NI la trama NI los personajes me pertenecen, sólo los tomé prestados para hacer esta adaptación.
La mayoría de los personajes son de Stephenie Meyer y la trama… se los diré en el último capítulo.
ADVERTENCIA: El contenido de esta historia es para personas mayores de 18 (lenguaje adulto, sexo explicito), si eres susceptible a este tipo de historias, abstente de continuar…
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LA CITA DE CADA MES
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Capítulo 8
Mayo
Este mes, me llamo Rosalie, y he venido de fuera de la ciudad para ser la madrina en la boda de mi compañera de piso de la universidad. Parece que según una norma tácita los trajes de los padrinos y de las damas de honor tienen que ser horribles, pero Heidi me había prometido que tendría un vestido precioso y un guaperas para que posara junto a mí en las fotos. Como he estado en bastantes bodas, sabía desde el principio que era poco probable que fuera así, pero estoy dispuesta a perdonarle lo del vestido en cuanto veo al padrino.
Es abogado, dientes perfectos, y lleva el esmoquin con tanta naturalidad como si fuera un bañador.
—Ya te lo dije —me susurra Heidi. Estamos en la iglesia, esperando a que empiece el ensayo de la boda.
—Es mono. ¿Cómo se llama? —le digo, mientras ladeo un poco la cabeza para poder verlo bien.
—Edward Cullen.
El nombre le pega. El ensayo es un desastre, pero según el padre Peck, mañana todo irá bien. Nos vamos todos al restaurante donde los padres de Alec han preparado una cena de celebración bastante ostentosa, y consigo sentarme junto a Edward.
—Perdona, soy zurdo —me dice él, al darme un codazo.
Me alegro cuando intercambiamos nuestros asientos para que él se quede en el extremo de la mesa, porque así no tengo que compartirlo con la dama de honor que estaba sentada a su otro lado. No parece muy contenta con el cambio, pero me da igual. Que se conforme con el tipo que tiene al lado, éste es mío.
—¿Estás nerviosa por lo de mañana?
—Qué va, es mi quinta boda en lo que va de año.
Edward se ríe, y bebe un trago de agua. Me gustan las arruguitas que se le forman en las comisuras de los ojos cuando sonríe.
—Pues es la primera para mí.
—Vaya, así que eres virgen en este tipo de cosas —le digo, mientras me inclino un poco hacia él.
—Como es mi primera vez, tendrás que ser tierna conmigo —me contesta, mientras se acerca un poco.
Reímos y charlamos mientras cenamos, y después vamos a tomar una copa a la barra. Al cabo de un rato, salimos a la pista de baile. Se le da de maravilla, me agarra lo bastante cerca para guiar mis pasos sin llegar a ser descarado. Me parece que está intentando ligar conmigo, pero al menos es sutil.
Según el código no escrito de toda boda, hay que esperar a lanzarse al menos hasta el banquete, por consideración hacia los novios. En una boda a la que fui, el padrino y la madrina se liaron en la cena de la noche anterior, pero empezaron a tontear con otra gente en el banquete y acabaron arruinando las fotos porque se liaron a tartazo limpio.
Cuando estoy a punto de decirle con pesar que tengo que volver al hotel, él se me adelanta y comenta que tiene que marcharse; al parecer, los padrinos van a llevar a Alec a tomar una copa, y ya llega tarde.
—¿Vais a ir a un club de striptease?
—Puede —me dice él, con una sonrisa pícara.
—Pero Alec le dijo a Heidi que no iba a hacerlo.
—Me parece que he metido la pata, ¿vas a chivarte?
Heidi me dijo que no pensaba salir a beber y a divertirse la noche previa a la boda, por miedo a salir mal en las fotos al día siguiente, así que celebramos hace un mes la despedida de soltera en un club de striptease masculino. Personalmente, no le veo nada de malo a que Alec vea unas cuantos pechos antes de la boda, porque si una no confía en su novio, es mejor no casarse con él.
—Supongo que no.
—¿Quieres venir? —su sonrisa se ensancha, como si estuviera revelándome un secreto lascivo.
—Sí, claro, a los chicos les encantaría.
—Les diré que vienes para controlar a Alec.
—¡Se enfadarían conmigo! —le digo, incapaz de contener la risa—. A Alec le aguaría la fiesta.
—Lo dudo, no pareces una chica aburrida. Además, lo conoces desde hace tiempo, ¿no?
—Sí, íbamos juntos a la universidad.
—Pues no le importará que estés con él mientras se despide de su soltería.
No estoy demasiado convencida, pero puedo elegir entre volver a mi habitación vacía en el hotel o irme con Edward, y las normas tácitas de las bodas dejan de importarme de repente.
—¿De verdad quieres que vaya?
Él asiente, me acerca un poco más y me inclina hacia atrás. Cuando vuelve a enderezarme, me estremezco al sentir el roce de su aliento en la oreja.
—Sí, quiero que vengas.
A la porra con las reglas, a este hombre no se le resistiría ni una monja.
Cuando llegamos al aparcamiento del Volterra, que parece un bar cualquiera con excepción del letrero que hay en la ventana donde dice que no se permite beber alcohol, el móvil empieza a sonarle.
—Cullen.
Suelto una risita al oír su respuesta, y él me sonríe. Mientras habla, me limito a observar el local a través de la ventanilla.
—¿Qué? Venga ya. ¿En serio?, ¿estás seguro?
Me vuelvo hacia él, pero como levanta un dedo para indicarme que espere un momento, permanezco en silencio. A diferencia de las mujeres, los hombres hablan con frases cortas que carecen de las florituras que nosotras añadimos, sea cual sea el tema. Edward escucha, habla y asiente de vez en cuando, y finalmente corta l comunicación y se vuelve hacia mí.
—Heidi se ha enterado de los planes de Alec, y no lo deja venir.
—Vaya, qué lástima —no me había dado cuenta de lo mucho que me apetecía entrar en el local—. En fin, supongo que no quiere que se enfade con él.
—Lo tiene muy controlado.
Me siento obligada a defender a mi amiga, aunque en el fondo estoy de acuerdo con él.
—Están a punto de casarse.
—Sí, es verdad. Es un tipo afortunado —su sonrisa brilla como la luz del sol.
—¿Lo crees de verdad?, yo no sé si estoy lista para casarme aún —a mi edad, casi todas mis amigas están dando el gran paso.
—Todo el mundo dice eso, es cuestión de conocer a la persona adecuada.
Siento que se me acelera el corazón, pero me recuerdo con firmeza que no se refiere a mí. Acabamos de conocernos, y a pesar de que la gente tiende a ponerse sentimental en las bodas, la atracción que surge en esos momentos de romanticismo puede ser efímera.
—Bueno, ¿qué hacemos? —le pregunto.
Edward mira hacia el Volterra, y en ese momento se abre la puerta y emergen la música y la luz del interior. Vemos salir a un grupo de tipos bastante escandalosos, que se acercan a una furgoneta mientras beben algo que llevan en una bolsa de papel. Está claro que están bastante borrachos.
—¿Por qué no sirven alcohol?
—Los locales donde hay desnudos integrales no pueden servir bebidas alcohólicas en Pensilvania.
—¿Estás diciéndome que las chicas de este sitio se quedan en pelotas?
—Exacto —me dice él, con una sonrisa.
—Vaya, creía que se quedarían en tanga, o algo así.
—Pues no. ¿Quieres entrar?
Ir con un grupo bullicioso dispuesto a ver a unas cuantas chicas en tanga es muy distinto a ir a verlas bailando en pelotas con Edward, pero aun así le digo con aparente seguridad:
—Sí, claro.
—No te preocupes, yo te protejo —me dice él, mientras me toma de la mano.
Tengo el estómago hecho un manojo de nervios cuando entramos, y aunque no sé lo que esperaba, el interior del local me toma por sorpresa. Es una mezcla entre el vestíbulo de un hotel barato y la sala común de una residencia de estudiantes. Hay varios escenarios pequeños con la barra de rigor diseminados por toda la sala, unos sillones bastante desgastados, y algunas fotos picantes en las paredes. Las chicas, vestidas con la ropa típica de estos sitios, van paseándose con dinero metido en las ligas y parándose a charlar con los clientes, y de vez en cuando uno de ellos se levanta y se lleva a alguna a una de las habitaciones traseras.
Edward tiene que pagar entrada, pero yo no. Al tipo del mostrador no parece sorprenderle mi presencia, así que a lo mejor vienen más chicas de las que yo creía; en todo caso, estoy mucho más tranquila cuando Edward me toma de la mano y me lleva hacia un asiento justo enfrente del escenario principal, donde hay tres barras y unas anillas de gimnasta.
—Hola, cielo —dice la primera chica que se nos acerca.
Al mirarla con más atención, me doy cuenta de que debe de ser mayor que yo, porque a pesar de que está delgada, tiene estrías en los muslos; además, me parece que lleva peluca. De repente, me siento más segura de mí misma.
—Hola, ¿qué tal? —le dice Edward.
—Bien, no puedo quejarme. ¿Queréis un bailecito?
Me mira a mí al decirlo y me quedo muda, porque no sé si quiero ver a una stripper que seguramente estará pensando en la lista de la compra mientras se desnuda.
—Quizás más tarde, acabamos de llegar —le dice Edward con naturalidad.
—Muy bien, cielo —le guiña un ojo, y le lanza una sonrisa mellada—. Dentro de tres minutos salen a bailar tres chicas, así que disfrutad del espectáculo.
Cuando se va a la siguiente mesa, oigo que hace las mismas preguntas. Edward se vuelve hacia mí, y me dice:
—Perdona, tendría que haberte preguntado si querías que lo hiciera, ¿te apetecía?
—Eh... no. No, gracias.
Se echa a reír, y se inclina hacia mí para susurrarme al oído:
—A lo mejor más tarde.
Pienso para mí que no pienso pagar para que una mujer me haga un striptease, pero me muerdo la lengua para no parecer maleducada. Doy un respingo cuando de repente empieza a sonar la música a todo volumen, y Edward me toma de la mano de nuevo y empieza a trazarme el dorso con el pulgar en una caricia que me estremece.
Aunque he visto Showgirls, el espectáculo del Volterra me deja boquiabierta. Tres chicas empiezan a contonearse al ritmo de una canción que habla de sexo oral, se limitan a girar alrededor de las barras mientras van desnudándose hasta quedarse en pelotas, sin ningún tipo de coreografía.
Una de ellas se tumba de espaldas con las piernas abiertas de cara a la audiencia, y hace un movimiento raro con la vagina que hace que parezca una especie de monstruo marino. Siento una mezcla de repugnancia y de fascinación, y al recorrer el local con la mirada, me doy cuenta de que todos los hombres tienen la mirada fija en ella, como si una vagina contuviera la respuesta a los misterios del universo; sin embargo, al volverme hacia Edward, veo que está observándome a mí.
—Qué pasada —consigo murmurar.
Él sonríe y se vuelve hacia el escenario. Las chicas ya han acabado, y se acercan a la clientela para recibir su dinero. Al cabo de unos minutos, otras ocupan su lugar, y el numerito empieza otra vez; al ver que dos de las chicas se nos acercan, intento no parecer una simplona, aunque están desnudas y una está a punto de meterme un pezón en el ojo.
—Gracias, cielo —le dice la otra a Edward, que acaba de meterle un billete en la liga—. Si quieres un baile privado, sólo tienes que pedirlo.
Al cabo de un cuarto de hora, estoy inmunizada ante la visión de tanto pecho bamboleante y tanta vagina en movimiento. No dejan de acercársenos chicas, y no sé si es porque Edward es el tipo más guapo del local o porque mi presencia hace que parezca menos baboso que los que están solos; en cualquier caso, me animo a meter un par de dólares en una liga, y me río un poco al ver los flirteos mecánicos y carentes de sinceridad.
Todas nos preguntan si queremos un baile privado, pero Edward sabe negarse con mucho tacto, como si quisiera que todas y cada una de ellas bailaran para nosotros. Al cabo de una hora, me doy cuenta de que están hablando de él, es obvio por cómo se juntan en grupitos y cuchichean. Está claro que están planeando algo.
De repente, sube al escenario una chica que debe de tener mi edad más o menos. Demonios, es tan alta como yo y hasta tenemos un color de pelo parecido, aunque el suyo parece teñido. Lleva un traje tan ceñido, que no puede utilizar la barra, y se mueve al ritmo de una canción lenta y sensual con movimientos sinuosos. Parece absurdo pensar que es sutil, pero lo es comparada con las otras.
Es bastante guapa, y a pesar de que no es la más despampanante, tiene algo especial que me llama la atención, y a Edward le pasa lo mismo. Mientras observamos como se va desnudando, me doy cuenta de repente de que lo que la diferencia de las demás es que parece que disfruta mientras baila. Sonríe y establece contacto visual con los clientes, baila como si nos estuviera seduciendo a todos con sus brillantes ojos azules.
Cuando acaba y empieza a pasar por las mesas para recoger el dinero, contengo el aliento, porque estoy segura de que de un momento a otro algún tipo va a levantarse y a llevársela a una de las habitaciones para un baile privado.
—Gracias, cielo —le dice a Edward, cuando él le mete dinero en la liga—. ¿Quieres un baile especial?
—Sí —me oigo decir a mí misma. Edward se vuelve hacia mí, pero estoy demasiado pendiente de la chica para prestarle atención.
—Muy bien. Vamos —me dice ella, con su voz acaramelada. Después de tomarme de la mano, se vuelve hacia Edward y le dice—: Venga, cariño, tú también.
Él suelta una carcajada, y se levanta antes de tomarla de la mano. Ella nos lleva a una de las habitaciones, que está pintada del color de la medianoche e iluminada por luces negras. El blanco de nuestras sonrisas y de nuestros ojos parece fluorescente.
—Tres canciones. ¿Qué música te gusta, cielo?
Me lo pregunta a mí. Soy el centro de su atención, y aún sigue agarrada a mi mano. Es la primera vez que tomo de la mano a una mujer, al menos así, con los dedos entrelazados y las palmas unidas. Espero no estar sudando.
—Pon lo que quieras —siento como si tuviera la boca llena de algodón, y una oleada de calor me recorre el cuerpo y me estremece.
Ella asiente, y me suelta la mano antes de ir hacia una ventanita que no había visto hasta ahora. Me vuelvo hacia Edward, y él me sonríe y alarga una mano hacia mí. Cuando se la agarro, me acerca y me susurra al oído:
—Has elegido bien.
Vuelvo a estremecerme al sentir su aliento en la oreja. Ni siquiera puedo echarle la culpa al alcohol, ¿qué demonios estoy haciendo? Pero no tengo tiempo de arrepentirme, porque la chica vuelve hacia nosotros.
—Me llamo Cherry —me dice.
—Muy apropiado —contesta Edward, con una sonrisa.
—Sí, ya lo sé. Venga, sentaos.
Nos colocamos cara a cara en dos sillas que hay en el centro de la habitación. Queda el espacio justo para que ella se coloque entre nosotros sin llegar a darnos en las rodillas.
—¿Sois pareja?
—No —le contesta Edward.
—¿Es vuestra primera cita?
Suelto una carcajada nerviosa, y le digo:
—Más o menos. Mañana vamos a la misma boda.
—Genial —dice ella, con una risita que burbujea como el champán.
De repente, empieza a sonar No Ordinary Love, de Sade. Siempre me ha gustado esta canción, es lenta y sexy. Cherry empieza a bailar como en el escenario, como si estuviera seduciéndonos.
Lo más probable es que Edward esté acostumbrado a que se le insinúen montones de mujeres, pero yo no, y me tenso un poco cuando balancea el cuerpo a nuestro alrededor. Se sienta en el regazo de Edward de cara a mí, y se desliza contra su cuerpo sin apartar la mirada de la mía antes de volverse y de sentarse en mis piernas. Me sorprendo tanto al sentir el contacto de una mujer cálida y sudorosa, que suelto una pequeña exclamación ahogada. Su pelo con aroma a cereza me roza la cara, tiene una melena envidiable que le cae sobre los hombros. Cuando se gira hacia mí y se frota contra mi torso, me recuerda a la forma en que los gatos aprietan la cabeza contra la palma de la mano de sus dueños para conseguir que los acaricien. Cherry se contonea, se frota y se retuerce mientras va alternando entre Edward y yo, y no sé dónde poner las manos. Si alguien me tocara así en circunstancias normales, le devolvería las caricias, pero tengo la sensación de que se supone que no debemos tocarla.
De repente, me abre las piernas y se amolda contra mi cuerpo. No puedo retroceder porque la silla tiene un respaldo alto y rígido, y me estremezco cuando me sopla suavemente al oído. Ella se echa a reír y me mira a los ojos antes de volverse para hacerle lo mismo a Edward.
La verdad es que tiene un trasero perfecto. Coloca una rodilla sobre el muslo de Edward y las manos sobre sus hombros, y cuando se inclina hacia delante y hacia arriba, alcanzo a verle la vagina. Es sólo un vistazo fugaz cuando contonea la pelvis, y me resulta mucho más excitante que el descarado espectáculo de antes.
Está claro que Cherry sabe lo que la mayoría de hombres parecen ignorar: a veces, es mucho más sexy un poco de misterio. Aunque a lo mejor lo que pasa es que como tengo una vagina, no me interesa demasiado ver otras de cerca.
Las tres canciones duran unos diez minutos, pero parecen fundirse en una y sólo sé que el ritmo sigue siendo lento y sensual. Son los diez minutos más largos de mi vida... y los más caros, porque cuando la música se detiene, Cherry se incorpora, se aparta el pelo de la cara y me dice con dulzura:
—Cien pavos justos, ricura, aunque no me importaría que me dieras más.
La experiencia me ha dejado pegada a la silla, y aún soy incapaz de moverme. Espero que en este sitio acepten tarjetas de crédito y no voy a poder salir a comer fuera en uno o dos meses, pero ha valido la pena; sin embargo, al final resulta que no tenía de qué preocuparme, porque Edward se levanta y le da bastante más de cien pavos.
—¡Gracias! Volved cuando queráis, nos vemos ahí fuera —nos dice, con un guiño y una sonrisa.
Al ver cómo se aleja, me doy cuenta de que sólo es un trabajo para ella, igual que para las demás, aunque la verdad es que se le da muy bien. No sé si es un alivio o una decepción, pero en cualquier caso, nunca había estado tan caliente en toda mi vida.
—¿Nos vamos?
Cuando Edward me toma del codo y me ayuda a levantarme, tengo ganas de bajar la mirada para ver si tiene una erección, pero no me atrevo. Tengo los pezones tensos, y la entrepierna húmeda.
—Sí —tengo la voz ronca, y carraspeo para aclararme la garganta—. Sí, vámonos.
Pensaba que iba a recuperar el control al llegar a su coche, pero no es así. Me sudan las manos. Me abre la puerta, pero me vuelvo hacia él antes de entrar y nos abalanzamos el uno sobre el otro como si estuviéramos hambrientos.
Empieza a lamerme la mandíbula mientras me cubre los pechos con las manos, y gimo cuando empieza a frotarme los pezones. Sí, sí que tiene una erección, la siento contra mí. Cuando golpeo contra la puerta del coche con la espalda, los dos nos volvemos sin decir palabra y él se sienta en el asiento del pasajero. Al cabo de un segundo, estoy sentada en su regazo y se cierra la puerta. Apoyo una mano en el salpicadero mientras con la otra me levanto la falda y me bajo las bragas, y al oír que él se baja la cremallera me levanto ligeramente y espero. Está tardando, así que miro por encima del hombro; está sacando un pequeño paquete plateado de la guantera.
Normalmente, me plantearía qué clase de tipo tiene condones tan a mano, pero en este momento sólo me siento agradecida de que sea así. Al cabo de un momento, me agarra las caderas y se coloca en posición. Gruñe al penetrarme, y yo suelto un grito ahogado.
Aunque el coche está aparcado en medio de las sombras, sé que podrían vernos, pero me da igual. Edward me embiste con movimientos rápidos y potentes, y cuando siento que me acaricia el clítoris, me siento sorprendida y agradecida por su consideración. No tardo casi nada en llegar al orgasmo; cuando su dedo me frota el clítoris al ritmo de sus embestidas, suelto un grito extasiado que me apresuro a sofocar.
Me aferró con tanta fuerza al salpicadero, que dejo señales en el acolchado. Después de un par de embestidas más, Edward suelta un gruñido al derramarse. En total, todo ha durado unos tres minutos.
Se relaja contra el respaldo del asiento sin soltarme las caderas, y me echa un poco hacia atrás. Lo siento en mi interior, aún bastante duro, y me relajo mientras intento no pensar en lo que acaba de suceder.
Al cabo de unos segundos, me acerca un paquete de pañuelos de papel, y utilizo uno cuando me aparto de su pene. Chocamos un poco en el espacio reducido del coche, pero como Edward hace que todo parezca muy natural, no siento demasiada vergüenza.
Me parece que debe de hacer este tipo de cosas bastante a menudo, pero no me siento tan incómoda como cabría esperar; al fin y al cabo, el sexo ha sido espectacular, y tampoco esperaba que acabáramos siendo novios ni nada parecido.
Conseguimos arreglarnos la ropa por fin, y sentarnos en nuestros respectivos asientos. El coche apesta a sexo, pero decido esperar a abrir la ventanilla cuando nos pongamos en marcha. Él permanece inmóvil, durante unos segundos, como si estuviera acaparando fuerzas, y finalmente se vuelve hacia mí y sonríe.
—¿Te lo has pasado bien?
No sé si se refiere a lo del coche o a lo del club, pero la respuesta es la misma en ambos casos.
—Sí, muy bien.
—Perfecto, me alegro —dice, antes de arrancar.
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Acababa de enterarme de a qué se dedicaba Edward y de su apellido, y aquellos detalles me parecieron más íntimos que la descripción del sexo en el coche y del numerito de la stripper.
—¿Qué pasó en la boda?
Aquello fue lo único que se me ocurrió preguntarle, porque aún estaba intentando asimilar tanto aquella historia como el hecho de que siempre fuera capaz de encontrar a mujeres dispuestas a cualquier cosa, como practicar sexo en un coche en la primera cita.
—Estuvo bien, aunque cada vez que me miraba soltaba una risita. Se contuvo durante la ceremonia, pero se achispó en el banquete y no paró de reír.
—¿Te fuiste a casa con ella después de la boda?
—No.
—¿Por qué?
—Porque ya la había probado —me dijo él, con una sonrisa displicente. Su respuesta me molestó.
—Según tú, no eres un braguetero, pero nadie lo diría por cómo te comportas.
—Bella, vive en otro estado. Fue sólo un ligue, es algo que pasa montones de veces en las bodas.
—A ti, pero no todo el mundo se dedica a ligar en ese tipo de celebraciones.
—¿Qué tendría que haber hecho?, ¿pedirle su dirección de correo electrónico o prometerle que estaríamos en contacto? Ni siquiera fingió que era lo que quería.
Al oír su tono de indiferencia, lo fulminé con la mirada.
—Podrías haber aguantado las ganas de revolcarte con ella en el coche.
—¿Por qué? —me preguntó, claramente sorprendido—. Ella quería hacerlo, Isabella. Nadie resultó perjudicado, tuve cuidado como siempre. ¿Cuál es el problema?
El problema era que estaba celosa, y no estaba segura de si lo que sentía era envidia porque Edward buscaba placer continuamente y siempre lo encontraba, o si se trataba de algo más insidioso porque montones de mujeres conseguían tener su pene dentro y yo nunca podría.
—El problema es que siempre dices que quieres echar raíces y encontrar a alguien, pero sigues acostándote con una mujer tras otra. Eres un cínico.
No nos habíamos peleado nunca en un año, y de repente teníamos la misma discusión dos veces en cuestión de meses. Me resultó imposible ocultarme a mí misma lo que realmente deseaba de nuestra relación; pelearse puede llegar a ser tan íntimo como el sexo.
—Y a mí me parece que eres una zorra criticona.
Me quedé con la boca abierta, hasta que conseguí recuperar el control suficiente para cerrarla con un sonido audible. Él se reclinó contra el banco con los brazos abiertos sobre el respaldo, y me lanzó una mirada engreída. Me aparté un poco más de él a pesar de que no hizo ademán de tocarme, y nos miramos en silencio durante unos segundos. Habría sido muy tonta si no me hubiera dado cuenta de que la tensión que había entre nosotros no sólo se debía a un enfado.
—No les hago ningún daño, Bella.
—Eso dices tú, pero sólo conozco tu versión de los hechos.
—¿Sería mejor que fingiera que quiero algo más de ellas?, ¿sería mejor persona si las invitara a salir un montón de veces para que se hicieran ilusiones? —su actitud parecía falsa, como si estuviera esforzándose demasiado en aparentar indiferencia.
—¿Cómo vas a encontrar a alguien si sólo les das una noche, si le aplicas lo de «ya la he probado» a todas?
Se pasó la mano por el pelo, y me dijo:
—A lo mejor estoy buscando algo especial.
—¿Cómo vas a encontrarlo si vas pasando por todas las camas de Harrisburg? —le pregunté con voz tensa.
—Esta vez fue en un coche —me dijo.
Su comentario no me hizo ninguna gracia.
—Lo que pasa es que no muestras ningún deseo de cambiar tu estilo de vida para conseguir lo que dices que quieres.
Ni siquiera usaba aquel tono de voz tan estirado y esnob con mis pacientes, y deseé poder tragarme mis palabras.
Edward se irguió, claramente indignado, y me dijo:
—Parece como si me acostara con todas las mujeres a las que conozco.
—¿Y no es así?
Era un comentario más o menos jocoso para intentar aligerar un poco el ambiente, porque obviamente sería imposible que Edward se acostara con tal cantidad de mujeres, pero él no picó el anzuelo y se limitó a inclinarse un poco hacia mí y a mirarme con expresión seria.
—No, Isabella. No es así.
Los dos sabíamos que estaba refiriéndose a mí, pero dejamos a un lado el tema. Nos centramos en nuestros bocadillos, y seguimos comiendo como si la conversación no hubiera existido.
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Normalmente, el primer viernes de cada mes volvía a casa revitalizada, pero aquella vez no fue así. Me había parado a comprar la cena, porque la discusión con Edward había hecho que quisiera darme un capricho, poder disfrutar de algo.
—Hola, guaperas —ronroneé, al abrir la puerta con la cadera.
Jasper ya estaba en la cama, y al ver que tenía la mirada fija en la tele y apenas me prestaba atención, eché un vistazo para ver qué lo tenía tan ensimismado.
—¿Estás viendo Los vigilantes de la playa? (Nota: en México son conocidos como Guardianes de la bahía), ¿debería empezar a preocuparme? — le dije en broma, mientras colocaba la cena sobre la mesa.
Mi pregunta no pareció hacerle demasiada gracia.
—¿Tiene algo de malo que me guste ver a tías en bañador por la tele?
Obviamente, no estaba de buen humor. Cuando me acerqué para darle un beso en la frente, soltó un gruñido e intentó apartarse.
—Te has puesto en medio.
—Perdona. He traído comida india, ¿qué te parece si cenamos y después vemos una película?
—¿Desde cuándo te gusta la comida india?
Había descubierto aquel tipo de cocina gracias a Edward, porque me había dejado probar los deliciosos currys y panes que a menudo comía en nuestros encuentros. Empecé a abrir los recipientes y a llenar los platos mientras intentaba encontrar una respuesta adecuada.
—Desde... hace bastante tiempo.
—Pensaba que no te gustaba la comida especiada.
—Pero a ti sí, y los gustos cambian. Te he traído tu comida favorita, así que basta de preguntas y comamos.
Jasper recorrió la mesa con la mirada, y su expresión se suavizó.
—Gracias, cielo. Ha sido todo un detalle.
Le besé la mejilla, y aquella vez no protestó.
—Pensé que podíamos tener una cita romántica.
—Sí, vaya cita —dijo él, con un resoplido burlón.
—Oye, es una cita perfecta —le dije con voz suave, mirándolo directamente a los ojos—. Ni siquiera tenemos que trajearnos.
—Tú vas muy arreglada.
—Qué va, llevo la ropa del trabajo.
Jasper negó con la cabeza.
—Llevas la camisa de seda, así que te has puesto el sujetador de encaje, las bragas a juego... y el liguero, ¿eh?
Bajé la vista hacia mi ropa, y volví a mirarlo a los ojos.
—Vaya, se te da muy bien.
Sus labios sólo se alzaron por un lado cuando sonrió.
—Y te has puesto perfume —me dijo, mientras volvía la cabeza para olisquearme el cuello. Tenía razón, aunque el olor ya no se notaba apenas—. Es el caro, el de las ocasiones especiales.
Sentí que me ardía la cara, y que el rubor me llegaba a la punta de las orejas. Después de soltar una risita forzada, me aparté de él y me volví hacia la mesa para que no viera mi expresión de culpabilidad.
—¿Qué ocasión especial celebramos, Bella?
—¿Quieres pollo, o cordero? —empecé a trastear con los recipientes, y me volví a mirarlo con una sonrisa cuando conseguí recuperar la compostura.
—No me has contestado.
Las mentiras más difíciles de detectar son las que están envueltas en una verdad. Una vez, en una clase de psicología, nos habían puesto en parejas para que eligiéramos preguntas de una lista y diéramos respuestas verdaderas o falsas de forma aleatoria; lo más interesante no había sido las preguntas que habíamos elegido cada uno, sino en cuáles habíamos decidido decir la verdad.
—Sólo me apetecía arreglarme un poco.
Sentí su mirada en mí mientras acercaba la mesa con ruedas a la cama y empezaba a córtale la comida.
—Pues estás preciosa.
Dejé el cuchillo y el tenedor, y cuando lo miré a los ojos, me recorrió una oleada de amor tan fuerte, que pensé que iba a echarme a llorar. Le puse una mano en la mejilla, que era uno de los pocos sitios donde aún podía sentir mis caricias.
—Gracias, cariño.
—Siempre lo estás, Bella —me dijo, con una sonrisa. Tras besarme la palma de la mano, añadió—: Pero sobre todo el primer viernes de cada mes.
Permanecimos en silencio durante un momento interminable. Me daba igual que la comida estuviera enfriándose. Mantuve la mirada fija en la suya, y aquella vez no me hizo falta mentir.
—Te quiero, Jasper. Sólo a ti.
—Ya lo sé —me dijo, tras varios segundos más.
Me incliné para besarlo, y comenté:
—Emmett ha salido, así que ni siquiera tenemos que cerrar la puerta.
Meneé las cejas sugestivamente para intentar hacerle reír, pero su sonrisa carecía del brillo de siempre.
—Estoy hambriento, y muy cansado.
—¿Te encuentras bien?
Le puse una mano en la frente, preocupada, pero él soltó un suspiro de exasperación y apartó la cara.
—Estoy bien, ya te he dicho que tengo hambre y estoy cansado. Creía que íbamos a cenar y a ver una peli.
—Sí, pero...
No supe qué decir, porque «pensaba que podríamos hacer el amor» parecía fuera de lugar. En nuestra vida pasada, Jasper llegaba a dejarme exhausta con su deseo constante, con su anhelo por sentirme, por devorarme. En aquellos tiempos, la comida se habría enfriado del todo mientras saciábamos otro apetito más carnal.
Pero aquello formaba parte del pasado, y como sabía que me sentiría herida si me rechazaba, contesté:
—Vale, vamos a cenar y a ver una peli.
—Creo que sería mejor que te cambiaras antes —me dijo, con un tono gélido—. ¿Podrías ducharte?, tu perfume está empezando a darme dolor de cabeza. Seguiré viendo Los vigilantes de la playa hasta que vuelvas.
Habría preferido que me acusara abiertamente. Podía defenderme de sus acusaciones, pero estaba impotente ante su convicción muda de mi infidelidad. Si me hubiera preguntado, le habría contado toda la verdad, pero como no lo hizo, permanecí callada.
¡Ouch! El estado de tensión que se está creando cada día entre Edward y Bella se está volviendo incomodo y si eso le agregamos la actitud que Jasper está tomando pues Bella estará en dificultades... Creo que nosotros vemos lo que muchas veces Edward insinúa y que Bella no quiere ver y además Jasper sospecha pero también prefiere ignorarlo… ahhh poco a poco nos vamos adentrando al verdadero drama, créanme, las situaciones se complicaran y será doloroso.
Nos leemos el jueves!
L'S P
