NI la trama NI los personajes me pertenecen, sólo los tomé prestados para hacer esta adaptación.

La mayoría de los personajes son de Stephenie Meyer y la trama… se los diré en el último capítulo.

ADVERTENCIA: El contenido de esta historia es para personas mayores de 18 (lenguaje adulto, sexo explicito), si eres susceptible a este tipo de historias, abstente de continuar…

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LA CITA DE CADA MES

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Capítulo 15

Noviembre

Cuando llegó el primer viernes de noviembre, me sentí perdida. La ropa no me quedaba bien, no hubo forma de que mi pelo se ondulara, el rímel me había dejado pegotes en las pestañas, no pude encontrar los guantes, el coche apestaba a cebolla... el universo estaba conspirando contra mí, la atmósfera festiva me sofocaba, y hasta mi propio cuerpo se rebeló contra mí y exigió que lo alimentara a pesar de que no quería salir a comer.

Tuve que hacerlo a regañadientes, porque estaba tan hambrienta que empecé a sentirme mareada y malhumorada. Evité el atrio y el parque... de hecho, ni me acerqué a la zona donde estaban, y acabé yendo a un centro comercial para tomar un bocado rápido y un café y aprovechar para comprar algo. Aunque en casa no celebrábamos la Navidad desde hacía muchos años, porque Jasper no soportaba la hipocresía inherente de celebrar una festividad en la que no creía, tenía que comprar regalos para mi familia y para algunos de mis colegas.

Conseguí comprar un marco de fotos para mi madre, pero el centro comercial estaba tan lleno, que al final decidí dejar lo de los regalos para otro día. Conseguí ponerme a la cola en la cafetería, y después de pedir, agarré mi vaso de café y busqué con la mirada algún sitio libre; al ver una mesa libre al fondo, me apresuré a ir hacia allí, pero dos mujeres se me adelantaron. Me entraron ganas de estornudar cuando la nube de perfume que las envolvía me dio de lleno, pero ni siquiera tuve tiempo de hacerlo porque en aquel momento alguien me dio un empujón por la espalda al levantarse de su asiento.

El golpe hizo que se me cayera al suelo la bolsa con el marco de mi madre, pero cuando me agaché a recogerla, alguien se me adelantó y nuestras manos se tocaron. Cuando la mano obviamente masculina soltó mi bolsa, yo la agarré y la apreté contra mi pecho mientras me incorporaba.

—Espero que no se haya roto —me dijo el hombre, que estaba sentado a una de las mesas.

—Me parece que está bien.

Con una sonrisa afable, señaló el asiento vacío que tenía delante y me dijo:

—Si no te importa compartir mesa, ese asiento está libre.

Miré a mi alrededor, pero como todas las mesas estaban ocupadas, acabé sentándome.

—Gracias.

Nos miramos en silencio durante unos segundos. Me sentía un poco incómoda y no sabía qué decir, así que tomé un trago de café por hacer algo. Mi compañero de mesa tampoco parecía demasiado dispuesto a romper el silencio, pero su sonrisa parecía franca y le devolví el gesto.

—Me llamo Sam —me dijo al fin.

—Isabella.

—Encantado de conocerte, Isabella.

Cuando alargó la mano hacia mí y se la estreché, sentí la calidez de sus dedos, pero ese calor pareció extenderse hacia mis mejillas y me ruboricé. El camarero me salvó al llegar en aquel momento con el bocadillo que había pedido, y poco después trajo la ensalada y la sopa de Sam

Como me parecía de mala educación permanecer en silencio, decidí iniciar una conversación; obviamente, lo importante era decir algo, el tema en sí carecía de importancia. Hacía buen tiempo; sí, había sido una lástima lo del incendio en el centro de la ciudad; no, no era justo que estuvieran pensando en subir los impuestos. Sam llevó el peso de la conversación sin esfuerzo, y fue guiándome de un tema a otro. Como el local fue abarrotándose cada vez más, tuvimos que ir acercando nuestras sillas hasta que tuvimos las piernas a escasa distancia.

No me tocó a propósito. La culpa de que nuestras piernas se rozaran la tuvo el hombre que él tenía detrás, que cuando se echó a reír a carcajadas le dio en la silla. El camarero que pasó apretujándose como pudo junto a nosotros tuvo la culpa de que Sam tuviera que inclinarse, que tuviera que apoyar una mano en mi hombro para evitar que el chico le diera con la bandeja en la cabeza. Y el servilletero también conspiró contra nosotros, porque se negó a darme una servilleta y necesité la varonil ayuda de mi compañero de mesa.

Estar sentada junto a Sam era como chupar una pila: chocante, electrizante, y absurdo. Cada roce, cada contacto fortuito, se reflejaba en la tensión de mis pezones y parecía resonar entre mis piernas. Era como bailar, y aunque me costó pillar el ritmo por falta de práctica, Sam era todo un experto y me guió con maestría. Me sorprendí al darme cuenta de lo fácil que era caer en una seducción.

No quería hacerlo... pero ansiaba hacerlo. No podía hacerlo... sí, iba a hacerlo.

No lo hice.

Si él hubiera sido Edward, habríamos acabado en un hotel, o al menos en su coche; sin embargo... no lo era, y aquello no era una historia ni un cuento. Era la vida real, así que el flirteo se acabó en cuanto terminamos de comer y no nos quedó ninguna excusa para seguir allí. Cuando nos levantamos, Sam bajó la mirada hacia mi alianza, y yo hice lo mismo y vi un anillo similar en su dedo.

—Ha sido un placer conocerte, Isabella.

—Lo mismo digo, gracias por compartir tu mesa conmigo.

No había hecho nada malo; de hecho, aquel encuentro había sido menos reprobable que las horas que me había pasado escuchando las historias de Edward, así que al principio no entendí por qué me sentía más culpable por lo que acababa de ocurrir que por lo otro. Al final, me di cuenta de que aquella aparente incongruencia tenía una explicación muy simple: no había llegado a depender de las historias, sino del mismo Edward. Involucrarme en un flirteo fortuito no era algo inconsecuente, si estaba haciéndolo para intentar sustituir con otra cosa algo que había llegado a ser muy importante para mí, fingiendo que ambas situaciones tenían la misma importancia.

El aparcamiento de un centro comercial no era en sitio ideal para reflexiones trascendentales, pero apoyé una mano en mi coche, cerré los ojos y me permití pensar en una realidad que había estado esquivando durante todo el día: era el primer viernes de noviembre, no había visto a Edward, y era posible que no volviera a verlo en toda mi vida. Había perdido algo muy valioso para mí, y a pesar de lo mucho que estaban cambiando las cosas con Jasper, echaba de menos algo que no tenía derecho a tener.

—¿Doctora Whitlock?

Abrí los ojos de golpe y me volví, sintiéndome avergonzada por el hecho de que me hubieran pillado en aquel estado.

—¡Hola, Alice!

La joven no dio muestra alguna de haberme visto con los ojos cerrados y en una especie de trance meditativo, y me dijo con naturalidad:

—¿Cómo está?

—Muy ocupada —solté una pequeña carcajada para intentar disimular el temblor de mi voz, cuadré los hombros, y alargué la mano hacia la mujer que estaba con Alice—. Hola, soy Isabella Whitlock.

—Doctora, le presento a mi madre —Alice respiró hondo, y añadió—: Hemos venido de compras.

—¿En serio?, qué bien.

La señora Brandon soltó un bufido burlón, y dijo con irritación:

—Estaría bien, si no hubiéramos ido de tienda en tienda sin comprar nada.

La sonrisa de Alice permaneció inamovible.

—Mi madre cree que tengo que poner al día mi vestuario.

No me gustó nada la idea. Aunque la madre de Alice llevaba ropa cara y de estilo clásico, la joven lucía con mucha más clase su sencilla falda negra y su jersey azul. Le di un ligero apretón en el brazo, para darle ánimos.

—Me encanta tu jersey —le dije, para fastidiar a su madre.

—Me lo regaló James —me contestó la joven, con una sonrisa radiante.

La señora Brandon soltó otro bufido, pero no le pasó desapercibida la mirada de irritación que le lanzó su hija, y le preguntó:

—¿Qué pasa?

—Mi madre piensa que los gustos de James son una porquería —dijo Alice, con una serenidad ganada a base de práctica.

—¡Alice, vigila ese lenguaje! ¡Acuérdate de la madre Mary!

Al ver la sonrisa dulce y la expresión de fingida inocencia de la joven, tuve que contener las ganas de reír.

La señora Brandon pareció darse cuenta de que su hija no iba a hacerle ningún caso en lo referente a la ropa, porque decidió cambiar de tema.

—Así que es usted médico, ¿no?

Alice posó una mano en mi brazo, y contestó por mí.

—Era mi hombro.

Me pareció una de las cosas más bonitas que me habían dicho en mi vida, y sentí que se me formaba un nudo en la garganta al oír su tono afectuoso.

—Gracias, Alice.

Ella se limitó a asentir. Su madre parecía perpleja, y se volvió hacia la joven con expresión ceñuda.

—¿Qué significa eso?

Permanecí en silencio, por si Alice no quería que su madre supiera que había venido a mi consulta; sin embargo, a la insoportable mujer no pareció hacerle ninguna gracia que no le contestáramos.

—¿Alice?

—La doctora Whitlock era mi terapeuta.

—¿Tu...?

—Mi psicóloga, mamá —le dijo la joven, con una mezcla de exasperación y de diversión.

Me habría tenido que sentir ofendida por la expresión de disgusto de la señora Brandon. Cuando me recorrió con la mirada con actitud despectiva, fui más que consciente de que a mis zapatos les habría ido bien un poco de pintura, y de que tenía una carrera en las medias.

—Vaya —de alguna forma, se las ingenió para decir más con aquella simple palabra que si hubiera soltado un discurso.

—A mi madre no le gustan los psicólogos —me dijo Alice.

—Intentaré superarlo —comenté.

Las dos nos echamos a reír; como era de esperar, la señora Brandon siguió con su expresión avinagrada.

—Será mejor que te espere en el restaurante, por si queréis... hablar.

Por su tono de voz, parecía que íbamos a ponernos a patear a cachorrillos, que hablar fuera algo terrible. Alice soltó un suspiro, y esperó a que su madre se alejara antes de hablar.

—Lo siento. ¿Entiende ahora lo que le decía?

—Nunca dudé de tu sinceridad, Alice. ¿Cómo estás?

—Mucho mejor. Como mi madre está liada con los preparativos de la boda y puede darle la lata a los del catering, a mí me deja bastante tranquila.

—Ya falta poco, debes de estar entusiasmada.

—Yo diría más bien que estoy hecha un flan y a punto de tirarme de los pelos, pero «entusiasmada» también me vale.

Nos echamos a reír, y su expresión se suavizó cuando volvió a ponerme la mano en el brazo. Aquel pequeño gesto estaba cargado de significado, porque Alice no era una persona efusiva.

—Echo de menos nuestras charlas, doctora Whitlock.

—¿Crees que necesitas venir de nuevo a la consulta?

—No, no lo decía en ese sentido, la verdad es que me va muy bien. Pero es que... es agradable poder hablar con alguien, contarle tus secretos sin miedo. Siempre he sabido que a usted podía contárselo todo, y que me aconsejaría sin juzgarme ni enfadarse conmigo. Era agradable tener un hombro sobre el que llorar.

—Me alegro de haber podido ayudarte —le dije, emocionada.

—Es importante tener a alguien así, ¿verdad?

—Sí.

—Quiero decir que... en fin, hablo mucho con James, y él me escucha; de hecho, me parece que le gustaría que no hablara tanto. Es... interesante, pero me escucha.

—Me alegro —aunque lo dije de corazón, sentí de nuevo cierta envidia de ella.

—Bueno, será mejor que vaya a por mi madre. ¿Nos vemos en la boda?

—Claro, me hace mucha ilusión.

Alice soltó una carcajada, y comentó:

—¡Menos mal que alguien piensa así!

—No lo dices en serio, ¿verdad?

Tras unos segundos de silencio, admitió:

—No, la verdad es que no. Doctora Whitlock, realmente vale la pena casarse, ¿no?

Si hubiéramos estado en mi consulta, separadas por mi mesa, quizás le habría respondido de otra forma, pero como ya no era mi paciente, contesté con total franqueza.

—Eso creía.

Cuando Alice soltó un pequeño sonido, como si me hubiera entendido a la perfección y no hiciera falta añadir nada más, asentí sintiéndome entumecida, igual que una muñeca con los engranajes oxidados. Ella se despidió con un gesto, y se alejó hasta desaparecer al doblar la esquina. Al principio, fui incapaz de moverme, pero finalmente conseguí abrir la puerta del coche y me senté al volante.

Permanecí allí durante mucho rato, deseando tener a alguien con quien poder hablar.

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Resultaba difícil sufrir por la pérdida de algo que ni siquiera debía tener, y aunque quizás en otras circunstancias me habría pasado más tiempo echando de menos en silencio las historias de Edward, lo cierto era que no tenía tiempo. Jasper era mucho más feliz al mostrarse más activo, pero a mí me resultaba agotador. Había dejado de dormir tanto, porque prefería quedarse charlando conmigo hasta tarde, y en vez de pasarse casi todo el día en la cama, insistía en que lo pusiéramos en la silla de ruedas; quería salir, ir a sitios, hacer cosas que durante años se había negado a plantearse siquiera.

—Pero yo no quiero ver esa película —protesté, sin demasiada convicción.

Estaba tumbada en la silla reclinable, mientras Jasper consultaba la cartelera del cine por Internet. Había empezado a crecerle el pelo, pero estaba bastante pálido; por alguna razón, parecía más frágil en la silla de ruedas que en la cama.

—¿Por qué no vamos a cenar?, aunque también podríamos quedarnos en casa...

Él giró la silla para mirarme, y me preguntó:

—¿No querías ir al cine?

—Es que... —intenté encontrar una excusa que sonara convincente, y finalmente le dije—: Estoy cansada, Jasper. Llevo toda la semana trabajando, me gustaría descansar un poco.

—Yo también he trabajado durante toda la semana, Bella.

Jasper nunca intentaba persuadirme ni convencerme, ni siquiera conseguir que yo acabara queriendo lo mismo que él; simplemente, intentaba que al final accediera a darle lo que quería.

—No me gustan las películas sobre asesinos en serie —después de quitarme los zapatos, me levanté y me quité las medias con un suspiro de alivio.

—Pues vamos a ver otra cosa.

—Podríamos ir mañana —le dije, mientras metía las medias en el cesto de la colada.

—Vale —giró la silla hacia el ordenador con brusquedad, y dio la orden para que se cerrara el buscador de Internet.

Solté un suspiro, y le dije con calma:

—Cariño, me encanta que quieras salir y hacer cosas, pero estoy cansada. Me levanto a las cuatro de la mañana cada día...

—Olvídalo.

No me hizo falta verle la cara para saber que tenía el ceño fruncido.

—¿Por qué no llamamos para que nos traigan comida china, y vemos los DVD de Monty Python?

Al ver que levantaba de forma imperceptible el hombro, supe que estaba enfadándose de verdad.

—Te quejabas cuando no hacía nada, y ahora te quejas porque lo hago.

Aquello me dolió.

—¡Sólo digo que podríamos ir mañana!, ¡no es para tanto!

—Te he dicho que vale.

En el pasado, habría intentado aplacarlo, o habría permitido que me cabreara lo suficiente para enzarzarme en una discusión, pero aquella vez me limité a salir de la habitación. Fui a mi dormitorio, agarré el libro que llevaba meses intentando leer, y me acurruqué en mi sillón.

Tardó un cuarto de hora en llamarme. Dejé a un lado el libro, y cuando entré en su habitación, me lo encontré soltando imprecaciones.

—¡Tus malditos zapatos, Isabella!

Me los había dejado en el suelo, y al parecer había pasado sobre ellos con la silla y se le había atascado una de las ruedas. Mientras le desatascaba la silla y quitaba los zapatos de en medio, le dije que le habría bastado con retroceder un poco y rodearlos.

—Perdona, ya sé que tengo que ir con más cuidado —añadí con calma.

Volví a salir de la habitación cuando empezó a despotricar, y esa vez conseguí llegar a diez páginas del final del libro antes de que me llamara de nuevo. Esperé a acabar de leer el libro, y entonces fui a verlo.

—¡Maldita sea, no te largues como si nada! —me dijo en cuanto entré.

Volví a irme.

Después de oírlo diciendo barbaridades durante media hora, volví a su habitación con dos platos de helado y los DVD de Monty Python. Él se limitó a mirarme enfurruñado mientras yo dejaba el helado en la mesa y preparaba la tele, y finalmente me preguntó:

—¿Qué habría pasado si te hubiera necesitado para algo?

Me volví a mirarlo, y le dije con calma:

—Me necesitas para muchas cosas, pero yo no tengo necesidad de aguantar tus estupideces. Jasper, te amo y quiero ayudarte y apoyarte, pero tienes que dejar de odiarme por ello.

—No te odio, Bella —a pesar de sus palabras, lo dijo en voz baja.

—¿En serio? —le pregunté con calma. Probablemente, meses antes no le habría planteado siquiera aquel tema, pero lo que había pasado con Edward hacía que sintiera que era absurdo seguir fingiendo.

—En serio.

La forma en que apartó la mirada de la mía me dijo algo muy diferente. Me dolió a pesar de que lo entendía, a pesar de que sabía que si la situación hubiera sido a la inversa probablemente también lo habría odiado a ratos; a pesar de todo, fue como una puñalada.

—No te odio —repitió él—, pero a veces...

Esperé en silencio. El helado empezó a derretirse, y apagué la tele para acallar su parloteo constante.

—¿A veces?

—A veces, no te soporto.

Me senté y me quedé muy quieta, muy pequeñita. Aquella verdad había conseguido que me sintiera insignificante, y ni siquiera podía culparlo por su admisión. Aunque no fuera justo, al menos había sido una respuesta sincera; le había pedido que me contestara, y él lo había hecho.

—No soporto que no dejes de preocuparte por mí, ni que esperes tras la puerta antes de entrar... sé lo que haces en el pasillo, que tienes que obligarte a sonreír. No soporto que excuses mi comportamiento ante la gente para disculparte por mí.

—Lo hago porque...

—Sé por qué lo haces, y que les den. No tienes que disculparte por mí, no quiero que me hagas quedar bien delante de los demás. Y no soporto ser tu excusa para no tener una vida.

—No digas eso, yo no pienso así —parpadeé esperando lágrimas, pero tenía los ojos secos.

—Nadie va a culparte por salir de vez en cuando, Bella.

—Ya lo sé.

—Tu vida se reduce a trabajar y a cuidarme, ya nunca sales con tus amigas. ¿De qué tienes miedo?, ¿de que crean que eres una mala esposa por dejarme en casa para pasarlo bien?

No debería haberme sorprendido que cambiara las tornas, porque era algo que siempre se le había dado bien.

—Lo que me da miedo es que tú creas que soy una mala esposa si salgo.

—No lo entiendes.

—No, supongo que no.

Nos miramos durante unos segundos. Su expresión era inescrutable. Había querido que hablara conmigo, pero en ese momento deseé todo lo contrario.

—Cuando estás conmigo, sólo puedo pensar en lo que he dejado de ser, en las cosas que hacía antes —me dijo.

—Ya sé que las cosas han cambiado, pero...

—¡Para ti es muy fácil decirlo, porque no eres la que está en esta silla!

Su grito me calló de golpe, porque tenía razón. No podía juzgarlo por sus sentimientos, porque no estaba en su lugar.

—¿Lo ves? Dices que quieres que sea sincero, pero no es verdad.

Abrí las manos en un gesto de impotencia, incapaz de contestar, y él soltó un sonido de enfado.

—Ahora ya sabes por qué he mantenido la boca cerrada. No quieres oírme, ni saber lo que siento de verdad. ¿Quieres sexo?, de acuerdo. ¿Quieres que salgamos de casa?, pues vale, también estoy dispuesto a hacerlo. Pero cuando me dices que quieres que hablemos, sé que estás mintiendo.

—¡Lo que quiero es que las cosas sean como antes!

—Eso es imposible, Bella.

—Entonces, quiero que intentemos que funcionen —alargué la mano para tocarlo, pero él apartó la cara—. Jasper, ¿por qué no podemos conseguir que esto funcione?

Después de un segundo que duró un millón de años, me dijo:

—A veces, las cosas se rompen y es imposible arreglarlas.

—¿Te refieres a nosotros?, ¿nos hemos roto?

—Dímelo tú.

—No tengo la culpa de no poder seguirte —le susurré.

—Si no estuviera en esta silla, ¿me habrías dejado a estas alturas?

—Si no estuvieras en ella, ¿serías tan capullo?

Él me fulminó con la mirada, y yo me encogí de hombros; cuando se apartó de mí, no lo seguí.

—¿Me quieres, Jasper?

—No lo sé.

Habría sido más fácil si me hubiera dicho que no.

—Pues dímelo cuando lo sepas.

Entonces lo dejé solo hasta que volvió a necesitarme, pero los dos permanecimos en silencio.

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—Voy a empezar a repartir fotos autografiadas —me dijo Jasper, cuando cerré la puerta de la furgoneta—. Podría cobrar cinco pavos por cada una, ¿qué te parece la idea?

Miré hacia la cola de gente que esperaba a las puertas del nuevo restaurante mexicano; a pesar de que de niños nos enseñan que es de mala educación quedarse mirando a alguien, de adultos se nos olvida la lección. Muchos de los que estaban en la cola nos observaron mientras me aseguraba de que Jasper estaba bien sujeto a la silla, y fui con él hacia la rampa que subía a la acera.

—No lo hacen por mala educación —cuando superó el pequeño bache de cemento, volví a colocarme a su lado—. Además, hacía siglos que no salíamos a cenar juntos. Vamos a pasarlo bien.

En el pasado, nuestro matrimonio había sido algo de un valor incalculable, pero se había vuelto frágil. Nos comportábamos como si la discusión de la noche anterior no hubiera existido, porque ambos éramos demasiado frágiles en ese momento para enfrentarnos a la verdad.

—Ustedes deben de ser los Whitlock, tienen una reserva para dos —nos dijo la maître, sonriente. Tras mirar brevemente a Jasper, fijó la mirada en mí.

No me extrañó que supiera quiénes éramos, porque había llamado para asegurarme de que las instalaciones eran las adecuadas para que no hubiera problemas con la silla de Jasper.

—¿Cómo lo ha adivinado? —le contestó él, antes de que yo pudiera hacerlo.

La maître pareció sobresaltarse al ver que le dirigía la palabra.

—Eh... pues...

A Jasper siempre le había gustado flirtear y bromear, pero era obvio que la chica no sabía qué hacer; sin embargo, logró conquistarla mientras ella nos conducía a nuestra mesa, y cuando llegamos, estaba riendo y sonrojada. Nos miró varias veces por encima del hombro al alejarse, y vi que le decía algo a una de las camareras mientras nos señalaba.

—Vaya, está claro que has causado impresión.

—¿Es que no lo hago siempre?

Al vislumbrar aquella sonrisa pícara tan familiar, se me rompió el corazón.

—Sí, la verdad es que sí.

—¿Qué vas a pedir?, me apetece algo picante.

Le echamos un vistazo al menú, y pedimos las bebidas. A la camarera pareció sorprenderle que Jasper pidiera una cerveza, y me miró como esperando una confirmación; me di cuenta de que él se molestó, a pesar de que a aquellas alturas ya debería estar acostumbrado a aquel tipo de cosas.

—No te preocupes, cielo, no tengo que conducir —le dijo a la chica, que se apresuró a anotar lo que habíamos pedido y se marchó de inmediato.

Le lancé una mirada exasperada, y él me la devolvió.

—¿Qué pasa?

—¿Tienes que ser tan beligerante?

—Oye, no soy un crío. No sé por qué es tan raro que quiera una cerveza.

—Jasper, no es justo que esperes que todo el mundo lo entienda.

—Deberías preguntarme si me importa un carajo lo que piense todo el mundo.

—¿Te importa?

En aquel momento, la camarera llegó con las bebidas, y empezó a tomar nota de lo que queríamos comer; aquella vez, no intentó utilizarme de intermediaría para saber lo que quería Jasper, sino que se lo preguntó directamente.

—¿Lo ves? —le dije a él, cuando la chica se fue.

—Claro que me importa, ¿qué quieres decir? —me espetó él con tono cortante.

—Que esperas mucho de los demás, y que creo que lo haces para tener derecho a sentirte decepcionado.

Él no contestó, así que le acerqué su vaso para que diera un trago. En la universidad, beber cerveza con una pajita era un truco para evitar la espuma y para que la bebida se subiera antes a la cabeza, pero ya solo era una forma de beber que le resultaba más fácil.

—¿Por qué iba a querer sentirme decepcionado? —me preguntó, después de tomar un par de tragos.

—No lo sé... a lo mejor porque así puedes enfadarte por ello, en vez de por estar en una silla de ruedas. Dímelo tú.

En el pasado, cuando nos quedaban horas de vida por delante y el deseo de compartirlas, solíamos entablar charlas profundas sobre temas filosóficos; a pesar de que llevábamos mucho tiempo sin hacerlo, mi interés por escuchar su opinión era el mismo.

—La gente sólo ve la silla, ¿es que no tengo derecho a pensar que deberían tener un poco más de sentido común?

—Claro que sí, pero podrías ser un poco más comprensivo con sus errores.

Jasper soltó un bufido burlón, y me dijo:

—Dame más cerveza.

Se la acerqué a los labios, y tomó un par de tragos más.

—Supongo que no soy tan paciente como tú, Bella.

—¿En serio?, no me había dado cuenta.

Cuando ambos sonreímos, nos unió por un momento una conexión que llevaba mucho tiempo sin sentir. Cuando nos trajeron la cena y empezamos a comer, los dos hicimos caso omiso de las miradas de curiosidad y de lástima que algunas personas nos lanzaron mientras yo le troceaba la comida y se la daba. Charlamos sobre cosas intrascendentes, tal y como solíamos hacer, y aunque la conversación carecía de la naturalidad que había existido en el pasado, tampoco tenía la rigidez que a veces nos separaba.

Salir del restaurante fue un poco más difícil que entrar, porque el local se había ido llenando hasta quedar abarrotado y tuvimos que ir avanzando diciendo «perdone» y «¿puede apartarse?» a diestro y siniestro; aun así, Jasper parecía haberse tomado mis palabras en serio, y se mantuvo sonriente y cordial a pesar de los susurros y las miradas disimuladas que hubo a nuestro paso. Yo iba detrás de él, con la mirada fija en las ruedas, para poder ayudarlo si se atascaba con algo.

En una ciudad más grande, encontrarme con alguien conocido habría sido una mera coincidencia, pero en Forks era algo inevitable. Iba preparada para ello, pero no para ver un elegante moño de pelo rubio y unos pendientes de perlas.

—Perdón —dijo Jane, mientras apartaba un poco su silla para que Jasper pudiera pasar.

Por supuesto, yo no estaba mirándola a ella, sino a Edward.

—Gracias —contestó Jasper, al pasar junto a la mesa.

Me detuve en seco, y Edward y yo nos quedamos mirando en silencio durante lo que me pareció una eternidad; al final, fui yo la primera en apartar la mirada, y agarré el respaldo de la silla de mi marido a pesar de que sabía que a él no le gustaba que lo hiciera. Pensé que a lo mejor podía empujarlo para que avanzara más rápido, aunque como era él quien dirigía la silla con los mandos y además apenas había espacio, la idea era absurda.

—Espera, Bella —me dijo con irritación—. Espera, no hay sitio. Alguien tiene que apartarse.

La atención de los comensales se centró aún más en nosotros ante el pequeño alboroto, pero Jasper permaneció tranquilo y fui yo la que se sintió frenética y nerviosa. Me temblaban las manos, estaba cada vez más acalorada, y aunque quería salir de allí como fuera, no podía moverme porque tenía a Jasper delante y mesas a ambos lados.

De repente, Edward se levantó y le dio un golpecito al hombre de la mesa contigua a la suya, que no se había dado cuenta de que estaba obstruyendo el paso, y le dijo con amabilidad:

—Oiga, ¿puede apartarse un poco?

Con una naturalidad absoluta, consiguió colocar bien las sillas y abrirnos paso en cuestión de medio minuto, y hasta se agachó a recoger una servilleta que había en el suelo y que no suponía ningún problema para Jasper; finalmente, se apartó a un lado para dejarnos pasar.

—Gracias —le dijo mi marido.

—De nada —le contestó él. A pesar de que me negaba a mirarlo a la cara, oí una sonrisa sincera en su voz—. Buenas noches.

—Siéntate, cariño —le dijo Jane, que estaba a mi espalda.

Me volví un poco para mirarla. Al verla allí, con su educada sonrisa, sus labios rojos e ideales, su dentadura inmaculada, su peinado impecable, su rostro sin mácula y su vida perfecta, me limité a asentir y me apresuré a salir del restaurante con Jasper

Cuando llegamos a casa, lo ayudé a acostarse en silencio. La rutina nos resultaba tan familiar, que era algo casi automático, pero tuve problemas con el mando del elevador con el que estaba pasándolo de la silla a la cama, y se me detuvo el corazón por un segundo al creer que se iba a caer.

—Con cuidado —me dijo él. Al cabo de unos minutos, cuando ya estaba cómodamente tumbado en la cama y con el pijama puesto, me preguntó—: ¿Estás bien?

—No.

Me eché a llorar, y aquella vez no me pidió que parara.

Lloré durante mucho tiempo, sollocé hasta sentirme enferma, desgarrada por el anhelo de sentir una mano tomando la mía. Jasper jamás podría ofrecerme ese pequeño gesto, pero apoyé la cara contra su hombro y lloré mientras él me susurraba y me ofrecía consuelo con sus palabras, que tenían que bastarme.

—¿Cómo hemos llegado a este punto?, creía que siempre nos querríamos —me dijo, mientras su aliento me acariciaba el pelo—. ¿La culpa es del accidente, o habríamos acabado así de todas formas?

—No lo sé —con los ojos cerrados y la suavidad de su pijama de franela contra la mejilla, me resultó más fácil decir aquellas palabras—. Ya no sé nada, Jasper.

—Antes, yo lo sabía todo por los dos. Desearía que aún fuera así —me dijo, mientras sus labios me acariciaban la nuca.

Levanté la cabeza para poder mirarlo a la cara.

—Yo no. Las cosas cambian, Jasper, tienen que hacerlo para crecer. No somos las mismas personas de antes.

—¿No? Entonces, ¿quién eres?

Aunque probablemente lo dijo bromeando, opté por decirle la verdad.

—No lo sé, Jasper. Estoy intentando averiguarlo.

—Eres Isabella Whitlock, mi mujer.

Tras un momento de silencio, le dije:

—Soy algo más que tu mujer, Jasper.

—Ya lo sé.

—Creo... creo que yo también necesito saberlo.

—¿Qué va a pasar ahora?, ¿seguimos intentándolo?

—¿Tienes alguna idea mejor?

A pesar de que habían cambiado muchas cosas, la sonrisa de Jasper seguía siendo la misma.

—Ni una —admitió.

Me levanté para ir al cuarto de baño a lavarme los ojos hinchados, pero él me detuvo al decirme:

—Bella, aún sigo queriéndote. Te quiero de verdad.

—Yo también te quiero, Jasper.

Una cinta roja de seda, un poema... nuestro amor sin límites, alocado y atrevido.

En el pasado, habíamos construido nuestras vidas sobre aquellos pilares, pero yo ya no estaba segura de que bastaran y ambos lo sabíamos.

Estábamos rotos y frágiles, y la cuestión era si seguíamos siendo lo más valioso el uno para el otro, o si todo se había hecho añicos en vez de recomponerse.


Ahh que difícil situación… muchas dicen que Bella tiene una situación complicada que tomar, Edward o Jasper, pero como dije, el destino es el que se encargará de tomar la decisión y creo que al final todo quedará en el lugar de que debe estar.

Y bueno, otra cosa es que una chica me pregunto si agregaría algo al final de la historia porque a ella no le agradó mucho el final (ella buscó y encontró el original). Si bien a mí también me pareció un poco simple el final, no había pensado escribir algo que tal vez lo completara. Ahora, creo que si se debe o no cambiar el final es decisión de ustedes y para eso considero que primero tendrían que leer el final para darme su opinión sobre si así debe quedarse, ya que puede que ese final dado por la autora original sea el mejor. Por ahora piénsenlo ¿de acuerdo?

Ah y en el capítulo anterior, en agradecimiento por sus reviews, les he mandado un adelanto y pienso seguir haciéndolo :), entonces hasta el lunes!

L'S P