NI la trama NI los personajes me pertenecen, sólo los tomé prestados para hacer esta adaptación.

La mayoría de los personajes son de Stephenie Meyer y la trama… se los diré en el último capítulo.

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LA CITA DE CADA MES

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Capítulo 5

Marzo

Este mes, me llamo Jessica, y aunque tengo una risita tonta que pone de los nervios a Edward, él disimula porque le apetece tener sexo. Tiene ganas de gritar al ver que no dejo de mascar chicle mientras hablamos, pero nadie lo diría a juzgar por su enorme sonrisa.

Lo conocí en la cafetería donde trabajo, viene varias veces a la semana a por café y pastas. Mis compañeras se ríen al verlo, porque es monísimo. Es un hombre de negocios... tengo debilidad por ellos, me gusta verlos tan trajeados e imaginarme lo que hay debajo del traje y la corbata.

Me invita a una cita, y le doy gracias a Dios porque no me propone ir a tomar un café. Es alucinante la cantidad de idiotas que lo hacen, como si creyeran que sólo me gustan las cafeterías porque trabajo en una.

Pero Edward me lleva a un sitio muy fino, con manteles y flores en las mesas, y camareros que te explican el menú con palabras rebuscadas que parecen sacadas de una peli. Cyndi, una de mis compañeras de trabajo, me ha dejado un vestido, aunque se ha puesto celosa al enterarse de que Edward me había invitado a salir. Que se fastidie, no habría podido salir con él de todas maneras porque tiene novio; además, no se lo ha pedido a ella, sino a mí. A Jessica.

—¿Te gusta esa canción? —me pregunta, cuando el camarero se va después de tomarnos nota.

—¿Qué? —no sé de ninguna canción que se titule Jess, aunque hay un licor con ese nombre (Nota: en el original es Brandy).

—Nada —Edward no parece muy hablador. Genial, yo hablo por los dos.

Cuando le cuento que estoy estudiando Comunicaciones, parece realmente interesado. Quiero trabajar en los informativos, pero no me importaría ser antes la chica del tiempo, porque todos tenemos que dar los primeros pasos. Me alegro al ver que Edward asiente como si me entendiera a la perfección, porque mi última cita me ignoró e intentó abrirme de piernas enseguida. Es increíble, ni que yo hiciera ese tipo de cosas. Soy una camarera, no una buscona.

Edward me escucha durante toda la cena, que por cierto es fantástica: linguini de verdad en salsa de almejas. Cuando le pregunto si quiere un poco, niega con la cabeza y me dice que no come marisco. Pues vale. En todo caso, no parece importarle que pruebe su comida... a lo mejor tendría que haberle preguntado antes de tomar un poco con el tenedor, pero me dice que no me preocupe y que me lo acabe si quiero, porque él ya está saciado.

Caramba, claro que quiero. Mi sueldo de la cafetería es un asco, y me gasto una pasta en la universidad. Esta comida está mucho mejor que la de lata.

—Es agradable ver a una chica que come —Edward se reclina contra el respaldo de la silla, y toma su vaso de vino.

Me paro en seco al creer que está burlándose de mí, porque ya sé que me vendría bien perder unos cuantos kilos. Enderezo la espalda para disimular un poco los michelines (Nota: Se refiere a que es un poco gorda y se le hacen pliegues en el estomago, no sé cómo le digan en su país, aquí en México se les dice lonjas o llantas) y sacar pecho. Cuando el camarero viene a preguntarnos si queremos postre, contengo las ganas de pedir un tarta de chocolate y le digo que no.

—¿Estás segura? —al ver que enarca una de sus perfectas cejas cobrizas, siento que me derrito. Qué mono es—. Podríamos compartir un trozo de tarta.

Cuando acepto su oferta, su sonrisa se ilumina y me derrito un poco más. Dios, qué bueno está. Además, es dulce y sabe escuchar, es el tipo más genial con el que he salido en siglos.

El camarero nos trae el trozo de tarta con dos tenedores, pero Edward empuja el plato hacia mí. Me encanta que se comporte como un caballero, y que me deje dar el primer bocado... bueno, de hecho, todos los bocados, porque él se limita a mirarme mientras como. Sus ojos siguen el tenedor desde el plato hasta mis labios, y se detienen allí. Me paso la lengua creyendo que estoy manchada de chocolate, y se me acelera un poco el corazón. No sé cómo reaccionar al verlo tan centrado en mí, porque está mirándome los labios como si le parecieran más apetecibles que el pastel y están empezando a temblarme los muslos.

No me importaría que Edward me lamiera el chocolate de los labios, eso sería increíble. Hace mucho que no me besa nadie, casi un mes. Me lo monté con un compañero de clase en el bar de la facultad, pero la cosa no pasó de unos cuantos besos aunque él quería algo más. A mí me parece bien lo de amigos con derecho a rose, pero apenas lo conocía.

Me he acabado la tarta, y me llega el turno de mirar cuando Edward empieza a comerse la nata que queda y la fresa. Mientras observo el movimiento de su lengua al chupar la nata que cubre la fruta, me imagino que me lo está haciendo a mí y me estremezco.

—Si estás lista, será mejor que nos vayamos.

No, no lo estoy. Me gustaría quedarme aquí con él un par de horas más, me lo estoy pasando genial y no quiero que la velada se acabe tan pronto. Pero como no puedo decirle algo así, asiento y contesto:

—Vale.

Aún no he perdido la esperanza de que me diga «vamos a tomar otra copa, Jessica. Me lo estoy pasando tan bien, que no quiero irme». Pero un tipo tan sofisticado como Edward no dice esas cosas, claro. Aunque parece una estrella de cine, esto no es una película.

Me ayuda a ponerme la chaqueta, y tengo ganas de lanzarme a sus brazos y comerle la boca cuando me roza los hombros con las manos. Pero no lo hago, porque este sitio es muy elegante y no quiero que Edward piense que soy una chica fácil.

No dejo de hablar mientras vamos a mi casa en su coche. Nunca he estado con un tipo capaz de escuchar como él, y está claro que está prestándome atención de verdad porque de vez en cuando hace un pequeño sonido y asiente. Cuando paramos delante del bloque de pisos donde vivo, echo una mirada y compruebo que la luz de la habitación delantera está apagada, así que mi compañera de piso aún no ha llegado. No quiero que esta noche se acabe, no quiero. Todo ha sido perfecto, desde la forma en que me ha sujetado la puerta hasta la naturalidad con la que se ha hecho cargo de la cuenta del restaurante, así que lo invito a entrar.

Durante un segundo, estoy convencida de que me va a decir que no, porque tiene la expresión típica que ponen los tipos cuando están buscando alguna excusa para negarse, pero entonces me sonríe hasta que me derrito en un charquito allí mismo, en el asiento del coche, y me dice:

—Claro, genial.

Mientras entramos y le digo dónde puede colgar el abrigo, me pregunto cómo reaccionará si me lanzo a sus brazos y le proporciono un buen revolcón. Me vuelvo hacia él después de colgar mi abrigo para preguntarle sí quiere beber un trago, pero me quedo muda al verlo. Se ha quitado la chaqueta del traje, y lleva una camisa rosa que es supersexy. La corbata es marrón, y los pantalones y la chaqueta grises con unas rayitas de color rosa que no había visto antes por culpa de la luz tenue del restaurante. Debo de parecer una idiota con la boca abierta como un besugo, pero al ver que él se afloja la corbata y se desabrocha el botón superior de la camisa, me recupero rápidamente y carraspeo fingiendo que tengo algo en la garganta.

—¿Quieres beber algo?

Me pongo roja como un tomate porque mi voz ha salido muy chillona, pero o no se da cuenta, o es tan caballeroso que finge que no ha notado nada; en cualquier caso, su sonrisa me infla como si alguien acabara de llenarme de helio, y tengo ganas de flotar hasta el techo.

—Un vaso de agua.

Lo he visto beber café, a veces té, un vaso de vino en la cena, pero quiere agua y me da un poco de vergüenza decirle que no tengo ninguna botella. A él no parece importarle, me dice que la del grifo le va bien y que si puedo ponerle un par de cubitos. Menos mal que tengo, y también tengo algunos limones que llevan una eternidad en la nevera; bueno, en realidad son de Lauren, mi compañera de piso, pero no le importará que me los apropie. Los corto en rodajas, y Edward mete una en su vaso. Yo hago lo mismo, pero hago una mueca al probar de lleno el limón.

Edward suelta una carcajada.

—¿Está demasiado fuerte?

De repente, me doy cuenta de que se me ha acercado bastante. Está buenísimo, pero me gusta aún más su olor... no es Drakkar ni Polo, es otra cosa... como no acabo de identificarlo, le pregunto qué es, y él se echa a reír. Deja el vaso en la encimera y se apoya en ella, con los pies cruzados. Al ver sus zapatos, que también son geniales, me doy cuenta de que no le he preguntado a qué se dedica; de hecho, no sé casi nada sobre él, a pesar de que yo le he contado un montón de cosas sobre mí.

—Jabón y agua.

—¿No llevas colonia?

Edward niega con la cabeza, y se pasa una mano por la cara.—Me irrita la piel.

Me toma de la mano antes de que me dé cuenta, y me la pasa por su cara. Tiene una piel tersa y cálida, y siento apenas el roce de su barba incipiente. Su pelo tiene el mismo color que uno de los bizcochos que servimos en la cafetería, igual que sus cejas, que son pobladas pero bien moldeadas.

—Eso sería una lástima... que te irritara la piel.

Quiero que me bese, lo deseo tanto, que alzo la cabeza hacia él. No es excesivamente alto, debe de medir un metro ochenta más o menos, así que no tengo que ponerme de puntillas para alcanzarle la boca. Él deja que lo bese sin acercarse ni apartarse. Estoy acostumbrada a chicos que me meten la lengua hasta el fondo a las primeras de cambio, pero este beso es muy dulce y ni siquiera abrimos la boca.

Me aparto con una mezcla de excitación por haber probado sus labios y de temor al pensar que quizás he vuelto a meter la pata; sin embargo, su sonrisa me da confianza. No parece molesto conmigo.

—Jessica, eres una chica muy agradable.

Suelto un gemido y hago una mueca, esperando lo inevitable.

—¿Pero...?

—Pero nada.

—¿No quieres besarme? —tengo que preguntárselo, aunque estoy convencida de que su respuesta me va a decepcionar.

No es así.

—Hay muchos lugares donde besarte.

Dios. Madre mía, qué pasada. Siento un calor repentino tan ardiente, que tengo que abanicarme la cara con una mano. Suelto una risita, y Edward sonríe y se lleva las manos a las caderas.

—¿Por qué no me enseñas tu dormitorio?

Ya ni me acuerdo de mi preocupación de que me considere una chica fácil, porque Edward no hace que me sienta incómoda cuando me toma de la mano y abre la puerta de mi pequeña habitación. Él consigue que me olvide de que me había prometido que sería algo más que un ligue de una noche de borrachera, o una amiga con derecho a roce.

Menos mal que he limpiado esta mañana. Me tocó la habitación pequeña, porque fue Lauren la que alquiló primero el piso. La cama ocupa casi todo el espacio, pero es todo lo que necesitamos para el tipo de baile que Edward tiene en mente.

Me pone las manos en las caderas mientras le quito la corbata. Él no se mueve ni cuando empiezo a desabrocharle la camisa, pero no lo miro a la cara y me centro en su cuerpo. Después de sacarle la camisa de la cintura del pantalón, acabo de desabrocharla y empiezo a acariciarle el pecho. El vello que lo cubre tiene otro tono, es como... como caramelo. Me inclino a besárselo con un estremecimiento, y al sentir que me cosquillea en la nariz, cierro los ojos e inhalo su aroma. No sabía que el jabón y el agua podían llegar a oler tan bien.

Al cabo de un segundo, levanto la mirada y me doy cuenta de que está sonriendo. Me encanta su sonrisa, la forma en que se extiende por su cara y le arruga los ojos. Hace que le desaparezca el labio superior, y deja al descubierto sus dientes blancos cuando se ensancha aún más.

Lo ayudo a quitarse la camisa, y al verlo sólo con los pantalones tengo ganas de lamerlo de la cabeza a los pies, de devorarlo como si fuera un trozo de pastel de canela. Me recuerda a un pastel dorado y delicioso, y finalmente caigo en la tentación y me inclino para chuparle el pecho. Al sentir el latido de su corazón bajo la lengua, quiero conseguir que se le acelere, quiero que sude y gima, que se estremezca y grite de placer. Quiero que estalle de placer.

Él me pone la mano en el hombro y me empuja suavemente para que me incorpore, y entonces nos tumbamos en la cama y empieza a besarme el cuello mientras desliza las manos hacia mi pecho. Cuando golpeo con la cabeza contra los peluches y la almohada, los aparto para que tengamos más espacio.

Soy una chica bastante grande, pero Edward hace que me sienta delicada al cubrirme con su cuerpo y acariciarme con las manos y la boca. Pensaba que iba a desnudarme enseguida, que iba a ir directo al grano como suelen hacer los chicos de mi edad, pero no parece tener prisa. Me besa el cuello y los hombros mientras me acaricia los pechos a través de la camisa, y al fin empieza a desabrochármela poco a poco, botón a botón, mientras su boca va descendiendo también. Después de besarme los pezones, me desabrocha el cierre posterior del sujetador, y contengo el aliento cuando me lo quita porque quiero gustarle. No puedo contener un pequeño gemido cuando empieza a chuparme el pezón, lo hace de maravilla. Primero lo recorre con la lengua, y después empieza a succionar con suavidad. Algunos tipos se agarran como si estuvieran intentando mamar, pero Edward va de un pezón al otro hasta que no puedo quedarme quieta y empiezo a retorcerme.

Se detiene el tiempo justo para ayudarme a quitarme la camisa y el sujetador, y entonces me tumba lentamente y se queda mirándome como cuando estaba comiéndome la tarta. Sus caricias me han dejado temblorosa y anhelante, y el deseo se acumula en mi entrepierna. Estoy muy húmeda, y siento el roce de las bragas en el clítoris.

Cuando Edward se lleva las manos al cinturón, me apoyo en los codos para ver cómo lo desabrocha y me humedezco los labios cuando empieza a bajarse los pantalones. Al levantar los ojos, descubro que está mirándome.

—¿Estás segura de que esto es lo que quieres, Jessica?

Demonios, ¿está preguntándomelo de verdad? Ningún chico lo haría después de llegar tan lejos.

—Sí, estoy segura.

Estoy más que segura, estoy deseándolo. Lauren me contó cómo se pone cuando su novio está fuera, que se pone tan caliente que es como si le llorara la vagina, pero hasta ahora no la entendía. Hombre, sé lo que es estar caliente, pero mi cuerpo nunca había deseado un pene tanto como al ver a Edward quitarse los pantalones.

Es normal que se desnude con tanta naturalidad, no tiene nada de qué avergonzarse porque está tan bueno como cuando está vestido. Está delgado pero musculoso, el vello le cubre las piernas, le enmarca el miembro y le sube por el vientre hasta rodearle los pezones. También tiene vello en los antebrazos, y aunque nunca me han gustado los hombres peludos... en fin, hasta ahora sólo había estado con chicos, y Edward es todo un hombre.

De repente, me siento un poco intimidada, y dudo con las manos en la cintura de la falda. Él parece salido de una revista de moda, pero yo...

—Venga, Jessica, no seas tímida —me dice en voz baja.

Dios, vale, vamos allá. Me quito la falda y me tumbo, menos mal que me he puesto las braguitas buenas para la cita, las de encaje que me disimulan los michelines sin parecer anticuadas. Edward se arrodilla a mi lado, y sube las manos por mis muslos. Tiene unos dedos largos y callosos, y sus uñas cuidadas me rozan ligeramente. Cuando tengo las piernas cerradas, mis muslos no dejan ningún espacio entremedio, pero él me parte con los pulgares como si fuera un cuchillo cortando queso. Me abre tan poco a poco, con tanto cuidado, que no opongo resistencia.

Me recorre las piernas con las manos hasta llegar a las corvas, y hace que doble ligeramente las rodillas. Su sonrisa me tranquiliza, pero el corazón me late con tanta fuerza, que lo noto en los tímpanos, en la base de la garganta y en las muñecas, pero sobre todo entre las piernas.

Cuando me levanta un pie y me besa el tobillo, su boca me deja su impronta húmeda. Levanto las caderas en una respuesta instintiva, pero él no aparta la atención de mi pierna y sus labios van subiendo por la espinilla y por la rodilla. Para cuando llega a los muslos, está a cuatro patas, pero se tumba entre mis piernas mientras su boca asciende aún más, y contengo el aliento cuando alcanza mi sexo.

Se apoya en los antebrazos, y me frota la parte delantera de las bragas con un dedo con un movimiento ascendente y descendente, por encima del clítoris y hacia abajo. El encaje está mojado, tiene que estarlo, y se aprieta contra mí cuando me muevo un poco.

Me siento incapaz de mirar a Edward, así que cierro los ojos mientras él recorre con un dedo la tela que me cubre la entrepierna. Me acaricia lentamente, y entonces mete el dedo por debajo del borde y me baja las bragas. Vuelvo a gemir. Sé que está mirándome ahí, que tiene la mirada fija en mi sexo, y no sé cómo reaccionar; aunque siempre estoy luchando con los kilos de más y me preocupan mi trasero, mis muslos y mi barriga, mi sexo siempre es el mismo.

Me tenso sin aliento mientras espero inmóvil, y cuando siento su lengua chupándome la barriga, me acuerdo de cuando ha lamido la nata de la fresa y abro aún más las piernas en una clara invitación. Me siento un poco decepcionada cuando utiliza un dedo en vez de la lengua, pero tras unos segundos empiezo a gemir y a estremecerme porque es increíble, lo mejor que he experimentado en toda mi vida.

A veces, alcanzo el orgasmo muy pronto cuando me masturbo, pero suele costarme mucho más cuando estoy con un chico. Parece que nunca saben lo que tienen que hacer, son demasiado rápidos o demasiado lentos, demasiado duros o demasiado blandengues. Sí, ya sé que se esfuerzan y todo eso, pero por regla general no se molestan en tomarse el tiempo necesario para averiguar lo que me excita. Ven demasiadas pelis porno en las que el hombre sólo tiene que frotar varias veces para que la chica esté a punto de explotar, y en la vida real es mucho más difícil.

Sin embargo Edward sabe lo que hace. Sus manos descienden por mis muslos, pasan por mi sexo y siguen bajando hasta mi trasero, pero sólo puedo pensar en el placer que siento. Deseo tanto un orgasmo, que no puedo pensar en otra cosa, y me parece imposible sentir que el placer se intensifica aún más cuando me mete los dedos.

No puedo soportarlo. Mi cuerpo entero se estremece, sacudo la cabeza de un lado a otro y arqueo la espalda mientras grito su nombre. No me importa quién me oiga, no puedo permanecer callada aunque puede que Lauren ya haya vuelto a casa.

La presión de mi sexo va intensificándose cada vez más. Hinco los dedos de los pies en el colchón, y me aprieto contra su mano. Creo que me ha metido un tercer dedo, estoy rozando el clímax. Todo se tensa como un puño al cerrarse, y entonces estallo de golpe.

Tardo un minuto en recuperar el aliento, y cuando bajo la mirada, lo veo tumbado de lado junto a mí, con una mano apoyada en mi muslo. Tiene los ojos cerrados, y no tengo ni idea de lo que estará pensando.

—¿Edward? —sé que mi voz parece vacilante, pero es que ni siquiera sé si soy capaz de hablar.

Él abre un ojo, y ladea la cabeza para mirarme.

—¿Qué?

—Alucinante —me humedezco los labios, porque no sé qué decir.

Él vuelve a mirarme con esa sonrisa super sexy. Tenía miedo de tener vergüenza después de lo que me ha hecho, pero no es así, porque ha sido... Dios, ha sido una pasada.

—¿Te ha gustado? —me pregunta, mientras me acaricia el muslo.

—Sí, mucho —me alzo sobre las manos, y admito—: Quiero... quiero darte placer.

—Genial.

Él se pone sin prisa de rodillas, y me preocupo un poco al ver que no tiene el pene duro. A lo mejor no lo excito, es la primera vez que estoy desnuda con un tipo que no lo tiene duro; de hecho, es la primera que veo uno flácido de cerca... aunque no está totalmente flácido, es más bien una cosa intermedia.

Me siento mientras me pregunto si le gustaría que se lo chupara un rato, no me importaría hacerlo. Observo fascinada cómo se lo acaricia de arriba a abajo hasta que va endureciéndose. Tiene los muslos y el trasero un poco más pálidos que el resto del cuerpo, pero su miembro tiene un tono rosado que va oscureciéndose.

Cuando me pregunta por qué lo miro con tanta atención, no tengo más remedio que admitir que no he visto demasiados penes de cerca, y sonríe como si no supiera si reírse de mí o no.

—He visto unos cuantos, claro, pero...

—Pero no de cerca.

Verlo masturbarse me está excitando cada vez más. Se comporta con tanta naturalidad, sus movimientos son tan tranquilos, que no me da vergüenza; de hecho, me siento muy cómoda, y es genial, porque normalmente me pongo un poco nerviosa cuando estoy desnuda, porque no soy pequeña y esquelética. Pero con Edward los michelines no tienen demasiada importancia, a lo mejor es porque no les presta una atención especial cuando me mira.

—No he estado con demasiados chicos.

Sé que no es algo de lo que avergonzarse; de hecho, debería sentirme orgullosa, porque un montón de chicas de mi edad son unas verdaderas busconas capaces de acostarse con cualquiera.

—Es igual —por la forma en que lo dice, parece que es algo que no le importa, ni en un sentido ni en otro.

Soy incapaz de apartar la mirada mientras sigue sacudiéndosela poco a poco. Es tan sexy, que no puedo ni soportarlo. Cada vez que mueve las muñecas, le resaltan los tendones y quiero chupárselos como hice antes con su pecho.

Edward se sienta con la espalda contra la pared, porque la cama no tiene cabecera. Abre las piernas y empieza a sacudírsela con más fuerza. Ya lo tiene muy duro, y aunque está mucho más grande y me da un poco de miedo imaginarme algo de ese tamaño penetrándome, tengo ganas de sentirlo en mi interior.

—Ven aquí, Jessica.

Lo suelta cuando me acerco un poco más, y tengo que morderme el labio para contener una sonrisa al vérselo ahí erguido, bamboleándose un poco.

—Ésta es tu oportunidad de echar un buen vistazo.

Lo miro a la cara para ver si está burlándose de mí, pero su sonrisa parece sincera. Cuando se reclina hacia atrás y se apoya las manos en los muslos, me doy cuenta de que es todo mío. Madre mía, qué pasada. Me acerco un poco más, y me doy cuenta de que no hay razón para que me muestre tan tímida. Los penes que salen en las pelis porno siempre son enormes y bastante asquerosos, pero el de Edward es diferente y me dan ganas de tocarlo y de saborearlo, de ver si yo también puedo darle placer.

Cuando me inclino y me lo meto en la boca, Edward me pone una mano en la cabeza. Abarco demasiado al principio y me dan arcadas, menos mal que él no empuja hacia dentro. Succiono un poco, y la piel se mueve hacia arriba y hacia abajo. Aunque el exterior es fino, por dentro está duro, aunque no tanto como el acero ni nada parecido. Me doy cuenta de que es flexible al doblarla un poco, pero Edward suelta un pequeño sonido inarticulado.

—Perdona —le digo, ruborizada.

—No te preocupes. Hazlo como si fuera una paleta, de arriba abajo, y con un poco más de fuerza en la punta.

A lo mejor se me da mal chuparlo, porque es la primera vez que un tipo me da instrucciones, así que a la siguiente intentona me concentro en imaginarme que estoy chupando una paleta de fresa, mi favorito. A pesar de que su sabor es más bien fuerte y especiado, me gusta.

Debo de estar haciéndolo bien, porque Edward empieza a alzar las caderas un poco; sin embargo, vuelvo a sentir arcadas, así que decido que será mejor dejar que me penetre sin más y empiezo a quitarme de encima. Él me detiene antes de que pueda hacerlo, me mira a los ojos y me dice:

—Jessica, agárralo por la base y guíalo hasta tu boca, así podrás controlarlo si te lo meto demasiado hondo; además, también me resultará placentero.

Parece que estoy en clase, pero me lo dice de tal forma, que me limito a asentir y hago lo que me dice. Cuando le rodeo el pene con los dedos y me lo meto en la boca, me doy cuenta de que tiene razón, puedo controlarlo mejor y evitar que me lo meta demasiado si empuja con las caderas.

Demonios, ahora que puedo controlarlo, tengo más ganas de chupárselo que nunca, porque ya no tengo miedo de que me ahogue; además, sus gemidos de placer están poniéndome cada vez más caliente.

—Acaríciame los testículos con la otra mano.

Me dan ganas de soltar una risita, porque es la primera vez que un tipo me habla así. No puedo controlar la risa, pero hago lo que me dice. Son suaves y cálidos, y los sostengo en la mano como si fueran huevos. Está claro que le gusta, porque su pene me palpita en la boca y su respiración se acelera.

Edward me recoge el pelo que me cae sobre los hombros para apartármelo de la cara, qué amable. Chupo con más fuerza, y oigo que suelta un profundo gemido cuando empiezo a acariciarlo al mismo tiempo con la mano.

Al sentir que me mete la mano libre entre las piernas, me muevo un poco para que tenga mejor acceso a mi sexo. De espaldas a él puedo metérmelo más hondo, ahora ya sé cómo hacerlo y no me da miedo.

Estoy de rodillas, con una mano en su pene y otra en sus testículos mientras le hago una felación, y él está sujetándome el pelo en la nuca mientras me acaricia el clítoris de nuevo. Cuando lo pellizca con suavidad, arqueo las caderas y me balanceo contra su mano. No puedo contener mis movimientos, es como si mi cuerpo actuara por voluntad propia. Es increíble, fantástico. Todo está húmedo, mi sexo chorrea y su miembro y mi mano están lubricados con mi saliva. Intento recordar que se supone que estoy chupando una paleta, pero está acariciándome el clítoris con el pulgar y no puedo concentrarme.

Intento pillar el ritmo de sus movimientos, pero estoy temblando y a punto de llegar al orgasmo de nuevo. Dios, nunca había tenido dos orgasmos seguidos. Cuando succiono con fuerza, Edward suelta un gemido y me tira del pelo para apartarme un poco la boca, pero se derrama antes de salir del todo. Su pene parece crecer en mi boca y me sobresalto al sentir que su semen me llena la boca, pero me lo trago antes de darme cuenta de lo que hago. Aparto los labios con un sonido audible. Mi sexo aún sigue apretándose contra su mano, y me recorre otro orgasmo alucinante, aunque no tan fuerte.

Diablos, Edward acaba de explotar en mi boca y no me han dado ganas de vomitar. Ha hecho que tenga tres orgasmos, el líquido de la vagina me chorrea por las piernas, y él tiene la entrepierna húmeda con mi saliva y con algunas gotas de semen. Creo que estoy enamorada.

—Madre mía... —me aparto de él y me tumbo de espaldas en la cama, completamente relajada. Sus rodillas están cerca de mi cara, cubiertas con mi pelo.

Estoy tan hecha polvo, que creo que podría dormirme aquí mismo. Cuando Edward me aparta la pierna que aún tenía sobre su pecho al cabo de unos minutos, me siento y le digo:

—Eres muy diferente a los otros chicos con los que he estado.

—¿Eso es bueno, o malo? —me pregunta, sin abrir los ojos.

—¡Es genial! —suelto una risita, y me acurruco contra él. Quiero tocarlo por todas partes, aferrarme a él—. No eres un chico.

Él abre un ojo, y levanta un poco la cabeza para mirarme.

—¿Qué?

—Quiero decir que no eres un niñato.

Él se mueve un poco, y comenta:

—No, supongo que no.

Con un suspiro de satisfacción, apoyo la cabeza sobre su hombro. No es bastante, quiero acercarme todo lo posible, pero cuando le paso un brazo por encima del pecho, suelta una pequeña exclamación ahogada.

—Me alegro mucho de que me invitaras a salir, Edward.

Él hace un sonido que interpreto como una afirmación, y permanecemos en silencio durante unos minutos; aunque empiezo a tener un poco de frío, no quiero levantarme. Lauren me había hablado de esta sensación de bienestar, pero es la primera vez que la experimento.

—Ha sido increíble, esto sí que es sexo de primera.

—Me alegro de que te haya gustado —me dice él, mientras se mueve de nuevo.

Me alzo sobre un hombro, y apoyo la cabeza en la mano para mirarlo. Me muerdo el labio durante unos segundos, y finalmente decido que no pasa nada por preguntar.

—¿He estado bien?

—Sí, Jessica —me dice él, con los ojos cerrados de nuevo—, has estado bien.

—¿Sólo... bien?

No abre los ojos, pero esboza una sonrisa.

—Muy bien.

Siento una calidez muy especial. No es el primer tipo que me dice que soy buena, pero viniendo de Edward, es todo un cumplido. A pesar de que me ha ido dando consejos, piensa que he estado muy bien.

—Debes de haber estado con un montón de mujeres.

—Depende de lo que consideres «un montón» —me dice él, tras un segundo.

—En comparación conmigo, con los chicos con los que yo he estado.

Abre los ojos para mirarme, y me dice:

—Soy mayor que tú, Jessica.

Sí, eso ya lo sabía.

—¿Cuántos años tienes? —se lo pregunto por curiosidad, aunque la verdad es que me da igual. Le acaricio el vello del pecho, hasta que él me atrapa la mano para que pare. Se frota un poco la frente, como si empezara a dolerle la cabeza.

—Voy a cumplir treinta y cinco.

—¡Vaya! Pensaba que tenías unos veintisiete —le digo, sin poder ocultar mi sorpresa.

—Pues no.

—Qué pasada.

Cuando me siento en la cama y él hace lo mismo, nos separa un pequeño espacio que antes no estaba.

—¿Qué pasa?

—Que tienes unos doce años más que yo, eso es todo.

No sé por qué parece molestarle tanto mi comentario, no he fingido que era mayor. Además, ¿qué edad pensaba que tenía?, trabajo en una cafetería y voy a la universidad.

—¿Hay algún problema? —le pregunto, al ver que pone los pies en el suelo.

—No, no te preocupes.

No necesito una licenciatura en Física Cuántica para saber que va a marcharse.

—¿Por qué te vas?

Me mira por encima del hombro, y me dice:

—Mañana por la mañana tengo que ir a trabajar, Jessica.

—Ah. Pero... me llamarás, ¿verdad? —no puedo evitar el ligero temblor de mi voz, pero de inmediato me arrepiento de haber hablado porque está claro que va a decirme que no, o que va a mentirme al decirme que sí. Preferiría que no me mintiera.

—No lo creo.

Eso no es ni un «sí» ni un «no», y no sé qué pensar.

—¿Porque estoy gorda?

Edward se vuelve de golpe hacia mí, y me mira sobresaltado.

—¡Claro que no!, ¡no estás gorda!

Cuando me aparta el pelo de los hombros, me doy cuenta de que es sincero.

—¿Porque crees que soy una buscona?

Edward suelta un suspiro, y se frota la frente de nuevo.

—No creo que seas una buscona, Jessica.

—¿Estás seguro? —le pregunto, ceñuda.

—Sí, estoy seguro. No estás gorda ni eres una buscona, eres una buena chica y nos lo hemos pasado muy bien. Que te hayas acostado conmigo no implica que seas una buscona, ¿está claro? No soporto que las mujeres piensen así.

—¿En serio? —por cómo lo dice, parece que ha estado con montones y montones de mujeres. Los celos no son nada agradables.

—Sí, en serio. No tiene nada de malo que dos personas se acuesten, siempre y cuando vayan con cuidado y ambos quieran hacerlo.

Parece como si estuviera intentando convencerse a sí mismo en vez de a mí. Nos miramos en silencio durante unos segundos, y no sé qué pensar; hace unos minutos, estaba convencida de que era mi próximo novio, pero ahora no sé si quiero volver a verlo. Parece un tipo complicado, a lo mejor son cosas de la edad.

—Entonces, ¿por qué no vas a llamarme?

—Porque eres joven —lo dice como si tuviera sentido, aunque no es así.

—¿Qué?

Edward se levanta con un suspiro, y empieza a vestirse.

—Eres joven, Jessica. Muy joven.

—¿Que soy joven? —creo que debería cabrearme de verdad.

—Sí, demasiado.

Tengo la impresión de que no se refiere sólo a mi edad.

—¡Pues tú eres viejo!

Tiene puesta la ropa, aunque aún no se la ha abrochado, y tiene la corbata aferrada en una mano como si fuera una serpiente a la que intenta estrangular. Se pasa una mano por el pelo, nunca lo había visto tan desarreglado.

—¿Quedamos como amigos, sin resentimientos? —me pregunta.

—Supongo.

¿Qué otra cosa puedo decir? Puedo hacer dieta y ejercicio para mejorar mi trasero y puedo mantener las piernas cerradas, pero no puedo crecer por arte de magia.

Edward se inclina, me besa en la frente y me dice:

—Adiós, Jessica.

Sale de la habitación, y al oír el portazo de la puerta principal al cabo de unos segundos, me asomo por la ventana y veo cómo se aleja en su coche. La próxima vez que viene a la cafetería, le pido a Cyndi que lo atienda ella y finjo que no lo veo.

.

.

.

Edward parecía pensativo, y como a mí no se me ocurrió ningún comentario sobre lo que acababa de contarme, comimos en silencio durante unos minutos.

—Fue como si me hiciera una felación un cachorro que baboseaba, engullía y no dejaba de moverse —dijo al fin.

Me eché a reír, aunque me sentí mal por la pobre Jessica.

—Edward, no seas malo.

—Es la pura verdad, era...

—Joven. Me parece que era muy joven.

—Sí, es verdad.

—Si te molesta tanto, a lo mejor no deberías salir con chicas que aún van a la universidad.

—No me molesta... al menos, antes no.

Aún hacía frío para comer en el parque, pero el sol que entraba por el techo acristalado del atrio era brutal. Todo parecía húmedo y pegajoso, pero también... expectante, como si las plantas supieran que se acercaba la primavera. A lo mejor la esperaban como los niños a la Navidad. Tomé un buen trago de agua, pero el sudor siguió cayéndome por la espalda hacia el trasero.

No supe qué pensar, aunque la verdad era que nunca sabía si la mitad de las cosas que me contaba Edward eran ciertas o no. Mi imaginación me proporcionaba detalles que ni él ni yo teníamos forma de saber, pero nuestros encuentros a la hora de la comida se centraban en fantasías completamente satisfactorias, y si estaba mintiéndome sobre las mujeres con las que se acostaba, no estaba segura de querer saberlo.

Pero había muchas cosas que sabía con certeza sobre él: que no le gustaba compartir la comida ni la bebida, ni besar en la boca, que perdió la virginidad con la mejor amiga de su madre, que tenía gustos caros... incluso sabía a qué instituto había ido. Nos escudábamos tras historias del pasado, porque revelar nuestro presente habría sido demasiado íntimo.

Lo sabía todo sobre él, pero al mismo tiempo no sabía nada.

—¿Ahora te molesta?

Centré la mirada en sus manos. Las mangas rosa fuerte de su camisa asomaban por debajo de la chaqueta del traje.

—Sí.

—¿Por qué?

—Oye, incluso el helado cansa si no comes otra cosa.

—Edward, no me digas que estás volviéndote selectivo en la vejez —durante un par de horas cada mes, volvía a ser una mujer capaz de reír gracias a él.

Cuando alzó la cara hacia el sol que entraba por los ventanales, tuve ocasión de contemplarlo sin que se diera cuenta. Se había cortado el pelo, y las orejas le sobresalían y le daban un aire adorable. Su nuca parecía vulnerable y vislumbré un ligero toque gris en su pelo cobrizo, que parecía un poco más oscuro al estar tan corto.

—¿Crees que soy viejo?

—Si lo eres, entonces yo soy una anciana.

Me miró con un ojo cerrado por la claridad, y bromeó:

—Sí, eres toda una abuelita.

Gracias a su historia me había enterado de su edad, y había conseguido una nueva pieza del rompecabezas de su vida. Me habría gustado que fuera mayor o menor, pero teníamos casi la misma edad.

—¿Cuándo es tu cumpleaños? —me preguntó de repente.

No quería decírselo, porque aquello incumplía nuestro acuerdo tácito de hablar siempre del pasado, nunca del presente; sin embargo, un cumpleaños formaba parte del pasado a pesar de que seguía celebrándose, ¿no? Había nacido hacía años, en el pasado del que podíamos hablar.

—El diecinueve de abril. También cumpliré treinta y cinco (Nota: es verdad que el cumpleaños real de Bella Swan es el 13 de septiembre pero no es posible cambiarlo aquí, unas líneas más adelante verán porque).

—¡Ja! Entonces, eres más vieja que yo.

—Qué amable eres —le dije, con una carcajada.

—Mi cumpleaños es el veinticuatro de abril (Nota:Lo ven, ambos son del mismo mes y esto será importante en unos capítulos más).

Nos quedamos mirándonos sin decir palabra. Sentí que un rubor se me extendía por las mejillas, por el cuello e incluso por los dedos, que estaban muy ocupados apretujando el papel con el que había envuelto el bocadillo.

—¿Y qué significa eso? —le pregunté al fin.

—Que no eres joven —me contestó él, mientras se me acercaba de forma casi imperceptible.

El sonido de pasos nos apartó como si estuviéramos en dos extremos de una goma que se hubiera extendido de golpe. La pareja que dobló la esquina estaba riendo y no se detuvo al vernos, pero el momento ya había quedado atrás.

Edward se levantó, y tiró los restos de su comida a la basura antes de alargar la mano para que le diera los míos. Mientras los tiraba también, fingí que tenía un problema imaginario con mi bolso. Oí de nuevo las risas de la pareja, y cuando levanté la mirada, él ya se había ido.


¡Volví! Lamento mucho la ausencia pero mi tesis me absorbió por completo y por más que quise darme tiempo para ponerme con esta adaptación además de mis historias, pues no fue posible… pero ahora ya tengo más tiempo.

Y bueno, ¿cómo ven a Edward?... ambos saben que sus citas se están volviendo más importantes cada vez además de que la tensión tanto sexual como "emocional" aumenta cada momento… además es en cierta forma tierno ver a Edward desesperarse y frustrarse con algo que antes le causaba tanto placer como "sus citas".

Bueno, volvemos con la mecánica anterior: Lunes, nuevo capítulo de La cita, miércoles, Relaciones equivocadas y viernes, está semana será Mitologías… ojala sigan con la historia que yo creo para el jueves o viernes subiré otro cap…

L'S P