NI la trama NI los personajes me pertenecen, sólo los tomé prestados para hacer esta adaptación.

La mayoría de los personajes son de Stephenie Meyer y la trama… se los diré en el último capítulo.

ADVERTENCIA: El contenido de esta historia es para personas mayores de 18 (lenguaje adulto, sexo explicito), si eres susceptible a este tipo de historias, abstente de continuar…

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LA CITA DE CADA MES

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Capítulo 12

Agosto

Este mes, me llamo Jane otra vez. Edward y yo hemos salido dos o tres veces por semana, hemos ido al cine, a cenar e incluso a un concierto, y hoy me ha propuesto ir a la Feria Renacentista de Pensilvania. He aceptado porque a veces hay que amoldarse a lo que quiere la otra persona, a pesar de que no sea algo que te apetezca.

En la puerta principal, nos da la bienvenida un hombre que lleva falda escocesa y una enorme espada a la espalda, y que después de preguntarme mi nombre, me llama «lady Jane» y me besa la mano. Miro a Edward de reojo para ver cómo reacciona ante un flirteo tan descarado, pero está sonriente y no parece importarle que otro hombre acabe de chuparme la mano.

De repente, una mujer vestida con una blusa escotada y con un corsé que empuja hacia arriba sus voluminosos pechos le mete una flor en el bolsillo de la camisa, y empieza a flirtear con él y a ofrecerle sus servicios. Una pelirroja con un cesto de colada se le acerca también y se presenta como «la moza más limpia de la comarca», y una morena se une a las otras dos y empiezan a bromear y a insinuarse. Edward se echa a reír y no intenta apartarse, y aunque supongo que es comprensible que se comporte así con tres descaradas pechugonas, me molesta que les preste más atención que a mí.

De repente, se anuncia la llegada de la reina Elizabeth con un toque de trompetas, y todo el mundo parece entrar en un paroxismo extasiado. Las tres mujeres se alejan, y se postran ante el séquito de Su Majestad.

Edward lo observa todo con una sonrisa. Está cruzado de brazos y entorna un poco los ojos para protegerlos de la luz, porque a diferencia de mí, no lleva gafas de sol. Como no tenga cuidado, van a salirle patas de gallo, pero supongo que en un hombre no tienen tanta importancia.

La reina está echándoles caramelos a los niños que se agolpan para verla, y los actores la siguen entre aclamaciones. Me alegro al ver que las «mozas» que se nos han acercado antes circulan entre el gentío a cierta distancia, porque no quiero que vuelvan a molestarnos.

Como Edward no está prestándome atención, le tiro ligeramente del brazo hasta que lo descruce, y entonces le tomo de la mano y entrelazo mis dedos con los suyos. Parece dudar por un instante, y no puedo evitar una sonrisa triunfal al ver que no intenta apartar la mano.

Es nuestra décima cita, y estoy decidida a que tengamos muchas más; de hecho, antes de que acabe el día voy a convencerlo de que lo mejor es que seamos una pareja estable.

—¿Quieres entrar para comer algo? —me dice, mientras señala hacia la puerta por donde está pasando casi todo el mundo.

Asiento sin dudarlo, porque sé que tengo que ceder un poco para que después me dé lo que quiero... y lo quiero a él. Aunque aprecio el hecho de que se haya comportado como un caballero hasta ahora, ha llegado el momento de dar un paso más. Todos los hombres quieren sexo, y aunque él no me ha presionado, ha llegado el momento de dárselo.

Cuando cruzamos la puerta, nos encontramos con las tiendas, las calles y las casetas que emulan el ambiente de una aldea renacentista. Muchos de los visitantes se han disfrazado, así que cuesta distinguirlos a primera vista de los actores; algunos de ellos llevan trajes muy elaborados, pero otros parecen salidos de una casa de empeños. Yo he optado por unos vaqueros y una camiseta blanca, menos mal que a Edward no se le ha ocurrido disfrazarse.

—¿Qué te apetece comer? —me dice, sin soltarme la mano.

La calle principal está llena de vendedores que anuncian a voz en grito pinchos de carne y otras comidas similares, pero no hay nada bajo en calorías.

—No tengo hambre —contesto, incapaz de disimular una pequeña mueca de disgusto.

—Vale.

Edward está mirándolo todo como un niño en el circo; a pesar de que nuestras palmas unidas están sudorosas porque hace bastante calor, no le suelto la mano.

Al llegar junto a un puesto donde venden unas patas de pavo ahumado que me dan náuseas, Edward se compra una; finalmente, consiento en comerme un sándwich de pollo, pero me niego a oler siquiera un plato de una cosa llamada haggis que ha insistido en probar.

Su nariz y sus mejillas están empezando a salpicarse de pecas bajo la luz del sol.

—Tendrías que ponerte crema protectora, o un sombrero.

Después de pasarse una mano por la cara, fija la mirada en uno de los puestos y me lleva hacia allí. Es un sitio donde venden sombreros enormes adornados con plumas, encaje y lazos, y unos capuchones cónicos de princesa con largos pañuelos cayendo desde la punta. Edward agarra una monstruosidad amorfa de color verde que tiene una larga pluma de avestruz, y se la pone en la cabeza.

—¿Cómo estoy?

—No pega con tu atuendo.

Edward suelta una carcajada, se prueba otro, y se mira con satisfacción en el espejo que hay en una de las paredes del puesto; de repente, tira de mí y me coloca uno de los sombreros de princesa antes de que pueda detenerlo.

—¿Qué te parece? —dice, mientras adopta una pose teatral y mira nuestro reflejo en el espejo.

—Estoy ridícula.

Intento quitarme el sombrero, pero él me detiene y me acerca un poco más.

—Estás preciosa.

Al ver que se queda mirándome con una sonrisa, creo que va a besarme, pero no me inclino hacia él porque la goma elástica que sujeta mi sombrero se me hinca bajo la barbilla, y la pluma del suyo está flotando peligrosamente cerca de mis ojos.

Él se vuelve de nuevo hacia el espejo, y al cabo de unos segundos se quita el sombrero y vuelve a colgarlo donde estaba.

—No me convence.

Me quito el sombrero de princesa con alivio. Qué asco, espero que no se lo haya probado antes una niña infestada de piojos. Cuando Edward vuelve a colgarlo, me miro en el espejo para arreglarme el pelo, y al volverme de nuevo me doy cuenta de que él está observándome con atención.

—¿Qué pasa?

—Nada.

Esta vez, dejo que me rodee con los brazos y que me bese. Es una caricia breve que no cruza los límites de la corrección, y me permito disfrutar de ella. Cuando nos apartamos, sus dedos permanecen en mi cintura.

Hoy me toca más que de costumbre. Me toma de la mano, me rodea los hombros o la cintura con el brazo, y hasta posa la mano en mi rodilla cuando nos sentamos a presenciar alguno de los diversos espectáculos.

La verdad es que no estoy pasándolo tan mal como esperaba, aunque empiezo a aburrirme y Edward no parece perder interés. Cuando le digo que quiero descansar un poco, nos sentamos con unas bebidas en un banco que hay justo enfrente de un enorme lavadero de cemento lleno de agua, pero al cabo de unos minutos, una de las mujeres de antes se acerca y empieza a lavar la ropa que lleva en el cesto. Las otras dos se unen a ella casi de inmediato, y empiezan a anunciar un espectáculo; como estamos allí, nos quedamos a mirar.

Se trata de una especie de narración interactiva y abreviada de la historia de Marco Antonio y Cleopatra, sazonada con un montón de chistes malos. Empiezo a reír un poco, pero entonces la pelirroja se acerca para sacar a alguien del público y elige a Edward. Me cruzo de brazos con enfado al ver que él se va con ella y me deja allí sola, a pesar de que sólo se trata de un espectáculo.

La pelirroja se sienta en el borde del lavadero, y tras rodear a Edward con los brazos y las piernas, le pide que se invente una frase original para ligar.

Él la mira, y le dice sin apenas pensárselo:

—¿Me darás un azote en el trasero si te digo que tienes un cuerpo precioso?

El comentario es penoso, pero la mujer choca la mano con él y el espectáculo continúa. Me parece que la que lo ha sacado a escena está disfrutando demasiado de su compañía, porque lo toca demasiado. No me hace ninguna gracia.

Decido que es hora de regresar a casa en cuanto acaba la representación, pero Edward se queda hablando con las tres mujeres. La pelirroja toma un sorbo de agua de su vaso y la impulsa hacia arriba con la boca como si fuera una fuente, mientras las otras dos ríen y bromean tanto con él como con el resto de espectadores que aún no se han ido.

Espero un minuto entero antes de acercarme a él, y le agarro la mano con un gesto posesivo que la pelirroja nota de inmediato. Al ver que se muestra más comedida, no tengo más remedio que admitir que quizás el flirteo sólo era parte del espectáculo, pero no quiero que a Edward se le olvide ni por un momento que ha venido conmigo.

Pasamos todo el día en la feria, y cenamos en una pintoresca posada antes de emprender el camino de vuelta. Edward me ha comprado una rosa de metal aromatizada. El sol le ha sonrojado la nariz y las mejillas, y ha profundizado el tono cobrizo de su pelo.

Sólo me suelta la mano cuando tiene que cambiar de marcha. Al llegar a casa, lo invito a entrar y lo llevo a la cocina para darle un vaso de té frío; cuando me coloca las manos en la cintura y me arrincona contra la encimera, permito que me dé el beso más intenso que hemos compartido hasta ahora.

Saboreo el azúcar y el limón del té en su boca. Su lengua está fría al principio, pero no tarda en entrar en calor. Besa bien. Cuando me coloca una mano en la nuca para echarme la cabeza hacia atrás, me aparto un poco para recuperar el aliento mientras su boca permanece a escasos milímetros de la mía, y su cuerpo se aprieta contra mí. Su aroma me recuerda al verano. Siento la fría presión de la hebilla de su cinturón contra mi piel desnuda, porque la camiseta se me ha subido un poco.

Está esperando algo... quizás quiere que le dé permiso, así que se lo doy abriendo la boca bajo la suya en un beso más profundo. Él desliza una mano desde mi cintura hasta mi trasero, y me aprieta aún más contra su cuerpo. Al subir una mano hasta su bíceps, siento la tensión de su musculatura, y se me acelera un poco el corazón al darme cuenta de lo fuerte que es a pesar de su engañosa delgadez.

Me mordisquea los labios antes de descender hacia mi mandíbula, y me empuja suavemente con la boca para que eche la cabeza hacia atrás. Me estremezco cuando siento que sus dientes me recorren el cuello, y se me tensan los pezones mientras me aferró con más fuerza a su brazo.

Me pregunto hasta dónde piensa que puede llegar. Está besándome sin prisa, me mordisquea y me acaricia con los labios, y de repente me siento como si fuera el plato entrante de un menú en vez de una mujer.

Lo aparto ligeramente, y le digo:

—Edward, para un momento.

Por un segundo, creo que no va a hacerme caso, que va a seguir besándome y que incluso puede que intente sobarme, porque en sus ojos relampaguea una mirada que me dice que es un hombre acostumbrado a conseguir lo que quiere, y que está cansado de esperar.

Sin embargo, retrocede ligeramente sin decir una palabra, aunque nuestros cuerpos siguen tocándose. Cuando baja la mano de mi nuca a mi hombro, coloco las mías en los suyos y le digo:

—Me gustas Edward.

—Y tú a mí.

Nunca me ha dado miedo pedir lo que quiero, así que cuando le recorro la clavícula con un dedo, estoy casi segura del curso que va a seguir esta conversación.

—Entonces, creo que deberíamos hablar de lo que hay entre nosotros.

Al verlo asentir, me convenzo aún más de que se esperaba algo así; al fin y al cabo, cuando se sale diez veces con alguien es porque se tienen ciertas expectativas. Él baja las manos hasta mi cintura, y las deja allí con un gesto relajado.

—De acuerdo —me dice.

Entonces empiezo a pormenorizar lo que quiero y espero de él. Todo esto ha sido una negociación desde el principio, y ambos queremos saber lo que vamos a obtener de la fusión. Como soy una persona rigurosa, tengo más exigencias que él, pero sería inútil continuar con esto si las dos partes no tenemos una meta común.

Cuando sellamos esta ronda de negociaciones con otro beso, me siento generosa.

—Vamos arriba —le digo, al tomarlo de la mano, antes de llevarlo a mi dormitorio.

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Esperé en silencio, pero la historia ya se había acabado. Al ver que Edward le daba un mordisco a su bocadillo y tomaba un trago de refresco, desenvolví mi barrita de cereales y comimos en silencio.

La sombra del árbol que teníamos a la espalda le oscurecía ligeramente el rostro, pero podía verle las pecas que le salpicaban la nariz y las mejillas. Llevaba un traje ligero, se había quitado la chaqueta y aflojado la corbata, y la camisa remangada dejaba al descubierto sus antebrazos cubiertos de vello cobrizo.

—Parece muy... —no supe qué decir, porque «profesional» no parecía adecuado. «Frío» y «contractual» no sonaban mucho mejor.

—¿Sorprendente? —me dijo él, con una sonrisa.

—Sí, eso también.

—Jane es una mujer que sabe lo que quiere, y no le da miedo pedirlo en detalle.

Aquello era algo que me había quedado claro mientras me contaba la historia. Intenté encontrar las palabras adecuadas, consciente de que mis sentimientos encontrados influían en mi opinión.

—¿Y qué me dices de ti?

Me gustaban muchas de las facetas de su personalidad, pero una de las cosas que más me gustaban de él era que se conocía muy bien a sí mismo y nunca se escondía de la verdad. En ese momento, no intentó fingir que no había entendido mi pregunta.

—Somos dos piezas conjuntadas, un par de caballos elegantes y bien entrenados que quedarán bien tirando del mismo carruaje.

—¿Y eso es lo que quieres?

Dios, cómo deseaba que me dijera que no, que admitiera que Jane no le satisfacía, que lo que habían hecho en su dormitorio no lo había saciado.

—No siempre puede tenerse lo que se quiere —me dijo.

—¿Crees que ella es lo que necesitas? —al oír el matiz de desesperación en mi voz, cerré la boca de golpe.

Edward dobló su servilleta por la mitad, y volvió a repetir el proceso varias veces hasta tener un pequeño cuadrado que estrujó en la mano. Cuando volvió a abrirla, fui incapaz de apartar la mirada del papel, que fue abriéndose poco a poco como una flor.

—Creo que sí, Bella.

No. No, no, no... quería decirle que no era así, pero permanecí en silencio y tomé un trago de agua para intentar aclararme la voz.

Todo acaba tarde o temprano, tanto lo bueno como lo malo.

—Crees que soy incapaz de hacerlo, ¿verdad? —me preguntó, sin inflexión alguna en la voz.

—Eso no es asunto mío.

Edward soltó una carcajada.

—Pues yo diría que sí, Bella. Conoces mejor que nadie mi vida sexual, mi vida en general.

—Si lo que quieres es que te juzgue...

—Lo que quiero es que me digas si crees que soy capaz de hacerlo.

—¡Eso no es asunto mío, Edward!

Estábamos mirándonos cara a cara, y a pesar de que ni siquiera nos rozábamos, el espacio que nos separaba parecía insuficiente. Edward esperó con paciencia mientras yo me devanaba los sesos intentando encontrar una respuesta adecuada.

Habíamos llegado tan lejos, que no contestarle había dejado de ser una opción. La cuestión era cuánta sinceridad iba a tener mi respuesta.

—No, no creo que seas capaz —admití al fin.

Él se limitó a asentir, como si se lo hubiera esperado. Se inclinó hacia delante, apoyó los codos en las rodillas y se quedó contemplando sus manos entrelazadas antes de mirarme de nuevo.

—Creo que te equivocas —me dijo con calma, antes de levantarse.

Mientras se ajustaba la corbata y se ponía la chaqueta, lo contemplé con una autocomplacencia codiciosa, convencida de que era la última vez que lo veía.

—Espero que tengas razón, Edward.

Él me contempló durante un momento interminable con una expresión tan intensa, que su mirada pareció quemarme.

—Lo sabremos el mes que viene, ¿no? —me dijo finalmente, antes de alejarse.

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—Cuéntame una historia.

Jasper estaba tumbado en la cama, con la cabeza apoyada en un brazo. Tuve ganas de lamerle la piel que quedaba expuesta entre el dobladillo de su camisa y el cinturón, pero me contenté con recorrerla con un dedo. Al sentir la caricia, se volvió hasta quedar de espaldas a la cama, y la camisa se subió un poco más.

—¿Otra? Bella, ya te las he contado todas.

—Eso es imposible —le dije, mientras extendía los dedos sobre su vientre y empezaba a acariciarlo con pequeños círculos.

Él soltó un suspiro de fastidio claramente falso, porque le gustaba contarme historias tanto como a mí oírlas. Después de acariciarle el estómago, le quité la camisa para desnudarlo de cintura para arriba.

—Vale. Érase una vez tres osos...

—¡No, ésa no! —protesté de inmediato, riendo, mientras empezaba a desabrocharle el cinturón.

—¿Por qué no?, ¿es que los osos no te parecen sexys?

Después de quitarle el cinturón, le bajé la cremallera y metí la mano dentro de sus pantalones; le acaricié el miembro pulsante con la palma durante unos segundos, antes de desnudarlo por completo.

—No me va el sexo con animales, Jasper.

—Estás dando por hecho que la protagonista va a practicar el sexo con los tres osos.

—¿Y no es así?

—Vas a tener que esperar a que te lo cuente, ¿no?

Sin embargo, no llegué a enterarme de cómo acababa la historia, porque me incliné para cubrirlo con mi boca y nos distrajimos.

La memoria es un mecanismo curioso. Hay cosas que se olvidan con facilidad, pero aquel día me había quedado grabado en la mente. Había sido la última vez que habíamos hecho el amor antes de su accidente, y habría prestado más atención si hubiera sabido que era la última vez que me abrazaba.

Pero no lo había hecho, porque había creído como una tonta que nada podía cambiar, que éramos intocables.

En los días posteriores a la historia de Edward, pensé muy a menudo en aquellos momentos especiales que había vivido con mi marido. Jasper siempre me había contado historias, entrelazaba para mí cuentos clásicos con poesía erótica y leyendas urbanas. Unas veces yo le provocaba con las manos y la boca mientras él me describía torres de cristal, y otras veces él trazaba las palabras con la lengua sobre mi clítoris hasta que llegaba al orgasmo justo cuando el príncipe azul acudía al rescate de su amada; a veces, él era el rey y yo la reina de las hadas, o él la bestia y yo la bella que lo transformaba... me hacía el amor con la voz tan profundamente como con la verga, con una pasión sin límites.

Pero ya no hacíamos el amor, y apenas me hablaba. Había dejado de contarme historias, y Edward iba a hacer lo mismo.

No tenía derecho a exigirle nada a Edward, ni a pensar que lo que hacíamos iba a durar de forma indefinida. Todo tenía un final, y hacía mucho tiempo que nuestros encuentros tendrían que haber acabado; de hecho, ni siquiera tendrían que haber empezado, pero habían ido sucediéndose sin más y no sabía cómo iba a sobrevivir sin ellos.

No quería ver a Jasper al llegar a casa, pero no me quedaba otra opción. Tenía que ir a su cuarto para comprobar que estaba bien, para darle la atención que él no parecía querer y que se negaba a agradecer.

Nuestra pelea había dejado una tensión palpable en el ambiente. En el pasado, habríamos arreglado las cosas en la cama, pero en aquellas circunstancias lo único que podíamos hacer era esperar a que la situación se normalizara.

Emmett se había dado cuenta de que pasaba algo, y a diferencia de mí, era capaz de hacer reír a mi marido para intentar aliviar la tensión. La señora Cope había optado por hacer un montón de pasteles y de galletas, pero como ni Jasper ni yo teníamos demasiado apetito, me limitaba a tirarlos a la papelera y a cubrirlos con papel de periódico para que ella no se diera cuenta.

Al llegar a su dormitorio, me detuve por un momento. Esbocé una sonrisa forzada, y abrí la puerta.

—Cielo, ven aquí —me dijo él, con el tono contrito que solía usar después de una pelea.

—Hola —le dije, mientras me sentaba en el borde de la cama.

—Perdóname, cariño. Me porté como un capullo.

—Sí, es verdad —admití, con una sonrisa un poco más sincera.

—Lo siento.

Al acariciarle la cabeza, sentí el roce de su pelo casi rapado.

—Yo también siento que te portaras como un capullo.

—¡Eh!

Nos echamos a reír, y le besé la mejilla. Su olor había dejado de ser el del Jasper de antaño.

—Es que a veces me enfado, y...

Permanecí en silencio para ver si seguía hablando, con la esperanza de que por una vez dejara de fingir que no le pasaba nada para poder hacerlo yo también, con la esperanza de que pudiéramos liberarnos por fin de los papeles que llevaban tanto tiempo aprisionándonos.

Finalmente, al ver que no continuaba, le acaricié la mejilla y le dije:

—Es normal que te enfades.

Su mandíbula se tensó bajo mis dedos, y apartó la mirada. En el pasado, nunca había mostrado una actitud tan estoica e inflexible.

—No quiero hablar de eso —me dijo.

—Pero yo sí...

Se volvió a mirarme de golpe, y exclamó:

—¡He dicho que no quiero hablar de eso!, ¡no me presiones!

Aparté la mano de su cara. Respiré hondo varias veces porque no podía soportar la idea de que volviéramos a pelearnos, pero los ojos se me inundaron de lágrimas.

—Ni se te ocurra. No empieces a lloriquear, Bella.

Era injusto que ni siquiera pudiera llorar. Era capaz de entender por qué no quería ver mis lágrimas, pero aun así, era injusto.

—¡Me gustaba más cuando te limitabas a tirar platos contra la pared! —le dije.

—Por si no lo has notado, ya no puedo tirar nada —su voz estaba cargada de aquel sarcasmo que me repelía.

—Antes no te guardabas nada dentro, te enfadabas sin reprimirte, o te entristecías, o te ponías loco de felicidad... Jasper, te dejabas llevar...

—¡Y tú no lo soportabas! —al oír el tono ronco de su grito, empecé a ponerle bien las sábanas de forma automática, pero su rostro se tensó aún más—. ¡Déjalo, ya lo hará Emmett!

—Sólo quiero asegurarme de que...

—Te he dicho que lo dejes.

Cuando obedecí, nos miramos con actitud beligerante, y esperé a que empezara a soltar las imprecaciones que iban a flagelarme hasta que me derrumbara hecha un mar de lágrimas; sin embargo, sentí una mezcla de alivio y desesperación al ver que se contenía. Me crucé de brazos, y me di cuenta de lo frías que tenía las manos.

—Me gustaba cómo eras antes, y lo echo de menos. Te echo de menos, Jasper.

Las palabras escaparon de mis labios antes de que pudiera contenerlas. Él volvió la cara hacia el otro lado, pero yo rodeé la cama para obligarlo a que me mirara.

—Creo que te iría bien hablar de esto conmigo, que a los dos nos iría bien. Necesito hacerlo, Jasper, necesito que hablemos de nosotros, de lo que pasa. Ya no me cuentas historias.

—¿Es que eres una niña pequeña?

Me negué a permitir que sus palabras me rompieran el corazón.

—Ya no hablas conmigo de lo que sientes.

—No quiero hablar. Aunque uno ponga basura entre dos rodajas de pan y diga que es un bocadillo, sigue siendo basura.

—¡Pues creo que tenemos que hablar de ello, aunque sea basura!

—¡Deja de intentar analizarme!

—¡No soy tu terapeuta, sino tu mujer!

—¡Pues sé mi maldita mujer y deja de intentar meterte en mi cabeza! No tengo nada que pueda compartir contigo, éste es mi problema, no el tuyo. Deja de intentar apropiarte de mi problema, estoy harto de que te comportes como si el mundo entero girara a tu alrededor.

No era lo peor que me había dicho, pero sí lo más cruel. Me dolió más que cuando me llamaba idiota o estúpida, y retrocedí como si me hubiera dado un bofetón.

Pensé que iba a ponerme a llorar al ver que me giraba la cara de nuevo con expresión pétrea, pero sentía como si mi propio rostro estuviera cincelado en mármol. Parpadeé con fuerza, pero tenía los ojos secos.

Al salir de la habitación, me topé con Emmett, que me puso una mano en el hombro. Cuando nuestras miradas se encontraron, me abracé a él antes de poder contenerme, apreté el rostro contra su pecho y empecé a llorar en silencio. Él me dio varias palmaditas tranquilizadoras en la espalda, mientras sus brazos musculosos me rodeaban como pilares fuertes y firmes.

Jasper lo llamó con un grito de impaciencia, y cuando el interfono sonó un segundo después, me obligué a apartarme de Emmett a pesar de lo mucho que seguía necesitando su abrazo, porque él no estaba allí para ocuparse de mí.

Al ver su mirada de preocupación, me obligué a esbozar una sonrisa y le dije:

—Ve a ver qué quiere, te necesita.

—Bella, es normal que...

—Ya lo sé —lo interrumpí, mientras me secaba los ojos—. Ya lo sé. Entra a ver qué quiere, yo estoy bien.

Emmett asintió, y me dio una palmadita en el hombro antes de entrar en la habitación. Creí que iba a llorar más, pero decidí imitar la actitud de mi marido y me obligué a adoptar una calma estoica.

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Septiembre

Aquel día era el primer viernes del mes, pero pasaban veinte minutos de la hora habitual. Aunque me había dicho a mí misma que no iría, había acabado saliendo de mi consulta, y me había arreglado el pelo y pintado los labios mientras bajaba en el ascensor. Me aferraba a la bolsa de papel marrón que contenía la comida como si fuera un tesoro, y mis zapatos taconeaban en el pavimento mientras me dirigía hacia aquel banco que consideraba algo muy nuestro. Aunque el tiempo aún permitía comer en el parque, el cielo estaba un poco nublado, así que me había puesto un jersey para protegerme de la brisa.

Se me aceleró el corazón al doblar la esquina y salir al rincón apartado donde estaba nuestro banco. Edward estaba allí. Llevaba un traje que me resultaba muy familiar, y la corbata que yo misma había elogiado. Cuando nuestros ojos se encontraron, me habría ido bien tener a alguien en quien apoyarme, porque resbalé ligeramente con un guijarro suelto y di un humillante tropezón.

Edward no estaba solo, y supe de inmediato quién era ella. El moño de pelo rubio y los pendientes de perlas no dejaban lugar a dudas, y tampoco la actitud fría con la que se giró hacia mí a tiempo de presenciar mi torpe llegada.

Edward no se levantó ni sonrió. Deslizó la mano por el respaldo del banco y la posó encima del hombro de su compañera, que a su vez se acercó un poco más a él mientras le lanzaba una mirada de disgusto al asiento, como si lo culpara por estar sucio.

—¿Estás bien?, hay que tener cuidado de dónde se pisa —me dijo él.

Su tono de voz impasible me dolió más que si se hubiera mostrado frío.

—Deberían limpiar por aquí más a menudo, podrías haberte torcido el tobillo—comentó Jane.

Dios, incluso su voz era contenida y perfecta.

—Lo siento —me oí decir, como desde una gran distancia—, no sabía que este banco estaba ocupado.

—Podríamos apartarnos un poco... —empezó a decir ella.

—No hace falta, ya encontraré otro —me apresuré a contestar.

—¿Estás segura? —me preguntó Edward, mientras acariciaba con un dedo el cuello de su acompañante—, hay sitio para una más.

Las dos nos volvimos hacia él. Nuestras expresiones eran idénticas, porque ambas sentíamos lo mismo.

—No, gracias. Adiós, que disfrutéis de la comida.

Malnacido. Malnacido, hijo de... mi mente se llenó de insultos mientras me alejaba. Oí que él murmuraba algo, y tuve ganas de vomitar cuando Jane respondió con una suave carcajada.

No permití que las lágrimas empezaran a brotar hasta que me metí en mi coche. Como en vez de aliviar la tensión la empeoraron, las detuve apretando las manos contra los ojos con fuerza. No tenía derecho a sentir aquel dolor abrumador, así que me negué a darme el lujo de hundirme en él.

No me reconocí en la imagen que se reflejó en el retrovisor, hasta que parpadeé un par de veces y me sequé la cara con un puñado de pañuelos que se me despedazaron en la mano. Empecé a recoger los pedacitos de papel, agradecida por la oportunidad de poder hacer algo con las manos mientras mi mente asimilaba lo que había sucedido, y finalmente logré serenarme.

Me pasé diez minutos pintándome los labios y poniéndome un poco de colorete, aunque no tenía rímel ni nada con lo que poder disimular la hinchazón de los ojos.

Mis sollozos me habían desgarrado la garganta como un manojo de espinas; de hecho, así era todo con Edward... nada de rosas, sólo espinas. Había aprendido aquella dolorosa lección a las malas.


Y bien? ¿Quién quiere golpear a Edward por imbécil? ¿A Jane por odiosa? ¿A Jasper por egoísta? Porque yo quiero golpear a todos… no puedo imaginarme el dolor que Bella debió sentir. Les dije que iba a haber razones para odiar a Edward y helo aquí, y la cosa se va a complicar un poco más…

Quiero agradecer por sus comentarios, sobre todo a lokaxtv y karenov17 porque están muy al pendiente de la historia y para agradecerles como se debe, les mandaré un adelanto del próximo capítulo.

L'S P