Dulce duque
La celebración de fin de año le resultaba altamente opresiva con el gentío felicitándose y besándose, como un simple cambio de hora pudiera cambiar sus vidas. Entre la niebla que cubría la cubierta vislumbró una figura que le resultaba vagamente familiar, provocándole un vuelco al corazón. Con una melancólica mirada perdida en el mar bravío parecía intentar luchas contra las emociones que escapaban a su voluntad, mostrándose rebeldes en su hermoso rostro.
No pudo evitar dirigir sus pasos hacía él. Pudo ver el momento en que percibió su presencia por la rápida transformación en su semblante. Fue como si de pronto se hubiera cubierto con una máscara de indiferencia, aun así, continuó acercándose. No sabía la razón, pero necesitaba saber si él estaba bien. Por un momento había temido que quisiera saltar y no le pareció buena idea dejarlo solo.
—¿Te encuentras bien? —Se atrevió a preguntar cuando llegó a su lado. Toda la familiaridad que le había parecido intuir desapareció al enfrentarlo. En realidad no se parecía con quien creyó confundirle. También lucía capa, como la última vez que le vio y el flequillo cubría su frente de un modo similar, pero aparte de eso...
—¿Y por qué no habría de estarlo? —Contestó burlón.
—No sé, parecías estar muy triste...
—¡Ja, ja, ja! ¿Triste yo? —Rio con energía—. ¡Sí, claro!... Dime, ¿Qué más has podido deducir con tu visión de águila? Ahora me dirás que creías que iba a saltar...
—Pues, ahora que lo dices...
—¡Ja, ja ja! Pues te equivocas... ¿Y qué haces aquí fuera? ¿Por qué no estás con el resto, celebrando el año nuevo, en vez de dedicarte a molestar a extraños?
—¡Ey! Yo solo trataba de ser amable...
—¡Ni necesito tu amabilidad ni te la he pedido! ¡Así que déjame en paz! —Sin más se dio la vuelta y marchó perdiéndose entre la neblina.
No daba crédito. Cuando lo vio le había parecido triste, pero de semblante amable— ¡Será idiota! —No pudo contener su enojo girándose hacia el océano. Si hubiera sabido que iba a reaccionar así no se habría preocupado en absoluto.
—¿Quién? —preguntó Georges, de improviso a sus espaldas.
—Un muchacho que había aquí. Parecía muy triste y solo he tratado de ser amable con él.
—¿El hijo del duque Granchester? —contestó.— Acabo de cruzarme con él y parecía estar bien...
—¿Granchester? —Le gustó la forma en que aquel nombre hacía repicar su lengua al pronunciarlo.
—Sí, es posible que coincidan en el internado. Tengo entendido que también asiste a él, aunque quizás sea en otro curso, ya que es mayor que usted.
—Espero que no. Ha sido muy desagradable.
—Bueno, es bueno hacer nuevos amigos, ¿No cree?
—Si son agradables sí, Georges, pero si son como él...
—Tengo entendido que ha tenido una infancia difícil... —Trató de disculparlo. El cambio que experimentarían los jóvenes de la familia Ardlay iba a ser bastante drástico, alejados del resto de la familia y esperaba que pudieran afrontarlo con la mejor disposición.
—Tú tampoco lo tuviste fácil y siempre has sido amable con todos nosotros —le atajó.
—Mis circunstancias fueron diferentes. Él perdió a su verdadera madre y el duque siempre está ocupado...
—A mí también me faltan mis padres y no creo que nadie pueda decir que me comporto de ese modo —replicó con enojo.
—... —Georges no supo qué contestarle. Visto así, tenía razón.— Sí, supongo que tiene razón... Quizás sea mejor que entremos a descansar... Aún faltan tres días para llegar a Southampton.
Continuará...
