Ambos amigos atravesaron exitosamente un camino de la serpiente entero, treparon por la montaña más alta en al menos dos ocasiones y vencieron a cuanto troll se le apareciera. A veces acudiendo a la fuerza física de Mario y otras a la ciencia y astucia de Carlos.

-¡Juntos somos invencibles! -aseguraban ambos caballeros. Y no les faltaba razón. En menos de dos días se cepillaron cinco bosques encantados y tres lagos malditos más.

Y por fin luego de tantas vueltas y aventuras, al amanecer del quinto día de viaje, nuestros héroes llegaron hasta un laberinto un tanto intrincado y en el centro de este, a un gran portal con el siguiente letrero pendiendo sobre la derecha: Aquí se oculta la fabulosa Esmeralda-¿Te-Importa?.

Mario cogió la manija de la puerta y empujó con todas su fuerzas. Otra vez, sudaba a mares. Tanto, que ya la armadura comenzaba a mostrar signos de oxidación.

-¡Por Dios! Que no puedo abrirla.

-Deja que pruebe yo -repuso el bibliotecario-. A lo mejor lleva algún truco.

Carlos calculó la dirección del viento, el grosor de los muros, dedujo la posición de dos o tres posibles obstáculos tras el enorme portal y luego, se ubicó en posición "Trans-ultra-poderosa" sin olvidarse de combinarla con la "Neo-Hiper-Stalloneana" según se solía recomendar en los libros de yoga cósmico que solía leer. Luego empujo con firmeza y…nada. No se movió ni un milímetro.

-A lo mejor si empujamos juntos -propuso Carlos.

-Sí, sí, compañero. El poder de la amistad todo lo puede. ¡Por Dios!

Y Por Dios que no se abrió. Peor aún. Cuanto más tiraban ambos caballeros, más parecía que la puerta porfiaba por endurecer su resistencia. Al final, Carlos y Mario cayeron al suelo, agotados. Y la armadura de Mario…bueno, por su armadura podían haber nadado libremente al menos cinco peces de lo llena que estaba de sudor.

De pronto, Mario sintió algo.

-Oye, Carlos, ¿no te ha parecido oir un ruido? Por Dios que me lo ha parecido. Para mí que se acerca un nuevo monstruo.

-Es verdad, amigo. Mirá por allí. Cerca del tercer pasillo. Creo que viene alguien corriendo.

Mario que era un tanto machista, tardo en reconocerla pero Carlos no. Sabía de sobra, por sus libros, que muchas mujeres eran tan valientes o más que los mejores caballeros. Por eso no se sorprendió demasiado al reconocer la figura de Rosita. Bueno, un poco sí que se sorprendió cuando observó a Rosita forzar la cerradura de la puerta con una fenomenal patada ninja, dejándola abierta de par en par.

-¡Por dios, Rosita, si eres más fuerte que nosotros dos juntos! -exclamó Mario.

-Claro que sí, entreno todas las mañanas hasta que llegas tú a cantarme, ¿te importa?

La verdad es que a Mario sí que le importaba y mucho. Era así de orgulloso. En cambio a Carlos le daba igual. Ya se había dado cuenta de que ambas, Rosita y Rigoberta, tenían su encanto y que bastaba con quererla de verdad para que los supuestos defectos de Rosita le parecieran virtudes tan seductoras como las de Rigoberta.

-¿Por qué has venido? -preguntó Carlos.

-Me he enterado de vuestra locura e imprudencia. ¿Acaso no sabéis lo peligroso que es este sitio?

Rosita camino decida hasta un gran altar en donde aguardaba una pequeña botellita de esmeralda con una pocima en su interior.

-Venga, acabemos con esto. Según se dice, tomándome esto me desharé de una de mis personalidades, ¿verdad? Pues bien, ¿dime Mario, de quién me deshago?

Mario se frotó las cienes sin adivinar el tono irónico de la princesa y contestó la verdad.

-Amo a Rosita y la amaré por siempre pero odio a Rigoberta. Deshazte de ella, ¡por Dios!

-¿Y tú Carlos?

Entonces, Carlos al verla tan hermosa y valiente, solo pudo contestar una cosa. La verdad también, solo que otra y diferente. Su verdad que nada tenía que ver con la de Mario.

-Te amo al completo, Rosita y Rigoberta, con todas tus cualidades, las eruditas y de las otras; te amaré por siempre y sin restricciones. No te deshagas de ninguna, ¡por favor!

-En tal caso -contestó Rosita-, contigo quiero casarme yo.

Y en esto hubiese terminado todo, en un final superfeliz para Rigoberta y Carlos, si no fuera porque a Mario no le gusto nada la idea. Bueno, para ser sinceros, le cayó fatal, peor aún que perder a su muñeco escala 1/50 de Lancelot o de Tristán. Y tan mal se lo tomó que actuó sin pensar e intentó tomar por la fuerza lo que no podía por amor. Es decir, cogió la Esmeralda-¿Te-Importa? y antes de que los enamorados atinaran a defenderse, le metió su contenido por el cogote a Rosita, obligándole a tragarlo todo. Luego, unos rayos dorados y verdes rodearon a Rosita-Rigoberta haciéndola levitar hasta dos metros de altura. De sus pelos salían centellas y otros prodigios. Aquello duró al menos quince minutos hasta que poco a poco comenzó a disiparse y nuestra heroína cayó otra vez al suelo.

-¿Ya eres Rosita? -preguntó con tono suplicante Mario.

-No, no soy ella.

-¡Ala! Has ganado Carlos; es Rigoberta.

-Tampoco soy ella -repuso la joven-. Podéis llamarme Rosiberta, gracias a vosostros por fin soy lo que quería: una sola dama. ¿Te importa?

Una semana después Carlos y Rosiberta se casaron. En la misma boda Mario A Secas conoció a la prima de Rosiberta, María Sin Más, y como no podía ser de otra manera, se enamoraron, se casaron también y fueron felices porque ¿sabéis algo? En los cuentos de amor siempre todo, todo, todo termina bien, ¡por Dios que sí![1]

FIN


[1] En realidad cuando el padre de Rosiberta se enteró de que su hija ya no se llamaba "Rigoberta", se enojó tanto que la castigó una semana sin postre. Tampoco me consta que comieran perdices porque me parece que Carlos era vegetariano. En todo caso, seguro que Mario A Secas y María Sin Más sí que comieron. Y tantas que al final Mario estuvo con dolor de barriga durante tres días.