Recuerda que: ésto es un mundo aparte. Piénsalo como un shaman king hecho por otra persona.
De igual manera, hay personajes inspirados en los originales.
Japón y España habían mantenido unas buenas relaciones desde prácticamente siempre, salvo cierto periodo concreto de la historia. Eso se traducía a un vuelo directo de Canarias a Japón. Con una diferencia de 9 horas entre lugares, el sol de media mañana golpeaba la cara de un adormilado chamán mientras uno de los muchos aviones sobrevolaba su cabeza.
Se había preparado toda la vida, incluso había aprendido japonés para la ocasión. Tomó aire y echó su único equipaje al hombro: una mochila verde cargada.
—... Así que… Ya estoy en Tokio.
Llevaba un par de horas caminando, no tenía dinero para un transporte público, pero con un par de direcciones y un mapa pudo llegar a donde sería su hogar de manera temporal: en la prefectura de Saitama, cerca del río Tone, donde había una pequeña casa destartalada habitada por algunos espíritus que se negaban a irse. Sobretodo gatos.
—No te pelees con ellos, vale ¿Acha?
La sombra de un gran perro negro apareció bajo sus pies, escuchándose un simple gemido de decepción.
—No me gimotees —reprochó. Miró al cielo, ya estaba atardeciendo—. ¿Podré ver las estrellas aquí?
Ya lo sabría, se dijo con un suspiro. Lo primero para él era limpiar aquel desastre de casa y desempacar, y entre limpiar el polvo y tirar las plantas con "mil años de antigüedad" se le hizo de noche. Tocaba dormir en el suelo, ¿cómo lo hacían los japoneses? Extendió su futón y cuando ya estaba dentro le rugió el estómago …
—No he cenado.
Se levantó del suelo y salió de su casa con el pijama y unas chanclas. Al ver el cielo lleno de estrellas sonrió, se detuvo a verlas unos segundos y echó a caminar por su izquierda.
Compró un par de cosas en una tienda a quince minutos de caminata lenta, y no había salido del lugar cuando ya estaba mordiendo uno de los gofres que había comprado. Sin embargo, aún no podía volver a casa. Siguió alejándose hasta que pudo escuchar el llanto de un anciano que miraba desde debajo de un puente como alguien parecía quererse tirar. El anciano tenía la piel traslúcida y el rostro demacrado, si se fijaba, podía ver a través de él.
—¿Es su nieto? —le preguntó.
—¿Puedes verme? —el chico asintió—. Sí… Es mi nieto. Le han echado del trabajo y … está en bancarrota.
—Hablaré con él, pero necesito que me cuente algunas cosas íntimas —Pablo sonrió de manera que al anciano fantasma le parecía maliciosa, pero no tenía otra opción.
Una de las cosas que había comprado era un boleto de lotería. Las estrellas eran claras respecto a eso, y a lo siguiente que debía hacer: subir al puente.
—Si te tiras no te vas a matar —le dijo al joven adulto de traje y corbata—. Solo te harás daño y quedarás como un pardillo.
—¿¡Quién eres tú!?
—Me llamo Pablo, soy de España —respondió con una sonrisa—. Tu abuelo me ha dicho que te llamas Ken.
—Mi abuelo está muerto…
—25 años —siguió diciendo mientras avanzaba hacia él—. desempleado, recién tirado de su trabajo.
—¿Cómo sabes todo eso? ¡No te acerques!
—Ya te dije, tu abuelo me lo dijo todo. Hasta de esa verruga que tienes en el testí…
—¡BASTA! ¿Qué quieres de mí?
Pablo tendió un boleto de lotería.
—Los japoneses son muy supersticiosos aún, y yo sigo creyendo que las cosas pasan por algo. Baja de la cornisa, y tómalo.
Ken no se dio cuenta de que había bajado cuando ya estaba tomando el pequeño papel. La sonrisa de aquel chico no se había ido en ningún momento, y poco a poco iba sintiéndose mejor solo con su presencia. Unos golpecitos en el hombro le sacaron de su ensoñación y cuando hicieron efectos el joven ya estaba a varios metros de distancia, volviendo a su casa.
—¡Ey! ¿Quién eres?
—Ya te lo dije —respondió sin mirar atrás, levantando el brazo—. Pablo, Pablo Orama. Chamán.
Alejándose en la oscuridad de la noche, llenando su tripa con otro gofre, su mirada seguía fija en las estrellas.
Ken aún no lo sabía, pero tres días después ganaría un millón de yenes gracias a un desconocido que olvidó la cara, pero nunca olvidaría su nombre y con el que bautizó a su primer niño. Con ese dinero, recondujo su vida y creó una pequeña empresa con la que vivió feliz hasta los 90 años. Tuvo 4 hijos y 6 nietos al momento de morir.
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