PLUGGED
Beta: Jocelynne Ulloa (FFAD)
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Los personajes de esta historia no me pertenecen, la trama es mía y estoy a punto de tirarme de los pelos, jajajajajajjajj! ( risa de loca desquiciada)
Capítulo 27.
La boca de Ben se sentía caliente, una boca húmeda, sexy y celestial, sí señor. Enredé los dedos en aquel cabello algo largo, que ahora caía sobre las puntas de mis pechos, acariciándolos sin querer hacerlo. Aquel simple toque con una parte de él mismo de la que ni siquiera era consciente, me hizo sonreír mordiendo mi labio inferior con hambre. Yo también deseaba comerlo, devorarlo, si me dejaba. Había soñado tantas veces despierta con aquel momento.
Gemí contrayendo mis muslos al tenerlo cerca de mi ombligo, al que dibujó su contorno con la lengua, sintiendo como su respiración ronca y sensual me hacía sentirme una Diosa pagana.
— ¡Oh Dios mío… Ben!—. Sus dientes habían comenzado a morder las crestas marrones de mis pezones, haciéndome elevar las caderas hacia algo que aún, desconociéndolo, sabía muy bien lo que era. Deseaba que me tomara. Anhelaba sentirlo dentro de mí, abandonado, vulnerable y tan primitivo en sus estoques que me hiciera delirar de puro éxtasis; sabía que Ben se enterraría conmigo en aquella danza, dándolo todo y con total premura.
—Eres perfecta—. Jadeó, elevando la mirada, estallando aquellos ojos negros en los míos y mordiendo aquellos labios llenos de hambre de mi cuerpo. —No sé si voy a poder aguantarme, Bella. Quiero hacerte llegar con mi lengua, pero no sé si podré controlarme.
Ensanché las aletas de mi nariz y saqué el aire con fuerza. Mi respiración caliente secó mis labios y tuve que mojarlos con mi lengua.
—Pruébalo—. Le dije seria.
Él, llegó hasta mi rostro y besó la carne caliente que cubría mi boca, aportando más deseo a mi cuerpo y haciendo emerger de centro, un líquido caliente y espeso como la miel.
—Niña, mala—. Rió, algo ronco y mirándome con una ceja alzada. —Probemos.
No me dio tiempo a decir nada, ya que sus labios con una urgencia sin límites impactaron con los míos, devorando y lamiendo las profundidades de mi boca, haciéndome perder el sentido.
Sus manos, ahora firmes, buscaron el pliegue de mi jardín secreto y allí separó los labios con el índice y el pulgar, gemí dentro de su boca, pero él no me dio ninguna clase de tregua, estaba devastada, aturdida por la necesidad de él y el dulce manantial que emergía en mí.
Tocó con la yema de su dedo mi clítoris y me revolví nerviosa, pegándome más a él, deseando mas aquello que me había proporcionado y entonces él volvió a hacerlo pero con mayor intensidad, girando su dedo alrededor de aquella capucha hinchada que me iba haciendo caer en picado, utilizando sus otros dígitos comenzó a llegar con lentitud hacia la llaga de mi sexo y sumergió con suavidad uno de ellos dentro de mí. El beso de Ben me abandonó por completo, mirándome intensamente con sus ojos enfrebrecidos. Yo me revolvía, gemía nerviosa sin dejar de mirarlo y él arremetió con algo más de dureza otro dedo dentro de mí, sacándolo y metiéndolo, para luego sumergirlo con más destreza y buscar algo dentro de mi sexo palpitante de necesidad.
Me envolvió un placer sin límites y algo encontró en un punto secreto; que solo conocía él, y sin tregua comenzó a pulsar con fuerza dentro de mí abandonada a mi goce y gimiendo con toda el alma. Me estaba corriendo con los dedos de Ben y él no me daba tregua.
—Joder…—. Susurró. —Ahora te voy a probar. Lo estoy deseando.
Sacó los dedos con delicadeza y se los llevó a la boca. Vi su lengua degustar el almíbar que había fluido de mi sexo y con suaves besos como toques de plumas llegó a mi pubis al que sopló antes de tocar.
—Te voy a comer preciosa, pero no te preocupes que no te va a doler.
Sonrió con arrogancia antes de plantar la boca sobre mi sexo y besarlo con los labios levemente abiertos, separó éstos con su lengua y apresó el clítoris entre sus dientes suavemente, su lengua lamía con suavidad al principio y con algo más de fuerza segundos después. Aquello era maravilloso, me había perdido tanto en mis sensaciones, que había perdido la mirada y mis manos se revolvían en la cabeza de Ben que cada vez se movía más y más para engullir aquel botón que me concedía tanto placer.
Enderecé las caderas y él se detuvo un momento. Lo siguiente que sentí fue su lengua, arremetiendo contra mi hendidura, como si fuera su sexo. Volví a correrme, pero aquella vez fue bestial. Un orgasmo que no acababa, que hacía desarmar mis huesos y envolverme en un aureola para elevarme.
Ben se irguió lentamente, sin dejar de mirarme y arrastrándose hacia mi rostro de nuevo. Pude oler el aroma de mi sexo en su boca, pero no me importó. Lo agarré del cuello y devoré aquella esencia que formaba parte de mí y de la que se había saciado él. Miré hacia sus caderas y observé una pequeña mancha en sus boxers, elevé una ceja y lo miré con una sonrisa de petulancia.
— ¿Crees que soy de piedra?—. Dijo con la voz enronquecida. —Te estoy haciendo mía de casi todas las maneras posibles, Bella. Mi polla va estallar.
Sonreí con ganas.
— ¿Tu polla? ¿Qué es ese lenguaje, Benjamín Thomas Tunner?
Ben sonrió y besó con la humedad de la saliva mi pecho izquierdo sin dejar de mirarme.
—Ese lenguaje es justo el que intercambian los amantes en la cama, Bella. Un lenguaje ordinario, pero terriblemente caliente—. Sus manos bajaron hacia mi centro y lo acarició con lentitud. —Estás mojada y caliente, preparada para mí.
Acaricié con mi nariz su rostro y llegué a su oído para susurrarle.
—Quiero tu polla dentro de mí.
Vi como Ben aguantaba la respiración un momento y luego me tomaba del trasero para elevarme un poco sobre el colchón, posicionó su pene en mi centro y poco a poco fue meciendo las caderas para introducirse dentro de mí.
— ¿Te duele, mi vida?—. Jadeó, con los ojos vidriosos de pasión.
—No… Ben, sigue—. Supliqué.
Buscó mi boca con su labios y sumergió su lengua hasta mi paladar para envolverme, en ese momento sentí como me hería su lanza de carne y me tensé de dolor.
—Bella, cariño...
Las lágrimas se escaparon de mis mejillas, pero me negué en redondo a que el miedo me rondara, amaba a Ben y quería que aquello fuese perfecto. O por lo menos lo sería después de haber roto mi himen.
—No—. Susurré, apartando las lágrimas con las manos. —Quiero apretarte como pueda, que gimas de placer, Ben—. Sus ojos como el carbón, me hablaban, me decían lo mucho que me amaba, que estaba dispuesto a abandonar.
—Ya lo haces, Bella. Eres estrecha, tanto que no sé si podré bombearte un par de veces más. Estoy al límite. ¡Joder!
Sonreí.
—Compláceme.
Ben se movió ligeramente hacia atrás y gimió, cerrando los ojos. La dicha me invadió, él me había regalado dos orgasmos maravillosos y yo quería hacer lo mismo. ¿Qué más daba si debía sufrir un poco en el proceso?
Elevé las piernas y rodeé sus caderas con ellas. Él arremetió con algo más de fuerza dentro de mí y mis sensaciones comenzaron a cambiar, sentía una especie de hormigueo que colapsaba con las paredes de mi centro, a cada estocada, a cada gemido, a cada toque de las manos de Ben sobre mi piel, un fuego interior sin precedentes comenzó a formarse a crepitar, diluyendo el dolor y convirtiéndolo en un abrumador placer que me hacía emitir roncos gemidos de mi boca.
Él sonrió complacido al ver como mis reacciones cambiaban e hizo sus estocadas más fuertes, haciendo chocar nuestras caderas en un sonido rítmico y embriagador.
—Quiero correrme contigo, Bella, cuando sientas que te va a venir me avisas—. Jadeó al tiempo que tomaba uno de mis pechos y lo mamaba con desesperación, mientras me bombeaba con algo más de fuerza.
Asentí, besando su cuello y estrelló sus caderas un par de veces más en mí, antes de volver a caer, me mordí el labio y dejé caer mis parpados con lentitud antes de hablar.
— ¡Me corro, Be...nnnn!— Grité apretándolo contra mi pecho, ajustándolo a mi cuerpo, delimitando con mi piel todas las áreas de su musculatura. Él también explotó, sintiendo en esos momentos que su grosor se hacía más patente.
Sus gemidos, sus jadeos y sus palabras de amor susurradas en mi oído, hicieron que unas lágrimas de dicha me invadieran los ojos.
—Te amo, Ben—. Susurré con la voz entre cortada.
Él con la cabeza pegada en mi pecho y jugando con uno de mis pezones, susurró.
—Mi vida, parte de mí, ahora está contigo.
La luz de día fue filtrándose poco a poco sobre mis parpados, me estiré todo lo que pude y no sentí la presencia de Ben a mi lado, pero aún y así, sonreí con un cúmulo de emociones instaladas en mi vientre.
Las sábanas calientes rozaban mi cuerpo desnudo y gemí al recordar como Ben me había amado tan seductoramente. Guiándome como me había prometido y promoviendo en mí fantasías que jamás hubiera imaginado. Todo de él era delicioso, absolutamente todo.
Paseé las manos por la sábana y abrí los ojos con aquella sonrisa instalada en mi rostro que me delataba. Había sido tan perfecto que comencé a sentir un miedo sin sentido. Me erguí de manera autómata y bajé de la cama de un salto para alcanzar algo con que cubrirme. Mi vestido rasgado por la mitad, estaba tirado en el suelo y al verlo, diferentes escenas de horas anteriores me hicieron gemir de excitación. No pude contener las ganas de inhalar su aroma y agarré la camisa que se había deslizado por sus hombros, pocos minutos antes que me trasportara a otro plano dimensional. La olí, como una depravada y cerré los ojos engullendo su aroma.
—Ben…—. Un susurro emocionado se escapó de mis labios y deslicé aquella prenda que había cubierto mi rostro sobre mis labios, deseosa de tener su pecho en ese lugar. Inspiré profundamente y salí del ensimismamiento, acalorada y con ganas de que Ben continuara con sus prácticas majestuosas de hace unas horas. Pero, ¿dónde se había metido? ¿No se habría marchado otra vez, dejándome sola? Aquello era una de las cosas que tenía que aclarar. ¿Por qué había dudado y luego había vuelto por mi de aquella manera tan desconocida? Verlo en aquel estado, perdiendo el control me había asustado, pero si era sincera conmigo misma, me había sabido tan delicioso. Ben era terriblemente sexy en su estado natural, pero lo era mucho más cuando se dejaba llevar por el deseo y la pasión. Volví a sonreír como una imbécil, ajustando aquella camisa sobre mis hombros, abrochándome los botones y caminando hacia la puerta en busca del hombre que me traía de cabeza.
Bajé las escaleras lo más silenciosamente posible y escuché sonidos en la cocina. Cuando me paré en el umbral de la puerta, tuve que morderme el labio, porque "mi yo" mas caníbal se hubiera abalanzado encima de él y se lo hubiera comido todito.
Ben estaba preparando el desayuno, tenía una bandeja dispuesta con un vaso de jugo, unas tostadas y una linda orquídea dentro de un pequeño jarrón de cristal. Tubo que sentir mi presencia y elevó sus ojos para encontrarse con los míos, desesperados por tenerlo dentro de mi de nuevo. ¡Dios mío, Bella eres una puta cachonda de mierda!
Sentía como el néctar que lo había saciado la noche anterior, haciéndolo gruñir, comenzaba a bañar mis muslos. Me hubiera gustado que Ben pudiera oler mi estado y agarrarme allí mismo en la cocina y hacerme gritar de puro placer.
—Bella—. Susurró, caminando hacia mí y sonriendo de manera diabólicamente sexy. ¡Santa mierda, este hombre me quiere matar! Agarró las solapas de la camisa que tapaba mi desnudez y me acercó con algo de fuerza hacia él, ajustando su boca con la mía y dándome un beso que comenzó a alterar mucho más mi ansiedad por aquel bulto enorme que sentía a la altura de mi estómago. Gemí de dolor por mi centro, que se abría lentamente para darle la bienvenida al "amiguito" íntimo de Ben. Ese que había hecho que gritara su nombre en más de tres ocasiones.
Él fue haciendo el beso más tierno y lo finalizó con un lametón a mis labios, queriendo curar aquel fuego que solamente él sabía encender. Pegó su frente a la mía y suspiró.
—Bella…—sus ojos se prendieron en los míos y fui testigo de cuanto amor había en ellos, me emocioné y alcé las manos para acariciarle la mandíbula marcada por la sombra de la barba. —No te marches—. Dijo con algo de desesperación al cerrar los ojos por mi tacto. —Quédate conmigo este verano, vivamos juntos lejos de aquí, para poder disfrutar de esto libremente. Será bueno para nosotros, mi vida. No puedo apartarme de ti ahora que te he tenido entre mis brazos, que has gozado con cada caricia y me has hecho el hombre más completo del mundo. Bella—. Susurró como si mi nombre fuera el de una deidad. — ¿Quieres venir conmigo a España este período de vacaciones?
Mi mente se forjó una imagen mental de Bree cogiéndome por el cuello y arrastrándome. Pero rápidamente mi mente comenzó a llenarse de nebulosas eróticas sobre Ben y yo, en España, solos y descubriendo nuestros cuerpos.
—Sí—, dije antes de apresar mi labio inferior entre los dientes. —No puede haber algo mejor. Seguro. Tú yo, juntos.
Él sonrió y balanceó sus caderas sobre mi vientre con maldad.
—Solos—. Sonrió. —Haces que me vuelva un pendejo del sexo Bella—. Enunció en un tono bajo acariciando mi oído con su lengua. —Mi mente me juega malas pasadas y deseo rememorar tu cuerpo en toda su plenitud—. Bajó la mirada hacia el cuello de la camisa y sus manos se despegaron de mi cintura, para comenzar a desligar cada uno de los botones que me cubrían.
Mi respiración comenzó a hacerse errática y los ojos de Ben valoraron mi estado con una sonrisa pendenciera. ¡Maldito!
Cuando la tuvo totalmente abierta se arrodilló en el suelo y estiró de los puños para que deslizaran sobre mis hombros.
—Juro que nunca meteré esa camisa en la lavadora—. Susurró, más para sí mismo, que para que yo lo escuchara. Miró con una ansia devoradora mi cuerpo y su rostro perfecto se pegó al triangulo oscuro de mis rizos. —Se me hace la boca agua, Bella—. Miró hacia arriba con los ojos vidriosos. — ¿Puedo?
Yo tragué en seco y asentí débilmente con la cabeza.
Ben separó mis piernas suavemente, acariciando mis muslos en el acto, llevándose en los dedos la miel que rezumaba de mi sexo sin piedad. Dijo algo, pero yo estaba tan perdida en aquella imagen, que no lo escuché. Él, en ese momento estaba paseando sus dedos por mis pliegues, volviéndome loca con su toque divino. Su rostro se pegó a mi vientre y mientras trabajaba majestuosamente con sus dedos, comenzó a llenarme de besos. Haciendo que miles de descargas de deseo y anhelo crepitaran bajo mi piel.
—Ahhh…Ben…—. Jadeé al tiempo que él descendía su nariz hacia mi sexo.
—Abre más las piernas Bella, voy a perder la cabeza si no te pruebo—. Siseó.
Mis piernas lo obedecieron casi en el acto y sentí su nariz sobre mi clítoris hinchado y caliente. Pegué un pequeño salto cuando tocó con la punta de su lengua aquel botón del placer, agarrando con fuerza su melena y arremetiéndolo contra mi sexo. Deseaba ser devorada por aquella boca perfecta. Su risa ronca me hizo gemir y acto seguido paseó su ancha lengua por toda la extensión de mi sexo, haciendo que gritara de autentico éxtasis.
Alzó la mirada y lamió con fuerza mi pubis, subiendo poco a poco, instalándose en mi vientre, en mis costillas, en mis pechos hasta llegar a mi boca y profundizar en un beso que me dejó sin aliento y casi sin conciencia. Sus manos, ahora ansiosas me elevaron tomándome por la cintura y yo rodeé sus caderas con éstas, mirándonos con un loco deseo de tomarnos de la manera más salvaje. Caminó dos pasos hacia el mármol de la encimera y sentí la frialdad pegada en mi trasero. No tardó ni medio segundo en desembrazarse del pantalón y con éste, sus boxers descendieron a la altura de sus tobillos. Mis ojos volaron hacia su delicioso sexo que se erguía de manera majestuosa, brillando de necesidad en su punta. Anhelando el abrazo fuerte del mío, retorciéndolo en su dura necesidad.
—Dime lo mucho que me quieres dentro de ti, Bella. Dímelo—. Jadeó, con la mano en su verga hinchada y mirándome los labios con aquellos ojos negros entrecerrados.
Lamí mis labios con hambre y apoyé una mano en su pecho, cubierto por un suéter verde en cuello de pico.
—Quítate esto—. Dije sofocada, llena de ardor.
—Rómpelo, deshazte de él con las mismas fuerzas que me deseas.
No lo dudé y agarré con fuerza la obertura de su suéter rasgándolo con fuerza, echó la cabeza hacia atrás y gimió, mordiéndose los labios un momento. Antes de darme cuenta la cabeza de su pene me rozaba el clítoris de manera dolorosa y en un duro embiste se instaló dentro de mí de una sola estocada, haciendo que ambos sofocáramos un gemido de triunfo.
Comenzó a bombear sus caderas con un glorioso ritmo sincronizado, saliendo y entrado de dentro de mí, masajeando con algo de fuerza uno de mis pechos y lamiendo y mordisqueando su gemelo.
—Ahhh, si…Ben…—. Las palabras atropellaban mis labios, él me había dicho la noche pasada que amaba que lo guiara, deseaba conocerme más que yo misma y darme el mayor placer que un hombre puede darle a una mujer.
—Dime, Bella. ¿Lo quieres así? —. Preguntó, enrollando su lengua alrededor de mi pezón duro y excitado.
Apreté sus glúteos ayudándome de los pies y se sumergió mucho más profundamente haciéndome ver las estrellas en el acto.
—Entiendo—. Jadeó ronco.
Salió de mí casi en su totalidad, para estar parado un momento, visualizando mi rostro, viendo cuan desesperada estaba por tomarlo de nuevo, pillándome desprevenida al embestirme hasta la empuñadura fuertemente. Haciéndome gritar, haciéndolo gruñir.
— ¡Beenn!—. Grité al tiempo que un torbellino de sensaciones llegó al notar como comenzaba a jugar con mi clítoris hinchado.
Era maravilloso sentir a Ben por todos los lugares de mi cuerpo. Su boca poseyendo mis pezones, su mano acariciando mi clítoris con una pasmosa rapidez y su falo duro y grueso emergiendo dentro de mi con una fuerza que me hacía volver loca de placer.
—Qué rica estás, Bella…
Aquellas palabras hicieron que cayera en picada, absorbida por un torbellino de sensaciones que me paralizaron un momento, para instantes después caer en los brazos del ángel que me penetraba. Moría lentamente y me resistía a volver de nuevo a la cordura. El orgasmo tensó los dedos de mis pies y apreté con algo más de fuerza aquel culo duro que bombeaba como si dependiera su vida de ello.
—Ahora ven aquí—. Sonrió como solo él solo podía hacerlo y paseó los dedos por mi muy mojado centro que palpitaba como loco por aquel orgasmo de película porno. Me bajó de la encimera y me hizo quedar de espalda a él. Empujó mi espalda hacia abajo y completamente expuesta con mi trasero en su abdomen, se hinco en el piso y comenzó a lamer mi centro con lentitud.
Gemí y arqueé mi espalda.
—Mi gata…— acarició mi espalda con lentitud y profundizó con su lengua en mi llaga totalmente mojada. Apreté las manos al mármol de la cocina que me sostenía, mientras él viajaba con su lengua hacia mi clítoris y lo absorbía como si fuera un glande. Aquello hizo que perdiera el juicio y me fui de nuevo, cayendo en un orgasmo sin salida, profundo y devastador.
—Toma nena, ¿es esto lo que deseas?—. La punta hinchada y roma de Ben colisionó por completo dentro de mí, haciéndome rugir como una gata en celo. Elevándome sobre las puntas de pies, para que el coloso que embestía fieramente por detrás, profundizando al máximo.
El roce de su músculo dentro de mí, los tirones y pellizcos sobre mi clítoris, me pusieron de nuevo en puertas de un orgasmo colosal, un segundo antes de que el placer se amortiguara en mi sexo, noté como Ben se inflamaba y crecía a aún más de lo que estaba. No pude sostener más aquello y me derrumbé en un extraordinario orgasmo, donde Ben colisionó conmigo, bombeando fuerte y profundo en un placer devastador.
— ¿Si? ¿Dígame?—. La voz de mi abuelo, acarició mis oídos haciéndome sonreír, miré a Ben, él me miraba desde la cama, rodeando la almohada entre sus brazos y totalmente desnudo, tuve que apartar mi mirada de su trasero para no abalanzarme sobre él de nuevo.
—Abuelo, soy Bella.
— ¡Bella! Hija, que bueno saber de ti. He de decirte que me tienes completamente abandonado a mi suerte.
—Abuelo— suspiré, habían sido días agotadores de exámenes y nervios, además el poco tiempo que disponía quería pasarlo con Ben; aunque no tenía perdón de Dios, me había olvidado de aquel hombre de mediana estatura, sonriente y algo reticente. —Lo siento, pero aunque no te lo creas los días pasan volando, aunque no es excusa. Yo, lo siento.
— ¡Bah! No te preocupes y no hagas caso de un viejo senil como tu abuelo. Estoy deseando volver a verte, hija. No tienes idea de cuánto—. Lo oí suspirar y me giré para sentarme en la cama. Ben se arrastró hacia mi espalda y comenzó a dar besos a lo largo de toda ella, haciendo que miles de corrientes eléctricas se alojaran en mi sexo algo adolorido por tanto emvite.
— ¿Qué ocurre, abuelo? ¿Te encuentras bien?—. Pregunté alarmada. Ben dejó de besarme y se sentó a mi lado, observándome fijamente.
—Estoy, bien… estoy bien. Pero deseo verte, es una necesidad cariño. Este viejo algo loco quiere tener la compañía de su dulce nieta por unos días. ¿Vendrás, no es así?
Elevé la mirada hacia Ben y él sonrió levemente.
—Si—. Dije en un susurro.
— ¿Sola?—. La pregunta de mi abuelo me hizo elevar una ceja y sonreír.
—Depende—. Dije alzando mi mano libre y delimitando el pecho de Ben con mi dedo índice.
— ¿Depende?—la voz de mi abuelo rayó la ironía, para acto seguido soltar una carcajada. —Bella, trae al chico Tunner hasta aquí, si no quieres que yo mismo vaya en su busca—. Abrí los ojos sorprendida y Ben alcanzó la mano que lo acariciaba para besarla con lentitud.
— ¡Tú…tú sabes?— había entrado en pánico y Ben frunció el ceño seriamente preocupado.
—Tranquila pequeña, vuestro secreto está a salvo conmigo, pero debéis de ser cautos. ¿Te ha contado Benjamín que su padre se presenta a gobernador en las primarias en Canadá?
—No—. Elevé la mano para alcanzar el rostro de Ben y él alojó su cabeza en mi regazo, haciéndome cosquillas con su sedoso cabello; ahora algo enredado.
—Supongo que no te ha querido decir nada para no preocuparte, pero hay algo que me preocupa, nena.
— ¿Qué?— algo me decía que ahora venían problemas serios y que tenían nombre y apellido: Edward Cullen.
—Si alguien de su partido, que déjame decirte, es estrictamente conservador se entera que su hijo, Rector de una de las universidades mas prestigiosas de los Estados Unidos, está enredado con una de las alumnas, lo van a masacrar. Es más, acabarán con su carrera de un plumazo.
Tragué en seco y mis manos comenzaron a temblar, Ben notó mi nerviosismo y alzó su rostro con lentitud, su mirada interrogante me hizo perder los papeles y elevar la voz al receptor de mi llamada.
— ¡Tenemos pensado esperar, abuelo, no hay nada de qué preocuparse! ¡Nada!
Ben abrió los ojos, entendiendo mis palabras y me pidió en silencio el teléfono para hablar con mi abuelo. Le cedí el celular y lo pegó a su oído, levantándose de mi lado nervioso.
—Aro, soy Benjamín.
Lo escuché enunciar monosílabos, maldecir y perjurar, mientras caminaba. Sus gloriosas posaderas se movían a cada paso y me dije a mi misma que debía de haber algo insano en mí. En esos momentos el deseo por Ben ganaba a la preocupación que se adueñaba de nuestras vidas, de nuestra relación.
—El lunes acompañaré a Bella hasta tu casa. Sí. No. Es mejor así, debo de apresurarme y pedir plaza en otra Universidad. No creo que se me haga difícil, tengo contactos, mi padre los tiene y yo ya he hablado con ellos de esto. —Ben me miró y sonrió, intentando darme confianza. —Sí, ellos lo saben y por supuesto, pronto se la presentaré como lo que es—. Ben alargó su mano y acarició mis labios con lentitud. —Ella es mi novia, Aro. Algo serio, tanto como la carrera política de mi padre. No voy a arriesgar mi felicidad por la suya, pero tampoco quiero crearle problemas. La amo por encima de todo, incluso si tengo que pasar por alto la ambición de mi padre.
Apresé el labio inferior entre mis dientes y me revolví el cabello nerviosa, no quería causarle problemas a Ben, pero la realidad es que ambos éramos lo suficientemente mayorcitos como para organizar nuestras vidas.
—Nos vemos, Aro—. Ben me tendió el teléfono y yo lo agarré, acariciándolo lentamente.
— ¿Abuelo?—. La tensión se reflejada en mi voz y mi abuelo carraspeó antes de hablarme.
—Te veo el lunes, nena. Te quiero.
—Yo también, abuelo.
Colgó y cerré los ojos con fuerza.
— ¿Por qué no me habías contado nada?—. Me giré para enfrentar a aquel portento de masculinidad y él abarcó mi cintura desnuda con sus manos.
—Bella—. Suspiró. —No quiero preocuparte, entiéndelo, por encima de todo estás tú y tus proyectos. ¿Qué hubiera ganado diciéndote que mi padre se había presentado como candidato a las elecciones de mi país?— Buscó alguna respuesta en mis ojos y no la encontró. Besó mi frente con los labios abiertos y clavó con ternura su mentón en ella. —Eres lo más importante para mí, nunca lo olvides. Mis dudas, Bella, siempre fueron respecto a ti no respecto a mí. No quiero que te hagan daño, me pondría gustoso delante de un batallón de fusilamiento para que nadie te rozara un pelo.
— ¿Es por eso, que me rechazaste? —. Pregunté, a sabiendas de lo que iba a escuchar.
—Sí—. Dijo ronco. —No quiero que nadie te apunte con el dedo. No quiero que nadie hiera a la dueña de mi corazón. Te amo demasiado, Bella.
Moví ligeramente mi cabeza y me cobijé debajo de su mandíbula, paseando mi nariz por toda ella, haciéndolo suspirar profundamente.
—Te amo, tanto…Ben.
Abrazados, completamente desnudos y absortos en nuestros pensamientos, dimos un respingo al oír como golpeaban la puerta de la entrada de la casa. Ben se separó de mí y me lanzó la sabana que nos había estorbado momentos antes de que subiéramos desde la cocina, a trompicones para seguir gozando de nuestro amor. Él agarró un batín marrón colgado en un perchero de detrás de la puerta y caminó descalzó hacia las escaleras. Yo lo seguí tímidamente y oí varias voces y un fuerte golpe.
Corrí, intentando no estrellarme, ya que me pisaba la sábana y llegué hasta el recibidor donde se oían las voces, podía distinguir el lloriqueo de Bree, los gritos de Jacob y la voz de él. De Edward Cullen.
—Lo siento, Ben… pero me ha sido imposible pararlo.
— ¡Déjame, me has vendido hijo de puta! ¡Mi hermano me ha vendido! ¡Y tú!—. Oí como algo se estrellaba contra el mueble y corrí más deprisa, parándome en el umbral de la puerta del recibidor.
Ben estaba en suelo, su batín se había abierto hasta la cintura y en esos momentos luchaba por levantarse. Una brecha le sangraba de la ceja izquierda y frente a él, Edward me miró a los ojos cuando hice acto de presencia.
— ¡Puta!— Gritó intentando llegar hasta mí. Ben le prohibió el paso pateándole las piernas y él también cayó al suelo como un árbol recién talado.
—Llama a la policía, Bree—. Ben se había erguido y miraba a Edward que yacía en el parquet, totalmente estirado y con la mano ocupándole toda la frente.
En un ataque de ira que pude percibir en sus ojos negros, Ben se agachó y agarró con fuerzas a Edward de las solapas de su traje de Armani, lo elevó hacia arriba y lo estampó contra la pared, quedando ambos rostros muy juntos el uno del otro. Yo estaba en estado de shock y trataba de no desmadejarme allí mismo y perder el conocimiento.
—Has ganado una batalla, pero no la guerra, Tunner—. Siseó el maldito de Edward entre dientes a Ben, con una sonrisa macabra instalada en su rostro.
—No me interesan esas batallas de las que tú hablas. ¿No te das cuenta? Eres tan patético. Si alguna vez tuviste alguna oportunidad, la perdiste por tu máscara de prepotencia y egoísmo—. Lo soltó asqueado haciendo que la cabeza de Edward rebotara contra la pared. —Me das pena, genio de las finanzas. A final de cuentas solo sirves para eso.
Ben caminó hacia mí y me atrajo hacia su cuerpo con ternura.
—Jacob, apártalo de mi vista, no quiero que la policía encuentre aquí a esta rata, me daría más problemas que otra cosa.
Me abracé a Ben y toqué aquella brecha que comenzaba a bañarle el rostro. Me giré para mirar a Edward y le ofrecí una mirada siniestra, totalmente asqueada por su comportamiento.
Jacob lo agarró de los hombros y Bree con lágrimas en los ojos, marchó detrás de ellos sin decir una sola palabra, con el rostro triste y cansado.
La voz de Edward llenó nuestros oídos como una maldición sangrante.
— ¡Aprovecha para enseñarla bien, maricón de mierda! Porque dentro de poco quien se la follará duro seré yo ¡y para siempre!
Continuará….
¡Dios! Me encantaaaaaa…..
Ruego encarecidamente que me digáis que os pareció este capitulo…os suplico de rodillas si hace falta.
Os amo…y amo a Ben
….cuanta verdad hay en sus palabras.
