Para quienes no me conocen: Hola, buenos días, soy Be. Todo fandom que toco perece (?). Un gusto :).

Y bueno, nada, volví con lo que precisamente no quería volver: hurt/comfort. Tengo que culpar a la eterna cuarentena por esto. Que, cabe aclarar, salió de una idea del plot de So Many Words Never Said. ¿Viste cuando haces un fanfic de tu fanfic? Bueno, algo así.

Va a doler, porque si no duele no sirve, gente. ¡No sirve!


Habían muerto un viernes por la noche y, aún así, el sábado se tomó el atrevimiento de ser un día soleado.

La muerte en las películas siempre es dramática, escandalosa, sufriente. El mundo se pausa para aquellos que lloran a través de velos negros, el cliché absurdo de la lluvia metafórica en el fondo. Y, sin ideas previas, ya que se tendía a excluir a los infantes de las tragedias familiares, Elsa creyó que existirían semejanzas con el mundo real.

Sin embargo, el segundero del reloj no paró, así como tampoco la canción pop de la radio se tornó en un piano melancólico, o nubes grises se apoderaron del cielo. Los pájaros siguieron cantando sobre el árbol del jardín, el perro del vecino ladraba a lo que parecía un gato. Todo siguió como estaba minutos antes de esa llamada telefónica. Lo único que cambió fue la realidad de Elsa, pequeña, inmediata y personal.

De un segundo a otro, el frío se le metió en el cuerpo de forma lenta y sutil, congelando los pulmones y penetrando los huesos con cada bocanada de aire. Adentrándose cada vez más hasta que los músculos se contraían solos en temblores, la punta de la nariz dolía y las lágrimas se volvían escarcha. Fue un momento donde no existió la noción del tiempo o del equilibrio, donde incluso el agua hirviendo se sentía como glaciar en la espalda.

Una hora después, el mundo seguía igual, con la diferencia mínima de un café en el olvido, una balada de fondo y un celular que no paraba de sonar.

Parecía un recuerdo lejano, un momento mezclado entre tantos otros de la memoria, cuando en realidad sucedió esta misma mañana. Resultaba complejo ubicarse en el tiempo, cuando el frío se asentaba en el cuerpo de tal manera. Elsa ya no tenía idea de qué estaba haciendo, nada más que hacía cosas. Funcionaba en piloto automático, siendo lo que sea que se necesitase en el momento. Ya sea proveedora de documentos, un hombro sobre el cual llorar, testigo en el proceso de identificación en la morgue, u otra persona más sentada en las escaleras del hospital.

Necesitaba el aire y la vida cotidiana. El bullicio de la avenida, conversaciones que fueran desde quejas sobre el tráfico hasta chismes sobre gente que no conocería nunca. El sol de la tarde iluminando las mariposas que se posaban sobre las flores en el cerco de la entrada. Los ruidos constantes de la ciudad. Lo normal.

Cuando cruzó la entrada, fue fácil pensar en que todo esto era un simple delirio que desaparecería tan pronto como Elsa volviera a sentir las yemas de los dedos.

El zumbido constante de los tubos de luz en medio del silencio sepulcral de la morgue la trajo de vuelta a la realidad.

Sus padres estaban muertos. Era un hecho que no iban a volver.

El frío aún no le abandonaba los huesos.

A unos metros, un par de niños jugaban en los escalones a los dinosaurios de plástico, desligados de la realidad del hospital a sus espaldas. Quien parecía su madre estaba sentada al lado, vigilando y advirtiéndoles cuando se alejaban más de la cuenta. Recordó los fines de semana de visitas familiares y tardes en el parque. Anna siempre llevaba sus muñecas y se dispersaban por ahí en busca de hojas y palitos para hacerles casitas rudimentarias.

Una vez se alejaron tanto que terminaron en la orilla de la laguna, mirando una familia de patos que salían a pedir comida y luego volvían a su pequeña isla. A su madre no le pareció divertido. A Elsa tampoco, porque como Anna tenía cinco, era ella quien debía ser la más responsable de las dos.

De repente, la muerte cobró sentido.

Quería llorar lágrimas de escarcha otra vez. Quizás con tristeza, quizás con algo de rabia.

Pero, ¿por qué llorar? ¿Bajó qué razón? Esa era la cuestión. El por qué, el por qué real.

¿Por el dolor de que ya no estén? ¿De llegar a un hogar vacío y terminar hecha un mar desesperación el medio de la sala de estar? Sí, era el dolor. En su mayoría, supuso. Porque los quería y ellos la querían a ella y siempre trataron de hacer lo que creyeron mejor. O así iba la frase, al menos. Era un ida y vuelta. Yo te importo. Tú nos importas. Hacemos lo correcto. Todo está bien como está. Sin quejas.

Nada de quejas, no, ninguna.

Pero entonces, ¿qué pasa con el enojo? Qué pasa con el dolor, el enojo y la culpa ante la más mínima chispa de júbilo por la simple idea de la libertad y la confusión, porque así no es como se deberían sentir los cierres por más que fuera con la muerte pero de todas formas no se sentía como tal entonces cómo-

¿Cómo podía ser esto un cierre?

Al mismo tiempo, ¿cómo podía no serlo?

Fue lo fácil, fue la salida más fácil.

No era el mejor momento para analizar estas cosas (nunca lo era ni lo sería), porque estaba segura que hasta la mera ocurrencia de hacerlo ya era irrespetuosa. Elsa no debía ni sentir nada remotamente similar ni en el fantasma de su estructura. En caso contrario se ocultaba, se pretendía que no era real para que el mundo a su alrededor pudiera seguir adelante.

Si no está ahí, entonces no existe.

¿Había prueba alguna? No, en lo absoluto. Por ende nada es real, porque Elsa tomaba orgullo en su capacidad para ocultar ciertas cosas. Aún lo hacía, y no pensaba dejar de hacerlo.

Por lo que se quedó ahí, con el mentón sobre las rodillas. En su mundo inmediato, privado y diminuto. Donde todo está bien, las separaciones no duelen, los sacrificios no existen, y ella es una marioneta bonita y feliz viviendo una bonita, feliz vida en su escenario de cartapesta.

Los malos hábitos son difíciles de matar. Más que nada cuando el esfuerzo es nulo.

Se quedó ahí, un rato más. Escuchando charlas casuales de quienes iban y venían, observando despreocupación e inocencia ir de acá para allá con hombros de algodón entre risas y dinosaurios con gruñidos de aviones. A quienes tenían oportunidades de las que ella se tuvo que desligar.

De todas formas logró distinguir los pasos, perdidos entre el montón, que se hacían más fuertes a medida que avanzaban. Eran temerosos e inseguros, y por un momento se preguntó si no se trataba de alguien que se estaba dando a la fuga.

Supo de quién se trataba cuando tomaron asiento con la misma precaución. Bastó únicamente su presencia. Era una sensación… extraña, pero certera. Igual que cuando se está solo por la noche y se sabe que hay alguien detrás. Darse la vuelta, entonces, significa voltear a la realidad catastrófica, a una mente imaginativa o a memorias intangibles.

—Hey.

Elsa volteó la cabeza, porque esta vez no habían hechos trágicos de fondo, sino todo lo contrario. Anna estaba ahí, sentada a su lado.

Habían pasado casi cuatro años.

La puerta de la morgue no era la forma de reencuentro más ideal, a decir verdad. Y una parte de ella deseaba que nunca hubiera tenido que existir uno. Que hubieran recibido la noticia juntas, que Elsa pudiera sentir el frío en la yema de los dedos y sus lágrimas hubieran sido compartidas, en vez de escarcha derretida. Sin embargo, ver a su hermana menor reírse con los hombros de algodón que Elsa no pudo conservar, en todas esas reuniones esporádicas a lo largo de los años, valía la pena. A Elsa le bastaba con que Anna fuera feliz por las dos.

No obstante, este no era el momento para ceder ante la melancolía, para disculparse por actitudes pasadas o brindar explicaciones. Se trataba del aquí y el ahora. De la necesidad inmediata de encontrar consuelo.

Elsa vio los labios de Anna temblar. Parecía buscar las palabras correctas, con la confusión, la incertidumbre y la angustia danzando con el reflejo del sol sobre sus ojos verdes. Decidió entonces por realizar el simple gesto de extender el brazo, y Anna se le abalanzó con fuerza corporal total y una ola de lágrimas.

Era un calor reconfortante, del tipo que te devuelve a la realidad poco a poco, que da tiempo a respirar, al adaptarse a sentir otra vez y que era tan contrastante del fuego ardiente que solo sabe dejar marcas. Se sentía como el chocolate caliente en invierno o estar acurrucado bajo las sábanas. Suave, gentil, reparador.

Elsa le abrazó fuerte por los hombros, apoyando el mentón sobre su cabello cobrizo y cerrando los ojos al punto que veía manchas de colores, para no quitarle el protagonismo a las lágrimas de Anna.

—Lo siento, —susurró casi sin voz—. Lo siento tanto, Anna.

Lamento tu pérdida. Lamento nuestra pérdida.

Lo lamentaba con toda la honestidad del mundo y, a la vez, no tanto. Por esa culpa ante la mínima chispa de júbilo en las partes escondidas de su alma. Las partes de las que no tenía pruebas y, por lo tanto, no existían. Ahora tenía que ser la pequeña marioneta bonita pero trágica, con su ahora triste vida de cartapesta.

Más allá de todo, este era el mejor de los finales.

Porque sus padres estaban muertos.

Era mejor así.


Cualquier cosa, saben donde encontrarme (?). Espero poder publicar el 2° cap pronto, que esto recién empieza, ja.