Holu, dejo el tercero u.u es un poco corto pero algo nostálgico. Dejen sus reviews^^
Capítulo III: Abismo en el corazón. Inuyasha… ¡Vete de una vez!
POV Kagome.
Desperté aturdida en la mañana siguiente después de haber ahuyentado a ese imbécil de Inuyasha. Le había perdonado la vida ya no sé cuántas veces, lo único que quería era que él desapareciera pero… ¿Por qué? Siempre tenía esta pregunta presente en mi mente, no sabía por qué lo odiaba tanto, nunca tuve motivos para hacerlo. La anciana Kaede siempre me decía que todo fue a partir de una maldición, pero a estas alturas ya no confío en nadie. Si según Kaede yo amaba a Inuyasha, ¿Por qué ahora lo quería matar sin razón? Pero al pensar en matarlo y que no volvería a verlo nunca más, algo me dolía en el pecho, no sé qué significa exactamente eso.
— Buenos días Kagome. – Me saludó la anciana Kaede que traía una vasija de agua.
— Buenos días anciana Kaede. – Respondí poniéndome de pie. —Iré a bañarme al lago.
Saqué mi otro uniforme que me resultaba extrañamente familiar, Kaede una vez me mencionó que llegué hasta aquí desde un pozo, puras blasfemias digo yo, ya no tengo cinco años como para caer en ese tipo de bromas infantiles.
Llegué hasta el lago en el cual siempre me bañaba, al parecer Sango, Miroku y Shippo no se encontraban aquí, solamente vi a Kirara en la mañana paseándose por la cabaña. El agua estaba fría al tocarla con mi mano. Me despojé de la ropa que llevaba puesta y me sumergí en el agua fría. Mi mente no dejaba de pensar en ese estúpido de Inuyasha, si mi corazón alguna vez lo amó se supone que ese lazo debió haber sido más fuerte…. Comienzo a pensar que en verdad las cosas sucedieron tal y como me dijo la anciana Kaede. Era difícil relacionar todas las cosas que la gente me dice sobre mis orígenes. Sango y Miroku también me dicen que yo amaba a Inuyasha y que yo siempre viajaba al tiempo actual a través de un pozo.
Salí a la superficie para tomar aire y sacudirme el cabello sacándome la tierra de éste.
— Si eso fuera verdad entonces… ¿Por qué el odio aparece cuando lo veo? – me pregunté a mi misma en voz baja.
Salí del agua con aquella pregunta en la mente, me vestí con el uniforme que nítidos recuerdos me traía. Comencé a caminar de vuelta hacia la aldea cuando veo que Sango y Miroku estaban con Inuyasha. La primera reacción que tengo es tomar una flecha.
— ¡Sal de aquí maldito Inuyasha! — Grité furiosa— ¡Te dije que no te perdonaría la vida si es que volvías!
Él se subió a un árbol y luego saltó al suelo para salir corriendo, lo fui persiguiendo, él frenó y se volteó.
— Anda Kagome, mátame si quieres… Séllame en un árbol cómo lo hizo Kikyo al no confiar en mí… ¡Hazlo! — me gritó.
Lo apunté con la flecha puesta en el arco, pero de la nada la mano comenzó a tiritarme, ver sus ojos me causaba nostalgia. Como si antes en ellos los hubiese mirado con cariño. Sacudí la cabeza para ahorrarme esos malditos pensamientos y volví a apuntarle al corazón.
— ¡Hazlo Kagome! ¡Mi vida ya no tiene sentido si tú vas a estar fastidiándome cada maldita vez que trato de ayudarte! —Insistió.
— ¡No eres nadie para decirme qué hacer o no! — le recriminé. — Yo veo que hago con tu basura de vida a estas instancias. Creí haberte dicho que no volvieras.
— ¡Pues he vuelto para ayudarte Kagome! ¡Debe haber alguna forma de la que me recuerdes, tú no te atreverías a matarme! — Contestó con voz desafiante.
— Yo… no necesito ayuda… ¡DE ALGUIEN COMO TÚ! – grité lanzándole la flecha, pero mis nervios hicieron que mi puntería fallara. Le llegó la flecha en el brazo, sin embargo él se quedó quieto mirándome.
— Te prometí que si algún día llegaras a odiarme, permanecería siempre contigo, pasara lo que pasara.
— No recuerdo haber hablado contigo antes, nunca en mi vida. Sólo sé que te odio maldito Hanyou. — Dije escupiendo las palabras con odio. Sin embargo él tenía una expresión nostálgica en el rostro.
— Si tanto me odias mátame. Al menos sé que moriré al haber intentado salvarte.
— No tienes que salvarme de nada, no entiendo por qué insistes en venir. — le respondí enojadísima.
— ¿En verdad quieres saber por qué siempre vengo? — preguntó.
— Lo que respondas me da igual, acabaré contigo de todos modos.
— Porque quiero saber cómo estás, quiero saber qué haces, con quién andas, con quién hablas… — Me dijo apoyándose en el árbol que estaba tras de él.
¡¿Y a éste qué bicho le picó? Me sonrojé a pesar de estar enojada.
— ¿Y por qué te viene ese instinto tan psicópata, eh? — pregunté fríamente.
Él no respondió, corrió la mirada hacia el suelo con cara de tristeza.
— ¿Por qué quieres saber todo eso sobre mi? — Insistí apuntándole de nuevo con la flecha.
— Lamento no haberte dicho estas cosas antes de que pasara toda la maldición, pero yo, te amo Kagome, y sé que me odiarás por todo el resto de tu vida quizás. Por eso quería robarme la perla que proteges para poder revertir eso y que vuelvas a ser la Kagome de antes. — me respondió deslizándose por el tronco del árbol hasta llegar a sentarse en el suelo. Aún seguía con la flecha enterrada en el brazo. — Si fueras como antes, habrías corrido hacia mí con el botiquín de emergencias y me hubieras sanado la herida de mi brazo, pero me resigno porque sé que tendré que soportar mucho tiempo sin verte hacer eso… hasta que me olvide de lo que alguna vez pasamos juntos y me acostumbre a vivir de esta forma tan desquiciada.
— No digas estupideces, ahora vete de aquí. No quiero volver a verte, y ten algo en claro… Esta es la última oportunidad que te doy de vivir. — dije de manera fría sin tomarle importancia a las palabras que él acababa de decirme. ¿Botiquín de emergencias? Jáh.
— No me iré.
— Vete. – Insistí comenzando a enojarme con ese terco estúpido.
— Que no me voy a ir. — Volvió a decir cruzándose de brazos y frunciendo el ceño.
— Si no te vas por tu cuenta te mataré. – Gruñí enojada.
— Kagome, Kagome… - Suspiró. — No serías capaz de hacerlo.
— ¡¿Qué? ¡¿Y por qué?— Ya me estaba sacando de quicio ese maldito Inuyasha.
— Porque lo sé… además como no voy a correr… no saldré de aquí, y como no serás capaz de matarme me quedaré aquí. — Agregó sentándose en el suelo de brazos cruzados, al parecer de verdad no se iría.
— Pues entonces si no te vas por tu cuenta… —comencé a decir.
— Si no me voy por mi cuenta ¿Qué?
— Si no te vas por tu cuenta… ¡Te sacaré yo de aquí!
— ¿Tú? – preguntó escéptico. Y luego explotó en carcajadas.
— ¡Huy! ¡¿De qué te ríes maldita sea? — no iba a aguantar que este imbécil me humillara.
— Me iré por mientras pero ten por seguro de que estaré acá todos los días.
— Inuyasha, espera. – le pedí.
Él se volteó asombrado.
— ¿Qué hiciste para que yo te odiara a este nivel? — pregunté.
— Te he dicho una y mil veces, y no sólo yo, si no que todos te han dicho que fue una maldición.
— No creo en esas cosas… ¡Exijo la verdad!
— ¡Esa es la verdad! Es problema tuyo si quieres creer o no. — me respondió volteándose y comenzando a caminar.
Me volteé desolada, y comencé a caminar. Una lágrima rodó por mi mejilla representando mi tristeza en ese momento, estoy cansada de no saber de dónde soy ni quién soy, ni por qué odio a Inuyasha. Lo que ahora siento… es un gran vacío en mi corazón, un gran abismo.
