Una idea totalmente random, pero un poco inspirada en una situación que ocurre en mi día a día. Espero que les guste y cualquier duda que tengan, feedbacks, ya saben que pueden dejarme un comentario y les responderé tan pronto pueda.
Mucho cariño y manténganse saludables.
Disclaimer: La idea, personajes originales y demás que no puedas reconocer en el mundo de Harry Potter, me pertenece. El resto, como Hermione, Severus y todo aquello que sí reconozcas, le pertenecen a JK Rowling y al mencionado mundo de Harry Potter. Fan fic sin fines de lucro y con un único propósito que es el de entretener a quiénes lo lean.
Prólogo: Necesidades.
No lo podía negar. Verlo sentado del modo en que lo estaba en aquel preciso momento, con un vaso lleno de whisky de fuego, una pierna cruzada por sobre la otra y una sonrisa cínica de oreja a oreja, meneando suavemente su trago de un lado al otro, le resultaba una vista un poco sensual, por así decirlo.
Intentó no sonrojarse frente al hombre que no dejaba de mirarla en la semi oscuridad en la que siempre parecía estar sumido, de su despacho.
El único sonido que sus oídos podían registrar, a pesar del zumbido en sus oídos que trataba de ignorar tras semejante conversación, era el perezoso golpeteo de los cubos de hielo dentro de aquel vaso con líquido ámbar, que reflejaba la pobre luz de la chimenea en el despacho del profesor.
— Piénselo bien antes de responder, señorita Granger. — su tono de voz a pesar de tener un dejo de burla, no dejaba de sonar intimidante. Él sabía cómo obtener lo que quería y hasta ese día, no había sido capaz de negárselo. — Usted necesita de un esposo y yo necesito un hijo. Los dos salimos ganando, ¿no le parece?
De no estar el diario El Profeta, desplegado a un lado de él en su escritorio, dudaría de siquiera comprender de lo que estaba hablando.
Por supuesto, claro. La ley matrimonial.
— ¿Por qué yo precisamente, profesor Snape? ¿Por qué ahora? — apenas si encontró voz para hablar. Sentía la garganta seca desde aquel momento en el que había recibido una carta de un hombre que hacía muchos años, creía muerto.
— Siempre suspicaz, ¿no es así, señorita Granger? — dió un pequeño sorbo a su vaso con whisky, humedeciendo sus labios y a continuación agregó. — Pues si tanto quiere saberlo, fue un muy simple y lógico estudio de quiénes, genéticamente hablando, podrían ser las mejores candidatas para ser las madres de mi futuro heredero. Usted, señorita Granger, reúne muchas de las cualidades, a pesar de que no quiera admitirlo, que quisiera que mi futuro hijo tuviera. Y aunque también deteste admitirlo, Granger, usted y yo tenemos "ciertas" cosas en común que posiblemente harían de nuestro matrimonio arreglado, algo más... tolerable.
La simple y llana sorpresa en su explicación tan común, fue lo que le permitió continuar hablando, a pesar de que su voz se quebró a último minuto y le permitió ver una fugaz expresión de diversión en su rostro.
— ¿Y qué tal si no tengo un hijo precisamente, profesor? ¿Qué pasará según usted si tengo una hija? Además, ambos somos hijos de al menos un padre Muggle. Que pasaría si nuestro hijo o hija, nace sin cualidades mágicas?
— Estoy seguro de que lo resolveremos sobre la marcha. — el hombre pareció reflexionar y Hermione tuvo la aterradora impresión de que Severus Snape no había tomado en cuenta dichas posibilidades. Y las posibles soluciones que se estaba imaginando, no le gustaban en lo absoluto.
— Acaso, de tratarse de una niña, ¿me obligará a abortar? ¿Acaso asesinará a su propio hijo, de no poser ni una pizca de magia? — el profesor permaneció en silencio y como si supiera que más preguntas lloverían. — Voldemort ya murió, hace mucho tiempo, ¿para qué diantres quiere un heredero? ¿Se trata acaso de algún plan maligno que desconozco y del cuál tengo que preocuparme? Pensé que ya había dejado esa horrible etapa atrás, profesor Snape. ¿La profesora McGonagall sabe de ésto?
Con movimientos aún perezosos de su mano al revolver el vaso con whisky, el hombre solo pareció querer contestar una sola de las diez o quizá más, preguntas que había hecho a la vez.
— No. No lo sabe y prefiero que mantengamos ésta conversación entre usted y yo, señorita Granger.
— Oh sí, como si eso llegara a pasar si me casara con usted.
La socarrona sonrisa en los labios de Snape, prácticamente le heló la sangre.
