Y las sombras quedarán atrás
Hessefan
Rating: T.
Género: Drama u_u (para no perder la costumbre), Acción (muy leve y a partir del capítulo 2).
Pareja: 04. Lambo Bovino.
Prompt: 005. Y las sombras quedarán atrás [Fandom Insano].
Extensión: 20.460 palabras (dividido en tres partes).
Resumen: Atrás quedaron esos días en los que correteaba tras I-Pin por una caja de bombones y buscaba matar a Reborn con mil artilugios distintos. En los que le traía problemas a Tsuna y dolores de cabeza a todos sus demás hermanos del corazón. Ellos siempre supieron cuidar bien de él y no le alcanzará la vida para agradecérselos. Ahora, ya era un hombre.
Nota: puede que esto parezca más friendship o family que otra cosa al principio, pero tengan fe que es un Gokudera/Lambo.
Me costó horrores hacerlo, creo que fue el fic que más me costó escribir desde… desde que empecé a escribir -a los seis años (?)-, porque me resultó duro tener que tocar la relación fraternal entre Lambo y Gokudera. No puedo verlos como pareja, sin embargo me esforcé para que fuera un poco y un poco. Digamos, de ir torciendo esa relación fraternal que tienen los dos. Hay algo de acción, más que nada porque la mafia no es solamente cajas, anillos y rayitos mágicos de colores.
Ah, hay bocha de parejas implícitas y menos implícitas. Sé que Lambo trata muy formal a Tsuna, al menos al Tsuna más joven, pero me lo figuro tratando a SU Tsuna como a un hermano. Lo que fue en verdad para él.
Capítulo 1 de 3
Aunque a veces pareciera que Lambo viviera en su propio universo personal y narcisista, en donde primaba la cantidad de citas que podía coleccionar en una semana, era lo bastante maduro para saber apreciar lo que sus hermanos habían hecho por él.
Y no se trataba de haber tenido un plato de comida y un techo donde refugiarse, igualmente significativo. De hecho, era algo que siempre le agradecería a "mamá"; a una que no era de él, pero que la sentía egoístamente suya.
Había sido eso, junto a otras actitudes, lo que le habían ayudado a crecer.
Porque entre llantos y desmadres, entre reclamos y demandas, fue Tsuna la primera persona en preocuparse por él de aquella particular manera. Era quién lo arropaba por las noches, cuando mamá no podía. Era quién le ayudaba con la tarea cuando Gokudera le perdía la paciencia que nunca había aprendido a tenerle. Y era quien pasaba tardes enteras cuidándolo, cuando bien podía haber tenido su típica vida adolescente. ¿Cuántas citas con Kyoko-neesan había arruinado? Tantas como las que él sí tuvo en su adolescencia.
Porque entre sushi y tazas de leche con chocolate, entre juegos violentos de beisbol que le daban miedo y tardes enteras compartiendo la consola, sentía de forma tangible ese lazo que lo conectaba con aquellas personas que poco a poco aprendía a querer. Yamamoto había sido el primero a quien le pudo contar, tímidamente, que una chica de su clase le gustaba. Fue el primero que le dio consejos amorosos y fue quien le compró dos entradas al zoológico para que pudiera invitar a la chica de sus sueños. Y fue también él primero que le habló de sexo con suma naturalidad, porque el tartamudeo nervioso de Tsuna no le había dejado nada en claro, solo la ligera sensación de que había preguntado algo malo.
Porque entre extremas clases de boxeo y gritos masculinos para subir la moral, Ryohei había sabido entrenarlo para convertirlo en un hombre, con todas las letras. No tardó mucho en darse cuenta de que eso no implicaba algo tan sencillo o básico como saber defenderse en la calle o saber defender a las personas que para él eran importantes. Era quien le daba consejos y el empuje necesario para superarse cuando solía sentirse al Lambo inútil de siempre (cortesía de Gokudera). Le había enseñado a nunca negarse a una cita o a un cumplido porque, en palabras que en verdad eran dignas de Naito Longchamp: la belleza interior es siempre superior a la exterior. De esa forma Lambo aprendió a nunca rechazar a una dama, con las consecuencias que ello le acarreaba.
Porque entre los "te morderé hasta la muerte" y los "maldita vaca herbívora", recordaba muy claramente, como si hubiera sido ayer, el día que la Nube lo salvó de una muerte certera, cuando ya no abrigaba esperanzas y solo podía repetirse que debía resistir, esperando como una princesa a que su príncipe azul (casi siempre de pelo gris y un temperamento de los mil demonios) fuera a su rescate lanzando dinamita a diestra y siniestra. Quizás Lambo en ese momento no supo verlo con tanta claridad, como sí pudo hacerlo poco tiempo después y, especialmente, siendo testigo de otras actitudes que le permitieron conocer mejor el lado oculto Hibari. Si la luna lo tiene, la Nube no sería la excepción. Había podido conectar todas esas secuencias a la primera vez, porque cuando le gritó, inclemente, que si se quedaba tirado en el suelo un segundo más, lo mataría él, había evitado un ataque certero del enemigo al levantarse como tiro, asustado por las amenazantes tonfas. Y lo comprendió mejor en el momento en el que le ordenó la retirada porque no tenía nada más que hacer allí. Ambos lo sabían: el enemigo era mucho más fuerte, demasiado para él. Siempre lo eran.
Porque entre silencios eternos y sonrisas retraídas, Chrome había sabido ser delicada con su espíritu sensible además de buena oyente. Con ella siempre había podido llorar sin sentirse avergonzado, especialmente cuando hacerlo a cierta edad producía más que una sencilla y ligera incomodidad. Nunca dejaría de ser un llorón y aunque siendo un niño poco le importaba, al comenzar a crecer llevaba tatuado en la mente el odioso "los hombres no lloran, vaca estúpida", y la voz de su consciencia, aunada a esas palabras, sonaba igual que la voz de Gokudera… para su desgracia. Con Chrome podía sentirse el Lambo llorón de siempre sin sufrir remordimientos por serlo.
Porque, sí… entre bombas e insultos, entre los "Hakodera" y los "Vaca estúpida", había sido Hayato la primera persona en enseñarle a ser fuerte, pero de una fortaleza que no tenía tanto que ver con la física o la que podría llegar a desplegar en un campo de batalla. Hayato había sido la primera persona a la que pudo considerar como un hermano, porque sabía que por muy mal que se tratasen y por mucho que lo enfureciera, él siempre sería la primera persona en salvarle el pellejo, sin tener presente y sin recordar todos los insultos que le hubiera dedicado, todos aquellos malos ratos que le hacía pasar por puro gusto. Era la primera persona en darle la ayuda solapada que podía llegar a necesitar. Había sido al regresar de su primer día escolar como estudiante de secundaria baja, cuando un grupo de matones quiso pegarle, que se dio cuenta de ello. Él podía y sabía defenderse muy bien solo, pero no lo necesitó en su momento porque Hayato no había dudado en dar un paso al frente diciéndoles a los rufianes en cuestión –tan rufianes como él- que si tenían algo que arreglar con el chico, primero lo harían con él.
Así, Lambo creció, y con él su irreverencia, pero por muchos problemas que les trajera a sus hermanos en el presente, eso no implicaba que lo hacía olvidando todo lo que habían hecho por él, ni tampoco implicaba que por desobedecerlos no los respetaba.
¿Qué tenía de malo que buscase ser parte de la familia de una forma más activa? Tenía quince años, ya no era un niño.
Admitía que dicho afán lo llevaba a cometer locuras, como entrometerse en las misiones de los demás guardianes; pero él sabía luchar y comportarse como un hombre si la situación lo requería, ¿por qué no podían entenderlo?
Esa noche no fue la excepción y no tardó en despertar la furia de su Leviatán.
Gokudera tenía fama de ser inclemente en la organización, incluso más que Hibari. Por paradójico que sonase, era así. Porque Hibari no solía inmiscuirse demasiado en los asuntos de la Familia. Aparecía cuando era convocado o cuando lo necesitaban y solo mordía hasta la muerte a aquellos que perturbaban la paz, su paz. En cambio Gokudera se tomaba muy en serio su trabajo mafioso, debía hacerlo porque la familia dependía de muchas de las actitudes y decisiones tomadas por los guardianes. No solo para lograr subsistir, aun más importante, para lograr permanecer ocultos a los enemigos.
Lo que compensaba la crueldad de Hibari era su aparente carácter tranquilo, que efectivamente lo era solo en apariencia. En cambio Gokudera y su mal temperamento eran leyenda dentro de la organización. Y lo que por momentos tantos dolores de cabeza le traía al Décimo Vongola.
Sin embargo Lambo era uno de los pocos hombres en el bajo mundo que, ante el juicio ajeno, no le tenía ni una pizca de miedo. Algo admirable a ojos de los que estaban por debajo de los seis guardianes del Décimo.
No obstante sí le tenía respeto, uno frío. No escatimaba en poner distancia de él hasta incluso cuando le dirigía la palabra. Claro que no era el mismo Lambo el que le hablaba a sus "hermanos", que el Lambo que se dirigía a sus "compañeros de armas". Frente a los hombres de la organización y en situaciones determinadas, él sabía llamar a las cosas por su nombre. O en este caso, a demostrar el respeto que les tenía a dichas personas que merecían su reverencia. Por eso Tsuna era, para él, "Décimo Vongola" ante la organización, pero a solas, como cuando miraban televisión o compartían una merienda, se permitía ser más informal.
Maldita costumbre que le había pegado Fuuta en el pasado de llamarlo Tsuna-nii. A Basil podía hacerlo responsable de los honoríficos que gustaba emplear de vez en cuando y a las chicas de la consideración que había aprendido a tenerle a las de su género.
Pero según juzgaba Gokudera, Lambo ni siquiera les tenía algo similar al respeto. En el fondo, el chico sabía con ladina astucia que por mucho que le gritase e incluso lo golpease -en el caso de que Tsuna no fuera incapaz de impedirlo como siempre hacía- Gokudera, así y todo, no lo mataría. Por ende podía sacarlo de quicio sin tanto temor a las consecuencias. Lo habían hecho desde que era un párvulo de cinco años, ¿por qué sería diferente en el presente?
No obstante, sería una falacia asegurar que Lambo no le tenía miedo. El carácter medroso del Trueno de la familia también era leyenda en el bajo mundo.
No es raro suponer que por este amasijo de personalidades la gente ajena al círculo íntimo no lograse entender la relación tan extraña que tenían los Vongola, especialmente ese par tan disparejo y a la vez tan… milagrosamente unido (aun en contra de los deseos de los involucrados).
Lambo, quien le temía a algo tan inocente como a las palomas, no dudaba en levantarle la voz a la Tormenta del Décimo, con lo violento que este era. Ni tampoco Gokudera Hayato, siendo tan severo como era con aquellos que osaban desafiar al Décimo, era incapaz de hacer otra cosa más que gritarle cuando desobedecía.
Desde afuera, los demás contemplaban con asombrosa admiración esa insólita alianza. Por supuesto que los demás guardianes no lo veían con los mismos ojos. No les asombraba. Después de todo ellos habían crecido juntos, como individuos y como organización.
Lambo debía admitir que si nadie se metía con él era en gran parte por la Familia a la cual por fortuna pertenecía; sin embargo, pese al pésimo concepto que muchos tenían de él, Bovino sí poseía todas las aptitudes de un guardián para hacerse valer, en caso de necesitarlo. Claro que nunca lo necesitaba y he ahí el problema… Era un incomprendido social. Se sentía tan solo. En el presente más desde que I-Pin había dejado la Familia para ser una chica común y corriente; durante las vacaciones escolares solían tener mucho trabajo y no había tiempo para recrearse como los jóvenes que eran.
—¡Pudieron haberte matado, imbécil! —el puño de Gokudera golpeó la pared y Lambo se acurrucó más en ella.
Tsuna guardó silencio sin descruzar los brazos. Por supuesto que no le iba a permitir que se extralimitara con el chico, pero el escarmiento de momento le vendría bien.
—¡Pero no me mataron!
—¡Yo voy a matarte! —Apretó los puños para tratar de contenerse—¡Echaste todo a perder, vaca estúpida! ¡Como siempre!
—Gokudera —murmuró el décimo y solo eso fue suficiente para calmar a la fiera—. Lambo, te dijimos antes de empezar que si necesitábamos tu ayuda, te la íbamos a pedir. Moviéndote por tu cuenta, no solo te pones en peligro a ti mismo, pones en peligro a los demás, al no saber en qué lío te estás metiendo.
El punto era tan bueno, que cuando Tsuna dejó de hablar, hubo un voto de silencio. Lambo lo quebró, comenzando a llorar. Haciendo todo lo posible por contenerse, repitiendo incesantemente "debo… resistir" sin éxito.
—Bueno, lo entendí, ¿qué más quieren que haga?
—Primero, que pidas perdón —exigió Yamamoto con una seriedad inusual en él—, segundo que cuentes todo lo que pudiste ver cuando te infiltraste en el castillo de los Barzini.
Gokudera dio la vuelta y se fue, casi pasando por encima al Sol quien recién había llegado para ver a la oveja-vaca negra de la familia siendo retado por haber hecho una de las suyas.
Según juzgaban algunos: tratando de hacerse lucir innecesariamente, como todo adolescente temerario que se cree superior e inmortal.
Lambo no contestó, se enfocó en la figura que dejaba el cuarto. Con Gokudera siempre era igual. La Tormenta no quería escucharlo, no quería comprobar que él también era capaz de pelear y defenderse por su cuenta. Que era bueno en lo que hacía, que… necesitaba de su aprobación, por alguna estúpida razón que no terminaba de entender. Traumas de la infancia.
Estaba tan enojado que se guardó la información, incluso aunque su jefe le hubiera dicho a su apacible manera que era una orden. Los había mandado a cagar con ese tonito educado que gustaba forzar y lo dejaba, adrede, como a un sobrador, para después irse por el pasillo hasta su cuarto y encerrarse en él. Caprichoso y mañoso como siempre.
Fue tal el alboroto que Gokudera se terminó enterando, por mucho empeño que puso Tsuna en lo contrario. No tardó en estar frente a la puerta de Lambo exigiéndole a este que la abriese si no quería terminar con un kilo de dinamita en la cabeza; pero ese día Lambo fue tozudo como nunca.
Por lo general solía terminar sucumbiendo de miedo ante la idea de desatar la furia de sus hermanos. La seriedad de Yamamoto era algo que lograba conmover a cualquiera. Y frente a tan obstinada negativa, la dinamita finalmente fue usada, pero para tirar la puerta abajo.
—¿No te parece que has exagerado? —reprochó Tsuna. Era la segunda puerta en el mes que Giannini tendría que arreglar por su culpa.
Lambo estaba acuclillado en el piso, tapándose la cabeza para protegerse de la explosión. En su pelo, siempre perfectamente peinado con mousse, había trozos de material.
Gokudera intentó tomarlo de un brazo para arrastrarlo hasta afuera, pero Lambo forcejeó con él, hasta que Tsuna intervino para separarlos y meterse antes de que la caldera terminase por explotar.
—Por favor, Lambo, esa información puede ser importante para nosotros; compórtate como un adulto…
—Vete a la mierda, Tsuna-nii —El que no hubiera usado el "décimo Vongola", como solía hacer y en cambio lo hubiera nombrado con esa calidez, marcó una diferencia y sus palabras no sonaron tan duras. Sin embargo el cachetazo no se hizo rogar por parte de Gokudera. Y si lo había golpeado había sido porque, primero, el jefe merece respeto; segundo, porque a Tsuna-nii no debería hablarle así.
Lambo lo miró con tanto odio que lo congeló en el sitio.
Tal vez era cierto lo que sus ojos parecían acusar: se había excedido un poco. Sí, podía haberlo dinamitado al menos una docena de veces por semana -en promedio- y haberse peleado a puño limpio cuando este solo era un crío, pero una cachetada, jamás había recibido. Ni siquiera Nana había intentado disciplinarlo así. La única persona a la que se lo hubiera permitido.
Si Haru-san lo hubiera visto, sin dudas estaría reclamándole duramente a Gokudera semejante atrevimiento. Lambo volvía a sentirse solo e incomprendido, porque hacía meses que Kyoko-san se había ido de viajes de estudios con ella. De mal en peor, Reborn se había llevado también a Bianchi a Italia. Las extrañaba mucho, pero no era un niño para echarlas de menos de esa forma. Se suponía que ya era un hombre. Al menos lo que hacía con chicas de su edad era propio de la gente adulta.
—Te odio —decirlo en voz alta le heló la sangre.
Agradecía que Fuuta estuviera de misión y no en la base o no podría con su expresión de "¡no le digas algo tan feo a Hayato-nii!".
Había sido tan sincero y tan letal que Gokudera se quedó petrificado en el sitio. Pestañeó, como si volviera en sí o como si quisiera hacerlo. No entendía por qué, ni creía que le interesaba saberlo, pero esas dos palabras se le habían calado hondo.
Tal vez había sido el tono empleado, de profundo desprecio; tal vez el brillo de sus ojos, afirmando sin clemencias dichas palabras. No lo sabía, pero su turbación fue tal que Tsuna acabó por buscar algo de qué valerse para disipar el extraño ambiente que la últimas palabras de Lambo habían dejado en el lugar.
—Sabes cómo es…
Y Gokudera también sabía que no era la primera vez que oía ni oiría esa oración. A decir verdad, Lambo cada dos por tres se lo decía; pura y exclusivamente a él.
Cuando era un niño lo decía como si se tratara de un habitual "buenos días". Tiempo después dejó de hacerlo, el día que Tsuna le reprendió explicándole pacientemente que esa clase de palabras podían herir a las personas. Desde entonces Lambo había intentado dejar de lado insultos de ese talante.
Pero algo, en esa ocasión, había sido distinto a todas esas veces. Porque en las ocasiones anteriores sabía que Lambo soltaba palabras lacerantes movido por el enojo y la frustración, por capricho y enajenación, pero que no las sentía realmente.
En el presente, Gokudera no podía decir lo mismo.
…
Lo buscó por toda la base hasta que lo encontró llorando desconsoladamente en la falda de Chrome. Suspiró y miró a la chica, quien en silencio acariciaba el abultado cabello de Lambo con afecto. Apenas esbozó una minúscula sonrisa cuando vio al jefe.
Sin usar las palabras, lo acomodó en su cama y se puso de pie para ir afuera del cuarto y hablar en privacidad.
—¿Otra vez discutió con Gokudera-san?
Tsuna asintió y con la cabeza señaló la puerta de la habitación.
—¿Cómo está?
—Enojado, jefe —dijo escuetamente.
—Voy a pasar a hablar con él… —intentó dar un paso, pero Chrome lo frenó colocando sutilmente una mano en su brazo, que retiró de inmediato con lentitud.
—Me dijo que quiere irse.
—¿Irse —sonrió de costado—, adonde?
Chrome no respondió con palabras, guió la mirada al suelo, impasible. Con la mano le dio permiso para entrar a su cuarto. Tsuna dio la vuelta y caminó hasta la cama, sentándose en ella y colocando una mano sobre la espalda del chico.
—Lambo —lo llamó, pero el aludido se removió inquieto y furioso—¿Es verdad que quieres irte? ¿No te parece que ahora eres tú el que está exagerando?
—Si no soy útil para ustedes, prefiero irme con mi familia a Italia —al resaltar la palabra familia, intentaba dejar por sentado que a ellos ya no los consideraba como tal.
Tsuna ahogó el suspiro y se tomó su tiempo para hablar. Sabía que Lambo era muy impulsivo, hacía y decía las cosas sin pensar. No era la primera vez que amenazaba con irse de la organización, pero nunca cumplía. El enojo no solía durarle demasiado.
—Si quieres volver a Italia, sabes que no me opondré, Lambo… pero no eres inútil.
—¡Estoy cansado de que él siempre me haga sentir un estorbo! Siempre lo fui para él…
Tsuna arqueó las cejas, saturado con el tema. Sabía que hablaba de la Tormenta. Si las madres fundamentaban la existencia de la psicología, para Lambo lo era Gokudera.
—No te considera un estorbo.
—¡Ah, ¿no?! —se sentó en la cama para gritárselo a viva voz—¡¿No es el que siempre me dice "eres un estorbo, vaca estúpida"?!
—Pero… hace mucho que no te dice así —Tsuna debía reconocer que Gokudera era bastante duro con Lambo. Siempre lo había sido, pero ahora que el niño comenzaba a ser un adolescente con todas las de la ley, se había tornado problemático que siguiera siéndolo.
Lambo se tomaba muy a pecho lo que sus hermanos decían, pero era peor cuando lo dicho salía de la boca de Gokudera. Desde ya que esto no era obvio más que para él, por algo era el jefe de la Familia y por algo tenía lo que llamaban híper intuición.
—¿Te acuerdas lo que te dijo Bianchi? —murmuró con calma. Claro, lo que Bianchi le había dicho una vez que dejó de buscar matarlo al entender (gracias a Dios) que Lambo no era Romeo—Los hermanos a veces se dicen cosas feas, pero…
—¡Él no es mi hermano! ¡No quiero un hermano como él! ¡Es despreciable!
—Dices eso porque estás enojado, Lambo —le reprochó—, pero no te olvides que puedes lastimar a las personas al decir cosas así. Te quiere mucho y le duele que le digas que lo odias.
—Es mentira, no me quiere —se secó las lágrimas, por ese breve intervalo Tsuna sintió que estaba ante el Lambo de cinco años que él hubiera conocido en su momento—, y no me importa que no me quiera. Yo no lo quiero, lo odio.
—Sí te importa, sino no estarías llorando.
—No-me-im-por-ta.
—Ok, tú ganas —Él mejor que nadie sabía que nada podía contra la terquedad de su guardián más joven.
Se puso de pie comprendiendo que en esta ocasión algo se había quebrado, ¿el fino lazo que los unía, quizás? No, Tsuna tenía fe en esa unión; pero era evidente que algo se había agrietado en Lambo. Que la relación tal vez podría llegar a ser distinta. Que era hora de recordarles a los dos lo mucho que se querían, pese a lo mal que se llevaban.
Dejó a Lambo en compañía de Chrome y buscó a su otro guardián, quien pese a ser un adulto a veces no dejaba de comportarse como un auténtico adolescente berrinchudo. La puerta del cuarto de Gokudera estaba abierta, pero la golpeó por educación y para hacerse notar. En cuanto la Tormenta lo vio, le regaló una sonrisa despreocupada.
—Dice que se va a ir.
Eso fue suficiente para borrar la mueca de falso bienestar en sus labios.
—Eso dice siempre, décimo. —Circunspecto, le dio una pitada a su cigarrillo, terminando de acomodar la ropa recién traída de la lavandería.
La aparente indiferencia de su guardián le daba la pista de que descreía sus palabras.
—Esta vez parece decirlo en serio —el tono de su voz había nacido parco, casi inexpresivo y eso fue suficiente para acaparar la atención del guardián. —Lambo ya no es un niño, Gokudera.
—Pues se comporta como uno —chasqueó la lengua—, como siempre.
Tsuna se cruzó de brazos, sintiéndose muy molesto con la frialdad impresa en esas palabras, sin embargo sabía que no era eso, sino simple escepticismo. Gokudera firmemente no lo creía capaz de dejar la familia, porque después de todo, ellos lo habían aceptado como era: siendo el desastre que siempre fue.
Su familia en Italia lo había librado a la buena de Dios cuando apenas era un crío de cinco años, ¿qué le hacía pensar que lo necesitarían en el presente? ¿Qué lo recibirían con el afecto que nunca habían sabido demostrarle y que ellos sí le tenían?
—Espero que hagas algo —dijo Tsuna con firmeza—, porque yo esta vez no moveré un dedo. Si se quiere ir no lo detendré.
—No se irá —canturreó Gokudera con flojedad.
Tsuna cerró los ojos y después se frotó la frente, su guardián había dado la vuelta para concentrarse ahora con unos CD, la manera en la que lo ignoraba a él, siendo su querido e idolatrado décimo, le indicaba que la conversación lo ponía mucho más que incómodo.
—No te odia —dijo con afecto—. Sabes que no.
Gokudera dio la vuelta, plantando la mejor cara de desconcierto que podía simular, pero sabía que ante Tsuna era inútil esconder sus verdaderas emociones e inquietudes.
—Lo sé.
—No, no lo sabes —negó con una sonrisa—. No te odia, Gokudera.
El aludido frunció el ceño, molesto consigo mismo por no poder negar que el detalle de sentir ese desprecio lo hería. Por mucho que buscara esconderlo, la duda al respecto estaba mellándolo.
—Cosechas lo que siembras, ¿no? —dijo la Tormenta simulando indiferencia, miró hacia sus costados fijándose qué le faltaba por guardar; pero su mente se había alejado del cuarto y de lo que debía ordenar. Se había ido muy lejos, al pasado.
Tsuna creyó entender acertadamente lo que su guardián había querido decirle con esa frase. Trataba de fingir que no le afectaba el desprecio de Lambo porque, después de todo, él se había criado sintiendo el que le había dedicado Gokudera. ¿Era eso? Karma. Recibes triplicado lo que das.
—No hagas como si no te importara.
—Es que yo no puedo hacer nada al respecto —dijo con suma rapidez, como si hubiera adivinado que lo que el décimo iría a decirle—. Si él me desprecia, bien… —alzó los hombros—la vida continua. —Arrojó la cajetilla de cigarrillos sobre la cama—Cada año el pendejo se pone más difícil.
—No te desprecia, sabes que te admira. —Aquellas palabras acapararon de vuelta la atención del guardián, Tsuna sonrió con picardía—¿O ya te olvidaste?
Tomó aire, satisfecho. Por fin podía ver una expresión más transparente en Gokudera, ahora se mostraba contrariado. Había pestañado y guardado silencio, un poco estupefacto. Dolido y desquebrajado por dentro, pero ligeramente esperanzado. Al menos su mirada transmitía un poco de paz, de esa que evidentemente necesitaba.
Decidió dejarlo solo no sin antes recordarle de nuevo que él, en esa ocasión, no iba a interceder. Cuando se fue, Hayato se echó boca arriba sobre la cama. Estuvo mirando el techo el tiempo suficiente para que la cena estuviera lista.
Cuando se sentó, lo hizo tan bruscamente que se mareó. Permaneció un rato en esa posición sin tener la intención de pensar en nada, pero como si sus ojos obedecieran sus emociones encontradas, se fijaron en el último cajón de la cómoda.
Sabía que estaba allí.
Ahí guardaba sus recuerdos materiales más preciados. Se paró y caminó hasta él para abrirlo. Entre objetos que eran de su madre, cartas de su primer y ya olvidado amor, y fotos de su famiglia, estaban los dibujos de Lambo. Le costó dar con el que buscaba. Algún día debería reunir el coraje suficiente para acomodar ese cajón, pero no era algo fácil; siempre que se lo proponía terminaba enredado entre trozos del pasado, se le iba la noche y el cuarto acababa por terminar más desordenado de lo que en teoría estaba.
Dio con el papel y, sentándose en el suelo, lo abrió lentamente. Como si tuviera temor que al hacerlo este borrase o se encontrase con que no era como lo recordaba. Como lo había atesorado.
Se lo había dado Tsuna de contrabando, pidiéndole que no le dijera nada a Lambo. Fue luego de una discusión en la que el niño se había enojado tanto, pero tanto con Gokudera, que se había fugado de la casa… a la de Haru. Después de todo era un niño de siete años.
En su momento había sentido alivio, pensando en que al fin se habían quitado a la vaca estúpida de encima; pero con el correr de las horas y sobre todo cuando pasó un día entero, la ligera molestia no se apartaba, especialmente porque todos lo miraban como si le estuvieran culpando de lo ocurrido.
Ya, él le había gritado, cierto, pero le había gritado como siempre lo había hecho. Si la vaca se estaba volviendo más sensible con el correr de los años, de lo que ya era de por sí, no era su culpa.
Haru había llegado al otro día a la casa del décimo, hecha una furia e increpándole a la Tormenta por herir así a un niño tan bueno e indefenso como Lambo. Y él, que se quedaba sin saber qué demonios había hecho de diferente a las ocasiones anteriores para afectarlo tanto.
¿De qué se lo declaraba culpable? Gokudera creyó tener derecho a saberlo.
Y como no entendía, Tsuna subió a su cuarto y hurgó entre las cosas de Lambo. Llamó a Gokudera aparte y le pidió en un susurro que lo acompañara a su habitación. Una vez en ella, empezó a hablar con un tono sobrio de voz muy similar al que usaba en el campo de batalla y que, en ese momento, le congeló la sangre de espanto. ¿Su décimo estaba enojado con él?
Seguía diciéndose que no había hecho nada tan terrible para estar en el banquillo de los acusados.
—Lambo se toma muy a pecho lo que le dices últimamente… te has dado cuenta ¿verdad? —En su mano tenía un trozo blanco de papel que no había acaparado su atención hasta que el mismo Tsuna lo miró, como si le estuviera hablando a dicha hoja y no a su guardián—. El lunes hizo este dibujo…
Gokudera había arqueado la ceja, preguntándose que tenía que ver un dibujo con el aparente reto que le estaba dando su jefe; porque sin duda le quedaba claro que lo estaba regañando.
—Tuvieron una clase —continuó, mientras agitaba la hoja para que la tomase. Que el papel no era Hibari, no iba a morderlo—, en la que debían en dibujar a la persona que más admiraban.
Cuando Gokudera al fin lo abrió se encontró con los trazos enclenques que podía hacer un niño de siete años y llamarlo dibujo. Niño que sabía diferenciar mínimamente con colores los rasgos básicos de las personas que lo rodeaban en el día a día.
Un Gokudera de pelo gris, con cara de enojado y dinamitas en una mano que tenía seis dedos, lo dejó boquiabierto.
—No me dibujó a mí, ni a mamá… —continuó Tsuna—… te dibujó a ti —remarcó.
—D-Décimo —¿qué podía decir en un momento tan embarazoso como ese?—Yo… no sabía…
—Ahora lo sabes, así que cuida lo que dices… —casi fue una amenaza, que enseguida suavizó con un tono de voz mucho más suave, acompañada de una sonrisa—… porque puedes lastimarlo. Lambo te quiere. Te quiere mucho.
"Lambo te quiere mucho". Desde esa tarde, esa frase se le quedó grabada a fuego, acabó por creérsela y, no pudo precisar cuándo ni cómo, pero él también aprendió a quererlo. Como el hermano molesto que nadie puede soportar, aprendió a tenerle esa clase afecto.
Lo que nunca aprendió a tenerle fue paciencia.
En el presente, sentado en el suelo con el dibujo en la mano, amarillento por el paso del tiempo, sonrió. Sentía las mismas emociones que había sentido esa vez y que experimentaba cada vez que miraba dicho dibujo.
Orgullo.
Lambo no había dibujado al Décimo, ni siquiera a Hibari, quien nadie dudaba al decir que era el guardián más fuerte. Ni tampoco a su mamá adoptiva o a su familia en Italia. ¡Ni siquiera a Reborn! Bueno, aunque en teoría a este lo odiaba.
El punto es que Lambo tenía de donde elegir, ciento de personas lo rodeaban a diario; pero pese a toda esa gente fuerte que lo ayudaba a crecer y presenciaba dichos cambios, había elegido dibujarlo a él.
Por supuesto que Lambo nunca supo que su secreto había sido descubierto. El décimo, en ese entonces, le había pedido silencio a la Tormenta porque sabía que el niño no tenía intenciones de hacerle saber algo tan bochornoso para él.
Receloso de ello, ni siquiera había querido mostrar la tarea. Cuando esa tarde llegó a casa y mamá le preguntó qué había hecho en la escuela, le mostró el dibujo a ella, pero se lo ocultó a Tsuna. Por supuesto que para el susodicho no le había resultado nada difícil averiguarlo, aprovechando la hora del baño para curiosear entre sus pertenencias.
Fue ver el dibujo y sentirse tan sorprendido como su guardián. Al menos en un primer instante, porque lo cierto es que el garabato confirmaba lo que Tsuna ya había intuido desde hacia tiempo. No tardó en sonreír complacido y el papel, luego, desapareció misteriosamente.
Lambo trató de dar con él por cielo y tierra, sin explicarle a nadie lo que buscaba, limitándose a decir "debo encontrarlo, debo encontrarlo". A Tsuna le había resultado muy tierno descubrir aquello y lo había guardado porque algo le decía que algún día podría llegar a necesitarlo. Si en cambio se lo quedaba Lambo iba a acabar como los demás dibujos: rotos a pisoteadas, mojados con leche y jugo de uva y, en consecuencia, en el tacho de basura.
…
Gokudera se puso de pie doblando la hoja amarillenta y la metió dentro del bolsillo del pantalón, luego subió las escaleras para ir a la cocina de la base y comer. No le resultó extraño que en la mesa faltase el más pequeño de la familia.
—Después va a tener hambre —susurró, quebrando el silencio mortuorio. Los presentes se le quedaron mirando de una manera que le llevó a preguntarse si acaso habían hecho voto de silencio. Admitía que en ese cerrado mutismo sus palabras habían rebotado contra las paredes y sonado fuera de lugar, fundamentalmente porque nadie estaba hablando de Lambo y, por lógica, podían no entender a qué iba el murmullo—¿Qué? ¿Qué pasa? —Los miró, levemente sobrecogido. Dejó los oashi sobre la mesa y alzó las cejas—Qué ambiente —se puso de pie, fastidiado—, así no se puede comer.
—Gokudera —Tsuna intentó llamarle la atención.
—Buen provecho. —El guardián elevó una mano y se fue.
Caminando por los pasillos no pudo evitar desviarse un poco. Las habitaciones de los guardianes solían estar todas en el mismo nivel, pero la del décimo, junto a la suya y a la de Yamamoto, estaba en un nivel más abajo. Por eso no tenía excusas para pasar frente al cuarto de Lambo, pero tampoco necesitaba de una para hacerlo, ¿o sí?
Miró de reojo, tratando de aparentar que no lo hacía. Al ver que estaba de espaldas frenó el paso ante la puerta inexistente. Había olvidado que hacia pocas horas él la había destrozado con una de sus dinamitas.
Lambo estaba acomodando sus cosas y sobre la cama, ya limpia de escombros, había una maleta abierta, llena de ropa. Gokudera frunció el ceño. La palabra prendía de su boca, pero no tenía voz para preguntarle si en verdad se iba. Apenas se animó a pensarlo.
Lambo se dio cuenta de que su espacio personal había sido invadido. Dio la vuelta lentamente y en cuanto lo vio frunció el ceño, acomodando con cierta violencia contenida las pertenencias más personales. No rompió el frasco de perfume porque era de plástico, de haber sido de vidrio la historia hubiera sido muy distinta.
Sin embargo Gokudera no dijo nada. Nunca había sabido cómo hablar con Lambo. Siempre estaba gritándole y despotricando contra él. No era Yamamoto, no podía decirle "¿quieres jugar una partida a la consola?" como excusa para pasar un rato a solas, ni era Chrome o Ryohei. Lamentablemente era Hayato Gokudera, la persona más insociable dentro de la base compitiendo codo a codo con Hibari. Sin dejar de lado que era a quien más le costaba relacionarse con Lambo sin terminar a los gritos y a los golpes, incluyendo los llantos de la víctima y los retos del Décimo.
Tomó aire y hurgó en el bolsillo de su pantalón, al mismo tiempo que Lambo perdía su paciencia.
—¿Qué quieres?
En respuesta Gokudera se metió dentro del cuarto sin haber sido invitado. Lambo dio un ligero respingo y se echó hacia atrás, temblando levemente, ¿iría a golpearlo? ¿Otra vez? Maldición, Tsuna no estaba cerca; pero la mano que el guardián había levantado no ostentaba un puño, sino un trozo de papel.
Un inofensivo trozo de papel.
Gokudera le instó a que lo tomara, agitando impaciente la mano, que tampoco era una bomba. Lambo estudió sus facciones, tratando de adivinar si estaba enojado, molesto, triste, contento, chiflado, algo… pero nada. Se mostraba impertérrito, ¿incómodo? ¿Redimido? No lo sabía, pero le pareció que lo mejor sería tomar lo que le daba.
Sin decir nada dio la vuelta y se fue, dejando a Lambo más desconcertado que al inicio. Alzó las cejas preguntándose qué demonios le pasaba ahora a Gokudera para actuar de esa manera tan misteriosa. Abrió el papel y tuvo que sentarse en la cama para no caer de trasero al piso.
Reconocía el dibujo, ¡si cuando era chico había pasado unos meses horribles buscándolo! temiendo que cayera en las manos equivocadas. ¿Quién iba a decirle que estaría en poder de la última persona a la que le hubiera querido mostrar su arte?
Se llevó una mano a la boca, tratando de reprimir las lágrimas. Era un hecho: nunca dejaría de ser un llorón.
La inseguridad me come viva, pero igual muchísimas gracias por haber leído ^^, espero que les haya gustado. En cuanto pueda traigo lo que sigue.
29 de agosto de 2012
Merlo Sur, Buenos Aires, Argentina.
