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Lex Luthor

¿Quién podría haberlo hecho? ¿Quién era tan retorcido para hacer semejante cosa?

Estas y muchas preguntas más se agolpaban en la mente de Thomas mientras permanecía sentado en la cornisa de uno de los rascacielos más altos de Metrópolis.

La policía había registrado la tumba. No hallaron siquiera huellas dactilares en el féretro. No faltó quien dijera medio en serio, medio en broma, que el superhéroe resucitó.

Tom no lo creía posible. Para él era claro que su padre estaba muerto. No creía que entre sus múltiples poderes estuviera el de volver de la muerte.

Alguien había robado el cuerpo y era evidente que no se trataba de una persona normal. Esto había sido un acto ruin y detestable de profanación. Solo una mente maligna y retorcida podía pergeñar semejante cosa, tal bajeza de venganza.

Tom no era tonto. Conocía a casi todos los antiguos enemigos de su padre. En su extensa carrera, el Ultimo Hijo de Krypton se había granjeado el odio acérrimo de muchos por su accionar.

La pregunta era: ¿Cuál de todos ellos lo había hecho?

Tom miró al frente, al rascacielos más cercano. Como una muda respuesta a sus preguntas, ya tuvo su primer sospechoso.

Con el ceño fruncido voló derecho hacia la torre de LexCorp.


Lex Luthor II era igual o más agresivo en el mundo de los negocios que su difunto padre. Cuando Tom fue a verlo discutía acaloradamente por teléfono sobre cuestiones de índole comercial con un importante inversionista extranjero. Al verlo entrando por una ventana a su oficina, colgó de inmediato la llamada y avisó por su interfono que no deseaba ser molestado por un rato.

-Lex – dijo Tom, serio. Se plantó en el centro de la oficina, delante de él, con los brazos cruzados. Luthor sonrió cínicamente ante ese gesto.

-Hola, Tom. Que gusto verte otra vez. ¿Cómo has estado?

Lex II conocía a Thomas. De hecho, sabía que el muchacho era un súper-ser desde hacía muchos años atrás, cuando de más jóvenes Tom lo salvó de un incendio en la mansión de la familia Luthor.1 Lo más curioso fue que pese a conocer su naturaleza extraordinaria, jamás se lo reveló a nadie.

-Déjate de juegos, Lex – le espetó Tom – Ya lo sé.

-¿Saber qué? No te entiendo.

-¡No finjas inocencia! ¡Ya sé que has sido tú el que se robó el cadáver de mi padre de su tumba! ¡Devuélvemelo!

La sonrisa se borró del rostro de Luthor.

-¿Profanaron la tumba de Superman? Imposible. Yo mismo la diseñé. Mandé a colocarle alarmas y sensores de movimiento. ¡Es imposible que alguien se robara el cuerpo!

Aquella historia – la cual decía que Lex construyó la tumba de Superman – era cierta. Después de la muerte del Hombre del Mañana, Luthor mandó a construir la tumba donde yaciera su cuerpo. A Tom nunca le quedó claro si fue para consumar de alguna forma la tan ansiada venganza de la familia Luthor sobre los Kent o un sincero gesto de buena voluntad de su parte. Conociendo como lo hacía a los Luthor, dudaba mucho de esto ultimo.

-Pues el cuerpo no está. Alguien se lo robó y has de haber sido tú – señaló Thomas, enojado.

-¿Por qué tengo que ser yo siempre el que comete las atrocidades? – se quejó Lex – Que mi padre odiara al tuyo no quiere decir que yo tenga que seguir haciéndolo. Además, la vida hace que uno cambie de pensamiento y de postura. Todo ánimo vengativo o malévolo hacia ustedes de mi parte se ha esfumado.

-No te creo nada. Devuélveme a mi padre. ¡Ahora!

-No me estás escuchando, ¿verdad? ¡No lo tengo! ¿Para que carajo quiero un cadáver? No he sido yo. Busca en otra parte. Tu viejo tenía cientos de enemigos. Fíate entre ellos. A lo mejor fue cosa de alguno de todos esos locos.

El interfono zumbó. La secretaria de Lex se disculpó por la interrupción. Avisó que Lena estaba allí.

-Hazla pasar – ordenó él.

Una niña pequeña y pelirroja entró corriendo en la oficina y abrazó con ternura a su padre. Lex la llenó de besos y la alzó en brazos. Al ver a Thomas, se sorprendió y preguntó quién era ese señor tan bonito y vestido con ese disfraz.

-Éste señor bonito y disfrazado es un viejo amigo de papi – le dijo Lex – Salúdalo como se merece, cariño.

Luthor la dejó en el piso y la niña se acercó a Tom lentamente. Le hizo una correcta reverencia con su vestido.

-¿Qué te parece? Es la mar de educada. Lastima que la madre no sea igual.

Lex Luthor II se había casado hace algunos años atrás con la Condesa Erika Alexandra, una noble europea de alta alcurnia. Fruto de esa relación había nacido una hija, la bella Lena Luthor. Lex amaba muchísimo a la niña, pero el matrimonio con la madre fue un infierno. Actualmente estaban separados y en trámites de divorcio.

-Papito, ¿me llevas al campo de nuevo? ¡Quiero ver los caballos otra vez! – pidió Lena, contenta.

-Ahora papá no puede, tesoro. Hay importantes asuntos que atender en Metrópolis. Pero te diré qué: a lo mejor éste fin de semana nos vayamos a Disneyworld. ¿Qué te parece?

-¡Sí! ¡A ver a Pluto, Mickey y al pato Donald! ¡Quiero entrar en el castillo de la Bella Durmiente!

La explosión de alegría de la niña conmovió a Tom. Lex suspiró y la alzó otra vez en brazos. En esta ocasión, Tom no pudo dejar de mirar la mano derecha de Luthor, enfundada en un guante negro…

Aquella vez en que lo salvó del incendio en la mansión de su familia, el fuego le inutilizó esa mano. Ahora una prótesis biónica la reemplazaba, convenientemente disimulada por el guante.

-Como te iba diciendo – retomó Lex – no he sido yo el que usurpó el cadáver de su tumba. Pero hay otros que podrían llegar a hacerlo. Buscalos y pregúntales. Te deseo suerte en tu empresa. Ahora, si me disculpas, quiero estar a solas con mi hija – miró a la niña y le sonrió – Dile chau al señor, pimpollo.

-Adiós, señor. Que le vaya bien.

Tom se marchó por donde vino. Muy a su pesar descartó a Luthor como posible sospechoso. Aun así, otro nombre de otro gran enemigo de su padre le vino a la cabeza. Un infame ser alienígena que una vez casi destruye la Tierra.

¡BRAINIAC!


Nota

1 Hechos acaecidos cerca del final de mi Fanfiction "Superman: La Semilla del Mal".