Los personajes no me pertenecen, son de la Saga Crepúsculo
Casa de hombres
Bella POV
El ruido de un cristal rompiéndose en la planta baja fue lo único que me sacó de mi asombro.
Intenté colocar el ladrillo en su sitio, pero las bolsas ocupaban demasiado sitio, por lo que las saqué y luego coloqué el ladrillo en su lugar correspondiente para tapar aquel curioso escondite ante cualquiera.
Escuché como la puerta principal se abría con su característico sonido. Me mordí el labio inferior ¿Dónde se suponía que iba a guardar las drogas ahora? El nerviosismo no me ayudaba a conseguir la respuesta adecuada.
Por un momento, llegué a pensar que el estuche de tampones sería el lugar perfecto, pero recapacité a tiempo. No podía dar por hecho que fuera un hombre el que estaba abajo.
Preferí esconderlas en un lugar que fuera realmente seguro, por lo que cogí las bolsas y sin pensarlo dos veces las tiré por la ventana sin darle mucha importancia en donde cayeron.
Me lancé a por mi teléfono móvil, debía de llamar a uno de los chicos. Pero mi perfecto plan fracaso cuando me di que el móvil no tenía batería, típico de él cuando una realmente lo necesita no funciona.
Debía de bajar hasta el teléfono fijo, pero tenía que llevar algo con lo que protegerme. El bote de pimienta que me había comprado, por si alguno de los chicos intentaba sobrepasarse conmigo, y que guardaba en el primer cajón de mi mesilla de noche, fue lo único que me vino en mente para aquella situación.
Estaba preparada, metafóricamente, para cualquier cosa que me echaran.
La sorpresa me invadió cuando la puerta de mi cuarto se abrió poco a poco. Retrocedí poco a poco intentando no hacer ruido, me pegué cuanto contra la pared. La puerta se abrió completamente y yo fui tapada por ella.
Conté hasta tres y sin poder creerme ni yo lo que estaba haciendo, salí de detrás de la puerta y disparé con el ridículo spray de pimienta al desconocido.
Oí un gritó cuando eche a correr, pero no me detuve, debía de concentrarme en llegar al teléfono. Tropecé en medio del pasillo con mis propios pies, el nerviosismo empeoraba mi nefasta coordinación. Me levanté sin preámbulo continuando mi camino, dejando al otro lado del pasillo mi "arma letal".
Salté los dos últimos escalones y un dolor agudo recorrió todo mi cuerpo. Sentí la presencia de alguien detrás mía y me maldecí por no haber tenido mejor puntería.
Todavía recordaba aquel hombre de ojos azules risueños y de pelo rubio que posaba borrachamente en la fotografía que me había mostrado Jasper. Sin duda, el hombre que se había colado en casa era James.
Giré la cabeza y me encontré con su par de ojos claros que parecían ser tan letales como el filo del cuchillo que aferraba fervientemente en su mano. Retrocedí a trompicones, hasta que mi espalda se encontró inesperadamente con la fría y sólida pared, sin dejar de mirar la sonrisa sádica que adornaba atractivamente su cara.
Sabía que me separaban tan solo unos metros del teléfono, pero la probabilidad de que llegase antes que él eran encasas. El brillo del cuchillo me dio la última razón para esperar a que él decidiera que hacer.
— ¿Pensabas salir a la calle sin zapatos? —miré mis pies manchados por mi propia sangre, podía sentir como cada trozo de cristal se clavaba con mayor profundidad. Cada unas de las heridas palpitaban por la presión del suelo, y ciertamente cada vez me dolía, pero me negaba a realizar algún movimiento que me comprometiera más.
— ¿Y tú? ¿Qué pensabas hacer con ese cuchillo? ¿Untar mantequilla, tal vez? —intenté que la voz no me temblara para no mostrar lo asustada que me sentía, pero mi nefasta actuación no funcionó como esperaba. La sonrisa que me regalo me revolvió el estomago.
— Supongo que no tengo que preocuparme de que te vayas muy lejos. Con esos pies, hasta un niño podría correr más rápido —lo miré extrañada. ¿Qué pensaba hacer?
Con un fuerte tirón, desconecto el viejo teléfono que reposaba encima del televisor.
— No quiero que intentes hacer ninguna estupidez —explicó como si realmente estuviera protegiéndome de mi misma.
Se acercó, jugando con el cuchillo entre sus dedos. Su rostro no mostraba ningún remordimiento, ninguna arruga de preocupación, ninguna mueca de arrepentimiento. Estaba tan relajado que resultaba casi natural aquella violenta situación.
— Ahora vuelvo, no te muevas —chasqueo los dientes—. No quiero que te hagas más daño de lo que ya te has hecho —las rodillas cedieron al presión que ejercía su mano en mi hombro y, sin poder evitarlo, caí al suelo.
Me sentía tan inútil allí sentada, observando como subía las escaleras y sabiendo que, cuando bajara de nuevo, no se encontraría tan benévolo.
Había sido demasiado inocente cuando creí que podría tratarse de uno de los hombres de Alec. Ahora me daba cuenta que había firmado mi propia sentencia cuando lancé las drogas por la ventana. Carecía de idea alguna de lo que podría llegar hacerme, pero no podía esperar mucho de una persona que había traicionado a sus propios amigos por un simple fajo de billetes.
Volví en mí y comencé a buscar algo que sirviese para defenderme. Encima de la mesa había unas tijeras que, aunque cortasen nefastamente, podrían servirme para mantener equilibrada la balanza. Me levanté, sintiendo el dolor que me producía apoyar las plantas de los pies.
Un paso, dos pasos… El dolor era cada vez más insoportable y debía de tener cuidado de no pisar los cristales que había repartido por toda la sala.
Mordiendo la lengua para producir el mínimo ruido, di dos pasos más, y entonces el ruido que provenía de arriba cesó. Mis pensamientos se enredaron sin saber como actuar.
Miré el camino de sangre que habían dejado mis pies. Era imposible actuar como si no hubiera pasado nada, y tampoco llegaría a coger las tijeras antes de que él llegara de nuevo aquí.
Me quedé estática, sin mover ni un músculo.
¿Qué se suponía que hacía yo ahora?
Demasiado pronto, James entró en la sala con los ojos entornados; parecía que buscaba algún culpable y, desgraciadamente, yo fui la única persona que se encontró.
— ¡Tú! —bramó, empujándome ligeramente, pero lo suficientemente fuerte para que ya no pudiera mantenerme en pie. Caí sobre una maleta llena de… dinero—. ¿Qué coño ha pasado con las drogas?
Pero tarde unos minutos en contestar. No por miedo, si no más bien por la suerte que la vida por una vez me brindaba. Giré la cabeza para que no se diera de la sonrisa involuntaria que había cubierto mi rostro.
— Las drogas, dónde están —escondí mi rostro bajo pelo, ahora más que nunca tenía que hacerle creer que estaba en estado de shock.
— ¿Qué drogas? —pregunté desconcertada.
Alzó una de sus cejas, sin llegar a creer mi completa ignorancia ante aquel tema. Debía de mantener la compostura. Sabía que tarde o temprano, entre pregunta y pregunta, descubriría que le estaba mintiendo, pero hasta entonces, seguiría negando saber algo. Exprimiría todo el tiempo posible.
— ¿Dónde están mis drogas?
— No sé de lo que hablas —musité, él se acercó.
— ¿Dónde están las drogas que habían en tu habitación? ¿Dónde la has escondido?
— ¿Cómo estás tan seguro que esa es mi habitación?
— Dudo que los chicos utilicen vestidos.
— Te sorprenderías saber lo que la gente alcanza esconder en sus armarios.
— ¿Dónde están? — insistió.
— Puede que alguno de los chicos las haya encontrado. Es más, puede que la hayan entregado a… —iba a decir Alec, pero en el último momento me arrepentí— Alguien que quiera… drogas —sonrió como si aquello fuera un buen chiste.
— Si eso hubiera pasado —cogió uno de mis mechones para jugar con él entre sus dedos— yo no tendría la moto de Jacob, y Victoria me habría informado sobre el cambio de planes.
— ¿Victoria? — ¿Ella había formado parte de esto desde el principio? Entonces, ¿Jacob había sido utilizado? Que ironía—. Pensé que habías cortado la relación…
— Veo que sabes más de lo que quieres admitir —murmuró distraídamente James—. Victoria, es una gran amiga y amante, sería idiota si dejara una mujer tan… servicial —fruncí el ceño. Sólo le faltaba el adjetivo machista para que terminara de caerme mal.
— Utilizaste a Jacob para tener una excusa para desaparecer —le acusé—. Lo tenías todo planeado. Sabías que Alec creería que los chicos eran tus socios y que la tomaría con ellos. Y así te librarías de compartir el dinero que consiguieras vendiendo las drogas.
— Me encanta que creas que soy tan inteligente, pero me temo que no lo soy tanto —no me sorprendió su confesión, yo pensaba igual—. Nunca hubo en mis planes tu molesta presencia. Si no fuera por ti, habría sido un plan perfecto.
— ¿Cómo sabías qué hoy se encontrarían los chicos y Alec?
— A Victoria se le da muy bien saber todo lo que no debería— miró su reloj y escapando un suspiro entre sus labios, volvió a retomar el tema que le interesaba—. ¿Dónde tienes las drogas?
—Ya te dije que no sé donde están —técnicamente, era cierto. Agarró varios mechones de mi pelo y con fuerza tiró de ellos.
— Me cansas. ¿Nunca te han dicho qué no se debe mentir? —No dije nada—O me lo dices por las buenas, o me lo dices por las malas —murmuró—.Tú decides.
— ¿Por qué estás tan seguro que yo se donde están?
— Tú duermes en mi antigua habitación. Eres la única que ha podido encontrarlas. Los chicos nunca se colarían en otra habitación que no fuera la suya, son demasiado recelosos con la intimidad —sentenció, posando el filo de la navaja contra mi rostro.
— Pero ¿Qué haría yo con la droga?
— ¿Para sacar dinero? ¿Propia satisfacción...? No sé para que las quieras y tampoco tengo tiempo suficiente para hacer un psicoanálisis de personalidad.
— ¡No lo sé! —Grité desesperada, sintiendo como la navaja se deslizaba lentamente por mi rostro. Un hilo de sangre se deslizó y su sonrisa sádica hizo de nuevo acto de presencia.
— No creo que matarte sea lo más inteligente. Si lo hago, la policía se metería en medio y eso no nos interesa ¿Verdad? —Estaba descolocada. Si no pensaba matarme ¿Con qué pensaba amenazarme?
Sus ojos me miraron de arriba y abajo, y mi corazón se paró cuando llegué a la misma conclusión que él.
Sin previo aviso, me cogió y me obligo a levantarme. Me arrastró junto a él hasta el único baño de la casa. Observé horrorizada como abría la llave del agua fría, y obedecí cuando ordenó que me pusiera de cuclillas junto a la bañera. Pensé confesar la verdad, pero ¿Quién me aseguraba que aquello me salvaría?
Decidí aguantar, no podía faltar mucho para que alguno de los chicos volviera.
Empujó mi cabeza hacia el frío agua que llenaba la bañera, y cuando pude sacar la cabeza del agua el pelo mojado me impidió tomar la bocanada de aire que necesitaba.
Me sentía mareada, por no decir muerta. Sin previo aviso, volvió a sumergirme en el agua. Intenté golpearle con mis manos y piernas, pero me fue imposible.
Perdí la cuenta cuando llegamos a la quinta ahogadilla. Dejé de sentir y puede que de respirar.
— Te diré donde están —gemí, sin sentir ningún músculo de mi rostro—, pero deja que respire.
— Contaré hasta diez, y si no me lo has dicho entonces ya sabes lo que ocurrirá—le taladré con la mirada—. No me mires así, ya te dije que si no me lo decías por las buenas me lo dirías por las malas. El que avisa no es traidor.
— No sé donde están las drogas específicamente —murmuré—, pero si sé por donde están.
— ¿Eso que significa?
— Que las tiré por la ventana justamente cuando te oí entrar en casa.
— Eres gili… —y cuando pensé había firmado mi propia muerte, ocurrió lo que llevaba esperando desde hacía demasiado tiempo.
(N/A):Debería de empezar dando las gracias a cada una de las personas que me han enviado un rr, esta vez he recibidos más de lo normal.
El capítulo siguiente estará lo antes posible, pero antes quiero actualizar mis otras dos historias (ligera publicidad). Un par de mocosos la tengo muy abandonada, me gustaría continuarla uno de estos días y Countdown (creo haberlo escrito bien) será actualizada posiblemente el fin de semana (no sé por qué hago está rara cartelera, si luego nunca la cumplo y solo cuatro gatos y medio leen estos fics).
Por otro lado y dejando mi auto-publicidad aun lado creo que debo de dar varias explicaciones por mi tardanza. Aparte de que estoy en el último curso de bachiller (quien lo diría con las faltas que cometo) y los exámenes son muy jo**, he tenido problemas para reconectarme con mi yo interior. Hace un mes mi abuela falleció y aunque no fuéramos uña y carne me ha costado una temporada asimilarlo.
Por estas causas no creí estar lo suficiente capacitada para escribir el capítulo, a no ser que alguien quisiera que a James se le resbalara la navaja accidentalmente y que acabara inocentemente clavada en el pecho de Bella (bonito final, para una comedia).
Y agradeciendo a quién me ha corregido me despido por ante-penúltima vez…
Lucy
