Capítulo beteado por Jocelynne Ulloa, FFAD.
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Los personajes de esta historia no me pertenecen. La historia es mía.
PLUGGED.
Capítulo 30
— ¿Te encuentras bien, Bella?—. La voz de de Ben me hizo sonreír levemente.
Habíamos aterrizado hacia varias horas y en aquel momento, un coche de primera gama, nos trasladaba por carreteras desérticas hacia donde Ben tenía su casa solariega.
Nos encontrábamos en Andalucía, había notado la nitidez que envolvía aquel cielo, que parecía aclararte la visión y la mente, nada más pisar el aeropuerto de Almería.
Al llegar, ya nos estaba esperando un hombre en la puerta del aeropuerto. Ben lo saludó con un fuerte abrazo y me presentó tiernamente como su novia. El hombre pareció comprender algo cuando él pronunció mi nombre y en un gesto enternecedor acercó su rostro arrugado al mío y me propinó dos fuertes besos en la mejilla.
El hombre al que me habían presentado como Miguel debía rozar los sesenta y gozaba de un andar rápido y jovial. Nos tomó las maletas, las metió en el maletero y nos instó con una sonrisa franca dentro del Mercedes.
Ben me agarró la mano con delicadez nada más subir al auto y no la soltó hasta que perdí la conciencia en mis sueños, que desde hacia varios días tenían un denominador común: Edward Cullen y sus amenazas.
En mis pesadillas, él iba detrás de mí con rostro compungido, arrastrando las rodillas por un suelo lleno de piedras, desgarrándose la carne de éstas. Yo corría de su lado, pero algo me decía que tenía que hacer algo por él. Levantarlo, curarle aquellas ulceras que lo hacían sangrar, pero la voz de Ben me llamaba en la lejanía, hasta que dejaba de oírla y me encontraba sola con Edward, en un marco completamente distinto.
Lo veía en la mesa de la sala de juntas de Cullen Ltda., a solas y esperando que yo caminara hacia él. Sus ojos verdes llameaban de deseo y su boca se torcía en una sonrisa perversa a cada paso que daba. Cuando llegué junto a él, no me tomó nada de tiempo notar que me encontraba con el pecho reposando en la mesa y las piernas abiertas frente a sus caderas y su cuerpo desnudo. Me agarraba del cabello y elevaba mi cabeza haciendo que mi rostro se estrellara contra la madera encerada sintiendo dolor en la mejilla. Sentía sus manos algo frías rodear mis tobillos y subir delicadamente hacia arriba hasta llegar a mis muslos, deteniéndose en la goma de las medias y bajándolas gemelas hasta rozar el suelo. Yo me revolvía, comenzaba a luchar. No quería aquello. No deseaba su toque y él, ahora, se estaba perdiendo en el elástico de mis bragas de lencería erótica, seguramente pensada para volver loco a Ben. Podía oír como el maldito bastardo, farfullaba excitado y sus dedos arremetían con furia dentro de mí, sacándolos y metiéndolos con fuerza.
—De momento te follo en mis sueños, pequeña provocadora…—.sentenciaba con la respiración agitada.
Yo negué con el torso pegado a la mesa, pero al oír como la cremallera de la falda se bajaba, grité peleando para que me soltara, pero era tarde. No sé de qué manera hizo para que yo comenzara a gemir, cuando la solidez de su miembro me embistió una y mil veces antes de darme la vuelta y recargarme entre sus caderas. Me estrellaba con fuerza hacia arriba y abajo manteniéndome unida a él por su sexo. Lo que más me dolía de aquello era que, estaba perdida en el placer que me otorgaba y jadeaba mientras que cerraba los ojos extasiada. Era un roce magnífico y llegué al clímax, al tiempo que él intentaba buscar mi boca con su lengua caliente. Se la negué perdida en mi orgasmo y haciéndolo colisionar a él, con los brazos lánguidos y sin estar completamente saciada.
Era la pesadilla que me hacía levantarme por las noches con la boca seca .
Y en aquel momento la voz de Ben me había hecho sentir como una puta mierda.
—Si—. Carraspeé, sumergiéndome en su pecho e inhalando su perfume.
—Gemías, Bella—. Parecía divertido y alcé un poco la cabeza para observar su boca, que dibujaba una sonrisa traviesa.
—No puedo evitar pensar en lo que quiero hacer contigo cuando estemos completamente solos—. Susurré en el hueco de su cuello, intentando olvidar lo que había originado aquellos gemidos.
Él agarró aire con fuerza y lo soltó lentamente, removiéndose del sillón incómodo.
—No tienes ni idea, Bella…
Nuestros ojos se encontraron y pude ver el fuego que se esparcía en las pupilas de Ben, que parecían más negras que de costumbre. Alcé la mano para acariciar su mandíbula, algo tapada por aquella barba que metida entre mis piernas se sentía tan enloquecedora. Suspiré con la boca abierta y mordí mi labio hambrienta de él y de su cuerpo duro.
—Tenemos todo el tiempo del mundo para amarnos, Bella—. Susurró mirando mis labios sin pestañear. —Aunque estoy jodidamente arrepentido de no haber dejado mi coche en casa de tu abuelo. Hubiera parado en cualquier arcén… hum… y ahora estarías cabalgando entre mis piernas, hermosa amazona.
Reí de manera nerviosa y observé como el coche seguía su trayecto por aquellas escarpadas montañas. En los brazos de Ben, ya no soñaría más con Cullen.
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— ¡Señorito Ben!
Nos giramos ambos en dirección a la voz que gritaba más allá de la densidad de árboles frutales y flores silvestres. Con andar renqueante, vestida completamente de negro y una sonrisa radiante se mostró ante nosotros una mujer de una edad similar a la de Miguel. Ben corrió hacia ella y la alzó entre sus brazos haciendo que la mujer emitiera carcajadas de felicidad.
—María….
— ¡Maldito muchacho! ¿Y esos pelos? ¿Y esa barba? ¿Qué dice tu madre de esto?—. Estaba agarrando un mechón de aquel hermoso cabello oscuro, tirando de él y haciendo que Ben sonriera aún más ampliamente.
—Mamá opina que me veo guapo de cualquier manera, María.
La mujer le propinó un golpe en el tope de su cabeza y ambos carcajearon haciéndome cómplice de aquella alegría. Los ojos claros de la mujer viajaron hacia mí y frunció el ceño, volviendo a mirar a Ben.
— ¿Es ella?— Preguntó haciendo que me sonrojara y bajara la mirada.
—Sí—. Ben que aun la tenía agarrada entre sus brazos, la bajó ágilmente, pese a que la mujer estaba regordeta y caminó hacia mí, con su brazo alrededor de la ancha cintura de la mujer.
—Ella es Bella, María. La mujer de mi vida.
Los ojos claros de la mujer me observaron detenidamente y su ceño se dulcificó.
—Hemos oído hablar mucho de ti, Bella—. Dijo ella de manera amable, mirando de nuevo a Ben y sonriéndole. —Y últimamente mucho más. ¿Te ha contando mi muchacho lo de…?
Ben le tapó la boca a María y sonrió negando con la cabeza. La mujer asintió y oímos farfullar a Miguel mientras se adentraba con las maletas en la inmensa casa.
No sé porque llegué a pensar que era de menores dimensiones. Miré con admiración la fachada y las flores que la rodeaban, volviendo la mirada de nuevo a María que ahora sonreía.
—Esto es precioso, María.
—El señorito Ben opina lo mismo, señorita. Me alegra que haya encontrado una persona que piense lo mismo que él. Que ame lo que él ama.
Ofrecí mi mano gustosa y ella la alcanzó con fuerza llevándome hacia sí y abrazándome. Sintiendo su cuerpo rechoncho en mi pecho.
—Bienvenida, señorita Isabella.
—Bella—. Dije negando. —La gente que me ama, me llama Bella.
Ella sonrió aún más ampliamente.
—Pues Bella. Ahora ven aquí chiquilla, que te voy a enseñar vuestro nido de amor.
Miré a Ben y ahí estaba, taladrándome eróticamente con su mirada. María agarró mi mano con ternura y me llevó hacia el interior de aquel hogar que ahora sería mi casa.
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EDWARD'S POV
—Quiero verte—. Mis palabras sonaban monocordes. Tenía por costumbre emborracharme últimamente por la jodida culpa de cierta castaña y su predilección por bastardos hijos de puta.
Información, necesitaba información sobre el tiempo que iba a pasar Bella con aquel jodido cabrón y que pretensiones tenía con él y por supuesto, él con ella. Sentía que se me estaba escapando como arena entre las manos y aquello, me estaba volviendo loco.
Esperé que la voz ronca me contestara por el maldito celular y colgué cuando oí su contestación.
—Está bien Edward. Yo también debo de hablar contigo. Te espero en mi casa.
Colgué y salí de la oficina.
Había sido un día de perros, la mano me dolía como sus muertos y mi mente me jugaba malas pasadas. Nunca había tenido mucha imaginación, pero ese día al parecer estaba desbordaba.
Me imaginaba a aquel cabrón greñoso tomándola con la misma furia que yo deseaba hacerlo. Babearla por el cuerpo con su maldita saliva, que seguro era como el ácido y besándola, besándola con la misma urgencia que yo deseaba hacerlo. Mi cuerpo tenso se revolvió en mi contra y antes de llegar a casa de la persona con la que me había citado, tuve que estacionar el auto y salir a vomitar. La sola idea de que ella conviviera con él, que fuera suya todas las noches y en todo momento, me hacía sentirme tan débil y vulnerable que me cagué en todos los putos muertos de aquel día en París y mi poco tacto con ella.
¿Pero a quien quería engañar? Yo la deseaba de aquella manera, yo Edward Cullen era así. Tomaba las cosas y las personas con salvajismo, quizás mis palabras no fueron las más acertadas, pero eran tan ciertas como mi malestar de aquel momento.
No tardé mucho en llegar a la cita, ya que conduje con una temeridad digna de un piloto de carreras y estacioné en el garaje sin miramientos, dejando los neumáticos marcados en el suelo.
Bajé del automóvil y antes de tocar a la puerta principal, ya me estaban esperando una de las personas de servicio, me saludó con aquella amabilidad empalagosa que me hacía sentir el rey del mundo y me hizo seguirlo hacia el salón comedor.
Al traspasar el umbral de la puerta olí el Cohibas y las comisuras de mi boca se alzaron, él ya estaba esperando por mí.
—Aro.
El viejo no se inmutó, entre sus labios apretaba el puro y en su mano derecha oscilaba una copa de licor.
—Edward. ¿Quieres tomar algo?— Preguntó sin mirarme si quiera.
—Ya he tenido suficiente por hoy. Gracias.
Caminé hacia él y me quité la americana, dejándola en el respaldo del sillón de piel.
—Chico, no vas por el buen camino, no hace falta que te lo diga.
Sonreí de manera cínica. "Oh no me digas. Y todo es por vuestra jodida culpa y vuestros putos secretos".
—Mi camino lo elijo yo y soy consciente de ello. Aunque procuraré no meter a terceras personas en él, no te preocupes.
El rostro del viejo se giró y me miró con aquellos ojos de depredador tan parecidos a los de su hijo: Charles Swan. Aún lo recordaba lo suficiente como para poder compararlos.
—Accediste. Ahora ya no hay vuelta atrás. Diste tu palabra.
—No he venido a hablar de lo que pasó hace cinco años—. Expliqué separando la espalda del respaldo y aminorando nuestra distancia. —Es Bella.
El viejo dio un sorbo a su bebida y dejó la copa en la mesa de centro que teníamos al frente. Sonrió como si recordara algo y su vista se clavó de nuevo en la mía.
—Bella no es de tu incumbencia, Edward.
—Te equivocas. Lo es.
Aro absorbió la esencia maligna de su puro y dejó escapar el humo con lentitud.
— ¿Y desde cuándo, si se puede saber?
—Desde que no quiero que ande con el bast..
— ¡No hables así del chico Tunner!
Reí de manera diabólica, llevando una mano a mi frente y sujetándome la cabeza.
—Mira, no vengo a discutir y menos a hablar de cierto personaje que me da arcadas. Quiero saber por cuánto tiempo se ha marchado tu nieta.
—Podrías preguntárselo a ella. Llámala a su celular. Claro, quizás no te agarre el teléfono, siempre has sido… tan… tan…
—Termina las frases por favor, o por el contrario voy a pensar que la demencia senil se está llevando tus razonamientos, Aro.
El viejo me miró con intensidad y luego achicó los ojos escrutándome, lentamente.
— ¿Acaso amas a mi nieta?
—Si lo hiciera, es a ella a quien tengo que decírselo no a ti. ¿Cuándo volverá Bella?
Aro suspiró y agarró de nuevo la copa entre sus manos, jugó con ella entre sus dedos y la llevó a sus labios. Desquiciándome.
—Mi nieta es feliz con ese chico. La ama y la consiente. He visto como la mira y puedo decir sin miedo a equivocarme que ella será feliz con él. No te atrevas a meterte en medio, Edward.
—No me hagas reír. Soy lo bastante mayorcito como para no escuchar regañinas y si te soy sincero, ya no admito ni siquiera consejos.
—Te vas a llenar de mierda, Edward. ¿Es así como te gusta que te hable, eh?— El viejo se irguió y se posicionó delante de mí haciendo que tuviese que alzar la cabeza para poder mirarlo. —No hagas nada de lo que te arrepientas más adelante, sigue con tu esposa, hazla feliz y con el tiempo comprenderás que ella es demasiado tierna para ti. Ella necesita un hombre como Benjamin. Edward… Bella es una chica dulce, si la pervirtieras con tu deseo le harías daño. ¿Eso es lo que realmente quieres? ¿Utilizarla y cuando te canses de ella tirarla como una muñeca?
Me levanté lentamente y lo encaré.
—No voy a permitir que sigan juntos. Y lo sabes. Todos lo saben.
— ¿Todos?— Preguntó cambiando el gesto de su rostro. — ¿Quiénes son todos?
—Mi padre, Alice, Jacob, incluso mamá.
Aro se dio la vuelta y volvió a sentarse en su sofá de una plaza.
— ¿Qué te ha ocurrido en la mano, Edward?
Miré la mano vendada y lo miré frunciendo el ceño. El viejo era un maldito cabrón al que no se le pasaba una.
—A veces la impotencia hace agredirse a uno mismo.
Él sonrió sin que el gesto le llegara a los ojos y suspiró.
—Bella llegará en un par de meses. Va a pasar todo el verano en casa de Ben, y te aconsejo que no vayas en su busca. Sé lo que estás haciendo Edward y no puedo hacer nada para impedirlo, porque como tú dices, ya eres lo suficiente mayor como para que te grite esa conciencia tuya que parece tener unas vacaciones de por vida. Jhon Tunner no va a retirar su candidatura.
El viejo vio la sorpresa en mis ojos y sentí el calor alojándose en mis mejillas. Me sentí de nuevo un niño pillado en una travesura.
—Tengo que saber dónde apuñalar a mi enemigo—. Espeté con una mueca de repulsión.
—Estoy cansando, Edward. Márchate por favor—. Dejó el puro recargado en el cenicero y se masajeó las sienes con los ojos cerrados. —Te tengo en gran estima, chico. No dudes eso y sé que no admitirás este consejo, pero déjalo. Ama a tu esposa y deja tranquila a Bella con Ben. ¿No te das cuenta que se aman?
— ¡No!— Grité encolerizado. —Ella no sabe lo que es amar y si lo hace algún día seré yo ese hombre, no el bastardo de Benjamin Thomas Tunner.
Aro me miró y bajó la cabeza como si de repente una década se hubiera caído sobre su cuerpo.
Agarré mi chaqueta y me dispuse a marcharme, pero su voz me hizo detenerme unos momentos antes de que el pasillo me engullera.
—La amas, Edward. Déjala que sea feliz con él, porque si sigues con esto, solo vas a conseguir que te odie con todas sus fuerzas.
Seguí caminando mientras siseaba.
—Ya veremos.
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BELLA'S POV
—Son maravillosos—, susurré.
Los brazos de Ben me envolvieron con más fuerza y sonreí llena de felicidad.
María había deshecho nuestro equipaje y lo había dejado en la habitación donde se hospedaba Ben cada año. Yo la había acompañado, ayudándola y ella me había puesto al corriente de todos los pormenores de la familia de Ben, sintiendo que algo no andaba bien.
Luego, nos habían llevado al pequeño cortijo donde ellos vivían y allí habían sacado unos embutidos caseros que habían hecho las delicias de mi paladar. Probé el jamón serrano y Miguel al ver como comía degustando con los ojos cerrados, fue a partir otro poco para que lo comiera con glotonería.
Ben los trataba de igual a igual. Preguntó por los animales que había en la pequeña granja de la entrada, los caballos y el gran pastor Alsaciano que nos recibió cuando entramos a la perrera. Una perrera que dicho sea de paso era mejor que aquel apartamento donde yo me alojaba, poco antes de llegar a Cullen Ltda.
Ahora ya, con los grillos cantando como banda sonora a aquella noche de ensueño, me hallaba entre los brazos de Ben, mirando las estrellas que eran un manto perfecto de brillantes.
— ¿Qué te parece el lugar?—, susurró bajito.
—Parece que estoy metida dentro de un cuento.
Ben rio besando el tope de mi cabeza.
—Espero ser el príncipe, porque en los cuentos siempre hay brujas perversas o seres malignos.
—Por supuesto que lo eres—. Elevé el rostro, ya que estaba con él pegado a su pecho y besé su mentón, convirtiendo aquel beso en un chupetón hambriento.
—Mañana quiero llevarte a un lugar. Sé que te gustará, esa es mi sorpresa.
Hice un mohín con mi rostro e intenté parecer defraudada.
— ¿Qué pasa?— Su mirada se volvió ansiosa y me asió de del rostro con ambas manos.
—Pensé que era de otra índole… más sexual.
Sus ojos brillaron y bajaron hacia mis labios.
— ¿No estás cansada?
—No—. Tragué en seco, me moría de ganas de derretirme de placer en sus brazos.
—Bien.
Me soltó lentamente y agarró el final de su camiseta de cuello en pico, la sacó por su cabeza tirándola hacia un lado retornando a mí. Admiré su pecho desnudo y él me agarró una mano para que paseara con lentas caricias la mano por él. Cerré los ojos víctima del deseo, del suave toque de su piel y de aquella mano libre que comenzaba a meterse bajo mi vestido y arrancaba mis bragas de un tirón. Jadeé cuando sentí el frescor acariciando mi muy húmedo centro y antes de darme cuenta Ben ya estaba allí con sus dedos, rodeando y estirando dulcemente mi clítoris, en un masaje vertiginoso. Bajé la mano con dificultad, ya que, aquellas caricias me estaban llevando al límite y paseé la mano por su pesada masculinidad hinchada y dura. Mordí mi labio y él estrelló su boca con la mía, mezclando nuestras saliva.
Desabroché el botón de los pantalones vaqueros y éstos se encontraron en el suelo antes de darme cuenta, él salió de ellos sin perder el ritmo dentro de mi centro y retiró también las deportivas mientras me alzaba entre sus caderas, sintiendo como su pene duro y caliente rozaba mi clítoris, haciéndome perder la cordura.
— ¿Me quieres dentro Bella?
—Sí… Dios si, Ben.
No había tomado conciencia de dónde me había llevado, pero estábamos en su habitación, rodeados de muebles antiguos pero exquisitos. Una cama blanda debajo de mi espalda y sobre mí un hombre desnudo sumamente perfecto.
—Te amo… te amo, te amo… mi amor…—, reí de manera silenciosa mientras sentía sus besos por todo mi rostro y su cuerpo rozaba el mío. Pero aquella noche no tenía ganas de juegos, quería que me montara con furia, que hiciera que mis gritos enronquecieran mi garganta, clavar mis uñas en su espalda y morder su labio hasta hacerlo sangrar.
—Yo también Ben, pero necesito que me la claves de un puta vez—. Susurré lamiendo sus labios como una gatita en celo. —Monta a tu yegua, semental.
Puedo jurar que a Ben se le pusieron los ojos blancos como los tiburones, llevándose la mano a su muy erguida polla, embistiéndola con fuerza hasta la misma empuñadura dentro de mi centro. Comenzó a bombear con saña, pero despacio haciendo que nuestros cuerpos chocaran y poco después con rapidez, haciéndonos sudar a ambos como perros.
Me hizo suya de manera violenta frente al espejo del gran armario ropero, de pie y alzándome sobre su majestuosa polla con embistes violentos, duros, deliciosos. Maldiciéndonos por lo muy jodidamente caliente que éramos follando.
Cuando llegamos al pico de nuestra ascensión, Ben me transportó al paraíso y grité que lo amaba haciéndome llorar de dicha.
Edward Cullen podría visitar mis sueños, pero Ben Tunner tenía mi corazón.
Continuará…
Capítulo dedicado a Maya, hace unos días fue tu cumple y como me pediste aquí tienes tu regalito preciosa…Besos nena.
Chicas…tres capítulos para el final, me gustaría saber vuestras teorías.
Un beso os quiero millones de millones de trillones…jejejejejeje
Mi brazo anda maaaal pero mientras no se me caiga podré escribir. Ajajjajajj!
Jo, cariño te mando un besoooooooo enormeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee!
