NI la trama NI los personajes me pertenecen, sólo los tomé prestados para hacer esta adaptación.

La mayoría de los personajes son de Stephenie Meyer y la trama… se los diré en el último capítulo.

ADVERTENCIA: El contenido de esta historia es para personas mayores de 18 (lenguaje adulto, sexo explicito), si eres susceptible a este tipo de historias, abstente de continuar…

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LA CITA DE CADA MES

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Capítulo 18

Febrero

Sabía que él estaría allí, porque no había razón alguna para que no fuera así. Igual que los sapos que volvían en primavera al estanque de donde salieron, Edward y yo fuimos al banco.

Alguien había cambiado los helechos del atrio por cintas, y no supe si acababa de gustarme el distinto tipo de sombras que proyectaban. Me había vestido con colores que me sentaban bien, y me había puesto zapatos de tacón alto; había elegido un tono de pintalabios con el que me sentía más segura de mí misma, pero mientras esperaba allí sentada, empecé a preguntarme si iba a necesitarlo.

La pregunta quedó resuelta en cuanto lo vi llegar. No estaba segura de lo que sentiría al volver a ver a Edward... me había imaginado furia, desilusión o incluso un deseo recalcitrante, pero el alivio me tomó desprevenida, y me inundó con una fuerza casi física cuando él se sentó a mi lado.

El aire que intenté inhalar me raspó la garganta, y mis manos se cerraron en dos puños apretados sobre mi regazo. Fue como cuando pierdes de vista a alguien en medio de una multitud en un sitio con el que no estás familiarizado, y sientes un instante de miedo antes de vislumbrar el rostro conocido y de darte cuenta de que ya no estás perdido.

—Me alegro de verte, Bella.

Yo me limité a asentir, y entrecerré los ojos al levantar la cara hacia el sol que brillaba a través de los cristales. A diferencia de los helechos, las cintas no proporcionaban demasiada sombra, así que decidí que el cambio no me gustaba.

—Pensé que no ibas a volver.

—Mi marido sufrió un derrame cerebral —le dije con voz queda, antes de volver a mirarlo por fin—. Murió.

Pensaba que me había acostumbrado a decirlo, a solidificarlo en algo real con las palabras. Había sido más fácil decir «mi marido está paralizado de cuello para abajo», pero a la gente le había resultado más fácil ofrecerme sus condolencias por la muerte de mi marido que consolarme por su discapacidad.

Aunque dio la impresión de que las palabras habían salido con facilidad de mi boca, tuve que cubrirme los ojos con una mano cuando el suelo se puso borroso. Al sentir su mano en mi hombro, nos acercamos sin necesidad de movernos.

Era la primera vez que Edward me tocaba.

—¿Tienes alguna historia para contarme, Edward? Porque realmente necesito una — aunque apenas fue un susurro, no tuve miedo de que no me oyera.

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Este mes, sigo llamándome Jane, y llevo un anillo en el dedo que grita a los cuatro vientos que estoy prometida. Me encanta, porque es tan grande, que la gente se queda mirándolo y comenta lo impresionante que es.

Mi prometido y yo tenemos una cita con uno de los siete proveedores que estoy considerando para el catering del banquete. Vamos a catar todos los platos que he seleccionado como posiblemente aceptables, incluyendo el pastel. Podemos elegir entre el de fresa y el de chocolate, y ambos de la mejor calidad, por supuesto; al fin y al cabo, una mujer sólo se casa una vez... si sabe elegir bien a la primera, claro.

—¡Querido! —ahí está mi Edward. Cuando se vuelve, no me queda más remedio que reprenderlo porque ya vuelve a tener las manos metidas en los bolsillos—. Cariño, estás haciéndolo otra vez.

—Perdona —me dice él, con esa sonrisa de disculpa que me parece tan encantadora, mientras saca las manos de inmediato.

—Eres demasiado guapo para tener un aspecto tan descuidado —como llevo unos zapatos planos, tengo que ponerme de puntillas para poder darle un beso en la mejilla. Huele a limpio—. Voy a tener que comprarte un bote de colonia.

Él desliza las manos hasta mis caderas, me acerca un poco más y me mira directamente al preguntarme:

—¿No te gusta cómo huelo?

—Hueles bien, pero es que me gusta la colonia — le doy otro beso en la mejilla, y me aparto de él—. Vamos, no quiero llegar tarde.

—Por supuesto que no, que Dios nos ayude si nos desviamos del horario previsto.

Me detengo en seco y lo miro con suspicacia, porque no sé si está burlándose de mí. A veces no estoy segura de si está bromeando o no, porque a pesar de que normalmente parece que estamos en perfecta sintonía, de vez en cuando tiene unas ocurrencias absurdas.

—Es de mala educación hacer esperar a alguien — no pretendo ser cortante, sino firme; a estas alturas, ya debería saber lo que pienso sobre el tema de la puntualidad, porque hemos hablado de ello largo y tendido.

Él me agarra de la cintura, y vuelve a acercarme hacia su cuerpo. No quiero besarlo, pero me inclina con un movimiento tan fluido, que acabo haciéndolo de todas formas. Sabe a menta.

—Lo siento, ya sé que no soportas llegar tarde a ningún sitio.

Sonrío al ver su aparente sinceridad, y lo beso con un poco más de entusiasmo antes de tomarlo de la mano.

—Vamos, Edward.

La encargada del catering nos da a probar pequeños sándwiches, taquitos de queso, espirales de carne y de lechuga... hay un poco de todo, pinchado con unos palillos con flecos muy refinados. Edward se come una exquisitez tras otra a dos carrillos, y es obvio que no está saboreando nada.

Después de contemplarlo horrorizada durante unos segundos, la mujer me lanza una mirada de conmiseración, y me dice:

—Como iba diciéndole, señorita Volt, no habría ningún problema en servir canapés para trescientos invitados...

—¿Trescientos? —Edward la mira con la boca abierta, y entonces se vuelve hacia mí—. ¿Qué...? Any, pensaba que...

No soporto que me llame así.

—Querido, la lista que te di ya estaba recortada al máximo.

Por un momento, tengo la impresión de que va a discutir conmigo delante de la encargada del catering, que a su vez baja la mirada con discreción. Estoy segura de que habrá presenciado una buena cantidad de discusiones prenupciales, pero como no estoy dispuesta a que se chismorree de mí en mis círculos sociales, me enderezo en mi silla y le lanzo a Edward una mirada de advertencia que funciona a la perfección.

Como él se limita a encogerse de hombros, retomo mi conversación sobre canapés.

Yo no tengo la culpa de que la lista de invitados de Edward se reduzca a sus familiares y a tres o cuatro amigos, la mía es mucho más larga. Tengo que invitar a mis colegas de negocios, a mis familiares, a mis amigos, e incluso a algunos que se creen mis amigos sin serlo. Mi vida tiene tantas capas como los pasteles que hemos probado, y esta boda es importante para mí. Le digo a la encargada del catering que la llamaré a finales de semana, y nos vamos.

Cuando llegamos a mi casa, Edward se quita la chaqueta y se afloja la corbata antes de estirarse en el sofá para ver la tele mientras yo preparo la cena. Es algo simple, pasta integral con un poco de salsa de tomate y una ensalada, pero estoy siguiendo una rígida dieta porque me niego a parecer un globo a punto de reventar en mi vestido de novia. Edward se queja de vez en cuando, pero como él no es el que cocina, le digo que no tiene derecho a protestar. Hoy se come lo que le pongo delante sin hacer ningún comentario.

Se le da muy bien escuchar, mejor que al resto de hombres con los que he salido, pero al darme cuenta de que está observándome con una expresión intensa mientras le explico una anécdota que me ha pasado hoy, me callo de repente.

—¿Qué pasa Edward?

No puedo evitar que se me acelere el corazón cuando se levanta y viene hacia mí. Cuando me besa y me doy cuenta de que sabe a aceite y a ajo, deduzco que yo tengo el mismo sabor de boca, así que me aparto un poco.

—Edward...

Su mano asciende hasta mi nuca, y hace que incline la cabeza para poder besarme de nuevo. Su lengua me acaricia mientras su mano me sujeta para que no me mueva, y al final cedo con un suspiro.

Su otra mano me cubre un pecho, y aunque mi pezón se tensa, aguanto las ganas de retorcerme. Siempre hace que me sienta así, como si no pudiera quedarme quieta, como si estuviera tocándome por todas partes a pesar de que sólo está besándome.

—Vamos arriba —me dice él.

No es una súplica ni una petición, y aunque tampoco llega a ser una orden, me levanto y obedezco.

No deja de besarme mientras subimos las escaleras. Me desabrocha la blusa y la falda, abre la puerta del dormitorio, y me tumba en la cama; aún en ropa interior, me rindo a sus besos y a las caricias de sus manos, y permito que me quite el sujetador.

Mi piel desnuda parece capturar su atención aún más que las muestras del catering; no me extraña, porque trabajo duro para mantenerme en forma.

Su boca empieza a descender, y me chupa los pezones hasta que me arqueo un poco. Sabe tocarme, sabe lo que me gusta y lo que no.

Una de sus manos me recorre los muslos y el vientre antes de trazar mi ombligo, y cuando su palma se coloca plana sobre mi piel firme, me tenso un poco a la espera de que baje un poco más.

Sus besos se han vuelto más lentos, y finalmente se aparta un poco para mirarme a los ojos; normalmente, me gusta cómo me mira, porque suele estar sonriente, pero en este momento me contempla con atención mientras su mano sube y me aparta un mechón de pelo. Cuando se inclina hacia mí y su aliento cálido me acaricia la cara, no hago caso del olor a ajo. Mis labios se abren a la espera de su beso, que no llega.

—Bésame, Edward.

Él lo hace, pero en la mandíbula y en el cuello, donde además se detiene a darme un ligero mordisquito. Aunque suelto un pequeño sonido de protesta y digo su nombre con desaprobación, la verdad es que tengo los pezones aún más excitados.

Como quiero alzar las caderas y apretarme contra su mano, o bajarle los dedos para que me acaricie entre las piernas, lo hago con impaciencia.

Él accede sin decir palabra. Sus dedos se doblan y se retuercen mientras se mueven a lo largo de la parte delantera de mis braguitas. Edward no consiguió aprender a tocarme de forma correcta, tal y como me gusta, hasta que hicimos el amor varias veces, pero ahora ya sabe que es como si tuviera un botón sexual secreto entre las piernas que sólo él sabe accionar.

Está apoyado en un codo, mirando el movimiento de su mano entre mis piernas. Desde este ángulo, puedo ver las pequeñas patas de gallo que tiene, y la forma ligeramente respingona de su nariz. Me pregunto por qué parece mayor que cuando lo conocí.

—Sí, así —le digo con voz un poco ronca, mientras abro más las piernas—. Quítame las bragas, cielo.

Él obedece, pero sigue el recorrido de la prenda de encaje y se coloca a los pies de la cama antes de poner las manos en mis tobillos. Siempre que me toca así, me sorprende lo grandes que son sus manos, porque me rodean los tobillos por completo. Las desliza hacia arriba hasta que mi cuerpo rompe los anillos que formaban sus dedos, y entonces las coloca sobre mis rodillas y me roza las corvas antes de colocarlas sobre mis muslos.

Cuando apoya una rodilla en la cama para acercarse más a mí, me estremezco ante la suavidad juguetona de sus caricias.

—Venga, cielo, quítate la ropa.

Él levanta la mirada sin apartar las manos de mis piernas, hace un pequeño gesto de asentimiento, y empieza a quitarse la corbata. Mientras se desabrocha la camisa, coloco un brazo bajo mi cabeza para ver cómo se desnuda para mí. Su piel tiene un ligero tono dorado, y el vello de su pecho parece cobre bruñido. Cuando se quita los pantalones, contemplo el vello que le rodea el pene y me humedezco los labios.

—Me gusta que te cuides, hay muchos hombres que no se molestan en hacerlo.

Edward estaba quitándose un calcetín, pero se detiene al oír mi comentario. Tiene el contorno de líneas definidas de una estatua, aunque me parece que se ha comido algún dulce a escondidas, porque a pesar de que sigue teniendo los abdominales bastante firmes, tiene los costados más fláccidos que hace unos meses. Voy a tener que endurecer nuestras sesiones de ejercicio.

Cuando acaba de quitarse los calcetines, se sube a la cama y me pregunta:

—¿A cuántos hombres te refieres?

Me gusta su calidez y la forma en que su cuerpo encaja con el mío, porque no es ni demasiado alto ni demasiado bajo. Siento la dureza de su pene contra un muslo, pero me muevo con impaciencia porque preferiría tenerlo en mi interior.

—¿A cuántos, Jane?

Pensaba que su pregunta anterior era meramente retórica, pero al ver que parece querer una respuesta, le digo:

—Supongo que a la mayoría.

Lo empujo un poco hasta que nos colocamos de lado, el uno frente al otro.

Siento que su erección se frota contra mi vientre, pero yo quiero tenerla más abajo.

—¿A la mayoría de los hombres del mundo?, ¿o a la mayoría de los que conoces?

—Ambas cosas. ¿Por qué estás tan... tan beligerante?

—Sólo estoy preguntándote algo que me parece pertinente.

—¿Qué estás preguntándome exactamente? —lo miro ceñuda, porque no me gusta que se ponga a hablar cuando lo que quiero es que me haga el amor.

—¿Con cuántos hombres has estado?

No sé si eso es de su incumbencia, porque no afecta en nada a nuestra relación.

Cuando le digo que ni siquiera permanezco en contacto con mis anteriores amantes, creo ver un brillo de diversión en su mirada.

—Dime con cuántos hombres has estado, Jane. Quiero saberlo.

—Con los suficientes para saber que tú eres con el que quiero pasar el resto de mi vida.

Es una respuesta muy buena, pero no parece satisfacerle. Me coloca una mano entre las piernas, justo donde quiero sentirla, pero se niega a acariciarme a pesar de que me muevo contra sus dedos, y al final suspiro con frustración.

—¿Por qué quieres saberlo?

—Por curiosidad.

—La curiosidad mató al gato, Edward.

—Yo no soy un gato.

—Vale, con diez. ¿Satisfecho?

Empieza a acariciarme, como si estuviera premiándome por haber contestado, y se limita a decirme:

—Sí.

Me empuja ligeramente los hombros hasta que me tumbo de espaldas, y a pesar de que la caricia circular de uno de sus dedos en el clítoris no consigue aplacarme, no lo detengo; sin embargo, me he puesto tensa con la conversación, así que va a costarme bastante el orgasmo.

—Has salido con más de diez hombres —me dice él, mientras me besa los pechos.

—Sí.

—¿Pero sólo te has acostado con diez?

Empieza a succionar lentamente un pezón, y su dedo desciende y se humedece en mi interior antes de volver a deslizarse por mi clítoris. Al sentir que estoy cada vez más mojada, desearía que el sexo no fuera algo tan indecoroso y sucio.

—¿Jane?

—¿Qué te pasa ahora?

Él permanece en silencio mientras su lengua desciende por mi torso, y abro un poco más las piernas. Aunque no me gusta demasiado practicar felaciones, me parece bien que Edward sea partidario del cunnilingus.

—¿Todos ellos consiguieron que tuvieras un orgasmo?

—Ya está bien, Edward.

—Quiero saberlo —me lame las costillas una a una con ligeros roces de la lengua, y me pregunta—: ¿Alguno te hizo esto?

Lanzo una mirada hacia su mano, que sigue ocupada en mi entrepierna, y admito:

—Sí.

—Y a ti te gustó.

—Cuando lo hacían como a mí me gusta, sí.

—Así.

Cuando me pellizca suavemente el clítoris, suelto un jadeo sobresaltado que se convierte en un gemido. Esta caricia en particular no se la he enseñado yo.

—No... sí...

Su dedo retoma el movimiento circular en mi clítoris, mientras su boca deja un rastro de humedad en mi piel. Cuando sopla suavemente, me estremezco y abro la boca un poco más conforme mi respiración va acelerándose.

—¿Te cubrieron así con la boca?

No puedo contestarle al sentir que su boca reemplaza a su dedo entre mis piernas, porque ese primer momento en el que su lengua me lame el clítoris siempre es muy intenso y me deja incapaz de articular palabra. Me contento con soltar un pequeño gemido, mientras alzo un poco el trasero para apretarme contra él.

La lengua de Edward es suave, cálida y húmeda, y recorre mis pliegues y mi clítoris antes de empezar a lamerme con un ritmo estable.

Pero no deja de hablar.

—¿Hicieron que te retorcieras así?

A pesar de que su lengua y sus labios me tocan con cada una de sus palabras, su voz no queda ahogada y puedo oírla con claridad.

—A veces...

—¿Sólo a veces?

Cuando su lengua presiona con fuerza contra mí, me sacude un espasmo.

—¡Sí!

—¿O sólo algunos hombres?

—Eso también —le digo con voz ronca.

Edward desliza las manos bajo mi trasero y me alza aún más hacia su boca, pero se detiene de nuevo y me pregunta:

—¿Ellos se ocupaban de su propio placer?

—¡Si no lo hacen, no me acuesto con ellos! ¿A qué viene tanta cháchara?

—Ah, se me olvidaba... no se puede hablar mientras se tienen relaciones sexuales.

—Yo nunca he dicho eso —me incorporo sobre un codo, y le lanzo una mirada molesta—. Lo que no me gusta es mantener una conversación, porque no puedo concentrarme. Hablar no supone ningún problema, ¿cómo esperas saber lo que quiero si no te lo digo?

En vez de contestar, Edward baja la cabeza hacia mi clítoris sin apartar la mirada de mis ojos. No me gusta verlo ahí abajo, pero soy incapaz de apartar la mirada mientras él cierra los ojos y empieza a hacerle el amor a mi vagina con la boca. Ver la caricia de su lengua al mismo tiempo que la siento hace que me recorra una sacudida de placer que me toma por sorpresa.

—Vuelve a hacer ese sonido —murmura él contra mi piel.

Sacudo la cabeza para intentar decirle que no puedo hacerlo a voluntad, pero lo repito cuando su lengua vuelve a moverse contra mí. Incapaz de apartar la mirada, lo veo sonreír y abrir los ojos.

—¿Alguno de ellos consiguió que hicieras ese sonido?

—No —le digo con sinceridad. Él ha sido el primero.

Se toma su tiempo, a pesar de que estoy tan desesperada que me retuerzo contra él. El placer borra cualquier pensamiento de mi mente y me ciega, mientras me convierto en una masa extasiada bajo sus dedos y su lengua. Por primera vez, no me da lo que quiero, me hace esperar, lo alarga hasta conseguir que le suplique.

—¡Edward, por favor!

Me corro en cuanto me penetra, estallo de placer al sentirme llena y repleta con cada una de sus embestidas; cuando me pone la boca en el cuello y empieza a succionar y a mordisquear, me sobresalto al tener otro orgasmo, y le araño la espalda.

Edward suelta un sonido sibilante, y acelera el ritmo de sus envites. Tiene la cara en la curva de mi cuello, pero como quiero ver su expresión cuando eyacule, le empujo el pecho para que se incorpore sobre las manos, y él lo hace.

—Abre los ojos, cielo. Mírame.

En vez de obedecer, él permanece con los ojos cerrados y se muerde el labio cuando se derrama con un gruñido. Cuando me caen algunas gotas de sudor de su frente en el pecho, me las seco y empiezo a pensar en la ducha.

Él se tumba de espaldas en la cama, completamente relajado y con los ojos aún cerrados, y suelta un bostezo.

—Apártate, voy a ducharme —le digo, mientras le doy un pequeño codazo.

Él abre un ojo para mirarme, y me contesta:

—Dentro de un minuto.

—Nada de un minuto, Edward. Ahora.

Al ver que no se mueve, me pregunto qué le pasa últimamente. Siempre parece dispuesto a llevarme la contraria.

—¿Qué te pasa?

—Nada —me dice, con otro bostezo.

—No te duermas así —cada vez más irritada, le doy un codazo un poco más fuerte.

—No voy a dormirme.

—¡Entonces, levántate de una vez!

Él se sienta, y bosteza otra vez. Intento incorporarme para ir al cuarto de baño, pero me detengo y lo miro cuando me agarra la muñeca.

Mientras estamos así, desnudos, con las sábanas enredadas y húmedas, con el aire impregnado del olor a sexo, siento el deseo de inclinarme y besarlo, así que lo hago. Él cierra los ojos mientras acepta la caricia pasivamente, y tarda varios segundos en abrirlos cuando me aparto.

—¿Estás enfadado por lo de los hombres?, ¿te parecen demasiados? —le pregunto con ternura.

—¿Crees que son demasiados?

—No. Aunque la verdad es que desearía no haberme acostado con la mayoría de ellos, porque fue una pérdida de tiempo.

—Entonces, no son demasiados.

Me inclino a besarlo de nuevo. Él es el único hombre con el que me he sentido así de coqueta.

—¿Te sientes intimidado?

—No.

Se lo he dicho en broma, pero parece que mi pregunta no le ha gustado demasiado.

—Lo sabía, te has enfadado. Por eso no quería decírtelo, a los hombres no les gusta que una mujer tenga más experiencia que ellos.

No entiendo por qué se echa a reír.

—Depende del hombre, Jane.

—No se preocupe, señor Cullen, yo le enseñaré todo lo que necesita saber.

—Eso no lo dudo.

Le lanzo una mirada de exasperación, y me siento cruzada de brazos contra la cabecera de la cama.

—Estás siendo muy ambiguo.

—Dios no lo quiera, Jane —me dice él, con un profundo suspiro.

—No me gusta tu tono.

Después de soltar un pequeño sonido burlón, se levanta de la cama y va al cuarto de baño. Me levanto también porque no me hace ninguna gracia que me haya dejado con la palabra en la boca, y cuando entro en el cuarto de baño, veo que está lavándose los dientes y que se ha dejado abierto otra vez el tubo de pasta dentífrica.

—¿Qué te pasa?, ¿estás celoso?

Me irrito aún más cuando vuelve a hacer ese pequeño sonido burlón, y me llevo las manos a las caderas. Él vuelve a colocar su cepillo de dientes en su sitio, y se limpia la boca con el dorso de la mano antes de volverse a mirarme.

—No, Jane. No estoy celoso.

—No sé qué es lo que te pasa últimamente Edward.

—No me pasa nada.

Lo miro con atención, y le pregunto:

—¿Te vas?

—Sí, mañana tengo que levantarme temprano.

—Pensaba que ibas a quedarte a dormir —no hay nada malo en mostrarle un poco de dulzura.

—No puedo.

A menos que se niegue a aceptarla, claro. Con expresión ceñuda, le digo:

—De acuerdo, pero que no se te olvide que mañana vamos a cenar con mis padres, y que el viernes tenemos una cita con el padre Harris.

—No se me olvidará.

—Muy bien. Cielo, no quiero que nos peleemos, no me gusta.

Me levanto de puntillas para besarlo, pero él aparta la cara y mis labios acaban posándose en su mejilla. Me aparto de inmediato, y le exijo:

—Bésame.

Él permanece inmóvil.

—¡Edward!

Él vuelve a soltar un profundo suspiro, pero sigue sin moverse.

—Edward, lamento que te haya molestado tanto este tema, pero no hace falta que seas tan inmaduro al respecto.

Al ver que se apoya en el lavabo con los brazos cruzados sin decir nada, me enojo tanto que doy un pisotón en el suelo, pero como estoy descalza, sólo consigo que me duela el pie.

—¡No me ignores!

—¿Cuál es mi color preferido?

—¿Qué? —me quedo sin saber qué decir, y eso es algo muy impropio en mí.

—¿Cuál es mi color preferido? —me pregunta él lentamente, con paciencia.

—¿Por qué me lo preguntas? —cada vez estoy más enfadada, y aprieto los puños contra mis caderas.

—Tu color preferido es el beige. Te gusta el helado de chocolate con sirope de vainilla, pero no soportas que el pastel de chocolate lleve nueces, aunque casi nunca comes pastel. Calzas un treinta y siete, y tu segundo nombre es Anne.

—¿Y qué?

—¿Cuál es mi segundo nombre?

Me quedo boquiabierta, pero cierro la boca de golpe al ver mi reflejo en el espejo. No sé cuál es su segundo nombre, ni siquiera sabía que tenía uno; de hecho, en las invitaciones de boda no aparece.

—Es Anthony.

No me gusta nada el rumbo que está tomando esta conversación.

—Pues muy bien. ¿Lo dices por las invitaciones?, si querías que pusiera tu segundo nombre en ellas, deberías habérmelo dicho antes.

—No, Jane, no lo digo por las invitaciones. Las invitaciones me dan igual... y también me dan igual la comida y la música.

—¡Lo sabía!, ¡sabía que todo te daba igual!

Edward se frota los ojos con las puntas de los dedos, y me dice sin mirarme:

—Pero las cosas importantes no me dan igual.

Tras un largo silencio, le digo con voz gélida:

—Si estás insinuando que a mí sí, a lo mejor sería mejor que te fueras.

Ha sido una amenaza por mi parte, pero Edward parece tomárselo como un regalo.

Permanece en silencio, pero como su rostro lo dice todo, no hace falta que hable. Me quedo tan atónita cuando pasa de largo junto a mí, que parezco enmudecer, pero cuando salgo al cabo de un momento del cuarto de baño y veo que ya se ha vestido, consigo recuperar la voz.

—¿Cómo quieres que sepa todas esas cosas si nunca me las has dicho?

Él permanece en silencio.

—¡Si cruzas esa puerta, no te molestes en volver!

Se detiene con la mano en el pomo, pero no se vuelve a mirarme.

—¡Te arrepentirás de esto!

¿Cómo se atreve?, ¿cómo se atreve a dejarme, a pesar de que soy yo la que está diciéndole que se vaya?

—¡Fuera...! ¡Fuera de aquí!

Él obedece.

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—Puedes decirme «ya te lo dije» —me dijo Edward, en cuanto acabó de contarme la historia.

—Pero no quiero hacerlo.

Permanecimos sentados en silencio. No le pregunté cuánto hacía que había sucedido todo aquello, porque carecía de importancia.

—¿Por qué no le contaste todas esas cosas sobre ti?

—Se sentía satisfecha con la situación, no mostraba ningún interés en saberlas.

—Pero... tú sí que las sabías sobre ella. ¿Te las dijo, o simplemente prestaste más atención?

—Eso ya no importa —me dijo con un suspiro.

—¿Te importaría decirme algo?

Me miró a los ojos, y contestó:

—Bella, creo que sabes que te diría cualquier cosa.

Nos echamos a reír, y fue fantástico sentir que mi vida no tenía que contener sólo dolor.

—¿Querías que ella supiera todos esos detalles sobre ti?

—¿Estás preguntándome si quería que la relación fracasara?

—Sí.

Nuestras manos estaban muy cerca la una de la otra en el banco, aunque no llegaban a tocarse.

—En ese momento, creía que no.

—Algún día vas a quedarte sin historias, Edward.

Se echó a reír, y se levantó del banco.

—Lo dudo. ¿Nos vemos el mes que viene?

—No lo sé... a lo mejor no.

Se metió las manos en los bolsillos, y me miró con expresión seria durante unos segundos.

—Espero que vengas, Bella. De verdad.

Cuando me sonrió, le devolví el gesto, como siempre.

—Gracias.

Él asintió, y nos envolvió un silencio demasiado tenso para mi gusto. Cuando retrocedió un paso, me levanté del banco y quedamos frente a frente, sin nada que nos separara aparte del aire y la duda.

—Gracias —le dije de nuevo.

—De nada —me contestó, mientras se inclinaba hacia mí de forma casi imperceptible.

Nos fuimos al mismo tiempo, pero en direcciones opuestas; sin embargo, cuando fui a cruzar la calle, lo vi también en la esquina. Nos echamos a reír con cierta incomodidad antes de separarnos de nuevo, y mientras me alejaba de él, intenté no pensar en el hecho de que caminos diferentes nos habían llevado al mismo sitio.


Y así como llegó, se fue…

En verdad que Jane era controladora, y pobre Edward que la tuvo que aguantar pero pues al final por fin reaccionó y la dejó, sólo que aquí Bella y él también se despidieron uhhhhhh… pero bueno, les recuerdo que todavía quedan otro capítulo.

Y también una disculpa por no haber actualizado ayer y tampoco haberles mandado el adelanto pero se me complicaron un poco las cosas y realmente lo olvidé, pero aquí esta.

Nos leemos el jueves!

L'S P