NI la trama NI los personajes me pertenecen, sólo los tomé prestados para hacer esta adaptación.
La mayoría de los personajes son de Stephenie Meyer y la trama… se los diré en el último capítulo.
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LA CITA DE CADA MES
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Capítulo 7
Abril
Este mes, me llamo Tanya Vulturi. Mi papi dice que en cuanto me vio envuelta en mi mantita rosa, metida en la cuna, supo que iba a ser tan dulce como la miel, y tiene razón, por eso me llama honey. Mi hermana se llama Irina, aunque mi papi la llama ángel, porque papi dice que eso es lo que es (Nota: originalmente en verdad se llaman Honey y Angel respectivamente). Hoy vamos a bautizar a su hijo, mi sobrino Garrett, que está tan mono con su trajecito que todo el mundo se enamora de él.
Papi está tan orgulloso de su nieto, que ha preparado una fiesta casi tan elegante como el banquete de bodas de Irina y Laurent. Hay un enorme bufé, barra libre, y hasta un discjockey. Irina parece cansada y Laurent un poco enfadado, pero me parece que deberían alegrarse de que alguien les haya pagado todo esto. Ellos no podrían permitirse una fiesta tan fantástica con el sueldo de Laurent, al menos eso es lo que le he oído decir a papi.
Estoy deseando que me llegue el turno a mí. Seré una novia preciosa, y estoy segura de que mis niños serán aún más adorables que Garrett. Seré la mejor madre del mundo, y no me quejaré ni lloriquearé como Irina.
Papi lleva a Garrett de un lado para otro, como si fuera un trofeo, y mami está supervisando a los del catering junto a la barra del bar. He estrenado una falda rosa monísima, pero estoy aburrida porque no tengo con quién hablar; de repente, mi rostro se ilumina con una enorme sonrisa cuando veo a Edward al otro extremo de la sala.
—¡Edddddie!
Nuestros padres salían juntos a cazar, así que lo conozco desde pequeña. Tiene siete años más que yo, y aunque antes me parecían muchísimos, ahora no me importa tanto la diferencia de edad.
Está hablando con una pelirroja a la que no conozco, pero levanta la vista al oírme. Tiene un vaso en la mano y está muy guapo, como siempre. Me gusta desde el verano entre cuarto y quinto curso, cuando venía a mi casa casi a diario para bañarse en la piscina. Me encantaba ver cómo saltaba del trampolín y salía a la superficie con el pelo mojado y echado hacia atrás.
Sonríe al verme, y no puedo evitar lanzarle una sonrisa triunfal a la pelirroja al ver que se despide de ella y se me acerca.
—Hola, Tanya. Hacía tiempo que no nos veíamos.
—¿Y quién tiene la culpa de eso? —le digo, con una sonrisa coqueta.
—Supongo que yo —bebe un trago, y me recorre con la mirada disimuladamente—. Tienes buen aspecto.
Pues claro. Gracias a los miles de dólares que papi se gastó en mi ortodoncia y en mis operaciones de cirugía estética, y a un desorden alimenticio que he padecido durante años, he dejado de ser la chica regordeta con una dentadura terrible y gafas. Me aparto el pelo de la cara, y le lanzo una sonrisa blanca y perfecta.
—Gracias, tú también.
Si me casara con Eddie papi dejaría de llamarme «su otra hija». Seguro que me prepararía una boda mucho más impresionante que la de Irina, porque Laurent no le cae bien y Eddie es el hijo que nunca tuvo.
Charlamos durante un rato sobre el trabajo y nuestras vidas en general. Sé a qué se dedica y dónde vive, porque como nuestras madres son muy amigas, me entero de todos los cotilleos. Tiene un trabajo muy bueno, una casa propia y un coche impresionante, y sé con seguridad que no tiene novia porque su madre está empezando a preocuparse un poco. Mi madre le dice que no se preocupe, porque está convencida al cien por cien de que no es homosexual.
Le hablo de mi trabajo, que es superaburrido, y aunque él asiente en los momentos oportunos y hace ruiditos como si estuviera escuchando, su mirada no deja de bajar hacia mis pechos. Son bastante más grandes que antes, y me gusta alardear de ellos. Cuando se me tensan un poco los pezones bajo su mirada, él se da cuenta.
—Dime, Eddie, ¿qué estamos bebiendo? —me esfuerzo por hablar con tono suave y sensual, tal y como he estado practicando. Me inclino hacia delante para tomarlo de la muñeca, y me llevo su vaso a los labios.
Qué asco, está bebiendo whisky. Me trago un sorbo, pero no le suelto la muñeca.
—Yo estoy bebiendo Jameson, y me parece que tú también —me toma la otra mano, y me la coloca debajo de su vaso antes de soltarlo.
—¿Qué? —le pregunto, un poco confundida.
—Quédate con el vaso, voy a por otro.
Me quedo parpadeando como un pasmarote con el vaso en la mano mientras él va hacia la barra del bar. Carajo, esto no va como yo esperaba.
—Prefiero pedirme otra copa —le digo al alcanzarlo, con una sonrisa resplandeciente.
—Como quieras —Edward le hace una seña al camarero, y se pide otro whisky.
—Yo prefiero un vino blanco.
Le doy al camarero el vaso de Eddie, y él nos da las nuevas bebidas. Tomo un trago de inmediato, pero Eddie se limita a sujetar el vaso mientras la pelirroja nos observa abiertamente.
Al oír unas risas sonoras, nos volvemos a mirar. Su padre, Carlisle, está charlando con el mío. Carlisle le da unas palmaditas en la espalda a papi, y están pasándose unos puros. Eddie los observa durante unos segundos antes de darles la espalda, y yo hago lo mismo porque quiero mantener su atención fija en mí.
—La fiesta está muy bien —me comenta, al levantar su vaso.
Tiene razón, pero como la fiesta es para Irina y no para mí, el tema me aburre.
—Tu padre se lo está pasando bien —le digo.
—Siempre se lo pasa bien en las fiestas —según mi madre, Eddie puede conseguir que una monja se abra de piernas con su sonrisa, pero en este momento tiene un ligero aire burlón.
—A todo el mundo le gustan las fiestas, ¿no? Sobre todo cuando paga otra persona —tomo un sorbo de vino, y recorro con la mirada la sala abarrotada—. ¡Mira, es Victoria Heverling!
La saludo con la mano, sonriente. Victoria fue al colegio con Eddie, su hermano Riley, e Irina. Se gira hacia mí mientras sonríe, pero de repente su expresión cambia por completo y me da la espalda. ¿Por qué se porta así?, era Irina la que solía quitarle los novios, no yo. Bueno, que le den. Cuando me vuelvo de nuevo hacia Eddie, veo que la está mirando y entonces me doy cuenta de que Victoria no me ha dado la espalda a mí, sino a él.
—Victoria salió con Riley, ¿verdad? —le pregunto.
—Sí —me contesta él, sin quitarle la mirada de encima.
Me siento un poco culpable por haber mencionado a su hermano, porque murió cuando Eddie iba al instituto. Nadie habla demasiado del tema; de hecho, quiero hablar de algo muy distinto, así que decido lanzarme.
—Hace calor, ¿salimos a dar un paseo?
Papi eligió este restaurante porque tiene una sala enorme, pero los jardines también son espectaculares. Hay montones de tulipanes y de narcisos, una terraza de estilo griego, dos estanques con carpas del tamaño de mi brazo... y un laberinto. No es muy complicado, pero lo que quiero es llegar a su centro con Eddie.
Cuando estamos allí, tengo la boca en su oreja y su mano debajo de mi falda en cuestión de minutos.
—Tanya, estás siendo una chica mala —me dice él, cuando empiezo a desabrocharle el cinturón.
—¿No te gustan las chicas malas?
Estoy sentada a horcajadas en su regazo. Siento la dureza de sus muslos bajo mi trasero, y mis rodillas presionan contra el banco de metal. Le bajo la cremallera de los pantalones, y le meto la mano dentro.
Estoy mirándolo a la cara cuando le hago la pregunta, pensando que va a mirarme con la expresión típica que ponen los chicos cuando consiguen abrirme de piernas, pero me sorprendo al ver que parece serio y reflexivo en vez de ardiente de deseo.
—La verdad es que no.
Dudo por un momento, pero cuando le agarro la cosita, me doy cuenta de que la tiene dura, así que está claro que está excitado... al menos, eso espero.
—¿No?
Edward se mueve ligeramente, y me agarra por las caderas para impedir que pueda resbalarme.
—No, me gustan las chicas buenas.
Ah, lo que pasa es que está bromeando. Siempre ha tenido mucha labia, es todo un cerebrito. Era el que sacaba las mejores notas de su clase en el instituto.
—Puedo ser buena Eddie.
Al ver que hace una pequeña mueca, relajo un poco la mano pensando que a lo mejor estoy apretándolo con demasiada fuerza, y su cosita parece palpitarme entre los dedos. A lo mejor tiene miedo de que nos pillen, pero si alguien se acerca lo oiremos y tendremos tiempo de ponernos bien la ropa.
—Apuesto a que sí.
Cuando me aprieta el botoncito con el pulgar, me muerdo el labio y me inclino para besarlo, pero él ladea la cara y mis labios se posan en la comisura de su boca. Acabo contentándome con mordisquearle la mandíbula y el cuello, y un escalofrío me recorre la espalda al sentir la calidez de su piel. A pesar de que se trata de Eddie, en cierto modo también es un desconocido.
Cuando le doy un mordisquito un poco más fuerte, da un respingo y desliza un dedo por debajo de las bragas de encaje hasta metérmelo dentro. Le saco la cosita de los pantalones, y empiezo a acariciársela con más fuerza.
—Tanya... no tan rápido... —a pesar de lo que me dice con voz ronca, sus dedos también se mueven con más rapidez contra mí.
—Ni hablar, me gusta así.
—Ya lo veo.
Su dedo entra y sale mientras me acaricia el botoncito con el pulgar.
—Oooh... a mi rajita le gusta mucho lo que estás haciéndole —le digo, mientras me aprieto aún más contra su mano.
Él hace un ruido extraño, como si estuviera sofocando un resoplido. Ha apartado aún más la cara, pero alcanzo a ver que está sonriendo.
—¿De verdad le gusta?
—Sí, sí... ¡oh! ¡Oh, Dios...! ¡Eddie!
No soy virgen, he estado con otros tipos, pero como se trata de Eddie, estoy decidida a que disfrute al máximo para que vuelva a por más.
—Acaríciame la rajita... sí, sí... ¡Sí!
Nunca grito cuando tengo un orgasmo de verdad, pero a los chicos les gusta que hagamos un montón de ruido y que nos meneemos, y quiero gustarle a Eddie.
—¡Sí! ¡Sí!
Me retuerzo contra su mano, y finalmente me desplomo hacia delante y le apoyo la cara en el pecho sin soltarle la cosita. Al darme cuenta de que no está tan dura como antes, levanto la cara para mirarlo y le pregunto:
—¿Quieres que te chupe la cosita?
Él permanece en silencio, y aparta los dedos al cabo de unos segundos. Están empezando a dolerme las rodillas.
—¿Te ha gustado? —me pregunta.
Me humedezco los labios antes de contestarle.
—Mmm... sí, ha sido increíble. ¿Quieres que te la chupe, o prefieres que te la sacuda con la mano?
—¿Qué es lo que quieres chuparme? —su expresión es inescrutable, y no sé si está bromeando otra vez o no.
—Tu cosita, tu... ya sabes qué.
—¿Te refieres a mi verga? ¿Quieres chuparme la verga, Tanya?
—¡Sí! —la verdad es que no me apetece demasiado hacerlo. O sea, voy a hacerlo porque es Eddie, el tipo que me mola desde siempre, y porque sé que es lo que les gusta a los chicos, pero la verdad es que a mí me parece una guarrada.
—Tanya, creo que a tu padre no le parecería bien que me la chuparas en medio del laberinto.
—No siempre hago lo que quiere mi padre —le digo, mientras lo fulmino con la mirada.
Al ver que se está quedando flácido, intento bajarme de su regazo para poder chupársela, pero él me agarra del codo para que no me mueva.
—¿Por qué estás haciendo esto?
—Eddie, nos conocemos desde siempre. ¿Te acuerdas del año que viniste a cenar a casa en Navidad?
Su cosita, su... su verga, está endureciéndose de nuevo en mi mano. Después de cerrar los ojos, echa la cabeza hacia atrás hasta apoyarla en el banco, y siento cómo sus muslos se tensan y se relajan bajo mi trasero.
—Sí, me acuerdo.
—¿Te acuerdas del muérdago?
—Tanya, por el amor de Dios... —se humedece los labios, y los abre al soltar un pequeño jadeo—. De eso ya hace mucho tiempo, eras una niña.
Me inclino hacia delante, y le susurro al oído:
—Pero me besaste —le mordisqueo el lóbulo, y su cosita se sacude entre mis dedos—. Fue entonces cuando decidí que me casaría contigo.
Abre los ojos de golpe al oír aquello, me quita de su regazo con tanta rapidez que estoy a punto de caerme, me aparta la mano de sus pantalones, y me dice con voz ronca:
—Oye, espera un momento...
Se pasa una mano por el pelo, vuelve a meterse la cosita en los pantalones con un extraño meneo, y se pasa las manos por el traje como para asegurarse de que no se lo ha arrugado.
—Nadie ha dicho nada de matrimonio, Tanya.
Después de ponerme bien la ropa, me vuelvo a mirarlo.
—Bueno, no enseguida, pero...
—Pero nada, pero nunca.
Eso me duele, así que frunzo el ceño y me cruzo de brazos.
—Pues no te ha importado meterme la mano entre las piernas.
—Madre de Dios, Tanya. No me lo puedo creer —me dice él, atónito.
—¿Qué pasa?, ¿por qué te parece tan mala idea? ¡Formaríamos una pareja fantástica! —protesto con indignación.
—¿Cómo lo sabes?, ¡ni siquiera me conoces!
—¿Cómo puedes decir eso?, ¡te conozco desde siempre! Nuestros padres son amigos, seguro que les encantaría que nos casáramos. Tienes un trabajo fantástico, así que no tendrías problemas para mantenerme, y tendríamos unos hijos preciosos...
—¿En qué maldita década vives? —no pierde la calma, pero me mira con perplejidad—. No puedes estar hablando en serio.
—¿Por qué no?, ¿qué hay de malo en querer casarse?
—Normalmente, hay que casarse con alguien de quien se está enamorado, y que comparte tus sentimientos.
—¡Pero yo estoy enamorada de ti! ¿Es que te gustan más las pelirrojas? —me acerco un poco más a él, y añado con tono despectivo—: ¿Preferirías ligar con la de la fiesta en vez de conmigo?, ¿o con Victoria Heverling? Hubo rumores sobre vosotros dos...
Alargo la mano hacia su entrepierna, pero él se aparta antes de que pueda tocarlo.
—Ni se te ocurra.
Lo miro con la expresión con la que suelo conseguir todo lo que quiero, y le digo con suavidad:
—Eddie, claro que podemos salir juntos durante una temporada antes de comprometernos, esto ha sido una pequeña muestra de lo que puedo darte.
—Gracias, pero no.
—¿Por qué?, ¿es que no soy lo bastante buena para ti? Te parece bien que te la chupe, pero no quieres salir conmigo.
—Déjalo ya, esto no tiene gracia.
—¿Lo dices en serio?, ¿estás rechazándome? —se me llenan los ojos de lágrimas, y me los seco con la mano.
—Sí.
—¿Sabes a cuántos les encantaría salir conmigo?
—Seguro que a muchos, ¿por qué no vuelves dentro y buscas a alguno? La fiesta aún no ha acabado...
Lo abofeteo con tanta fuerza, que le giro la cara.
—¡Cómo te atreves!
La impronta de mis dedos es blanca primero y va volviéndose rojiza poco a poco. Tengo la respiración acelerada y los pezones endurecidos, y un rubor me ha ido subiendo por el cuello hasta las mejillas. Por fin estoy excitada, así que le abofeteo la otra mejilla con la misma fuerza. Edward se lleva una mano a la cara, y se vuelve hacia mí poco a poco.
—Tienes suerte de que sea un caballero, porque si no fuera así, te daría unos buenos azotes.
—Me gustaría que lo intentaras —le digo burlona.
Me tiemblan las piernas, y tengo la rajita húmeda y cálida. Si me metiera los dedos ahora, se le empaparían con mi deseo. Levanto una mano para volver a abofetearlo, pero esta vez me agarra la muñeca con tanta fuerza que suelto un jadeo. ¿Va a pegarme o a empujarme?
Me suelta de repente, y retrocedo un poco. Al ver su expresión de desagrado, me doy cuenta de que he ido demasiado lejos. Intento agarrarle la mano, pero retrocede para que no lo toque.
—Espera, Eddie, espera... lo siento, ya sé que he querido ir demasiado rápido. Podríamos tomarnos las cosas con calma...
—No voy a salir contigo, Tanya. No quiero herir tus sentimientos, pero no quiero ser tu novio ni casarme contigo.
—¿Por qué no? —le pregunto, sintiéndome más desnuda que cuando tenía la mano entre mis piernas—. ¿Qué tengo yo de malo?
—Nada, pero ni siquiera me conoces.
—¡Sé todo lo que necesito saber de ti! —cuando me acerco un paso, él retrocede. Parece un baile que no me gusta nada.
—No, eso no es verdad.
Y entonces se va y me deja sola en medio del laberinto. Tengo que arreglármelas para encontrar el camino de regreso, y cuando por fin vuelvo a la fiesta, me doy cuenta de que se ha ido... y la pelirroja también.
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—¿Te fuiste con la otra chica?
—No, aunque ése habría sido un buen final para la historia, ¿verdad?
"Eddie" me miró con una sonrisa impenitente, y no pude evitar devolvérsela.
—¿Estás en la lista negra de su papi?
Se encogió de hombros, y alzó la cara hacia la cálida luz del sol. Era la primera vez que comíamos fuera del atrio desde octubre, y la brisa fresca y las flores aportaban un aire festivo.
—No creo que se lo contara, ¿qué iba a decirle?
—Tienes razón, aunque será mejor que reces para que no le cuente que le tocaste la rajita, porque puede ir a buscarte con una escopeta.
Edward abrió un ojo para mirarme, y nos echamos a reír a mandíbula batiente. Fue un momento fantástico, en el que se mezclaron las risas y la luz del sol.
—Rajita —dije de nuevo, porque sonaba divertido.
—No sirvió de mucho que se la tocara, porque no tuvo ningún orgasmo —la risa de Edward era como un torrente fluyendo entre las rocas, rápida, potente, a veces más profunda.
—¿Estás seguro?
—Isabella, se me puede pasar por alto que una mujer tenga un orgasmo, pero soy capaz de darme cuenta de que está fingiendo.
Nos reímos con tanta fuerza, que empezaron a dolerme los costados y me sequé una lágrima. Cuando nuestras miradas se encontraron, recuperamos un poco la compostura.
—Por lo que me has contado, parece que aún se ve como aquella niña regordeta con gafas, a pesar de lo mucho que se ha esforzado por cambiar de imagen.
—¿Es su opinión profesional, doctora?
No solíamos hablar de nuestras profesiones; de hecho, ni siquiera sabía a qué se dedicaba exactamente. Sus palabras me ayudaron a recobrar la serenidad, me arrancaron de la fantasía y me llevaron de vuelta a la realidad. Carraspeé un poco, y aparté la mirada.
—No puedo analizar a una desconocida.
Edward también se puso serio, y tiró su servilleta a la papelera.
—Me caía bien cuando era aquella niña regordeta con gafas, era una buena chica.
—¿Por qué no sales con ella?, parece que a vuestras familias les gustaría.
Él me miró de reojo, y comentó:
—Su papi estaría encantado, pero te aseguro que su mami tendría un buen berrinche.
—Ah.
—Además, sería incapaz de salir con una mujer que habla tanto de su rajita.
Nos echamos a reír de nuevo. Me sentí mal por burlarme de Tanya, que al parecer tenía problemas además de un enorme complejo de Electra. Edward era único, hasta en un bautizo conseguía que lo masturbaran.
—Siempre lo mismo, vayas a donde vayas... ¿cómo lo consigues?
Tras varios segundos de silencio, me contestó:
—Ser un tipo atractivo abre muchas puertas.
Me había quedado mirándole el perfil, fascinada por el juego de luces y sombras en su piel. Él me pilló al volverse hacia mí, así que me apresuré a apartar la mirada.
—No hace falta que siempre digas que sí, Edward.
—Bella, no siempre lo digo. Sólo te cuento lo que pasa cuando lo hago.
Aquella vez, mi risa sonó falsa en comparación con las anteriores. Empecé a recoger los restos de mi comida, entristecida como siempre al ver que ya había pasado una hora y no tenía excusa para quedarme más.
—Son como tiburones al acecho, y sólo ven a un tipo atractivo y soltero con un buen trabajo y un coche de infarto —aunque aparentaba despreocupación, su expresión era muy seria.
—A lo mejor es porque es lo único que les enseñas.
—A lo mejor es lo único que quieren ver.
Me levanté para tirar las sobras a la papelera, y me sacudí las migajas.
—A lo mejor necesitas un traje de malla que te proteja, o una jaula para tiburones... o quizás deberías dejar de echarles carnaza.
—Entonces, ¿de qué hablaríamos a la hora de la comida? —me dijo él, con una sonrisa.
No supe qué contestarle, y finalmente le pregunté:
—¿Qué se rumoreaba sobre Victoria Heverling y tú?
—Victoria era la novia de mi hermano —me dijo, mientras removía la grava del suelo con el pie.
Supe enseguida que no estaba contándomelo todo, aunque quizás no tenía derecho a oír aquella historia.
—¿Y...?
Él se pasó una mano por el pelo y se movió un poco en el banco, como siempre que le hacía alguna pregunta demasiado íntima; normalmente, me limitaba a cambiar de tema, porque nuestros encuentros no eran sesiones de psicoanálisis.
—Déjalo, no tienes que contármelo.
—Riley tenía un año menos que yo, supongo que podría decirse que él era el listo.
—¿Y tú el guapo?
Me gustaba que siempre se diera cuenta de cuándo estaba bromeando con él.
—Exacto —me dijo, con una sonrisa.
—¿Qué pasó?
Edward se inclinó hacia delante, apoyó los codos en las rodillas y entrelazó los dedos.
—Se quedó embarazada.
—¿En serio? —aquella respuesta me había pillado desprevenida.
Él se volvió a mirarme cara a cara.
—Sí.
—¿Qué pasó?
—Que abortó. Tuve que pedirle el dinero a mi padre, que me dijo que estaba muy decepcionado conmigo y que era un malnacido. Tenía razón. Riley nunca lo supo, entonces ya tenía leucemia y... y acabó muriendo.
—Lo siento.
—Fue hace mucho tiempo.
—Aun así, lo siento —le dije con voz suave.
Tuve ganas de alargar la mano hacia él, pero no nos tocamos. Nunca lo hacíamos. Él se limitó a asentir.
—Gracias —se levantó para marcharse, pero de repente se detuvo y comentó—: Vaya, casi se me olvida... —se sacó algo envuelto del bolsillo de la chaqueta, y me lo ofreció—. Felicidades.
Yo ya estaba alargando la mano de forma automática, pero dudé en el último momento al oír su felicitación y el regalo se cayó al suelo. Me incliné de inmediato a recogerlo, mientras murmuraba una disculpa.
—No tenías que comprarme nada... espero que no se haya roto —le dije, roja como un tomate.
—Seguro que está bien. Ábrelo.
Era una vela de color morado, que olía a lavanda.
—¿Cómo lo sabías? —le pregunté, mientras la levantaba para olería.
—Tú misma me dijiste que era tu aroma favorito —me dijo él con expresión sorprendida, como si mi pregunta no tuviera sentido.
—¿En serio? —volví a envolver la vela, y la apreté contra mi pecho—. Sí, la verdad es que sí.
—Genial. En fin, feliz cumpleaños.
—Gracias —metí una mano en mi bolso y saqué el regalo que había decidido que no iba a darle. Era un libro, la última novela de suspense de un autor muy conocido—. Ten, espero que no lo tengas.
No, no lo tenía, y nos miramos sonrientes hasta que nuestras expresiones revelaron demasiado y tuvimos que apartar la mirada. Edward retrocedió un par de pasos antes de volverse y alejarse por el camino, y yo lo seguí con la mirada rodeada del aroma a lavanda.
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Se habla mucho de las personas brillantes, pero apenas se presta atención a los que viven a su lado, ya sean cónyuges, hijos o asistentes. Cuando alguien se acuerda de nosotros, suele ser para comentar la suerte que tenemos al poder disfrutar de la cercanía de un genio.
Durante los primeros años de nuestra relación, disfruté de la brillantez de Jasper. Me sentía orgullosa de decir que era la esposa de Jasper Whitlock, de aceptar cumplidos en su nombre, y a menudo me preguntaban si yo también era poeta.
—No —contestaba Jasper con orgullo—, mi Bella es doctora.
Nadie parecía sorprenderse de que no fuera una literata maravillosa, pero me gustaba aquel momento en el que me miraban expectantes para ver si lo era. Nunca deseé tener el genio creativo de Jasper ni lo envidié, porque en nuestro hogar sólo había sitio para uno como él.
Sylvia Plath se suicidó con gas, Ernest Hemingway de un tiro, y al parecer, Richard Brautigan se cansó de pescar truchas y también se disparó. ¿La locura generaba creatividad, o la creatividad causaba la locura? ¿Era posible que un artista creara sin sufrir unos altibajos extremos? Como era psicóloga, tenía la impresión de que debería saber las respuestas a aquellas preguntas, de que debería ser capaz de entender a mi brillante y talentoso marido, pero no era así.
No entendía sus cambios de humor. Cuando yo tenía que trabajar, me sentaba a mi mesa para leer y estudiar, alcanzando mis objetivos firme y uno a uno, de forma tan ordenada, que habría podido ir tachándolos de una lista; en cambio, Jasper desaparecía en su despacho durante horas, y volvía a emerger con ojos cansados mientras decía que era incapaz de escribir. A veces lloraba y estrellaba platos contra la pared, y una hora después estaba riéndose con algún tonto programa de la tele.
Le enfurecía que yo fuera incapaz de comprender sus impulsos creativos, así que nos enfrentábamos y nos peleábamos, y hacíamos el amor de forma tan brillante, genial y creativa, que a veces nos echábamos a llorar.
Lo conocía a la perfección, pero no lo comprendía.
Aprendí a hacer caso omiso de sus cambios de humor, a considerarlos algo ajeno a mí, y a dejarlo tranquilo cuando estaba de malas. Leía sus poemas cuando los publicaba, y conforme su fama fue aumentando, lo acompañé a fiestas donde los aduladores lo lisonjeaban y nos servían champán y caviar, donde había pancartas con su nombre y estanterías con sus libros.
Amaba a Jasper, él me amaba a mí, y compartíamos una vida de altibajos que funcionaba a la perfección. Yo estudiaba, y él creaba; él tiraba de mí, y aunque yo no podía llegar a ser su ancla porque era imposible anclar a alguien como él, era su lastre y su boya, algo que evitaba que saltara demasiado alto o que se hundiera.
Cuando publicó su primer libro, no fue a los programas de más audiencia, sino a universidades y a librerías donde aparecía con su chaqueta de cuero y su pendiente, y le leía sus poemas a una audiencia cautivada compuesta en su mayoría por amas de casa y licenciados en literatura. Se decía que podría llegar a ser el siguiente poeta laureado de Pensilvania, y aunque era posible que el rumor hubiera sido producto de su editor, Jasper se había pasado varias semanas en las nubes.
Pero de repente se estrelló contra un árbol, y todo se había desvanecido cuando se despertó en la cama de un hospital. No sabía si había escrito algo desde entonces, y me daba miedo sugerirle que lo hiciera. Para Jasper, escribir había sido tan necesario como respirar, comer o el sexo, pero ya no podía hacer ninguna de esas cosas por sí solo y a lo mejor tampoco podía escribir. La escritura había sido su adicción, y aunque era obvio que sufría por su pérdida, no me hablaba del tema.
Era raro que el marido de una psicóloga no recibiera terapia, pero él decía que ni la quería ni la necesitaba.
—No la necesitaba antes, cuando estaba medio chalado, así que ahora la necesito aún menos. Soy tetrapléjico, Bella, no un pirado.
No me molestaba en explicarle que ni yo ni mis colegas tratábamos a «pirados», porque había tomado una decisión firme y su accidente no le había hecho menos testarudo. De modo que nos centrábamos en la silla de ruedas, en los cuidados médicos de cada hora, en el proceso de evacuación de la vejiga y los intestinos, y en cuidar de un cuerpo que ni siquiera podía protegerse de su propio peso. Nos comportábamos como si nada hubiera cambiado cuando en realidad nada era igual, y aunque lo entendía, ya no lo conocía.
Jasper siempre había sido más brillante y más fuerte, y yo me había sentido satisfecha girando a su alrededor, igual que la tierra respecto al sol, y había dependido de su liderazgo.
¿Qué pasa cuando el más débil se convierte en el pilar fuerte?
Cuando mi independencia dejó de ser una opción y se convirtió en una necesidad si queríamos sobrevivir, los espacios en los que habíamos encajado dejaron de servirnos. Estábamos atrapados en el pasado, como la pobre Tanya, éramos incapaces de avanzar y nos habíamos encerrado en hábitos que antes nos habían servido, pero que nos impedían crecer.
Antes me bastaba con ser lo que Jasper quería, pero había pasado a intentar ser lo que necesitaba, que no era lo mismo. La noche de la llamada desde el hospital, había tenido miedo de perderlo; cuatro años después, había acabado perdiéndome a mí misma.
Nunca llegaría a saber qué mujer habría sido si no hubiera conocido a Jasper, y no me lo había preguntado hasta que había conocido a Edward.
¿En quién me había convertido?
¡Un nuevo capítulo!
Estoy muy contenta que les agrade la historia y sus reviews me hacen muy feliz y tienen razón, esta historia es muy diferente, por eso me decidí a adaptarla y subirla… y como ven, la relación "a distancia" que tienen Edward y Bella, cada vez acorta más la distancia… pero el drama apenas está empezando.
Hasta el lunes!
L'S P
