dolor suave pero constante, que de alguna manera le hacía tenerse lástima a sí mismo—. ¿No?
—Shun, somos libres aquí.
— …Así es —confirmó el hermano menor en un tono que distó de ser casual pero no menos nervioso. Ikki no quiso averiguar qué expresión dibujaba su cara, no estaba listo.
—Pensaba en que sino dormía bien, no iba a poder resistir lo que nos espera mañana, estaba pensando en un método para lograrlo.
—Bueno, me gustaría darte opciones pero no estaría aquí despierto contigo sino estuviera teniendo los mismos problemas. Creo que estaba demasiado ansioso por llegar que mi entusiasmo me está pasando factura ahora.
—Me di cuenta.
—Aún así, dormí muy bien en el otro hotel donde nos hospedamos, ¿sabes?
Ikki lo sabía ya que en aquel cuarto habían ocupado una misma cama fingiendo que no necesitarían más, pues sólo se quedarían una noche para continuar el viaje en la mañana, incluso él pudo dormir un poco mejor, pues le recordó a cuando eran niños, incluso se sintió de vuelta a ese tiempo donde no podrían adivinar el destino que les aguardaba. Habían mantenido cierta distancia por supuesto, nunca aventurándose a nada más, él supo controlarse, aunque sospechaba que los íntimos roces que más de una vez Shun realizó en mitad de su mutuo descanso pudieron no ser del todo accidentales.
—Tomemos este viaje con calma —propuso Ikki, finalmente atreviéndose mirar al santo de Andrómeda—. Los centros turísticos que quieres visitar no se irán a ninguna parte.
—Oh... si, bueno, tienes razón. Olvida lo que dije antes, no intentaba meter presión a nuestras vacaciones. A veces habló sólo porque tengo boca —se rió Shun—. Nada ni nadie nos obliga seguir un itinerario ni nos apresura, mañana podemos levantarnos tarde, si queremos pedimos servicio a la habitación o nos arreglamos para salir a comer algo.
—Eso me agrada más —admitió Ikki acercándose a la cama, no notando la tensión que abordó el cuerpo de Shun, quien inconscientemente resguardó sus manos sobre sus piernas, tímido de rozar los dedos del otro.
—Entonces supongo que me iré a dar vueltas en la cama hasta el alba.
—Buenas noches —le despidió Ikki, recibiendo una respuesta adornada con su nombre, un detalle tan pequeño que trató de no darle importancia.
No supo cuánto tiempo se quedó sentado en la cama mientras veía sin mucho interés el oscuro exterior, no se preocupó por cubrirse mientras descansaba la cabeza en la almohada aún con la luz de la lámpara encendida. Sin pensar en nada se mezcló con el silencio hasta que un parpadeo lo hizo darse cuenta que yacía en las sombras, un tanto confundido se giró sin levantarse del colchón sólo para notar otro cuerpo ocupando el extremo contrario de la cama, era Shun que se había deslizado durante su corto sueño, acomodándose junto a él. En otras circunstancias Ikki lo hubiese cuestionado pero por esta vez no le importó desperdiciar una habitación extra. No le haría daño que durmiera a su lado esta noche también.
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Ejecución.
Tal como lo sospecharon no abandonaron la planta ese primer día hasta la hora de la cena, eligiendo asistir al bar-restaurante de las instalaciones para degustar de los especiales de la casa por mera curiosidad. Ikki todavía no lograba acoplarse a la sensación de estar rodeado de tanta gente desconocida, pero una sonrisa de Shun bastaba para que centrara toda su atención en el tema de conversación que elegía para distraerle de un hecho tan sólido. Entre esas trivialidades se relajaron tanto que la inquietud del principio finalmente desapareció, dejándoles ser dos personas disfrutando del ambiente festivo que les traía la idea de encontrarse lejos de los países habituales, dejándose guiar por intereses momentáneos como lo era el idioma dominante en aquella parte del mundo o la forma de vestir que tenían algunos de sus habitantes, suponiendo que tal aspecto podría tratarse de una distinción en las clases sociales, si no es que se trataban de turistas como ellos.
Los días siguientes se enfocaron en recorrer las áreas de mayor intriga para alguno de los dos, ayudándose de guías turistas que revisaron durante todo el viaje, buscando la manera de no perderse entre avenidas engañosas o atravesar calles peligrosas para los extranjeros; no era que un montón de asaltantes de cuarta fueran capaces de hacerles frente a dos bien entrenados santos de Atena pero Shun mencionó que no quería llamar la atención e Ikki se sintió conforme de complacerlo.
Aprendieron un poco más sobre la historia del lugar, probaron comidas tradicionales y adquirieron un par de artesanías típicas que consiguieron cautivarles la vista para luego volver a su planta, donde descansaron todo lo que quisieron hasta que vieron sustituida la luz del sol con la noche. En ese tiempo Ikki se distrajo en folletos que había estado obteniendo de los sitios que visitaron, en busca de algún centro más interesante a los anteriores, después de todo estaba aprendiendo acostumbrarse al ritmo.
—Ikki, el baño está listo —anunció Shun entrando a la habitación de su hermano, quien con un gesto le hizo saber que lo había escuchado, aún así el menor tomó la iniciativa de acercarse hasta su posición, sentándose a su costado decisivamente—. ¿Encontraste algo?
—Aún no, nada más que museos y teatros.
—¿Tienes algo en contra de los teatros y los museos? Haz estado evitando que vayamos a cualquiera de esos.
—Son lugares muy cerrados, llenos de reglas, lo cual me parece aburrido.
—Sólo admite que no te gusta sentirte limitado —le dijo Shun con tono amistoso, cual mordacidad bastó para hacer que el otro apartara los ojos del colorido papel impreso y se dirigiese a él—. Me sorprende que puedas resistir estar aquí sabiendo eso en todo caso.
—Es diferente —espetó Ikki devolviendo la vista al folleto—. Aquí estamos solos.
Un silencio demasiado denso adornó la atmósfera con sus palabras, entonces el santo de Fénix comprendió que acababa de cometer un desliz terrible a pesar de que no pretendía hacer ninguna insinuación parecida. Pensó en interrumpir el momento mencionando zonas que había considerado posibles opciones para sus futuros paseos pero el peso de Shun sobre su hombro le arrancó todo pensamiento coherente de la cabeza. Desconcertado dejó que el tiempo pasara desapercibido mientras ese calor conocido se instalaba en su vientre, haciéndolo estremecer cuando el santo de Andrómeda envió un suspiro a la quietud mientras le dedicaba una caricia pecaminosa con el brazo que rodeó su cintura, depositando todo el tacto de los dedos encima de una de sus temblorosas piernas, demasiado cerca de su muslo.
—Ikki —Y el dócil llamado a su nombre activó cada uno de sus motores, desatando la bestia que había estado encadenada a la nada por banal costumbre.
Soltó el folleto en sus manos, y antes de que se diera cuenta ya había apresado el rostro de Shun en un puño sobre su nuca, uniendo sus labios con un arrebato incontenible, cual fuerza casi logró que cayeran sobre la cama ante el brusco movimiento. Por lo que pareció un parpadeo ambos hermanos habían intercambiado furor y saliva, fuera de todo razonamiento o integridad. Sus labios intentaron desesperadamente adherirse entre sí con la humedad que decretaban sus alientos, así que no supieron quién de los dos acababa de oponer resistencia a esta insostenible necesidad; quién había roto el hechizo de sed infinita imposible de saciar. Lo que si supieron es que habían destrozado el tabú contra el que tanto tiempo estuvieron luchando y por fin examinaban en las pupilas del otro el motivo de su perdición. Ikki pudo reprenderse por su patética debilidad pero en su interior era consciente de lo mucho que había gozado profanar ese sarcófago de delicias que ni siquiera los mismísimos dioses se atrevieron a tocar. Podía ver en la agitación de su hermano el deseo de continuar, su propia sangre bullía por satisfacerlo pero se apartó, alejándose a una comprensible distancia.
—No debimos venir —aseveró con enfado, los puños temblando con muchas emociones mezcladas. Shun no tardó en argumentar en contra de sus rudas palabras.
—Aunque no hubiésemos venido, tarde o temprano ocurriría.
—No sabes lo que dices.
—Eres tú quien quiere seguirse engañando. Pudiste verlo a través de mi todo el tiempo y aún así fingiste que no existía.
—Alguien tenía que ser el cuerdo, obviamente no ibas a serlo tú.
—¿Qué significa eso? —inquirió Shun mostrándose irritado por primera vez en su vida en contra de su hermano.
—¡Mira lo que causaste! —La voz de Ikki se elevó mientras se giraba—. ¡Tenía todo bajo control pero tú tenías que romperlo! ¡No debiste tocarme!
—Ikki...
—¡Cállate! —El hermano mayor atrapó su cara con sus tensos dedos, deseando arrancarse de encima esa carne maldita que ocultaba la sangre que lo emparentaba con Shun pero era consciente que tal anhelo sería inútil; aunque se suicidara por su amor prohibido nada iba a cambiar aún después de la muerte y la lógica le hizo sollozar. Su voz se quebró articulando palabras con la tensión más mortífera jamás experimentada—. Te contaminé, yo... lo que juré jamás corromper... a ti... a mi único tesoro...
—Te equivocas, hermano. —El santo de Andrómeda se levantó de la cama y con suma delicadeza apartó las manos del rostro de Ikki, obligándole mirarlo a los ojos, a esos ojos que derramaban lágrimas sin recato, permitiendo al dolor invadirlo sin consuelo—. No tienes idea por cuánto tiempo estuve deseando que esto pasara. Cuántas veces me dejé fantasear con este momento. Así que si tú eres culpable por cumplirlo, yo soy culpable por disfrutarlo... —Aquella confesión revivió un fuego frío que mordió el corazón del santo de Fénix, devastado por una cruel realidad ahora irreversible para ellos—. Eres libre de condenar lo que sentimos por el otro pero por favor, por favor... te lo suplico, no lo rechaces.
Sus labios volvieron a encontrarse en medio del torbellino de sentimientos, iniciando con breves roces que se mantuvieron contenidos hasta que el hambre volvió a dominar sus sentidos. El aura de Shun, su calor, su boca, su lengua afilada, su cuerpo, su pesada respiración, su sola figura acababan de hacer trizas lo que quedaba de las ruinas de sus derrumbadas barreras. Ikki se encontró sintiéndose adormecido por la lujuria que tiraba casi con agresión de sus impulsos, tentándole violar más de la ley natural que les regía.
—Shun... no debemos —murmuró con increíble dificultad.
— …Ya lo sé, pero... yo quiero... ¿Tú no quieres?
—Quiero... maldición, lo quiero pero... pero esto no...
—Ikki —lo llamó, creyendo ahogarse, perdiéndose cada vez más en las sensaciones, entregándose por completo al paraíso prometido sólo equivalente al inframundo donde su cuerpo había sido poseído por un dios del olimpo ambicioso.
— ...Shun. Hermano mío, te he hecho tanto daño.
El hermano menor negó con la cabeza en un vano intento por eludir la verdad que les azotaba pero entonces Ikki lo abrazó con fuerza, luchando por contener sus cada vez menos reprimidos impulsos, fallando miserablemente en el proceso de aspirar el aroma fresco de Shun causado por el shampoo y el agua limpia. Sus bocas se encontraron, esta vez ansiosas por surcar la miel de sus demonios internos, quemando el libido de sus bajos instintos. Todo en sus movimientos fueron viciosas caricias y penas firmemente entrelazadas a un amor retorcido para la sociedad pero que para ellos se cristalizaba con el choque de su pasión compartida. Daban igual códigos morales y prejuicios externos si al final serían sólo ellos quienes atravesarían las peligrosas fauces de sus infiernos; sólo ellos se enfrentarían a las criaturas que les habitaba. Sólo ellos decidirían su siguiente destino.
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Expiación.
Había estado durmiendo en las nubes. El calor acariciándolo era agradable, sanador, dulce como una madre primeriza que había estado esperando conocer por fin a la criatura que se estuvo gestando en su vientre después de nueve largos meses, sólo para colmarlo de todo el cariño del universo y que consideraba se merecía. Sin embargo, a pesar de que ajustara perfecto la comparación del sentimiento, en realidad no era tan cierta ya que jamás podría poseer el mismo matiz. Cuando abrió los ojos y vio a Shun dormir desnudo plácidamente a su lado, la culpa atragantándolo a la altura de su pecho ya se había evaporizado, pues sabía lo mucho que le amaba de todas las formas permitidas y prohibidas existentes. Era liberador que se háyase entregado a esta felicidad aunque fuera efímera, a este placer que se ataba pero que iba más allá del carnal ya que podía continuar siendo su hermano sin demasiadas anomalías en el futuro, así como también actuar como su amigo, su caballero de bronce y su indiscutible amante.
En esta vorágine de cadenas sociales y morales, Shun las manipuló con gracia y habilidad para cederle espacio en su andar y él había acudido a su invitación pese las dudas taladrando su consciencia. Fue doloroso, al nivel que sintió moriría destrozado pero al final la unión se concretó; brindó un debido desenlace. No había sido nada fácil pero no le importaba danzar entre el fuego si eso significaba redimirse cerca suyo.
Coordinado a su energía despierta, el santo de Andrómeda no tardó volver a la consciencia también, visualizando con ojos vidriosos a quien tenía enfrente, regalándole una sonrisa enternecida que le dio los buenos días sin necesidad de palabras. En cambio volvió acurrucarse contra su pecho, abrazándose a su torso y entrelazando sus piernas bajo la comodidad de las cobijas. Ikki bendijo esa suavidad para moverse mientras se disponía corresponder sujetándolo de la cadera y enterrando sus dedos en los caireles verdes, iluminados por los rayos solares que entraban por el hueco entre las cortinas tras de sí. Shun suspiró e Ikki le besó la frente en un gesto devoto.
—Soñé que comía pay de queso —susurró el santo de Andrómeda después de unos segundos. Ikki bufó divertido.
—Te compraré dos rebanadas cuando salgamos de este cuarto —prometió pero el hermano menor negó con la cabeza emitiendo un gemido adormilado, entonces bostezó para acurrucarse igual a un felino que evita la luz, restregándose contra la almohada.
—Quiero un pay entero.
—¿Desde cuándo eres tan glotón?
—Desde que tengo un hermano con quien compartir.
—¿Oh, si? Pero era yo quien compartía contigo todo el tiempo, además de que yo siempre buscaba que tuvieras tus propias cosas aparte.
—Siempre haz querido que fuera egoísta, lo recuerdo. Por esa razón tenía que comportarme egoísta aunque fuera por esta vez.
—Shun... —Ikki se mostró sorprendido con la declaración de su hermano, aún así no huyó de la mirada inquisidora que éste mismo le lanzó.
—¿Qué? ¿Me vas a decir ahora que no estás orgulloso?
—Pequeño diablillo —le dijo con tono juguetón para enseguida robarle un beso de los labios—. Deberías saber que no era exactamente a esto a lo que me refería.
—Nunca he querido nada que no tenga que ver contigo. Incluso la paz del mundo no tendría sentido si no fuera también para ti. Necesitaba tenerte a mi lado de esta manera a cualquier costo. Si iba a ganarme tu ira, sería bienvenida.
—¿Qué cosas dices? Sabes bien que esto no es motivo de orgullo, no sólo para nuestro circulo, también para la ley. Si nos descubrieran...
—No quiero pensar en eso. Estamos juntos, Ikki —tajó Shun de golpe, así que Ikki abogó también por la comodidad del silencio que les abordó.
Ninguno supo cuánto tiempo permanecieron en la misma cama, si durmieron de nuevo o simplemente degustaron del bienestar que les traía un día flojo como aquel. El tiempo fue avanzando y sólo cuando recordaron que sus estómagos seguían vacíos emprendieron marcha a las calles nativas. De vuelta a los rentados aposentos se reunieron alrededor del centro de mesa en la pequeña sala conjunta donde terminaron su desayuno y almuerzo.
—Puedo ser más posesivo de lo que imaginas, hermano. —El abrupto comentario tomó de sorpresa al santo de Fénix—. Cuando te alejabas no odiaba que estuvieras vagando como si no poseyeras lugar al cual regresar, odiaba pensar que mientras vagabas encontrarías a alguien que no sería yo. Pasé mucho tiempo convenciéndome de que no maldeciría a esa persona si eso significaba tu felicidad.
—¿Hablas en serio?
—Aún hay cosas que no conoces de mi, Ikki.
—Me doy cuenta —admitió masticando distraídamente el postre que habían traído con el resto de los alimentos dispuestos sobre la mesa de cristal.
—¿Lo mantendremos en secreto? —quiso saber, la tensión haciéndose evidente a medida que reflexionaba en ello. Ikki lo miró de reojo—. En algún momento tendremos que volver y yo... si alguien se diera cuenta... ¡no tendría el valor de negarlo! No podría.
—¿Y qué sugieres? ¿Fugarnos? —Ikki se rió del escenario expuesto, uno digno de novela adolescente—. Somos santos de Atena, se supone que nuestra sangre y cuerpos le pertenecen en mayor medida a su servicio. A mi no me importa, ya sabes.
—No es mi intención que faltemos a nuestro deber, pero... ¿crees que seremos aceptados?
—No puedo creer que de verdad te estés preguntando eso. Desde la era del mito ha sido común entre dioses y descendientes que ocurran situaciones como la nuestra pero sólo los mortales han recibido severos castigos por ello. Tenemos libre albedrio pero nada obliga al resto de los hombres aceptar algo que está fuera de sus leyes. La sociedad funciona de esa manera.
—Aún así...
—Tomé la decisión de amarte, Shun. —El santo de Andrómeda reconoció esa agresiva concentración de calor que se salía de control con la mínima muestra de afecto por parte de su hermano. Su mirada esmeralda se clavó en los ojos zafiros, impactado con su franqueza—. Es por eso que no puedo permitir que lo que ocurra entre nosotros de ahora en adelante arruine tu vida. Y antes de que me niegues este hecho, si, Shun, la línea que cruzamos es letal. Por eso ante todo, soy tu hermano mayor, así que voy a protegerte incluso si eso implica que deba batirme en duelo contra nuestros propios deseos. Te lo juro, no te dejaré caer.
Shun lo entendía y aprobaba la determinación de su hermano pero continuaba pareciéndole injusto que no fueran libres de comportarse como una pareja normal frente al mundo. ¿Y qué si su sangre era la misma? Nadie podía elegir de quién enamorarse. Sin embargo, era cierto que era absurdo oponerse a una realidad tan estricta, pues mientras en esta vida continuaran perteneciendo a la misma línea sanguínea, serían señalados como enfermos por convertirse en algo más. Aceptando eso, se dijo que aprovecharía cada oportunidad por más breve que fuera de ser la pareja de su hermano; el hombre por quien daría hasta la última calada de vida. Por eso lo tomó de la mano y lo abrazó fuertemente, susurrándole un amor que estaría oculto por tiempo indefinido una vez que retornaran a sus rutinas. Mientras tanto disfrutarían de aquella ilusión incensata.
Si algo era cierto, es que se tendrían el uno al otro siempre, aunque tuvieran que sacrificar la libertad de amarse a favor de la integridad del otro.
Fin.
Notas Finales: Si llegaste hasta aquí, gracias por leer. Cualquier opinión al respecto es bienvenida.
Comentarios Adicionales: Desde niña le veía potencial a este ship pero por algún sentimiento de culpa nunca me atreví mostrar mi amor por pairings problemáticas, ya era hora de que me comportara indulgente en este fandom también, especialmente cuando carece de material respecto a historias sobre ellos, al menos me ha costado trabajo encontrar buen material en español.
