Aclaración: Luego de este capítulo, se verá la versión de Vegeta


Capítulo 5 ¡Soy Bulma, la gran domadora de fieras!

Y comienzo a desaparecer en un rastro de placer húmedo. Suena música. Levanto la copa y miro una figura que desvanece en la guinda. Sus labios saben a alcohol… ¿O son los míos?... Es una nueva sensación en mi cuerpo. Entumecimiento y cosquilleo. Un contraste entre mis piernas, que de líquidos, languidecían, de palpitaciones rogaban y de caricias hervían burbujeantes. Me siento tan perdida, y es un vacío que se logra llenar con un cuerpo de piedra, un fuerte cuerpo cálido que encaja con el mío como un rompecabezas. Caí en un anzuelo, estoy enganchada, por favor, llévame afuera del mar.

La peliceleste abrió los ojos con pesadez. La luz disparó en sus sienes un dolor agudo. Logró sentarse en la cama y metió su rostro entre sus rodillas. Degustó entre su lengua y paladar la deuda que le dejó el vino. Sujetó su nuca con ganas de partirla a la mitad y sacar su cerebro, que palpitaba como un corazón gigante, dentro de su cabeza.

La mujer visualizó con dificultad la habitación. Lucía un poco diferente. Siguió con su mirada ahumada el camino de prendas. Notó que estaba completamente desnuda y en la mesita de noche no encontró su despertador rosa. Abrió los ojos bruscamente. Empezó a buscar sus pertenencias en la habitación. No encontró ninguna, esa no era su habitación, pero… ¿En qué habitación estaba?

La científica se envolvió en la sábana y figuró la huella de algún cuerpo, ausente, a su lado de la cama. Alguien había dejado arrugas en la sobrecama y la almohada hundida. Una horrible sensación apretó su estómago. No podía recordar nada.

"No, no puede ser" Pensó mortificada. Elevó su mano temblorosa hasta la frente. Bajó su muñeca a la altura de sus ojos y apretó con fuerza para impedir que las lágrimas salieran. Fue imposible frenarlas. "¿A quién traje a casa?" En la habitación sólo estaban sus prendas.

Se levantó con el alma fuera del cuerpo. Tomó su brazo izquierdo con su mano derecha, justo donde el codo se dobla. Apoyó su cuerpo, que había envuelto con la sábana, en una gran ventana de cristal transparente. La luz le impedía abrir los ojos en su totalidad. Abajo miró la cápsula de gravedad. Aún fuera de sí misma, dibujó con un dedo, patrones encima de esa cápsula, que a esa altura se veía como una naranja. De repente, como un rayo, se dio cuenta de su ubicación. Abrió los ojos sin importarle la luz.

—Este cuarto es…De un golpe recobró el sentido. Fue hacia el cuarto de baño con tal rapidez que casi se tropezó con la sábana que la rodeaba. Escuchó el chirrido de la llave y la lluvia de gotas que comenzaron a caer en la ducha. Pegó su cuerpo a la pared y asomó el rostro con cuidado para no ser descubierta. La silueta distorsionada de Vegeta se revelaba en el gratinado de cristal del cancel. Poco a poco la mujer empezó a resbalar en la pared sin poder creer lo que vieron sus ojos.

"Ve…Vegeta" No sabía cómo sentirse al respecto, un hoyo negro le absorbía. Dentro de sí, por unos segundos, admitió la atracción sexual que existía; pero los movimientos del moreno la sacaron de sus pensamientos. Nerviosa decidió escapar.

— ¿Tan pronto te vas? — La voz del príncipe retumbó con el eco del cuarto de baño. Bulma paró en seco y quedó por primera vez enmudecida ante el guerrero. El hombre soltó una suave risa gutural .Corrió la puerta y se colocó una toalla alrededor de la cintura. Se mostró ante la paralizada mujer con el cuerpo escurriendo agua. Vegeta apoyó el antebrazo en el marco de la puerta de baño, rozó su frente con su mano y sonrió con malicia. El vapor se disipaba. — ¿Qué pasa? ¿Ya no puedes hablar? Que curioso… Ayer no parabas de gritar. No pensé que en todo eras así— La sonrisa no se desvanecía de su confiado rostro.

Un sonrojo furioso se pintó en la cara confundida de la científica.

El guerrero se acercó hacia ella y la acorraló. Con una mano se apoyó en una de las paredes y la miró con regocijo, sus rostros estaban a escasos centímetros. El orgullo del saiyajin estaba por los cielos. Tantos días bajo el control de aquella mujer hacía que ese momento fuera muy satisfactorio. El momento en el que al fin la tenía en sus manos. No podía dejarlo pasar con facilidad. Inhaló el aroma que soltaba el cuello de la peliceleste. La miró desde abajo, con sus labios muy cerca de la clavícula de la mujer. Observó como la joven tragó saliva. Vegeta dejó escapar otra pequeña risa.

Bulma temía mover algún músculo, su corazón latía con fuerza.

El guerrero cambió su rostro a uno con más seriedad. Levantó su cabeza y tomó con una mano la mandíbula de la peliceleste. Inspeccionó el rostro de mármol de la joven —Vamos, dime algo— Dijo con rudeza.

La joven quitó de un tirón su rostro de la mano del guerrero. Con violencia se desprendió de la jaula que había creado el moreno encima de su cuerpo semidesnudo. Salió de la habitación. Vegeta sonrió cínico.

La científica cerró la puerta con fuerza. Sentía que había salido de otra dimensión. Su corazón seguía transportando la sangre a todo su cuerpo con furor. Vegeta le había mostrado un lado desconocido, que le había dejado sin palabras. Se sintió bajo su sombra como una presa. Recordó sus profundos ojos negros y tapó sus labios. Era demasiado seductor. Nunca antes se había sentido así.

Un abismo la aturdió. Entró a su habitación confundida. Desenvolvió su cuerpo e inspeccionó su cuerpo como si tratara de buscar las huellas digitales del saiyajin. Trató de pasar sus dedos por su cabello pero un nudo los detuvo.

—Tranquilízate Bulma…— Golpeó sus mejillas. Las sentía arder. Se fue a su cuarto de baño para refrescarse. Quería recordar lo que había pasado ayer, pero las imágenes que tenía en su cabeza estaban borrosas. Mortificada abrió el agua fría para empaparse. Su piel se erizó por completo. Pasó sus dedos por sus labios, lo único que pasó por su mente fue aquel beso desvergonzado que la calló alguna vez.

Admitía, que había jugado con fuego.

Las gotas de su cabello cayeron solitarias al cerrar la regadera.

Cruzó la línea al pensar que podía alojar a un hombre que en realidad era un misterio, un total desconocido, que además, era un asesino despiadado. Siempre se había sentido segura de sí misma, conocía su belleza y su inteligencia, incluso alardeaba de ello; pero en realidad, su propio temperamento, tan dominante y fuerte, era su arma de doble filo. Muchas noches pensó, que su aburrimiento y el tedio de estar junto a Yamcha no eran más que el resultado de la rutina común de las parejas. No le agradaba aceptar que su dependencia hacia él no era más que su propia inseguridad, una inseguridad que se volvió enfermiza cuando la infidelidad marcó su relación. Cada día se reconciliaban con sexo, cuando Bulma podía utilizar su enojo y venganza para hacer su voluntad contra su novio, y que éste se lo permitiera. Sólo era un círculo vicioso.

La peliceleste salió de la ducha y abrió la llave de la tina. Miró correr el agua y se perdió en su transparencia. El pecho se le agrietaba.

Ese día pudo haber sido uno más de los engranes que movilizaban el círculo de su apagada relación. Quién iba a decir que Vegeta fuera quien detuvo la máquina y la hiciera reflexionar de tal manera.

La tina se llenó. Espolvoreó el solvente aromático y metió su cuerpo con delicadeza, escurriendo agua por los lados de la tina. Las burbujas empezaron a elevarse. Se sumergió por completo, como un gran pez, aún perdida en sus pensamientos.

Todo debía acabar. Sabía que tarde o temprano las cosas empeorarían o mejorarían; Sin embargo ocurrió lo primero. Ella nunca había estado con otro hombre que no fuera Yamcha. Su hermosa apariencia de niña traviesa siempre atraía a los hombres, pero su éxito, inteligencia y fortaleza siempre los hacía huir. En el fondo, desde que era pequeña, siempre soñó con su hombre ideal como cualquier niña que creció creyendo en el romanticismo. Sabía que ese deseo sólo podría cumplírselo las hadas madrinas y pensó que había encontrado una al reunir las esferas del dragón; pero, Shen Long no era un hada madrina y Yamcha no era un príncipe de cuento.

Surgió del agua para tomar aire. El único príncipe que conocía estaba cruzando su habitación.

Bulma se golpeó la cabeza enojada por pensar que Vegeta era un príncipe. La imagen de él montado a caballo, con su traje azul de saiyajin y con una corona en su cabello alocado, era algo desconcertante, por no decir perturbadora. El sujeto la intrigaba, su misterio y su gran carácter le llamaban demasiado la atención. Lo identificaba como el chico malo y eso era bastante excitante. Podía comprender cómo es que terminó en su habitación, pero moría por saber cada detalle de la noche. Después de todo era el primer hombre que la había tocado luego de Yamcha. Se sentía decepcionada por no tener ese recuerdo. Una risita de colegiala se le escapó. Tenía curiosidad de saber todo acerca de su anatomía.

Acomodó sus brazos a los lados de la tina y miró el techo. Escuchó movimiento fuera del cuarto de baño. En el completo silencio de la mañana era fácil escuchar los ruidos en el interior de la casa. Volvió a perderse en su mente. Cerró los ojos.

¿Qué tan malo podía ser sentirse tan aliviada después de tales acontecimientos? Bulma, a pesar de haber quedado destrozada una vez más con las aventuras de su novio, sentía repentinamente el cuerpo ligero, ¿Era acaso la maniobra pasional que ejecutó el saiyajin? Su curiosidad crecía más y más. Le intrigaba demasiado, sin pensarlo, estaba por completo emocionada. La joven sonrió.

— ¡Que bien se siente! —Estiró sus brazos con libertad. De repente todo estaba claro. Estaba iluminada y una fuerza en su interior, que hace tanto no sentía, irradiaba en su rostro.

Salió de la tina sintiéndose nueva, con el cuerpo y la mente limpia. Escogió su ropa canturreando como una puberta enamorada.

Se colocó unos jeans ajustados y una blusa que mostraba coquetamente sus hombros. Se puso sus zapatillas con algo de prisa. El día apenas comenzaba y ya tenía mucho que hacer: ayudar a su padre, romper con Yamcha y averiguar la mejor táctica para sacarle información a Vegeta. Se dio una mirada al espejo, miró su cabellera larga y ondulada hasta por debajo de sus omóplatos, con su confianza renovada se sentía la mujer más hermosa del universo y decidió conservar esa apariencia natural y fresca.

— ¡Soy Bulma, la gran domadora de fieras, y ese mono salvaje no se me va a escapar!— Gritó como si la guerra fuera a comenzar.

Vegeta dejó escapar un estornudo dentro de la cápsula de gravedad. Un escalofrío lo recorrió como si algo malo fuera a sucederle.