NI la trama NI los personajes me pertenecen, sólo los tomé prestados para hacer esta adaptación.

La mayoría de los personajes son de Stephenie Meyer y la trama… se los diré en el último capítulo.

ADVERTENCIA: El contenido de esta historia es para personas mayores de 18 (lenguaje adulto, sexo explicito), si eres susceptible a este tipo de historias, abstente de continuar…

.

.

LA CITA DE CADA MES

… …

Capítulo 14

Octubre

Este mes, me llamo Kitten. No es mi nombre de verdad, pero eso no importa en un sitio como este. Lo único que importa es que soy como una gatita mimosa que está deseando que la acaricien.

El hombre me pide que le llame Edward, y me da igual si ése es su verdadero nombre o no. Está limpio, no le falta ningún diente, y su billetera llena de dinero basta para que esté dispuesta a seguirle adonde él quiera, para que sea suya por esta noche.

Al parecer, le gusta mi diadema con orejitas de gata, porque las acaricia con un dedo antes de pasar la mano por mi larga melena negra. Vale, la verdad es que es una peluca, pero de las buenas; en todo caso, la mayoría de los tipos no se dan ni cuenta de que la llevo, porque apenas prestan atención a lo que tengo de hombros para arriba.

Éste es diferente en ese aspecto, porque está mirándome la cara como si quisiera memorizarla. Si no fuera porque su expresión parece sincera, me daría mala espina, pero es como si estuviera intentando analizarme o algo así.

—¿Qué pasa? —le pregunto, un poco incómoda.

—Eres muy guapa.

—Gracias —le digo, mientras deslizo un dedo por su pecho hasta la hebilla del cinturón.

—¿Tienes alguna amiga interesada en hablar de libros?

No aceptamos dinero a cambio de sexo, claro, porque eso sería ilegal. Los hombres me pagan para que les haga compañía, y lo que pase más allá de eso es un acuerdo entre dos adultos que dan su consentimiento. Y si resulta que los dos consentimos en desnudarnos y fornicar como conejos en un club donde un montón de parejas más están haciendo lo mismo... en fin, sólo puedo decir que no me pagan por tener relaciones sexuales, sino por mi compañía.

—Seguro que sí —le digo, con un guiño sugerente. Como llevo mis zapatos de tacón más alto, tenemos casi la misma altura—. ¿Quieres que te la presente?

Cuando asiente, lo agarro de la mano y lo conduzco a través del club. La música resuena a todo volumen desde la planta superior, y sus paredes negras hacen que a veces sienta que estoy en el espacio exterior. Barbie está sentada en uno de los sofás que hay a lo largo de la pared del fondo, charlando con Candy. A juzgar por sus gestos, deben de estar hablando del último episodio de la serie de intriga a la que están tan enganchadas. Cuando nos acercamos, levantan la mirada hacia nosotros.

—Os presento a Edward, le gustan los libros.

Me gusta trabajar con Barbie, porque tiene un cuerpo espectacular. Es rubia, tiene los ojos azules, parece una muñeca, y le gusta llevar ropa con un montón de volantes y de lazos. Hacemos una buena pareja, porque yo llevo la peluca y el traje de cuero negro y ajustado de gatita. Candy prefiere el aspecto de colegiala buscona.

—Hola, señoritas —les dice Edward.

—Hola, Edward —le contesta Barbie. Como lleva una falda muy corta, se le quedan los muslos al descubierto cuando se cruza de piernas.

—¿Qué tipo de libros te gustan, Edward? —las coletas de Candy se balancean cuando se yergue en el asiento. No me cabe duda de que se ha dado cuenta de que su cabeza ha quedado justo al nivel de la entrepierna del recién llegado.

Edward también debe de haberse dado cuenta, porque ladea un poco las caderas hacia ella. Es un gesto sutil, pero con el tiempo una acaba por aprender a leer el lenguaje corporal. Vale, está claro que le va el aspecto de colegiala buscona. Barbie y yo intercambiamos una mirada. Es mi mejor amiga, y podemos leernos la una a la otra como... como los libros de los que Edward quiere hablar.

—Deja que lo adivine... te gustan las novelas románticas, ¿verdad? —entrelazo los dedos con los suyos, y nuestras palmas cálidas y húmedas se encuentran.

Él se limita a sonreír.

—Las novelas verdes —dice Candy, mientras abre las piernas con descaro. Está claro que algunas no saben comportarse en este tipo de situaciones.

—No —dice Barbie, al ponerse de pie con expresión seria. Como es más alta que yo, queda cara a cara con él—. A Edward le gustan los... libros de misterio.

—Exacto —admite él, sin mostrar la más mínima sorpresa.

Barbie se le acerca aún más. Conozco a la perfección lo que se siente al tener cerca esos pechos suaves y voluminosos, así que no me sorprende que él me apriete ligeramente la mano cuando le rozan el pecho. Ella le pone las manos en los hombros, y le dice al oído:

—¿Qué te parece si vamos a un sitio más íntimo, para que puedas contármelo todo sobre tus... libros preferidos?

—Me parece una muy buena idea —le contesta él.

—Genial —cuando Barbie retrocede un paso, intercambiamos una sonrisa, porque me encanta trabajar con ella—. ¿Kitten te ha explicado cómo funciona todo?

Ni siquiera me ha preguntado cuánto vale estar con más de una chica, pero no creo que el precio le importe.

—No hay problema —le digo a mi amiga.

—Os quiero a las tres —comenta él, mientras me acaricia el dorso de la mano con el pulgar.

Barbie enarca una ceja, e intercambiamos otra mirada. Que pidan dos chicas es bastante normal, así que tenemos una rutina bastante ensayada. Va a haber que alterarla un poco si Candy va a sumarse a la fiesta, pero si es lo que Edward quiere, es lo que va a tener.

Candy se levanta, y cuando nos lanza a Barbie y a mí una mirada triunfal, ni siquiera me inmuto. Sabe que nosotras no la elegiríamos a propósito, pero como somos profesionales, vamos a tener que trabajar con ella si eso es lo que quiere Edward; aun así, no hace falta que se porte como si acabara de ganar un premio.

Lo llevamos a la segunda planta, y después de pasar de largo junto a la pista de baile llena de gente restregándose y sobándose, subimos otra escalera hacia la zona privada. Gene está sentado en su silla del rellano, y nos saluda al vernos.

—Hola, chicas. Buenas noches, caballero —nos dice, mientras saca la llave y abre la puerta.

Me sorprendo cuando Edward le devuelve el saludo, porque la mayoría de los hombres que pasan por allí actúan como si Gene no existiera, como si así pudieran disimular de qué va esto, como si así pudieran fingir que lo que pasa es que han ligado, en vez de admitir que tienen que pagar a una mujer.

Mi habitación favorita es la del fondo del pasillo, porque es más espaciosa y tiene la cama más grande; además, también hay una silla y un sofá, con lo que las posibilidades se amplían. Candy va directa hacia el reproductor de CD en cuanto entramos, y consigue sorprenderme al optar por una música suave y lenta.

Después de cerrar la puerta, Barbie le dice a Edward lo que va a costarle una hora de «conversación», y que puede pagar por adelantado si quiere. Él no tiene ningún problema en hacerlo, y al ver el impresionante fajo de dinero que lleva en la billetera, Barbie y yo intercambiamos una discreta sonrisa. Él empieza a sacar unos cuantos billetes de veinte, se detiene para recorrernos con la mirada, y entonces saca varios cientos de dólares más. Después de contarlos, Barbie los mete en la caja fuerte que hay junto al armario, donde permanecerán hasta que él se vaya; a pesar de que sólo han estado a punto de robarme una vez, gracias a la caja fuerte no podrían hacerlo ni aunque lo intentaran.

—Bueno, ¿de qué quieres hablar? —le pregunta Barbie, mientras empieza a aflojarle la corbata.

Parece mentira, pero empiezan a hablar de libros; aunque quizás no es tan raro, porque a Barbie también le gusta leer. Ella le desabrocha la camisa mientras yo le quito la chaqueta y la cuelgo en una percha, y Candy permanece observando a un lado. Uno de los problemas de un grupo con más de tres personas es que tanto el espacio como el número de sitios donde poner las manos es limitado.

Barbie está hablándole de una novela que se leyó hace poco mientras le quitamos la camisa, pero se calla por un momento y suelta un sonido de satisfacción al ver su pecho musculoso. Una de las cosas que más me gustan de ella es que disfruta al máximo de su trabajo.

Yo misma suelto un sonido ahogado cuando empiezo a acariciarle la espalda a Edward. Su piel es firme y satinada, y al ver los dos hoyuelos tan monos que tiene en la base de la espalda, sobre las nalgas, me dan ganas de lamérselos. Como la verdad es que la mayoría de los hombres que pagan por mi compañía son más bien feos y casi nunca huelen tan bien, a veces me cuesta bastante meterme en situación, pero no creo que eso sea un problema con este tipo.

Barbie y yo nos miramos por encima de su hombro. Ella empieza a desabrocharle el cinturón, pero Edward la detiene antes de que pueda bajarle la cremallera de la bragueta.

—Me gustaría que Kitten y tú hablarais de libros durante un rato.

Al oír el tono desenfadado de su voz, Barbie esboza una sonrisa; está claro que Edward le gusta tanto como a mí.

—Mientras tú miras, ¿no?

—Sí, si os parece bien.

No hace falta que le digamos que todo nos parece bien porque él es el que paga, ya que Edward sabe cómo funciona esto; aun así, me gusta que esté metiéndonos en el juego.

Barbie alarga una mano hacia mí, y le dice:

—No hay problema, me encanta hablar de libros con Kitten.

Nos besamos delante de él. La boca de Barbie es sedosa y húmeda, y sabe al pintalabios de cereza que lleva. Cuando me recorre los labios con la lengua, mis pezones se tensan de inmediato. Nos rodeamos con los brazos, empezamos a acariciarnos y le agarro el trasero con las dos manos. Me encanta sentir su piel cubierta de satén y de encaje. Trazo el borde de sus braguitas con la punta de los dedos, y voy descendiendo por su trasero hasta que se estremece.

Seguimos besándonos para que Edward disfrute del numerito, pero la verdad es que no nos cuesta ir entrando en calor. Cuando vuelvo la cabeza para que Barbie me lama el cuello, veo que él se ha sentado y que Candy está entre sus piernas. La faldita corta de colegiala se le ha levantado un poco y le ha dejado al aire el trasero, ya que el tanga que lleva no le cubre nada. Le está haciendo una felación, su cabeza sube y baja rápidamente hasta que él le mete los dedos en el pelo y le dice que vaya más poco a poco.

Barbie me obliga a volver la cabeza hacia ella de nuevo, y su lengua acaricia la mía mientras sus manos ascienden por mis costados hasta llegar a mis pechos. No los tengo tan grandes como ella, así que sus palmas los cubren por completo y empieza a estrujarlos y a amasarlos tal y como me gusta.

Aunque Barbie parece dulce y suave como el algodón de azúcar, no tiene nada de inocente. Después de bajar la cremallera de mi traje de gatita, hace que retroceda hasta la cama y que me tumbe. Me estremezco un poco cuando me desnuda, y siento el frescor y la suavidad de la colcha bajo la piel desnuda de mi espalda. De repente, me abre las piernas y se coloca entre ellas, pero a pesar de que me tenso y levanto las caderas un poco, se niega a darme de momento lo que Edward quiere ver. Al sentir el roce de sus uñas en los muslos, suelto un gemido.

—¿Te gusta? —me pregunta con voz ronca.

—Sí, cielo, me gusta mucho —le contesto, consciente de que a la mayoría de los hombres les gusta oír además de mirar.

—Perfecto. ¿Quieres que te chupe este botoncito tan dulce?

—Oh, sí... chúpamelo —ronroneo, mientras alzo la entrepierna hacia ella.

Barbie me sujeta las nalgas con las manos, y cierro los ojos y espero cuando se coloca mejor entre mis muslos. Al cabo de un segundo, siento su lengua en el clítoris, y suelto un gemido mientras alzo las caderas. Me chupa con caricias lentas y largas, en un ritmo pausado que sólo otra mujer puede llegar a entender.

Cuando me vuelvo a mirar a Edward de nuevo, veo que Candy aún está entre sus piernas; al parecer, a él le gusta más el ritmo con el que está chupándosela ahora, porque le acaricia el pelo de vez en cuando con gesto casi distraído.

No sé si querrá montárselo con nosotras o no, pero por ahora me contento con permanecer tumbada y disfrutar mientras Barbie me come el clítoris. Es una experta, y utiliza la lengua, los labios y los dedos hasta que el placer crece tanto que empiezo a gemir y a retorcerme.

—Déjala en el límite —le dice Edward de repente.

Al notar que Barbie se detiene, suelto una protesta ahogada. Tengo los pezones tensos, y el sexo chorreando con mis fluidos y con su saliva. Me ha metido tres dedos delante y tiene el pulgar contra mi ano, así que bastaría que me lamiera un par de veces más para que me liberara.

Pero Edward es el que tiene la voz cantante, así que cuando mi compañera aparta los dedos, me estremezco sin llegar al orgasmo. Ella se inclina a besarme, y saboreo en su boca una mezcla de mi propio sabor y de su pintalabios de cereza.

Candy se incorpora un poco. Tiene la camisa entreabierta, está despeinada, y contempla a Edward con una expresión adoradora mientras sus dedos ocupan el lugar de su boca y empieza a bombearle la verga con la mano.

De repente, él señala a Barbie y le dice:

—Ven aquí.

Cuando mi amiga obedece, él le agarra la mano que me ha metido dentro y empieza a chuparle los dedos uno a uno. Es lo más excitante que le he visto hacer a un hombre, ya fuera un cliente o no. A Barbie también parece gustarle, porque suelta un gemido sincero.

Edward se inclina hacia delante sin dejar de chuparle los dedos y con Candy ocupada con su pene, y le mete una mano entre los muslos. Cuando empieza a acariciarla, Barbie abre más las piernas y le coloca una mano en el hombro para conservar el equilibrio. Al ver que la falda se le sube un poco, Candy alarga una mano y acaba de subírsela hasta dejarle las braguitas rosa al descubierto.

Edward no parece tener prisa, y acaricia la entrepierna de Barbie con movimientos pausados. Cuando veo que los muslos de mi amiga se estremecen, mi sexo se contrae. Está claro que está excitándose de verdad, porque hay reacciones que una no puede fingir y ese pequeño estremecimiento es una de ellas.

Desde su posición en el suelo, Candy se inclina hacia delante para besarle la pierna a Barbie. Tiene una mano metida en su propio tanga, y la otra en la verga de Edward. Está claro que los tres están pasándoselo bien, pero el problema es dónde encajo yo, la cuarta componente del grupo.

Aunque no alcanzo a ver el rostro de Edward, veo cómo su mano se mueve sin parar entre las piernas de Barbie, que se ha apoyado contra su hombro y tiene la cabeza echada hacia atrás mientras ondula las caderas. Candy está lamiendo uno de los muslos de mi amiga, mientras se masturba con una intensidad creciente. Yo he cerrado la mano en un puño, la he colocado entre mis piernas y voy aprisionándola rítmicamente entre mis muslos, tensando y relajando mientras se me acelera el corazón. No puedo llegar al clímax así, pero estoy deseándolo. Edward deja de chuparle los dedos a Barbie, y les dice a Candy y a ella:

—Quitaos las bragas.

Yo era la única que estaba desnuda hasta ahora, así que me siento en el borde de la cama y me limito a mirar. Candy se pone de pie y se quita el tanga, mientras Barbie hace lo propio con sus braguitas de color rosa.

—Bésala.

Edward se sienta de nuevo en la silla mientras Candy y Barbie se ponen la una frente a la otra. Candy se muestra demasiado ansiosa, pero Barbie muestra más paciencia de la que tendría yo y espera a que se calme un poco antes de empezar a besarla con una sensual fusión de bocas abiertas y lenguas húmedas. Edward parece estar disfrutando del espectáculo, y al verme observándolo, me indica con un gesto que me acerque.

Va quitándose la ropa mientras voy hacia él, y ya está desnudo cuando llego a su lado. Tiene una buena verga, larga y gruesa, y Candy ya la ha enfundado en un condón. El vello de la base parece más grueso y oscuro que el del resto de su cuerpo y el del pelo, pero lo tiene bien cuidado.

Cuando agarro la mano que extiende hacia mí y me sienta en una de sus rodillas, me doy cuenta de que debe de sentir la humedad de mi entrepierna, y me pregunto si le excita saber que Barbie me ha puesto tan caliente.

—Acaríciamela, Kitten.

Cuando obedezco, siento la calidez de su piel a través del látex, y las ligeras pulsaciones que la sacuden. Mientras observamos el beso de Candy y Barbie, siento que su mano se desliza por mi vientre hasta mi entrepierna. Cuando empieza a rodearme el clítoris con un dedo, no puedo contenerme y me aprieto más contra su mano.

—No te muevas.

Me cuesta mucho obedecer, porque no deja de acariciarme el clítoris. Sin apenas darme cuenta, empiezo a bombearle con más fuerza la erección.

—No tan rápido, Kitten. Candy, quiero que le comas el sexo a Barbie.

Al oír esas palabras, las tres nos ponemos aún más calientes. La verdad es que Edward sabe orquestar esto a la perfección. He estado con tipos que no tenían ni idea de qué hacer ni con una sola mujer, con otros que han acabado eyaculando antes de tiempo sólo con verme en plena faena con Barbie, y hasta ha habido algunos que se han enfadado al creerse ignorados.

En cambio, él está acariciándome el clítoris con tanta maestría, que estoy a punto de explotar, y su verga no muestra signos de ponerse flácida ni de estar a punto de descargar. Candy se ha arrodillado delante de Barbie, le ha abierto los labios del sexo y está chupándoselo con más entusiasmo que habilidad, pero como ya he dicho antes, mi amiga tiene más paciencia que yo. Mientras murmura palabras de ánimo, coloca una mano sobre la cabeza de Candy para guiarla, mientras con la otra se pellizca y se frota los pezones.

—¿Crees que llegarás pronto?

Me sobresalto un poco al oír la voz de Edward, y tengo que tragar con fuerza antes de poder contestar.

—Sí... me parece que sí.

De repente, me presiona el clítoris con el talón de la mano, y me pregunta:

—¿Sueles llegar al orgasmo con los hombres a los que... entretienes?

Me echo a reír, y suelto un pequeño jadeo cuando mi risa hace que me mueva contra su mano.

—A veces.

—¿Si te pagan bastante?

Barbie vuelve la cabeza para mirarnos mientras Candy sigue con lo suyo, y le dice:

—Eso ayuda.

—¿Os he pagado bastante? —le pregunta él.

—Sí, creo que sí.

Barbie y yo sonreímos al mirarnos. Me gustaría ser yo la que estuviera chupándola en vez de Candy, a quien no le gustan demasiado las chicas.

—Poneos las tres en la cama. Candy, tú tumbada de espaldas... Barbie y Kitten, a cuatro patas encima de ella.

Nos ponemos en posición entre risitas ahogadas; al final, Barbie y yo nos ponemos con el trasero en pompa y los pies sobresaliendo por el borde de la cama. Estamos medio encima de Candy, de cara a su entrepierna. Barbie y yo intercambiamos una mirada. Es la primera vez que hago esto, y estoy deseando ver qué tiene planeado Edward.

Permanezco en silencio con el sexo abierto y mojado y el clítoris duro y dolorido de deseo, convencida de que la espera va a valer la pena. Al sentir el aliento de Candy acariciándome la entrepierna y los muslos, bajo la mirada hacia ella. Qué mona, tiene el vello púbico afeitado en forma de corazón. Aunque no me gusta tanto como Barbie, la verdad es que esta noche está siendo divertido trabajar con ella.

Al sentir que Edward posa la mano en la base de mi espalda, giro la cabeza hacia Barbie, y la veo sonreír. Cuando giro un poco más la cabeza, me doy cuenta de que Edward se ha colocado entre las dos, y que ha apoyado la otra mano en el trasero de mi amiga.

Tuerzo un poco más el cuello para poder verle la cara. Está mirándonos como si estuviera resolviendo el misterio de uno de los libros de los que quería hablar, y me recorre un ligero estremecimiento al darme cuenta de que su sonrisa parece superficial y no se refleja en sus ojos. No parece un hombre excitado, aunque tiene la verga empinada.

Sólo he pasado por una mala experiencia a lo largo de mi carrera, pero fue horrible y acabé en el hospital. Después me enteré de que se trataba de un psicópata reincidente, y que había asesinado a la chica con la que había estado después de mí... su aspecto era parecido al que Edward tiene ahora.

Al notar que me tenso, me mira y me acaricia el trasero. Debo de parecer asustada, porque hace un pequeño gesto de negación con la cabeza y me acaricia suavemente una nalga con la palma de la mano, como si fuera una gatita nerviosa, antes de susurrar:

—Shhh...

Barbie se vuelve un poco, y veo que su expresión se ensombrece al mirarlo. Mi amiga sabe lo que me pasó, y es capaz de plantarle cara a cualquiera; sin embargo, Edward la calma también, y ella y yo intercambiamos una mirada. Tengo el corazón acelerado, y me estremezco cuando el sudor de mi piel parece enfriarse de pronto.

Candy se mueve un poco, como si estuviera aburrida, y se rompe el hechizo.

—Chupaos —nos dice Edward, sin dejar de acariciarnos las nalgas.

Barbie y yo bajamos la cabeza hacia la entrepierna de Candy y empezamos a lamer y a succionar por turnos, y también a besarnos. Nuestras lenguas se frotan la una contra la otra y se retuercen como serpientes en su sexo, mientras Candy va chupando a una y a otra.

Cuando Barbie jadea junto a mí y alza aún más el trasero, me doy cuenta de que Edward la está montando. La tiene agarrada de la cadera con una mano, y desliza la otra entre mis piernas por detrás. Tengo una lengua en el clítoris, y sus dedos en la vagina.

Empiezo a mecerme con el ritmo de sus caricias sin dejar de chupar a Candy desde arriba, y en menos de un minuto ella empieza a arquear las caderas. Tiene el sexo chorreando y abierto, y su clítoris sonrosado asoma entre el vello con forma de corazón. De repente, suelta un grito de placer, y veo el movimiento de su vagina cuando alcanza el orgasmo. Me encanta ver a otra mujer llegando al clímax, el movimiento de su cuerpo, el temblor y los espasmos que la sacuden. Si tuviera los dedos en su interior, notaría las contracciones de sus músculos.

De repente, siento que Edward me embiste por detrás. Mi jadeo se parece mucho al que Barbie ha soltado cuando la ha penetrado a ella... su pene ocupa más espacio que sus dedos, me llena hasta el fondo. Dios, esto es fantástico. Sus envites son lentos, pero van acelerándose poco a poco.

Candy sigue gimiendo y retorciéndose mientras Barbie y yo la mantenemos en su sitio. Estoy deseando que acabe su orgasmo de una vez, para que vuelva a chuparme.

Estoy cerca, muy cerca. Con cada una de las embestidas de Edward, voy acercándome al borde de un orgasmo que va a ser explosivo. Todo esto es algo único y muy extraño, y creería que no es real, que se trata de una fantasía masculina en la que un hombre se imagina saciando a tres mujeres a la vez, de no ser por el placer que siento.

Cuando Edward suelta un gruñido y me embiste con fuerza hasta el fondo, suelto un grito y estallo en un clímax interminable. Él sigue penetrándome con movimientos más lentos mientras mi cuerpo se sacude y se estremece, y consigue arrancarme otro orgasmo más pequeño al cambiar el ángulo y dar de lleno en mi punto G.

Cuando se aparta de mí, me derrumbo junto a Candy, y ambas observamos jadeantes cómo vuelve a penetrar a Barbie y la monta con embestidas tan potentes que ella suelta un grito ronco. No estoy segura de si mi amiga ha tenido el orgasmo hasta que abre los ojos y me mira con una expresión aturdida, como si ella tampoco pudiera creerse lo que acaba de pasarle.

Edward acaba al cabo de unos segundos. Su cara no se contrae en una mueca ridícula y sigue igual de guapo al liberarse, aunque quizás me lo parece porque aún estoy medio atontada por el orgasmo que me ha dado. Se queda quieto durante unos segundos antes de apartarse de Barbie, que se desploma junto a Candy y a mí.

—Señoritas, ha sido un placer —nos dice desde la puerta. ¿Cómo se ha vestido tan rápido?

Cuando se va sin más, las tres nos quedamos sin saber qué decir. Estas cosas pasan en las películas porno, pero nunca creí que me sucedería algo así. Aunque a lo mejor no ha sido real, a lo mejor sólo ha sido una historia.

Quizás sólo ha sido una novela, un misterio.

.

.

.

Me levanté de golpe antes de darme cuenta de lo que hacía, y retrocedí dos pasos. No supe qué decirle... ¿que no lo creía?, ¿que no podía hacerlo?

Él me miró con expresión desafiante, como retándome a que pusiera en duda su historia, pero fui incapaz de hablar. Si me negaba a creer lo que acababa de contarme, quizás tendría que admitir que las otras historias también habían sido invenciones suyas, pero si optaba por creerlo... entonces, ¿qué?

A pesar de que sabía muchas cosas sobre él, lo cierto era que no sabía nada con certeza; cuando hablé por fin, no pude ocultar la sensación triunfal que me embargaba, a pesar de lo mucho que deseaba no sentirme así.

—¿Quieres que te diga que ya te lo dije?

Él esbozó una sonrisa, y contestó:

—¿Quieres decírmelo?

—No —le dije con sinceridad. Había ido a acabar con aquello a mi manera, no a la suya.

El orgullo es un mal consejero, pero había sido lo que me había impulsado a volver a aquel banco. Edward había roto las reglas al llevar a Jane a nuestro rincón privado, había enredado la vida real con la de fantasía que habíamos compartido; sabía por qué lo había hecho, pero no estaba dispuesta a permitir que fuera él quien diera aquello por terminado. Así no.

—¿Estás segura? —ladeó la cabeza, y su sonrisa se ensanchó.

—¿Es eso lo que quieres? —fui incapaz de disimular mi satisfacción, ya que estaba convencida de mi superioridad—. ¿Quieres que te diga que sabía que serías incapaz de hacerlo?, ¿que sabía que no podrías conseguir que durara?

Él se quedó mirándome en silencio; a pesar de la sonrisa que curvaba sus labios, su expresión era inescrutable. De repente, me di cuenta de que llevaba la corbata que sabía que me gustaba.

—De acuerdo —le dije con frialdad—. Ya te lo dije, Edward. Sabía que no conseguirías que durara, que serías incapaz de ser fiel. Pero eso ya no importa, porque esto se ha terminado. Se acabó, no voy a volver a venir nunca más. Me enfadé al ver que se limitaba a asentir en silencio, y añadí con un tono ligeramente burlón: —Se acabaron las historias.

Tenía un nudo que me oprimía la garganta, pero conseguí tragarme las lágrimas. Aquella situación generaba demasiadas emociones, cosas a las que no quería enfrentarme. Una de ellas era la culpa, por supuesto, pero había muchas más... existían unos lazos de deseo y de afecto mucho más complicados, y quería que desaparecieran.

—Se acabaron las historias —me dijo él con tranquilidad.

Su indiferencia me desinfló. Me aparté el pelo de la cara y cuadré los hombros, agradecida a mi pesar de que hubiera permitido que fuera yo la que terminara con aquello.

—Buena suerte, Edward.

—Gracias, Bella. Voy a necesitarla —me contestó.

Cuando se puso de pie y quedamos frente a frente, sentí la pregunta reflejada en mi rostro, pero conseguí evitar que escapara de mis labios; sin embargo, él pareció entenderme sin necesidad de palabras, porque se metió las manos en los bolsillos en un gesto que me resultaba vergonzosamente familiar.

Antes, yo me había mostrado satisfecha; en aquel momento, Edward pareció triunfal. Se inclinó hacia mí y bajó la voz como si fuera a contarme un secreto mucho más serio y excitante que los otros, y entonces supe que no iba a dejar que fuera yo quien pusiera el punto y final a aquello. Tuve ganas de abofetearlo, pero aunque me enfadé con él, me sentí furiosa conmigo misma por darle la oportunidad de que fuera él quien terminara con lo que habíamos compartido, fuera lo que fuese; aun así, no tuve más opción que escuchar sus palabras.

—Le he pedido que se case conmigo, Bella. Y ella ha aceptado.

¿Qué había sido verdad?, ¿qué había sido mentira? ¿Acaso importaba?

Edward había interpretado el papel de villano y el de príncipe con igual maestría en sus historias... pero yo nunca había sido una de ellas. Me pregunté si me convertiría en una, si sería una historia secreta que se guardaría para sí, o si ya le había contado a Jane lo de nuestros encuentros.

Supuse que nunca lo sabría, porque aquella novela ya no tenía más capítulos. Edward había puesto el punto y final, y era inútil creer que quizás hubiera un epílogo.

Aquella historia se había terminado.


Ayy, vuelvo a repetir ¿quién quiere golpear a Edward?

Creo que todas concordamos con que Edward buscaba algo en todas las chicas con las que tuvo sexo pero también estamos de acuerdo en que Jane no es lo correcto para él. Y aunque así lo fuera, Bella no se merece que se lo refriegue en la cara.

Y lamento sonar pesimista pero creo que tendremos que preparar los pañuelos porque el caos entre este cuarteto amoroso apenas ha empezado… aunque no las cosas se solucionaran rápido!

Hasta el jueves!

L'S P