-Carlos, Carlos, viejo amigo. ¡Ven pronto, que te necesito!

Carlos levantó la cabeza de entre sus libros, se quitó las gafas y se asomó a la ventana.

-¿Qué ocurre?

Mario todavía ni se había bajado del caballo ni mucho menos quitado la armadura. Por muy impropio que fuera para un cuento como este, he de confesar que sudaba a mares.

Carlos bajó hasta el gran portón de entrada de la biblioteca y le invitó a pasar.

-Toma; sécate con esta toalla. Los libros y la humedad son enemigos acérrimos.

-¿Acequé?

Carlos señaló una gotas de sudor de la frente de Mario y le explicó:

-Esas de allí son los dragones y mis tratados, las damiselas. No deben juntarse.

-Ya veo. A propósito de palabras raras. ¿Sabes que cojones significa "palisexto"? ¿O perudito?

-¿Palimpsesto? ¿Erudito? ¿Qué provecho podría sacarle un caballero como tú a unas palabras como esas?

-Eso mismo digo yo. Eso mismo digo yo. Esta mujer me va a volver loco.

Mario se desplomó sobre un silla y comenzó a quitarse el yelmo de la armadura. Le rodeaban una gran cantidad de libros de Carlos. Había de todo: novelas, manuales, enciclopedias, ensayos y muchos cuentos también. Porque a Carlos (aunque jamás lo reconocería en público) le encantaban los cuentos infantiles. Sin embargo, si alguien le sorprendía leyendo "literatura menor" como el la llamaba, en seguida se sobresaltaba y negaba todo con la cabeza: "No, no, no. ¿Yo? Nooooo. ¿Leyendo bobadas? Nooooo. Soy un adulto formal. Solo leo cosas aburridas. A-BU-RRI-DAS". Luego escondía el librito en un bolsillo de su camisa y se iba corriendo a una habitación del fondo a seguir leyendo Las aventuras de Bomba, el muchacho de la jungla o las del Príncipe Valiente.

A Mario por el contrario esas cosas le provocaban jaquecas. Antes que marearse leyendo las proezas de un personaje ficticio, prefería ser él mismo el que enfrentara a una bruja o gigante. Le parecía menos peligroso. A menudo, solía preguntarse cómo era Carlos tan valiente como para merendarse un libro entero y en menos de dos días. ¡Si a él le costaba ocho meses! Sin ir más lejos, la lectura de este mismo cuento le entretuvo casi un año entero y al terminarlo, exclamó: "¿Para este final horrible, me esforcé tanto?".

Carlos se acercó a su amigo y le regaló un libro; era un diccionario.

-Esconde esto. Y cuando te veas en apuros, úsalo. Es muy útil.

Mario se alejó todo lo que pudo, desenvainó su espada y exclamó mientras la blandía en todas direcciones:

-¡Aleja de mi ese engendro del diablo! ¡Que de solo verlo se me revuelven las tripas! ¡Por Dios!

Os estaréis preguntando cómo podía existir una amistad tan buena en semejante pareja despareja. La verdad es que a menudo yo también me lo cuestiono. Lo único que puedo asegurar rotundamente es que a pesar de sus enormes diferencias jamás habían peleado por nada. Y eso debido a que el alma de ambos era muy propensa a la generosidad. Y con esta cómo base, todo es posible. Incluso la amistad de una rata de biblioteca y de un odiador de libros.

-¿Sabes? -dijo Carlos con el gesto un tanto triste-. Yo tampoco entiendo muy bien a las mujeres y eso que he estudiado tanto y tanto sobre ellas en mis libros.

-¡Por Dios! Que te has enamorado. Se te ve en la cara, amigo. ¡Ya era hora!

Ante el silencio de Carlos, Mario prosiguió con su interrogatorio.

-¿Cómo se llama? ¿Quién es ella?

-Rigoberta. Es una lectora habitual de la biblioteca. Me tiene sorbido el coco. Hay veces que coge deliciosos tratados sobre ética y gobernabilidad y me cautiva con sus opiniones sobre tal o cual pasaje. Pero en otros…, solo coge novelitas tontas de princesita. La verdad es que no sé que pensar.

-¡Eso mismo! ¡Eso mismo me pasa a mí con mi Rosita! Un día es una perfecta dama y otro…empieza a decir mogollón de palabras complicadas que ni entiendo ni deseo entender.

Efectivamente, niños, como ya habréis advinado, ambos caballeros se habían enamorado accidentalmente de la misma mujer, nuestra protagonista y sin saberlo. Solo que uno la conocía como Rosita, la princesa y el otro, como Rigoberta, la estudiante. Quizá os resulte un poco raro este tipo de problemas pero en el mundo de los adultos es un hecho de lo más normal. Que sí, que sí, ya sé que en realidad no existía un problema verdadero, que Rosita-Rigoberta era un ser humano que sentía y pensaba también y que bastaba con declararse para que ella destrabara la situación eligiendo a uno o a ninguno. Pero para la mayoría de los adultos lamentablemente, es preferible liarse a golpes primero y luego -si hay tiempo- pararse a pensar en las consecuencias. En el caso de nuestros amigos, su generosidad impidió la pelea pero no, una fantástica aventura llena de competencias y giros argumentales.

Así pues, Rosita se pasó al menos un mes coqueteando alegremente por las mañanas con su caballero y debatiendo sobre economía y dialéctica con su bibliotecario por las tardes. Y por las noches, ambos amigos se encontraban en la biblioteca para compartir sus penas sobre sus "respectivas" damas. Hasta que un buen día ocurrió lo que tenía que ocurrir. No sé si fue Rigoberta quien se quedó con Carlos un poco más de la cuenta o Mario quien llegó un poco antes pero el caso es que de pronto se encontraron los tres en el mismo sitio y con cara de tontos.

-¡Por Dios! ¿Rosita, tú lees? -preguntó Mario con miedo.

-Claro que sí, caballero. Todas las noches un poco antes de ponerme a tejer y dormir.

-Rigoberta, ¿he oído bien? Tú…tú…tejes… -preguntó el amigo intentando ocultar su horror (Carlos tenía pavor a las agujas y a los trabajos manuales).

-Por supuesto, caballero. Tejo y leo ¿qué hay de malo?

Ambos caballeros se dejaron caer sobre unas sillas que casualmente estaban justo detrás de ellos. Luego intentaron articular palabra al mismo tiempo.

-Rigob…

-Rosit…

Y entonces por fin, ambos caballeros se miraron. A Carlos le entró un leve temblor cuando se dio cuenta. A Mario no. Era tan tonto que su amigo tuvo que hacerle unos cuantos gráficos y explicárselo durante un cuarto de hora hasta que por fin estuvo dispuesto a creer que tal vez y solo tal vez el mundo no era tan maravilloso y sencillo como él imaginaba.

-O sea -preguntó Mario- que Rosita y Rigoberta son hermanas gemelas que…

-¡No! -interrumpió Carlos. ¡Son la misma persona!

-Ahhh -pareció comprender su amigo-. Son dos hermanas gemelas que se hacen pasar por la misma persona.

-¡Que no, tonto de capirote! Esa que esta allí -señaló a nuestra protagonista- es tu Rosita y mi Rigoberta. Al mismo tiempo.

Mario respiró hondo, se frotó los ojos y exclamó.

-¡Vale! ¡Pero yo la vi primero!

He olvidado aclarar que cuando Rosita era Rigoberta tenía un carácter un tanto malhumorado. Vamos, que si la hacían enojar repartía tortazos a diestra y siniestra (para la derecha y la izquierda en palabras que Mario pueda entender). Así que cuando Rigoberta oyó hablar a ambos caballeros sobre su amor como si fuera algo que se pudiera comprar o repartir entre ellos sin consultarle en lo más mínimo, montó en cólera (lo cual quiere decír que se cabreó mogollón y para nada, el nombre de un caballo como pensaba Mario).

-¡Iros a freir espárragos! ¡Los dos! -exclamó furiosa y se retiró.

Por suerte ninguno de los dos caballeros la escuchó, enfrascados como estaban en sus discuciones.

-Yo la vi primero -insistía uno.

-Pero yo la olí antes -contrarrestaba el otro-. Por cierto, huele como almendro al amanecer.

-Pues ya le oí cantar por vez primera. Y puedo demostrarlo: su canción preferida es Hielo el surubí de los Bitels.

-Yellow Submarine de Los Beatles, Mario. Está en inglés.

-¡Por Dios! ¿No me digas que también sabe inglés, Carlos?

-Mucho me temo que sí -y por pura amistad se guardó de confesarle que también sabía alemán y sanscrito-.

A Mario ya le dolían las neuronas mismas (aunque no sabía qué eran ni cómo se llamaban). Y sin embargo, así de agotado mentalmente como estaba, tuvo su primera idea compleja en años.

-Oye, Carlos. Tú que has leído tanto, no habrás encontrado por casualidad algún invento para dividir a nuestra amiga. Digo yo, algo que separe a Rosita de Rigoberta. Así dejaríamos de pelear entre amigos y de paso me saco de encima a la que dice cosas raras.

-Sí, es una piedra. Se llama la Esmeralda-¿Te-Importa?.

-¿Y con eso? ¿Rigoberta pa´ ti y Rosita pa´ mí? ¡Por Dios, qué buena idea he tenido!

En realidad era una idea pésima. Rosita no quería volver a verlos nunca, nunca jamás. Y aunque luego ella cambiara de idea, el camino hasta la famosa Esmeralda-¿Te-Importa? estaba lleno de peligros. ¡Y no solo eso! En el libro en el que contaban la historia se habían olvidado mencionar algo importantísimo: que existía una terrible maldición asociada a la piedra. Aquel que le pidiera un deseo, perdería auntomáticamente todos sus juguetes (eso incluía todos los libros de cuentos de Carlos y la colección completa de muñecos de la Corte del Rey Arturo, escala 1/50 de Mario). Un precio un tanto elevado por una simple chica desde la óptica de Mario. Pero como eso de perder los juguetes el caballero no lo sabía, se fue a su casa muy contento, imaginando cuántos dragones tendría que destripar mañana para "curar" a su amada. La verdad es que Carlos no estaba muy convencido de tomar ese camino para resolver el entuerto pero temía por la seguridad de Mario así que decidió acompañarlo. No fuera cosa que le apareciera alguna Esfinge de esas que te proponen un enigma y si no lo resuelves a tiempo, te zampan vivo.