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Capítulo 8 Preocupación

Cada mañana eran descubiertos por la luz matinal que atravesaba las delgadas cortinas de seda de la habitación del príncipe. Ambos desnudos, con el aroma de pan remojado en almíbar, se les evaporaban las placenteras sensaciones.

El sexo casual se había convertido en algo más que una simple casualidad.

Desde aquel día sólo bastaba una mirada, un insulto, un atrevimiento, una caricia, un comentario mordaz, cualquier excusa para terminar revolcándose como dos salvajes. Eran animales en celo. Ambos lograban complementarse de una manera inverosímil, como si sus cuerpos hubieran estado hechos para estar uno con el otro.

El entrenamiento del moreno le consumía toda la mañana y parte de la noche, había logrado transformarse satisfactoriamente en súper saiyajin. Empezaba a acostumbrase a ese estado y se estaba volviendo cada vez más fuerte; pero, algo no cuadraba. La miró a su lado, dormida, suspirando entre sueños plácidos. No podía acostumbrarse a gozar de sus escandalosas curvas, no lo podía permitir. Poco a poco, sus noches de sexo empezaban a tomar tintes afectivos, que en el momento exacto no podía controlar y eso era un motivo de preocupación. Todo debería ser sólo placer carnal.

—Tsk— Se quejó. Él no permitiría ningún sentimentalismo, para él ella no era nada, ella era una simple aventura, su grandiosa manera de mantener la relación sexual debería ser un extra muy satisfactorio y punto. Admitía que la atracción sexual era descomunal, que podrían estar metidos en la cama varios días, en el suelo, en la ducha, para hurgarla por dentro, muy dentro. Pensar en la manera tan increíble que lo hacía sentir, cuando él estaba dentro de ella por cada orificio que se le ocurría, lo excitaba. Cada noche buscaba la manera de poseerla, de verla abrir las piernas como su perra fiel, su esclava sexual. Escucharla gimotear pidiendo más, adorándolo como un dios pagano, encendía cada célula de su indomable cuerpo. Mirarla así, descansar tan cómoda, con el cuerpo firme, que mantenía su ropa sostenida en la voluptuosidad de sus pechos, lograba que su lujuria creciera dentro de sí mismo, hinchándose, como una fruta madura.

El moreno gruñó, se dio la vuelta para verla y la picó con un dedo para despertarla — Oye, despierta… — La peliceleste abrió los ojos con pesadez.

— ¿Qué?... ¿Qué pasa ahora?— Ella miró la entrepierna del príncipe — ¡¿Qué? ¿De nuevo? ¿Qué esa cosa no tiene un interruptor o algo? Apenas me estoy recuperando de anoche — Se levantó como una muerta viviente, su cuerpo estaba adolorido, el moreno tenía una energía que la hacía desfallecer, había días que la mujer no podía ni mantenerse en pie. Entendía que eso implicaba ser la compañera sexual de un saiyajin.

El príncipe posó sus ojos fríos sobre ella. Eran dos cuchillas desbordando deseo.

— Mh… Está bien… No me mires así, pero necesito también un buen estímulo… Que este dolor en mi cuerpo no lo puedo ignorar con sólo verte así por mí — La peliceleste se estiró perezosa y le sonrió traviesa. — Que no ves que me vas a matar y ya no tendrás quién te lo haga como yo.

Esto último le cayó como balde de agua fría al moreno. Se levantó de la cama con seriedad.

— ¿Eh? ¿Vegeta? ¿A dónde vas? Pensé que querías…

El moreno interrumpió a la joven antes de que termine su frase — Me voy a entrenar — Mencionó con gravedad, sin inmutarse. Se vistió como pudo, el gran bulto se desvaneció por pura voluntad y se dispuso a salir de la habitación — Cuando vuelva no te quiero ver aquí, de ahora en adelante vete a tu cama a dormir cuando terminemos— aclaró con la frialdad de un témpano de hielo y salió.

— ¡¿Y ahora que mosca te picó Vegeta? ¡Cretino! — Le lanzó una almohada a la puerta. La peliceleste se quedó en la cama extrañada por la reacción del príncipe. Se levantó y de puntillas fue a su cuarto, de tantas veces que pasaba al cuarto de Vegeta ya hasta desconocía el suyo. Sólo lo visitaba para tomar su ropa, incluso su champú y sus aditamentos de belleza los había pasado al baño del moreno. Tuvo que bañarse en su propio cuarto sin sus productos de belleza, pero no se atrevió a regresar a ese cuarto luego de la severidad de las palabras del guerrero.

Al salir se puso un pequeño vestido rosa y unos tacones bajos, para ver si el hombre se resistía de nuevo a ella. — ¡Auch! — Dejó escapar un quejido. Necesitó reposar en su cama unos instantes. — ¡Sinvergüenza! Tratar así a una mujer tan delicada como yo…— Se sonrojó enojada, sabía que no era una chica tan delicada como decía, cualquier chica se habría muerto después de ese maratón. Tenía el cuerpo tan jugueteado como un pastel de cumpleaños. Aún tenía las marcas de algunas de las mordidas, su cuello y pezones contenían marcas moradas, lo que Vegeta llamaba su marca de propiedad. Bulma sonrió con algo de malicia; se sentía contenta al saber que él estaba tan marcado como ella, así que también tenía parte de su cuerpo como su propiedad, el hombre estaba más arañado que el sillón predilecto de su gato, y si alguien lo viera pensarían que tiene por novia un vampiro o que le hace el amor a una leona. Una sonrisa aún más maléfica se le dibujó a la científica, todavía faltaban algunas lecciones para domar a su pareja sexual, pero mientras encontraba la manera disfrutaba mucho ser su esclava. Por el momento tenía que buscar una linda bufanda para que el resto de sus trabajadores no le estuvieran escudriñando el cuerpo. Aún no inspeccionaba sus piernas donde algunos moretones de la forma de las manos de Vegeta se tatuaban — ¡Simio Salvaje! — La casa retumbó con su chillido al notarlo.

El príncipe puso la gravedad a 600 G de golpe. Estaba tan enfurecido por las actuales circunstancias que reventó sus músculos con un duro entrenamiento. Se convirtió en súper saiyajin y comenzó a tirar energía a los robots que aún le sobraban. Trató de no exterminar todos por completo al saber que Bulma seguiría enojada por su comentario y era obvio que lo mandaría muy al averno si le pedía más. Su bello rostro enfurecido. El príncipe tiró una patada al aire, tenía un conflicto, esa mujer tan vulgar estaba cada vez más adentro de su corazón.

— ¡No! ¡Eso es imposible! ¡Esa mujer no vale nada! — Sacó una bola luminosa de energía tan grande que destrozó un robot y le golpeó el impacto — ¡Ahg! — Escupió algo de sangre a un lado con rudeza — Estos robots inútiles, inútiles como esa mujer — Saltó y tiró sus puños al aire. Dio algunas acrobacias para atrás con habilidad. Sin darse cuenta las horas pasaron con rapidez. La madrugada lo atrapó. El sudor, que caía como plomo, lo bañaba. Necesitó descansar, a pesar de sus intentos para olvidar la situación no logró dejar de lado sus terribles presentimientos. A él, jamás, jamás podrían apaciguarlo y un príncipe de los saiyajin no podría establecerse de esa manera con una humana como ella. Tenía que demostrar que ese no era un problema, se olvidaría de todos aquellos sentimientos desconocidos. Tal vez necesitaba no tener sexo con ella un tiempo, por lo menos para aclarar sus pensamientos.

Regresó dentro de la casa, el lugar estaba en silencio. Estaba tan cansado de Bulma que no quería entrar a su habitación y bañarse viendo el champú para rizos definidos y el jabón íntimo de la mujer. El aroma delicado había convertido su masculino baño en el spa de aquella humana. Entró al primer baño que encontró y se aseó tan rápido como pudo para luego ir a dormir, sentía que su terrible inquietud lo había cansado más que su entrenamiento. Eso no podía pasar más. Salió de la ducha descubriendo una verdad irrefutable, no había agarrado ropa y estaba lejos de su habitación. Sus cálculos fallaron por primera vez de una manera muy estúpida. Tomó una de las toallas y la amarró a su cintura. Notó que apenas le cubría, aunque era una toalla normal, pero le ayudaría a sobrevivir para que ningún vigilante se le quedara viendo demasiado. Fue a la cocina para atiborrarse de toda la comida que no había comido en horas, con el pequeño nudo de su toalla tenía que estar pendiente de que no se cayera y agarraba todo con una mano.

Olfateó buscando algún buen aroma. No le agradaba no alcanzar al chef y por eso siempre revisaba si había sobrado comida casera para calentar. A veces el cocinero, que ya lo conocía algo, le dejaba un buen menú, siempre sorprendido de su voraz apetito, trataba de satisfacer al invitado especial. Para su suerte, el moreno, encontró una gran mesa con comida que le había dejado el chef y comenzó a satisfacer su hambre devorándolo todo a su paso.

El sonido de los cubiertos y los platos llenaron el comedor.

Bulma se encontraba en su laboratorio, con café en mano, preguntándose el por qué del comportamiento tan raro de Vegeta. Era cierto que no podía quejarse, después de todo, no eran nada. El guerrero lo había dejado muy claro desde el principio ¿Pero en verdad ella podría continuar sin sentir absolutamente nada? Sólo pensarlo le daba una sensación terrible en la boca del estómago. Le dio un sorbo a su café y se hundió en su aroma. Volvió sus ojos azules a los planos de un nuevo producto para meter dentro de las cápsulas. El último asistente que se había quedado empezó a tomar sus cosas. Se despidió de la peliceleste dejándola sola. La mujer empezó a limpiar su escritorio para irse a dormir. Había trabajado demasiado y aún no se recuperaba de aquella noche. Apagó el generador de energía del laboratorio. Se puso unos audífonos para oír un poco de música relajante y caminó a la habitación de Vegeta por pura inercia. Se quitó el vestido rosa y agarró su bata de dormir transparente, se acostó poseída por el aroma que despedía la almohada del guerrero. Sólo pensar en él y la manera que sus dedos la tocaban la hacían estremecerse. Subió el volumen de su música.

— Vegeta…— Musitó al sentir su olor embriagándola. Abrazó, somnolienta, el almohadón. Abrió los ojos recordando que no debía estar en su cuarto cuando él llegara; pero el poder de su colonia masculina la tenía cautivada, ese olor a madera combinado con sus hormonas. Todas las noches habían sido como un sueño del que no quería despertar. Su mano furtiva se deslizó por su vientre imaginándose las caricias expertas del guerrero, no podía creer cómo es que estaba tan insaciable, su cuerpo apenas podía moverse con libertad debido a esa fuerza tan desquiciante que la atropellaba varias veces todas las noches. A pesar de ello siempre quería más y más. Una sensación asfixiante se apoderó de su pecho, estaba enferma de deseo, eso no podía ser normal, desearlo de esa manera sin importarle su integridad física. Acarició cerca de su sexo. Vegeta sólo la estaba utilizando y a ella no le desagradaba la idea, también utilizaba su grandioso cuerpo para satisfacer todo ese apetito voraz que había acumulado. Estaba viviendo por primera vez, había renacido como mujer, cómo pudo vivir tanto tiempo sin haber sentido aquellos orgasmos que sólo el saiyajin lograba ocasionar en ella. Tantos, tantas veces, uno tras de otro. Introdujo uno de sus dedos dentro de su sexo con la imagen de Vegeta en la cabeza, con la música ensordeciéndola. Dejó escapar un quejido de dolor. Su interior estaba resentido por el salvaje trato de su fiera; Sin embargo, no le interesó, una lágrima escurrió por su mejilla hasta caer y morir en la almohada. ¿Era amor? ¿Simple deseo? Dolía, todo lo que sentía dolía, en su cuerpo y en su alma, gemidos de dicha y melancolía se mezclaban al remover sus uñas como los dientes del príncipe dentro de ella. El fluido tibio se escurría de su interior mancillando las sábanas. Abrió las piernas como alas de mariposa. Apenas desperezó los ojos y notó en el marco de la puerta al moreno apoyado, no sabía si era una alucinación, pero imaginarlo ahí, mirándola con esa lujuria de cazador, la encendió, alzó las caderas y tiró su cabeza para atrás brindándole la mejor función. Clavó uno de sus dedos hasta el fondo. Gritó al sentir sus propias uñas rasgándola, pero así era la delicia de su placer masoquista. Los audífonos se resbalaron debido a los intempestivos movimientos de la científica. Miró de nuevo la silueta de su fiera en el marco de la puerta, logró visualizar esa sonrisa morbosa. No era un sueño, él estaba ahí disfrutando el espectáculo. Sus caderas bailaron, apretó su pecho enloquecida por esa sonrisa. Tiró un grito largo que indicaba su delicia ansiosa.

— Ven… Ven… Conmigo… — Decía la peliceleste con la voz entrecortada, con las lágrimas vertidas — Por favor… Te necesito… — Suplicó.

El hombre sonrió con malicia. A pesar de todas sus cavilaciones no podía fallar ante tal belleza. Era una obra de arte, húmeda y deseosa, que sangraba hilos glutinosos. Caía al borde de la maravillosa lujuria que le invocaba, la mujer más provocadora que había conocido en toda su vida, nunca nadie había hecho que cambiara una decisión irrefutable de esa manera. Ni siquiera había pasado un día y ahí se encontraba él, caminando hacia esa amapola exquisita que derramaba miel. Hechizado bajo el encanto de esa medusa, que al ver directo a sus ojos, transformó en piedra su virilidad.

— ¿Qué me diste? — Susurró el guerrero sin intenciones de que la mujer lo escuchara, era más un reproche a sí mismo, terminar aterrizando en la cama encima de esa profana hembra no era parte de sus planes del día.

El guerrero, con el cuerpo posado arriba de la criatura, intentó clavarla cual mariposa de colección. Un quejido proveniente de la científica lo perturbó. La miró extrañado y visualizó el rostro apesadumbrado de la joven.

Bulma abrió sus labios — No pares… Sigue… — La mujer apretó los ojos con fuerza, clavó sus uñas en la palma de sus manos con valentía, lo deseaba, lo deseaba demasiado y un pequeño dolor no la apaciguaría.

El príncipe empujó su cadera para penetrarla más. La mujer volvió a quejarse, esta vez con un chillido más audible. El moreno no lo pudo ignorar de nuevo. Apenas estaba metiendo parte de su extremidad, con el tamaño correspondiente a un humano dotado, y la mujer ya lo estaba sufriendo. La peliceleste no iba a soportar el máximo tamaño de su miembro dentro de su cuerpo, ni la fuerza y el poder que aún aguardaban. Decidió salir.

Bulma abrió los ojos y levantó su torso. — ¿Pero qué haces? ¿Por qué te detuviste?— Lo miró sorprendida, ella quería que la penetrara, que la hiciera suya una vez más a pesar del dolor.

Vegeta se acostó a su lado, con el antebrazo sosteniendo su cabeza y el codo apuntando a la peliceleste. La observó detenidamente. Su rostro demostraba un proceso mental. La científica tenía ganas de leer esa calculadora mente, debido a ese silencio, se empezó a sentir nerviosa.

— Lárgate— El moreno abrió la boca pronunciando gélido esa palabra tan cruel.

La peliceleste abrió los ojos, herida, brotaron unas cuantas lágrimas que intentaba sin éxito contener.

— ¿Por qué? — Replicó con el nudo en su garganta apretándole las palabras. No sabía aceptar el rechazo.

— ¿Qué no oyes? ¡Lárgate! — Gritó ronco el guerrero.

— ¡No! ¡No me iré Vegeta! ¡No lo haré y que se meta en tu cabeza! ¡Yo no me iré así como así! — Bulma no comprendía la razón exacta de sus palabras, quería agregar más, pero no sabía qué podía agregar, en su interior luchaban grandes demonios. Ese terrible sentimentalismo que tanto detestaba el saiyajin empezaba a darle punzadas en el corazón de la terrícola, su hermoso corazón humano.

Vegeta no se inmutó. Continuó como una estatua esperando a que la mujer saliera de su habitación.

—Vegeta— La científica lo llamó con dolor. Se acostó de nuevo para que le mirara el rostro. Los ojos azabaches del moreno la escrudiñaron, tan profundos y fríos. Parecía que podían leer el contenido de su cuerpo. El hombre estaba decidido.

Bulma comprendió que la balanza no estaba a su favor. En ese momento la que era dominada era ella. Quería buscar una manera de contraatacar pero una raja en su alma creaba una grieta profunda. Entonces comprendió, que la razón de su terrible pesar, era su terrible necesidad de saber si el hombre estaba en el mismo conflicto que ella. Temía en el fondo terminar completamente enamorada de esa bestia, y esa pequeña semilla de cariño comenzaba a mostrar sus primeros brotes. Deseaba arrancarla y tirarla por la ventana y seguir disfrutando de ese delicioso sexo frívolo.

La mujer se levantó en silencio y tomó su vestido rosa y su reproductor de música. Un vacío la invadió, un cosquilleo dentro de su sexo insatisfecho y adolorido la incomodó de sobremanera. Se estremeció, no se había dado cuenta de su cansancio. Un mareo la confundió. Una gran fuerza, de procedencia desconocida, surgió. Empezó a caminar para salir de esa habitación. Sus pensamientos empezaron a atormentarla, ignoró que su visión quedó borrosa por un instante. ¿Por qué de repente la salida parecía tan lejana? Ella estaba tan dispuesta a continuar, le había suplicado a ese hombre a pesar de su orgullo, de su cuerpo violentado y su gran determinación de no enamorarse de él.

Logró llegar al pasillo. En un paso en falso el cuerpo de la peliceleste cayó estrepitosamente. Todo en su campo de visión empezó a oscurecerse.

Fue acaso… ¿Preocupación?

La mujer se desvaneció con ese último pensamiento escrutándola.