Capítulo 2 de 2
Enma soltó el aire que había retenido al notar que el Vongola no se había puesto de pie ni le había golpeado por atreverse a tener un gesto tan personal. Tragó saliva, apretando con un poco más de confianza dicha mano y Gokudera hizo algo que, además de sorprenderle gratamente, le hizo sonreír otra vez. Dio vuelta su propia mano y entrelazó sus dedos con los de él, mirándole luego fijamente a los ojos con un poco de asombro por el vuelco de la situación.
Por insólito que suene, le había asombrado. Porque aunque Gokudera no era idiota tampoco imaginaba que alguno de los dos fuera a ser capaz de admitir que les agradaba la compañía del otro, y que esa era la razón por la que por momentos se mostraran como dos completos desconocidos. No había sido fácil aceptar que en más de una ocasión habían disfrutado de los ligeros roces accidentales. Como el quedar apretujados entre medio de una muchedumbre estudiantil o, como le pasaba con el décimo, cuando sus cuerpos quedaban pegados en un transporte público lleno de gente, haciéndoles bullir las hormonas.
—Bien —dijo Gokudera carraspeando y retirando esa mano como si de repente la de Enma quemara. Tomó las hojas y continuó—, la tecnología en la edad media… este tema es fácil —lo miró, regalándole una media sonrisa que pecaba de sugestiva. Sonrisa que Enma correspondió levemente.
Se perdieron unos minutos entre explicaciones, pero se notaba que Gokudera no estaba con todas las luces para explicar, ni Enma con todas las luces para entender lo que le estaba diciendo. Su mente era una bruma espesa, porque también se daban cuenta de que con haber sentido el ligero toque de los dedos no se quedarían conformes.
Enma se estiró apenas, lo necesario para alcanzar con los labios la mejilla de su tutor improvisado, sorprendiendo a Gokudera por el gesto y arrancándole otra sonrisa cómplice. Dejó de mirar la hoja para mirarlo a él. Dudó unos segundos antes de hacer lo que quería. Las piernas le temblaban, pero así y todo Hayato se animó a rozar esos mismos labios con los suyos.
Con una mano, que había comenzado a sudar de nervios puesta en la mejilla, lo acercó más a él para profundizar ese beso. Sintió los dientes de Enma clavándose suavemente en sus labios y casi al instante la humedad de su lengua, buscando tímidamente la suya. No pudo evitar abrir los ojos, estupefacto por ese atrevimiento, y luego la boca, deleitado por la agradable sensación del leve y suave roce de ese beso.
La mano de Gokudera cobró más firmeza sobre la mejilla del chico, mientras que con la otra buscó la manera de llegar a su cintura sin morir de pena, necesitaba hacer algo que le ayudara a tenerlo más cerca y satisfacer esa demanda que se traducía a un inexplicable temblequeo que no lo abandonaba ni lo dejaba en paz. Tenía las mismas mariposas en el estómago que sentía cuando estaba por completo a solas con el décimo, la única diferencia es que no estaba con él décimo. Obvia diferencia.
Enma se aferró de la camiseta roja del Vongola, como si buscara con el gesto darle más confianza para acercarse, pero el teléfono celular de Gokudera rompió todo el encanto.
De golpe, estar hablando con Tsuna luego de haberse estado besando con Enma le hizo sentirse despreciable y muy culpable. Cuando no tenía razones para sentirse así.
Notó que Enma se ponía de pie para juntar sus cosas. Predecía sin necesidad de palabras que era hora de marcharse; el décimo requeriría la presencia de su guardián y Gokudera no sabría rehusarse.
Y a Enma ese detalle incomprensiblemente no solo le molestaba, además le dolía.
Gokudera cortó, dejándole esa sensación a Tsuna de que algo andaba mal con él, para pararse y buscar rápidamente algo en su mente que frenase la partida del chico.
—¿Te vas?
—Escuché que Tsuna te invitó a ir a lo de Yamamoto. Supuse que querrías ir, porque le dijiste que sí…
Asintió, pero era solo para jugar video juegos, no era algo tan importante o elemental como estudiar o… besarlo.
—¿Quieres venir?
Enma giró lentamente, sorprendido por esa imprevista invitación. No sabía por qué, pero no le parecía correcto aceptar, sin embargo tampoco podía negarse a sí mismo que quería quedarse un rato más con él.
—Adelheid va a preocuparse si no le aviso que llego tarde a casa.
—Llámala —le dio su celular, sabiendo que todavía no se había comprado uno desde que se lo habían robado—, dile que no se preocupe, que yo te acompañaré a casa.
Enma asintió, tomando con algo de duda el celular para marcar. A Adelheid no le hizo mucha gracia, pero no tuvo otra opción que aceptar, más que nada porque Enma no le estaba preguntando si podía, simplemente le estaba avisando que llegaría tarde, pero que no se preocupase porque el Vongola lo acompañaría. Adelheid no sabía qué le inquietaba más, si los rufianes que lo acosaban diariamente o el guardián en cuestión.
Cuando Gokudera se apareció en la tienda de Yamamoto en compañía de Enma, fue la segunda pista que obtuvo Tsuna. Sin dudas esos dos se estaban llevando mejor de lo esperado y no podía reclamárselo a Gokudera porque él había sido quién lo arrastró a ello.
No podía reclamarle a su supuesta mano derecha el que ahora no le dedicase tanto tiempo ni tanta atención como antes, que ya no pasara tantas horas a su lado. No era quién, y si bien al principio el detalle le aliviaba un poco –Haru en el fondo tenía algo de razón, Gokudera podía ser un poquito absorbente a veces- no sabía por qué motivo en el presente le fastidiaba hasta el punto de convertirlo en una persona que odiaba ser.
—¿Qué haces aquí? —su decepción fue tan transparente que Enma se escondió tras Gokudera, buscando pasar desapercibido.
—Yo lo invité, décimo. Como estábamos estudiando juntos…
Tsuna se obligó a plantar su mejor cara, tratando de borrar esos sentimientos tan egoístas que lo habían gobernado en ese breve instante.
—Genial, así podemos hacer partidas de dos —disimuló, regalándole una sonrisa a Enma que no convenció demasiado al susodicho.
Yamamoto los hizo pasar amablemente a su cuarto y entre juegos de consola y galletas de vainilla la tarde murió. La vuelta a casa fue de lo más incómoda y extraña, porque Gokudera quería acompañar a los dos, cuando los dos vivían en el sentido opuesto. Y pese a que Enma y Tsuna discutieron afablemente sobre acompañar al otro, al final terminó ganando Enma, porque Gokudera se mostró de acuerdo con la idea de acompañar primero al décimo.
Así que los tres iban caminando en un silencio demasiado embarazoso en dirección a la residencia Sawada. En la puerta, Tsuna se despidió de ambos y le dio las gracias a Gokudera, lamentando no poder invitarlo a cenar, como solía hacer cuando regresaban tarde de lo de Yamamoto y lo escoltaba hasta su casa. Tuvo que ver como su auto proclamada mano derecha se iba junto al jefe Simón.
El silencio no fue menos incómodo cuando quedaron ellos dos solos, al contrario, fue más pesado e intolerable. Enma buscaba la manera de conseguir lo deseado, sin ser demasiado osado y sin pretender asustarlo o darle una idea errónea de su persona.
—Es temprano —murmuró, haciendo el primer vago intento—¿podemos…?
Gokudera lo miró, entendiendo las intenciones. Él también quería seguir con lo que habían dejado a medias. Durante toda esa tarde, mientras lo miraba jugar a los videojuegos, no había dejado de pensar en lo que había pasado. En el hecho sensacional de que se había besado con un chico.
Él no era de pensar en esas cosas, se tomaba tan a pecho su papel de mano derecha que no tenía tiempo para pensar en amoríos o, siquiera, en darle espacio a otra persona que no fuera el décimo en su vida. Al final, la gente tenía razón… su vida giraba demasiado entorno a Tsuna y la familia Vongola.
La máscara finalmente se había caído y le molestaba tener que darles la razón a todos esos bocones sobre su dudosa y ambigua vocación al décimo. Él decía que no se trataba de nada de eso, aseguraba que lo suyo no era amor sino entrega y devoción, pero ahora… ahora no estaba tan seguro. Porque Enma venía a demostrarle que los chicos sí podían atraerle al punto de querer besar a uno; de querer tocarlo de una forma indebida y descubrir todas esas emociones que ya de por sí en solitario se sentían muy bien.
—¿Quieres volver a mi departamento? Puedo seguir explicándote…
Enma asintió, aliviado de no haber sido él quien al final lo propusiera, si bien había sido el que había dado pie para que la propuesta surgiese.
Era evidente que a ninguno de los dos le importaba un ápice Historia o siquiera el examen en cuestión, al menos eso quedo en claro apenas Gokudera terminó de cerrar la puerta de su apartamento y su espalda se apoyó bruscamente contra ella, apresado por el calor del cuerpo del chico y la torpeza de un beso desesperado.
—Oh, Dios, eres… tan lindo.
Gokudera sonrió ante el cumplido y pensó lo mismo del chico, pero a él no se le daban esas cosas. A Enma tampoco, pero aquello le había surgido espontáneo, como el que no piensa en lo que está diciendo, ni mucho menos, en cómo lo está diciendo.
Gokudera lo abrazó por la cintura, sin estar bien seguro de lo que debía o no hacer en esas circunstancias, nunca había tenido tanta intimidad con alguien, menos que menos con un chico de su misma edad que, por lógica, podía llegar a tener su misma nula experiencia. Sin embargo Enma logró desconcertarlo cuando comenzó un desesperado recorrido por el cuello, primero con los labios, dejándole besos que le hicieron dar un vuelco en el estómago, y más tarde con la lengua, que le provocó una ligera erección.
Su propio gemido logró desconcertarlo, no porque desconociera el propio sonido de su voz sino porque le avergonzaba estar gimiendo frente a otra persona; tampoco había podido evitarlo.
Quiso preguntarlo, pero no se atrevió a interrumpir lo que el chico estaba haciendo, quería más… más de lo que pudiera o se atreviera a darle. Y ese "más" fue mucho más de lo imaginado.
Las manos de Enma buscaron con vacilación la pretina del pantalón de Gokudera al advertir la erección, que había ocasionado la suya con pasmosa facilidad. En ese punto, Gokudera lo tomó de la mano y lo distanció un poco. Estaba yendo demasiado rápido y no le daba tiempo a acostumbrarse a la novedad que de por sí era hacer esas maravillas con un chico.
—¿Ya hiciste esto antes? —preguntó con curiosidad, asomando apenas una fugaz sonrisa nerviosa.
—N-No —mintió Enma, sintiéndose terriblemente mal por haber sido tan precipitado.
Gokudera lo miró con desconfianza, se daba cuenta de que no estaba siendo muy sincero, pero de inmediato le sonrió, para aligerarle el peso de la culpa y la vergüenza. Enma era muy transparente por momentos.
—Yo nunca… —negó Gokudera volviendo la sonrisa en una cómplice, y no necesitó ser más específico.
Notó que el chico se había quedado en el sitio, petrificado, tal vez de terror o con la culpa del error mellándolo por dentro; así que lo tomó de una mano y lo arrastró hasta su habitación, que envuelta en penumbras les ofrecía otro escenario. Uno mucho más íntimo que la entrada del apartamento.
Se sentó en la cama invitándolo y Enma se acomodó a su lado, juntando las piernas en un gesto que denotaba nerviosismo, un sentimiento de entorpecimiento que fue inmediatamente suplantado por ansiedad cuando fue el turno del Vongola para experimentar.
Había buscado su cuello para hacerle eso que había hecho con él, escasos segundos atrás.
Poco a poco su espalda fue encontrando un lugar en el colchón y enredando los dedos en la grisácea cabellera del chico, escuchando el agradable e incitante sonido de la piel siendo succionada, se dejó llevar… demasiado.
Sentía el orgasmo a flor de piel y todavía no habían hecho lo que, él sabía, era más interesante. O quizá precisamente no "más" interesante, pero sí muy estimulante. Buscó de nuevo la pretina del pantalón y en esta ocasión Gokudera no le quitó las manos de lugar. ¿Cómo hacerlo? Si su propio cuerpo reclamaba esa atención que el chico con tanto afán quería prodigarle.
Entendió de buenas a primera las intenciones de Enma cuando lo vio agachándose. Apenas la lengua de este rozó la piel de zona tan íntima, arrancándole un profundo gemido de satisfacción, Gokudera se dijo mentalmente "no soy idiota". Lo tomó de los hombros y lo volvió a acomodar a su lado, para acostarse sobre él e inmovilizarlo.
—¿Con quién haces estas cosas? —volvió a preguntar lo mismo, pero ligeramente con otras palabras. Sin embargo en esta ocasión su expresión había sido algo dura, como si el detalle de que Enma tuviera más experiencia le molestase; pero por supuesto que no era eso lo que le perturbaba, sino la naturaleza evidentemente sensual del chico. No quería meterse en más problemas—Vamos, cuéntame… no me voy a enojar. Te lo prometo.
—Un hombre —explicó escuetamente—, un hombre más grande que yo… pero cuando era más chico—aclaró con cortedad—… nunca hice estas cosas con un chico, es decir… desde que soy grande, o sea… nunca tuve novio… no… yo…
Se cohibió, frustrado con su incapacidad para expresarse, cuando lo que quería decir era que en esa ocasión le resultaba especial. Estaba haciendo esas cosas con Gokudera porque quería, porque se sentía a gusto con él, entre sus brazos y sintiendo todo el peso de su cuerpo sobre el suyo.
Era una sensación muy distinta a la que había experimentado en el pasado. No se comparaba en nada y le agradaba. De hecho, pretendía ir más allá.
—Es distinto —siguió hablando ante el silencio torturante del Vongola; a media luz apenas podía adivinar sus facciones y no sabía a ciencia cierta si estaba enojado con él—, contigo es distinto. Es la primera vez que me siento así con un chico de mi edad… y me gusta.
—A mí también me gusta —confesó, rogando interiormente para que eso fuera suficiente para evitar que el chico estallase en llanto, porque parecía estar a punto de hacerlo. Pese a que Enma siempre lucía de esa forma, no sabía por qué le afectaba tanto en ese momento.
Tal vez porque le notaba la voz quebrada y comprendía, con una brutalidad aplastante, que había abierto una caja de Pandora. No entendía muy bien de qué manera o hasta qué punto estaba marcado, pero necesitaba borrar esa melancolía de alguna forma.
Se sentía un malnacido por haberle obligado a decir algo que -era evidente- no quería decir porque se trataba de un asunto muy personal. Egoístamente se encontraba prefiriendo no haber sabido tanto de él.
Ahora sabía menos qué era correcto hacer o decir. Si debía callar o seguir adelante con todo. Por suerte Enma no tardó en resolverle el dilema cuando se estiró apenas para besarle en los labios, con una sonrisa fugaz.
—Gokudera-kun es muy lindo… —susurró ahogando el gemido—y quiero verlo desnudo.
El chico arqueó las cejas sopesando el pedido. Le parecía muy injusto ser solo él quien acabase desnudo, así que para matar el pudor, decidió que primero le quitaría la ropa a él.
Los pantalones desaparecieron junto a la camiseta, la ropa interior y todo lo que cubría la piel de Kozato. Con la inexperiencia con la que cargaba, buscó darle placer y acariciarlo, hacerle sentir satisfecho y contenido. Estaba nervioso, eso no lo negaba, pero también ansioso… y cuando le tocó su turno de quedar desnudo se preguntó tontamente si iría a perder su virginidad en su propio apartamento con el jefe de la familia Simón, esa misma noche.
No sabía hasta qué punto estaba dispuesto a llegar Enma y no tenía voz para hablarle ni coraje para preguntarle. Se acomodó entre sus piernas, sintiendo todo el acto como algo muy natural. Lo era, sin dudas, pero la sensación ya no era de extrañeza o de incomodidad como lo había sido instantes atrás. Comenzaba a sentirse acostumbrado a la novedad de estar desnudo sobre el cuerpo de otro chico, sintiendo el calor de su piel.
Se sentía muy bien y su propio sexo estaba a gusto rozándose suavemente contra la erección de Enma y, más tarde, con la deliciosa cavidad que le dejaba la entrepierna de este cuando acomodó las piernas a cada lado.
Kozato empezó a jadear, arqueando suavemente la espalda a medida que las oleadas de placer le llegaban como pequeñas corrientes eléctricas, sentía la respiración de Gokudera en su cuello y la delirante humedad en la entrepierna. Un frío que le hacía tiritar, luego calor, intenso calor, y frío, para sentir que se moría de nuevo con un calor que lo golpeaba de lleno cada vez que Gokudera lo rozaba así.
Abrió más las piernas y ahí Hayato se dio cuenta de que ya no tenía dominio sobre su propio cuerpo. Sus caderas comenzaron a moverse acompasadamente, muy despacio, como si su anatomía supiera por cuenta propia lo que debía hacer para satisfacerlo, sin necesidad de haber tenido un entrenamiento o conocimiento previo al respecto.
El estómago se le contrajo cuando cayó en la cuenta de que estaba profanando la intimidad del jefe de la familia Simón, sin siquiera pretenderlo verdaderamente. Se detuvo volviendo en sí de un trance profundo para mirarlo a los ojos fijamente, buscando el permiso correspondiente y así poder seguir adelante sin remordimientos. Enma juntó las piernas y apretó el cuerpo de Gokudera contra el suyo, con los brazos lo rodeó por la espalda haciendo que el gesto fuera suficiente. Le estaba rogando que no se detuviera, por nada del mundo.
Y mientras el teléfono celular de Gokudera sonaba en el pantalón que había quedado sobre el piso con una llamada del décimo, su dueño imprimió fuerza en ese rítmico movimiento, reprimiendo una mueca de dolor. Uno que era compartido.
Tomó aire y también tomó el rostro de Enma con ambas manos para besarlo y consolarlo, con un cariño inusual que hasta él mismo desconocía ser capaz de poseer y expresar. Tal vez porque estaba agradecido con Enma por estar dándole tanto placer y eso, a lo que no podía darle nombre, pero que lo llenaba de un sentimiento muy cálido que nunca antes había sentido.
Quizás no a ese nivel, porque admitía puertas adentro que solo el décimo lograba darle un giro a su mundo interno. Sin embargo lo que estaba experimentando en ese momento, y especialmente en el instante en el que ambos alcanzaron la cima, no tuvo comparación alguna. Y saber que el décimo no llegaba, por primera vez, a la altura de una situación, le parecía incomprensiblemente imperdonable.
Se quedó quieto en el sitio una vez que todo pasó, tratando de procesar lo que había ocurrido. Se recostó sobre Enma y este aprovechó para poder abrazarlo mejor. Su pelo rojo le hacía cosquillas en la nariz y olía muy bien.
…
El retorno a casa estaba lleno de miradas cómplices, sonrisas sutiles y pocas palabras. Una vez frente a la puerta, era claro que ninguno de los dos quería ser el primero en despedirse del otro. La luz siendo encendida les hizo tomar distancia, parecían dos imanes con el mismo polo. El semblante aterrorizante de Adelheid apareció en la ventana arruinando la magia. No tardó demasiado en apartarse, sabía que el gesto de asomarse había sido suficiente para indicarle a Enma que estaba de mal humor por haber vuelto más tarde de lo avisado. Mucho más tarde.
Gokudera miró la ventana, para asegurarse de que no había nadie y luego volvió a fijar la vista en el chico.
—Nos vemos mañana en la escuela —se inclinó apenas y le dejó un efímero beso en la mejilla, un ligero toque que lo dejó con las ganas de más. —Que descanses.
Enma lo vio irse por la calle, con ese caminar de matón que tanta gracia le causaba. Parecía un texano en el lejano oeste. Ante esa idea tonta, carcajeó con tantas ganas que Adelheid volvió a asomarse intrigada por el extraño proceder de su jefe.
No recordaba bien cuando había sido la última vez que había escuchado a Enma reír con tanta soltura, ¿con el jefe Vongola? Agitó la cabeza, tratando de borrar esa mala sensación que no dejaba de perseguirla hasta cuando su jefe lucía feliz.
…
Hacía tiempo que Enma no podía caminar tranquilamente por la calle sin ese miedo constante de que una pandilla o alguien quisiera pegarle para robarle o simplemente por ser "Enma Kozato"; pero lo cierto es que desde que se la pasaba casi todo el tiempo con Gokudera, su vida se había vuelto muy tranquila y relajada en ese aspecto. Si a eso se le suma la emoción del sexo… Enma se sentía poca cosa para tanto.
Seguramente algo muy malo iba a pasar. Para equilibrar la balanza, por supuesto. O quizás, simplemente algo había hecho bien para merecer todo eso.
Sí, seguramente que algo había hecho bien para que Kami se lo pagara de esa forma…
A pesar de que por momentos se comportaban como dos auténticos desconocidos, tenían esos ratos de intimidad que eran una bendición cuando estaban a solas y se extrañaban.
…
La opresora sensación de los exámenes pisándoles los talones desapareció cuando el bendito-maldito día llegó finalmente. Las notas las obtuvieron enseguida y Tsuna no pudo evitar reparar en las de Enma camino a casa y siendo acompañado por su Tormenta.
—Qué mal, ¿no? —murmuró con duda, mirándolo de soslayo—, te pasaste todo el otoño explicándole los temas y no aprobó.
Gokudera perdió la mirada, avergonzado por las razones. No podía excusarse ante su décimo explicándole que eso se debía porque lo que menos habían hecho durante todo ese tiempo había sido estudiar. Se sintió responsable y por eso buscó disculparse.
—Lo lamento, décimo… le fallé.
—No, no —le sonrió para rogarle con el gesto que no se sintiera comprometido por demás—, estoy seguro de que diste lo mejor de ti —alzó los hombros—, quizás Enma es la clase de persona a la que le cuesta mucho —ladeó la cabeza—, aunque si lo lograste conmigo… creo que puedes explicarle matemáticas hasta a un mono.
—No diga eso —paró en mitad de la calle y lo encaró con una expresión de abatimiento que era épica—, ¡prometo esforzarme más y hacer que Enma se saque un cien —pensó en lo que podía ofrecer a cambio— o dejo de ser su mano derecha! —Luego meditó mejor lo dicho, porque dudaba lograr que Enma se sacase un cien y la verdad es que no quería dejar de ser la mano derecha de Tsuna por ningún motivo del mundo—O bueno… haré que Enma apruebe ese examen en marzo o dejo de ser su mano derecha.
La mirada tan seria de su jefe le hizo pensar que había dicho algo muy malo. Tsuna había fruncido el ceño, extrañado ante un cambio que recién en ese momento se percataba. Hasta ese día, Enma no era "Enma" para Gokudera. Podía ser "el chico ese", "el miedoso de los Simón", e incluso "Kozato", pero nunca lo había mencionado con tanta familiaridad y soltura. Y, en apariencias, Gokudera no se había dado cuenta del traspié.
—¿Pasa algo malo, décimo? —Se alarmó al creer que se trataba sobre lo último que había soltado sin haber pensado mejor en lo que decía—No se preocupe, sabe que de todos modos no cumpliré con mi palabra en ese caso: así Enma desapruebe también en marzo, no dejaré de ser su mano derecha —sonrió abiertamente. —Solo quise expresar hasta qué punto me pienso comprometer.
—Sí, me doy cuenta de hasta qué punto te lo estás tomando enserio… —murmuró, para seguir caminando. Ya estaban ante la puerta de su casa.
Gokudera parpadeó, el tono que había usado el décimo no le había gustado para nada. Sonaba como desahuciado, ¿decepcionado? No, eso no era. Se despidieron, sin que ninguno de los dos se atreviera a ser sincero con el otro. Como si ahora ellos fueran lo desconocidos.
Tsuna entró a casa y subió las escaleras sin detenerse a saludar a su madre. Llegó a su cuarto y se desplomó en la cama boca abajo, sin tampoco haberse quitado el uniforme de la escuela. Aferrado a la almohada, hundió la cara en ella y empezó a llorar, rehusándose todavía a admitir los motivos de esa tristeza tan repentina e inoportuna.
—Eres lento, Tsuna —dijo Reborn, con un poco de lástima—, eres lento hasta para entender tus propios sentimientos.
Y es que era verdad. Con todo ese asunto de que Gokudera comenzaba a hacerse muy amigo de Enma, no había pensado en otra cosa… su mente no había estado ocupada la mayor parte del tiempo por Kyoko, como solía ser en un pasado no muy lejano. Y le dolía. Y ahora no le quedaba más que aguantárselo.
Sin embargo Reborn no tardó en hacerle ver que lo suyo era puro y absoluto egoísmo. Y que no estaba mal sentirse así, que tenía derecho a veces a serlo, porque era humano sentir esas emociones. Lo importante es que no acabaran por gobernarlo y enceguecerlo; pero lo cierto es que nadie está exento de sentirlas.
Tsuna descubrió una faceta de sí mismo que acabó por sorprenderlo. Sabía ser celoso de su auto proclamada mano derecha sin siquiera pretenderlo. Adoraba a la gente que lo adoraba a él, no podía hacer nada al respecto para cambiar sus sentimientos.
Se daba cuenta de que lo que le molestaba en realidad era perder la atención que Gokudera le dedicaba, esa tan devota, que le daba tanta seguridad y le hacía sentir menos inútil de lo que era. La adulación, que en la Tormenta nunca había sido falsa.
Cuando entendió que era eso, que su tristeza se debía al miedo que sentía de perder todo aquello, y luego de que Reborn supiera consolarlo con durísimas palabras –si es que a ello se le puede llamar consuelo o baldazo de agua fría-, pudo entender que eso no lo perdería por mucho que Gokudera, alguna vez, encontrase a alguien a quien amar, y que ese "alguien" no fuera su décimo.
Tsuna dejó de sentirse tan mal cuando decidió que debía dejar ir a Gokudera de esa manera.
Él quería que su Tormenta conociera a muchas personas, que se abriera a ellas, que tuviera gente a su alrededor que supiera apreciarlo mejor. Y que sobre todo, que fuera muy feliz. No podía ahora quejarse de tuviera un poco de todo eso.
Y no, no tenía que temer perderlo de esa particular forma. Reborn tenía razón: Gokudera no dejaría de ser el mismo obsesivo de su persona como siempre lo había sido. Que habría ligeros cambios cuando Hayato conociera a una persona que para él sería especial, no lo dudaba.
"Tienes que aprender a compartirlo, Tsuna-tonto".
…
Lo vio ir y venir por todo el reducido espacio, preparándose quizás para una salida; suspiró, porque no podía contra un joven hormonal que encima de hormonal, estaba irremediablemente seducido por otro joven hormonal.
De mal en peor y para colmar el vaso, recién acababa de enterarse que eran dos las materias que el jovencito debería rendir en marzo. Los demás lo retaron y se burlaron de él a su manera, con el afecto que le tenían, pero ella no dejaba de mostrarse sumamente molesta.
—No entiendo para qué demonios te las has pasado todo el otoño con el Vongola si ahora vienes con esto… —no recibió contestación alguna, su jefe ni siquiera la miró—¿y se puede saber adónde vas?
—Iré al cine con unos amigos.
Adelheid torció la boca en un gesto de inconformidad. No era idiota, sabía que ese "iré al cine con unos amigos" en verdad significaba un "iré al cine con Gokudera".
¿Qué tan raro era que Enma tuviera amigos? ¿Qué tan raro era que Gokudera también? Ellos también podían socializar con otras personas aparte de Tsunayoshi Sawada; pero el mundo estaba empecinado en ver esa relación, que podía ser sencillamente de amistad –aunque no lo fuera precisamente en esos términos-, como algún acontecimiento único y extravagante.
—Déjalo en paz, mujer —se quejó Koyo.
—Tú cállate y no me des órdenes. —Se daba cuenta de que no le quedaba otra opción más que resignarse con la irremediable situación.
—No la hagas enojar —lo reprendió Julie quien milagrosamente estaba en casa y no tras muchachitas inocentes—, y tú ni se te ocurra acercarte a mi perfume italiano —señaló a Enma, quien seguía ignorando a su familia.
—¿Adónde vas, Enma? —preguntó Rauji levantando la vista de la revista que leía tan absorto.
—Ya lo dijo —fue la contestación de Shittopi—, irá al cine con el raro de los Vongola. —Así como para Gokudera ella era rara, para ella él lo era. Y es que siempre se le quedaba mirándola de una manera que le resultaba exótica; por ponerle un mote decente.
Enma dio un respingo ante las palabras de su amiga. Él no había dicho eso, pero tampoco se molestó en corregirla, porque después de todo sabía que ninguno de ellos era idiota. Él no tenía amigos, al menos solamente a los que estaban ahí y consideraba su familia.
Se sentó en la cama dejando el celular nuevo sobre el cubrecama a la espera del llamado. Ya estaba listo, pero faltaba más de media hora. Así que para distraerse y no estar tan ansioso se sentó a leer mangas. Estaba nervioso porque esa sería la primera vez que irían al cine los dos; de hecho sería la primera vez que iría al cine con alguien que no era parte de su familia adoptiva. Siempre que se veían era en el apartamento de Gokudera, con la excusa de estudiar.
Sonrió con picardía, porque la verdad es que era lo que menos hacían.
Pero la media hora se cumplió y el teléfono celular no sonó. Cuando el reloj completó la hora, tomó el pequeño aparato para mirar los minutos y regalarle a la nada un nuevo suspiro. Se echó boca arriba sobre la cama lamentando que la función ya hubiera empezado.
Suspiró otra vez, ¿y si le había pasado algo malo? Lo mejor sería llamarlo y quitarse esa mala sensación, pero ¿y si estaba ocupado? Algo le decía que lo mejor sería quedarse con esa mala sensación guardada en el pecho.
Kaoru entró al cuarto y lo miró. Enma no necesitaba que su guardián hablase para entenderlo, a veces solo bastaba con estudiar su expresión. Y podía ver preocupación en él.
—¿No ibas a salir?
—No —respondió, dejando el celular sobre la mesa pequeña junto a la cama.
—Ya está la comida.
—No tengo hambre. Me acostaré a dormir.
Kaoru apagó la luz para darle privacidad. De esa forma Enma se quitó la ropa y se metió bajo las sábanas. Esa noche soñó, aunque al otro día no recordó qué, supo que en la pesadilla estaba Gokudera. Al final se había quedado con esa inquietante impresión. ¿Y si era así? Es decir, ¿y si le había pasado algo grave?
Ese domingo desayunó a toda prisa y sin darle tiempo a Adelheid de reprenderlo por atragantarse con la comida, salió de su casa en dirección a la de Gokudera. Necesitaba asegurarse de que estaba bien. Y cuando este abrió la puerta, todavía dormido, no pudo suspirar aliviado. Esperaba que al menos tuviera una buena excusa que lograse alejar esas alarmantes sensaciones de él.
—¿Qué hora es?
—No sé —contestó con el tono parco de siempre—. No me fijé la hora al salir.
Gokudera giró, sintiendo como la luz del día le aguijoneaba los ojos. Miró el reloj sobre el aparador. Las ocho de la mañana, de un domingo. ¿Estaba loco? ¿Qué persona en su sano juicio se levanta un domingo antes de las ocho sin tener la necesidad de hacerlo?
—Ayer… ayer no me llamaste para… —cerró la puerta cuando la atravesó, incapaz de poder terminar la oración, porque Uri estaba fuera de su caja y había saltado a sus brazos con emoción.
—Es que… el décimo —dijo a media lengua, entre bostezos—, me pidió ayuda con algo —no especificó con qué y ese detalle logró molestarlo, aunque Enma no lo dijo, ni lo hizo visible—, y se me olvidó avisarte. Perdón —en su disculpa no parecía haber remordimientos.
El chico asintió. Sabía que era así. Había sido así desde el primer instante. Aparentemente esa sensación de que nadie era competencia para el décimo en la vida de Hayato, no lo abandonaría nunca porque era una realidad incuestionable. Solo que en el presente le dolía de una manera que no se explicaba; pero Enma estaba acostumbrado a lidiar con el dolor y por eso Gokudera se quedó ese día sin saber cuánto le había lastimado.
—¿Ya desayunaste? —Vio que el chico asentía mirando a Uri entre sus brazos, sosteniéndola como si fuera un peluche—¿quieres acompañarme mientras lo hago yo? —y un nuevo asentimiento, acompañado de una sonrisa afligida—Iré a lavarme la cara.
No creyó haber tardado tanto en el baño, pero cuando volvió a la sala, Enma no estaba. El lugar era pequeño como para no notar a simple vista que se había ido. Frunció el ceño, extrañado por ese comportamiento. Luego miró a Uri, pero el animalillo le dio la espalda, ignorándolo olímpicamente para fijar sus ojos gatunos en la puerta por la que se había ido Enma. Movía la cola, enojada u ofendida por algo.
…
Enma caminó de regreso a casa tratando de contener el llanto. Sabía por los libros, la televisión y las tontas canciones de amor sobre las desilusiones del corazón, pero no creía que podía llegar a doler tanto. No pensaba que era algo tan incontrolable y tan devastador.
Intentó no torturarse por demás con el asunto. Él era fuerte, contrario a lo que la mayoría creía a simple vista. Había aprendido a sobrevivir pese a las heridas. A sobrellevar dolores y un pesado equipaje que a más de uno le resultaría insostenible.
Él seguía de pie. De alguna forma siempre se las ingeniaba para no caer. Por eso no permitiría que un simple chico le arrebatase esa fuerza interior. No valía la pena.
…
—Que te ahogas en un vaso de agua, te digo —repitió Shittopi flotando en el aire—, simplemente se olvidó o… tenía cosas qué hacer, ¿cuál es el problema? Ni que fuera el fin del mundo.
A la única a la que se había atrevido a contarle había sido a Shittopi. No por nada en particular, es que ella era la única que había estado en casa cuando él regresó con esa expresión de "mi vida es un asco… quiero morir". Así que terminó por soltarlo todo, en parte porque Shittopi sabía ser convincente, entre ruidos extraños y su atosigamiento.
—Tienes razón, es una idiotez —sonrió tenuemente—; no sé por qué me siento así, no sé por qué me importa tanto lo que haga o diga —alzó los hombros. Era un enigma hasta para él.
Y Shittopi no era menos porque, habrase visto, tantos humanos en el planeta para ir a fijarse en ese espécimen humano extraño.
—Esta es la última semana escolar y todavía no empezó a nevar —dijo ella, como si buscara cambiar de tema—Pipupipu~
Enma miró por la ventana, había dejado de llover desde hacía horas, pero el cielo lucía de un gris opaco. Tan acorde con sus sentimientos y esa molesta emoción en el pecho. De golpe, su cabeza se iluminó.
¿Eso significaba estar enamorado?
Una mierda.
El amor, entonces, era una auténtica mierda de color gris.
…
Faltaba apenas una semana para que la "tortura" escolar llegara a su fin, ¿y todo tenía que irse irremediablemente al carajo en ese momento?
Para Gokudera el declive empezó ese lunes bien temprano en la mañana, cuando Bianchi le increpó flemáticamente si "era verdad".
¿Qué cosa?
De esa forma Gokudera supo del rumor. De uno que no le perturbó a ella tanto como lo hizo a él. Y si su hermana estaba al tanto, podía dar por hecho que al menos media escuela… no, media escuela no, media Namimori también. ¡Joder! ¡¿Tan inaudito era que él tuviera otro amigo aparte de Tsunayoshi Sawada? Había sido igual con él en su momento: la gente hablaba a sus espaldas, alegando sobre un amor que no era tal. Imposibilitados por no poder explicar que todo era a causa de la mafia, debían quedarse con eso atragantado.
A decir verdad, ni a Tsuna ni a Gokudera les molestaban esas alusiones, porque además los que los conocían, sabían muy bien a qué se debía que Hayato fuera tan sobreprotector con él. Y ahora volvía a repetir la misma historia, pero con Enma Kozato. Solo que con él no tenía excusa válida. No tenía una excusa válida para sí mismo, para engañarse.
Cuando llegó a clase ese día corrió sangre, y poco le importaba lo que podría llegar a hacerle Hibari si lo veía quebrando el orden en la escuela. Ni tampoco le importaba que Ryohei estuviera presenciando dicha masacre estudiantil. Se limitó a agarrar a los sospechosos habituales para golpearlos hasta que lograse sonsacarles toda la información que pretendía obtener de ellos.
¡¿Quién? ¡¿Quién había sido el desagraciado que había esparcido ese rumor? Cuando supo quién había sido, primero no supo cómo reaccionar.
Él se conocía lo suficiente para saber que la ira solía nublarle el buen juicio cuando lo gobernaba, así y todo fue en busca de Enma, encontrándolo escondido en el baño de los hombres.
Escondido de él…
Y dándole con esa actitud una respuesta tácita a la pregunta que lo atormentaba.
Sin miramientos lo tomó del cuello de la camisa y lo empujó dentro de uno de los compartimientos, cerrando la puerta con violencia. Enma tembló, porque Gokudera lucía acojonante como nunca antes lo había visto. O sí, ya lo había visto así, pero con aquellos a los que el Vongola consideraba un enemigo.
¿Lo consideraba a él un enemigo en el presente?
—¡¿Puedo saber qué mierda tienes en la cabeza?
—N-No sé de qué estás hablando —respiraba con dificultad, porque sabía que si Gokudera quería darle una paliza, encerrado en ese reducido lugar no tendría adonde escapar.
Vio el puño del chico en lo alto y cerró los ojos, pero el golpe nunca llegó a destino.
—¡El rumor! ¡Todos dicen que nosotros dos…! —él también estaba agitado y gritando demasiado fuerte; por eso trató de bajar la voz, no tenía intenciones de que lo escucharan—¡Habla! ¡¿Por qué hiciste eso?
Pensaba en el décimo y en cómo este se lo podría llegar a tomar. Acaso, ¿Gokudera olvidaba que los japoneses tenían una visión muy diferente de la homosexualidad y que, aun más importante, Tsuna no era esa clase de persona prejuiciosa?
—¡Habla! —lo estrujó más contra la puerta quitándole el poco aire que le quedaba—¡El rumor de que…!
—¡P-Pero es verdad! —interrumpió, sobrepasado por la situación.
—¡Voy a matarte! ¡¿Entonces sí, fuiste tú? —Guardaba la ligera esperanza de que no fuera así, que cuando lo encarase le dijera que no o le diera al menos una buena excusa; pero Enma no pudo pensar con claridad bajo esa presión.
—¡Sí! ¡Fui yo! —comenzó a llorar, nervioso y alterado—¡Me obligaron a decirlo! —lo miró, con algo que parecía ser ¿odio? Gokudera no supo si se trataba de esa clase de sentimiento, pero era una mirada muy similar al que el viejo Enma, el rencoroso con la familia Vongola, había tenido en el pasado—¡¿Qué querías que hiciera? ¡Me estaban pegando! ¡Y me obligaron a decirlo! —citó las palabras, gritándolas sin que a él le importase que alguien afuera escuchase—"¡Dilo, di que eres la zorra de Gokudera! ¡Di que te gusta que te monte!"
—Enma…
—¡Y lo dije! ¡Porque además es verdad! —sintió como Gokudera aflojaba el agarre—Es verdad… soy eso —bajó la vista al suelo, hipando de la angustia.
Era demasiada la tensión. Quería salir corriendo de allí, pero Gokudera no le daba tregua. Ni a él ni a su maltrecho espíritu.
El Vongola finalmente lo soltó para, con esas mismas manos que habían estado a punto de golpearlo, intentar alcanzar su rostro. Enma se hizo hacia atrás, como un cervatillo asustado. Y en ese punto Gokudera se dijo a sí mismo que era un insensible, un malnacido sin corazón, un animal. Ni eso, era la peor escoria del universo.
Con la yema de los dedos le limpió las lágrimas, pero unas nuevas volvían a arruinar el trabajo hecho. De mal en peor, Enma no paraba de temblar, aterrado de él.
De él.
—Deja de llorar —le pidió, con una expresión de arrepentimiento que para Enma fue muy palpable—, y deja de decir eso. Porque no es verdad… —su voz, a diferencia de antes, sonaba mucho más suave.
Observó con más detenimiento el rostro del chico notando que tenía un ojo morado. Lo había increpado tan enojado que ni siquiera había reparado en que estaba lastimado. Y ahora, Gokudera no sabía cómo enmendar lo que él mismo había roto con sus propias manos.
Era, sin dudas, la jodida tormenta que lo destruye todo.
Una vez que podía tener algo realmente bueno en su vida, acababa por arruinarlo. Y Enma, que seguía llorando e hipando como si de Lambo se tratase, lo partía en dos. Y se sentía tan merecedor de ese desolador sentimiento oprimiéndole el pecho y quitándole la respiración.
—N-Nunca vas a quererme como a Tsuna —asintió, neurasténico, escondiendo los desesperanzados ojos tras el velo de su pelo rojo—; lo sé.
Gokudera negó con la cabeza, dándose cuenta de que había involucrado demasiado al décimo en todas sus mentiras.
Y no podía decirle en ese momento que era una mentira. Que el décimo no lo había llamado, ni el sábado anterior pidiendo su ayuda, ni todas las veces que lo usó de excusa para tomar distancia de él. Que si no había pasado a buscarlo ese sábado, había sido sencillamente porque se moría de miedo ante la innegable realidad de que estaba teniendo una relación con un chico, que iba más allá de una sencilla amistad.
No se trataba de estudiar, ni de llevarlo a su departamento a explicarle historia como excusa para tener sexo. Era una salida, como la tendría cualquier pareja. Y sería la primera de ellos. Y sería lo que le indicaría axiomáticamente que algo nuevo comenzaba.
Que algo empezaba a gestarse en su vida y que de tan bueno que era le asustaba, porque él no estaba acostumbrado a merecer tanto, porque él nunca había buscado nada de eso que le daba Enma. Ni había esperado hallar en él lo que, se daba cuenta, podía hacerlo feliz sin que viniese expresamente del décimo, alejando de una bendita vez todos esos fantasmas que siempre lo acosaban a tan corta edad.
Y se aterró.
No, Gokudera no había pedido nada de eso, pero lo tenía. Y era algo bueno. Y no sabía cómo conservarlo ahora que se daba cuenta de ello.
No se había planteado nada hasta que Enma llegó para desequilibrar ese universo falsamente equilibrado, cuyo eje central era el jefe al cual servía tan fervientemente y a quien le debía la vida porque le había dado razón a la suya, a esa que tanto despreciaba y descuidaba siendo todavía un niño. Porque lo era, Gokudera recién se daba cuenta de que por dentro era un pendejo.
El punto es que Enma venía a demostrarle que no solo Tsuna podía hacerle sentir que su vida valía algo, que ahora podía ser ese "alguien importante" en el día a día de una persona. En pocas palabras, no quería admitir que se estaba enamorando por primera vez. De mal en peor había metido al décimo en el medio, por cobarde.
—Por supuesto… —dijo, luego de un largo silencio en el que aprovechó para secarle las lágrimas con afecto y pensar en todas esas cuestiones, sin lograr sacar nada en claro más que la imperiosa necesidad de borrar esa tristeza en Enma de alguna forma—, el décimo es mi mejor amigo, el único que tengo —admitió casi sin tapujos, aunque la imagen de Yamamoto y los demás surcaron su mente como un cometa; quizás tenía más amigos de lo que creía, o incluso de los que pretendía o juzgaba merecer—. Además es mi jefe y siempre voy a estar para él cuando me necesite. Eso no va a cambiar —le pareció oportuno aclarar algo que no pensaba cambiar ni negociar con nadie: él siempre sería la mano derecha de Tsuna y siempre acudiría a él cuando lo llamase. —Pero no lo compares con lo que me pasa contigo… porque es distinto. Y… no soy bueno para estas cosas, pero —tenía una expresión tan abatida y tan arrepentida, que Enma lo miró con aprecio; ya no más con miedo o aborrecimiento, sino con el cariño que todavía, y pese al dolor, le tenía—, el punto es que… quiero estar contigo, de esta manera. Quiero decir: bien… quiero que estemos bien y… juntos —Calló, porque se daba cuenta de que hablaba sin decir nada en concreto. Eran puras palabras aisladas que se rehusaban a formar una oración coherente que le ayudase a explicar lo que le pasaba y lo que quería. Lo que pretendía de esa relación y que le asustaba, al punto que sentía que ninguno de los enemigos a los que se había enfrentado en el pasado se le comparaba.
Vio que Enma acercaba el rostro dubitativamente hacia el de él, en el reducido espacio no era posible tomar demasiada distancia, y aunque el baño no fuera en absoluto un lugar romántico o idílico, para ellos les pareció perfecto.
Todo comenzaba a estar bien. Por fin, en sus vidas, todo parecía marchar sin la pesada sombra de la duda, la angustia y la soledad.
Antes de besarlo Gokudera sonrió, de esa manera que a Enma le gustaba y que le hacía sonreír también a él.
Quizás no todo fuera color de rosa y quizás a veces el amor apestase, pero había momentos como ese en el que valía la pena padecer tanto.
La burla de algunos chicos afuera les puso de sobre aviso. Sabían que ellos dos estaban encerrados allí y ya habían supuesto un montón de barbaridades, que no se molestaron en soltar deslenguadamente.
Enma bajó la vista al suelo estremeciéndose, estaba muy avergonzado por lo que insinuaban, pero Gokudera tenía otro tipo de temperamento y por eso la bilis empezó a subirle a medida que las burlas se hacían más atrevidas, dejando de ser simples insinuaciones punzantes.
—Espera —susurró Enma tratando de detenerlo—, no podemos salir los dos, van a pensar… es decir, están diciendo… saben que…
Gokudera alzó los hombros. Le daba igual lo que decían o no respecto a lo que ellos dos estaban haciendo allí. O lo que hacían afuera. O lo que iban hacer en cuanto salieran de la escuela y fueran a su departamento.
—Les voy a llenar tanto la boca de dinamita que se les van a quitar las ganas de joder.
Dicho y hecho salió del compartimiento con Enma detrás a enfrentar al mundo de una manera demasiado alegórica además de literal. Ni siquiera le impresionó que el décimo estuviera ahí presenciando y escuchando todo.
En un primer instante ni Tsuna junto a Enma pudieron aplacar la furia del guardián. Hecho una fiera, el desastre fue tal que hasta Hibari se apersonó para recuperar la paz perdida. Después de todo era casi el único en la escuela Namimori que podía controlar a la Tormenta.
La siempre oportuna persuasión del décimo al final rindió sus frutos cuando hicieron equipo con la Lluvia y el Sol. Gokudera no salió indemne de esa batalla, por supuesto… no era inmortal o invulnerable al daño; pero Enma se encargaría de curarlo.
Ambos se encargarían de curarse las heridas mutuamente; las del cuerpo y esas que no se ven, pero que siempre quedan en el alma.
Fin
Bueno, final semi feliz, ¿no? Digo, que la gente después se me queja del descontrol de mi fluff XD y es que me puede el 5927. Ahora le tocaba sufrir un poquito a Tsuna, que pobre Go-kun, ya lo apaleé bastante en otros fics. Pensé que me iba a salir una trama más elaborada, pero ¡vaya! Poco más de 15.000 palabras para simplemente unir a dos personajes. Lo que es escribir crack, eh, y tratar de hacerlo verosímil… espero haberlo conseguido, al menos XD. Fue lindo escribir esto, me recordó a mi época de gamberra; el estar horas esperando a que pasara la pandilla de turno para que no molestaran a mis amigos *rueda en nostalgia*
No sé con qué voy a seguir, sinceramente *alza los hombros*, pero: hasta la próxima pareja que se me ocurra con la Tormenta (que lo más probable es que sea Hibari o Yamamoto… está por verse).
Espero que este fic les haya gustado ^^ si es que alguien lo leyó D:
12 de julio de 2012
Merlo Sur, Buenos Aires, Argentina.
