NI la trama NI los personajes me pertenecen, sólo los tomé prestados para hacer esta adaptación.
La mayoría de los personajes son de Stephenie Meyer y la trama… se los diré en el último capítulo.
ADVERTENCIA: El contenido de esta historia es para personas mayores de 18 (lenguaje adulto, sexo explicito), si eres susceptible a este tipo de historias, abstente de continuar…
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LA CITA DE CADA MES
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Capítulo 9
Junio
Este mes, me llamo Bree. Bueno, mi nombre de verdad es Brittany, pero casi nadie me llama así. Tengo el pelo teñido de verde y de azul, y me encanta liarlo con los dedos para que parezca que tengo cuernos de diablilla. Suelo llevar medias a rayas con unas zapatillas Converse y minifaldas sujetas con imperdibles, y tengo un montón de piercings.
Conozco a Edward desde hace seis meses, porque soy la técnica informática que se ocupa del mantenimiento de los ordenadores de su bufete. Siempre bromeo diciéndole que se nota que ve un montón de páginas porno por Internet, y él me contesta que tiene que ponerse gafas de sol para soportar mi horrible sentido estético.
Me cae muy bien, y estoy bastante segura de que el sentimiento es mutuo. Es un tipo muy guapo, y aunque es bastante finolis, tiene un gran sentido del humor, al contrario que muchos de sus compañeros de trabajo. De vez en cuando, me guarda un donut de la caja que suelen tener en la sala de descanso, y yo le llevo bocatas de queso fundido y salmón ahumado de un restaurante indio del centro.
Nuestra relación es sólo laboral, hasta el día en que me lo encuentro sentado en su despacho y mirando su ordenador con expresión de cabreo.
—Sólo es un virus, lo ha pillado medio bufete —le digo, mientras empiezo a limpiarle el disco duro.
Él se queja porque dice que va a retrasarlo y que tiene mucho trabajo, pero le aseguro que va a tenerlo listo enseguida.
—Si lo consigues, te invito a cenar esta noche.
Hemos flirteado otras veces, porque la verdad es que lo hago con todo el mundo y no tiene ninguna importancia, pero esta vez... en fin, esta vez tengo ganas de lanzarme a por él. Hace tiempo que me di cuenta de que Edward necesita que alguien se ocupe de él, y no lo digo desde un punto de vista sexual, porque está claro que deben de lloverle las ofertas. No, me refiero a que Edward necesita a alguien que le pregunte cómo le ha ido el día al llegar a casa, que le prepare un baño de vez en cuando, que le cocine un plato de sopa... necesita que lo mimen, y aunque eso es algo que se me da bien, no puedo ofrecérselo así, sin más. Intento convencerme de que me preocupo tanto por él porque parece muy fastidiado por lo del ordenador y porque últimamente lo veo bastante desanimado, pero la verdad es que es tan guapo y tiene unos rasgos tan perfectos, que me dan ganas de hacerle un retrato.
Se sorprende cuando se lo digo mientras estamos cenando. Sólo tardé un cuarto de hora en arreglarle el ordenador, y ha cumplido con su palabra.
—No sabía que fueras una artista.
—No lo soy. No me dedico al arte, lo hago por diversión.
—Que no te ganes la vida pintando no implica que no seas una artista.
Al sentir el peso de su mirada por todo el cuerpo, cubriéndome como una manta, me doy cuenta de que a lo mejor me estoy complicando demasiado la vida. Durante seis meses hemos flirteado en broma, pero hasta ahora ninguno de los dos se había molestado en tomarse la cosa en serio.
—Dime, ¿qué te gusta hacer aparte de bajarte porno de Internet en horas de trabajo?
Estamos ya en los postres, compartiendo un trozo de pastel de queso; no soy de las que no dejan de gimotear por los kilos de más, pero los dos hemos comido tanto que ya estamos casi llenos.
Edward ha pedido café, y yo té. Al ver que se echa leche y azúcar y que empieza a remover el líquido con la cuchara en silencio, creo que no va a responderme, pero finalmente me dice:
—Me gusta leer.
—¿Por qué te cuesta tanto admitirlo? Te refieres a otras cosas aparte de las páginas porno de Internet, ¿no? —le digo, en tono de broma.
Edward se ríe. Tiene una risa preciosa, a juego con su sonrisa... la sonrisa de verdad, la que no usa tanto como la artificial.
—Sí, leo otras cosas aparte de porno.
Empezamos a hablar de literatura, tanto de la de «prestigio» como de la más denostada. Admito que me encantan las novelas de ciencia ficción, pero Edward dice que prefiere las de misterio y las de suspense porque le gusta intentar descubrir quién es el culpable antes del final.
Ya hemos acabado de cenar hace rato, y como los camareros nos están lanzando miradas elocuentes para que nos larguemos de una vez, apuramos las bebidas y nos vamos. Es más tarde de lo que creía, pero es tan fácil hablar con él, que se me ha pasado el tiempo volando.
De camino a casa, el coche está lleno de una tensión palpable que Edward no se molesta en intentar aliviar. Intento analizar la situación, y me pregunto si realmente quiero acostarme con él.
Mi respuesta instintiva es una rotunda afirmación; al fin y al cabo, me gusta el sexo, me gusta Edward y no tengo novio. No sé si él tiene algún compromiso, pero nunca ha mencionado a nadie y no tiene ninguna foto en el despacho; en cualquier caso, eso no es problema mío.
De modo que sí, claro que quiero acostarme con él. No me preocupa que nos sintamos un poco incómodos en el trabajo, porque los dos sabemos de qué va esto. En este momento no me interesa tener novio, ni siquiera uno tan guapo como él; además, es demasiado finolis para mí, porque yo tengo un estilo de vida más desenfadado y una forma de vestir ecléctica.
Parece sorprendido cuando aparca delante de mi casa. Mi barrio era bastante indeseable, pero se puso de moda y los precios se han disparado. Al ver su expresión, suelto una carcajada y salgo del coche. Gavin, un chico que vive dos casas más abajo, me saluda con la mano sin soltar a su novia, y yo le devuelvo el gesto.
—El anterior propietario se fue a vivir con su hijo, y he ido remodelándola poco a poco porque estaba en bastante mal estado. Dentro de uno o dos años, la venderé y sacaré un buen margen de beneficio.
Cuando entramos, siento una cálida satisfacción al ver que sabe apreciar el esfuerzo que he puesto en arreglar la casa. Le muestro los suelos que yo misma lijé y barnicé, las paredes que enyesé y pinté, la cocina que voy completando poco a poco con un estilo retro... no tengo demasiados muebles, y seguro que se esperaba una decoración más recargada.
—Casi todo el mundo lleva vidas grises, pero me gustaría venderle la casa a una pareja de yuppies emprendedores y entusiastas, si es que aún existen.
Edward se echa a reír. Su risa tiene un matiz melancólico y autocrítico que hace que me guste aún más.
—Sí, aún existen.
Se ha aflojado la corbata, está un poco despeinado, tiene las mejillas sonrosadas y le brillan los ojos, a lo mejor es por el vino que le he dado en la cocina.
—Hay habitaciones que apenas utilizo, pero mi dormitorio...
Nuestras miradas se encuentran. Voy a llevarlo al piso de arriba y a dejar que me desnude, voy a darle todo el placer que pueda y a dar por sentado que él hará lo mismo. Ambos lo sabemos, pero nos quedamos como petrificados por un segundo mientras nos miramos a los ojos.
—Me gustaría verlo —me dice, antes de tomar un trago de vino.
Cuando me mira con la sonrisa a la que estoy acostumbrada, la que usa cuando flirtea en broma, me parece extraño que sea igual a la que utiliza al hacerlo con verdadera intención. Mis gestos son muy diferentes cuando voy en serio... o a lo mejor son imaginaciones mías. Decido comprobarlo, así que le recorro el cuerpo con la mirada de arriba abajo, sin perder detalle, y cuando vuelvo a mirarlo a los ojos, me humedezco el labio inferior con la lengua e inclino ligeramente la cabeza. Sí, ha quedado claro que voy muy en serio.
—Entonces, vamos arriba —le digo, con voz un poco desafiante.
El calor del deseo se palpa en el ambiente. Cuando doblo el dedo para indicarle que se acerque, da unos pasos hacia mí y deja el vaso sobre la mesa. Entrelazamos los dedos cuando lo tomo de la mano, y lo llevo escaleras arriba.
Cuando llegamos a la puerta de mi dormitorio, me detengo antes de abrirla. Me vuelvo hacia él, nos quedamos mirando e intercambiamos una sonrisa.
—Bree... —me dice con suavidad, mientras juguetea con los mechones azules, verdes y violetas de mi pelo.
—Edward —le contesto, meneando un poco las cejas.
—A lo mejor sería mejor que me fuera.
Ya estoy abriendo la puerta con una mano, y me niego a soltarlo. Entro de espaldas al dormitorio, y tiro de él para que me siga.
—¿Quieres irte?
—No.
—Pues no lo hagas.
Parece a punto de decir algo, pero se limita a recorrer el dormitorio con la mirada. La decoración es una pasada. Las paredes y el techo tienen un tono azul oscuro, y están salpicados de constelaciones de estrellas que dibujé con pintura fluorescente. Hay una alfombra azul a juego, mi cama se limita a unos colchones apilados en el suelo y cubiertos con sábanas de color azul oscuro, y el tocador está pintado del mismo color. Es como estar en medio del universo.
—Es impresionante —Edward gira en un círculo sin soltarme la mano, y finalmente me mira y añade—: Eres una verdadera artista.
—Gracias —le digo, realmente emocionada por su cumplido.
Tengo que inclinar la cabeza hacia atrás para poder mirarlo a la cara cuando me acerca un poco más, porque soy más bajita de lo que parece. Me coloca las manos en las caderas, de las que no me avergüenzo a pesar de que son bastante voluminosas, y le quito la corbata antes de empezar a desabrocharle la camisa.
De repente, me cubre la mano con la suya.
—Bree, espera...
Coloco la otra mano sobre la suya, y lo miro a los ojos.
—Shhh... no pasa nada, ya verás como pasamos un buen rato.
Siempre he tenido la impresión de que Edward es un mujeriego. En fin, está buenísimo y no parece que tenga novia, así que debe de estar libre por alguna razón: normalmente, los tipos en su situación tienen problemas para comprometerse, siempre están esperando algo mejor y son incapaces de asentarse. Sí, conozco a muchos tipos así, pero al verlo dudar empiezo a pensar que a lo mejor lo he juzgado mal, y de repente se me ocurre algo en lo que no había pensado.
—¿Eres gay?
—¡No! ¿Por qué?, ¿es que lo parezco?
—No, pero tendrías que serlo para poder rechazarme.
—No lo soy —me dice él, con una carcajada.
Ya le he desabrochado media camisa, y tiene un pecho de infarto. Acabo rápidamente, y se la abro para echar un buen vistazo.
—Edward, cielo, no sé a qué tipo de chicas estás acostumbrado, pero deja que lo adivine, ¿vale?
—Vale —por la forma en que lo dice, está claro que cree que voy a equivocarme.
—Te gustan las mujeres. No eres demasiado selectivo, y me parece bien; de hecho, es una buena cualidad en un hombre —bajo un dedo por su esternón antes de recorrerle un pezón, que se tensa de inmediato—. Pero estás buscando algo en concreto, y por eso sigues buscando. ¿Tengo razón?
Hasta ahora tenía la mirada fija en mi dedo, pero la levanta y me contesta:
—Sí.
Después de sacarle la camisa de la cintura de los pantalones poco a poco, deslizo las palmas de las manos hacia arriba hasta llegar a sus hombros, y se la quito por completo. Al ver que se le pone la carne de gallina a pesar de que la habitación está más que caldeada, esbozo una sonrisa. Me gusta que se estremezca con mis caricias.
—Estaba equivocada, no eres un mujeriego —me inclino hacia delante para acariciarle el pecho con la nariz. Me encanta su olor a limpio, muchos tipos parecen bañarse en la loción para después del afeitado.
—¿No?
Me estremezco cuando me recoge el pelo en la nuca. Le chupo con suavidad el pecho, y esbozo una sonrisa al oír que suelta un pequeño gemido de placer.
—No. Un mujeriego se acuesta con todas las mujeres que puede sin importarle sus sentimientos, disfruta largándose en cuanto consigue lo que quiere, se vanagloria de haber podido escapar. Pero tú, Edward... tú... —bajo las manos hacia su cinturón. Al notar que ya tiene la verga medio dura, deslizo una mano hacia abajo para cubrírsela a través de los pantalones—. Tú quieres que te atrapen, ¿verdad?
Me tira del pelo para que levante la cara, y suelto un pequeño gemido porque se muestra un poco más brusco de lo que esperaba. Parece enfadado, pero no tengo miedo porque sé que tengo razón. Sigo acariciándole la entrepierna sin apartar la mirada de sus ojos, y finalmente relaja un poco los dedos.
—No es tan fácil, Bree.
—Sí, sí que lo es.
Después de desabrocharle el cinturón, meto la mano y le saco el pene de los calzoncillos. Me encanta sentir su calidez y su dureza, la ligera palpitación que lo sacude. Es lo bastante grueso para doblarme los dedos, y me recuerda al acero. Cuando muevo un poco la mano con un agarre firme, siento cómo su piel se mueve también.
Ha cerrado los ojos, y tiene la cabeza un poco echada hacia atrás. Sus fantásticas pestañas me dan envidia, hasta proyectan una ligera sombra sobre sus mejillas.
Tiene los labios un poco entreabiertos. Deslizo la mano a lo largo de su erección, y cuando doblo la muñeca mientras mi palma pasa por encima de la punta, Edward suelta un gemido ahogado y muy sexy.
Mi cuerpo reacciona de inmediato. Hace bastante que no me acuesto con nadie... y no por falta de oportunidades, porque la verdad es que cualquier chica puede encontrar a alguien para un revolcón si no pone el listón demasiado alto. El problema es que he estado ocupada, y que tiendo a ser bastante selectiva. Edward es el primer hombre al que invito a mi casa desde hace meses, y aún hace más desde la última vez que subí con alguien a mi dormitorio. Por eso, y por lo que he podido vislumbrar del hombre que hay debajo de los trajes de diseño, siento una ternura especial hacia él.
Quiero que sonría, pero que sonría de verdad, no con esa expresión artificial que sabe utilizar tan bien. Quiero conseguir que sea feliz, aunque sólo sea por esta noche. Quiero darle un poquito de lo que tanto ansía.
Al oír que murmura mi nombre, bajo la mano y sigo acariciándolo. Tiene las mejillas y el cuello cubiertos de un rubor que me parece muy sexy, y al ver el leve brillo de duda en sus ojos cuando me mira, hago que me coloque una mano sobre el pecho y que me frote el pezón con el pulgar, para que note cómo se tensa y se convenza de que yo también deseo hacer esto, de que está excitándome.
Retrocedemos juntos hasta la cama. Edward se detiene al llegar al borde, se quita los pantalones y los calzoncillos, y empieza a sacarse los calcetines mientras yo me quito la camiseta y el sujetador. A pesar de que la habitación está caldeada, me estremezco cuando me cubre los pechos con las manos. Tengo los pezones tensos y erguidos, y estoy deseando que me los chupe... y que me chupe la entrepierna. Algo me dice que Edward no es de los que le hacen ascos a ese tipo de cosas, y la mera idea me excita tanto, que se me contraen los muslos.
Estamos desnudos en cuestión de segundos, y él esboza una sonrisa.
—Vaya, apreciación petulante. Me gusta.
Me llevo una mano a la cadera mientras echo los pechos hacia fuera, en una parodia de una pose seductora.
—¿Qué quieres decir? —me pregunta, con una carcajada.
—Me refiero a tu sonrisa, es de apreciación petulante. Tienes muchas diferentes... he visto la artificial, la de humor sincero, la de melancolía reacia, y ahora la de apreciación petulante.
Me rosa los pezones con los pulgares mientras reflexiona sobre mis palabras. Creo que le molesta un poco lo que le he dicho, pero no lo niega. De repente, se aparta un poco para mirarme de la cabeza a los pies, y esta vez su expresión carece de petulancia por completo.
—¿Qué te ha parecido ésta?
Nos echamos a reír, y al cabo de unos segundos le contesto:
—No está mal.
—Tú sí que no estás nada mal —desliza las manos por mi cuerpo, las sube y las baja hasta agarrarme el trasero.
—No hace falta que te sorprendas tanto —le digo, mientras le pellizco ligeramente el pezón—. Puede que no sea como las chicas a las que estás acostumbrado, pero...
Él me interrumpe al apretarme contra su cuerpo, piel contra piel.
—¿Yo soy como los chicos a los que estás acostumbrada tú?
Al sentir una cercanía tan íntima, la presión de su erección contra el vientre, le digo con voz ronca:
—No, la verdad es que no.
—¿Soy demasiado pulcro?, ¿no llevo bastante tinta encima? —me dice, mientras traza con un dedo el tatuaje de una Estrella de David rodeada de un nudo celta que tengo en el vientre.
—Exacto.
No es exactamente cierto, pero no pienso ponerme a hablar de las verdaderas razones por las que Edward no es mi tipo mientras me lame el cuello. Lo que los dos queremos es practicar sexo sin enredarnos emocionalmente, lo demás no importa.
Me tumba con cuidado en la cama, y se cierne sobre mí a cuatro patas mientras su boca va descendiendo y... ¡Dios, me está chupando el pezón que tiene el piercing!
—Qué curioso, yo pensaba que era capaz de gustarle a cualquier mujer — murmura, sin dejar de chuparme y succionarme los pezones, mientras yo jadeo de placer.
—¿Ése es tu problema? —le pregunto, cuando les da un pequeño respiro a mis pechos y se concentra en mi cuello—. ¿Les gustas a todas?
Su cuerpo me cubre, pero tiene cuidado de no aplastarme. Su boca deja de explorarme el cuello, y la mano que estaba acariciándome la cadera se detiene.
—Sí —admite.
No puedo verle los ojos porque tiene el rostro enterrado contra mi cuello, pero no me hace falta. Su respuesta parece muy sincera, probablemente porque no ha tenido que mirarme a la cara al dármela. Le acaricio el pelo, que está muy suave a pesar de que lo lleva bastante corto.
—Pobre Edward. Todas te desean, pero ninguna te conoce.
Levanta la cabeza y se queda mirándome en silencio. Tiene la boca entreabierta, y un poco húmeda con la saliva con la que ha estado pintándome la piel. Parpadea varias veces. Tenemos los vientres pegados, y siento el contacto de su miembro contra el vientre.
Le pongo las manos en las mejillas, y lo sujeto para mirarlo directamente a los ojos.
—¿Por qué no te conoce ninguna de ellas?
Él sacude la cabeza y se aparta un poco, pero no lo suficiente para sacar el rostro de entre mis manos. Espero hasta que vuelve a mirarme, y entonces le digo algo que a mí me parece obvio, pero que a él parece sorprenderle.
—Cielo, es lo que todo el mundo busca, alguien que lo conozca.
Se tensa como si quisiera salir corriendo, y le suelto la cara creyendo que va a levantarse; sin embargo, al cabo de un momento vuelve a tumbarse encima de mí y posa la boca contra el pulso de mi cuello. Permanecemos así durante unos segundos, hasta que me doy cuenta de que nuestra respiración se ha sincronizado. Mientras le acaricio la espalda, siento que se le pone la piel de gallina.
Me rodea con los brazos lo mejor que puede, teniendo en cuenta nuestra posición. Le rodeo la cintura con las piernas, y cruzo los tobillos para abrazarlo todo lo posible.
Él permanece mudo, pero su miembro sigue duro y siento el latido de su corazón contra el pecho.
—¿Con cuántas mujeres has estado? —le susurro al oído.
—Con un montón. Con demasiadas. No con el número suficiente.
Lo siento por él, porque lo entiendo. Aunque no tengo pareja, nunca me siento sola. Quiero que alguien llegue a conocerme algún día, pero aún no estoy desesperada porque me encuentre. Edward parece pensar que ese alguien nunca llegará a su lado.
—¿Cuándo fue la última vez que alguien te cuidó?
Él se limita a sacudir la cabeza contra mí sin decir palabra. Sus dedos se abren como un abanico contra mi piel, y nos aferramos con más fuerza el uno al otro.
—Gírate —le susurro.
Cuando se tumba de espaldas en la cama, apago la lámpara para hacérselo más fácil y espero un momento a que mis ojos se acostumbren a la oscuridad. La tenue luz que entra por la ventana me permite ver la forma de su silueta, y las estrellas fluorescentes empiezan a brillar en el techo.
Coloco las rodillas a ambos lados de sus caderas, y las manos junto a sus orejas. Siento el calor de su cuerpo aunque no estoy tocándolo, y dejo que mi pelo lo acaricie.
Cuando suelta un suspiro y se arquea ligeramente, bajo la boca hasta la línea de su mandíbula para orientarme un poco. Su piel tiene un sabor delicioso, y los pelitos diminutos de su barba incipiente me rozan los labios. Lo mordisqueo suavemente, y sigo con la punta de la lengua el recorrido que han trazado mis dientes.
Él está acariciándome las caderas, el trasero y los muslos, y no me importa que aún no me haya tocado la entrepierna porque tenemos tiempo de sobra.
Bajo por el cuello, y al llegar a la clavícula, chupo y succiono hasta que suelta un grito de placer. Lo calmo con pequeños besos, y al sentir que su pene palpita con más fuerza contra mi vientre, tomo nota mental de qué es lo que más le gusta.
Mi pelo le recorre el rostro y los brazos cuando desciendo hacia su pecho, y disfruto al acariciarle con la nariz el vello que lo cubre. Cuando tomo uno de sus pezones entre los dientes, su cuerpo entero se sacude.
—Perdona —le digo, con una carcajada.
—Dios, Bree...
—¿Quieres que vaya con más cuidado?
No hace falta que me conteste, porque su erección ha ido endureciéndose más y más con cada uno de mis mordiscos, su respiración se ha acelerado, y sus caderas se levantan cada vez que lo rozo con los dientes. Vuelvo a hacerlo, y su respuesta se pierde en un suspiro.
Creo que Edward se ha acostado con un montón de mujeres, y hasta puede que haya hecho el amor con unas cuantas, pero por su reacción, está claro que muy pocas lo han acariciado como estoy haciéndolo yo. Es una lástima, porque tiene un cuerpo fantástico, musculoso y armonioso, que pide a gritos que le hagan el amor. Está claro que algunas mujeres no saben qué hacer cuando tienen a un tipo impresionante entre las manos.
No me importa la oscuridad, aunque me hace ser un poco torpe y en la primera intentona estoy a punto de acabar con su verga en el ojo en vez de en la boca. Me disculpo besándole la punta, cuando tengo claro dónde está cada cosa.
Al sentir que se bambolea contra mi boca, la agarro por la base y deslizo la mano hacia arriba con mucha suavidad. Salpico de pequeños besos la parte más sensible, la acaricio un par de veces más mientras dejo que la bañe mi aliento, y cuando Edward me pone una mano en la parte posterior de la cabeza y alza las caderas, abro la boca y dejo que me penetre un poco.
Los dos soltamos un gemido, aunque el mío queda ahogado. La mantengo agarrada justo debajo del glande, y me concentro en succionar suavemente hasta que él deja de mover las caderas. Admirada por su control, abro más la boca y relajo la garganta para metérmela hasta el fondo.
Hacer una felación es un arte que, igual que tocar el piano o pintar, requiere práctica, entusiasmo y habilidad. Me gusta cuando un hombre sabe apreciar mi técnica y me deja que haga lo que quiera sin intentar controlarme.
Sigo haciéndole el amor así hasta que empieza a dolerme la mandíbula. Edward no para de gemir, y estoy tan húmeda, que lo noto sin tener que tocarme. Me hormiguea el clítoris, así que empiezo a apretar y a relajar los muslos de forma rítmica, consciente de que puedo llegar al orgasmo si lo hago bien.
Lo acaricio con la mano mientras bajo un poco para chuparle los testículos. Le presiono con la lengua y con los dedos en ese punto especial que hay en la base, hasta que sus muslos se tensan y sus gemidos cobran más fuerza.
Me incorporo ligeramente, y después de succionarle un poco más el glande, voy subiendo y besándole el pecho y los hombros hasta que nuestros sexos quedan alineados. Me estremezco al sentir la caricia de su erección, y me froto contra él varias veces antes de sacar un condón del cajón de la mesilla de noche y ponérselo.
Edward se ha quedado callado, y al apoyar una mano en su bíceps para sujetarme, me doy cuenta de que le tiemblan los músculos. Poco a poco, lentamente, voy descendiendo sobre su erección, ondulando las caderas y retorciéndome para conseguir un ajuste perfecto. Hace tanto que no tengo un hombre en mi interior, que quiero saborear cada segundo; además, aunque estoy húmeda y el condón está lubricado Edward es bastante grande y me cuesta acomodarlo. Cuando siento que alcanza el cuello uterino, respiro hondo, pero entonces me doy cuenta de que ya está, está metido hasta el fondo.
Me aferró a sus caderas con los muslos, y cuando le pellizco ligeramente los pezones, su cuerpo se arquea. Cuando se queda quieto, me inclino hacia delante y cambio el ángulo para que pueda penetrarme un milímetro más, y entonces empiezo a moverme lentamente porque creo que es lo que necesita.
Nos arqueamos al unísono, como un barco meciéndose en las aguas de un lago. Nos movemos en un oleaje pausado que avanza y retrocede, y de vez en cuando viene una ola más grande que nos recuerda lo profunda que está el agua, y que no sabemos nadar.
Seguimos haciéndolo así durante bastante tiempo. Edward me deja que controle la situación, y cada vez que intenta acelerar el ritmo, me detengo en seco. Le muerdo el cuello, el hombro, un pezón, y después lamo la marca de mis dientes. Froto el clítoris contra su vientre con cada embestida, hasta que el placer estalla en mi interior.
Mi orgasmo parece inacabable, fantástico, y Edward espera a que termine antes de empezar de nuevo con embestidas más fuertes hasta que se derrama también.
Cuando me desplomo hacia delante, me rodea con los brazos mientras acurruco la cara contra la curva de su hombro. Mi pelo está por todas partes y me hace cosquillas, pero estoy demasiado saciada para intentar apartarlo.
El momento en que se queda flácido y empieza a salir de mi interior podría ser un poco incómodo, pero los dos nos comportamos con naturalidad. Saco de un cajón una toalla que siempre tengo allí para estos casos, y nos limpio a los dos y me deshago del condón con tanta facilidad como si estuviera desfragmentando un disco duro. Me tumbo a su lado con una pierna sobre la suya, y nos tapo con la sábana porque empieza a hacer un poco de frío.
Los dos permanecemos en silencio, y Edward no parece estar a punto de marcharse. Como no quiero que piense que tiene que hacerlo, pero tampoco que se sienta obligado a quedarse, espero durante un par de minutos más hasta que finalmente le beso el hombro y me incorporo sobre un codo para mirarlo.
Sólo alcanzo a distinguir la silueta de su cara cuando se vuelve hacia mí... las mejillas, la nariz, la barbilla, los ojos... no sé si está sonriendo o frunciendo el ceño, pero tengo la impresión de que sólo se limita a mirarme sin expresión alguna.
—¿Qué pasa?
—¿Por qué no tienes novio?
—Ésa es la pregunta del millón —le acaricio la barbilla con la punta de un dedo, y al fin admito—: Supongo que en este momento no quiero tenerlo, no es algo que busque. A ver, me imagino que no lo echaría a patadas si la vida me lo pusiera en bandeja, pero no es algo que me preocupe.
—Entonces, no te pareces a la mayoría de las mujeres a las que conozco.
—Cielo, si me dieran una moneda de cinco centavos cada vez que me dicen eso, a estas alturas ya podría dejar de trabajar.
Nos reímos con suavidad, y me acurruco contra su cuerpo. Bajo la mano por su pecho una y otra vez, lo acaricio porque creo que es lo que necesita. Si fuera un gato, seguro que estaría ronroneando, porque está muy relajado y su voz suena somnolienta.
—Me refiero a que casi todas las mujeres a las que conozco quieren tener novio, aunque digan lo contrario.
—Pues claro. La mayoría de la gente quiere tener a alguien a su lado, a nadie le gusta estar solo.
—Sólo ven un traje, un coche y un trabajo.
Me pregunto si se arrepentirá de haberme dicho todo esto cuando sea de día, si me lo habría dicho mientras cenábamos, pero lo que importa es que lo ha hecho y agradezco su sinceridad.
—Y tú ves pechos, trasero y pelo.
Siento que su cuerpo se tensa, pero vuelve a relajarse casi de inmediato.
—Sí, supongo que sí.
—Podrías conocer a una buena chica... en la iglesia... —le digo, sonriente.
Edward suelta una carcajada.
—No voy a la iglesia.
—¿Por qué?, ¿es que eres judío? ¡Edward! —me alzo sobre un codo de nuevo, y le digo con teatralidad—: ¡Si eres un buen chico judío, mis sueños se han hecho realidad! ¡Cásate conmigo y deja que sea la madre de tus hijos!
Él se echa a reír, y empieza a acariciarme el pelo.
—No, no soy judío.
—Vaya, qué pena, pensaba que se habían solucionado todos tus problemas.
Es demasiado considerado para decirme que jamás se casaría con alguien como yo, pero lo mismo puede decirse de mí; en todo caso, me gusta que tengamos un sentido del humor parecido. Al ver que bosteza, le echo un vistazo al reloj y me doy cuenta de que ya es bastante tarde. No tengo que levantarme temprano, pero lo más seguro es que él sí.
—Quédate esta noche para poder descansar, y por la mañana me aseguraré de que te despiertes con tiempo de sobra para que vayas a tu casa y te arregles para ir a trabajar. Hasta te prepararé el desayuno.
—¿En serio? —cuando se vuelve a mirarme, la tenue luz de la luna que entra por la ventana se refleja en sus ojos.
—Claro. Venga, gírate.
Tras un segundo de vacilación, se pone de lado de espaldas a mí, y me aprieto contra su cuerpo de modo que mi vientre encaja contra la curva de su trasero. Lo rodeo con el brazo, y le agarro la mano; al principio, su cuerpo entero parece vibrar de tensión, pero al cabo de unos minutos, siento que sus músculos van relajándose uno a uno hasta que su respiración profunda me indica que se ha dormido.
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Odié a Bree y tuve ganas de arrancarle sus pelos azules uno a uno, pero disimulé mi reacción fingiendo un gran interés en mi bocadillo.
—¿Te preparó el desayuno? —tomé un bocado de aserrín, y me lo tragué con bilis.
—No, me desperté antes que ella y me fui —Edward aún no había empezado a comer. Se reclinó contra el respaldo del banco, y estiró las piernas.
Intenté ocultar la satisfacción que sentí al oír su respuesta, y le pregunté con calma:
—¿Vas a volver a verla?
—La veo casi cada semana.
Me hubiera gustado poder fingir que aquellas palabras no hicieron que se me retorcieran las entrañas.
—Ah. Entonces, las cosas os van bien, ¿verdad?
—La veo cuando viene a trabajar al despacho, Bella. Nada más. No he vuelto a salir con ella.
—¿Por qué no? —dejé a un lado el bocadillo y me concentré en mi refresco, pero sorbí con tanta fuerza, que la pajita golpeó contra el hielo.
—Porque no es mi tipo. Además, no le interesa tener novio.
Eso ya me lo había dicho al contarme la historia, pero él nunca pasaba la noche con ninguna de sus conquistas, y no podía dejar de imaginármela abrazándolo.
—Me cae bien —dijo, tras un breve silencio.
—Eso no tiene nada de malo, parece una chica bastante agradable —comenté con un tono ligeramente cortante.
Por el rabillo del ojo, vi que me miraba con atención.
—¿Qué es lo que ves cuando me miras, Bella? ¿Soy sólo un traje, un coche y un trabajo para ti?
El segundero de mi reloj dio dos vueltas enteras antes de que le contestara.
—No.
—Isabella, mírame.
Yo obedecí sin decir palabra.
—¿Qué es lo que ves?
Sacudí la cabeza, aparté la mirada y le dije:
—Será mejor que me vaya, tengo una cita dentro de media hora.
Edward tiene una risa muy agradable, es un sonido profundo y franco, fluido como el océano; sin embargo, el ruido que hizo en aquel momento aspiraba a ser una carcajada sin conseguirlo.
—Hasta el mes que viene.
Me limité a asentir sin mirarlo. Él no se levantó del banco, pero sentí su mirada como una carga tangible.
Siempre era yo la que lo veía marcharse, pero aquel día fui la primera en levantarse y volver la espalda. Lo dejé sentado en el banco, y no me volví a mirarlo a pesar de lo mucho que deseaba hacerlo.
Y bueno, tenemos a una chica más en la lista de Edward, pero tienen mucha razón, Edward ya no muestra esa satisfacción cuando narra sus encuentros y aunque por el momento parece quedar saciado sexualmente, se ve que se siente sólo. Y Bella también lo sabe pero ella tiene un compromiso con Jasper… relación que a mi parecer, prevalece más el cariño y los recuerdos de lo que fueron porque las circunstancias los han cambiado.
Veremos que más les pasa a estos enamorados disfuncionales como los he llamado porque no hay duda que existe el amor, sólo falta saber quien los hace sentirlo.
L'S P
