Capítulo 2 de 3


Al momento de la verdad se dio cuenta de que la convivencia no era para nada tan difícil como imaginó que sería. Se la pasaban la mayor parte del tiempo en la escuela y cuando podía, Gokudera estaba en la casa de familia Sawada con el décimo, además en verdad debía trabajar, así que no se cruzaban más de lo estrictamente necesario, que era durante las comidas y en los pequeños descansos que le daba Tsuyoshi.

Era evidente que el inquilino trataba de pasar lo más desapercibido posible; rara vez salía de su cuarto cuando estaba en la casa y Takeshi mismo no era de ir a buscarlo. Como si él también buscara no molestarlo más de la cuenta. Debía agradecer cuando Gokudera tenía días buenos y aceptaba volver de la escuela caminando a su lado.

No era broma, había bastante trabajo allí. El negocio marchaba bien, pero además de atender las mesas había que cocinar y tener los encurtidos siempre listos, sin dejar de lado la limpieza y todo el asunto de los proveedores y los pedidos. Tanto trabajo le restaba tiempo para dedicarle a Tsuna, pero sus prioridades habían cambiado abruptamente en el presente.

Gokudera no tardó muchos días en darse cuenta de su ineptitud; poco o nada sabía sobre cocinar, menos que menos tenía la maestría de Tsuyoshi para con el cuchillo. El hombre le tenía una santa paciencia, siendo un pésimo cadete.

El chico no tardaba en lamentarse cuando echaba algo a perder. Un condimento mal puesto, algo mal cortado y todo terminaba a la basura. A veces sentía que más que una ayuda era una piedra en el camino de ese buen hombre.

—Lo siento —se disculpó por segunda vez en el día. La primera había sido por romper un vaso mientras lavaba a las apuradas, en esta ocasión por confundir los condimentos de nuevo.

—No te preocupes, todo tiene solución — Tsuyoshi le regaló una franca sonrisa, notando el evidente agobio y frustración del chico. Se daba cuenta de que le importaba serle útil y ya por el simple hecho de que se esforzase, le agradaba—. No te amargues, nadie nace sabiendo y todo se aprende en la vida —le dio una fuerte palmada en el brazo para reanimarlo.

—Creo que mejor me pongo a limpiar, ¿no? —Luego de dar esa sugerencia, soltó lo que en verdad pensaba y tenía atragantado—Gracias, señor.

Tsuyoshi se dio cuenta de que ese agradecimiento no se debía a nada reciente; que era uno general, por decirlo de alguna manera.

—No tienes nada que agradecer —dejó de amasar para mirarlo y luego se dirigió al cuenco sobre la mesada—, al contrario, yo te agradezco que seas tan buen amigo de Takeshi.

Gokudera alzó las cejas, sintiéndose un poco culpable por ese cumplido; sabía que no lo merecía. No era el mejor amigo que alguien pudiera tener, ni tampoco trataba a Takeshi precisamente de manera amable.

—Si puedo ayudar en algo a los amigos de mi hijo —asintió—, lo haré —de vuelta se había puesto serio y taciturno. Gokudera lo dejó seguir hablando, mientras lo veía arreglar el desastre que él había hecho—. Takeshi no trajo nunca un amigo a casa hasta que los conoció a ustedes.

Gokudera ahogó una minúscula sonrisa. ¿Dios los crea y la mafia los amontona?; ahora entendía por qué ellos tres eran tan buenos amigos. Y sí, podía decir sin sentir remordimientos que Yamamoto también era su amigo, no solo Tsuna. Sin desmerecer al cabeza de césped y toda la gente que lo rodeaba y, misteriosamente, lo aguantaba.

Era raro estar escuchando aquella confesión, porque Yamamoto siempre le había parecido la clase de chico simpático al que nunca le faltan amigos. El beisbolista siempre estaba rodeado de gente; gente del club, de chicas, de compañeros. Era muy admirado. Sin embargo entendía la diferencia entre ser admirado y tener amigos.

Podía tener mucha gente a su alrededor, pero igual sentirse y estar solo al final de un día duro.

—Desde que su madre nos abandonó él siempre ha sido así —hizo volver en sí al chico, quien se mostró un poco turbado, pero a la vez curioso por esa confidencia. Notaba sin dificultades que Tsuyoshi iba a hablar de algo muy personal—. Desde entonces siempre ha actuado así… siempre está sonriendo, como si buscara no preocupar. No preocuparme —corrigió—. Takeshi es un buen hijo, nunca me trajo problemas. Y me inquietaba que no pudiera tener amigos… si es buena persona y simpático ¿o no?

Gokudera asintió y volvió a perder la mirada, procesando toda la información recibida.

—Bueno, soy el padre, ¿qué voy a decir de él? ¡Obvio que para mí mi hijo será maravilloso!

¿La madre lo había abandonado? Takeshi nunca había contado nada, aunque tampoco ellos le habían preguntado. Al menos él; quizás el décimo sí estaba al tanto. De golpe, el recuerdo de aquella vez en la que Yamamoto había querido suicidarse por no poder jugar beisbol emergió en su cabeza, inquietándolo.

El hombre a su lado pareció haber leído su pensamiento aunque esto fuera improbable, porque lo siguiente que dijo tenía de cierta manera mucho que ver.

—No nos hace bien ocultar siempre el dolor. —Lo miró fijamente, esperando a que entendiese que lo decía por él y no tanto por su hijo—Está bien sentirse mal y decirlo. Tener un amigo en el que poder confiar en los momentos difíciles…

Gokudera sabía que desde esa conversación no podría evitar mirar las sonrisas de Yamamoto con otros ojos. Si en verdad fuera un chico tan feliz como siempre aparentaba ser, no se le hubiera cruzado en su momento saltar desde un tejado, ¿verdad?

¿Y si siempre estaba triste y nadie se daba cuenta? En eso se parecían mucho –pensar en ese parecido con Yamamoto le irritó de sobremanera-, porque Takeshi podía ocultar lo que le pasaba o sentía tras una sonrisa, mientras él lo hacía tras una cara de pocos amigos y actitud de chico rudo.

—Yo tampoco tuve amigos antes —admitió sin pudores, era lo mínimo que podía confesar después de que el hombre le hubiera contado asuntos tan personales.

Tsuyoshi sonrió abiertamente, el chico no era precisamente de hablar poco, y tanto silencio circunspecto iba a acabar por hacerle pensar que lo estaba molestando con todas esas cuestiones tan íntimas. Le simpatizaba Hayato, le parecía un buen chico tras esa fachada.

—Gokudera —Takeshi apareció por la puerta lateral con cara de fatalidad—, ¿me ayudas con el ejercicio seis de matemáticas? No me sale —le pareció que ese semblante era buena excusa para demostrarle cuánto precisaba de su ayuda—, si no entrego este trabajo bien hecho, reprobaré.

—Ve a estudiar tú también —le ordenó Tsuyoshi.

—Pero falta lavar los… —señaló los trastos apilados.

—Ve —agitó la cabeza—, ya terminó tu día de trabajo, muchachito.

Gokudera caminó hasta el cuarto de Takeshi y se sentó en el suelo tomando las hojas cuadriculadas. La mitad de los ejercicios estaban mal y la otra mitad podrían haber estado más prolijos, por lo menos.

—¿Tú prestas atención en clases, idiota? —Señaló uno de los puntos—Esto lo vimos a principio de año. No podrías hacer este —señaló otro—, sin antes saber hacer este bien.

Pese al reto, Yamamoto rió a su manera, de esa que en el pasado crispaba los nervios del chico bomba en un tris. En el presente no tanto, tal vez porque ya se había acostumbrado a él.

Podían echarle la culpa a la convivencia forzosa.

—Ey, Gokudera —lo llamó mientras lo veía garabatear en la hoja, pues él también tenía que hacer su parte—. Estoy feliz de que vivas aquí.

Levantó la cabeza y se le quedó mirando con una expresión que más de sorpresa parecía de terror. Como si en vez de decir eso le hubiera amenazado o soltado algún insulto inesperado. Ciertamente no era algo que esperase.

—¿Terminaste? —dijo, al no saber qué decir, porque, ¿qué podía decirle? ¿Yo también? No solo sonaba cursi, no era cierto. Si estaba viviendo allí era porque no tenía donde caerse muerto.

Aunque admitía que la circunstancia actual no era tan mala. La habitación que tenía era pequeña, pero cálida porque tenía una estufa. Tsuyoshi cocinaba muy rico y Takeshi… Takeshi no le fastidiaba tanto como temió desde un primer momento a que lo hiciera.

—Sí. Espero que no te moleste —continuó, como si un tema tuviera que ver con el otro—, pero le conté a Tsuna que estás quedándote a vivir aquí.

—¡Te voy a matar! —Gokudera le saltó encima queriendo comérselo vivo.

De mal en peor, Yamamoto no había tenido mejor idea que estallar en carcajadas echando más leña al fuego, pero es que le había causado mucha gracia. De lucir tan tranquilo, el rostro de Gokudera se había desfigurado, para gritarle eso como si estuvieran en medio de una guerra y luego saltarle encima como el leopardo cazando una presa.

—¡Para, para! —reclamó entre risas, sintiendo el tirón de pelo—De todos modos se iba a enterar tarde o temprano… —tomó distancia de Gokudera cuando este se cansó de golpearlo en la espalda—¡No le conté nada de lo que te pasó!

—¡¿Qué le dijiste? —exigió, agitando un puño.

—Que mi viejo te está dando trabajo y que como no puede pagarte mucho, te ofreció un lugar a cambio —se encogió de hombros, sonriendo—, nada que sea mentira; pero lo que quiero decir es que no le dije nada sobre tus problemas.

Vio que Gokudera se llevaba una mano a la frente y suspiraba escandalosamente. Yamamoto no pudo evitar reír, pero la carcajada le nació ahogada. Igual fue suficiente para suscitar de nuevo su furia y una lluvia de golpes. Se le fue al humo, sin clemencias.

—Si el décimo sabe que estoy aquí —analizó, sentado sobre el estómago del beisbolista, cansado ya de pegarle—, Reborn seguramente también y mi hermana no tardará en averiguar por qué… —le soltó los brazos y se dejó caer de costado, para liberar el cuerpo de su amigo—¡mierda!

—¿Qué problema hay con que Bianchi lo sepa? —preguntó sentándose en la alfombra, jocoso, pero a la vez jadeante por el ejercicio extra—O sea, ¡no tiene nada de malo! Estás trabajando —él no veía el punto de Gokudera porque, era evidente, este no le había sido sincero del todo.

La Tormenta lo miró con resignación, como si le estuviera diciendo tácitamente con los ojos "a ti lo estúpido no te lo voy a poder quitar ni a golpes", pero al menos lo iba a intentar con malsano gusto.

—¿De qué te ríes?

—De tus caras —lo imitó satisfactoriamente—, a veces son muy graciosas.

Se puso de pie raudamente, y Yamamoto pensó que tendría que volver a calmar a la fiera, pero Gokudera simplemente se limitó a señalarlo con un dedo, tembloroso de furia.

—Agradécele a tu padre que todavía sigas con vida —se guardó la bronca y caminó hasta la puerta—, es un buen hombre y no merece sufrir. Dios santo, padecer un hijo tonto.

—Ey, no te vayas, que no terminé de hablar —lo llamó agitando una manito de una manera que a Gokudera le causó simpatía, pero por supuesto que no iba a demostrarle su simpatía—, le invité a jugar video juegos… y también viene el sempai con él, hace mucho que no lo vemos desde que se graduó.

—Bien, es tu casa, imbécil… —alzó un hombro—¿o me tienes que pedir permiso a mí?

—Solo te lo estoy contando.

Gokudera asintió y casi murmura un "gracias", sus labios al menos lo habían dibujado. Lo que estaba haciendo Yamamoto no era otra cosa más que prepararlo a posibles preguntas indiscretas y situaciones incómodas.

Pero cuando los chicos llegaron, fue una noche más entre amigos. Ni Tsuna ni Ryohei le hicieron preguntas, más que manifestar sumamente divertidos lo exótico y extremo que era suponerlos a ellos dos viviendo bajo el mismo techo.

Ryohei no podía creer que Yamamoto siguiera vivo y a Gokudera tan sereno y no al borde de una crisis de nervios; él era uno de los que mejor sabía lo "inflamable" que era la Tormenta, al más leve chispazo reaccionaba. Tsuna se daba cuenta que aunque no se llevaran bien a simple vista, igual sabían complementarse. Siempre habían sabido hacerlo de alguna forma que a él se le escapaba. Por su parte no necesitaba hacer preguntas, al menos no a Gokudera, porque lo que quería saber sobre su guardián de la Tormenta, o lo poco que podía saber, lo había averiguado por Reborn.

Ver a Gokudera bien lo alivió. Ahora ya no faltaba a la escuela, no se salteaba clases, no se perdía de exámenes y siempre aparecía por la calle en compañía de Yamamoto. Ladrándole por algo que este hubiera hecho o dicho, o simplemente por ser Yamamoto, pero el punto es que Gokudera paulatinamente volvía a ser el mismo de siempre.

Sin embargo, no lo era. Había habido un gran cambio interno en el chico, uno que los demás apenas alcanzaban a distinguir.

Ese domingo había terminado de llevar sus objetos más personales al pequeño cuarto que le habían dado en la tienda. Yamamoto se sorprendió al ver que era tan poco. Cuando Gokudera le pidió ayuda para ir a buscar sus pertenencias pensó que iban a necesitar un camión y otro cuarto; pero apenas se trataban de dos cajas y dos bolsos con ropa.

La parte que le tocó a él llevar, la dejó en el suelo y, curioso como un niño, se sentó a ver lo mismo que Gokudera. Quería ver sus objetos personales y conocerlo mejor a través de ellos, pero el chico no tardó en mostrarle los dientes.

—Ya está, gracias. Ahora ve a hacer algo…

—Déjame que te ayude a ordenar.

—No voy a ordenar nada —cerró la caja y la empujó hacia un lado hasta que quedó contra la pared.

La otra caja había quedado abierta y se veía la foto de una mujer. Yamamoto la miró con curiosidad, se daba cuenta de que era la madre porque el parecido era abrumador. Mismo cabello, mismos ojos, misma tez. Misma intensa mirada esmeraldina.

Cuando Gokudera dio la vuelta y lo vio contemplando con tanto tesón la caja cuya fotografía de su madre asomaba, la tomó con brusquedad y la cerró violentamente, como si la pobre caja tuviera la culpa de algo. Contrario a lo esperado, Yamamoto no dijo nada. No hizo preguntas ni ninguna mención al respecto.

—¿Hoy también lo vas a ayudar a mi papá?

—Sí, ¿algún problema?

Yamamoto se rascó la mejilla, borrando por ese breve intervalo la sonrisa.

—Pero es domingo.

—¿Y qué con eso? —buscó sus cigarrillos, quería fumar uno. Ahora que vivía en un lugar ajeno no se animaba a fumar en la casa. Ninguno de los Yamamoto tenía el vicio y es sabido que siempre resulta desagradable a la gente que no fuma el olor del cigarrillo.

—Bueno, pero…

—Si lo puedo ayudar, ¿por qué no voy a hacerlo? No es tampoco que tenga que hacer algo mejor.

—Podemos jugar a los videojuegos —propuso lo que desde hacía rato quería proponerle.

—Sabes que no me gustan —mintió.

—El de lucha sí.

—Igual, quiero ayudar a tu viejo.

Después de todo, el viejo lo estaba ayudando a él. No le alcanzaría una vida para pagarle a los Yamamoto, y saberse tan en deuda con ellos no le desagradaba pese a su carácter orgulloso. Tsuyoshi tenía razón: es maravilloso saber que se puede contar con la gente. Su fe por la raza humana no estaba perdida del todo.

La voz de Tsuyoshi interrumpió una discusión que venía en camino. Ambos la olían. Iban a terminar, uno a los gritos, el otro muerto de risa. Gokudera se puso de pie al darse cuenta de que lo llamaba a él y Takeshi no tardó en seguirlo.

En la tienda estaba Bianchi, con una expresión tan neutra que uno no podía adivinar si estaba feliz, amargada, enojada o tranquila; pero se había cruzado de brazos y miraba a su hermanastro tras las gafas de una manera que lo amedrentó. Al menos eso pensó Takeshi, que Gokudera lucía un poco asustado, además de sorprendido de verla ahí.

—¿Qué haces aquí?

—Necesitamos hablar.

Gokudera asintió y los otros dos se dieron cuenta de inmediato que sobraban en ese lugar, un lugar que paradójicamente era de ellos.

Los hermanos necesitaban intimidad, así que Tsuyoshi se ofreció a hacerle un té a Bianchi invitándola a que se pusiera cómoda.

La Tormenta dio la vuelta y ella lo siguió. Miró ecuánimemente el cuarto que ocupaba su hermano y pensó en cómo ir al punto sin ser demasiado directa. Afuera había quedado Takeshi quien no había podido evitar acercarse despacio hasta la puerta entre abierta.

Sabía que lo que estaba haciendo estaba muy mal, pero en verdad era más fuerte que él. Quería enterarse de aquello que Gokudera le había ocultado, quería saber qué era lo que pasaba. Quería ayudarlo, era su amigo, pero si no conocía el problema, jamás podría hacer algo por él.

—Hablé con papá —fue lo primero que escuchó decir de Bianchi—. ¿Estás loco-?

—Mira, Bianchi… —la voz de Gokudera revelaba que comenzaba a alterarse—no te metas. Es asunto mío.

—Me meto, porque encima de que les das esos disgustos ni siquiera eres capaz de contarme y me tengo que enterar por otros.

¿Podía suponerse que ese otro era Reborn?

—¿Y qué cambiaba si te decía? ¿Y qué te iba a decir?

—La verdad. Soy tu hermana… podía haber ayudado.

—No necesito ayuda.

—No parece que no la necesites. Estás aquí después de todo, ¿no? —Golpe bajo. Una jugada sucia, pero acertada por parte de Bianchi.

Gokudera ya no sonaba enojado, ni tampoco molesto; Takeshi podía suponer que se debía a razones obvias, a que tal vez respetaba a su hermana mayor -aunque lo disimulase muy bien- o a que le pesaba demasiado todo lo que le estaba diciendo.

—Y si el viejo se agarra esos disgustos es porque quiere, me importa bien poco…

—Ya sé que no te importa —no era cierto, era evidente que sí le importaba—, pero a mí sí.

—Y seguramente que te llamó para que hicieras algo por tu hermano descarriado, ¿verdad? —Takeshi notó que el tono de voz era insólitamente extraño, tanto que había acabado por conmoverlo.

El silencio era brevemente interrumpido por el ruido de Gokudera moviendo las cosas, como si estuviera ordenando y tratando así de ignorar a su hermana.

—¿Es verdad? —preguntó ella finalmente, le había costado horrores soltar esa sencilla oración—¿Es cierto, Hayato?

—¡Sí, es verdad! —explotó—¡¿Puedes dejarme en paz ahora?

—No es… —Bianchi parecía nerviosa, con la voz entrecortada—No es eso lo que me molesta, no está mal… o al menos a mí no me parece que esté mal… pero hay maneras y maneras de hacer las cosas. Pudiste haberlo hecho de otro modo, ¿no te parece? Y ahora no tendrías que andar rogando por un plato de comida.

—¡Yo no ruego por un plato de comida! ¡Trabajo, que es muy distinto! ¡No soy tú, a mí papá me desheredó desde hace mucho tiempo! —Buscó tranquilizarse y el tono le nació mucho más apagado—Como si con lo poco que me mandaba igual pudiera hacer algo. Está podrido en dinero, pero yo igual tengo que romperme el alma trabajando… ¡Así que no vengas a sermonearme!

—¡Y lo haces porque tú quieres, Hayato! ¡Fue tu elección irte así de la familia!

—¡Lo sé!

—¡¿Entonces? ¡No te contradigas! —Porque negaba la ayuda, pero no tardaba en reconocer cuánto le molestaba no tenerla—¡¿Cuándo vas a aceptarlo? ¡Papá te quiere, a su manera y tú…!

Tsuyoshi apareció por el costado y pescó a su hijo con la oreja pegada a la pared. Takeshi hizo un movimiento con la cabeza dejándole en claro que mejor esperase antes de llevarles el té. La discusión estaba en su apogeo.

Y por estar batallando con su padre, quien le reclamaba con susurros actitud tan reprochable, se había perdido parte de la conversación. Bianchi salió del pequeño cuarto sorprendiéndolos a los dos afuera, con cara de circunstancia.

—Gracias, señor. Me quedaré a tomar el té otro día.

Hayato apareció detrás de ella con los ojos rojos, ¿había llorado? ¿Estaba a punto de hacerlo? Takeshi se sintió muy contagiado por esa emoción. Se quedó en el sitio, incapaz de darles privacidad a los hermanos. Bianchi se despidió de Gokudera en la puerta.

—¿Necesitas dinero?

—No.

—Puedo d-

—No —reiteró con firmeza, para después ablandar el tono de voz—Gracias, Bianchi —Y parecía ser tan sincero que tanto a ella como a Takeshi se les frunció el ceño de tristeza.

—Eres mi hermanito —Tuvo un gesto que, al menos el beisbolista, jamás le había visto: colocó una mano tras la nuca de Gokudera y le aferró el cabello en una ruda caricia.

No pudo decir nada más, en parte porque no hacía falta. Gokudera sabía lo que Bianchi quería decirle en ese momento, sin conseguir que las palabras surgiesen. Eran ambos orgullosos a su manera y no les gustaba llorar frente a los demás; pero Hayato había entendido que podía contar con ella y que no dejaría de quererlo nunca, más allá de sus elecciones, incluso aunque la tratase mal y a simple vista no la quisiera de la misma forma.

Bianchi podía parecer fría la mayor parte del tiempo, pero esa vez Takeshi conoció un lado de la mujer que le sorprendió gratamente. A él le hubiera gustado tener una hermana así, o al menos una hermana.

Cuando Gokudera cerró la puerta y dio la vuelta se encontró con la estatua viviente que era Takeshi. Este se mostró perturbado por haber sido sorprendido y miró hacia los costados buscando algo con lo que poder disimular, hasta que dio con unas servilletas que se puso a doblar, pese a que ya estaban dobladas. Pero Gokudera no le ladró tanto como creyó, simplemente lo miró con una de esas miradas letales y le murmuró un "piérdete" habitual para encerrarse en el cuarto y no salir en todo lo que quedó del día.

Esa noche comieron padre e hijos solos, como desde hacía más de un mes y medio no lo hacían. Takeshi casi no probó bocado y por eso Tsuyoshi se puso de pie y sirvió un plato, para ponérselo a un costado. Su hijo lo miró con cara de no entender qué era.

—No tengo hambre. —De hecho todavía no había terminado con el primero.

—Me doy cuenta —señaló el plato—, llévaselo, no va a estar sin comer todo el día.

Takeshi negó con la cabeza; conocía a Gokudera lo suficiente para saber que lo sacaría del cuarto a mordiscones. Si fuera Hibari sería un hecho.

—Ve —lo alentó su padre—, ¿qué es lo peor que pueda pasar? No va a matarte, tampoco. —Su hijo ladeó la cabeza en un gesto que indicaba no apostar tanto por esa afirmación—Si te acuestas tan preocupado no vas a poder dormir en toda la noche —le sonrió tenuemente—, además quizás tu amigo necesite hablar con alguien.

Takeshi se puso de pie tomando el plato servido para Gokudera. Era cierto, si se suponía que eran amigos, no tendría que tener tanto miedo, ¿miedo a qué? No lo sabía, tal vez a importunarlo más de lo que ya estaba. Como si mostrar preocupación pudiera molestarle a alguien.

Lo cierto es que un amigo está para eso. En el peor de los casos le ladraría y Yamamoto se quedaría sin haber sido de ayuda, pero con intentarlo no podía perder nada. Porque nada tenía, más que esa molesta y persistente sensación en el pecho. Su padre tenía razón, si se iba a acostar sin haber hecho al menos un intento de ver cómo estaba Gokudera, no lograría conciliar el sueño.

Tardó una eternidad para decidirse a llamar. Pensó que iba a recibir un grito alegando que no tenía hambre, que estaba durmiendo, que no quería ser molestado, pero al final la puerta se entre abrió.

—Te traje comida, por si quieres cenar aquí-

Gokudera terminó de abrirla y pasó junto a Yamamoto quitándole el plato de las manos para sentarse en uno de los bancos del negocio, ¿con la intención de comer? Takeshi no tardó en servirle un vaso con agua para acompañar la cena.

—Gracias —dijo la Tormenta al recibir el vaso.

Takeshi se fue, pero volvió enseguida con una taza de té y un trozo de pan. Se había quedado con hambre, y ahora que la preocupación por su amigo comenzaba a dejar de pesarle tanto, el estómago le estaba reclamando. Gokudera sonrió, preguntándose una vez más cómo hacía para comer así.

A diferencia de Yamamoto, era evidente que él no tenía hambre, porque fue más lo que jugó con la comida que lo que comió en verdad. Había aceptado sentarse a comer para no preocupar de más a los Yamamoto; no quería miradas de desvelo ni preguntas difíciles, pero era claro que el beisbolista estaba haciéndole compañía esa noche para convertirla en una muy larga y pesada.

—¿A qué vino tu hermana?

—A ver cómo estaba. —Contestó tan rápido que parecía que había estado ensayando un cuestionario de preguntas y respuestas, supuso que esa sería una de las preguntas a ser formuladas. Y por eso Takeshi comprendió que debería ser más directo o estarían allí sentados toda la noche sin llegar a nada en concreto, y le urgía saber qué era eso que lo traía tan mal a Gokudera.

Creía que merecía saberlo porque, después de todo, lo había ayudado. Y parecía ser que el mismo Gokudera se daba cuenta de eso, que la gente que le daba techo merecía al menos su sinceridad.

Por ese motivo había decidido que si se daba la oportunidad, sería honesto con Yamamoto hijo.

Al principio porque se decía que le importaba poco el cómo se lo pudiera llegar a tomar Takeshi, pero lo cierto es que si quería ser honesto, era sencillamente porque esa noche lo necesitaba. Del mismo modo, sabía que podía dejar de torturarse suponiendo una mala reacción por parte de sus amigos.

Quería ser sincero, porque ya no quería ocultarse, porque era horrible ser él, sentirse así y no poder hacer nada por cambiarlo. Bueno, al menos estaba intentando ser franco consigo mismo, ser más real, más auténtico.

—No pude evitar escuchar parte de la discusión —continuó Yamamoto, no muy seguro de cómo seguir—, ustedes estaban gritando, no es que yo los estuviese espiando.

Gokudera torció la boca en un gesto de profunda incredulidad.

—Eres un fisgón de primera.

Yamamoto sonrió despreocupadamente, para seguir con lo que le interesaba.

—Escuché que hablaban de su padre, sobre que le dijiste algo que le molestó —de nuevo adoptaba esa costumbre de jugar con la cuchara cuando hablaba de algo que lo ponía nervioso—, ¿qué pasó?... Digo —se acomodó en la mesa apoyando los codos y llevando las manos a su mejilla, dispuesto a escucharlo atentamente. El gesto infantil nuevamente le causó simpatía a la Tormenta—, peleaste con él… pero si no quieres contarme, yo entiendo. Nada más que… me da curiosidad.

Gokudera asintió y aunque Yamamoto creyó que el chico seguiría callado como un muerto, Hayato abrió la boca frunciendo el ceño pensativamente. Era claro que pensaba contarle, pero el tema es que no sabía cómo empezar.

—¿Puedo saber por qué tu viejo te dio una patada? —insistió, dándole pie con esa pregunta a que ordenase las ideas dentro de su cabeza.

—No es que él me dio una patada, yo me fui hace tiempo —perdió la mirada, no era fácil tocar ese tema y mirarlo a los ojos mientras lo hacía—… en el presente porque me llamó maricón. Maricón de mierda.

Yamamoto soltó una risita que no pudo reprimir, ganándose a cambio una de las típicas miradas mortales de Gokudera. Y es que la expresión le había causado mucha gracia porque parecía ser el berrinche de un niño, niño que está ofendido porque su padre le dijo que "no" a algún capricho.

¿Quién puede enojarse por ser llamado "maricón"? ¿Cuántas veces uno suelta insultos a diestra y siniestra? No por eso se anda yendo de casa o cortando todo vínculo con las personas. De ser así, todos estaríamos peleados con todos, y más Gokudera, que gustaba de insultar bastante seguido y como un Varia.

—¿De qué te ríes, infradotado?

—Nada, es que… ¿solo porque te llamó maricón de mierda?

—No voy a dejar que ese viejo me llame así —aseguró con una expresión de matón que atemorizaría al más mafioso, pero Yamamoto siguió jocoso, al menos hasta que Gokudera continuó hablando—. Aunque lo sea. No se lo voy a permitir.

La respiración se le agitó notablemente, porque la confesión había sido a medias. Miró a su compañero notando que seguía observándolo con esa expresión tan inocente que le daban ganas de golpearlo… y lo supo con más certeza. Supo que todo estaría bien, que no tenía que temer perder una amistad, amistad que no empezaba a valorar en el presente por las circunstancias actuales, porque -aunque Gokudera no lo dijera abiertamente- siempre había valorado la amistad de Yamamoto.

—Discutimos por teléfono —hizo un gesto extraño con la mano que tuvo que hacer verbal—: webcam, así que pude verle la cara cuando le dije todo… —trató de sonreír, pero no pudo—de todo le dije… lo muy enojado que estaba con él por cosas de mi infancia.

No quiso ahondar en esos motivos, ya habría muchas noches por delante en las que podría contarle a un amigo pasajes de su infancia, miedos, traumas, sueños. Nunca antes había tenido esa oportunidad y ahora comprendía por qué la gente valoraba tanto el tenerlo.

Yamamoto lo dejó hablar, se daba cuenta de que Gokudera se estaba abriendo a él como nunca antes lo había hecho y quería eso, quería conocerlo.

—La cara que puso cuando le dije que no quería comprometerme con ninguna mujer, siquiera siciliana, que prefería estar con un hombre, fue épica —rió lastimosamente.

La verdad es que no se sentía feliz por lo que había hecho, aunque sí aliviado.

—Pero —Yamamoto abrió la boca después de dejarlo hablar a sus anchas—, ¿es… es verdad?

—¿Qué cosa?

—Eso…

Gokudera entendió a lo que se refería, pero antes de contestarle tragó saliva y lo miró desafiante, como si le estuviera diciendo con los ojos: atrévete a burlarte de mí, a mancillar nuestra amistad con una risa, y no sabrás la paliza que te espera.

—Sí, es verdad.

Sin embargo Takeshi no se rió; de hecho ni siquiera sonreía y eso acabó por mortificarlo todavía más, porque podía significar que le molestaba enterarse de aquello. Tal vez no era bueno ser tan sincero; tal vez, si quería conservar a sus amigos, debería empezar a cerrar la boca… y otras partes de su anatomía.

—Vamos —lo alentó Gokudera, fastidiado por esa pasividad y neutralidad en el otro, ¿es que no le iba a decir nada? Acababa de confesarle que era gay y el otro se le quedaba mirando con la misma cara de idiota de siempre—, ríete —le ofreció—¿por qué no te ríes? Ríete.

—Pero si no dijiste nada gracioso como para que me ría —se encogió de hombros.

¿Es que el idiota no se enteraba nunca de nada? Gokudera frunció la frente, quizás no le había entendido. De repente se sintió tentado de gritarle en la cara: "¡¿Es que no lo entiendes? Soy gay, puto, marica, homosexual!", pero Yamamoto plantó una sonrisa nerviosa para de inmediato ofrecerle café con leche.

No supo ni por qué aceptó, quizás porque quería descubrir cómo mierda funcionaba la cabeza de Yamamoto y qué clase de mal aquejaba su cerebro para que fuera tan jodidamente anormal de quedarse como si nada después de que él se había estado comiendo la cabeza con mil reacciones posibles.

¡Café con leche!

Y el otro, que le ofrecía café con leche.

Concluyó que eso se podía deber a la cultura del país que habitaba. De donde venía, esos temas eran escabrosos, pero Japón por momentos le parecía un planeta aparte. Que no todo era color de rosas el país del sol naciente, pero en algunos detalles se salían de lo socialmente "esperado" en otros lugares del globo.

Sí, seguramente. O Yamamoto definitivamente era retardado.

En la cocina, Takeshi tuvo tiempo de sobra para recuperarse del impacto y para ordenar su cabeza. Miles de cosas se empezaron a juntar, desde lo irrelevante que había sido compartir baños públicos con Gokudera y las incontables veces que se desnudó ante él, a todas esas sensaciones que le hacía sentir tenerlo tan cerca. Y ahora, mucho más cerca.

Se le cayó el tarro de café, se quemó, volcó la leche, estaba hecho un desastre, todo por hacer las cosas a las apuradas, no quería que Gokudera se le escapara. No ahora que parecía ser cada vez menos inalcanzable. Temía que al volver, el chico adoptase una sus distintivas posturas distantes, pero al regresar con las dos tazas, Hayato se había encogido en el sitio subiendo los pies al banco en el que estaba sentado.

Lo había esperado.

—Aquí tienes el azúcar, no sabía cuántas ponerles, mira que es de primera calidad. Es muy dulce. —bien, no era del azúcar sobre lo que quería hablar. Lo miró huidizamente y apenas sonriendo cuestionó con calma—¿Y desde cuando…?

—¿Desde cuándo…?

—Lo sabes —completó—. Es decir, ¿cómo lo supiste?

—¿Qué soy así? —vio que Yamamoto asentía y trató de hacer memoria. No es que no se lo hubiera planteado a sí mismo en su momento, solo es que quería darle la respuesta correcta—Pues… creo que primero fue cuando tenía once años —rememoró con nostalgia. —El jefe de la pandilla en la que andaba —hizo una mueca con la boca de desprecio, mirando la taza que entre sus manos le daba calor y confort—, se llamaba Santino, pero todos le decíamos Sonny, y era… todo lo que yo quería ser —asintió—, lo admiraba. Él no tenía más de quince años y el resto no pasaba de los catorce; pero cuando tienes once años, los chicos de quince te parece que ya son hombres.

Yamamoto sonrió, eso era cierto, y con esa mueca lo animó a seguir hablando. Pese a que Gokudera aún se sentía nervioso e incómodo por estar compartiendo esos recuerdos, intentó seguir con más confianza.

—Habíamos hecho un buen golpe —vio que Yamamoto no entendía a qué se refería y decidió ser más gráfico—, veníamos de robar una casa y estábamos muy contentos por el botín conseguido.

El beisbolista no dijo nada, pero le pasmó conocer ese lado turbio de Gokudera y este pareció adivinarlo porque no tardó en justificarse con impaciencia.

—No necesitaba robar, pero sí necesitaba de la pandilla. La calle es muy dura, Yamamoto. Sin su protección hubiera acabado muerto o en manos de un pedófilo.

—Yo no te estoy diciendo nada.

—¡Ah!, ¿por qué te quedas mirándome así entonces? —arqueó las cejas—Es algo que dejé de hacer cuando llegué aquí, nunca me gustó apropiarme de lo ajeno, pero en su momento tenía que comer…

—¿Y tu familia?

—No quería nada de ellos, así que más me valía aprender a subsistir. Tuve que hacerlo desde los ocho años, así que… —dijo con tanta naturalidad que Yamamoto se sintió un párvulo inocente.

Se daba cuenta con una brutalidad aplastante que ellos dos eran de universos diferentes. Que Gokudera podía provenir de una cuna de oro, pero no por eso desconocer lo difícil que a veces puede ser la vida. En cambio Takeshi no había gozado de mayores lujos, nunca vivió en un castillo, pero jamás había necesitado de una pandilla o de robar para poder sustentarse.

No lo estaba juzgando, solo estaba sorprendiéndose al conocer por primera vez a Gokudera. Al verdadero, con todos sus lados, los malos y los buenos.

—La cosa es que veníamos de dar este golpe, estábamos contentos así que fuimos a festejarlo —siguió con el punto importante del relato. Para otras noches también quedarían esas confesiones turbias—. Nada del otro mundo: prendimos una fogata y nos sentamos a tomar cerveza alrededor del fuego. No éramos muchos en la pandilla. Solo cuatro, además del jefe —aclaró—. Dos de ellos estaban al tope de drogas así que enseguida quebraron, el tercero en cuestión se fue —tomó aire— y me quedé a solas con Sonny. Yo estaba sobrio porque no tomaba, nunca toleré el alcohol, en ese entonces no me gustaba… simplemente hacía de cuenta que tomaba para que no me molestaran —alzó los hombros ante ese recuerdo intrascendente—, ni tampoco consumía lo que ellos consumían —la mirada de Yamamoto le arrastró a aclararlo con más énfasis—, en mi vida consumí ese tipo de drogas. Solo fumé marihuana, pero nada más…

—Está bien, no soy tu padre, no tienes que excusarte.

—No, porque de nuevo te me quedas mirándome así —levantó una ceja, socarronamente.

—Lo siento —miró la taza dándole un sorbo antes de que terminase enfriándose—, sigue, por favor… te quedaste a solas con Sonny, ¿y?

—Bueno, yo era el más chico así que no me molestaban tanto ni me presionaban para que consumiera —aclaró—, además Sonny me protegía bastante —debía darle créditos—, y esa noche estábamos frente a la fogata, sin hablar… yo estaba nervioso de estar así con él, sin saber por qué lo estaba. Me preguntó si alguna vez había besado a una chica, yo sabía que ellos ya sí, incluso tenían sexo. Los había visto —aclaró con algo que no era pena, pero que se le parecía. Se lo notaba mucho más relajado, porque Yamamoto mismo no lucía tan tenso como al principio—. Le dije que no, por supuesto —sonrió de costado—, y me regaló un cumplido… me dijo que seguramente a mí no me iban a faltar chicas porque era muy apuesto.

—Tenía razón —se animó a opinar y al darse cuenta de lo que estaba diciendo y de la expresión de Gokudera, a la que no supo qué connotación darle, agregó—, es decir… las chicas del curso, todas —exageró—están locas por ti —escondió la cara tras la taza, bebiendo un café con leche que estaba la mar de amargo. Se había olvidado de ponerle azúcar.

—Se acercó más a mí, diciéndome que le gustaba cómo lucía mi piel y el color de mi cabello, estaba sin camiseta y yo también, era verano… —gruñó ante el recuerdo— me abrazó, yo estaba confundido, pero me gustaba estar así con el jefe… y casi inmediatamente después de darme un beso en la mejilla me preguntó si no le mamaba la verga.

Yamamoto escupió todo el café con leche y Gokudera volvió a plantar su mejor cara de asesino serial.

—Casi me bañas de café, imbécil, ¿qué te pasa?

—Nada, sigue… es solo que… —le había sorprendido—¡¿qué hiciste en ese momento?

—¡Y nada! ¡¿Qué querías que hiciera, si era muy chico? Me tomó desprevenido —alzó los hombros—, por supuesto que le dije que no. Temí que me echase de la banda por rechazarlo, pero eso no pasó… aunque las cosas cambiaron desde esa noche. Ya no era su favorito, ya no me cuidaba tanto y ahí sí tuve que empezar a hacerme fuerte para conseguir un lugar en la pandilla y ganarme el respeto de todos. Corría con la desventaja de la edad. Además nuestra banda no era muy fuerte y siempre estábamos metidos en rencillas con otras y… era todo una mierda —finalizó riendo quedamente. Había sido una risa forzosa.

—Pero no hiciste nada… gay esa noche —hasta casi parecía decepcionado el idiota.

—Ese día —aclaró—, pero cuando tenía trece años, estábamos bañándonos en una piscina de una casa que… qué sé yo, estaba vacía o sus dueños no estaban —aunque recordaba que la piscina estaba limpia y por eso era evidente que recibía mantención, no importaban esos detalles de todos modos—, lo resumiré —no era un recuerdo que le gustase evocar—, me besó y me tocó mientras me secaba el cuerpo con una toalla; a mí se me paró y aunque no me gustó mucho en ese momento… pocos días después andaba con una erección que era increíble. Al final me terminé masturbando recordando ese momento en la piscina y fue ahí, creo… —dudó un poco—que me di cuenta de que me gustaba Sonny. Y de que por lógica me gustaban los chicos.

—Waou.

—Y "waou" es todo lo que me dices —negó con la cabeza. —Poco tiempo después no lo volví a ver nunca más, Reborn me trajo para Japón, de eso ya hace casi cinco años y… conoces el resto de la historia.

Yamamoto asintió. Se lo notaba muy interesado en la vida sexual de su amigo.

—¿Y no hiciste nada más mientras estuviste aquí?

—No.

—¿Y no hay nadie que te guste?

Esa pregunta la sintió más entrometida que la anterior, así que dio por finalizada la conversación poniéndose de pie para tomar la taza y llevarla a la cocina.

—Me muero de frío y sueño, iré a acostarme.

Lavó lo poco que habían ensuciado y caminó hasta su cuarto, mientras sentía que Yamamoto lo seguía como una sombra. ¡No le iba a contar toda su vida sexual! Pero no era eso lo que a Takeshi le interesaba tanto en ese instante.

Una vez en su cuarto improvisado, Gokudera se echó en el tatami viendo como el otro entraba con total confianza. Pensó en sacarlo a los gritos, ya había superado el tiempo de tolerancia que usualmente le tenía, pero lo que le dijo le hizo perder el hilo de lo que quería gritarle.

—Yo nunca…

—¿Tú nunca qué?

—¿Alguna vez estuviste con una chica? —preguntó, sentándose en la pequeña alfombra.

Gokudera negó con la cabeza buscando el cenicero. Si Yamamoto se iba a poner pesado, al menos se consolaría con el tabaco. Con suerte lo mataba antes de que Takeshi terminase de hablar.

—¿Tú? —preguntó casi por compromiso, haciendo chasquear el encendedor—¿Te acostaste con alguna?

—No —se balanceó hacia adelante y hacia atrás como los locos, antes de continuar—, de hecho… creo que no me interesa hacerlo con una chica… aunque me da curiosidad.

Hayato arqueó las cejas, soltando el humo escandalosamente. ¿Qué le estaba insinuando? ¿O qué quería insinuarle el muy idiota? Decidió hablar ante tanto silencio confuso.

—Yo tampoco estuve con un chico, no me tomes por un puto fácil —aclaró, señalándolo con el dedo índice que sostenía el cigarrillo.

—No, pero tienes experiencia… al menos un poco.

¿Lo estaba consolando o confortando de alguna forma? ¡Vaya!, ahora que Yamamoto le daba su bendición podía sentirse orgulloso de su escasa experiencia sexual y seguir con su vida sodomita. Sin embargo Takeshi reveló lo que quería decir con esas palabras al completar mejor la idea.

—Mucha gente pasa toda la vida luchando para saber qué quieren ser el día de mañana, a veces mueren sin conseguir saber qué son… y tú, no solo sabes que quieres estudiar criptozoología, sino que desde que tienes casi once años tienes muy en claro que te gustan los chicos, y ya —movió la mano, como si estuviera jugando al tenis y le hubiera dado a una pelotita imaginaria—, vas y se lo dices a tu viejo —asintió—, me gustaría tener ese coraje. Yo no podría —analizó perdiendo la mirada—, yo todavía siento un poco de culpa a veces cuando me masturbo.

Hayato reprimió la carcajada llevándose la palma de la mano a la frente. Solo Yamamoto podía salirle con algo así. A veces se reía para no golpearlo por menso, a veces le parecía vomitivamente adorable, a veces lo desconcertaba. En ese momento fue un cóctel de todas esas emociones.

—Pero supongo que siento culpa porque… —trató de ignorar la risa de su amigo—yo sé que muchas veces no pienso precisamente en chicas —Fijó su vista al cubrecama, como si estuviera hablando con él y no con Gokudera—, que cuando se me pone dura, no es siempre por el roce con alguna chica. De hecho casi nunca es por una chica —admitió sin tapujos. —Supongo que me molesta… que la gente que conozco… es decir… que las fantasías incluyan a…

—¿Qué estás insinuando, Yamamoto? Me saca de quicio que seas tan patético para… —no pudo completar la frase, primero porque no quería pecar de vanidoso al decir lo que pensaba, y segundo porque no había podido continuar con la mirada desesperada que le había regalado el chico sentado frente a él.

—Lo siento, es que…

—¿Qué quieres saber, qué buscas saber? —apagó el cigarrillo en el cenicero con notable bronca—¿Quieres que te de un beso para ver si te gusta? ¿Piensas que con eso vas a saber si eres raro o no?

—¿Piensas que soy… marica?

—Dímelo tú, porque das más vuelta que un trombo y ya me estás mareando —farfulló, fastidiado—, déjame aclararte algo —afirmó elevando un dedo—, yo no soy sujeto de prueba. Ni tampoco seré tu puta.

—Ya lo sé.

—Y no voy a experimentar contigo solo porque ahora tienes el culo lleno de preguntas —empezó a despotricar—y ahora vete. Quiero que me dejes en paz, imbécil.

—Pero… no entiendes.

—Sí, entiendo perfectamente. Yo vengo a confesarte que soy gay y a ti no se te ocurre mejor idea que experimentar con tu amigo gay porque no tienes nada mejor que hacer. ¡Ve a cascártela o a jugar a los videos! No estoy para eso en este momento de mi vida, Yamamoto.

Era evidente que Gokudera no estaba con ánimos de experimentar nada que ya había asumido, menos que menos a arruinar una de las pocas amistades que tenía. Por eso le molestaba que el otro estuviese allí buscando un beso o algo, como si Gokudera pudiera darle respuestas que son intrínsecas y por ende muy personales.

Yamamoto se puso de pie con clara intenciones de irse, por un breve instante Gokudera tuvo ganas de pedirle que se quedara, sin embargo el beisbolista lo congeló en el sitio al abrir la boca.

—Tú fuiste sincero conmigo y yo nada más… quería… hacer lo mismo. Ser sincero —bajó la cabeza en un gesto formal de saludo—, lamento haberte molestado. Buenas noches.

Y Gokudera acabó por patear lo que tenía más cerca. Terminaba de entender algo axiomático: que si su amigo le estaba diciendo todo aquello era porque tenía dudas, dudas válidas que no se sentía a gusto compartiendo con cualquiera.

Hayato había sido la primera persona a la que se había atrevido mencionarle esos temas, no es que buscara o esperase algo de él. O tal vez sí. En esa noche de confesiones nada más quería comprensión, tenía derecho a sentirse confundido, ¿verdad? Y a compartir esas confusiones con alguien que pudiera entenderlo, porque había estado o estaba en ese mismo lugar.

Se había quedado dormido para cuando escuchó el llamado en la puerta. Le había tomado cerca de una hora decidirse a ir hasta el cuarto de Yamamoto. La idea era pedirle disculpas, explicarle que había mal interpretado todo y que estaba dispuesto a escucharlo, más después de que Takeshi lo hubiera hecho para con él.

Ese había sido el plan, pero no estaba dentro de dicho plan sentarse en su cama, ni mucho menos buscar calor en esa noche invernal, bajo las frazadas.

Aceptó el abrazo, porque después de tamaña confianza un abrazo era nada en comparación.

—Estás congelado —frotó con energía los brazos de Gokudera.

—Lo siento —le interrumpió—, a veces soy un poco… duro con la gente. Lo sabes.

Yamamoto asintió, somnoliento.

—¿Te quedas? —Lo aferró por la cintura cuando advirtió que se alejaba. Es que Gokudera no tenía nada qué hacer ahí si ya se había disculpado y el otro prefería dormir.

—Solo venía a pedirte perdón, sigue durmiendo.

Sí, claro. Y si solo había ido a pedirle perdón, ¿por qué se había metido dentro de su cama? ¿Y por qué pegaba más su cuerpo al de él? Esa cercanía, aunado al leve contacto de los dedos de Gokudera recorriéndole disimuladamente la espalda, le provocó una notable erección que le obligó a tomar distancia, como si el otro de repente quemase o como si se sintiera avergonzado de demostrar el placer que hallaba en esa cercanía.

—Tranquilo —le susurró, tratando de no reírse. Si Yamamoto supiera todas las veces que a él se le había parado por su culpa, no se sentiría tan incómodo. Además él también era hombre y por lo tanto no había nada de qué apenarse. Era normal y natural que pasara.

—¿De qué te ríes, Gokudera? No es gracioso —susurró molesto y pudoroso por el percance, y por eso Hayato se dio cuenta de que no había podido evitar carcajear.

—Ah, desgraciado, tú siempre te estás riendo por cualquier idiotez. Déjame en paz a mí ahora —pero contrariando la última petición, pegó más su cuerpo al de él, escabullendo las manos para meterlas dentro de la parte baja del piyama del beisbolista.

—¿Qué haces? —Era tan evidente lo que pretendía.

—¿Quieres?

El silencio de Yamamoto fue letal, lo hundió en la más amarga vergüenza, después de lo mucho que le había costado admitir que le agradaba la mera idea; pero el beisbolista no tardó en explicar las razones de su embotamiento.

—El cuarto de mi viejo está al lado…

—No vamos a gemir.

—Pero me voy a sentir más cómodo si es en otro sitio…

—Ok —se puso de pie y se fue hacia su cuarto tratado de no hacer ruido al abrir y cerrar puertas.

Yamamoto se quedó un rato en la cama, tratando de frenar un poco el alocado palpitar de su corazón o le iba a dar un infarto. No entendía muy bien lo que estaba pasando, se sentía muy aturdido. Ni siquiera sabía si Gokudera se había enojado o lo estaba esperando. Ese "ok" no le dejaba nada en claro.

¿Qué hacer? ¿Quería? Es decir, ¿quería que Gokudera lo tocase? Por supuesto, Hayato siempre le había atraído. Si bien no de una manera sexual al principio, siempre le había parecido llamativo. Ahora esa atracción se estaba convirtiendo en una sexual. Su propio pene se lo decía.

¿Y quería de verdad? Sabía que sí, pero las piernas no le respondían. Plantó una sonrisa enorme ante la idea de poder recorrer el cuerpo de Gokudera con las manos; quería tocarlo, tanto como quería besarlo.

No sabía si lo estaría esperando en el cuarto de la tienda, pero no se quedaría con la duda.


Lo de la madre de Yamamoto lo inventé, no es algo que hubiera sacado del canon de la serie. Como nunca lo aclaran en el manga lo que pasó con ella...

Este fic me gustó como lo empecé, pero… me siento muy insegura por cómo lo termino. En fin, que esta pareja aunque me gusta me cuesta HORRORES, sean clementes. Estaré trayendo el final la semana que viene… o cuando deje de pelearme con el texto.

Ah, edité un poco el capítulo anterior (nada relevante, la trama sigue igual), porque habían algunas oraciones que parecían haber sido escritas por un UMA. Pido perdón por eso *se autoflagela*, pero las betas huyen despavoridas de tan prolífica autora.

Gracias por sus comentarios, Mari y YUKI-NII-Oo, son a las única a las que no pude responderles =(. Agradezco que se tomen el tiempo para dejarme su parecer.


23 de julio de 2012

Merlo Sur, Buenos Aires, Argentina.