NI la trama NI los personajes me pertenecen, sólo los tomé prestados para hacer esta adaptación.
La mayoría de los personajes son de Stephenie Meyer, los demás y la trama… se los diré en el último capítulo.
.
.
LA CHICA DE CADA MES
… …
Capítulo 2
… …
Conocí a Jasper en mi primer año de universidad, en una fiesta. No se celebraba en una de las residencias de estudiantes, sino en la «residencia de Lite», una monstruosidad victoriana de tres pisos que llevaba albergando a la mitad del departamento de Lengua Inglesa desde que alcanzaba la memoria. En cierto modo, también era una residencia estudiantil, aunque como los grafitis de las paredes eran frases de Wilde, Shakespeare y Burns, además de ensuciar también resultaban ocurrentes. Me había invitado mi compañera de cuarto, Donna, que estaba cursando la especialización en Literatura Inglesa.
A pesar de que no me gustaba demasiado la cerveza, iba de un lado para otro con un vaso en la mano. Donna me había abandonado para ir a hablar con un chico bastante mono de una de sus clases, y finalmente empecé a sortear la multitud en busca de un cuarto de baño, mientras escuchaba conversaciones achispadas sobre el pentámetro yámbico y las imágenes poéticas.
Me dijeron que había un lavabo «justo allí», pero acabé en la cocina y fue entonces cuando me encontré con Jasper. Estaba sentado con actitud negligente en la encimera, sus largas piernas estaban cubiertas por unos pantalones de pana azules, y llevaba los zapatos más descuidados que había visto en mi vida y una camiseta con el nombre de una banda de música punk. También llevaba un pendiente, el pelo largo, y tenía un cigarrillo en una mano y una botella de cerveza en la otra.
—¿Buscas el lavabo? —al verme asentir, me indicó una pequeña puerta junto a la de la bodega—. No se cierra con llave, pero ya vigilo por ti.
Me cautivó con su sonrisa. Tenía los dientes blancos y perfectos, aunque los dos superiores estaban un poco torcidos. Al salir, me lo encontré soltando un discurso sobre la obra de Anaïs Nin en comparación con la erótica moderna, y no salí de la cocina en toda la noche.
Fue la primera vez que me emborraché, y cuando al volver a casa Donna me preguntó quién era, yo le respondí tambaleante:
—No lo sé, pero voy a casarme con él.
Dos semanas después, al salir de mi cuarto para ir a clase, lo vi dejando un mensaje en la puerta de María Levine, la delegada de mi residencia, que tenía la costumbre de sermonearnos sobre los peligros del alcohol y del sexo indiscriminado; sin embargo, no se le daba demasiado bien seguir sus propios consejos, porque a pesar de sus veintidós años seguía yendo a las fiestas de estudiantes y dejaba su amplio surtido de condones en medio de su habitación, a la vista de todos. A María también le encantaba fanfarronear sobre su «fantástico novio»... que se llamaba Jasper Whitlock.
Jasper se volvió, me lanzó de nuevo aquella sonrisa arrolladora y me dijo:
—Hola. Nos conocemos, ¿verdad?
Mi vida cambió entre un latido del corazón y el siguiente.
—Sí, eres Bella.
Sabía cómo me llamaba.
No supe qué decirle. Era un chico alto y guapo, un orador brillante a la hora de hablar de las diferencias entre el erotismo y la pornografía, bebía cerveza, fumaba Marlboro, y era el novio de María.
Pero no tuve que decir gran cosa, porque mientras me acompañaba a clase no dejó de hablar sobre su trabajo en el departamento de Lengua Inglesa, sobre la universidad, y sobre una película que había visto la noche anterior. Con él era fácil permanecer en silencio, y bebí sus palabras con más entusiasmo que la cerveza de la fiesta.
Cuando nos despedimos para que él se fuera a trabajar y yo a clase de Psicología, comentó:
—Hay una fiesta en la residencia de Lite este fin de semana, ¿vas a venir?
Si. Claro que sí.
Seis semanas después del comienzo del primer semestre, comíamos juntos tres o cuatro veces a la semana y él me acompañaba a menudo a clase. Charlábamos sobre un sinfín de temas... sobre política, cine, arte, libros, sexo, drogas y rock and roll. Me recitaba poesía a menudo, y fue quien me mostró el poder que tienen las palabras.
Nunca me comentaba nada sobre María, aunque ella no paraba de hablar de él. A pesar de que no ocultamos el hecho de que pasábamos bastante tiempo juntos, ella no pareció considerarme una amenaza; de hecho, se apresuró a tomarme bajo su protección, me dio consejos sin que se los pidiera, y me guardó rollos de papel higiénico durante la semana en que los nuevos miembros de las fraternidades tenían que robarlos de los cuartos de baño de las residencias. Me trataba como a una hermanita pequeña divertida y hasta un poco retrasada, y probablemente no me consideraba una amenaza porque yo aún conservaba la apariencia de empollona que llevaba acarreando desde el instituto. Si hubiera tenido la imagen típica de chica guapa y coqueta, seguramente se habría preocupado más.
Jasper no tardó en convertirse en el espejo en el que veía reflejada a la mujer que yo quería llegar a ser. No era tan burdo como para decirme sin más lo que tenía que hacer o pensar, pero de alguna forma conseguía que fuera muy fácil compartir sus gustos y me ayudó a descubrir recovecos en mi interior que yo misma desconocía. No tenía ni idea de a qué quería dedicarme, y él ya se había licenciado y estaba preparando el doctorado en Literatura Inglesa; él era agnóstico, y yo aún iba a misa todos los domingos; a él le gustaban los Sex Pistols, y yo escuchaba los Top 40. Los cinco años de diferencia que nos separaban parecían una eternidad en aquel entonces. Jasper era más maduro que los chicos de mi residencia, tenía su propio apartamento, un coche y un trabajo, pensaba y luchaba con una pasión encendida, y yo envidiaba y anhelaba su vitalidad vibrante. Jasper fumaba, bebía, conducía su moto a toda velocidad por carreteras oscuras, y tenía pasatiempos como el puenting.
Era brillante y salvaje, mi Lord Byron particular, que en palabras de lady Caroline Lamb era «alocado, malo, y una amistad peligrosa».
Como hasta el momento había representado el papel de cerebrito, mi experiencia sexual se limitaba a un novio del instituto al que le gustaba recibir sexo oral, pero no darlo. Conservaba la virginidad más por las circunstancias que por convencimiento, y aunque la mayoría de mis amigas ya habían dado el gran salto, las historias que me contaban no me animaban a planteármelo. Había salido con varios chicos, pero nunca había experimentado el enamoramiento alocado de adolescente por el que habían pasado muchas de mis amigas. Habría sido mejor que lo hubiera vivido a modo de entrenamiento, pero nunca había sentido unos sentimientos profundos capaces de catapultarme al cielo y de hundirme en la miseria en cuestión de minutos... hasta que conocí a Jasper.
No le revelé a nadie mi montaña rusa emocional, ni siquiera a Donna, que se había convertido en mi mejor amiga, ni a mi hermana pequeña Vanessa, que ya tenía bastante con sus dramas del instituto. Guardé el secreto de mi amor en mi interior y le di vueltas y más vueltas, intentando destrozarlo o comprenderlo como si fuera un cubo de Rubik o una de esas imágenes con figuras escondidas que nadie alcanza a ver. Nunca me había sentido tan confundida, tan desalentada, tan desesperada ni tan entusiasmada y emocionada.
Estaba enamorada de Jasper Whitlock, pero no tenía ni idea de lo que él sentía por mí.
Tendría que haberme sentido avergonzada por pedirle a María unos cuantos de los condones que exhibía con tanto orgullo, sobre todo teniendo en cuenta que iba a utilizarlos para intentar seducir a su novio, pero cuando una está locamente enamorada es capaz de considerar excusables cosas que ni se le ocurrirían en otras circunstancias.
Mi primer semestre en la universidad había pasado en un suspiro, y no podía esperar más porque se avecinaba un mes entero que Jasper pasaría con María y lejos de mí. El día en que se suponía que iba a regresar a casa, me pertreché con mis braguitas nuevas y con el manojo de condones, y fui a su apartamento con la excusa de llevarle el regalo que le había comprado.
Cuando me abrió la puerta sin camisa y con el pelo húmedo, se me formó un nudo en la garganta y todos los nervios de mi cuerpo parecieron cobrar vida mientras el corazón me martilleaba en la muñeca, en el cuello y en la entrepierna.
—¿Me has comprado algo? —me preguntó, obviamente complacido, al tomar el paquete que yo misma había envuelto en un papel sin ningún tipo de distintivo—.Qué detallazo, Bella. ¿Qué es?
—Ábrelo.
De pie en su sala de estar, con las rodillas temblorosas y las palmas de las manos cubiertas de sudor, sentí que estaba al borde de un precipicio. A pesar de que no me consideraba una persona temeraria, estaba dispuesta a lanzarme sin paracaídas, a saltar y a volar.
Jasper desenvolvió el libro, y su sonrisa fue todo el agradecimiento que yo necesitaba.
—¡Una recopilación poética de E. E. Cummings!
—No lo tienes, ¿verdad?
Él hizo un gesto de negación, mientras hojeaba el regalo con la reverencia que muestra cualquier amante de los libros ante un nuevo volumen.
Se me olvidó respirar mientras sus dedos iban pasando página tras página, mientras iban acercándose a una que había marcado con una cinta roja de seda. Cada segundo era como una gota de miel cayendo de una cuchara, como un universo ligado a los demás por medio de las finas hebras del tiempo.
Jasper se detuvo al llegar a la cinta, y leyó la página antes de levantar la mirada hacia mí. Entonces me acordé de respirar, y tragué oxígeno como si fuera vino mientras el pulso me retumbaba en los oídos como las olas de un mar embravecido.
—Una estrella sin límites —se limitó a decir él.
En aquel momento, supe que no me había equivocado. Cuando Jasper dejó a un lado el libro, nos quedamos mirando sin necesidad de palabras. Tomé la mano que me ofreció, y nuestros dedos se entrelazaron.
Me sentó a horcajadas sobre su regazo, y sentí la calidez y la suavidad de sus hombros desnudos. Mi entrepierna quedó apretada contra su estómago y sus manos encajaron con naturalidad en mis caderas, como si estuvieran en el lugar que les correspondía.
Nos besamos durante largo rato, mientras me acariciaba de arriba a abajo. Tenía su erección apretada contra el trasero, hasta que nos movimos para que quedara entre nosotros. Exploré todas las líneas y las cunas de su cuerpo que tenía al alcance sin levantarme de su regazo ni dejar de besarlo, tracé la forma de sus costillas y los bultos de sus bíceps, rodeé sus pezones y conté sus vértebras con las puntas de los dedos.
Cuando por fin fuimos al dormitorio, estaba más húmeda de lo que lo había estado en toda mi vida. Tenía los pezones tensos y doloridos, las sensaciones chisporroteaban a lo largo de mis nervios como bengalas, y estaba inmersa en un mundo lento y cálido. Era como ver la realidad a través de una lente embadurnada de vaselina, suave y desenfocada.
Jasper apartó la colcha de la cama sin dejar de besarme y me tumbó en las sábanas, que conservaban su aroma. Cuando nos estiramos, abrí las piernas para acomodarlo contra mi cuerpo y sus labios empezaron a descender por mi mandíbula y por mi cuello. Empezó a desabrocharme la blusa y fue revelando mis pechos, que estaban cubiertos por el nuevo sujetador de encaje negro que me había comprado.
Me desenvolvió como si fuera un regalo, con movimientos lentos y pequeños murmullos de placer, y sus manos me acariciaron mientras desabrochaba y apartaba la ropa. Cuando quedé completamente desnuda, se inclinó para besarme de nuevo en la boca y alineó su cuerpo con el mío. Éramos como un rompecabezas de dos piezas que encajaban a la perfección.
Empezó a recorrerme el cuerpo entero con los labios y la lengua, y no pude evitar tensarme cuando llegó a mi vientre y a mis caderas. Separó mis labios inferiores con un dedo y me besó el clítoris, y cuando empezó a chuparlo me arqueé extasiada y me rendí a sus caricias. Me hizo el amor lentamente con la boca, y yo sólo pude flotar sobre las oleadas de placer mientras intentaba recordar que tenía que respirar.
Jasper no tuvo problemas para ponerse el condón, ni dudó a la hora de penetrarme. Tomó su miembro en una mano, humedeció la punta con mis fluidos para que fuera más fácil, y se sumergió en mi interior. Yo estaba tan húmeda, que pudo entrar hasta el fondo de una sola embestida.
Ambos gritamos al unísono. Jasper se inclinó y enterró el rostro en la curva de mi hombro, y cuando me mordisqueó ligeramente, le recorrí la espalda con las uñas. El placer nos había inmovilizado, y fue entonces cuando cristalizó la enormidad de lo que estábamos haciendo. Salió de mi interior con un fluido movimiento de caderas, y me arqueé hacia él cuando volvió a penetrarme.
Aunque era de esperar que me mostrara un poco torpe por mi inexperiencia, la excitación se encargó de coreografiarnos. Nuestros cuerpos se movieron en una cadencia rítmica, en un toma y daca mutuo.
No tardé en alcanzar el orgasmo otra vez, aunque hasta aquel momento ni siquiera sabía que era capaz de conseguir tal proeza. Jasper gritó mi nombre al derramarse, y solté una exclamación cuando su última embestida me dolió más que la primera.
Después permanecí acurrucada entre sus brazos, y dormí hasta que llegó la hora de que me fuera. Tardé tres días en recuperarme, en dejar de sentir el efecto que había causado tenerlo en mi interior, y para entonces Jasper me había llamado tres veces al día y lo había arreglado todo para ir a verme a casa de mis padres. No le pregunté lo que le había dicho a María, porque me daba igual.
Después de aquello, fuimos inseparables. Nos casamos en un mes de junio, después de que yo consiguiera mi master en Psicología, pero un año después, mientras yo trabajaba en mi trabajo de doctorado, el cierre del esquí izquierdo de Jasper se rompió por culpa de un defecto de fábrica y se estrelló contra un árbol.
Sufrió una lesión en la médula espinal, al nivel de la vértebra C5, que lo dejó en coma durante tres semanas y le arrebató la sensibilidad y la capacidad de movimiento de hombros para abajo. Sólo tenía treinta y seis años.
Lo que me convirtió en mujer no fue perder la virginidad, sino estar a punto de perder a mi marido. Jasper podría haber muerto, y a veces lloro de agradecimiento porque no fue así.
Aunque otros días desearía que hubiera ocurrido lo contrario.
.
.
.
Aquella noche, noté un aroma delicioso al llegar a casa. A la señora Cope le gustaba preparar sopa en invierno.
—¿Señora W?
Siempre preguntaba lo mismo, aunque yo era la única a la que esperaba a la hora de la cena.
—Sí, soy yo.
Dolly Cope salió de la cocina, mientras se secaba las manos en el delantal. Tenía el moño en el que solía recoger su pelo canoso un poco despeinado, y su rostro estaba acalorado. Aunque cocinar y limpiar se le daba de maravilla, era mucho más que un ama de llaves: era una madre, una enfermera, una amiga, y no podría habérmelas arreglado sin ella.
Colgué el abrigo en la percha del recibidor, y dejé el maletín en el lugar de siempre junto a la puerta. Todo tenía que estar en su sitio y no había margen para el desorden, porque era importante que nada obstruyera el paso ni pudiera enredarse entre unas ruedas.
—He preparado sopa, venga a sentarse. Empezaba a preocuparme al ver que se hacía más tarde que de costumbre.
—Había mucho tráfico —solté la mentira sin inmutarme. No había tenido ningún problema con el tráfico, pero la discusión con Edward me había alterado y había estado dando vueltas con el coche, incapaz de enfrentarme a la idea de volver a casa—. La verdad es que es bastante tarde, será mejor que vaya a ver a Jasper.
—Hace una hora que lo ayudé a acostarse, la sopa está en el termo eléctrico. Bueno, me voy ya, Samuel lleva aquí desde las cinco y media. Le dije que leyera el periódico en la cocina y que se tomara un café, pero ya sabe que empieza a refunfuñar si tiene que esperar demasiado.
Me sentí culpable por haber sido tan egoísta.
—Siento haber tardado tanto.
—No se preocupe, pero recuerde dejar el termo al mínimo para que la sopa no hierva, y apagarlo mañana por la mañana. Ah, y la ha llamado su hermana, le he dejado su mensaje apuntado junto al teléfono.
—Gracias, señora Cope —le dije con una sonrisa, agradecida por lo bien que nos cuidaba.
Cuando se despidió y volvió a la cocina a por su impaciente marido, sentí que me empezaban a crujir las tripas de hambre, pero dejé la cena para después y subí la escalera con la mano en la barandilla labrada que la señora Cope mantenía impoluta.
Me detuve y agucé el oído al llegar al rellano. A mi derecha tenía el tramo menor de pasillo con el cuarto de baño, el dormitorio para invitados, el ascensor y las escaleras que conducían a la planta superior, y a mi izquierda el tramo largo con dos dormitorios más, el acceso a la escalera trasera, el dormitorio principal y otro cuarto de baño. Oí la televisión encendida del piso de arriba, el ruido de pisadas, y segundos después Emmett se asomó por la baranda. Como medía un metro noventa y pesaba unos ciento diez kilos, tenía pinta de jugador de rugby, pero era tan sensible como fuerte y, a pesar de que sólo llevaba dos años con nosotros, me resultaba tan imprescindible como la señora Cope.
—Hola, Bella. Hoy has vuelto tarde.
—Había tráfico.
—Me voy dentro de unos veinte minutos, pero antes le echaré un vistazo — volvió a entrar en su cuarto, y al cabo de un instante empezó a hablar con alguien por teléfono.
Mi privacidad era el precio que tenía que pagar por tener la ayuda de la señora Cope y de Emmett. Recordaba con nostalgia la época en que podía andar en ropa interior por mi casa y comer helado directamente del envase, pero esa vida se me había acabado. Mi suegra prefería usar un eufemismo y los llamaba «ayuda», pero yo era más realista y sabía que eran una necesidad. Los tres trabajábamos al unísono como un engranaje perfectamente sincronizado para conseguir que la casa funcionara, y me habría sentido perdida sin ellos.
Al llegar a la puerta de la habitación de Jasper, me detuve para adoptar la expresión correcta, una sonrisa cálida con el toque adecuado de cansancio que indicara la batalla que había librado con el tráfico. Una expresión cariñosa.
Jasper ya estaba acostado, pero se volvió a mirarme cuando entré y dijo:
—Cerrar programa.
El archivo que había estado leyendo en el portátil se cerró en cuanto dio la orden. Podía manejar casi todo lo que tenía en la habitación mediante el sistema de reconocimiento de voz que había instalado.
—Llegas tarde —añadió.
—Qué querida me siento, eres la tercera persona que me lo ha dicho desde que he entrado en casa —le dije con voz despreocupada, mientras me metía fácilmente en mi papel de esposa.
Aparté un poco el soporte del ordenador, y me incliné para rozarle los labios en el cotidiano beso de la noche. Al sentir la frialdad de sus labios, cerré los ojos deseando que recuperaran algo de calidez.
—¿Has tenido un día duro?, pareces muy cansada.
Antes de que pudiera contestarle, mi estómago empezó a protestar de nuevo y lo cubrí con una mano para intentar calmarlo.
—Voy a cenar, la señora Cope ha preparado sopa. He querido venir a decirte «hola» antes de nada.
Jasper sonrió, y en aquel momento se pareció tanto al hombre del que me había enamorado, que se me encogió el estómago.
—Hola.
—Hola —le aparté el pelo de la cara. A pesar de la frialdad de su boca, tenía la frente y las mejillas cálidas—. Pareces acalorado.
—Me has pillado leyendo —dijo, mientras movía las cejas en un gesto travieso. A pesar de que no podía moverse por debajo de los hombros, su expresión siempre resultaba elocuente.
—¿Estabas leyendo pornografía otra vez?
—De eso nada, es literatura —me dijo, con un fingido tono de suficiencia.
—¿Para clase, o por diversión? —volví a acariciarle la frente bajo el pretexto de acariciarlo, aunque realmente quería comprobar si tenía fiebre.
—Para clase.
Jasper había ganado premios nacionales con su poesía en el pasado, pero ya sólo trabajaba a través de Internet para la Universidad de Pensilvania y no escribía poemas, al menos que yo supiera.
—¿El tema va de poetas encarcelados? —le enderecé una mano que se le había deslizado hacia un lado, le coloqué bien las piernas y lo tapé con movimientos firmes y expertos hasta que quedó hecho una momia.
—El marqués de Sade contra Oscar Wilde —me dijo, mientras seguía todos mis movimientos con la mirada.
—Suena depravado.
Me incliné para colocarle bien las sábanas en el lado opuesto, y Jasper inhaló profundamente. Cuando me rozó el cuello con los labios, me inundaron los recuerdos y un calor ardiente.
—Hueles tan bien... —me dijo él, con voz más ronca de lo habitual.
Me quedé inmóvil, y él ladeó la cabeza para rozarme de nuevo con los labios y volvió a inhalar. Cuando me acarició con la nariz, se me tensaban los pezones y me flaquearon las rodillas en una excitación instantánea.
Jasper me acarició con la lengua, y dijo:
—Me encanta tu sabor.
Volví la cabeza hacia él y lo besé. Nuestras bocas se abrieron, y al sentir la caricia de su lengua, me golpeó una sacudida de placer. Apoyé una mano en su hombro y sentí la suavidad de su pijama de franela y la firmeza de sus huesos, que no se me hincaban en la mano gracias a la amortiguación de la tela.
Quería que el beso no acabara nunca, anhelaba fundirme con mi marido, pero al final nos apartamos con la respiración entrecortada. Volví a inclinarme hacia él, pero cuando mis labios encontraron su boca cerrada e impenetrable, me enderecé de nuevo.
—¿Qué te parece si vemos una película?, te iría bien descansar un poco —le dije, mientras le acariciaba la mejilla.
—No puedo —me contestó él, con una sonrisa pesarosa—. Ya voy retrasado después de estar malo.
Incluso un simple resfriado le afectaba más de lo normal. Era comprensible que tuviera que trabajar, pero el corazón seguía martilleándome en el pecho y los muslos me temblaban de deseo. Las historias de Edward conseguían provocarme aquella reacción, pero los besos de Jasper también tenían ese efecto en mí, igual que siempre. Me incliné hacia él, y le acaricié el pecho mientras le susurraba al oído:
—Podría hacerte pasar un buen rato.
—Bella, tengo que acabar esto —me contestó él tras unos segundos.
Nos miramos a los ojos en silencio durante un momento que pareció eterno. Mi marido me conocía a la perfección, sabía lo que estaba pensando y lo que sentía. El accidente que le había arrebatado el uso del cuerpo no le había afectado el cerebro, y siempre me había conocido mejor que nadie. Por eso no entendía por qué a menudo parecía como si se le hubiera olvidado todo lo que sabía de mí.
Me aparté de él, y volví a colocarme la máscara. No era la primera vez que mostraba indiferencia desde un punto de vista sexual, y no sería la última. Podría haberle preguntado por qué prefería leer sobre sexo que experimentarlo en primera persona, y aunque en el pasado lo habría hecho sin problemas, aquellos días parecían muy lejanos y aquel tipo de preguntas a menudo quedaban pendientes entre los dos, sin formular. Ambos teníamos cicatrices, y no todas eran visibles. El daño ya era bastante grande, y no había necesidad de profundizarlo aún más.
—Será mejor que vayas a cenar, te suenan las tripas.
—Sí. ¿Necesitas algo?
—No, estoy bien. Me dormiré cuando acabe esto.
La habitación entera estaba adaptada para él y podía dormirse sin que Emmett o yo lo ayudáramos, aunque había que volverlo a intervalos regulares para evitar que se entumeciera a causa de la presión. Como era viernes y Emmett tenía el fin de semana libre, me tocaba a mí despertarme cada dos horas para ocuparme de la tarea. Volví a besarlo de nuevo, aunque sin la pasión anterior, y le dije:
—Llámame si me necesitas.
Jasper ya había vuelto a centrarse en su trabajo, y me había apartado de su mente.
—Buenas noches, cielo —me dijo con voz distraída.
—Buenas noches.
Tras salir de la habitación y dejar la puerta entornada a mi espalda, me apoyé contra la pared con un brazo sobre el estómago y el otro codo apoyado sobre él, para sujetar la mano con la que me cubrí la cara. Intenté controlar el temblor que me sacudía, pero no lo conseguí del todo.
—Me voy ya, Bella.
Al oír el tono de preocupación de Emmett, me incorporé y borré toda expresión de mi rostro.
—Gracias, Emmett. Pásatelo bien.
Él se quedó mirándome en silencio durante unos segundos. Pareció a punto de decir algo, pero sonrió y comentó:
—Gracias. Es noche de micrófono abierto en el Blue Swan.
Solté una carcajada que apenas sonó forzada.
—¿Qué vas a leer? —le pregunté.
—Nada. Scott y Mark van a cantar, y voy a ofrecerles apoyo moral.
La envidia me atacó por la espalda, me mordió en la nuca, y la punzada de su aguijón fue como una descarga eléctrica en la columna vertebral. Quería salir con mis amigas, tomar algo, quería...
—Pásatelo bien.
—Lo haré. Nos vemos el lunes.
Bajó los escalones de dos en dos sin hacer ruido a pesar de su tamaño, y esperé a oír que la puerta se cerraba antes de seguir sus pasos.
.
.
.
Después de pasar un buen rato sentada en la cocina con un plato de sopa y una taza de té, lavé el plato y la taza a mano en vez de ponerlos en el lavaplatos, le di de comer al pez, ajusté el temporizador de la cafetera, y comprobé que tanto las tres puertas de la planta baja como la del sótano estaban cerradas.
Cuando al fin volví a subir la escalera, era tan tarde que me pregunté si merecía la pena que me molestara en acostarme; al fin y al cabo, iba a tener que levantarme en un par de horas. Me arrepentiría si no descansaba al menos un poco, pero a pesar de que tenía el cuerpo entero dolorido, estaba demasiado inquieta para dormir.
Asomé la cabeza por la puerta de la habitación de Jasper. Las luces estaban apagadas, y su respiración era rítmica y pausada. El leve resplandor verde de la luz nocturna le bañaba el rostro, y le daba una apariencia casi alienígena. En cualquier caso, no necesitaba luz alguna para realizar aquella tarea, y aunque Jasper se despertó ligeramente mientras lo volvía hacia el otro lado, ninguno de los dos pronunció ni una palabra. Siempre evitábamos hablar en aquellas circunstancias si era posible, como si en cierto modo el silencio pudiera convertirlo todo en un sueño. Cuando acabé y me aseguré de que estaba bien, salí de la habitación sin hacer apenas ruido.
Aunque yo dormía en su habitación los fines de semana, cuando Emmett se iba, habíamos dejado de compartirla. Había sido el dormitorio de ambos en el pasado, pero el equipamiento que Jasper necesitaba requería todo el espacio disponible. Me había encargado de convertir aquella habitación en nuestro refugio personal cuando nos casamos, mientras el resto de la casa aún era una mezcla ecléctica de la decoración de los setenta y del espíritu de renovación de los ochenta. En aquellos tiempos, adoraba aquel dormitorio y los muebles de estilo art decó que habíamos rescatado de subastas y tiendas de segunda mano. Me encantaba el cuarto de baño, con su bañera antigua y su váter Victoriano, pero había tenido que remodelarlo por completo para instalar una ducha y un retrete adaptado a discapacitados, y se había convertido en un espacio puramente funcional.
Yo utilizaba el dormitorio que había al otro lado de la escalera trasera. Era mucho más pequeño que el principal, pero había tirado una de las paredes y había construido una arcada que comunicaba con la habitación contigua, así que tenía una mezcla de despacho y sala de estar que me proporcionaba todo el espacio que necesitaba; además, aquella segunda habitación tenía acceso al cuarto de baño al que también se podía entrar por el pasillo, y como Emmett tenía el suyo en la planta superior, sólo tenía que compartirlo cuando tenía visitas.
Después de asegurarme de que el interfono estaba encendido por si Jasper me necesitaba, empecé a desnudarme. El espejo intentó captar mi atención, pero no le hice ni caso porque ya ni siquiera conocía a la mujer que se reflejaba en él.
Me preparé un baño, añadí un poco de esencia de lavanda y atenué un poco la intensidad de la luz. Me hundí en el agua y dejé que me rodeara, que se amoldara a mi cuerpo. Me sumergí hasta la barbilla mientras mi pelo se extendía a mi alrededor como algas marinas, y me refugié en la oscuridad y en el silencio, en el único lugar donde no tenía que ser fuerte, optimista y feliz, donde no tenía que esforzarme en ser lo que los demás creían que debía ser, donde no tenía que fingir que no sabía la verdad: Mi marido ya no me quería, y no sabía cómo lograr que volviera a enamorarse de mí.
Hacía dos años que había conocido a Edward, cuando coincidimos a la hora de la comida en uno de los bancos del atrio de un complejo empresarial. En el frío de enero, aquel banco apartado había sido un verdadero tesoro y lo habíamos compartido con entusiasmo, como si fuéramos dos niños que se habían topado con una tienda de golosinas que daba muestras gratis.
Habíamos empezado a hablar de naderías y nos habíamos observado con disimulo, como suelen hacer los hombres y las mujeres cuando no tienen intenciones de flirtear, pero quieren comprobar si el esfuerzo valdría la pena. Su sonrisa fue lo primero que me llamó la atención, y después me di cuenta de que el traje que llevaba parecía de los caros. Consiguió que me riera en un momento de mi vida en el que pensaba que se me había olvidado cómo hacerlo.
Deslicé las manos por mi cuerpo bajo el agua al recordar la sonrisa de Edward. Mi piel estaba suave y resbaladiza gracias al aceite de baño, y mis palmas fueron descendiendo por mi vientre y mis muslos. Me hundí un poco más hasta que mis oídos quedaron sumergidos, y escuché el sonido del latido de mi corazón en el agua.
Tenía un montón de cosas que hacer, así que había tardado un mes entero en volver al banco del atrio. Los treinta días me parecieron un número mágico, y cuando comprobé mi agenda me acordé del desconocido y mis pies se dirigieron hacia el banco como por voluntad propia, como si no tuviera más opción que ir a comprobar si él estaba allí. Hice caso omiso del vuelco que me dio el corazón al verlo acercarse. El sol encendía su pelo hasta convertirlo en bronce, y su sonrisa era aún más brillante. Aquélla fue la primera vez que refunfuñó al encontrar tomates en el bocadillo, y nos pasamos una hora y media charlando. No le pregunté si tenía que volver al trabajo, aunque yo misma iba a llegar tarde a mi cita, y un acuerdo tácito y mudo pareció crearse entre los dos.
En marzo, me aseguré de pintarme los labios. En abril salimos al parque y nos sentamos junto a un sauce llorón que ahogaba el sonido de nuestra risa, y que con su cobijo lo convertía todo en un secreto. En mayo compartimos un termo con limonada, en junio Edward me compró una madalena y yo le presté un libro del que habíamos hablado el mes anterior.
En julio, nuestra conversación dejó de centrarse en naderías.
La primera vez que me contó una historia, permanecí fascinada sin apenas tocar mi bocadillo. Edward era un narrador fantástico que no escatimaba ni el más mínimo detalle, y logró cautivarme y atraparme con sus palabras.
Según él, adoraba a las mujeres, le encantaban sus curvas, sus aromas, sus estados de ánimo. Le gustaban el pelo largo, los traseros grandes, los muslos firmes, los vientres cóncavos, los pechos pequeños, los ojos azules, verdes y marrones. Adoraba a las mujeres, le encantaba el sexo, y el primer viernes de cada mes, cuando nos encontrábamos a la hora de comer, tenía una nueva historia que contarme. Era como Sherezade, pero en aquel caso no sólo estaba salvando su propia vida, sino también la mía.
Me cubrí los pechos con las manos. El abrazo del agua hacía que parecieran más ligeros. Empecé a acariciarlos con las palmas de las manos, y solté un suspiro de placer al pellizcarlos con el pulgar y el índice. Cuando tiré ligeramente de ellos, sentí que se me contraían el clítoris, el sexo y el trasero. Empecé a moverlos hacia delante y hacia atrás, y a estrujarlos como si fueran dos erecciones en miniatura.
Abrí los muslos mientras alzaba ligeramente las caderas, y el agua se movió contra mi clítoris. Me moví con más fuerza, pero la presión era demasiado tenue y sólo servía para atormentarme. Deslicé la mano entre las piernas, sin dejar de tirar del pezón izquierdo. Mi clítoris estaba tenso y preparado, y cuando empecé a acariciarlo me mordí el labio y alcé las caderas bruscamente. Lo pellizqué igual que el pezón, y fui alternando y moviéndome acompasadamente. El agua me sostenía y me alzaba, y mis omóplatos dieron contra la bañera mientras presionaba la pelvis contra los dedos.
Mi clítoris se hinchó aún más y mi sexo se abrió, listo para que lo llenara. Me metí tres dedos, pero no me bastó. Lo que quería era sentir un miembro grueso y duro penetrándome, soñaba con sentir que me llenaba, con meterme una erección hasta el fondo de la garganta mientras otra me colmaba la vagina y otra el trasero, mientras unas manos me acariciaban sin cesar. Soñaba con sentirme consumida por hombres que hacían que estallara de placer una y otra vez con la lengua, los dedos y el pene, hasta hacerme explotar y desaparecer.
No hacía falta tener un doctorado en psicología para analizar aquello.
A pesar de que soñaba con hombres anónimos que me consumían a base de sexo, mis fantasías se centraban en Edward, y eso era algo que tampoco necesitaba analizar.
Mi piel estaba sonrosada por el agua caliente y la excitación. Bajé la mirada por mis pechos y mi estómago hasta llegar a mis manos, que seguían moviéndose entre mis muslos. Quería sentir algo más que mis manos en la entrepierna, quería que Edward me devorara y que me chupara el clítoris de arriba abajo, quería que me poseyera con la boca hasta hacerme explotar.
Fui aminorando el movimiento de mis manos, y seguí metiendo y sacando los dedos a un ritmo más pausado. Volví a pellizcarme el clítoris. Tenía un color rojo oscuro, y sobresalía del vello púbico. Cuando lo acaricié, mi pelvis volvió a alzarse espasmódicamente, y me sacudí con un estremecimiento.
Quería gritar hasta quedarme sin voz por el placer que sentía, quería gemir y jadear, pero me mordí el labio con fuerza para contenerme porque sabía que no estaba sola. Nunca lo estaba.
Aparté las manos y empecé a balancear las caderas para que el agua me acariciara el clítoris. La sensación era fantástica, aunque no tanto como una lengua. Dejé que me lamiera hasta que me estremecí y golpeé con los codos contra la bañera.
Podía llegar al orgasmo en cuestión de segundos. Llevaba casi todo el día al límite, primero esperando con anticipación el encuentro a la hora de la comida, después oyendo la historia de Edward, y finalmente con el beso inesperado de Jasper. Llevaba el día entero húmeda de deseo, con el clítoris dolorido, así que sólo me hacía falta una caricia para alcanzar el clímax.
Esperé con la respiración jadeante y el corazón acelerado. El agua empezó a enfriarse. Quería explotar y al mismo tiempo quería permanecer así para siempre, con los nervios encendidos y los músculos tensos. Quería sentirme viva un poco más.
En vez de tocarme directamente, conseguí que el agua lo hiciera por mí creando un ligero oleaje con la mano. Al sentir el movimiento del líquido que me envolvía, empecé a fantasear con las manos de Edward, con sus dedos largos y delgados y con sus cuidadas uñas. Había memorizado cada arruga de los nudillos, cada vena, el lugar exacto en sus muñecas donde empezaba el vello de sus brazos.
Tuve que contener un gemido al pensar en el vello de Edward, y bajé las manos para empezar a acariciarme de nuevo. Quería hundir la cara en su pecho, frotar el vello de sus brazos contra los párpados, sentir su vello púbico al hacerlo con él.
No pude aguantarlo más, necesitaba un orgasmo. Pensé que iba a morir si no alcanzaba el clímax en aquel mismo momento... y pensé que me moría cuando estallé en llamas.
Todo se detuvo, y de repente comenzó otra vez. Mi corazón volvió a latir, la respiración que tenía contenida en los pulmones salió de golpe, y el agua salpicó por todas partes mientras mi cuerpo se sacudía. Mi clítoris, que se había llenado hasta reventar, se vació en pequeños y perfectos espasmos de éxtasis, mi ano se frunció, y mi sexo se contrajo sobre el vacío que lo llenaba.
Fui incapaz de contener un jadeo de placer. Cuando arqueé la espalda, una ola de agua me salpicó en el rostro y me apresuré a cerrar la boca para no atragantarme. Me entró un poco en los ojos, pero el placer era tan grande, que no me importó el súbito escozor.
Cuando todo terminó y recuperé la calma, me apoyé en el borde de la bañera para poder levantarme. Empecé a temblar de frío, y los pezones se me irguieron aún más. Sentí náuseas, y al salir de la bañera me mareé y tuve que permanecer quieta y con la cabeza agachada durante unos segundos, hasta que me recuperé lo suficiente para agarrar la toalla que había colgada detrás de la puerta; sin embargo, me moví con demasiada rapidez y la habitación empezó a dar vueltas a mi alrededor. Me puse a gatas, con el pelo mojado cayéndome por los hombros y la espalda, mientras temblaba y me castañeteaban los dientes, y entonces me eché a llorar.
Apreté la cara contra la toalla que tenía aferrada entre las manos para ahogar mis sollozos, igual que había tenido que morderme el labio para sofocar mis gemidos de placer. Me desmoroné en el suelo del cuarto de baño, me rendí ante un dolor aplastante y abrumador.
Amaba a mi marido, pero quería acostarme con otro hombre; el deseo era tan fuerte, que me desgarraba y me recomponía una y otra vez. Vivía para oír las historias que Edward me contaba, y me imaginaba en el lugar de las mujeres con las que se acostaba. Me había equivocado al criticarlo, porque yo era la infiel.
Ok, ya descubrimos quien es el esposo de Bella y el por qué de sus citas con Edward… eso precisamente fue lo que me llamó la atención de la historia y por lo que decidí adaptarla. Que difícil debe ser para Bella debatirse entre el amor a su marido y el deseo que siente por otro hombre y créanme que esto sólo está empezando, después las cosas se complicaran un poquito.
Bien, creo que es todo por el momento, espero sus comentarios sobre que les pareció.
L'S P
