Prólogo
Los gritos inundaban las calles, mientras los pesados cascos de tres docenas de caballos rompían contra el suelo empedrado de lo que una vez, fue un pueblito, que, aunque modesto, estaba lleno de gente honesta y trabajadora. Las llamas consumían las pequeñas casas con techos de madera y paja, mientras la gente se dispersaba por el miedo y la desesperación, eran cazados uno por uno por los bandidos que estaban empeñados a tomar el control de la tierra.
-General, hemos visto a un grupo grande de aldeanos que tratan de escapar por el rio- un exaltado hombre de gran altura, machete en mano, se dirigió hacia aquel que lideraba el ataque.
- Reúne a los hombres, no podemos dejar que nadie escape de este pueblo olvidado de dios, no antes de que consigamos lo que venimos a buscar-dijo el líder, montado en un enorme caballo negro con un pesado acento extrangero. – no se perdonarán errores ni retrasos, así que más les vale que los atrapen-. Terminó, amenazando al temeroso hombre con la punta de su espada a medio pecho.
-como ordene general James- dijo el hombre antes de salir corriendo a dar la alarma.
El general James Taylor ya se encontró en sus 40tas, y esta era su última oportunidad de poder brindarle un poco de respeto a su familia. Ya tenía casi un año que había sido asignado a esta región, y hasta hace poco, no había podido comprender el valor que su gobierno le daba a esta tierra. ¿Y cuál era este valor? oro, gran cantidad de oro.
Debido a la gran inestabilidad política por la que pasó la mayor parte del nuevo continente gracias a la expulsión del gobierno español, muchas otras potencias habían puesto los ojos en las enormes riquezas que se escondían bajo los pies de los pequeños pueblos, que, sin saber , les había colocado una diana enorme en su espalda.
Taylor había dirigido muchas batallas en su juventud, victorias que le habían permitido escalar rápidamente en el ejercito hasta convertirse en un respetado general. Pero si algo había descubierto, y de la manera más difícil, es que lo que se construye con mucho trabajo y sacrificio, se desmorona con tan solo un error. Y aquí estaba, denigrado a dirigir un montón de matones y mercenarios, siendo usado como simple títere a la orden de los poderosos.
Sacudió con fuerza la cabeza, no era hora de lamentarse por el pasado. Con fuerza le obligó a su caballo seguir el camino marcado por el mercenario cobarde.
Este pueblo era lo último que se interponía para tomar el control total de la zona. Una vez borrado del mapa, se podría explotar la tierra con total libertad y así hacer más ricos a los poderosos de la madre patria. Para James el oro no tenía valor alguno, solo era un medio para poder regresar junto a su familia.
-No los dejen escapar, rodéenlos y así van a poder llenarse los bolsillos, las pertenencias de valor que encuentran pueden quedárselas, no dejen a ninguno con vida- gritó a la casi cincuentena de hombres sedientos de dinero, hombres sin escrúpulos, que no les importaba asesinar a su propia gente por una promesa. Pobres idiotas, se habían tragado la historia de que iban un verse beneficiados por la explotación de la región.
Después de casi media hora de búsqueda, lograron divisar a la pequeña muchedumbre, que desesperados, intentaron huir de la violencia que había desolado todo lo que conocían, siguiendo río abajo con la esperanza de poder despistar a quienes los seguían. Ya no había donde escapar.
Escasos 5 metros los separaban, los aldeanos aterrorizados dejaron de moverse, ya no tenía caso seguir postergando lo inevitable, solo les quedaba esperar a que terminaran su sufrimiento. Taylor hizo una seña a sus hombres de detenerse. Examinó más detalladamente a quienes perseguían: No eran más que un puñado de pocos hombres, con sus mujeres e hijos, y algunos ancianos que con dificultad trataron de seguir el ritmo apresurado.
Un hombre dio un paso al frente, siendo detenido por una mujer que cargaba tres pequeños bultos, Taylor pudo ver que se trataba de 3 pequeños bebés. La mujer lloraba con desesperación, mientras que el hombre intentaba consolarla diciéndole que todo iba a salir bien.
-Alma, por favor, tienes que confiar en mí- casi rogó aquel hombre a su esposa. -Debo intentarlo, por nuestra familia.
-No lo hagas Pedro, ¡te lo ruego! – lloró alma desesperada. – si algo te pasa, que va a ser de nosotros, déjame ir contigo-
-Todo va a estar bien, de una u otra forma, quédate atrás, necesito que cuides a los niños. Son mi mayor tesoro, y si puedo hacer algo para salvarlos, debo intentar- Pedro miró por última vez a su amada familia, un beso y un fuerte abrazo, para dar la vuelta y ver cara a cara a sus agresores.
Pedro dio algunos pasos al frente, cada uno más difícil que el anterior, todo lo que amaba estaba en peligro mortal, y la voz de su esposa no lo hacía más fácil. Haría todo lo necesario para salvar a su familia, así tendría que rogar por su misericordia, lo haría. Y en el peor de los casos, les daría el tiempo suficiente para que huyeran.
Caminó hasta estar a un par de metros del hombre del caballo. Pudo reconocer que era extranjero, a pesar de ir a caballo, pudo distinguir que era alto, de tes blanca y cabello rubio, una barba recortada adornaba su rostro, vio sus ojos, de color azul claro, fríos como el hielo que lo miraban.
-Por favor deténganse, tenemos mujeres y niños, tengan piedad. Nosotros no hemos hecho daño a nadie, se los suplico. – dijo lo más alto posible para que su voz se alzara entre el barullo.
- Se les advirtió, que, si no desalojaban el pueblo, los íbamos a sacar a la fuerza- James habló con voz vacía, vio al hombrecillo que dubitativo, seguía acercándose, no sabiendo que planeaba conseguir.
-No tenemos a donde ir, aunque quisiéramos, irnos de nuestro pueblo solo nos dejaría a merced de la inclemente naturaleza- Trató de razonar Pedro. – por favor señor, lo único que pido es que nos dejen ir, mis hijos van comenzando su vida, no se las arrebate, haré lo que sea.
James miró por un segundo a la mujer unos metros más atrás, lloraba abrazando a los tres bebés, gritando el nombre del que suponía, era la persona frente a él. Un momento de duda lo invadió, había hecho cosas terribles por muchos años, justificando dichas acciones con deber, pero lo que estaba haciendo ahora no era por deber, era por él, por su familia. Vio a su hijo reflejado en los hijos de Pedro, si no hacia esto, sería su hijo el que correría el destino de estas personas. Eso fue lo que le hizo tomar la decisión.
Pedro miró todas las emociones que cruzaron por el rostro de James, la esperanza surgió de su pecho cuando la duda cruzó por el seño fruncido del hombre al desviar por un segundo la mirada a su familia. Esperanza que rápidamente se convirtió en terror cuando la duda dio paso a una decisión, una decisión que condenaría a su tesoro.
Todo paso muy rápido, el sonido del acero balanceándose en el aire, hundiéndose con carne desnuda, un grito desgarrador de una mujer, un cuerpo cayendo con un sonido ahogado por las aguas del rio, aguas azules que se convirtieron poco a poco en rojo apagado .
-ataquen- probablemente Taylor.
El Candel que sostenía Alma cayó al suelo, casi al mismo tiempo que el cuerpo de su esposo hacia lo mismo, su grito de dolor llenó todo el valle, abrazando a sus pequeños hijos contra su pecho, no le quedó otra que esperar el final. Las lágrimas nublaban su vista, le hacían difícil poder ver los rostros de los tres bebes, rostros intranquilos que la miraban sin saber ni entender las circunstancias.
Todo lo que sucedió después fue tan rápido como increíble. La vela que yacía en el suelo rodeado del vidrio del Candil, en lugar de desvanecerse la llama, cobró vida. Primero débilmente, pero crecía en intensidad a cada segundo, la vela a medio consumir poco a poco se fue materializando hasta convertirse en un cirio decorado con ondas iluminadas que parecían cobrar vida propia, flores de fuego palpitaban al ritmo de la respiración de Alma.
El suelo tembló, el caballo de James relincho con fuerza y se paró en dos patas casi tirando al jinete, que con fuerza se hizo con las riendas hasta recuperar el equilibrio. -Dios mío, esto es imposible, que clase de brujería es esto- gritó Taylor para sí mismo.
Lo que fue la ribera de un río se empezó a alzar con montañas, montañas que brotaron entre la gente asustada del pueblo y los asesinos que cargaban contra ellos, la casi cincuentena de hombres armados fue arrastrada y sepultada entre roca, arena y agua. Taylor obligó a su caballo a correr a toda marcha al lado contrario para escapar de semejante uso de poder. El caballo desesperado corría entre los árboles en el cada vez más inestable terreno, el estruendo de las rocas chocando entre si ensordeció al hombre.
La terraformación hizo tropezar al caballo mandando al jinete a volar por los aires varios metros. Su cuerpo hizo ruido sordo al chocar con el suelo, que, por suerte, era tierra ablandada por los movimientos de las placas tectónicas debajo, sin embargo, fue lo suficientemente fuerte para robar el aire de los pulmones del hombre.
Así como empezó, todo terminó, el silencio reemplazando el caos. Silenció solo cortado por las fuertes bocanadas de aire de Taylor. Había sobrevivido, había salido con vida de tremenda locura. ¿Era un castigo divino? ¿Era la demostración celestial de sus pecados? No lo sabía, lo único que sabía eran las consecuencias de su fallo, consecuencias que no solo lo afectarían a él, sería un manto oscuro que cubriría a todo lo que él amaba. Ese fue el último pensamiento que tuvo antes de perder la conciencia en el borde de lo que ahora era una enorme muralla natural, que protegería para siempre un encanto.
