NI la trama NI los personajes me pertenecen, sólo los tomé prestados para hacer esta adaptación.

La mayoría de los personajes son de Stephenie Meyer y la trama… se los diré en el último capítulo.

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LA CITA DE CADA MES

… …

Capítulo 6

La mayoría de mis conocidos estaban deseando que llegara el fin de semana y odiaban los lunes y la vuelta al trabajo, pero en mi caso era lo contrario, porque el sábado y el domingo eran los días más duros de toda la semana.

Mientras los demás dormían hasta tarde, yo me levantaba agotada después de haber tenido que despertarme a intervalos regulares para ocuparme de Jasper, y no podía ir a ningún sitio ni hacer nada sin hacer arreglos para que hubiera alguien que se hiciera cargo de él; lo cierto era que había acabado por acostumbrarme a quedarme en casa, tal y como solía pasarles a los padres con niños pequeños que acababan decidiendo que no merecía la pena el esfuerzo de buscar una niñera sólo para ir al cine.

Además del quebradero de cabeza, tenía que tener en cuenta el gasto económico. Gracias a nuestros trabajos y a la indemnización que había tenido que darnos la empresa que había fabricado los esquís defectuosos de Jasper, nuestras vidas eran fáciles desde un punto de vista económico en comparación con las de tantas otras familias con miembros que padecían lesiones de médula. Éramos afortunados, pero a pesar de todo, encontrar a alguien que pudiera quedarse con Jasper durante los fines de semana requería más dinero y esfuerzo de los que estaba dispuesta a gastar por regla general.

Era un viernes por la noche más, y ya estaba bostezando cuando Emmett llamó a la puerta. El hecho de que siempre esperara a que Jasper le diera permiso para entrar, de que estuviera dispuesto a ofrecerle la cortesía de esperar a que estuviera listo, era uno de los detalles que más me gustaban de él.

—Me voy ya, chicos. Bella, volveré mañana a tiempo de tomar el relevo.

—Gracias. Oye, te has puesto muy elegante —le dije, sonriente.

Llevaba una camisa blanca impecable que enfatizaba sus brazos musculosos, unos pantalones oscuros, y unos zapatos relucientes. Seguro que les había sacado brillo a escupitajos.

—¿Tienes una cita? —le preguntó Jasper. Manejaba la silla con la barbilla, y la volvió para mirar a Emmett.

Me hizo gracia ver a aquel hombretón ruborizándose.

—Más o menos. ¿Estás listo para acostarte?

—¿Qué te parece, Bella?

Esbocé una sonrisa de culpabilidad, porque en aquel mismo momento estaba cubriendo un bostezo con el dorso de la mano.

—Sí, creo que podríamos ver unas cuantas películas. ¿Podrías ayudarme a...?

—Claro.

Cuando pasamos a Jasper de la silla a la cama, Emmett comprobó que sus constantes vitales estaban bien y que no había ningún problema. Me sentí muy agradecida por su consideración, porque a pesar de que yo misma habría podido ocuparme de todo, el hecho de que se encargara él me permitía ser una esposa en vez de una enfermera. Era un pequeño gesto, y seguramente alguien que estuviera al margen de ese tipo de situaciones lo habría pasado por alto.

—No me has contestado —le dijo Jasper. Su cama era especial, se ajustaba prácticamente a cualquier posición y nos permitía moverlo con facilidad—. ¿Tienes una cita, o no? «Más o menos» no quiere decir nada.

Emmett me lanzó una mirada implorante, pero yo me encogí de hombros y solté una carcajada.

—Será mejor que se lo digas, no va a dejarte tranquilo hasta que lo hagas.

—Sí, tengo una cita con Ross —dijo, mientras ponía bien las sábanas con movimientos exagerados.

—¿El tipo del gimnasio? —le preguntó Jasper.

—No, ése es Alan. Ross es el de la cafetería.

—Emmett, eres un donjuán.

—Oye, eso no es verdad.

Los contemplé mientras bromeaban y se reían, consciente de que no estaban excluyéndome a propósito, pero lo cierto era que no tenía ni idea de a quién se referían. Era absurdo sentir celos del enfermero de mi marido, sobre todo teniendo en cuenta que no le envidiaba las tareas que realizaba con total eficiencia, pero lo envidiaba porque podía irse en cualquier momento, cuando le diera la gana. Quizás a mí también me habría resultado fácil poner buena cara y esforzarme por hacer feliz a Jasper si no se tratara del resto de mi vida, sino de un simple empleo. De repente, me di cuenta de que estaba siendo muy injusta con Emmett, porque nunca se comportaba como si ocuparse de Jasper fuera sólo un trabajo para él.

—Pásatelo bien —le dije.

—Ten cuidado —le dijo Jasper.

—Hasta mañana — Emmett levantó un dedo cuando Jasper hizo un comentario picante, y le dijo—: Claro, lo que tú digas.

Cuando se fue, me puse unos pantalones de chándal y una camiseta mientras Jasper veía la tele. Empecé a ordenar un poco la habitación, guardé el soporte con el ordenador, y aparté la silla de ruedas para no tropezar con ella si tenía que ir al cuarto de baño. Durante los fines de semana, dormía en la enorme silla reclinable que Emmett utilizaba por las noches; habíamos hablado de comprar una cama auxiliar, pero no habíamos dado el paso.

—Espero que Emmett se lo pase bien —dije al cabo de un rato.

—Se lo pasará genial, llevaba tiempo diciéndole que tenía que invitar a salir a ese tipo.

—Ni siquiera sabía que le gustaba alguien —comenté, al sentarme en la silla reclinable.

—Pues ya lo sabes —me dijo con voz distraída, ya que estaba centrado en el programa de cotilleo que daban por la tele.

—Ah.

Tardó un segundo, pero acabó mirándome.

—¿Qué quiere decir eso?

Me encogí de hombros, y fingí estar muy interesada en mi omnipresente cesta de costura. La bufanda de punto que estaba tejiendo apenas avanzaba, pero siempre la tenía a mano. Al darme cuenta de que Jasper seguía mirándome, le pregunté:

—¿Qué?

—A veces charlamos —me dijo, un poco a la defensiva—. ¿Te molesta?

—Claro que no, lo que pasa es que no lo sabía.

—A veces no puedo dormir, y Emmett está a mi lado.

«Cuando tú no estás». No lo dijo, pero fue lo que oí. Bajé la mirada hacia mi deprimente bufanda, mientras el ruido de la televisión me zumbaba en los oídos. Jamás se me olvidaba que, a pesar de que yo salía al mundo exterior y hablaba con gente a diario, algo tan mundano como ir al supermercado era una aventura de magnitud épica para Jasper. El teléfono y los correos electrónicos no podían compararse a la interacción directa, y para un hombre que adoraba el contacto social, aquel aislamiento era muy duro; además, no lo ayudaba en nada saber que él mismo había elegido recluirse hasta aquel extremo. Había decidido que el esfuerzo de prepararse y la incomodidad que solía experimentar al salir de su ambiente no merecían la pena, y como se enfadaba cada vez que intentaba convencerlo de que no era así, al final había optado por dejar que hiciera lo que quisiera.

Era fácil descubrir quiénes eran los amigos de verdad después de un accidente como el de Jasper. Algunos lo visitaban y otros no, y yo era consciente de que no tenía derecho a ponerle pegas a su amistad con Emmett.

—Kate me ha enviado unas cuantas fotos de las niñas —señaló con la mirada hacia la mesa, donde el correo estaba apilado en pequeños montoncitos, y añadió—: A lo mejor viene de visita.

—Genial —me obligué a mostrar más entusiasmo del que sentía. La hermana de Adam y sus hijas daban mucho trabajo, y eran unas invitadas muy pesadas. Además de perder la poca intimidad que me quedaba, tendría que ocuparme de entretenerlas.

—Estaría bien que vinieran el mes que viene, ¿no crees?

Parecía tan esperanzado, que fui incapaz de negarme; al fin y al cabo, se trataba de su hermana y de sus sobrinas, y como no podíamos visitarlas, era normal que vinieran ellas a casa. Sí, lo comprendía, pero no me hacía ninguna gracia enfrentarme a todos los preparativos y tener que ocuparme de ellas. La señora Cope se hacía cargo de la limpieza, pero yo tendría que mantenerlas entretenidas. La hermana de Jasper era muy exigente, y sus hijas aún más. Habría sido un alivio que viniera a ocuparse de Jasper, a darme un respiro, pero no era así; podía sentarse junto a él durante horas mientras sus hijas correteaban por mi casa a sus anchas, pero era incapaz de quedarse unas horas con él por la tarde para que yo pudiera ir al cine.

—Me ha dicho que puede que mi madre venga también.

Como Jasper sabía que me resultaba imposible fingir entusiasmo ante aquella noticia, opté por permanecer en silencio. Su madre se creía con derecho a darme instrucciones sobre todo lo relacionado con él, desde la temperatura de su ducha a cómo tenía que cortarle el pan, pero no se molestaba en ayudar cuando venía de visita. Una noche en la que Jasper había sufrido una pequeña crisis médica, estaba tan exhausta después de tantas horas sin dormir, que había acabado estallando y le había dicho a Charlotte Whitlock lo que pensaba de sus «consejos». Ella se había indignado, y me había dicho que una madre siempre sabía lo que era mejor para sus hijos.

Sus argumentos no me habían convencido, porque si le había limpiado el trasero a su hijo de niño, no tendría que tener tantos reparos en hacerlo cuando era mayor; sin embargo, no había discutido con ella, porque al fin y al cabo, yo no tenía hijos y era más que dudoso que llegara a tenerlos en el futuro.

Me preguntaba si las cosas habrían sido diferentes si hubiéramos sido padres, si me habría resultado más fácil hacerme cargo de mi marido si antes hubiera aprendido a cuidar a un niño. A lo mejor un hijo me habría mantenido centrada en mi familia y habría evitado que me sintiera resentida por el rumbo que había tomado mi matrimonio, porque de ser mi mayor fuente de placer había pasado a convertirse en mi mayor carga.

Quizás los abrazos y los besos infantiles, la dulzura de la sonrisa de un niño, habrían colmado mi necesidad de sentir contacto físico y afecto, aunque a lo mejor un hijo habría sido una carga más y habría acabado de romperme del todo al exigirme más de lo que podía dar.

Pero todo aquello eran conjeturas, porque en el pasado Jasper y yo siempre habíamos dado por hecho que teníamos todo el tiempo del mundo para tener hijos. Teníamos nuestras carreras, y nuestro amor mutuo no dejaba demasiado espacio para alguien más. Los hijos habían sido un sueño del futuro, una aventura en la que teníamos tiempo de sobra para embarcarnos.

No había ninguna razón real que nos impidiera plantearnos tener hijos en nuestras circunstancias, porque la lesión de Jasper no era una traba para ello. Era cierto que requeriría más esfuerzo y cierta ayuda, que seguramente tendríamos que pasar por algunos procedimientos médicos bastante incómodos, y que iba acercándome al límite de lo que se consideraba el margen de edad segura para un embarazo, pero mi motivo para no querer ser madre era puramente egoísta: no quería aquella responsabilidad. Los cuidados de Jasper acaparaban casi todo el tiempo que me dejaba libre mi trabajo, y no me quedaba nada que ofrecerle a un niño.

—Hace bastante que no las veo, ¿te molesta que vengan? —me preguntó Jasper.

—Claro que no. ¿Qué películas has pedido?

Fui hacia la mesa, para ver qué nos habían enviado del videoclub en línea en el que alquilábamos las películas. Jasper se ocupaba de todo, porque se pasaba mucho más tiempo navegando por Internet que yo.

Me dijo los nombres de varias películas de acción llenas de pistolas y de explosiones, pero me daba igual lo que viéramos porque sabía que acabaría durmiéndome antes de que acabara, como siempre.

—Genial —le dije.

—¿Crees que vas a poder aguantar sin dormirte? —me preguntó él, con una carcajada.

—Probablemente no.

Aquella vez nos reímos juntos, y sentí la caricia de su mirada. Ladeó la cabeza para que lo besara, y nuestras bocas entreabiertas se rozaron brevemente. Al cabo de unos segundos, me aparté y le di un beso en la frente.

—Voy a ducharme y a por un poco de helado antes de ver la peli, ¿de acuerdo?

—Estoy harto de comer helado.

Tras un instante de vacilación, le dije:

—Ahora que lo dices, yo también.

—Puede que la señora Cope haya preparado un bizcocho.

—Voy a ver.

—Perfecto —me dijo él, como si un bizcocho pudiera solucionar todos los problemas del mundo.

Ojalá fuera así.

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—Estoy preocupada por tu hermana.

Al oír el comentario de mi madre, busqué a Vanessa con la mirada de forma automática y la vi en una esquina, riendo mientras le daba a Lily un trozo de pastel de chocolate. Jacob, su marido, estaba sentado en una silla junto a ella, riendo también.

Me volví de nuevo hacia mi madre, y le pregunté:

—¿Por qué?

—Parece cansada.

—Lo más probable es que lo esté.

Al ver que mi madre sacudía la cabeza, volví a mirar a Vanessa para intentar descubrir lo que la tenía tan preocupada. A pesar de que siempre había ido a la moda, no estaba maquillada ni llevaba un traje de diseño; tenía el vientre abultado porque estaba en el cuarto mes de embarazo, y llevaba una camiseta holgada manchada de chocolate y unos pantalones de algodón bastante desgastados. Aunque tenía ojeras y se le veía el rostro un poco más enjuto, era algo de esperar teniendo en cuenta la falta de sueño y las náuseas matutinas que tenía que soportar. Lucía un collar hecho a base de macarrones y de hilo con tanto aplomo como si fuera de perlas.

—Yo la veo bien, mamá.

—A lo mejor deberías hablar con ella.

A lo largo de los años, había oído aquellas mismas palabras infinidad de veces. Cuando Vanessa se había peleado con una amiga o había perdido un papel en la obra de teatro del colegio, había hablado con ella; cuando la había dejado su novio del instituto, también; cuando su jefe no la había ascendido porque estaba acostándose con su competidora, lo mismo.

—Mamá... —no pude ocultar mi fastidio, y a mi madre no se le pasó por alto.

—Isabella, eres su hermana. A ti te contará lo que le pasa.

Al oír la risa de Vanessa, me volví a mirarla de nuevo y vi cómo le daba una palmadita a la mano que Jacob le había puesto con disimulo en el muslo. Lily se puso a bailar delante de sus padres, y sonreí al ver la adoración con la que la contemplaban.

—¿Por qué crees que le pasa algo?

—Lo sé sin más, soy su madre.

La mesa estaba cubierta con las bandejas de comida que habíamos preparado, pero como todo el mundo iba picoteando, las lonchas de pavo estaban revueltas con el rosbif, el jamón y el queso. Tenedor en ristre, mi madre empezó a ordenarlo todo en hileras perfectas.

No tenía ganas de ponerme a discutir sobre la supuesta capacidad de una madre de conocer las necesidades de sus hijos. Sabía que tenía las de perder con ella, igual que con la madre de Jasper; además, no estaba pidiéndome nada nuevo.

—Entonces, habla tú con ella.

Mi tono cortante hizo que se detuviera con el tenedor en el aire, y que se volviera de nuevo hacia mí. Cabrear a mi madre siempre me daba dolor de barriga, pero hacía tanto tiempo que me sentía dolorida, que me dio igual que su boca se tensara en un claro gesto de desaprobación. Aunque fuera cierto que las madres conocían a sus hijos, lo mismo podía decirse también a la inversa.

—Creo que a tu hermana le iría bien un poco de ayuda —me dijo, con voz severa—. Entre lo mucho que viaja Jacob y el embarazo, me parece que tiene demasiada presión...

Era más de lo mismo. Desde que mi hermana había nacido, mi madre no dejaba de decirme que tenía que ocuparme de ella. Al margen de nuestra edad o de lo que sucediera en nuestras vidas, yo era la hermana mayor, la responsable y la inteligente, la que no necesitaba la ayuda de nadie; sin embargo, no pude seguir escuchando a mi madre mientras contemplaba a mi hermana con su marido y con su hija.

—No puedo, ¿vale? Deja de presionarme, no puedo.

Debí de ser más brusca de lo que pretendía, porque dio un pequeño respingo y se volvió hacia los platos antes de decirme:

—Está bien, aunque la verdad es que me has decepcionado. Le iría bien hablar con alguien, Isabella. Te necesita, me tiene muy preocupada...

—Siempre te preocupas por ella —aquellas palabras me corroyeron el cuello como si fueran ácido. Tomé un trago de mi bebida para intentar deshacerme del amargo sabor de la envidia, pero no lo conseguí.

—¿Qué significa eso? —mi madre se volvió hacia mí de nuevo, con el tenedor en ristre.

—Nada, no significa nada.

Fui a refugiarme a una pequeña habitación que en el pasado formaba parte del garaje, pero que mi padre había convertido en su dominio personal en mi época de instituto. La pared más alejada estaba cubierta por una estantería que abarcaba desde el suelo hasta el techo, y que estaba llena de álbumes de fotos y de novelas. Al ver el lomo forrado de imitación de cuero blanco de mi álbum de fotos, me apresuré a agarrarlo y lo abrí.

Habíamos optado por una ceremonia sencilla, porque como sólo contábamos con el pequeño salario de Jasper y yo seguía pagándome los estudios, no teníamos ni el dinero ni las ganas de celebrar una boda tradicional y ostentosa. Me había comprado el vestido de novia en una tienda de segunda mano, y había estado trabajando de camarera para poder pagar las fotos de boda. Estábamos guapísimos y radiantes, llenos de felicidad.

Vanessa se había casado cinco años más tarde, y su boda había sido muy diferente a la mía. Como tanto Jacob como ella tenían buenos sueldos y a ninguno de los dos les gustaba privarse de nada, no habían reparado en gastos y se habían gastado una fortuna que había salido tanto de sus propios bolsillos como de los de sus padres. Damas de honor, trajes de etiqueta, banquete por todo lo alto, y una luna de miel de dos semanas en Grecia. Jasper y yo habíamos hecho un viaje de fin de semana a las Cataratas del Niágara, y habíamos vuelto el martes siguiente a la boda para ir al trabajo y a la universidad respectivamente.

Mi hermana y yo habíamos hecho elecciones muy distintas, pero a pesar de que la elegante ceremonia y el vestido de novia de cinco mil dólares carecían de importancia para mí y jamás la había envidiado por ello, sentí una oleada de resentimiento al abrir su enorme álbum de fotos y ponerlo junto al mío.

Mi reacción no se debía a que le hubieran hecho la manicura y la hubieran peinado para que se hiciera aquellas fotos artísticas en las que parecía una princesa, ni a que Jacob y ella hubieran servido filete y ostras en su banquete y yo me hubiera conformado con pollo y pescado. Vanessa siempre había tenido más de todo. Más atención por parte de mis padres, más amigos, más fiestas, más ropa, más elegancia, más dinero, más diversión... yo sólo había tenido más dolor.

No odiaba a mi hermana, pero la regañina de mi madre, que no era la primera ni sería la última, había colmado un vaso que había ido llenándose desde hacia tiempo sin que yo me diera cuenta.

A pesar de todo, me sentí fatal por mi comportamiento.

Me dispuse a guardar los álbumes, decidida a ir a felicitar a mi padre otra vez antes de volver a casa cuanto antes. Emmett era genial y, al parecer, el nuevo mejor amigo de Jasper, pero tenía que darle un extra para que viniera a trabajar durante los fines de semana y quería comprarme un coche antes de que acabara el año.

Las novelas que había en la estantería se habían inclinado un poco, y al ver que no había manera de volver a meter los álbumes, las aparté con un movimiento brusco y sólo conseguí arañarme los nudillos. Al ver que me sangraban un poco, mascullé una imprecación y me los chupé.

—¿Estás bien, Bella? —me preguntó Vanessa, al entrar en la habitación.

—Sí, estoy bien —parpadeé para ocultar las lágrimas de furia que amenazaban con inundarme los ojos, mientras sentía que la rabia me subía por la garganta hasta asfixiarme—. Maravillosamente bien.

—Vale...

Fui incapaz de mirarla, de ver el vientre hinchado en el que descansaba su bebé, el bebé que yo no iba a tener nunca. No quería la felicidad de la maternidad, así que no iba a experimentarla. Me aparté el pelo de la cara, y cuadré los hombros.

—Tengo que irme a casa.

—Oye, ¿te pasa algo? ¿Es que mamá te ha echado la bronca?

—No.

—Vale, perdona, me ha dado esa impresión. Bella, ¿qué te pasa?

Era la pregunta que mi madre quería que le hiciera a ella. Vanessa estaba mirándome con una sonrisita desconcertada que revelaba que no tenía ni idea de lo que pasaba.

—Mamá me ha pedido que hable contigo, está preocupada por ti otra vez.

Vanessa hizo una mueca de fastidio. En circunstancias normales, su reacción habría hecho que me sintiera mejor y quizás habríamos bromeado sobre el exceso de preocupación de nuestra madre, pero en aquella ocasión me enfurecí aún más. Ella recibía toda la preocupación del mundo, y ni siquiera la necesitaba.

—Sí, a mí también ha estado dándome la lata, dice que no me cuido. Al menos se ocupa de Lily para que yo pueda descansar un poco.

Obviamente, cuidar de una nieta era muy distinto a ocuparse de un yerno discapacitado; sin embargo, saberlo no disminuyó el resentimiento que sentía. Era una reacción irracional, pero fui incapaz de controlarla.

—Oye, a lo mejor podríamos decirle que se quede con Lily para que podamos ir al cine.

—Vanessa, ya te dije que no puedo.

—Vaya. Es por Jasper, ¿verdad?

—¡Sí, por Jasper! ¡No puedo dejarlo solo, Vanessa! —le espeté con brusquedad.

—Creía que tenías a alguien que...

—La señora Cope se va a las cinco y media de la tarde, Emmett no empieza su turno hasta las nueve, y me cuesta dinero que hagan horas extra. Lo siento si no llevo el lujoso estilo de vida al que estás acostumbrada, pero eso es lo que hay —sin darle tiempo a responder, pasé junto a ella y añadí—: Tengo que irme.

—¿Qué bicho te ha picado?, ¡sólo pensaba que nos iría bien un descanso!

Jasper y Vanessa, las dos personas a las que más quería, eran las únicas capaces de sacarme de mis casillas por completo.

—Tú no lo entiendes —le dije.

—¡A lo mejor lo entendería si me lo explicaras!

—¡Nunca me preguntas!

Nuestros gritos fueron ganando volumen.

—¡Nunca quieres hablar de ello!, ¡no hablas con ninguno de nosotros! —me dijo ella, con los puños apretados—. Cuando te preguntamos cómo está Jasper, apenas nos contestas, ya nunca viene de visita, y siempre está metido en su cuarto cuando vamos a veros. ¡Lily casi ni lo conoce!

—¡No os hablo de él porque no os gusta que lo haga!, ¡os resulta incómodo y preferís no oír los detalles! ¡Para vosotros es más fácil fingir que no existe!, ¡os va mejor que yo me lo quede todo guardado! —mi grito resonó en la habitación. Al ver la expresión de culpabilidad que relampagueó en su rostro, supe que tenía razón, pero también que estaba siendo injusta.

—Lo siento, Bella.

—No te preocupes —le dije. Quería suavizar un poco la situación, pero me sentía rota por dentro y no lo conseguí—. Para mí también es más fácil así.

Cuando me marché, no intentó detenerme, pero mi madre me atrapó antes de que pudiera irme.

—Isabella Marie, ¿se puede saber qué es lo que está pasando?

—Lo siento, mamá, pero tengo que irme —le dije, totalmente derrotada.

—¿Has hablado con Vanessa?

—Está bien, no te preocupes por ella.

—Claro que me preocupo, es mi hija.

—Yo también lo soy, mamá —le dije con voz cortante.

—Bella, nunca tengo que preocuparme por ti —me dijo, mientras me ponía una mano en el hombro—. Sé que puedes cuidar de ti misma.

Yo era la inteligente, y mi hermana la guapa. Los papeles que llevábamos interpretando desde pequeñas seguían vigentes.

—Claro, mamá.

Deseaba ser la persona que ella quería que fuera, la persona que había sido desde siempre. Lo que le había dicho a Vanessa era la pura verdad, era más fácil para todos seguir tal y como estábamos; además, era el cumpleaños de mi padre. Con una sonrisa forzada, abracé a mi madre y felicité de nuevo a mi padre.

Al llegar a casa, permanecí junto a la puerta de Jasper sin llegar a entrar durante diez minutos, oyendo cómo reía y bromeaba con Emmett, mientras intentaba no odiar al mundo y a la vida en general.

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Alice estaba bastante callada. No era raro en ella, pero tampoco era un avance. No dejaba de moverse con nerviosismo en la silla, y el hecho de que hubiera vuelto a vestirse de blanco y de negro suponía un paso atrás.

—Es la madre de James —me dijo al fin.

Sólo había mencionado a la familia de su novio en contadas ocasiones. Al ver que no continuaba, le pregunté:

—¿Qué le pasa?

—Es agradable.

Había esperado una queja, así que su comentario me tomó por sorpresa y tuve que plantearme mi respuesta. Como Alice solía andarse por las ramas antes de llegar a la raíz de un asunto, decidí presionarla un poco.

—¿Lo dices por cortesía, o porque de verdad es agradable y te trata bien?

Ella me miró con una sonrisa de culpabilidad, y me dijo:

—Me conoce demasiado bien, doctora Whitlock.

—De eso se trata, ¿no?

—Sí, supongo que sí —soltó un suspiro, y cuando se le tensaron los hombros, tuvo que hacer un esfuerzo visible por volver a relajarlos—. Es agradable de verdad, super simpática. Es... como debería ser una madre, es una madre en mayúsculas. Fantástica.

—Al contrario que la tuya.

Alice soltó una carcajada y se cubrió la boca con una mano, como si se sintiera culpable y no quisiera encontrar gracioso lo que le había dicho.

—Sí, al contrario que la mía.

—Alice, si todo lo que me has contado sobre tu madre es verdad, me parece que es obvio que le habría ido bien tomar clases de maternidad.

Volvió a reírse, y aquella vez no se cubrió la boca.

—Eso es verdad. ¿Cree que he estado contándole mentiras?

—No, claro que no.

—Vale, porque no lo he hecho.

—Bien.

—La madre de James me ha llevado de compras, y me ha dado su receta secreta para cocinar el estofado. Me... maldición, doctora Whitlock, me parece que le caigo bien.

Dejé que pasaran unos segundos, y entonces le pregunté:

—¿Por qué no ibas a caerle bien?

Ella se limitó a hacer un sonido burlón.

—Alice, muchas mujeres se alegrarían de caerle bien a la madre de su novio.

Echó la cabeza hacia atrás, y se quedó mirando el techo.

—James no tiene hermanas, y su madre está encantada de tener una hija por fin. Me lo ha dicho ella misma.

Me olía cuál era el problema, pero como era ella la que tenía que admitirlo, esperé sin hacer ningún comentario. Se frotó la frente, y volvió a moverse con nerviosismo antes de soltar un sonoro suspiro.

—No sé cómo hacerlo —me dijo.

Permanecí en silencio.

—No sé cómo ser una hija —después de soltar aquellas palabras de golpe, inhaló profundamente como si hubiera estado asfixiándose.

—¿Crees que espera mucho de ti?

—¡Sí!

Su vehemencia me sobresaltó. Empezó a tamborilear con los dedos en el brazo de la silla. Ver cómo iba relajando de forma consciente las líneas tensas del cuerpo fue como observar un ovillo de lana deshaciéndose.

—¿Por qué piensas eso?

—Siempre ha querido tener una hija, y de repente cree que tiene una. A lo mejor espera que tengamos largas charlas, y que nos riamos como tontas por un par de zapatos.

—No conozco a la madre de James.

—Pues yo sí, y le gustan los zapatos.

—Pero también le gustarán otras cosas, ¿no? ¿Te costaría tanto encontrar algo que tengáis en común y que podáis compartir?

—No, supongo que no. Es que no se me dan demasiado bien ese tipo de cosas.

Con una mueca, agarró su bolso y sacó algo de tela. Esperé en silencio, y finalmente hizo otra mueca y me dijo:

—Es una... una sudadera.

—¿Te la ha regalado ella?

Alice se limitó a asentir.

—¿Vas a enseñármela?

Su suspiro pareció salirle del alma. Empezó a desliar la tela, y siguió desliando hasta que pude ver bien la prenda, que era enorme. Cuando se levantó para enseñarme la parte delantera, tuve que morderme el labio para no ofenderla con mi risa.

—Eh... vaya.

—Gatitos —me dijo, con voz un poco estrangulada—. Son gatitos, jugando con... con un ovillo de lana.

Me cubrí la boca con una mano, pero fui incapaz de contener una carcajada.

—Ríase si quiere, James se tronchó.

Me rendí por fin, y me reí con ganas mientras ella volvía a guardar aquel voluminoso tributo a la ñoñería.

—¿James se rió?

—Sí, me dijo que no me la pusiera si no quería.

—Pero crees que tendrías que hacerlo, porque es un regalo.

—¡Pero no sé cocinar estofado! ¡Cuando lo intenté, tuvieron que venir los bomberos! A James le hizo mucha gracia —esbozó una sonrisa, y añadió—: Lástima que no se quemara la sudadera.

—A lo mejor la próxima vez.

Alice volvió a suspirar, y le echó un vistazo a su reloj.

—Se nos ha acabado el tiempo.

—No te preocupes, aún tengo unos minutos libres. Alice, ¿te cae bien la madre de James?

—Sí, por eso estoy tan nerviosa.

Era una buena señal que fuera capaz de admitirlo, así que la miré con una sonrisa y le pregunté:

—¿Porque no quieres decepcionarla?

—No, no quiero decepcionarla... ni a James, ni a mí misma, ni a mi madre...

Estábamos llegando a la raíz del problema.

—¿Te preocupa decepcionar a tu madre?

—Sí. Aunque soy una porquería de hija, soy suya, y...

—Y sientes que estás siendo desleal con ella.

—Sí, porque la madre de James me cae muy bien.

—Alice, es normal que te caiga bien, no tienes que sentirte culpable.

—Me parece que llevo demasiado tiempo siendo una mala hija. Es lo que se me da bien, y no sé cómo ser diferente.

—¿Es una excusa para no tener que intentarlo?

—No, pero es que es más fácil seguir haciendo lo de siempre.

Sus palabras me impactaron, porque tal y como ya me había pasado en otras conversaciones con ella, sentí que también podían aplicarse a mí.

—No hay nada que te impida cambiar.

—¿Aunque signifique cambiar todo lo demás?

—No importa lo que cueste.

Alice se levantó, y me estrechó la mano.

—Tiene razón, doctora Whitlock.

—Lo importante es que te des cuenta de que tú también la tienes. Buena suerte con los gatitos.

Soltó una carcajada, y contestó:

—Gracias, ya le explicaré cómo me va.

Cuando se fue, descolgué el teléfono para llamar a mi hermana y disculparme con ella, pero volví a colgar sin marcar al darme cuenta de que no sabía qué decirle.


¡Hola de nuevo! Muchas gracias a todas las chicas que siguen la historia y también dejan comentarios!

Ay, la verdad me cayó un poco mal la mamá de Bella pero bueno así es la historia… y estoy pensando actualizar cada lunes y jueves, si es posible!

Entonces, hasta el jueves!

L'S P