Beta: Jocelynne Ulloa (FFAD)
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Los personajes de esta historia no me pertenecen. La trama es de mi autoria…con la inestimable ayuda de mi beta: Jocelynne.
PLUGGED
Capítulo 28
—Nena… —Ben había soltado las maletas en el hall de la casa del abuelo. Me abrazaba y yo restregaba mi rostro por su atlético torso. —Te voy a echar de menos—. Rió de manera juvenil. —No me he ido de tu lado y ya te estoy echando de menos.
Alcé la cabeza para mirarlo. Estaba perdidamente enamorada de aquel hombre.
Había sido un fin de semana maravilloso, si no hubiese aparecido la mosca cojonera de Edward Cullen para teñirlo de un leve tono oscuro, pero ¡gracias a Dios! ese momento desapareció cuando volvimos a meternos bajo las sábanas y hacer el amor como unos desquiciados.
Había vuelto a casa de mi abuelo más enamorada, si cabía, del hombre que me había hecho suya infinidad de veces aquel fin de semana inolvidable y ahora tenía que separarme de él por unos días.
—Yo también—. Gemí, paseando la nariz por la obertura del cuello de su camisa blanca. —Juro que voy a morir, teniéndote lejos Ben—. Gimoteé de nuevo.
Su suave risa invadió mis oídos haciendo que lo imitara. Nos miramos unos momentos y nuestras bocas se buscaron, hambrientas la una de la otra.
— ¡Vaya, aquí están mis chicos!—. La voz del abuelo hizo que me quedara con el rostro ladeado y la lengua fuera. ¡Santa mierda, qué vergüenza!
Ben se llevó la mano a la boca, para esconder una sonrisa. Escondí la lengua dentro de mi boca y él alzó una ceja, mirándome como un auténtico pendejo. ¡Esta te la hago pagar, Benjamin Thomas!
Se alejó de mí caminando hacia Aro y le extendió una de aquellas manos que había amasado mi cuerpo haciéndolo delirar.
—Me alegro de verte de nuevo, Aro—. Observé con orgullo como los dos hombres más importantes en mi vida se saludaban y me miraban ambos, con calidez.
—Benjamín, hijo—. Aro sonrió efusivamente a Ben y apretó su mano con firmeza. —Me alegro que hayas traído a mi nieta. Eres un buen chico.
No pude evitarlo, me lancé en una carrera y abracé a mi abuelo con toda la fuerza que fui capaz.
El abuelo era el pilar primordial en mi vida y la persona que me había hecho abrir los ojos a mi terquedad.
—Bella, hija mía…— susurró, apartando levemente mi rostro de su cuello. —Déjame que te mire Estás preciosa y tengo una firme sospecha de cuál es el motivo—. Miró a Ben con una ceja alzada y rió sonoramente. —Venid, hijos. Debemos hablar de muchas cosas importantes—. Se dirigió a Ben con una mirada seria. —Tenemos que hablar sobre tu familia Benjamin. Creo que Bella tiene derecho a saberlo.
—Sí, Aro. Mejor pronto que tarde.
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—Veo que la cosa va más en serio de lo que suponía—. Aro caminó hacia el mueble bar y sirvió a Ben una copa.
—Si quieres mi ayuda te la ofreceré, Ben. Estoy seguro que puedes ser un genio de las finanzas.
Ben torció el gesto y negó con la cabeza. Aquella era la frase que él mismo había empleado para describir a Edward cabrón Cullen.
—Con todos mis respetos, Aro. Para eso no hay que tener ni decencia ni mucho menos corazón. Yo, soy feliz como un simple docente.
El abuelo asintió orgulloso y se sentó en el sofá de una plaza, frente a nosotros. Los dedos de la mano izquierda de Ben me acariciaban sin pudor la palma de la mano.
—Un hombre con valores, ¡Si señor! ¡De los que ya no quedan! ¿Eh Bella? Nada que ver con los pedazos de mierdas que me rodean en este momento en la empresa—. El abuelo nos miró con ojos chispeantes y preguntó.
—Isabella heredará la mitad de la parte de Cullen Ltda., cuando finalice su especialidad, Tunner. ¿Estás dispuesto a aceptar que tu esposa tenga un cargo más importante que el tuyo?
Ben rió de manera nerviosa sin comprender.
—Por supuesto, eso es irrelevante—. Justificó.
Aro rió con algo más de fuerza y señaló todo lo que nos rodeaba.
—Todo lo que tengo es de Bella, incluido mi corazón. No la hagas sufrir, hijo. Porque yo moriré si mi nieta sufre. La amo demasiado.
Ben se inclinó levemente y agarró a Aro por un hombro, apretándolo.
—La amo. Profundamente, no lo duda nunca.
El abuelo estudió a Ben lentamente unos segundos y luego sonrió lentamente.
— ¿Qué saben tus padres, chico?
Ben apretó con fuerza los dedos de mi mano y suspiró antes de soltarlos lentamente.
—Mi padre sabe que estoy loco por ella. Hablé con él antes de acercarme a Bella lo suficiente, aunque si he de ser sincero la primera impresión de tu nieta me hizo mil pedazos—. Ambos rieron con aquella expresión y Ben continuó hablando. —Supe en ese momento de su decisión de presentarse a las próximas primarias del Estado e hizo firme su amenaza. Debía de buscarme otra facultad que me alojara como Rector, si no era así, él no iba apoyarme en esto—. Ben respiró hondo y se pasó una mano por aquella mata de cabellos oscuros, poniéndose cómodo en el respaldo del sofá. —Hace cosa de dos meses, me visitó y me dijo que alguien lo estaba presionando con anónimos—. Un jadeó inundó mi boca y me llevé la mano a ella, horrorizada. —Alguien está tratando de extorsionar a mi padre para que deje su ascenso en la política mediante mi relación con tu nieta, Aro y tengo un firme candidato.
El abuelo asintió gravemente y se levantó del sofá uniplaza con lentitud. Lo seguimos con la mirada y abrió un cajón del mueble del comedor, se llevó un grueso puro a sus labios y lo encendió sin preguntar si quiera si molestaba. Volvió de nuevo hacia nosotros y aspiró aquel sabor nauseabundo.
—No creo que tu padre deba preocuparse porque tu relación con Bella salga a la luz una vez no seas el Rector de la Universidad.
— Te equivocas, Aro. Si se sabe que nosotros. Estamos juntos, Bella quedará marcada de alguna manera en el centro y eso no lo puedo permitir.
— ¿Y entonces que sugieres, Tunner? La pregunta del abuelo, hizo que Ben girara el rostro hacia mí y sonriera levemente, sin que este gesto le llegara a los ojos. Me daba cuenta que todo aquello, tenía a Ben devastado.
—Antes que nada, quiero llevarme a Bella de vacaciones, si no te importa—. Sus ojos impacientes de esperanza, parecieron brillar de anticipación. —Tengo en España una casa de donde suelo ir a pasar las vacaciones de verano. Siempre he ido solo, pero este año es diferente, quiero tenerla cerca, Aro. Disfrutar un poco antes que el nuevo curso vuelva y con éste nuestros encuentros de nuevo a escondidas. El pasar más tiempo juntos reafirmará lo que ambos sentimos y enfrontaremos con algo más de ánimo lo que el tiempo nos tiene deparado.
—No me has contestado, Tunner—. La voz del abuelo en ese momento era cortante—. Quiero saber hasta qué punto puedes aguantar la presión por mi nieta, creo que es una cosa que tengo derecho a saber.
Ben respiró alargando un poco su brazo y rodeándose con éste la cintura. Colisioné tiernamente con su pecho y sus labios besaron el tope de mi cabeza.
—Lo único que me importa, como ya te he dicho, es la repercusión que pueda tener en ella. No quiero que la señalen como la que tuvo o tiene un lío con el antiguo Rector que tuvo de salir con el rabo entre las piernas. No deseo que nuestra relación tiña su futuro, si he de mantenerme al margen lo haré. Cueste lo que cueste.
Gruñí como una gata enfurruñada y elevé el rostro, dándole un leve golpe en el mentón.
— ¿Y quién me pregunta a mí, Ben? Hay muchas más Universidades en el Estado, no tengo porque quedarme en George Washington.
Ben rió y con sus brazos, volvió a cobijarme bajo el calor de su pecho. Miré al abuelo con los ojos entrecerrados y sonreí. Tenía una expresión de satisfacción que me hinchaba las costillas.
— ¿Cuándo pretendes llevarte a mi nieta a España?—. Preguntó aspirando una buena bocanada a su puro Cohíba.
—La semana entrante. Quiero hacer unas diligencias antes. Deseo con todo mi corazón que Bella me acompañe Aro y también, que tú lo permitas.
El abuelo soltó una risotada y se levantó caminando unos pasos, ocultó la mitad de sus extremidades detrás del mismo sofá en el que se hallaba sentado segundos antes y habló.
—El rostro de mi nieta brilla con una intensidad que no había visto antes, muchacho. Llévala donde quieras, siempre que ella esté de acuerdo—. Acercó su cabeza con algo de torpeza a Ben, siseando. —Pero me la devuelves, Tunner o iré a buscarla yo mismo.
Ben sonrió y yo miré a mi abuelo con todo el amor que fui capaz de mostrarle.
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Después de aquella conversación en la que no me quedó muy claro qué pasaría con el futuro de Ben, él me acompañó hacia mi habitación y allí nos despedimos.
Fue muy doloroso saber que estaría una semana sin él, pero prometió llamarme todos los días y limpiar las lágrimas que aseguré que derramaría, con sus labios.
Se le veía comprometido e ilusionado con aquel viaje hacia España y no pude obviar que a Bree también le había prometido unos días de vacaciones.
—Mi hermanita anda muy atareada ahora—, siseó. — Y la culpa la tiene un Cullen.
Reí y alcé los brazos para rodearlos sobre su cuello.
—Jacob es un buen Cullen, Ben. Y lo sabes.
Mi amor cerró los ojos fuertemente y bufó.
—La sola idea que mi hermana entre a formar parte en un futuro de esa familia, me dan putos escalofríos—. Susurró con los labios pegados a mi cuello. —No me gusta nada la idea, cariño.
No pude evitar la tentación de reírme, Ben estaba casi dando por sentado que Jacob y Bree tenían una relación tan seria como la nuestra.
— ¿De qué te ríes?—. Preguntó elevando una ceja, un gesto endiabladamente sexy.
—Todavía no han repartido las invitaciones de boca, Ben—. Cuchicheé, sin poder evitar las risitas entre palabra y palabra.
— ¡Hum! Bella, no te burles—. Susurró ronco. —Eso me recuerda que me he prometido a mí mismo llevarme un buen recuerdo de mi preciosa novia antes de marcharme.
Ben buscó mi boca con desesperación, enroscando en su mano un manojo de cabellos de la nuca. Gemí al sentir como sus caderas impactaban con las mías en un movimiento intermitente. Lo hubiera engullido todo si hubiera podido, porque Ben era adictivo.
Me gustaba pasear la nariz por el ángulo de su mandíbula con barba de algunos días, aspirar aquel olor tan personal y lamerlo un segundo después. Meter la mano en la cinturilla del pantalón y soltar poco a poco aquel botón que me acercaba más a mi anhelo y mirarlo a los ojos cuando esto sucedía. Sus ojos ardían en aquellos momentos y la causante era solo yo.
Me volvía loca oír como rugía cuando lo tomaba en mi boca y se revolvía violento, empotrando la longitud de su miembro hinchado una y otra vez contra mi garganta con enérgicos movimientos de cadera. Luego lo veía gemir y marcharse a ese lugar donde lo había llevado con mis besos y caricias, amándolo más, mucho más.
Nunca pensé que a la hora de tener sexo con un hombre, la vergüenza se extinguiera como una pompa de jabón. Me gustaba provocarlo y me desnudaba delante de él fingiendo indiferencia, viendo las reacciones físicas en su cuerpo. Sus ojos se volvían vidriosos y el bulto que comenzaba a crecer dentro de sus pantalones, me hacía sentir loca de felicidad.
Una de las veces, mientras me estaba contoneando frente a él de la manera más indecorosa, totalmente desnuda, elevé una pierna para enseñarle una pequeña cicatriz de niñez. Él no hizo apenas caso, ya que recogió mi cintura con las manos y me llevó hacia sus caderas sentándome a horcajadas encima de él. En aquel momento estaba vestido, pero aquello no importó. Con una maestría digna de un escapista, su miembro surgió duro e hinchado para recibirme de una sola estocada. Fuimos como animales, pero no me importó. Me movía con tanta fuerza y rapidez que pronto fui engullida en un orgasmo impactante, pero él no me dio tregua y siguió penetrándome con la misma fuerza e intensidad, dándome la sensación que de un momento a otro iba a clavar mi cabeza en los paneles del yeso de su cuarto. Su estallido fue violento y tierno a la vez; gritó mi nombre y me cubrió de besos el rostro.
Había sido un fin de semana maravilloso.
— ¿Qué piensas mi amor?—. Su pregunta me pilló de sorpresa e intenté no mirarlo a los ojos. —Pareces sofocada.
—En ti—. Gemí, llevándome las manos a las mejillas y suspirando.
Ben rió atacando de nuevo mis labios.
—Yo tampoco puedo evitarlo.
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En los días que precedieron a la marcha de Ben, tuve las llamadas incesantes de Bree rogándome que le contara en qué punto estaba mi relación con su hermano, ya que estaba loca de ansiedad por saber. La puse al corriente de todo y no me hizo falta suplicar para saber que era Jacob en su vida. Me reí sofocada cuando me lo describió como un ardiente Dios del sexo.
Fuimos bordeando conversaciones sin llegar al punto que ambas queríamos evitar y era el encontronazo de Ben con Edward, consiguiéndolo, pero el maldito tuvo que salir a colación en una visita que habían hecho Bree y Jacob a la casa de Edward.
Esperé pacientemente a que terminara de relatar aquel hecho que casi no escuchaba, el nombre de Elizabeth fue el único que llamo mi atención, comprobando de labios de Bree que Elizabeth seguía siendo una adulta en un cuerpo de niña.
Pero fue la visita de Alice la que me hizo evitar estar suspirando por Ben por los rincones. Cuando la vi perfectamente vestida en el living de casa del abuelo, no podía creer lo que veían mis ojos.
— ¡Bella!—. Gritó, corriendo hacia mí y rodeándome el cuello con sus bracitos. Yo la imité, amaba a Alice Cullen, no había tenido todo el trato que me hubiera gustado tener con ella, pero algo me decía que algún día, pese a el parentesco que le unía con Edward seríamos muy buenas amigas.
—Que gusto verte, Alice—. Sonreí diciendo esto.
—He traído mi auto—. Enseñó las llaves y sonrió de manera amplia, abriendo la puerta de la entrada. Allí había aparcado un costosísimo descapotable amarillo.
— ¡Noooo!—. Exclamé. — ¿Te gusta pasar desapercibida, eh?—, dije burlándome.
— ¡Nunca!—. Rió con ganas y agarró mi codo, llevándome hacia el jardín. —Demos una vuelta y hagamos unas cuantas compras, tenemos mucho que hablar.
Sonreí y cerré la puerta con fuerza, siempre era divertido charlar con Alice, aunque la idea de ir de shopping no me volviese precisamente loca.
Estacionamos frente "Victoria Secret" y me urgió con su mano a entrar. Negué antes de tirar de pesado pasa manos de la entrada y seguí su culo. A ella la conocían en las boutiques hasta los gatos pintados en los papeles de regalo, eso lo tenía claro. Pero me estuve descojonando un buen rato al ver como las dependientas se limpiaban la baba al ver como Alice sacaba su provocadora tarjetita Visa oro.
Eligió una veintena de prendas, mientras que yo me debatía en la duda que comprar una que toqueteaba entre mis manos. Un carraspeo me hizo girarme, teniendo que elevar la mirada para ver el dueño de torso enfundado en una camisa blanca, corbata negra y chaqueta del mismo color. Me quedé lívida cuando vi aquellos ojos verdes, escapando de él dejé caer la prenda con la que había estado jugueteando y su voz impactó en mis oídos antes de dar dos pasos.
—No sabía que eras tan caliente, Bella—. Su voz hizo que me parara en seco y tragar con algo de fuerza. ¡Maldita sea mi suerte!
Me giré con toda la serenidad que fui capaz y sin mirarlo a los ojos extendí mi mano para que me devolviera la prenda.
—Por favor—. Pedí, mirando aquellas braguitas de encaje negro con perlitas que recorrerían todo el camino de mi centro una vez las llevara puestas.
Su risa ronca me hizo elevar la mirada para observarlo. Él estaba mirando la prenda y estaba tenso. Puesto que las amasaba en un puño, jugueteando con las perlitas.
—No sabía que habías vuelto—. Espetó. — ¿Vas a pasar las vacaciones con Aro?
Parecía correcto y decidí a mantener algo de cortesía, aunque aquel bastardo no se la mereciese.
—Sí—. Mentí.
Abrió la boca y recorrió con su lengua el labio inferior como si le faltara el aliento.
—Daría lo que fuera por verte con ellas puestas—. Enunció de manera ronca. —Pídeme lo que sea.
Dio un paso hacia mí y la voz de otra mujer lo detuvo en seco.
— ¿Edward?
Pude ver el cabello largo ondulado y como el fuego de Victoria.
Se acercó a nosotros y miró la prenda interior que Edward apretaba entre sus manos.
— ¿Qué ocurre?— Preguntó a Edward.
—Hola Victoria—. Pretendí ser indiferente a la situación. — ¿Me recuerdas? Soy Isabella Swan, la nieta de Aro Vulturi. Edward ha sido tan amable, se han caído—. Sonreí cínica. —Gracias, Edward. Le diré a tu hermana que te he visto.
La mano de Edward cedió algo y rocé sus dedos con los míos al capturar las braguitas. Él murmuró algo que no comprendí y me marché sin esperar ni una palabra de ambos.
Al encontrar a Alice en la caja me recibió con efusividad mirando las braguitas que descansaban en mis manos.
Lo pasamos genial y quedamos en vernos de nuevo una vez volviera de vacaciones de España. Le conté de mi relación con Ben y pude ver como palidecía levemente. Quizás ella echaba en falta unos sentimientos de aquella índole en su vida, ya que no había encontrado el amor.
Cuando me llevó en su auto a la puerta de casa de mi abuelo, ya había anochecido y quedamos en llamarnos para salir de nuevo.
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Habían pasado seis días desde la partida de Ben y aunque hablaba con él todas las noches mi cuerpo y mi mente lo necesitaba como si formara parte de mi misma; pues no me sentía completa. Estaba hablando con una muchacha del servicio en la planta de arriba cuando
Oí como un coche aparcaba en el patio principal y corrí escaleras abajo, esperando la aparición de mi novio, cuando abrí la puerta y vi de quien se trataba intenté cerrar la puerta de nuevo.
—No seas niña, Bella—. Siseó, haciendo fuerza con la puerta y presionando hasta que me tiró hacia atrás, dando con mi culo en el suelo.
Cerró la puerta de un puntapié y caminó hacia mis piernas que se habían quedado extendidas y arqueadas hacia arriba, el muy cabrón debía de tener una fantástica visión de mis bragas desde aquella perspectiva. Sonrió de lado y pude ver un brillo de deseo en aquellos ojos de lince. Me levanté, evitando tocarlo y me alejé de él todo lo que pude.
— ¿Qué has venido a hacer aquí?—. Pregunté, con una mueca de repulsión en mi rostro.
—He venido a verte, ¿qué voy a hacer si no? —Iba impecablemente vestido, con un traje negro de Armani, de corte perfecto. —Llevo más de dos horas esperando que el viejo se largue, necesitaba verte a solas—. Enunció como si en realidad aquello no le importara lo más mínimo ahora. — ¿A quién esperabas, Bella? ¿A Tunner?—. Una risa cruel invadió su rostro y me dieron escalofríos. — ¡Sorpresa! —susurró acercándose a mí y tocando mi oído con sus labios. —Soy el lobo y he venido a comerte, caperucita.
Estaba muy cerca de mí, tanto que podía masticar su aliento mentolado. Estiré mis brazos y le di un empujón lo más fuerte que pude, pero el muy cabrón ni se inmutó, riendo y mirando detenidamente las paredes como si de repente fueran lo mas importante.
—Ven conmigo a Francia de nuevo, Bella—. Su mirada se encontró con la mía y vi algo totalmente desconocido en su rostro. ¿Dolor? —No te lo voy a pedir dos veces y si te niegas habrá graves consecuencias. Ven conmigo a Francia y olvidaré que te has entregado a un hombre que no soy yo.
Respiré hondo, conté hasta diez y solté mil inmundicias por mi boquita de piñón.
— ¡Eres un jodido hijo de puta! ¿Pero quién coño te crees que eres? ¿Mister Fantástico? ¿Yo y tú? ¡Ni muerta! ¡Amo a Benjamin Thomas Tunner! ¿Entiendes? Y nunca… nunca iré contigo a ninguna parte. ¡Eres lo más repugnante y egocéntrico que he conocido en mi vida! —. Comencé a reír como una desquiciada. —Francia es maravillosa, pero no en tu compañía. Ni siquiera recuerdo que he ido, porque me causas indiferencia, Edward. La primera vez que la visite será con Ben y quizás me aloje en el mismo hotel, con él.
Su rostro se había convertido en una máscara de granito de nuevo, pero su mandíbula estaba apretada y sus manos recogidas en dos puños fieros.
— ¿Es tu última palabra?—. Preguntó.
—Es la única—. Espeté.
Fue rápido como un puma. Alojó su brazo en mi cintura y me llevó hasta él. Cuando me tuvo piel contra piel, murmuró algo que no pude entender y su boca se prendió dulcemente en la mía, buscando que le diera acceso, rodeando las comisuras de la boca con su lengua.
Oí como gemía mi nombre cuando finalmente accedí. Asqueada por el hecho que hombre me besara que no fuera Ben, le di un fuerte empellón y esta vez si lo alejé lo suficiente.
—No vas por el buen camino, nena—. Siseó, con furia en sus palabras. —Debes ser más cariñosa conmigo si no quieres que me coma a tu ratoncito de facultad.
Una ira desconocida me embargó y preparé un buen escupitajo para embadurnar su hermoso rostro de sexy bastardo.
— ¡Esto es lo único que vas a conseguir de mí!— Escupí en su rostro, dejando que el veneno me abandonara. Era un ser sin sentimientos que quería tenerme a toda costa. En ese momento lo supe. También tuve conciencia de cuan podía ser la maldad de Edward hacia Ben y por ende, la perseverancia para conseguir lo que más deseaba: yo.
Su tranquilidad, apabullante me dio escalofríos y su sonrisa lenta, ladina. Sin apenas esfuerzos me desarmó haciéndome retroceder.
—Un día—. Suspiró teatralmente. —Escupirás encima de mi polla, Isabella Swan—. Su mirada fría impactó con la mía. Me abracé a mi misma y le di la espalda.
—Ni en tus sueños, Edward Cullen.
Oí como caminaba y abría la puerta.
— ¿Tienes pesadillas señorita Swan?—. Rió de manera cruel mientras se alejaba y cerré la puerta de un fuerte empellón.
Escondida tras una cortina vi como se adentraba en su costoso automóvil y se marchaba, no sin antes lanzarme una mirada provocadora. Me estremecí y le di la espalda antes de llevarme la mano a la frente.
Continuará…
Nenas….gracias, infinidad de ellas, por todo. De verdad.
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