Capítulo II:

La confesión de Sango.


— Si, se ve hermoso durmiendo…— dijo una voz masculina. ¡¿Qué diablos?

— Se está despertando— dice otra voz de mujer.

Abrí los ojos.

— ¿Eh? ¡¿Qué hacen ustedes aquí? – Pregunté asustado arrastrándome un poco más lejos de ellos con cara de terror. Eran Sango y Miroku.

— Solamente vinimos a verte – me respondió Sango.

— ¿Cómo diablos llegué aquí?

— Miroku te dije que no dijeras eso – le regañó Sango a Miroku.

— ¿Me están poniendo atención? – inquirí.

— Pero señorita Sango, fue imposible ahorrarme ese comentario. – le dijo Miroku.

Fruncí el ceño y tomé a los dos tontos de una oreja.

— Oigan escúchenme bien, he preguntado que cómo rayos llegué aquí siendo que me dormí allá arriba - les dije tironeándolos.

— ¡Auch! – Se quejó Sango dándome un manotazo por lo que los solté— No lo sé, te estábamos buscando y apareciste aquí tendido en el camino, de seguro te caíste, tonto. – contó ella sobándose la oreja con su mano.

— Y… ¿Han sabido algo de Kagome? – pregunté interesado.

— Estaba muy frustrada anoche… dijo que no quería verte por la aldea, y que para la próxima no iba a dejarte salir de allí con vida. - me comentó Sango.

— Esa bruja maldita – Susurré con odio. Si llegara a reencarnar me encargaría de destruirla con mis propias manos.

— Tranquilo Inuyasha, ahora debemos concentrarnos en que la señorita Kagome no te vea por la aldea. – dice Miroku tratando de calmarme, pero funcionó al contrario, porque me alteró.

— Miroku, yo no voy a dejar de aparecerme por la aldea, no voy a dejar a Kagome sola, yo no prometo las cosas en vano, no soy como tú.

— Inuyasha, no me faltes el respeto, yo nunca he prometido en vano. – se enojó.

— ¿Ah no? Le prometes cosas a cada mujer guapa que se te pasa por delante cuando la única a la que amas es una sola.

Sango se sonrojó.

— Escúchame bien, perro bastardo, ¡Yo no estoy enamorado de Sango si es lo que piensas! — contestó fríamente. Sango adoptó una expresión algo triste— Ahora, con tu permiso, me marcho de vuelta a la aldea.

Sango se había puesto muy triste.

— Sango… Todo ha sido mi culpa yo…

— No, no es cierto, —me cortó a mitad de frase — él fue quien dijo esas cosas por su propia cuenta.

— ¿Estás bien? – Le pregunto agachándome. – No estés así, no es más que un monje idiota.

— Por mucho que sea un monje idiota… yo… desgraciadamente me he enamorado de él. – Cuenta mientras veo que una lágrima comienza a rodar por su mejilla.

No sé qué hacer, ver a las mujeres llorar o sufrir es algo que no podía soportar, además era Sango, mi compañera de guerra y alguien a quien sí podía considerar como mi amiga.

— Sango… - susurro mientras me acerco más a ella y la abrazo de sorpresa… se sentía tan extraño, nunca había abrazado a Sango.

— Inu… yasha – susurró ella sorprendida por mi acción. Sango me correspondió el abrazo — Gracias… - dice y se pone a sollozar, creo que debería sentir el mismo dolor que yo siempre siento al ver a Kagome desde que esa bruja la maldijo.

— Aún así, no sé que le viste a ese monje loco, es un pervertido pide- hijos.

— Yo tampoco sé por qué me fijé en él, pero el hecho de que siempre elogie a mujeres bellas me pone celosa. Pero acaba de decir algo que me ha partido el corazón en dos.

— No te desangres— Dije irónico. Ella soltó unas carcajadas.

— No te conocía esta faceta. – comenta apartándose un poco de mi y mirándome a los ojos. Miroku era un idiota, Sango era una mujer muy bonita, luchadora e inteligente. Me quedo perplejo mirando su rostro, me sonrojé y fijé la vista en su Huraikos.

— ¿Nunca sueltas el Huraikos?

— Siempre lo traigo en caso de emergencia… debo volver a la aldea para alimentar a Kirara.

— Te iré a dejar. – Le dije poniéndome de pie y ofreciéndole una mano para que ella pudiera ponerse de pie.

— No vayas, recuerda lo que dijo Kagome… no desearía que algo malo te pasara.

— Tranquila Sango, estaré bien. Iré contigo, no es bueno que una mujer como tu ande sola por ahí.

— Vaya que te preocupas, pero eres bastante terco. – Me reclamó Sango.

Comenzamos a caminar, ella iba dos pasos más adelante que yo.

— ¿Qué piensas hacer con ese monje loco? – pregunté para saber que haría después de lo que ese tonto dijo.

— Creo que no dejaré de luchar, le confesaré mis sentimientos.

— Dime lo que te responda, si responde algo malo yo mismo lo voy a descuartizar. — le informé poniendo mala cara, no quería volver a ver a Sango así.

— ¿No crees que te preocupas mucho? – pregunta volteándose. — Digo, ¿Por qué te preocupas tanto del tema de mi amor hacia Miroku?

— Es simple… - Dije en voz baja.

— ¿Qué?

— No soporto ver a las mujeres llorar.

— Oh… Inuyasha – dijo emocionada.

— No me gusta verlas llorar porque se ponen feas y gritonas, claro. – mentí cruzándome de brazos, alzando una ceja y con aires de orgullo.

— Hay… — Suspiró – Ya había comenzado a creer que eras distinto… Da igual, sigamos.

Asentí con la cabeza y seguimos caminando. Llegamos a la aldea y miraba por todas partes para ver si estaba Kagome por ahí.

— Inuyasha, mejor súbete a un árbol si piensas seguir aquí. — me recomendó Sango.

— Ok, que estés bien y suerte con lo de ese Monje.

— ¡Muchas gracias! – volteó regalándome una sonrisa.

Me subí a un árbol y me puse a descansar, me picaba la curiosidad… fui avanzando de árbol en árbol hasta llegar al que estaba más cercano a la aldea. Sango y Miroku venían caminando, retrocedí dos árboles y ellos se sentaron justo abajo del árbol en el que estaba yo a conversar… genial, ahora no podría ni respirar para que no se dieran cuenta de que yo estaba ahí.

— ¿Qué desea señorita Sango? – preguntó Miroku.

— Yo… sólo quería saber qué es lo que usted siente por mí.

Miroku se asombró ante la pregunta, jamás me imaginé que Sango fuera tan directa.

— Yo… yo sólo la veo como mi fiel compañera, señorita Sango. — comenzó a tiritarme la ceja, maldito mentiroso.

— Bueno… pero aún así yo no aguanto más con esta presión. Su excelencia, usted me gusta desde hace un tiempo, y tenía esperanzas de que yo a usted también le gustara.

Miroku no respondió.

— ¿Su excelencia? – preguntó Sango al no escuchar respuesta alguna.

— Sango, yo… no sé qué decir. Nunca esperé una confesión de su parte.

— No la esperabas y mucho menos yo. Pero la presión no podía aguantarla más. Su excelencia… ¿Habría alguna posibilidad de que yo le guste?

Miroku guardó silencio, al parecer se sonrojó. Sango se apoyó sobre el pecho de él mirando el pasto. Extrañamente Miroku no la tocó, siempre se aprovechaba de estas ocasiones, pero al parecer ahora estaba realmente serio.

— No hay posibilidad. – Dijo Miroku. ¡¿Qué? ¡Pero qué le pasa!

— Bien, entonces… he hecho esto en vano… — susurró Sango poniéndose de pie muy triste.

— No hay posibilidad de que me gustaras… porque ya me gustas y yo, la amo señorita Sango. – ¿y qué le dio a este monje idiota? Estúpido bipolar.

Sango se detiene sin voltearse.

— Así es, hace mucho tiempo que he estado enamorado de usted. – continuó Miroku.

Sango se devolvió al lado de Miroku y lo abrazó con fuerza se comenzaron a acercar más y más y se dieron un beso corto. Ambos estaban bajo el árbol en el que yo estaba, fui bajando de a poquito sin hacer ruido para escuchar, pero justo me afirmo de una rama que se quiebra y caí.

— ¡¿ESTABAS ESPIANDO? – me gritó Sango sonrojada.

— ¿Yo? Eh… no, estaba durmiendo y me caí. — Mentira fatal.

— ¡No seas mentiroso te vi!

— ¿Ah sí? ¿Entonces por qué no me gritoneaste antes?— pregunté.

— Ok está bien, no te había visto, pero… ¡SAL DE AQUÍ AHORA! – volvió a gritar furiosa. Me dio verdadero miedo y me cerré los ojos porque pensé que me iba a pegar una cachetada.

— ¡Sal de aquí maldito Inuyasha! – era la voz de Kagome. Me volteé para ver su rostro aunque fuera una vez. — ¡Te dije que no te perdonaría la vida si es que volvías!

Me volví a subir al árbol y de ahí salté al otro. Luego hacia el suelo y partí corriendo.