La historia es mía, los personajes y escenarios de J.K Rowling.
Draco POV
―Te he dicho miles de veces que no estoy con nadie—dije, mientras examinaba distraído una de lo libros que me habían regalado por Navidades.
― ¿Y como explicas que esa chica se pusiese así conmigo? Dime la verdad, Draco, ¿Estás con otra?—volvió a exclamar Pansy por enésima vez, dando un pequeño chillido dramático.
Draco puso los ojos en blanco. No habían parado de tener la misma conversación una y otra vez desde hacía más una hora y la chica se negaba a aceptar la verdad. Desesperado, se acercó lentamente hacia ella y la besó.
Pansy se quedó sin palabras.
Draco era capaz de hechizar a cualquier chica: sabía como acabar con ellas con solo mover sus labios por su cuello.
Era algo instintivo.
Sus besos carentes de pasión tenían un frio veneno que los hacía adictivos y te hacía querer más solo con observar sus labios hipnotizantes y elegantes como los de una serpiente.
Cuando acabó el beso, miró su reloj con normalidad, como si dar besos de esa clase fuese para él algo sin importancia. Las manecillas marcaban las nueve menos cuarto: era la hora del entrenamiento.
Salió de sala común hacia el exterior del castillo, haciendo caso omiso de los gritos de Pansy para que se quedara.
Estaba recorriendo el pasillo central del castillo cuando el destello de un cabello pelirrojo llamó su atención. Su instinto de serpiente se despertó. Sí un miembro de la familia Weasly estaba tramando algo quería saber lo que era.
Con sigilo, siguió la estela que iba dejando ese destello por los recodos de los pasillos y llegó a una amplia sala donde se escondió detrás de una armadura. El murmullo de una conversación llegó a sus oídos:
― ¿Has conseguido lo que necesitabas?—preguntó una voz que le resultó familiar. A pesar de eso, el eco de la sala, le impedía oír del todo bien.
―Si, ya tengo todos los ingredientes. Tenías que haber visto como Pansy Parkinson tiraba de los pelos a esa chica, ha sido lo más divertido que he visto en semanas – respondió otra voz estallando en carcajadas.
―Ginebra Weasly no le veo ninguna gracia. ¿Sabes lo cerca que has estado de que te pillasen? ¿Sabes que…?—empezó a decir la otra voz pero Draco había desconectado por completo de la conversación.
Así que Pansy no había estado exagerando como en otras ocasiones. Todo había sido un engaño por parte de Ginny y de esa voz que todavía no había podido reconocer. Su cerebro empezaba a atar cabos rápidamente y una idea comenzó a tomar forma en su mente.
Unos pasos interrumpieron sus pensamientos y casi tiró la armadura al suelo del susto. Ginny y su acompañante se iban acercando poco a poco hacia la salida y en consecuencia hacia él.
―A las doce debajo del torreón – le recordó Ginny a la otra persona mientras salían de sala.
Draco respiró aliviado mientras iba trazando un plan. Tenía la ligera sospecha de que esa noche ocurriría lo que siempre había esperado.
Y no podía haber estado más acertado, aunque en ese momento, no se diese cuenta de lo que en realidad esperaba.
Las luces del castillo se apagaron, dejándolo completamente a oscuras salvo por el leve destello de la luna que llegaba a través de las ventanas. Todos dormían tranquilamente o por lo menos eso parecía…
Pero como dice el viejo dicho muggle "Las apariencias engañan"
Dos chicas totalmente distintas, una pelirroja atrevida y una morena responsable ( aunque ya no tanto) , mantenían sus ojos y oídos bien abiertos, ajenas a la tranquilidad que se respiraba en el colegio.
De repente, el sonido del reloj de medianoche retumbó por las paredes del castillo. Ambas chicas, una en cada punta del torreón más alto de Hogwarts, empezaron a contar las campanadas.
Una… Dos… Tres…
Me levanté de la cama con sigilo, procurando hacer el menor ruido posible. Me puse unos zapatos y cogí mi varita de la mesilla. Todavía no sabía como podía haber acabado metida en este lio. Cerré los ojos con fuerza y la imagen de Ron besando a Lavander se abrió paso a través de mis recuerdos y como siempre, un nudo se formó en mi garganta.
Cuatro… Cinco…Seis…
Entré en la habitación de puntillas. Mi mirada automáticamente se trasladó hasta el pequeño baúl que había debajo de la cama con dosel donde él dormía. Abrí el baúl y al ver la capa no pude evitar sonreír; ya tenía todo lo que necesitaba para la escapada.
Siete…Ocho…Nueve…
Una lágrima se deslizó por mis mejillas. Negué con la cabeza.
Ay, Ron, con lo que te quiero… ¿Por qué me haces sufrir tanto?
Suspiré mientras pensaba que no habría poción que aliviase mi dolor, la única forma de hacerlo era arrancarme el corazón del pecho.
Diez… Once…
Cogí la capa y cerré el baúl. Ya tenía todo lo que quería, pero sin embargo, me sentía vacía. Mi mirada se dirigió inconscientemente hacia el chico que estaba dormido en la cama. Me levanté y me detuve un momento para observar la cicatriz de su rostro. Algo dentro de mí se resquebrajó, y sin saber muy bien lo que hacía, me incliné y lo besé suavemente en los labios.
Doce.
Bajé rápidamente las escaleras de caracol esperando encontrarme con Ginny pero la sala común estaba completamente vacía y a oscuras.
―Ginny ¿Estás a...?
Noté un empujón y como alguien me agarraba por la espalada, tapándome la boca con las manos. El corazón me iba a mil por hora. Instintivamente intenté coger mi varita con las manos pero unos dedos me detuvieron.
―¡Shhhh, no hagas ruido! Soy yo – susurró una voz que reconocí como la de Ginny.
―¡Qué susto me has dado! – exclamé, olvidándome por un momento que eran las doce de la noche y que nos estábamos saltando aproximadamente la mitad de las reglas del colegio ―¿Cómo has conseguido la capa?
A pesar de que no la veía, sabía que Ginny había alzado ambas cejas en una señal que decía: No me puedo creer que a estas alturas me preguntes eso.
―Vale, vale – dije, moviendo ambas manos en un gesto de exasperación - ¿Cuál es el plan?
―Improvisar – respondió Ginny, dirigiéndose hacia el retrato de la Señora Gorda.
―¡Oh, genial! ―masculló Hermione, cada vez más convencida de que al día siguiente estaría fregando el lavabo de Myrtle la Llorona con un cepillo de dientes.
Se dirigieron hacia el retrato de la Señora Gorda, sin saber que les depararía la noche, solo con un sentimiento de excitación que recorría todas sus células. Hermione presentía que aquella noche ocurriría algo.
Y no podía estar más acertada.
Mientras tanto, en una habitación del colegio, un chico con una cicatriz en forma de rayo, paseaba sus dedos sobre sus labios. Había soñado que un ángel había venido a visitarlo y le había dado un beso. Todavía sentía el sabor de aquel ángel. Había sentido tocar el cielo.
