Ruinas circulares
Hessefan
Rating: M. Lime.
Género: Drama. Humor.
Pareja: 02. Takeshi Yamamoto.
Prompt: 001. Ruinas circulares [Fandom Insano].
Extensión: 24.360 palabras (dividido en tres para que no sea tan pesado).
Resumen: Se hacía el idiota, pero era condenadamente listo. No existía el insulto ideal para Yamamoto esa noche, y si este antes estaba preocupado sin saber qué le pasaba, ahora estaba doblemente preocupado sabiéndolo. Él podía ocultar lo que le pasaba o sentía tras una sonrisa, Gokudera lo hacía tras una cara de pocos amigos y actitud de chico rudo.
Nota: bah! De nuevo me salió drama :/ tenía una idea para hacer algo de acción y humor, pero… iba a ser muy largo y no daba, mi corazón 2759 no me lo permite. Me niego a aceptar que esta pareja me guste tanto, ¡me niego!
Edit/Nota 2: Había olvidado decir de dónde viene la idea. Resulta que leí por ahí que según Reborn (dicho en un especial), Gokudera trabajaba duro para costearse el alquiler de su departamento. Eso me sorprendió porque ¿cómo diantres hace para dividir su tiempo? - El décimo le reclama mucha atención XD - Y eso... de ahí a que naciera este fic (si bien que lo haya dicho Reborn me da desconfianza XD Él no es una fuente muy confiable). Gokudera oculta algo...
Capítulo 1 de 3
"La vida no es esperar a que pase la tormenta,
es aprender a caminar bajo la lluvia"
No era la primera vez que sentía como la tensa y delgada soga que lo sostenía estaba a punto de cortarse. Y sabía que tampoco sería la última vez que tocaría fondo; pero por primera vez en la vida se veía verdaderamente superado por las adversidades.
Arrojó el cigarrillo a la acera mandando todo al diablo y se puso de pie para seguir con su búsqueda. Lo que no te mata, te hace más fuerte. Lograría salir indemne una vez más, como había aprendido a hacerlo desde que era un niño.
Y no pediría ayuda, aunque la sensación acuciante de necesitarla desesperadamente lo acosase. Tenía demasiado orgullo porque, a fin de cuentas, había sido el orgullo lo que le había dado fuerzas para seguir mirando al frente sin arrepentirse de nada. O casi nada.
Admitía que había manchones en su pasado que le pesaban, pero que a la vez le habían hecho la persona que era. Buena o mala, a Gokudera no le importaba, pero así había aprendido a sobrevivir. No conocía otra manera de hacerlo.
La gente tiene su propia vida y sus propios problemas como para andar cargando con ajenos.
Sí, seguramente que si le pedía dinero a Reborn, el arcobaleno se lo daría a cambio de comprometerse de por vida a cumplir cualquier pedido que le hiciera a futuro. Sí, si Bianchi se enteraba de su pelea con papá y él se lo pedía, intercedería… después de todo era la consentida del viejo y siempre la escuchaba.
Y sí, seguramente que si le contaba a sus amigos, porque los tenía –no era tan necio como para no reconocerlo- ellos moverían cielo y tierra para ayudarlo.
Pero permitir esa ayuda era como admitir que había sido derrotado y eso… eso no se lo permitiría a sí mismo.
Cuando de niño abandonó su casa, el Consiglieri de su padre fue a buscarlo para llevarlo de vuelta al castillo, mientras él aseguraba estar bien donde estaba, lejos de todas las comodidades que tenía.
Lo llevaron a rastras y volvió a escaparse. Una y otra vez; porque podía ver en los rostros de los adultos que no lo creían capaz, que lo juzgaban débil.
Aquí tiene todo lo que nunca encontrará en otro lado.
No sabe vivir solo, es un niño.
Volverá.
La última vez que había cortado lazos con su padre había poco antes de que Reborn y su hermana se "apiadaran" de él. Su padre aseguró que no le prestaría ninguna ayuda si optaba por seguir actuando de aquella manera irreverente para con él, y Hayato aceptó el trato.
Vio la sonrisa socarrona en ellos y supo que esperaban a que él, en cualquier momento, volviese con la cola entre las patas rogando por un plato de comida; y algún puesto, como siempre había hecho.
No lo hizo. Y no empezaría a rogar ayuda en el presente por muy negras que se las viera.
Ante la puerta del local, había llegado a esa férrea decisión. Se acomodó la ropa y un poco el pelo antes de entrar; pero el reflejo del vidrio le regalaba la imagen de un párvulo. Concluía demasiado tarde de que no había sido una buena idea ir con el equipo de la escuela.
Nadie le da trabajo a un estudiante de secundaria; no solo porque va contra las normas municipales, es que nadie en su sano juicio le pagaría un sueldo a un chico con nula experiencia en el rubro teniendo la posibilidad de contratar a alguien más diestro. Mano de obra siempre sobra en el mundo.
Él no tenía conocimientos de ningún tipo, se daba maña y no representaba ninguna ciencia apilar cajas, pero la clase de trabajos que podían darle en los depósitos de algunos almacenes no cubrían los requerimientos básicos. No es que Gokudera fuera exquisito tampoco; pero comer y pagar el alquiler no parece ir de la mano con "y estudiar".
No pretendía conseguir empleo en un banco o algo similar, ni tampoco pretendía a esas alturas, sentirse cómodo con el ambiente de trabajo, simplemente que el sueldo fuera lo necesario para no tener que andar de las corridas de trabajo en trabajo, bregando con la escuela a la par.
Había sido un día largo. Solo pensaba en llegar a su departamento y echarse a dormir, pero no podía hacerlo, primero debía asegurarse que el décimo no necesitase nada de él. Desde que se había ido de la escuela no había tenía noticias de Tsuna, detalle que le inquietaba. No quería que su jefe corriese riesgos ahora que él tenía tantos asuntos por atender. Se consolaba sabiendo que Tsuna siempre estaba rodeado de gente fuerte, como Reborn o Yamamoto, incluso Ryohei, llegado el caso.
Le costaba admitirlo, pero ahora le tocaba preocuparse primero por su persona si no quería terminar realmente mal.
Había días malos, como ese, en los que se preguntaba si había hecho bien. No podía evitar sentirse liberado de un gran peso y cuando evocaba esa gloriosa sensación de libertad las dudas al respecto, sobre si había hecho mal o bien, dejaban de acosarlo.
Tal vez había sido imprudente y muy idiota de su parte -además de innecesario-, pero nadie jamás le quitaría la satisfacción de saber que estaba siendo fiel a sí mismo. Porque si no lo era, Hayato lo sabía: no le quedaba nada.
Sí… había hecho bien en gritárselo a su padre a viva voz. Tal vez no fue lo ideal el hacerlo vía telefónica, pero esos pormenores ya no importaban, porque se había sacado del pecho toda esa presión y todo el dolor, y en él no había quedado.
En él no quedó…
Le había podido decir absolutamente todo lo que había guardado durante sus pocos años de vida, le había reprochado las mentiras, había hablado sobre su madre por primera vez con él –si a eso se le pudo llamar "hablar"-, hasta le reclamó detalles que junto a toda esa montaña pecaban de irrelevantes. Y si mañana moría, lo haría sabiendo que no se había guardado todo aquello que durante tanto tiempo le pesó.
A veces, como en ese día, se sentía un idiota. Él solo se metía en problemas, y ahora que estaba en uno nuevo no sabía cómo demonios salir.
Esta vez sería muy difícil.
…
Se abrochó la campera hasta arriba y se frotó las manos para poder darles calor; prácticamente no las sentía. Vio a Yamamoto salir del campo y correr hacia él para volver a casa, se puso de pie colocándose el morral al cuello y empezaron a caminar a la par.
—¿Alguna novedad de Gokudera?
Tsuna negó con la cabeza tiritando de frío. Vio que Yamamoto perdía la sonrisa y supo que estaba tan preocupado como él. Admitía que había sido extraña la actitud de la Tormenta esa mañana, pero por lo general Gokudera era en sí un chico un tanto extraño.
—Quizás fue a corroborar si era cierto lo de las ruinas —opinó con duda.
Con esas palabras Yamamoto dejó de mirar el suelo para prestarle atención a su amigo. Sonrió. Sí, ¿por qué pensar que pasaba algo malo? No había motivos para hacerlo. Era cierto que Gokudera nunca dejaba a Tsuna sin su estricta vigilancia, salvo por causas de fuerza mayor como… estar muerto, o internado en terapia intensiva y en coma cuatro.
—¿Las ruinas circulares de Namimori? —estalló en carcajadas.
Conocían al chico bomba y sabían lo mucho que le intrigaban esas cosas; suponían -casi sin dudar- que al escuchar sobre el rumor esa mañana sobre las ruinas misteriosas que se habían encontrado cerca del Templo, había salido corriendo para comprobar si era verdad.
Aunque lo negase fervientemente, a Gokudera le podían toda clase de mitos y misterios.
Yamamoto se relajó. Adoptando esa nueva actitud, logró contagiar a Tsuna. Tenía la facilidad de transmitir paz a los que estaban a su alrededor. Por eso cuando la Lluvia se mostraba inquieta, Tsuna sentía que algo debía andar muy mal.
A lo lejos se acercaba el chico en cuestión, todavía vestía la ropa de la escuela y tenía una cara de tan pocos amigos que Tsuna dio un ligero respingo de temor; pero la actitud de Hayato varió repentinamente cuando lo vio al décimo frente a él y pasó a mostrar una sonrisa radiante.
Se disculpó por haberlo "abandonado" alrededor de cincuenta veces, mientras Tsuna decía que no era necesario pedir tanto perdón y Yamamoto reía. ¿De qué? Nadie nunca lo sabía, era uno de los tantos enigmas del universo: saber de qué se reía Takeshi Yamamoto la mayoría de las veces.
—¿Y? —Le preguntó el beisbolista con su sempiterna sonrisa.
—¿Y qué? —Hayato encendió el cigarrillo y soltó el humo con un ligero suspiro de ¿molestia? Sí, estaba que se lo llevaban los demonios porque había dejado solo al décimo, se había salteado las clases para ir a buscar un empleo y todo para ¿qué? Para nada, para seguir igual que el día anterior.
—¡Las ruinas! —exclamó Yamamoto como si fuera una obviedad.
—¿Qué ruinas? —Hayato comenzaba a fastidiarse realmente con su entrometido compañero. Vivía fastidiándose con el beisbolista, pero esa sonrisita estaba colmando su paciencia, hoy más que nunca.
—¿No fuiste a ver lo de las ruinas circulares en el Templo Namimori? —Preguntó Tsuna y ahí comprendió de qué hablaban—¿No salteaste las clases para ir a verlas? ¿Adónde fuiste entonces? —parpadeó, mostrando una cara de preocupación y de leve sorpresa que Yamamoto imitó.
—S-Sí, fui a verlas —mintió.
Sin saberlo había encontrada la coartada perfecta. Perdió la mirada hacia un costado, tratando de esquivar la conversación. Tsuna cambió de tema; su híper intuición le decía que por algún motivo Hayato no se sentía cómodo hablando de ello. No obstante Yamamoto frunció el ceño.
Él no gozaba de algo como la híper intuición, pero era lo bastante despierto –contrario a lo que creía la mayoría- para darse cuenta de que algo no andaba bien con Gokudera.
Ninguno de los dos estuvo dispuesto a presionarlo, tal vez porque sabían que Gokudera no era de los que se sentaba a contar cómo había sido su día con un café de por medio. Ni mucho menos era de los que manifestaban sus emociones abiertamente. Podía estar mal y sus amigos pasarían toda la vida sin saberlo si este se empecinaba en cerrarse. Él no abría la boca más de lo necesario con sus asuntos personales y siempre aparentaba estar igual, así el mundo alrededor se estuviera cayendo, con el único fin de no molestar o alarmar a Tsuna. Solo era muy transparente cuando del décimo se trataba. Y por eso, por el tiempo que llevaban siendo amigos y luchando codo a codo, los dos chicos a su lado sabían que era todo un caso perdido insistirle. Cuando estuvieron en el futuro, a Gokudera le había costado un montón admitir que estaba asustado.
Cuando la situación volvió a repetirse a la mañana siguiente, luego de que Gokudera escoltase a Tsuna hasta la escuela y se mandase a mudar al terminar la primera clase, Yamamoto se mostró visiblemente intranquilo. Sin embargo no tenía intenciones de agobiar a Tsuna, bastante tenía este con su entrenamiento. El bebé era inclemente, Yamamoto lo sabía bien porque también lo había padecido.
—Hoy ha vuelto a saltearse clases, ¿en qué andará? —comentó casual, para ver si con eso Tsuna salía con algo que lo consolase a él, pero este le demostró estar igual que el día anterior.
—Ni idea —suspiró—, habíamos quedado en que este sábado estudiaríamos para los exámenes.
—Cierto —se llevó una mano a la nuca, riendo—, olvidé que se acercan los exámenes, todavía no toqué un libro.
—Pero hoy —continuó Tsuna— antes de irse me dijo que no podría ser posible el sábado, pero que me lo iba a compensar de alguna forma.
Yamamoto vio en la expresión afligida de su amigo que compartían el mismo pensamiento. Era prácticamente imposible suponer que Gokudera tuviera alguna prioridad por encima de serle útil a Tsuna. Alzó las cejas y le regaló una nueva sonrisa, buscando algún pretexto para tranquilizarlo.
—Tal vez conoció a una chica y le da vergüenza decirnos.
—¡¿Gokudera? —Tsuna plantó una expresión muy graciosa de incredulidad, como si estuviera diciendo "ni en mil años".
—¿Por qué no? —alzó los hombros.
—Pues —meditó las probabilidades que existían para suponer algo así. Negó con la cabeza; la única muchacha que había acaparado la atención de su auto proclamada derecha había sido Shittopi-chan, y al recordarlo no puedo evitar bromear—, ¿será alguna chica de este planeta?
—Seguro que no —rió quedamente.
—¿No estamos siendo un poco crueles? —reprimió la risa—Hablando en serio, Gokudera es apuesto…
—Sí —admitió, era algo que saltaba a la vista y que las chicas del curso se encargaban de mantenerles muy presente, pesadamente presente todo el tiempo. Siempre tenía a muchachitas del curso y de otros salones revoloteando alrededor suyo.
—Pero él es tan… raro —Tsuna no supo cómo explicarlo ni qué mote darle que no resultase ofensivo—y siempre anda diciendo que las chicas son molestas, ruidosas y entrometidas. No lo veo enrollándose con una.
Yamamoto pareció abstraerse durante ese breve instante, pero el sonido del timbre le hizo volver en sí. El patio interno rebosaba de estudiantes que empezaron a caminar hacia los salones; sin embargo ellos permanecieron ahí, como si primero quisieran resolver el misterio en el que se había convertido la Tormenta antes de seguir con la rutina escolar.
—Pero pudo haber conocido a alguien… —murmuró el beisbolista, pensativamente.
—¿Vamos? —Tsuna se puso de pie; lo mejor sería volver a clases—Hablaré con él y le preguntaré.
Yamamoto negó con la cabeza, y la sonrisa en sus labios parecía ser una melancólica.
—Sabes cómo es contigo…
—Haré el intento —alzó los hombros fugazmente—, al menos…
Yamamoto asintió. Tsuna era el único que podía obrar maravillas en una persona como Gokudera y también sabía que era el único capaz de sonsacarle lo que le pasaba. Lo cierto es que aunque Yamamoto había soltado aquello con el único fin de animar a su amigo, él mismo reconocía que era un poco difícil suponerlo a Gokudera liado con una chica.
Por más que así fuera, no era la clase de chico que dejaría a sus amigos –y a su jefe- por la muchacha que le gustaba. ¡Primero los amigos, después la novia! Ese era el lema; pero, ¿y si había conocido a alguien que acaparaba su tiempo y su atención? Yamamoto alzó una ceja y sin motivos aparentes empezó a carcajear.
Pobre la chica que lograse atravesar las capas que conformaban la ruda personalidad de Gokudera; debería ser una muchacha lo suficiente fuerte y lo suficientemente armada… armada hasta los dientes.
Tsuna lo miró, algo sorprendido por esa risa sin motivos aparentes, pero Yamamoto siempre parecía sonreír sin motivos aparentes, así que tampoco le dio demasiada importancia.
No. Sin dudas no se traba de ninguna chica, pero ¿qué? ¿Una invasión alienígena? ¿Algún trabajo que Reborn le encomendó en secreto para convertirlo en la mejor mano derecha del mundo? Al otro día la historia se volvía a repetir y Yamamoto ya no tenía sonrisas ni palabras para satisfacer a Tsuna. Y si Tsuna no había logrado sonsacarle ningún tipo de información a la Tormenta luego de haberlo intentado esa misma tarde, entonces nadie lo lograría.
…
Le dolía en el orgullo admitirlo, pero su padre después de todo había tenido razón. Y no pensaba llamarlo para decírselo, ni tampoco para pedirle que depositase dinero. Sacó la tarjeta después de que el tablero le hubiera indicado que la cantidad de dólares era de cero.
Había cumplido con la amenaza de una manera demasiado letal y el tiempo se le acortaba a pasos agigantados. Mirar el almanaque colgado en la pared lo humillaba y el reloj se había convertido en su peor enemigo.
El trabajo de medio tiempo que se había conseguido apenas había llegado a Japón no era suficiente en el presente sin la escasa ayuda económica que hasta ese día recibía, y de mal en peor estaba a punto de perderlo. Si la señora Sumira cerraba el negocio y se mudaba a las afuera de la ciudad, ¿qué haría? La anciana le había prometido que hablaría con una amiga que tenía un almacén muy cerca de allí, que no se quedaría sin trabajo; pero nada es seguro.
Es irónico, pero cuando uno cree estar mal, la vida no tarda en demostrar de alguna forma u otra que siempre, pero siempre, puede ser peor. Al llegar a su departamento la nota del arrendador puesta en la puerta le aseguraba que si no pagaba ese mes, podía ir empezando a juntar sus cosas.
Eso hizo. No tenía muchas pertenencias de valor, no era de apegarse a lo material; a lo sumo algunos libros y pocos recuerdos de su madre que había podido reunir durante su vida. Lo más importante lo puso todo dentro de una misma caja para llevarlo ese mismo sábado al depósito de la señora Sumira. Lo dejaría allí, la vieja no tendría problemas. El resto de las cosas se las daría a su vecina, para que se las cuidase o para que los usase, después de todo eran ollas, libros y objetos que habían sido creados para darles un uso. Prefería ser precavido, no quería llegar un día y encontrar que todas sus cosas estaban en la calle. O tal vez había perdido la fe. Armar las cajas era una manera de afrontar una irrebatible derrota, porque aunque se decía que lograría reunir el dinero para pagar la renta, en el fondo sabía que estaba muy lejos de conseguirlo.
Buscó un cenicero limpio, encendió un cigarrillo, se sentó en la alfombra y pensó… nunca en su vida había pensando tanto como esa tarde. A tal punto que la noche se fue colando hasta oscurecer el departamento, pero él seguía en el mismo sitio, envuelto en la penumbra y con un cenicero que rebalsaba de colillas.
Tenía formas de conseguir el dinero, viejas formas… pero no iba con el estilo de vida que pretendía tener en el presente siendo uno de los guardianes y la mano derecha del Décimo Vongola.
Y la desesperación que comenzaba a cobrar forma, amenazaba con devorarlo vivo. A fin de cuentas Hayato todavía era un niño, por mucho que él ya se viera como un hombre.
…
Tsuna negó con la cabeza. Nada. No había podido sonsacarle absolutamente nada a Gokudera, cuando le preguntó si le pasaba algo, su guardián había salido con uno de sus típicos "todo está bien, décimo, no se preocupe".
"No se preocupe".
¿Qué se podía hacer para ayudar a un amigo cuando necesita ayuda y claramente no quiere ser ayudado?
—Ya se le pasará —volvió a animarle, pero Yamamoto sentía que ya no estaba surtiendo el mismo efecto. Tsuna seguía luciendo intranquilo y él no era menos.
Ovnis, UMA's, ruinas circulares, una posible novia… se le había acabado el repertorio de justificaciones al beisbolista, especialmente porque ni él apostaba todas las fichas a esas suposiciones, pero ¿qué otra cosa podía hacer? Gokudera desaparecía todo el día, se salteaba clases, perdiéndose así de exámenes importantes y, cuando había problemas, aparecía pidiéndoles disculpas al décimo por haberlo descuidado.
—¡Reborn! —exclamó Tsuna de la nada y Yamamoto no pudo evitar buscar al bebé con la mirada, esperando a que se materializase en medio de la clase de historia—Seguramente que él algo sabe… —de alguna forma el arcobaleno siempre estaba al tanto de todo lo que pasaba a su alrededor.
—Alumno, aterrice por favor, que estamos en medio de una clase —reclamó la profesora.
Todos se rieron del lapsus que había tenido Sawada a excepción de Yamamoto. No quiso arruinarle las esperanzas, pero si Reborn no le había dicho nada para ese entonces, era porque no sabía o no tenía intenciones de compartirlo. Por mucho que fuera a preguntárselo, dudaba de que lograse sacar algo en limpio.
Sin embargo Reborn estaba bastante al tanto de todo lo ocurrido. Demasiado involucrado para su gusto; pero si Tsuna no iba a preguntárselo él no tenía por qué contarle nada. Eran asuntos personales de Gokudera. Muy personales.
…
Se olfateó la ropa corroborando que sí, olía a pescado. La gente en el transporte público se apartaba de él como si tuviera lepra o alguna enfermedad letal. Rió, pidiendo disculpas en general y sin dirigirse a nadie en concreto, por apestar el lugar.
Él estaba demasiado acostumbrado y prácticamente no se daba cuenta; había salido con el tiempo tan justo a buscar al pueblo vecino lo que su padre le había encargado, que no había tenido tiempo de darse una ducha o de cambiarse.
Cuando volvió a Namimori era de noche y se moría de hambre, así que paró en el primer puesto de mala muerte que encontró para comprar un perro caliente. Hacía mucho frío para ser otoño, sin dudas el invierno sería uno muy crudo.
Caminó por las calles de siempre en dirección a su casa. Tenía dos opciones diferentes para llegar a destino en un determinado punto del trayecto. Siempre le había gustado el que bordeaba el río. Más que nada en primavera y en verano, porque era un camino muy frío en esa época del año. Sin embargo esa noche le apetecía tomar esa vía. Hacía tiempo que no pasaba por allí y la noche, pese a ser helada, se prestaba.
Podía, entonces, echarle la culpa al destino.
Comió uno de los tres hot dogs que había comprado y estaba empezando por el segundo cuando una figura sentada en el césped llamó su atención. Era raro ver a alguien cerca del río a esa altura del mes, las parejitas preferían lugares más cálidos.
Se detuvo, porque esa cabellera era característica a kilómetros de distancia. Y lo que menos, menos necesitaba Gokudera en ese momento era una de las típicas sonrisas de Yamamoto y uno de sus típicos saludos con su típica vocecita de idiota. Sí, estaba de muy, pero muy mal humor.
—Ey, Gokudera ¿qué haces aquí? —Levantó una mano a modo de saludo, pero no recibió respuesta alguna—¿No tienes frío? —Lo veía sentado en el pasto y lo imaginaba calado hasta los huesos, para colmo todavía estaba con el equipo de la escuela—¿Quieres? —extendió la mano derecha, ofreciendo uno de los hot dogs.
Gokudera recién entonces lo miró, tratando de plantar su mejor expresión de "vas a morir", como si hubiera olvidado por ese efímero momento que nada de eso funcionaba con Yamamoto. Él siempre había tenido cierta inmunidad insultante a su temperamento. Podía espantar a medio mundo con sus actitudes, alejarlos de su lado con amenazas e insultos, pero Yamamoto era como el bambú al viento. Se quedaba firme y de pie, contra viento y marea.
Sí, y encima sonriendo de esa forma tan… tan… no encontraba palabras. Estaba tan enojado con su mala suerte que no existía el insulto ideal para Yamamoto esa noche.
—¿No quieres? —Yamamoto alzó las cejas, desconsolado.
Gokudera suspiró, se encogió en el sitio y, contra todo lo esperado de su parte, acabó por rendirse. No tenía fuerzas ni ánimos para batallar contra la estupidez crónica del beisbolista. No tenía fuerzas ni ánimos siquiera para mentarle la madre y decirle que se mandara a mudar. Hundió la cabeza entre las rodillas tratando así de ignorarlo; cuando bien sabía que Yamamoto no era una persona fácil de ignorar.
—Bueno, me lo comeré.
No. Iba a matarlo. Bien muerto. Quizás de esa forma lograse quitarse un poco de encima la frustración con la cual cargaba.
—Pero mira que me lo comeré y después…
Gokudera se puso de pie para tomarlo de la campera y sacudirlo, a ver si con eso se le quitaba lo idiota. Pensó en gritarle que lo dejase en paz, que no necesitaba de su lástima, que no quería que le preguntase por qué estaba ahí, ni si necesitaba algo. Aunque se muriese de ganas de que alguien conocido lo hiciera.
Solo quería que se largase…
Pero no le nació nada de eso. Apenas lo empujó y lo soltó para empezar a caminar hacia otro lugar, algún lugar en donde Yamamoto no pudiera seguirlo; y no tardó en darse cuenta que era lo que precisamente hacía. Mientras comía su hot dog caminaba tras él a una prudencial distancia.
—¡¿Puedes largarte? ¡Apestas a pescado!
Yamamoto sonrió. Al fin Gokudera le había hablado. No importaba cómo o qué, pero empezaba a preocuparle seriamente que no estuviera gritándole o despotricando contra él. El beisbolista terminó de comer su refrigerio y apuró un poco el paso para alcanzarlo.
—¿Para dónde vas? Te acompaño.
—¡No voy a ningún lado! —Paró en mitad de la calle para gritárselo en la cara y vio que Yamamoto alzaba las manos clamando por paz y tranquilidad.
En ese punto Gokudera se dio cuenta de que estaba actuando como un completo imbécil al estar gritando como un loco, pero se equivocaba el beisbolista si esperaba que le pidiese perdón. No obstante Yamamoto no lo necesitaba; sabía que con el simple hecho de permitirle caminar a su lado era una forma de estar disculpándose con él.
Así era la relación con Gokudera; podía no usar las palabras, o palabras poco amables para con él, pero a la larga o a la corta se hacía entender.
Se sentó en el muro bajo de una casa, cuyas luces apagadas indicaban que sus propietarios no estaban o estaban, pero dormidos. Encendió un cigarrillo y miró hacia un costado, del lado opuesto en el que estaba parado Yamamoto, como si buscara ignorar la compañía de esa noche. Suspiró. No sabía de qué manera advertirle.
—Será mejor que me dejes solo, Yamamoto —logró aconsejarle.
El aludido borró la sonrisa y contrario a lo pedido se acomodó a su lado. No necesitaba, tampoco, que la Tormenta le dijera que la estaba pasando mal, era algo que saltaba a la vista.
Gokudera no lloraba, ni tenía una expresión distinta a la usual, pero era esa actitud de buscar protegerlo de él mismo y de su humor escatológico lo que le hizo caer en la cuenta de que la estaba pasando realmente mal. Comprendía que Gokudera temía herirlo más de lo usual, gritarle insultos más fuertes y horribles que lo común, y acabar diciendo cosas de las que después se arrepentiría profundamente.
—¿No estás de humor?
—No y por eso lo mejor será que te vayas a… —señaló la calle, reprimiendo las ganas de agregar un "a la mierda"—a tu casa —corrigió.
—¿Y por qué estás de mal humor?
—Punto número uno, porque me crucé contigo. Punto número dos, porque tuve la desgracia de que te me pagaras como una jodida sombra. Punto número tres, porque el simple y puto motivo de que estoy hablando contigo.
—Gokudera conoce los números del uno al tres, bien —se mostró sorprendido, disimulando así que le había herido un poco.
—¿Quieres morir, idiota? —cuestionó, para enseguida tratar de ser persuasivo por las buenas, no pretendía hacer ni decir nada que el décimo pudiera llegar a reprocharle después y, especialmente, su consciencia—Estoy de mal humor, ¿ok? Y tú sabes bien cómo soy cuando estoy de buen humor, así que… —arrojó la colilla, chistó y metió las manos dentro de los bolsillos de la campera—… perdón.
¿Gokudera le había pedido perdón? Por supuesto, no era tan cretino como para no darse cuenta que Yamamoto se había convertido en una persona digna de toda admiración; porque ¿qué clase de sujeto es capaz de quedarse junto a alguien que solo sabe ser hiriente? Un amigo. Y Yamamoto sin dudas había demostrado serlo en más de una ocasión. Eso, o es que en verdad era muy idiota. O masoquista.
Yamamoto hizo de cuenta que no lo escuchó, no dijo nada como "no te preocupes" o "lo entiendo", ni mucho menos un "está bien, no hace falta que pidas perdón", porque sabía que eso lograría poner a Gokudera en un lugar incómodo.
Pese a su carácter, había sabido pedirle perdón en los momentos que debió hacerlo, y Yamamoto era sencillamente de los que no necesitaban de más para olvidar una tonta rencilla.
—Un mal día, ¿eh? —dijo casual, llevando los brazos tras la nuca y mirándolo de reojo.
Gokudera ahogó una risa lastimosa. Yamamoto era pésimo para disimular las intenciones verdaderas de sus actos. Era demasiado honesto, demasiado transparente. Demasiado bueno. Eso creía Hayato, equivocándose en algún punto, porque Takeshi sabía esconderse muy bien tras sus sonrisas.
—Sí, un día de mierda…
—¿Y… qué pasó? —Otra vez intentó sonar indiferente, pero su compañero lo miró de una manera tan venenosa que le llevó a agregar rápidamente—Si quieres contarme, digo…
Gokudera negó resignadamente con la cabeza y volvió a prender otro cigarrillo. Yamamoto sospechó que se quedaría sin saberlo, pero se consolaba diciéndose que al menos lo había intentado. No obstante Gokudera le sorprendió, abriendo la boca para soltar lo que tenía atragantado.
—Me estoy por quedar sin trabajo, es eso —miró el cigarrillo entre sus dedos y sonrió, buscando ocultar su malestar con esa mueca.
Yamamoto pensó que iba a seguir hablando, pero en eso quedó.
—No sabía que…
—¿Trabajaba? —completó—¿Y de qué te crees que vivo, imbécil? ¿Del aire? —preguntó con aspereza, pero con esa que le indicaba a Yamamoto que había logrado atravesar las capas que cubrían la ruda personalidad de Gokudera.
Era uno de los pocos momentos en el que podían hablar como dos amigos. Los "imbécil", "idiota" y demás insultos similares tenían un tono distinto. Estrambótico sería decir que eran de camaradería, pero Yamamoto lo sentía así: que el chico los soltaba por puro protocolo, como una especie de retorcida costumbre que tenía, pero que en el fondo se había abierto más a él, y al mundo.
—¿Por eso faltaste todos estos días a clase? —Yamamoto de pronto se sintió aliviado, sin saber bien por qué. Y rió, ganándose a cambio una mirada asesina.
—No sé de qué te ríes, pajero.
—Es que con Tsuna inventamos toda clase de hipótesis. No es que me esté riendo de tu situación.
Eso le llevó a Gokudera a plantar un gesto distinto, de su ceño fruncido pasó a mostrar un semblante pensativo y exhausto.
—No le digas nada al décimo, no quiero preocuparlo. Bastante tiene con el entrenamiento de Reborn...
—Pero es que… —se encogió momentáneamente de hombros—ya está preocupado.
—Le dices algo y date por muerto —amenazó.
—Está bien, está bien.
El nuevo silencio no fue incómodo, casi nunca lo era entre ellos. Porque entre los amigos esa clase de silencio nunca lo son. Gokudera pensó y hasta esperó el "nos vemos" de Yamamoto, pero el friki seguía sentado ahí, a su lado, quieto como un mimo. Y el cigarrillo se le había consumido entre los dedos.
—¿Y… conseguiste empleo? —preguntó, luego de pensar bien las palabras a decir; vio que Gokudera negaba con la cabeza, serio como él solo. Takeshi recargó la barbilla en la palma de su mano y Gokudera pensó que se parecía al Pensador de Rodín.
—¿Estás pensando, Yamamoto? —simuló estar sumamente sorprendido.
Siempre estaba tratándolo de tonto, incluso aunque en verdad no pensara eso de él. Sabía muy bien que al chico no le faltaba cerebro, porque era él quien le explicaba los temas de la escuela a Takeshi, este simplemente era muy vago.
El beisbolista no dijo nada sobre lo que estaba analizando, no hizo preguntas entrometidas ni mostró un semblante distinto al sereno de siempre. En esos pocos minutos su mente había trabajado a todo motor y apenas alcanzó a mostrar una punta de lo que cavilaba.
—De verdad… no sabía que trabajabas. Me sorprende. —Y era evidente que si lo hacía era porque lo necesitaba.
—Y si tú también, ¿qué dices? —alzó un hombro, como todo un gamberro que busca pelea.
—Pero es distinto —no explicó por qué, ya que para él era clara la diferencia.
Si Yamamoto se quedaba sin "trabajo", en parte sería genial. Tendría más tiempo libre para estar con sus amigos, jugar al beisbol y podría perder horas frente a la televisión. La diferencia entonces radicaba en que él no lo hacía tanto por obligación.
—Es tarde, idiota —dijo Gokudera mirando su reloj de pulsera—, son casi las diez, tu viejo va a preocuparse —miró la bolsa que llevaba.
—¡¿Las diez? —Las horas habían pasado volando sin que se diera cuenta; se puso de pie para seguir su camino a casa, pero había algo en el ambiente y en el semblante de Gokudera que no le permitía marchar con calma. No podía -ni quería- irse y dejarlo así.
—¿Ahora qué? —preguntó fastidiado cuando lo vio dando la vuelta.
—Si son las diez, ¿qué haces aquí? Deberías acostarse temprano para mañana estar fresco —le regaló una sonrisa de compasión—¡Estoy seguro de que mañana encontrarás empleo!
—Vete —lo espantó con una mano, como si fuera un perro o algún pájaro molesto.
Yamamoto giró y empezó a caminar, pero no pudo evitar volver sobre sus pasos. Algo no le cerraba y seguía inquietándole. Cuando Gokudera lo vio regresar otra vez entornó los ojos y contó hasta mil. ¿No podía entender que simplemente quería estar solo para poder pensar y hundirse en su miseria? Si es que ya no estaba hundido.
—¿Ahora qué mierda quieres? —Tal vez se había olvidado de soltarle algún refrán estúpido para darle ánimos.
—¿Quieres venir a mi casa por una taza de té?
Gokudera arqueó las cejas, no porque fuera raro que le invitase a tomar un té caliente a su casa, sino porque… eran las diez de la noche. No eran horarios de visitas. Pestañeó, ¿hasta qué punto Yamamoto se hacía pasar por idiota y era condenadamente listo? No, si seguramente el lazo con él era karmático. Sí, Yamamoto era su karma.
—A mi viejo no le molestará, seguramente ya está acostado y… —silenció lentamente—¿Por qué estás aquí, Gokudera? —la pregunta podía pecar de estúpida, más viniendo de él, pero ambos sabían que en ese momento y después de todo lo conversado tenía otro trasfondo.
—Porque se me da la regalada gana —contestó entre dientes y corriendo la cara, estaba tan cansado que sentía que los ojos se le cerraban. De hecho, quería cerrarlos y no abrirlos nunca más, o abrirlos y encontrarse con que todo había sido una pesadilla. —Además… —ese había sido el pie que necesitó para librarse del agobio—es tarde para buscar un lugar y no tengo adonde ir —La señora Sumira era una anciana que se acostaba temprano, no buscaba molestar a una de las pocas personas que le prestaba desinteresadamente su ayuda.
No sabía por qué estúpido motivo estaba allí compartiendo sus problemas con Yamamoto, tal vez por la sencilla razón de que necesitaba soltar todo aquello. Era humano a fin de cuentas y siempre reconforta saber que hay alguien dispuesto a escuchar.
—No tengo para pagar el alquiler. En teoría tenía hasta mañana, pero me echaron hoy a la tarde de la pensión.
Y Gokudera no le estaba contando parte de sus desgracias, de resumidas maneras y a tirabuzones, esperando a que Yamamoto le solucionara dichos problemas, ni tampoco pretendía de él algunas palmadas en la espalda y palabras de consuelo barato, simplemente necesitaba que alguien lo escuchase. Solo por esa noche. Después si quería, que diera la media vuelta y "ahí te ves". Sin embargo sabía que Takeshi no era de los que daban la espalda para seguir con su día. Y tal vez por ese motivo había abierto la boca.
—Nadie le da trabajo a un chico de secundaria y todo lo que puedo conseguir son trabajos de… mierda.
Volvió a perder la mirada y recién en ese punto Yamamoto se dio cuenta de que Gokudera estaba avergonzado, ¿avergonzado de qué? Para el beisbolista era francamente admirable todo lo que le estaba diciendo. Si bien sabía que Gokudera era fuerte, nunca lo había visto tan fuerte como en ese momento, pero era una fortaleza que nada tenía que ver con la desplegada en un campo de batallas.
—Pagan una miseria y sí o sí tienen que ser de medio tiempo, por la escuela —aclaró—, así que el sueldo es doblemente una mierda.
Yamamoto no supo cómo responder a ese momento de extrema sinceridad, se daba cuenta de que para que Gokudera estuviera ahí soltándole todo aquello a él, debía estar realmente superado por la adversidad, aunque ni sus ojos verdes ni su postura lo demostrasen.
Gokudera no tenía muchos amigos, así que hasta cierto punto había sido previsible. A Tsuna no le iría con sus dramas, quedaba por descarte el beisbolista.
—Vamos —agitó un brazo invitándolo—, mientras tomamos el té me sigues contando.
Gokudera pensó que Yamamoto daba por hecho que lo acompañaría a su casa, que daba por hecho que le seguiría contando asuntos personales, que daba por hecho que no tenía donde dormir esa noche y que no podría rechazar la oferta aunque por estúpido orgullo quisiese.
Hacía mucho frío y Yamamoto no iba a dejarlo dormir en la plaza o en la estación de trenes. Así fuera en verano. ¿Para qué están los amigos, no? El problema es que Yamamoto no vivía solo; esa no era la casa de Takeshi, sino la del padre.
—Puedes quedarte a dormir aquí en el negocio, si no quieres hacerlo en mi habitación —invitó, una vez que cerró la puerta del local y prendió la luz para ver por donde caminaban.
Contra todo lo pensado, al final lo había seguido hasta su casa.
—S-Solo por esta noche —bajó la vista al suelo, fastidiado con el revés de acabar admitiendo lo mucho que Yamamoto le estaba salvando en esa ocasión—, me iré mañana antes de que tu viejo se levante, ni se dará cuenta de que estuve en la casa.
—No te preocupes por él —negó sonriente—, no se va a molestar. De verdad.
Gokudera asintió con desinterés en la plática y bostezó, con eso Takeshi supo que el té debería quedar para otro momento. Además había conseguido lo que pretendía. Era muy obvio que lo del té había sido una pobre excusa para que Gokudera no se sintiera tan abochornado.
—Espera aquí.
—¿Y adónde quieres que vaya?
Yamamoto no respondió a la pregunta mordaz para irse y volver al rato cargando con dificultad un tatami desplegable y una pequeña estufa eléctrica. Gokudera se acercó a ayudarle, era lo mínimo que podía hacer.
No dejaba de sentirse apenado, no por la situación de estar recibiendo esa ayuda, sino que esa ayuda proviniese del chico al que trataba pesimamente mal sin siquiera merecerlo.
—¿Quieres tomar algo caliente antes de dormir o ya quieres acostarte? —preguntó amablemente, notando que Gokudera se mostraba incómodo, ¿de estar ahí? Lo más probable —Sé que no es el mejor lugar, pero… ¿de veras no quieres entrar a la casa y dormir conmigo? —volvió a ofrecer en un ligero murmullo. Entendía, de todos modos, que no se sintiese a gusto invadiendo la casa sin haber sido previamente invitado.
—El lugar está bien —dijo firmemente, luego meditó la respuesta a lo primero que le había ofrecido—y sí, me gustaría tomar un té… —vio que se ponía de pie para ir a prepararlo y lo llamó con seguridad, pero esta flaqueó cuando dio la vuelta y Takeshi lo miró fijamente. Le regaló al beisbolista un gesto que era una mezcla extraña de vergüenza con fastidio—¿tienes galletas o… —se rascó la frente—algo para acompañar el té?
Yamamoto sonrió afablemente cerrando los ojos y asintió, pero cuando giró esa sonrisa se borró de un plumazo. Si antes estaba preocupado por Gokudera sin saber qué le pasaba, ahora estaba doblemente preocupado sabiéndolo.
Le preparó una emparedado bien completo, presumiendo que no había cenado, y se hizo uno para él también. Cuando volvió a la tienda, Gokudera ya había acomodado el tatami y se había puesto más cómodo. Se había quitado el morral de la escuela, las zapatillas y los kilos de ropa que llevaba encima para paliar el frío, quedando solo en camiseta, pantalón y medias.
—Te hice un emparedado, pensé que te iba a gustar más —dejó el plato sobre el tatami y se sentó frente a él—, tiene pollo, lechuga, tomate… le puse mayonesa, sé que te gusta. El té estará dentro de un rato, te lo traje por si quieres empezar a comer, ¿el pepino te gusta? No sabía si te gustaba…
Yamamoto era de hablar mucho y Gokudera era hombre de pocas palabras cuando se trataba de él. En respuesta lo tomó y lo mordió. Tenía tanta hambre que no le importaba lo que tuviera adentro. Había tratado de ahorrar el poco dinero que le quedaba para poder pagar sus deudas y por eso comía lo justo y necesario. Odiaba tener deudas y no quería que el arrendador se quejase con Bianchi de nuevo, porque de esa forma su hermana acabaría por enterarse de todo el revés.
—¿Tú no te habías comido dos hot dogs?
—Sí, tres en realidad —confesó innecesariamente—, pero me tenté.
—Cerdo muerto de hambre.
Yamamoto rió ante el insulto, siempre se reía ante los insultos de Gokudera, pero en esa ocasión por la manera en la que se lo había dicho, con sorpresa y resignación. El chico bomba lo miró, estudiándolo con los ojos.
—La ventaja de ser deportista —murmuró.
Si él comía la misma cantidad que Yamamoto acabaría pesando el doble en apenas semanas, sin embargo el beisbolista mantenía a la perfección su línea. Gokudera bien lo sabía, lo había visto muchas veces desnudo en los vestuarios del colegio. Tenía el mejor cuerpo -junto al cabeza de césped- de entre todos los chicos del colegio. O al menos de los que él había prestado atención.
—Dime… ¿qué harás?
—¿Con qué? —alzó los hombros, molesto con el detalle de que Yamamoto se lo hubiera preguntado. No quería pensar en eso—Buscaré trabajo —dijo finalmente.
—Ya sé, pero mientras… —tragó lo último que le quedaba del emparedado—¿Dónde te quedarás?
—Ya encontraré un lugar… —al ver que no le creía agregó—, la señora a la que ayudo tiene un galpón enorme, ya hablé con ella… —dijo con un tono que aparentaba decir "no te preocupes por mí, estaré bien"—Y cuando ella se mude…
—¿Se irá?
—Sí, tiene a los hijos viviendo afuera y ya esta vieja, así que se va para estar cerca de ellos —continuó con lo importante—, supongo que para cuando pase, ya habré encontrado otro trabajo. Espero… —alzó las cejas. Eso o iba muerto.
—¿Y… tu hermana?
—¿Qué pasa con ella?
—¿No te podrá ayudar? —preguntó con un tono de obviedad que resultó degradante.
—No quiero involucrarla.
—Reborn seguramente puede conseguirte un lugar y…
—Escúchame, Yamamoto —pidió con un tono tan duro que el susodicho borró todo gesto ameno de su rostro para abrir bien los ojos y escuchar atento, cual niño—, no quiero que nadie, pero nadie sepa de esto.
—No tienes de qué apenarte, o sea, estás pasando por dificultades, para eso está la familia y los amigos, además…
—¿Me estás escuchando, idiota? No quiero que le cuentes nada a nadie de todo lo que yo te dije hoy. Menos que menos al décimo…
—Está bien.
—Promételo —se lo hizo jurar, porque sabía que por mucho que le amenazara con romperle los huesos del brazo derecho, no iba a lograr persuadirlo.
—Pero… —quiso exponer su punto y convencerlo, sin embargo Gokudera fue inclemente hasta con la mirada.
—Promételo.
—Está bien —se mostró apocado—, te prometo que no le contaré a nadie.
—Confié en ti, te conté cosas que a nadie más le conté. No traiciones esa confianza.
Golpe bajo. Yamamoto ahora sí sería una tumba. Maldito embaucador. El beisbolista suspiró escandalosamente, había sido vilmente derrotado.
—Además —continuó Gokudera—, este problema es mío. Así que borra esa cara de "¿qué voy a hacer?".
—Es fácil para ti decirlo —se quejó—, pero…
—No te preocupes —al final lo había dicho, y reconocer que Yamamoto estaba preocupado por él le ayudaba a ver que no todo era tan amargo—, ya pasé por situaciones similares en el pasado y logré salir adelante. Esto es solo un… mal trance. Pero ya va a pasar. Siempre pasa.
Yamamoto asintió, simulando estar conforme con eso, pero lo cierto es que él no se dimensionaba del todo el problema. En el lugar de Gokudera no sabría qué hacer o para donde salir corriendo, pero el chico bomba estaba sentado frente a él con la misma cara de siempre. Como si no estuviera con un pie en la calle, sin comida y casi desempleado.
Tal vez era un poco cierto lo que siempre le gritaba la Tormenta cuando estaba muy enojado con él, de que en el fondo era un poco "nene de papá". Takeshi no tenía mayores preocupaciones, el techo y el plato de comida, su propio padre se lo aseguraba. Además no sabría cómo hacer con la escuela y las prácticas, haciendo a la par varios trabajos de medio tiempo.
—¡El té! —recordó súbitamente. Había olvidado la hornalla encendida. Fue corriendo a prepararlo mientras Gokudera se acomodaba en el tatami. Cuando volvió con todo listo, notó que se había quedado dormido. Dejó las tazas sobre el mostrador, tomó la estufa eléctrica para encenderla y se acercó al tatami. —Sí, te quedaste dormido —confirmó sin necesidad, acercando su rostro al de Gokudera para observarlo más de cerca.
Tomó las frazadas que habían quedado a un costado y lo tapó para que no pasara frío. Apagó la luz y acomodó todo para irse a dormir, pero por más que lo intentó no pudo pegar un ojo en toda la noche. Y eso que Gokudera le había dicho que no se preocupase.
…
Cuando se despertó al otro día se sintió muy desorientado; miró hacia sus costados sin saber qué hacer. No le parecía muy educado de su parte andar deambulando por lo casa, pero necesitaba pasar al baño y Yamamoto no daba señales de estar despierto todavía.
Se levantó y envolvió el tatami, luego dobló las frazadas y miró hacia la puerta que conectaba el negocio con la casa. ¿Qué más daba…? La abrió con la idea de ir al baño, conocía la casa de Yamamoto, había estado miles de veces; pero a medio camino se llevó un susto de muerte.
—Despertaste, Gokudera.
El mentado dio un respingo de sorpresa, giró la cabeza y vio a Yamamoto junto a su padre sentado a la mesa de la cocina. Señaló nerviosamente hacia adelante, como si buscara justificar su intromisión.
—Iba al baño.
—Ve, ve… —dijo Tsuyoshi—y luego ven a desayunar.
—Buenos días. —Acompañó el saludo -que le había salido demasiado formal- con un leve asentimiento de cabeza.
—¡Haha! Tu amigo siempre es muy cortés.
Tal palo, tal astilla, pensó Gokudera mientras iba al baño. Al volver los dos hombres –si a Takeshi podía decirle hombre- seguían en el mismo lugar y en la mesa habían puesto una taza más para él.
Se sentía un poco tenso, además de invasivo. El padre de Takeshi le volvió a ofrecer asiento notándolo engorroso. Le pareció bueno sonreírle para dejarle en claro que no molestaba, sin embargo el ambiente estaba cargado y Yamamoto hijo, que no sabía cómo encarar el tema.
Le había dicho a su padre con una contagiosa seguridad: "déjamelo a mí", pero estaba en el asiento con la boca cerrada y aterrado. Al final las palabras le nacieron desde adentro con una naturalidad que le asombró.
—Te tengo buenas noticias, Gokudera.
El aludido lo miró frunciendo levemente el ceño, serio y callado esperó a que continuara hablando, mientras Yamamoto padre le llenaba la taza con té.
—Mi padre necesita a alguien que lo ayude con el negocio y yo… la verdad es que tengo muy malas notas.
—Es verdad, tiene que sentarse a estudiar —decidió cooperar Tsuyoshi—, el tema es que necesito su ayuda para hacer rodar el negocio. Atender y cocinar puedo hacerlo solo, pero en temporada alta se complica bastante.
Gokudera asintió comprendiendo lo que estaban insinuándole, no supo por qué, pero se sintió molesto. Quizás de que insultaran su inteligencia. No era idiota y se daba cuenta de que todo era verso; seguramente Yamamoto le había contado a su padre, rogándole para que le diera trabajo a su amigo y este aceptó.
No obstante el enfado por la evidente lástima desapareció gradualmente dando paso a un sentimiento de honda gratitud. Los dos estaban tratando de ser sutiles para no herirlo, estaban dando lo mejor para conseguirlo, sin éxito, pero lo estaban haciendo sin que tuvieran ninguna necesidad u obligación. Hayato no era nada ni nadie para ellos. Así que decidió hacer de cuenta de que no se había percatado de la obviedad y los dejó seguir hablando.
—Le dije que tú estabas buscando trabajo —continuó el beisbolista jugando nerviosamente con la cuchara, la postura seria de Gokudera le inquietaba de sobremanera—, así que…
—¿Todavía sigues buscando?
Gokudera miró a Tsuyoshi cuando le habló, tratando de reprimir el gesto de alzar las cejas, pero no lo pudo evitar. Ni que durante la noche, mientras dormía, hubiera decidido que no. Era evidente que si se lo había contado ayer, en el presente seguía en las mismas circunstancias.
—Sí —respondió finalmente y Yamamoto se sintió aliviado; Gokudera no se había comportado bordemente con ellos y, lo más importante, había abierto la boca. Tanto silencio iba a socavarlo—, pero… no estamos en temporada alta y a Yamamoto no le está yendo tan mal este año.
Touché. Gokudera cerró los ojos. "... estúpido, estúpido, estúpido… te están dando trabajo y tú…".
—Es verdad, pero… —habló Tsuyoshi enseriándose, gesto que le llevó a Gokudera a desesperarse, porque no quería dar la sensación de que estaba despreciando la ayuda—Si voy a emplear a un chico nuevo, necesitaré explicarle cómo es el trabajo; y eso es mejor hacerlo en esta época, el trabajo es infernal en temporada alta. Además, así Takeshi podrá tener mejores notas desde el vamos —sonrió, y Gokudera en consecuencia supo de quién había heredado su amigo la sonrisa.
Tsuyoshi sabía, su hijo ya le había dicho cómo era Hayato. "No es mal chico, pá", de eso se daba cuenta. Era la clase de muchachito orgulloso que no sabe pedir ayudar y que se cree muy fuerte por la tontera de no querer reconocer sus limitaciones, lógicas limitaciones.
—Entonces, ¿te gustaría trabajar aquí? —acabó por preguntar, sin borrar la sonrisa.
—Sí —Gokudera asintió incluso con la cabeza, viendo por un leve segundo la nueva expresión de alivio que le regalaba Takeshi—, le agradezco mucho, señor. Espero serle útil.
—¡Haha! No seas tan formal —con una mano le invitó a servirse—Desayuna, que tienen clases…
—Pero… —Gokudera trató de mostrarse dispuesto a comenzar de inmediato con el nuevo empleo, pero Tsuyoshi elevó un dedo frenando dichas intenciones.
—Luego hablaremos mejor, pero sin dudas una de las condiciones va a ser que tú asistas a clases —se cruzó de brazos—. Eres un estudiante todavía y como tal debes seguir estudiando. No falta mucho para que terminen la escuela.
—Gracias, señor —le regaló una sonrisa que, los dos se dieron cuenta, había sido inmensamente sincera.
Y mientras desayunaba pulieron aquel contrato de palabra; Tsuyoshi no podría darle un buen sueldo, pero a cambio de ello y por no poder pagarle como correspondía, le ofrecía un cuarto donde dormir y las cuatro comidas del día. De esa manera medio sueldo ya estaba pago.
Con profunda honestidad, Gokudera hubiera hecho aquel trabajo solo por esas dos poderosas razones: comida y techo.
Le darían una pequeña habitación pegada al local que usaban como depósito para que tuviera intimidad y él ya no tendría que pensar en alquileres y arrendadores.
Sonrió más abiertamente y miró a Takeshi. Esa sonrisa parecía decir "¿Ves? Te lo dije". Todo podía estar irremediablemente mal, pero después de la tormenta siempre salía el sol –o en este caso la lluvia-. Podía tropezar con miles de piedras en el camino, pero no caía.
Y en esa ocasión no se debía a ningún tipo de suerte –en la que no creía- o mérito exclusivamente propio. Se podía culpar al azar siendo un necio, pero lo cierto es que la razón de que todo no fuera tan negro, radicaba en ese chico que ahora le sonreía y le palmeaba el hombro amistosamente, mientras iban camino a la escuela.
—Bueno, ya, idiota—lo espantó—, no te pongas cargoso —se quejó, corriendo el hombro y metiendo las manos dentro de los bolsillos del pantalón para plantar su mejor semblante de matón.
Le agradecía el gesto y todo, pero que no esperase a que de golpe le tuviera la paciencia que nunca había sabido tenerle. De todos modos Yamamoto no dejó de sonreír.
—La que me espera… —murmuró ido, mientras lo veía reírse vaya Dios a saber de qué demonios—¡¿De qué te ríes ahora, retardado?
¿En dónde se estaba metiendo? Negó con la cabeza. Si alguien le hubiera dicho dos meses atrás que él acabaría compartiendo el techo con Yamamoto Takeshi, mínimamente hubiera asesinado al fantasioso y luego se hubiera suicidado. Aunque si lo pensaba mejor, ni muerto se creía capaz de tolerarlo más de media hora. ¿Cómo haría para tolerarlo en la convivencia, entonces?
No me lo imagino a Gokudera tan maduro como lo muestro en este fic, ¿o sí? Bueno, uno crece y madura con el correr del tiempo. Tomando en cuenta que Gokudera en este fic tiene diecisiete o dieciocho años, más su pasado (se nota que tuvo una infancia dura)... Ustedes juzgarán. No quiero hablar más porque temo arruinarlo (y nadie quiere saber el final de la película antes de ir al cine). Ah, sí, va en tres. Ténganme paciencia.
Lo tengo completo, pero en la semana corrijo lo que falta y lo traigo enseguida. Promesa. Muchas gracias por leer.
15 de Julio de 2012
Merlo Sur, Buenos Aires, Argentina.
