Advertencia: M, muy M. Le tuve que pedir a Hibari que me mordiera los dedos para no terminar escribiendo Lemon.
Capítulo 3 de 3
Cuando llegó al local vio la luz encendida del pequeño cuarto, pero no se animó a entrar. Se quedó parado en la puerta contemplándolo silenciosamente mientras lo veía fumar uno de sus cigarrillos; tenía el torso desnudo y llevaba puesto solamente el pantalón deportivo con el que solía dormir. Lucía como un jodido dios griego. Podía no tener músculos marcados, pero su nacarada piel invitaba a ser probada hasta saciarse.
—¡Mierda, Yamamoto! ¿Quieres matarme de un infarto? —exclamó cuando lo vio, cual acosador, espiándolo desde la puerta con esa expresión tan seria—No te quedes ahí parado como un menso.
El beisbolista sonrió, porque Gokudera no lo había sacado a patadas. Pasó y cerró la puerta tras él, quedándose rígido en el sitio, mirándolo como si nada trascendental ocurriese, sonriéndole como siempre.
—Ya me estaba por quedar dormido.
—Es que fui al baño —excusó innecesariamente, y con el pulgar señaló la puerta. Por los gestos Gokudera se dio cuenta que estaba mucho más nervioso que él.
—Ven… —Lo llamó, pero al ver que se quedaba ahí de pie, apagó el cigarrillo y se estiró lo suficiente para tomarlo de un brazo y jalarlo.
De esa forma Yamamoto fue cayendo lentamente sobre el incitante cuerpo que se ofrecía ante él. Se mordió los labios, deseando probar los que tenía tan cerca y apestaban a tabaco. Sonrió de nuevo. Nunca el olor a cigarrillo le había parecido tan maravilloso.
—Yo tampoco —dijo Gokudera de la nada, interrumpiendo sus pensamientos.
—¿Qué cosa?
—Que yo tampoco tengo experiencia. No te creas que…
—Ya lo sé… ya me lo dijiste.
—Lo que quiero decir es que… —lo tomó de los brazos pegando más la pelvis a la de él, con ese gesto, que a Yamamoto le supo a indecorosa invitación, descansó todo el peso de su cuerpo sobre él—, estoy un poco nervioso, idiota. — Y ansioso. Dios, ¿se lo tenía que explicar todo con manzanas?
—Ya me había dado cuenta de eso también. —Desgraciado. Y pudo haberle ahorrado el disgusto de tener que reconocerlo en voz alta, como mínimo.
Hundió el rostro en el cuello de Gokudera, quería conocer el gusto de su piel, pero no se atrevió a ser tan precipitado, apenas le dejó un beso que les hizo estremecer y dejarlos con ganas de más. Le buscó con disimulada impaciencia los labios, para empezar primero con besos superficiales, tanteando la boca suavemente, tomando distancia cada tanto para mirarle la cara y sonreír distendido al darse cuenta de que era endemoniadamente hermoso. Y suyo en ese momento.
La lengua de Gokudera asomó tentadora, en el mismo instante en el que las manos de Yamamoto se colaron bajo su cuerpo. Fue lo que el beisbolista necesitó para hundir la suya y robarle un beso mucho más profundo.
El húmedo e insinuante contacto que ahora hacían sus lenguas los alentó a continuar. Pero no parecía ser suficiente, así que pasaron a las mordidas y a batallar, para ver qué boca tenía dominio sobre la otra. Y todo eso se sentía condenadamente bien. Un cosquilleo que subía por las piernas, como si de una caricia se tratase, estimulando sus sentidos, para acabar arremolinándose en el estómago. Tomaron aire y frotaron disimuladamente las erecciones, buscando demostrarle al otro hasta qué punto todo eso les estaba gustando y lo muy dispuestos que se encontraban.
¿Y se habían gustado así todo ese tiempo, sin saberlo? Ahora creían entender mejor porque a ellos les costaba tanto ser amigos.
Fue el turno de Hayato para sonreír, pensando en lo injusto que le resultaba que solo Yamamoto pudiera morderle con tanta libertad. Le quitó la camiseta y se vio tentado en hacer lo mismo con la parte baja del piyama, pero no lo hizo; con solo tenerlo de esa manera, de momento, se conformaba.
Se acostó encima de él y empezó a recorrerle el pecho con besos húmedos, deteniéndose en cada músculo que incontables bateos le habían formado. Yamamoto estaba increíblemente bueno. Siempre le había parecido un chico muy apuesto, pero ahora que lo tenía para sí se daba cuenta de que era mucho más de lo que había osado fantasear.
Yamamoto tampoco se mostró muy a gusto con la situación, no le gustaba estar tan pasivo siendo que se moría de ganas de acariciarlo y colmarlo de besos.
Se colocó de costado, empujándolo levemente y con las manos buscó bajarle apenas el pantalón. Gokudera se lo permitió, gemido mediante. Había sido como un ligero gruñido, ¿de inconformidad? Tal vez. Yamamoto se quedó sin saberlo, porque de inmediato le tocó desconcertarse cuando lo vio dándole la espalda.
Sin usar las palabras, Hayato le indicó lo que pretendía con esa pose, que podía pecar de fría, lejos de serlo en verdad. Tomó las manos de Takeshi con las suyas, y la que estaba debajo de sus cuerpos la guió a través de la cintura. El beisbolista entendió lo que pretendía cuando le soltó un imperativo "tócame". Sin recelos y con hambre de él lo abrazó más contra el cuerpo, buscándole la erección para empezar a masturbarlo deliciosamente despacio.
La otra mano que estaba más libre, la colocó sobre la cadera; pero Yamamoto no tardó en escabullirla para bajarle un poco más el pantalón. Y cuando el trasero quedó expuesto, no resistió la tentación de liberar el pene del encierro para poder apretarlo contra las nalgas.
Gokudera tembló con ese íntimo contacto y un quejido de satisfacción se le escapó de los labios entre abiertos. Cerró los ojos, dejándose llevar por la agradable sensación de sentir el pecho de Takeshi pegado a la espalda y el pene suave y cálido de este, entre los glúteos.
No supo qué tan lejos quería llegar Hayato, si le permitiría la invasión o acabaría con un kilo de dinamita en zonas corporales poco exploradas; pero a su vez creía comprender sus razones.
Le resultaba más fácil y menos vergonzoso gemir y dejarse llevar en esa posición que de frente. Cara a cara.
Si le daba la espalda, Takeshi no podría ver los gestos de placer que cada leve movimiento de cadera le arrancaba.
Estar así era muy gratificante, sintiendo el ardor y las caricias rudas del otro. La mano de Hayato le enseñó a tocarlo, le guió con entusiasmo, indicándole como quería que lo masturbase, si más lento o más rápido. Si quería que jugara con el glande, el frenillo, la base o los testículos. La mano ya no le pertenecía a Yamamoto, pero eran sus dedos los que le daban un impetuoso placer.
Con la otra mano apretaba la cadera del Gokudera, incitando el movimiento de ir hacia adelante y hacia atrás. Con cada uno de esas leves oscilaciones que no tardaron en ser acentuadas, el pene se deslizaba ardientemente, electrizándolos y rebosándolos con ansias y necesidad de sentirse aun más.
Con la única mano libre, Hayato se había aferrado al borde del tatami, como si necesitara un punto desde donde asirse. Sintiendo las débiles mordidas y las marcas que el beisbolista le dejaba en el cuello, en los hombros y en la espalda, sus piernas comenzaron a moverse solas, desobedeciendo las ordenes prudentes y sensatas de su cerebro.
Se abrieron despacio, para darle a su cuerpo una posición más cómoda.
—¿Puedo? —preguntó Yamamoto frente a esa seductora posición, casi era un ruego—¿Puedo, Gokudera?
Pero el chico no respondió, tenía la mente en blanco. Era evidente que quería, pero le temía a lo desconocido, al dolor de la penetración. Suponía que sin lubricación sería una experiencia horrible, porque no es que nunca hubiera jugado en solitario con aquella parte de su cuerpo. Él sabía muy bien lo que vendría a continuación y su cuerpo parecía necesitarlo, la garganta se le había secado de gemidos y la piel le sudaba, pese a los cinco grados bajo cero que presumía el clima de Namimori.
De todos modos no hizo falta abrir la boca para responderle, Yamamoto se aferró a él clavándole los dedos en la nívea piel de la cadera, trayéndolo más hacia su cuerpo como si quisiera fundirse en un abrazo. De inmediato le eyaculó entre las nalgas, con un quejido ahogado que provocó irremediablemente el suyo.
Sin darle tiempo a de recuperarse del orgasmo, Gokudera dio la vuelta y lo avasalló. De frente, le exigió que lo masturbase con más energía para ayudarlo, y eso hizo Yamamoto, complaciente, feliz, agradecido.
Gokudera no tardó en alcanzar el clímax, envuelto en las agradables sensaciones que había experimentado.
Todo eso, el sentir la humedad de Yamamoto, el sentirse tocado de esa manera por él, logró enloquecerlo de placer.
Suponía que tener esa clase de intimidad le iba a gustar, pero nunca creyó que fuera a ser tan asombroso con Yamamoto; este se sintió privilegiado tanto como deleitado, por haber sido testigo de las expresiones de gozo que le había regalado un sensual Gokudera. Era la primera vez que le había parecido un ser tan erótico.
Cuando el semen se desparramó sobre el vientre, Gokudera le pidió disculpas por el detalle, pero Takeshi no sintió asco. Al contrario, eso avivaba una llama interior de la que no tenía noción de poseer.
Hayato se dejó caer pesado sobre el cuerpo semidesnudo de su amigo, ambos tenían los pantalones a medio bajar y se sentían satisfechos. Se estaba quedando dormido, disfrutando la suave caricia de Yamamoto, mientras le pasaba la yema de los dedos sobre la espalda, masajeándole palmo a palmo los omóplatos. Inspiró varias veces con energía y se abrazó más a él. No quería, no tenía intenciones de tomar distancia del beisbolista, se sentía demasiado bien estar así entre sus brazos. Peligrosamente bien.
—¿En qué estás pensando? —preguntó, luego del prolongado silencio.
—Pensé que te habías quedado dormido. —Le buscó el rostro y Hayato pudo ver una seriedad en él que le resultó preocupante.
—¿Qué pasa?
—Gokudera… —Sin necesidad pronunció el nombre, pero había sido la formalidad lo que acabó por desvelar al susodicho.
—Sí, así me llamo.
Decidió ignorar la pulla del otro. No era fácil hacer la pregunta.
—¿Qué… somos?... Es decir… ¿estamos juntos?
¿En eso pensaba el beisbolista con tanto tesón? Hayato arqueó una ceja. Por hacer esas cosas sucias y placenteras no implicaba, necesariamente, que ellos dos ya estuvieran enrollados en algo, además, no lo sabía. Se sentía bien hacerlo con él y punto, pero… ¿ellos dos? ¿Juntos? No, no pegaban. Eran de mundos diferentes. Lo mejor para Yamamoto sería olvidarse de tener algo serio con él y conocer alguna chica o chico más acorde a su estilo de vida. ¿Un japonés con un tres cuarto italiano de ascendencia siciliana? La mera idea era hilarante. Como si las familias italianas -y de mal en peor, mafiosas- fueran conocidas por su escaso amor a la sangre y las tradiciones.
Yamamoto era muy inocente si creía que podría vivir una historia de amor gay con él. Eso solo se veía en las películas o en los mangas raros que cada tanto compraba Bianchi, pero la vida real era muy diferente.
—Puede ser —respondió finalmente, echando otra vez la cabeza sobre el pecho de Yamamoto y cerrando los ojos. No tenía ganas de entrar en debates a esas horas de la noche.
—¿Puede ser? —se quejó el beisbolista, pero vio la sonrisa bribona en esos labios tan apetecibles y supo que lo mejor sería no molestarlo con el tema. Milagrosamente Hayato estaba de buen humor.
—Tonto, me dices "Gokudera" ¿y pretendes que seamos algo? —Se burló—Empieza por intentar llamarme por mi nombre y después veremos…
Eso hizo Yamamoto desde entonces. Empezó a batallar con Hayato para lograr una intimidad propia de las parejas. Trataba de abrazarlo cuando quedaban los dos solos, como en la cocina, luego de que su padre hubiera ido hasta el frente a buscar algo del frigorífico de la tienda, pero Gokudera no tardaba en separarse molesto, alegando que Tsuyoshi podría verlos, cuando en realidad lo que le fastidiaba eran esas actitudes de novio, sin que nadie lo hubiera nombrado como tal.
Sin embargo, aunque lo espantaba con una mano y lo empuja sin clemencias, a la vez sonreía cómplice, indicándole con esa mueca tunante que el intento de cercanía no le incomodaba tanto como despotricaba. Y casi todas las noches, por no decir todas, esperaban a que Tsuyoshi estuviera lo suficientemente dormido para encerrarse en el cuarto de la tienda y gozar de esa proximidad que durante el día no podían tener.
Por la noche las hormonas explotaban, reclamando la atención que se habían estado negando y provocando durante el día -fuera en la casa o en la escuela- con meros roces intencionales que no podían satisfacer porque ni el lugar ni el momento se prestaba a ello.
De esa forma, poco a poco, empezaron a explorarse y a llegar cada vez más lejos. No obstante la vez en la que finalmente pasó lo que ambos buscaban, no fue durante la noche, ni tampoco en el cuarto de la tienda. Había sido por la tarde, en el dojo.
Gokudera había ido una vez que Tsuyoshi salió de la casa rumbo a la feria del pueblo, en busca de condimentos exóticos. Sabía que Yamamoto estaría allí, entrenando como cada domingo. La intención de Gokudera era clara, aprovecharían esas horas a solas como nunca antes. Ya no podía tolerar tanta desatención, el estar un día más tan inmaculado.
Lo observó entrenar con la ropa que él, en su mente, se limitaba a llamar de "samurái", por un buen rato, al menos hasta que Yamamoto salió de su abstracción y lo vio apoyado contra el marco de la ancha puerta y de brazos cruzados.
Se quitó el casco y arqueó las cejas. Comprendió enseguida que su padre no estaba en casa cuando Gokudera caminó hasta él con esa expresión de "no perdamos tiempo, idiota, desnúdate".
El beisbolista estaba perlado en sudor y pese al detalle, a Hayato no le dio aversión. Le recorrió la piel del cuello con la lengua y le quitó la ropa que llevaba, pliegues y pliegues interminables de tela abultada.
Con dichas prendas en el suelo, tuvieron un improvisado lecho y sobre él empezaron a recorrerse el cuerpo de la manera en la que habían aprendido a hacerlo en ese corto tiempo. Conocían la manera de conseguir hondos gemidos de impaciencia en el otro; sin embargo esa tarde nada parecía contentar a Gokudera, ninguna caricia ruda ni ningún beso húmedo. El ceño fruncido y el gruñido de exasperación eran buenos referentes. Hacía frío, mucho frío en ese lugar, pero eso tampoco le importaba...
Empezó a acariciar a Yamamoto como más le gustaba a este, pero no se detuvo en su pecho ni en su vientre. Siguió bajando, hasta que los labios llegaron, primero a los testículos y más tarde a la erección. Los gemidos de Yamamoto, a esas alturas, viendo y sintiendo como Gokudera engullía el pene sin reparos, eran desvergonzados y sueltos.
—¿Tienes un condón? —Yamamoto negó con la cabeza y Hayato suspiró—Bueno, pero si ninguno de los dos hizo nada, supongo que estará bien, ¿no?
—Supongo —respondió sin darle demasiada importancia, estaba muy excitado y se sentía flotando en una nube espesa, con los sentidos embotados de placer.
—¿Quién a quién? —Él seguía preocupado por la parte técnica, mientras Yamamoto solo quería dejarse llevar y que fuera lo que Dios quisiera que fuera.
—No sé —contestó ido.
Sonrió con una mueca que lo dejó más diablillo de lo usual y escaló el cuerpo de Yamamoto. Este se sentó en el piso, sintiendo el arrebatador contacto de su pene con la anatomía de su amigo. Codiciaba la fría y suave piel de esos muslos, pero a diferencia de él, Gokudera todavía estaba vestido y el roce con la ropa le molestaba.
Entendió lo que se proponía hacer esa tarde cuando tomó distancia para desvestirse por completo, y lo comprendió más claramente aun, cuando lo vio sacando un pequeño frasco del bolsillo del pantalón, prenda que no tardó en quedar olvidada en un rincón.
Arrodillado frente a él, le untó el pene con el aceite.
—¿Vamos a…?
Gokudera no dijo nada, era tanta su avidez que no quería seguir perdiendo el tiempo con nimiedades. Se sentó en las piernas de Yamamoto y mientras este lo sostenía por los muslos se dejó hundir poco a poco, acostumbrándose progresivamente al sufrimiento y a la invasión.
Fue un delirio, perdieron el control y la cabeza en cuanto el dolor no significó lo que era al principio: una auténtica tortura. Se movieron acompasadamente, aumentando el ritmo, hasta tornarlo uno impetuoso y frenético a medida que alcanzaban la cima. Cuando pasó, se quedaron quietos en esa posición, abrazándose fuerte, colmados de felicidad.
Permaneció sentado en el suelo con Gokudera encima, incluso después de que la marea orgásmica los hubiera abandonado, y le besó el pecho, que era lo que más cerca tenía, con cariño y pasión. Parecía estar dándole con ese gesto las gracias por tanto placer y alegría.
Antes de que alguno de los dos pudiera abrir la boca o volver en sí, el llamado de Tsuyoshi a la distancia los puso en alerta.
—¡Mierda! —exclamó Gokudera poniéndose de pie rápidamente, ignorando el dolor punzante entre las nalgas.
—¿Tan rápido volvió?
Hayato no perdió el tiempo respondiendo las obviedades de su amigo. Tomó sus ropas y salió corriendo desnudo hacia la parte trasera del dojo. Se vestiría afuera. Yamamoto alcanzó a colocarse el pantalón, pero la parte alta del kurogi era todo un problema, especialmente estando tan nervioso. Recordar cómo iban los pliegues le resultó imposible y así lo encontró su padre: a medio desvestir.
—Oh, todavía estás entrenando —parecía absorto, o más bien sorprendido de hallar a su hijo en esas condiciones: agitado, semi desnudo y solo—, buscaba a Hayato —sonrió, para tratar de atenuar la pena en su hijo—, ¿no sabes dónde está? Creí que estaba contigo, porque adentro no está.
—¿N-No está en la casa? —intentó disimular, dando la vuelta para ajustarse el cinto y que su padre no viera en su cara la vergüenza que estaba padeciendo.
—No —respondió dando la vuelta—. Bueno… Debe haber salido —se fue sin darle importancia a nada de lo ocurrido y, fundamentalmente, sin hacer preguntas enredosas.
A Gokudera le tomó una eternidad volver a entrar a la casa y enfrentar al padre de Yamamoto con la mejor cara de inocencia que podía falsear. Era un descaro de su parte presentarse ante él como si nada; pero el hombre no le colocó en una situación embarazosa. Apenas lo vio se mostró complacido con su presencia, porque necesitaba ayuda para acomodar el pedido de bebidas que había llegado la tarde anterior.
Ese fue el día en el que se dieron cuenta de que tontear así podía ser tan estupendo como arriesgado. No querían volver a verse en esa clase de apuros, especialmente Takeshi. No se atrevería a decirle a su padre nada de lo que sentía por Gokudera, y este lo sabía muy bien sin necesidad de que se lo aclarase.
Jugar así –si a eso se le puede llamar un juego- era peligroso. Hayato no pretendía molestar a Tsuyoshi de ninguna manera, le caía demasiado bien el hombre. Le había dado trabajo, techo y comida. Arriesgarse a perder todo eso, en ese momento de su vida, no era lo que pretendía. Como tampoco pretendía pagarle toda la ayuda que le había brindado desinteresadamente con un gran disgusto.
Sin embargo para Yamamoto no se trataba solo de "hacer algo que se sentía muy bien". Cuando Gokudera lo encaró en su habitación improvisada, no tardaron esa noche en discutir, porque era claro que ambos tenían posturas diferentes al respecto.
Takeshi entendía su punto, pero no sabía cómo explicarle que no se trataba de algo que podía buscar en otro chico, porque lo que le daba él, no lo pretendía de otro. No era muy difícil de captar.
Y él, pensando que había más que algo meramente carnal, comenzaba a darse cuenta de que Gokudera no pretendía que fuera más allá de eso.
—Tú mismo me lo dijiste, ¿no? —cuestionó con dureza—Que no querías que por nada del mundo tu viejo se enterase de que… —iba a ser hiriente, pero se arrepintió a tiempo. Se cruzó de brazos y apoyó la espalda contra la pared.
—Eso ya no me importa tanto, pero…
—Además… no me gusta —negó inclusive con la cabeza—. No me gusta hacer esto a sus espaldas. ¿A ti sí?
Y Dios, no… no es que pretendiese hacerlo en la mesa de la cocina, frente a Tsuyoshi, pero follando con su hijo sin que este supiera lo que pasaba bajo su propio techo, le parecía que estaba mal. Como si estuvieran burlando su confianza, riéndosele en la cara. ¿Así le pagaba la ayuda ofrecida? ¿Haciéndole gay el único hijo que tenía? ¿Qué además era una futura promesa? Es decir, Yamamoto lo tenía todo para triunfar, podía ser una estrella del deporte si se lo proponía, podía casarse con la mujer más bonita del universo, podía darle nietos hermosos. ¿Cuántas veces Tsuyoshi le había dicho a él –como si supiera lo que le hacía al chico- lo orgullosos que estaba de su hijo y lo mucho que esperaba de él?
Dejaba de lado que Yamamoto no dejaría de ser quién era, por sus elecciones sentimentales. Podía ser igualmente "exitoso" estando a su lado.
Sin embargo había otras cuestiones que en ese momento no se animaba a afrontar y que tenían que ver con sus orígenes. No se animaba a enfrentarlo porque hacerlo significaría que tomaba más en cuenta a Yamamoto de lo que quería o podía. Hacerlo también implicaría más dramas de los que ya tenía con su familia.
—Yo no soy como tú —se quejó, con una expresión de dolor emocional que a Gokudera lo partía en dos—, yo no puedo ir a mi padre y decirle que… soy… así.
—Ni siquiera puedes decirte a ti mismo que eres gay —lo señaló con hiriente mordacidad—, y no te estoy pidiendo que lo hagas, porque sé que no es algo fácil. Si yo lo hice fue porque… porque estaba enojado con mi viejo y me resultó fácil en ese momento —reconoció—; pero somos diferentes. Lo sabes —bajó la vista al suelo—, yo estoy buscando algo que tú no buscas.
—¿Y qué es? Si no me lo dices, yo…
—Ya no quiero esconderme, ya no quiero sentirme mal por hacer estas cosas. No —aclaró con vehemencia—no pretendo que me tomes de la mano cuando vamos por la calle o que me beses frente a otros o… alguna de esas idioteces —Porque si lo hacía, lo golpeaba; podía ponerle la firma—. Hablo de otra cosa.
—Si no me explicas…
—Y es que si no lo ves es porque claramente no vale la pena. Además, no quiero complicarme más la vida. Es tan sencillo como eso —se encogió en el sitio, con el ceño severamente fruncido de molestia; había perdido la mirada para poder murmurar lo siguiente sin sentirse destrozado—; tú me complicas la vida.
Yamamoto pestañeó y se remojó los labios para seguir contraatacando con palabras. Algo se le escapaba y no saber qué, le llevaba a pensar en la única razón que podía tener Gokudera para negarse rotundamente a que lo volviera a tocar. Ni hablar de abrazarlo o besarlo, se lo había prohibido terminantemente.
—¿Te sientes orgulloso? —preguntó—Hayato, ¿te sientes orgulloso?
—¿De qué?, imbécil —se sentía irritado por la evidente pregunta capciosa. Odiaba las preguntas capciosas. Odiaba que Yamamoto se le quedase mirando así. Odiaba sentir que todo el esfuerzo por cuidar lo que empezaba a valorar, como nunca antes en su vida había valorado, era en vano.
Yamamoto lo superaba, realmente…
—De mí, de lo que podemos llegar a ser… —continuó—¿Te sientes orgulloso o te avergüenzo?
—Eres un idiota —Abrió la puerta y así lo invitó a irse, sin palabras.
—Siempre te avergoncé, ¿verdad?
Lo sabía, Gokudera no lo dejaba caminar a su lado porque temía que la gente los relacionaran. No fuera a ser cosa que pensaran que ellos dos eran amigos. Después de todo Gokudera se lo había refregado en la cara una y mil veces; pero eso era en el pasado, por supuesto que en el presente no sentía ni pensaba igual respecto a muchísimos asuntos, que venían y no venían al caso.
—Vete, que no quiero que tu padre nos sorprenda en una situación rara otra vez.
Para Gokudera la gota que había colmado el vaso había sido lo sucedido en la noche anterior. Yamamoto se había quedado dormido en el pequeño cuarto y el despertar a la mañana siguiente no fue nada dulce. Gokudera le obligó a levantarse y a vestirse para que se fuera cuanto antes a su habitación; pero cuando los dos salieron de la habitación, Tsuyoshi estaba frente a ellos. Cinco minutos más de sueño y tal vez hubiera encontrado a su hijo durmiendo desnudo y abrazado al chico al que le había dado trabajo.
La excusa de Takeshi fue un sencillo "ayer a la noche estábamos hablando y me quedé dormido, ¡haha!", y como siempre, Tsuyoshi había hecho de cuenta que nada pasaba, cambiando rápidamente el tema.
Habían experimentado alivio en ese instante, porque lo cierto es que no había nada malo en compartir un cuarto con un amigo, pero Gokudera no dejó de pensar durante todo el día en lo que estaba pasando. La imagen de Tsuyoshi, de alguna manera, le recordaba a su padre y, por efecto rebote, a su familia. Y ahí, de vuelta a empezar…
Era sencillo: tenían que dejar eso de lado. Porque podía ser muy difícil de sobrellevar, porque no tomándose en serio algo que comenzaba a serlo podían lastimar a las personas y lastimarse ellos. Y era claro que Takeshi no quería nada de eso, aunque no se lo dimensionase tanto como él.
Recién estaba descubriendo los placeres del sexo, ¿era eso lo que le motivaba a jugar al novio? Grandísimo idiota. No es que pretendiese casarse con Yamamoto ni nada parecido, pero era un buen amigo –uno de los pocos que tenía- y todo había empezado a torcerse. Las cosas podían salir aun peor si permitía que esas emociones mutasen.
Sentía que Takeshi lo estaba ahogando, obligándole a cuestionarse un montón de asuntos que no le daban la regalada gana de cuestionarse.
Por eso, esa noche, Yamamoto se fue del pequeño cuarto bastante enojado. Más allá de su apacible temperamento se había sentido herido, porque Hayato no le había dejado nada en claro, solo esa horrible sensación de humillación, fundamentando que lo suyo solo era un afecto fugaz.
Él era muy consciente de que su padre podía pescarlos en una situación comprometedora y, llegado el caso, hablaría con él; pero no le daría tremendo disgusto si Gokudera se sentía avergonzada de él y de lo que podrían llegar a tener.
No obstante, lentamente empezó a entender a lo que se refería Gokudera o al menos lo que esperaba; pero estaba tan disgustado que durante esa semana no le dirigió la palabra ni se acercó a él. Ambos pasaron a ignorarse y el detalle no dejó de resultarle llamativo a Tsuyoshi. Él conocía lo suficiente a su hijo para saber cuándo estaba herido o molesto, triste o contento.
El siempre sonriente Takeshi, estaba siendo demasiado transparente. A tal punto que hasta Hayato tenía ganas de sopapearlo y exigirle que disimulase un poco. Se dio cuenta de que todo estaba yéndose al demonio cuando Tsuyoshi mismo sacó el tema.
Gokudera se limitó a guardar silencio, pues acababa de descubrir que el hombre no tenía nada de idiota; que si creían que le estaban tomando el pelo, se equivocaban.
—Hablé con un amigo —dijo con seriedad, sin dejar de acomodar en el escaparate de la tienda los bocadillos de muestra—, tiene un almacén enorme en el centro de Namimori. Paga bien.
Hayato tragó saliva.
—Señor…
Este lo miró y trató de sonreírle, buscando dejarle en claro con el gesto que sí, podía estar un poco fastidiado por el ambiente actual que había en la casa, pero no tan irritado como temía. De hecho, no le echaba la culpa a ninguno de los dos… las peleas son circunstancias que suceden cuando dos personas se tienen afecto, y el daño suele ser proporcional.
—Hablé con él —continuó—y te hará una entrevista mañana por la tarde.
—¿No quiere que trabaje más aquí? —Le costó hacerlo, pero logró preguntarlo—Si hice algo mal, me gustaría saberlo… —Incluso se atrevió a exigirlo con un poco de dureza.
No creía haber hecho nada terrible; bueno, más que follarle el hijo.
—No, Hayato —le puso una mano en el hombro en señal de camaradería—, de verdad eres una gran ayuda —vio que el chico le sonreía descreyendo sus palabras—y me gusta tu compañía.
—¿Entonces?
—Pensé que el cambio te iba a gustar… —alzó las cejas, había cierto deje de obviedad en el tono de su voz—… te dará un buen sueldo y podrás tener tu propio lugar, además de aprender un oficio. ¿No te gustaría eso?
—Sí, por supuesto —admitió, asintiendo reiteradas veces para después perderse en su mente. Desde un primer momento su instancia allí era algo transitorio.
—Pero hazlo si te complace… —pese a su ofrecimiento, parecía estar diciéndole con los ojos que lo hiciera—yo no te estoy echando —aclaró—, si prefieres quedarte aquí, serás bienvenido.
—Gracias.
—Además… —El chico le prestó entera atención y la mirada que Tsuyoshi le regaló le dio escalofríos, parecía atravesarlo de lado—quiero que mi hijo esté bien.
Gokudera dio la vuelta, intimidado. Acaso, ¿Tsuyoshi lo sabía? ¿Takeshi había sido capaz de decirle o insinuarle algo? Sin embargo se debía a lo indudable que resultaba el hecho innegable de que ellos dos estaban peleados. La distancia se sentía en la casa, los chicos no se hablaban más que lo estrictamente necesario. Y era indudable, también, que si Tsuyoshi debía elegir entre su hijo y la manzana podrida, sin titubear escogería el bienestar de su hijo.
—Lo lamento mucho, señor —dijo con pesar, con uno que para el hombre fue evidente; pero Tsuyoshi no podía hablar con franqueza del tema si antes no eran sinceros con él.
—No tienes nada que lamentar, pero si estás peleado con mi hijo —levantó las manos—, no soy quién para meterme, pero… —pensó bien las palabras a soltar—trata de solucionarlo, ¿sí?
—Lo intentaré.
—Eres un amigo importante para él.
Decir eso los colocó a los dos en una situación comprometida. Gokudera carraspeó y siguió acomodando en las bandejas los bocadillos para pasárselos luego. No tenía voz ni palabras para explicarle lo afortunado que era Takeshi de tener un padre como él, y cuánto le hubiera gustado que el suyo fuera así.
…
Yamamoto entró con Tsuna a la tienda y le dio el aviso a su padre de que ya estaba en casa. Pensó en que, si ahora que estaban de vacaciones en la escuela, lo invitaba a Tsuna a jugar video juegos, Gokudera no tardaría en unírseles y quizás así ellos dos lograrían vencer la distancia. Al menos Hayato no haría ni diría nada demasiado revelador ante el décimo.
La presencia de este, entonces, era una pobre excusa para hacer las paces; pero cuando lo fue a buscar a su cuarto, el tatami no estaba, ni tampoco las cajas y pertenencias de la Tormenta.
Fue a la cocina, dejándolo solo a Tsuna en la tienda, para buscar a su padre y preguntarle sin rodeos y sin esconder su zozobra.
—Gokudera, ¿dónde está?
Tsuyoshi no tardó en darse cuenta de lo que temía desde un primer instante. El chico se había ido sin haberse amigado, o al menos aclarado lo que tenía que aclarar, con su hijo.
—Encontró un lugar donde mudarse —respondió, luego de un breve silencio—. No era mucho lo que se tenía que llevar.
Vio en la expresión desolada de su hijo que el detalle de que el otro se hubiera ido así, de un día para el otro no solo le molestaba, le dolía profundamente. En ese poco tiempo, Takeshi se había vuelto más expresivo, más transparente con sus emociones. Como si ya no pudiera controlarlas y esconderlas tras una sonrisa de falso bienestar.
Yamamoto pensó en que todo era muy injusto. ¿Se quedaría sin saber nada sobre Gokudera hasta que terminasen las vacaciones? ¿Mientras tanto qué?
Tsuna no tardó en darse cuenta de que algo había pasado entre ellos.
—¿Pelearon?
—Algo así —se sentó desganado en uno de los bancos.
—Ya sabías que él se iba a ir, ¿no? —trató de consolarlo, si a eso se le puede llamar consuelo o sopapo de realidad.
—Pero pudo haberme dicho que ya había conseguido otro lugar, después de todo yo…
No terminó la oración, no tenía sentido hacerlo si no podía ser franco con Tsuna. Este lo miró con curiosidad y después le sonrió.
—No te preocupes, mañana seguramente lo veré —se veían religiosamente casi todos los días con su autoproclamada mano derecha—, y le diré que venga a hablar contigo. —Yamamoto negó sin palabras—Si se lo pido yo…
—No, no hagas eso —se puso de pie y caminó de un lado al otro como si no supiera qué hacer, puso las manos sobre los hombros de Tsuna y se disculpó sinceramente—, lo siento, ¿podemos dejarlo para otro día?
Sin darle tiempo a quejarse –aunque Tsuna no fuera capaz de hacerlo- o a reclamarle, se preparó para salir. No podía esperar al otro día, ni siquiera podía esperar una hora.
Sabía que tarde o temprano lo volvería a ver, fuera en la escuela o fuera porque Tsuna se lo pidiera expresamente, pero no quería tener que aguardar ni cinco minutos para hablar con él.
Al menos quería hacer el intento.
Sin saber dónde buscar, frecuentó los lugares en donde Gokudera podría estar: la tienda de comics, la plaza, la galería, cuya tienda de rarezas había acaparado la atención de su amigo cada vez que debían ir al centro a buscar algo que su padre les hubiera encargado. Pero nada… no lo halló, pronto se haría de noche y las tiendas cerrarían.
Sin ganas de volver a casa, sus pies lo llevaron frente al templo Namimori. El lugar le recordaba vagamente a su dojo y la comparación de un lugar santo con un lugar en donde había pecado, le perturbó; pero dicha conmoción no le duró demasiado. Enseguida sonrió, a su estilo.
La cinta de "prohibido pasar" le supo a invitación. Era ese el sendero que lo llevaría hasta la zona más agreste del bosque. El camino todavía era natural, apenas había sido limpiado por las enormes y pesadas máquinas que dormían en silencio a cada lado de dicho sendero. Se lamentó de ver varios árboles tumbados, le gustaba ese lugar tal como lo recordaba de pequeño. Le daba paz.
Siguió camino y cuando llegó al lugar recientemente explorado, no le sorprendió encontrarlo. Lo primero que dijo fue un desconcertante "era cierto".
—Digo, las ruinas… —Yamamoto señaló los montículos de piedra puestos en círculos, buscando darle claridad a sus primeras palabras.
Según el noticiero eran las ruinas del antiguo Templo de Namimori, que había quedado sepultado y escondido por la flora luego de que se construyera, mucho tiempo después, el Templo más nuevo. Era una reliquia arqueológica en el presente y seguramente no tardaría en atraer a cientos de curiosos, al menos cuando terminasen con la limpieza y el estudio de la zona.
—¿Qué haces aquí? —Hayato lo miró, fastidiado—¿Cómo sabías que estaría aquí?
Aquello era insólito, porque si se encontraba en ese lugar era simplemente porque sus pies lo habían arrastrado allí después de que hubiera terminado de acomodarse en el nuevo departamento arrendado.
No había querido quedarse encerrado en esas cuatro paredes, así que había salido a caminar, pero sin tener ningún interés en las mentadas ruinas.
—No lo sabía —sonrió, cerrando los ojos—, pero estaba cansado de buscarte y no encontrarte, así que decidí venir aquí —alzó los hombros, ni siquiera él tenía plena consciencia de las razones de haber terminado allí, pero no se arrepentía, porque después de todo frente a él estaba Gokudera.
Lo había hallado. Como la noche en la que se encontraron por casualidad, si es que acaso algo como la casualidad existe.
—Vamos, se está haciendo de noche — impuso, pasando a su lado; pero el beisbolista lo tomó del brazo deteniendo su indecisa huida.
—¿Por qué te fuiste de mi casa?
—Porque la situación era una mierda, Yamamoto. —Volvía a hablarle con esa distancia del pasado, que en el presente lo hacía sentirse vulnerable—, porque era tan evidente que no sabíamos cómo mierda sobrellevar esto, que hasta tu viejo se daba cuenta —trató de tranquilizarse—, él me consiguió el nuevo empleo.
—¿Por qué, si no lo necesitabas, estabas bien en…?
—No, no lo estaba —negó con tenacidad—Agradezco la ayuda de los dos, de verdad… pero no —no sabía cómo explicárselo sin develar su propia confusión. —Tengo que valerme por mi cuenta, ¿ok? No puedo vivir toda la vida con ustedes —alzó los hombros fugazmente—, eso siempre lo supimos los tres: lo mío era provisorio.
—Pero a mí me gustaba… que estuvieras ahí… y que…
—A ti lo que te gustaba era follar —sonrió con socarronería y descrédito, pero en la expresión de Yamamoto se dio cuenta de que lo había lastimado, y no pretendía eso.
—¿Por qué no me dijiste que ya habías conseguido un lugar, que te ibas a ir hoy?
—Porque tú no me hablabas, idiota —el reproche nació con algo de culpa y de vergüenza. Culpa porque sabía que también era su responsabilidad, y vergüenza porque le daba pena reconocer que le fastidiaba padecer esa distancia con él—. En estas dos semanas no me hablaste ni una sola vez —puso su mejor cara de matón para que aquella última oración no sonara como algo dicho por una niña despechada y dolida.
—Tú tampoco —se cruzó de brazos, pero se relajó al darse cuenta de que no era sobre lo que quería hablar. De hecho, ya no le importaba nada de eso. Trató de ser espontáneo y con una sonrisa, continuó—Ey, me alegro que hayas encontrado un lugar —le palmeó el brazo, amistosamente.
—¿Quién te entiende, imbécil? Primero me dices…
—No, no… es que entiendo —asintió. Gokudera debía valerse por su cuenta, estaba bien recibir ayuda y, por mucho que le gustase teniéndolo viviendo consigo, no era situación agradable para él.
—¿Quieres…? —Gokudera empezó a caminar, pero paró haciéndole una seña con el brazo para que lo siguiese por el sendero—¿Quieres ir a conocer mi departamento?
Yamomoto le sonrió y de inmediato trotó para darle alcance. Gokudera no tardó en alzar las cejas y aclararle con dureza que no lo llevaba para tener sexo, simplemente para hacer las paces de una bendita vez y seguir adelante como si nada hubiera pasado.
El problema es que había pasado mucho, eso era claro. Yamamoto se moría de ganas de abrazarlo y besarle, quería estar con él, pero comprendía con una brutalidad extrema lo que Hayato esperaba de esa posible relación. Unión que el mote "exótica" se le hacía irrisoriamente exiguo en ese momento.
En ese reducido espacio que era el nuevo apartamento de Gokudera, lo veía y lo notaba más inalcanzable que nunca. El detalle lo desesperó, pero supo disimularlo.
Se lo dijo a sí mismo, aunque no lo manifestó verbalmente. Él también estaba dispuesto a todo.
—Se lo voy a decir —dijo de la nada y acaparando la atención de Gokudera, quien dejó de mirar por la ventana para fijar los ojos en él. —A él —aclaró—, a mí papá… hoy a la noche se lo voy a decir.
—¿Qué cosa? —frunció el ceño, comenzando a perder la calma.
—Que te quiero, tonto.
Gokudera se quedó petrificado en el sitio y la ira, que lo había gobernado durante esos escasos segundos, se esfumó por completo. No había esperado esa resolución tan rápida por parte de Takeshi y, especialmente, no había esperado escuchar decirle que lo quería de una manera tan abierta y espontánea. Volvió en sí y negó con la cabeza, quería detener la locura que pensaba llevar a cabo, porque no tenía mucho sentido que lo hiciera sin tener presente los riesgos a correr.
—Tu padre es un buen hombre, no le des ese disgusto.
—Tú lo hiciste.
—Pero es distinto.
—¿Por qué?
Hayato se llevó las manos a la cabeza como si quisiera tirarse del pelo. Yamamoto tenía la facilidad de alterarle los nervios como ninguna otra persona en todo el planeta. Superaba al cabeza de césped, y eso ya era mucho decir.
—A veces tengo ganas de matarte. —Lo dijo con calma, pero montó en cólera cuando el otro empezó a reír con su arrebato de sinceridad—¡Y encima te ríes!
De golpe, el chico dejó de carcajear.
—¿Le dijiste a tu padre que eras gay solo para molestarlo o porque querías empezar una nueva vida dejando de sentirte mal por serlo? —pese a la pregunta lacerante y directa, no había borrado la sonrisa de los labios.
Gokudera bajó la vista, cohibido. Bueno, podía ser un poco de las dos. Podía ser que en verdad era un hipócrita, que se creía maduro y la gran cosa por haberse atrevido a decirle a su padre sobre su condición sexual, cuando en realidad lo había hecho por el calor del momento. Porque quizás no le hubiera dicho nada, de no haber sido por la provocación.
Tal vez… pero no importaba, porque esos eventos siempre se dan por algo, nada es azar. Todo acto tiene consecuencias. Y la consecuencia de su acto era el cariño que había aprendido a tenerle a Takeshi. Muy a su pesar.
—No tiene sentido. No lo hagas si no estás seguro.
—¿De qué te quiero? —Y lo volvía a decir, con esa sonrisa que a Gokudera lo deshacía en partes.
—Lo vas a amargar, eres su único hijo y espera nietos.
—Pero también quiere que sea feliz.
—No lo hagas —volvió a exigir con dureza.
—¿A qué le tienes miedo? —borró la sonrisa, hablaban de su padre, ¿qué tan mal podía salir? Así y todo, quien más debía preocuparse era Takeshi, no él.
—Déjalo. Lo nuestro no tiene… razón de ser —gruñó—, mierda, suena a algo que diría la protagonista de una novela —la cara de asco le arrancó una nueva carcajada al otro, pero Hayato no se inmutó, no estaba para sulfurarse por naderías.
—¿Por qué?
Gokudera abrió la boca, elevando el labio en una mueca que dejaba por sentado su desconcierto. ¿A qué se refería? ¿A "por qué sonaba como algo que diría la protagonista de una telenovela" o "por qué lo suyo no tenía razón de ser"? Con Yamamoto podía esperar cualquier cosa.
—¿Por qué no tiene razón de ser? —precisó.
—¡Qué denso que estás hoy, Yamamoto! —El aludido estalló en nuevas carcajadas, aparentando estar relajado. —Porque aunque nos pongamos serios, esto no tiene futuro —acabó por decir con un tono tan bajo de voz que parecía haber sido murmurado.
—Si no me explicas… —volvió a reclamarle.
—Es que lo que estoy tratando… imbécil —se sentó en la mesada de la cocina, mientras Yamamoto se acomodaba frente a él para escucharlo muy atentamente—. Mi familia está en la mafia, lo sabes bien —le recordó con severidad.
—Sí, ¿y con eso?
—Que, bueno… es una familia italiana.
Esa sonrisita iba a acabar por exasperarlo y enajenarlo como nunca, de verdad.
—Lo sé.
—Y bueno, imbécil —de repente se dio cuenta de que Yamamoto no tenía por qué entender lo que estaba tratando de decirle, así que decidió ser explícito de tal manera que le quedase claro—, los italianos tenemos —se corrigió—, tienen un fuerte sentido tradicional de la familia. Por ejemplo, mi padre jamás aceptaría que Bianchi se casara con alguien que no es italiano. Sería una deshonra para la familia, un insulto.
—Pero… tú eres mitad japonés, ¿verdad?
Hayato arqueó las cejas y después suspiró, dejando caer los hombros pesadamente.
—Me superas, Yamamoto —confesó.
—¿Qué tiene que yo no sea italiano? Porque a eso te refieres ¿verdad? —Se acercó más a él y lo abrazó por la cintura.
—Si mi padre se entera… y se va a enterar porque yo no pienso esconderte —quería responderle con esas últimas palabras lo que no había podido decirle la noche que discutieron, que sí: estaba jodidamente orgulloso de lo que podrían llegar a tener—, y si eso pasa, encima de que soy… gay… —chistó, frunciendo el ceño—Van a decirme algo como: "Eres puto, al menos consuélanos y dinos que tu pareja es italiana".
—¿Y te importan mucho todas esas cosas? —le preguntó, dejándole un beso en la mejilla, le gustaba sentir las rodillas de Gokudera apretándole la cintura, la posición era muy sugerente—Digo… eso de la familia y de que yo no sea italiano.
—No, a mí me importa en lo más mínimo. Son idioteces, además… yo soy mitad japonés, tú lo has dicho.
—¿Y te importa que a tu familia le importe?
—Tampoco —admitió sin tapujos, recibiendo el suave roce de los labios de Yamamoto sobre los suyos. Maldición, lo estaba doblegando.
—¿Entonces?
—Repito lo que dije al principio: es una familia mafiosa —explicó, tomando tanta distancia como le fue posible en esa posición, para poder mirarlo fijamente—¿Sabes lo que hacen las familias italianas cuando la niña o el niño de la casa decide casarse igual con alguien que no es del agrado del cabecilla de dicha familia mafiosa? Sea o no sea italiana esta persona en cuestión.
—No, pero puedo suponerlo.
Gokudera asintió.
—Te mandarán a matar. Tendrás algún horrible accidente en la carretera y yo… —hundió la cara en el pecho de Yamamoto, atrayéndolo más hacia él—, no quiero que la mafia y las carreteras se lleven a las personas que me importan…
No quería que la gente que amaba muriese en más accidentes. Las autopistas a veces pueden ser autopistas al infierno. Sin ir más lejos, una se había llevado a su madre. Y no quería que otra autopista se lo llevase a Yamamoto.
No creía merecerlo, ni tampoco Takeshi se merecía tener un final así. Porque lo soportaba, lo quería como era, pese a la dura manera en la que lo trataba y a los miles de defectos que ostentaba y que muchas veces no se molestaba en ocultar.
Nadie sería capaz de quererlo tanto, habiendo conocido sus lados más oscuros.
Y no se sentía mal por buscar proteger eso, porque después de todo, Gokudera tenía la capacidad de apreciar aquello que mucha gente tiene y no valora, por estar acostumbrada a tenerlo incondicionalmente.
—Pero no es seguro que algo así pase y tenemos la excusa de que los dos somos japoneses —dijo, sonriéndole con tanta frescura que no parecían estar hablando de una posible muerte asegurada. Como si hubiera decidido tomarse aquella advertencia más en broma que enserio; pero sabía que Gokudera estaba siendo sincero y real. Muy real.
—¿No te importa, idiota? ¿Correr el riesgo? No sabemos si nos vamos a poder aguantar un mes o un año. Ya es un milagro que no te esté gritando.
¿Lo estaba probando, acaso? Yamamoto pensó bien en la respuesta, o al menos le hizo creer al otro que lo estaba analizando concienzudamente.
—No, no me importa correr el riesgo. Y sobre lo otro: vivimos bajo el mismo techo y sobrevivimos, ¿no?
—Te estoy diciendo que… —reprochó, definitivamente jamás lograría entender cómo funcionaba la cabeza de ese chico.
Él, que le estaba diciendo que corría el riesgo de ser asesinado simplemente por ser la pareja indeseada del hijo de una familia mafiosa y Takeshi, que sonreía como si le hubiera contado un chiste.
—Reitero: no estamos seguros de que a tu padre le importe y en tal caso, a mí no me importa… —le sonrió, besándole en los labios, apenas un tenue beso voluble.
—¿Entonces? —preguntó aturdido, casi espantado, Takeshi podía jurar que hasta incluso parecía asqueado—¿Vamos jodidamente enserio? —Más allá de lo dicho, como si le causara honda molestia, no tardó en sonreír, hundiendo la cara en el cuello de Yamamoto para que la mueca no fuera visible.
—¡Haha! Creo que sí —lo abrazó con cariño, para buscarle la cara y besarlo como le gustaba hacerlo, de una bendita vez.
Yamamoto pasó la noche en el departamento de Gokudera y le hizo el amor con palabras, con caricias, con el cuerpo, con los besos y con la mirada. Al otro día amaneció dándose cuenta de que era un hombre diferente, por motivos que no lograba dilucidar del todo. Y con esa sonrisa que llevaba cual estandarte, se apareció esa mañana para desayunar con su padre.
Inevitablemente terminaron hablando de Hayato. Le contó que había conocido el lugar nuevo que se había conseguido, que sí, que estaba bien y que le estaba muy agradecido por todo. Se animó a contarle parte de los problemas de Gokudera, aquellos que lo habían llevado a vivir por esa corta temporada allí, con ellos.
Le explicó que su amigo le estaba muy agradecido porque después de que su padre le hubiera dado la patada definitiva, se le había hecho muy difícil hallar un rumbo en su vida.
—¿Puedes creerlo, pá? —preguntó Takeshi con sumo cuidado, eligiendo muy bien las palabras. Mordió su emparedado mientras su padre, sentado frente a él, lo escuchaba con atención—Gokudera fue muy valiente, ¿no te parece? No dudó en decirle a su padre que era gay cuando lo supo…
Esperó, con su sempiterna sonrisa, la respuesta de Tsuyoshi; fuera cual fuera esta. El hombre se dio cuenta de que su hijo no solo buscaba explicarle los motivos que había tenido el joven en cuestión para necesitar su ayuda, ni tampoco pretendía que le dijera si estaba bien que siguiera siendo amigo de alguien que podía traerle muchos problemas, miradas acusadoras y prejuicios en una sociedad podrida de valores.
Su hijo, muy a su manera, le estaba confesando lo que ya sospechaba.
—Me parece —meditó cuidadosamente, asintiendo con la cabeza— francamente admirable —le sonrió—. Que haya tenido coraje para decírselo a su padre —chasqueó la lengua—, no cualquiera puede hacerlo —alzó las cejas—, hay que ser muy valiente.
Takeshi guardó lentamente la sonrisa, sin dejar de mirarlo a los ojos. Con ellos, nada más, le estaba dando gracias por la respuesta. Se lo veía aliviado y no era para menos, ahora Takeshi mismo podía sentir como esa angustiante sensación de culpa lo abandonaba al poder ser sincero con su padre y, especialmente, consigo mismo.
—¿Pá?
—¿Sí?
Aunque llamó su atención, no parecía estar dispuesto a hablar con tanta franqueza, al menos no de momento. Ya tendría tiempo para eso.
—¿Puedo invitar a Gokudera a pasar las fiestas con nosotros?
Tsuyoshi asintió y Takeshi entonces se puso de pie con notable energía y nerviosismo, se lo notaba feliz y el hombre pudo ver que su hijo sonreía, en esa ocasión, con verdadera sinceridad. Cuando lo dejó solo, se permitió suspirar afligido. No podía decir que corroborar lo que ya temía le hiciera precisamente dichoso, pero… era su hijo, pese a todo. Su único hijo. Y claro, no iba a ser abuelo nunca, pero tampoco iba a darle una patada por ello.
Takeshi se dijo que Gokudera tenía razón: debía sentirse orgulloso de la relación que tenía con su padre. No tenía que preocuparle tanto inquietarlo con sus problemas, estaba bien a veces no sonreír y ser sincero con las emociones. Sin dudas su padre prefería más que fuera así, a que verlo ocultándose toda la vida.
Esa Nochebuena, Gokudera la pasó con los Yamamoto y si bien siempre había sentido que los chicos eran su familia, que Bianchi lo era y que, bien o mal, incluso su familia en Italia seguía siéndolo, por primera vez se sentía parte de una.
Aunque ellos fueran solo dos, le hacían sentir bienvenido y a gusto en su círculo íntimo.
Esa Nochebuena, la laptop estaba encendida y su padre estaba en la pantalla. Luego de una incómoda y áspera conversación, Gokudera llamó al beisbolista para que lo conociera. Había querido dejarle en claro y sin palabras que no, no le había dicho que era gay solo para fastidiarlo y que sí, ese chico de sonrisa sincera era una de las personas más importantes para él, y que le tenía sin cuidado lo que tuviera para decir al respecto; pero su padre no dijo nada. No hizo mención, no preguntó qué era en su vida, si solo un amigo o su pareja. Suponía que lo segundo, pues por algo se lo estaba presentando. Ni tampoco se quejó, apenas alcanzó a soltar un sonido gutural -de inconformidad o de rendición- ante el "hola, señor ¡haha! Todo un gusto" de Yamamoto. Los chicos frente a la pequeña cámara incorporada se quedaron sin saber lo que pensaba el hombre.
Esa Nochebuena, se dio cuenta de lo que Bianchi había querido decirle. A su manera, su padre le quería. Al menos, al estar aceptando aquello como algo irremediable sin amenazas mafiosas de por medio y sin preguntas incómodas, podía indicar que le importaba poco o que lo aceptaba. Y no podía decir que le importaba poco, porque por algo lo había llamado para saludarlo pese a todas las cosas horribles que Hayato le había gritado.
No, tal vez nunca lograría hacerle sentir orgulloso a su viejo y no le importaba. No era la primera vez que se daba cuenta de que de lo malo, también pueden rescatarse cosas buenas. No sería la última vez que sentiría como la tensa y delgada soga al cuello, le daba el aire que necesitaba. Y sabía que tampoco sería la primera vez que tocar fondo le haría sentirse tan fuerte, una vez que lograse levantarse. Con ayuda o sin ayuda.
Pero por primera vez en la vida y viendo la sonrisa de Yamamoto -sí, esa que en un pasado no tan lejano lo exasperaba tanto- se daba cuenta que acompañado, era más fácil afrontar las dificultades, y el camino se hacía más llevadero.
No. Jamás se arrepentiría de haber ido esa noche al río con el único fin de ahogarse en la miseria, y no, jamás se arrepentiría de haberse tragado todo su orgullo para permitirle a un amigo que le tendiera una mano, cuando claramente más la necesitaba.
Entre trabajos mafiosos, misterios sobrenaturales, la siempre atenta y estricta vigilancia que Gokudera le prodigaba al décimo, la enseñanza espartana de Reborn, los alimentos venenosos de Bianchi, la despreocupación de Tsuyoshi y su capacidad para simular que no se enteraba de nada, ambos crecieron como individuos.
Sí, a Gokudera le seguían fastidiando muchas cosas de Yamamoto y seguía ladrándole cada vez que este se escondía tras sus sonrisas, tanto como a él le molestaba que Gokudera lo hiciera tras actitudes rudas, pero los demás no tardaron en darse cuenta de por qué la Tormenta y la Lluvia se complementaban. Todos los actos, tendían a unirlos. No importaba cuan fuerte fuera el dolor, cuán difícil y dura fuera la tormenta, ni que tan torrencial se volviera la lluvia, amenazando con ahogarlos. Sabían que podrían resistir a todo, simplemente creyendo en la fortaleza de ambos.
Si estaban ahí, uno al lado del otro, era porque ellos mismo lo permitían al darse cuenta de que tenían una razón para necesitarse. Y estaba bien; no había nada de malo en necesitar a la gente a su alrededor, saber pedir ayudar, aceptarla con dignidad y valorar el gesto de la otra persona, cuando a su manera sabe estar.
Fin
Estoy peleada con este final, terminó muy a lo… ¿autoayuda? *se pega un tiro*, pero OH MY GOD no quería empezar a jugar con eso de la tormenta y la lluvia porque iba a caer en clichés que detesto.
—Por cierto, antes, mucho antes… las familias mafiosas italianas se tomaban muy en serio el asunto de la "familia". Que Gokudera le hubiera presentado a su padre su pareja, tiene un gran significado: todavía respeta a su padre y como tal sabe que es su obligación hacerlo, aunque no le guste ni un poco la idea. Puede parecer una tontera, pero vengo leyendo libros sobre la mafia italiana y es algo que me gusta mucho… el respeto que le tienen al concepto de familia, así estén en desacuerdo con ella.
—En Japón no le dan tanta importancia a la Nochebuena, al menos no como se la damos nosotros con una religión predominantemente católica. Es por eso que es común ver en algunos mangas o DJ's que los personajes pasan la Navidad con amigos o con la pareja. Digamos que la Navidad es para pasarla con la pareja, o amigos en caso de no tenerla, y el Año Nuevo, sí con la familia. Ahí a que tenga tanto significado que Yamamoto le hubiera pedido a su padre permiso para invitar a Gokudera en Nochebuena. Tácitamente le estaba diciendo que sí, era su pareja. Igualmente, los japoneses no tienen tanto mambo con la homosexualidad como los tenemos los occidentales y/o europeos… esto ya lo conté en otro fic :P Así que no me repito.
—Al principio, este fic, iba a tener un mal final para la pareja, pero me encariñé tanto con los chicos, que quise darles un final feliz. Ya, me va el fluff ._. deberé admitirlo de una buena vez.
Muchas gracias por haber leído, espero que les haya gustado ^^.
¿Con qué pareja sigo, gente? De momento tengo en mente uno con Hibari y otro con Lambo, pero me quedan como cinco más. ¡AYUDA! D:
1 de agosto de 2012
Merlo Sur, Buenos Aires, Argentina.
Gracias, Nico. Por esa noche no dejarme dormir en la estación de trenes bajo ningún punto de vista.
