Capítulo 2 de 3


Estaba acostado y sintiendo como el estómago le tronaba de hambre. Eso de irse a dormir sin cenar no había sido una buena idea. Escuchó el llamado a la puerta y, creyendo que a esas horas de la noche solo podía ser el décimo, no se preocupó por estar en ropa interior y le dio el permiso para pasar.

—Lambo… —Ante él no estaba su jefe; de todos modos no se mostró cohibido. Se sentó en la cama y buscó el pantalón para ponérselo, con tanta calma que Lambo tuvo tiempo de sobra para acomodar las palabras en su mente, y hasta hacer una canción con ellas si quería.

—¿P-Por qué tenías esto? —Le costó un mundo y medio preguntarlo.

Gokudera se rascó la cabeza, buscó un cigarrillo y lo encendió.

—Te pregunté que por qué tenías esto —reiteró, ya sin tanta seguridad. —No entiendo por qué lo tienes tú si…

—Me lo dio el décimo, hace años —respondió interrumpiéndolo, con un tono tan apagado que pareció ser de hastío. —No te enojes con él.

Caminó hasta su cajón de los recuerdos y con un dedo, sin palabras, le pidió que se acercara.

Lo abrió al mismo tiempo que se sentaba en el suelo, Lambo no tardó en imitarlo. No tenía por qué tener miedo. Gokudera revolvió hasta que dio con la pila pequeña de papeles.

—Este fue uno que dibujaste en tercer grado, se suponía que la consigna era dibujar a tu familia —trató de reprimir la sonrisa—, pero nos dibujaste a nosotros seis. —rió quedamente.

Lambo arqueó las cejas y tomando la hoja rememoró:

—La profesora no me creyó —También rió bajito, mientras estudiaba los detalles del dibujo, sintiendo una emoción extraña que le oprimía el pecho, pero que no era molesta aunque le daban ganas de llorar.

Bueno, pero todo le daba ganas de llorar.

La profesora le había reprendido diciéndole que debía retratar a su familia mientras él le aseguraba severamente que esa era su Familia. Su Familia mafiosa. La buena señora lanzó una carcajada y acabó por felicitarlo por tamaña imaginación.

—Este me lo hiciste cuando estuve internado —Gokudera miró el dibujo con nostalgia.

Había despertado en la cama del hospital después de haber pasado casi un mes en coma, al borde de la muerte. Sobre la mesa, repleta de presentes y augurios de buena salud, había un papel apoyado contra un florero.

I-Pin había coloreado el dibujo de un Gokudera gruñón y Lambo había escrito con endeble caligrafía un "¡recupérate y vuelve a casa pronto!", como si él viviera con ellos.

Para ese entonces Lambo ya tenía diez años.

—Este lo hiciste para mi cumpleaños número veinte.

En su mano tenía uno de los que más le gustaba, tal vez porque en ese no se mostraba un Gokudera gruñón y con dinamitas encendidas en las manos, sino uno feliz, con manos de cinco dedos y junto a un Lambo demasiado grande en proporciones. Después de todo Lambo para ese entonces ya tenía casi once años.

Ese había sido el último dibujo hecho por el Picasso de la familia. Nunca había tenido madera de artista, pero a Gokudera le parecían horrorosamente perfectos.

—No tenía nada para regalarte —recordó, rompiendo el monólogo de Gokudera—, y pensé que un dibujo iba a suplir esa falta —lo tomó, leyendo lo que estaba escrito—"Hakodera y Bobito"

Ambos esbozaron una sonrisa, reprimiendo la carcajada. Lambo se sulfuraba ante ese mote, se había habituado al "vaca estúpida", pero cuando Gokudera pasó a llamarlo "Bobito", algo en la expresión le causaba profunda molestia. Tal vez que solo se lo dijera él.

—Te lo decía con cariño —lo empujó, hombro con hombro—, bobito.

—No me digas así —reclamó con desgana, frunciendo el ceño y tratando de lucir enojado, lejos de estarlo en verdad.

En esa época, cuando supo que los chicos malos de su clase lo llamaban "Bovino bobo", lo reprendió por permitirlo: "Solo yo puedo recordarte lo muy idiota que eres, Bovino bobito". Se enojó tanto que gastó la ración de granadas del día en él, pero desde entonces, no permitió que nadie lo llamase "bobo" o similares, y se enfurecía ante el mote.

Le había enseñado en su momento a defenderse de los abusones, le había dicho que no permitiera que nadie en la escuela lo tildase de tonto, aunque lo fuera; pero en el fondo sabía que cuando de Gokudera salía esa palabra, siempre nacía con algo que uno podría llamar "cariño".

El silencio que sobrevino entre los dos fue embarazoso a más no poder. Hasta que oportunamente el estómago de Lambo hizo su colosal participación y se unió al diálogo.

—Veo que tú también tienes hambre —Gokudera se puso de pie—, ven, vayamos a saquear la despensa.

Lambo tomó los papeles con prisa para dejarlos dentro del cajón, a excepción de uno. Al hacerlo no pudo evitar reparar en los objetos que había. Sabía que la mujer de la foto era la madre de Gokudera y pensar en que sus dibujos compartían un espacio tan vital en la vida de la Tormenta, lo llenó de un sentimiento al que no podía darle nombre.

Y con una sonrisa subió hasta la cocina.

Comieron sin usar cubiertos, directamente con la mano. Hablaron poco porque el hambre primaba, pero entre los dos fueron reconstruyendo el pasado que tenían en común, hilando pasajes de la infancia de Lambo. Había muchas cosas que él no recordaba o bien, que las recordaba desde su lugar de niño, un recuerdo distorsionado.

Los "¿y te acuerdas de aquella vez?" pobló el espacio que compartían, mientras el chico lo escuchaba hablar, contándole muchos pasajes que él recordaba y otros tantos que no.

—Había una chica que me gustaba mucho —confesó ya sin pena, en ese entonces alegaba que las mujeres le resultaban molestas y entrometidas, pero una muchacha extranjera que había conocido en la tienda de rarezas le había dado conversación sobre ovnis y seres extraños. —Ella había ido a la casa del décimo porque él la había invitado. —Lo miró, divertido—¿De verdad no te acuerdas?

La muchacha le había escuchado hablar con sumo interés sobre los UMA's y Tsuna no había podido evitar sonreír al darse cuenta de la emoción en su guardián, y por ese motivo no tardó en invitarla a su casa a tomar un té. Porque pese a que Gokudera se lo había negado con ahínco, asegurando que no tenía interés en ella, había sido evidente que congeniar tanto con una chica con sus mismos gustos excéntricos le había abierto un nuevo mundo. Las mujeres ya no le parecían tan aburridas.

—No, no me acuerdo…

—Tomaste un palo —contó con calma, mordiendo un trozo de pollo—, se lo partiste en la espalda y saliste corriendo —hizo el gesto con las manos.

—¿De verdad hice eso? —abrió grande los ojos ante tanta violencia de su parte.

—Y te sorprende —entrecerró los ojos. Lambo era de tener esa clase de actitudes y otras más impetuosas. En su momento tuvo que agradecer que no hubiera usado una granada—. Esa fue la última vez que la vi —había cierto desazón en el tono, pero Lambo no pudo evitar estallar en carcajadas.

La melodía de su risa, así como voz, siempre era elegante y cautivadora pese a que todavía era muy joven.

—¿Y por qué lo hice?

—No sé —alzó los hombros—, yo corrí detrás de ti para molerte a golpes. —Tsuna había dicho que habían sido celos y aunque lo descreyó ese día, en el presente se figuraba que algo de eso hubo—. La verdad es que no sé por qué lo hiciste; ella no había hecho absolutamente nada, ¡si recién llegaba! —argumentó con firmeza—. Pero sí, señor… —asintió—le partiste un palo en la espalda y saliste corriendo. Me acuerdo muy bien.

Lambo, jocoso, le pidió que le contara más anécdotas como aquella. En la base era difícil saber si era de día o de noche, pero el reloj en la cocina marcaba más de las cinco de la mañana para cuando Gokudera se cansó de traer a la mente las travesuras de un pequeño, antojadizo y molesto Lambo.

—Era un dolor en el culo —reconoció con algo que parecía ser jactancia.

—Lo sigues siendo —argumentó con dureza y una pizca de gracia; pero Lambo estaba muy divertido para ofenderse por ello, además lo decía sin mostrar verdadero disgusto, como si en el fondo le agradase tener esa clase de recuerdos para compartir con él. —Nunca sabíamos de lo que eras capaz de hacer.

—Cuéntame algo más.

—Ya es tarde, Lambo —miró el reloj de nuevo—, son las seis de la mañana —se puso de pie colocando sobre la pileta a lavar lo poco que habían ensuciado.

—Iré a dormir. —Admitió su cansancio bostezando—Buenas noches... —dudó un instante— o debería decir "buenas mañanas".

Gokudera correspondió el saludo con un asentimiento de cabeza, pero antes de que dejase la cocina le frenó el paso con una simple interrogación.

—¿Te irás? —Por fin había conseguido hacer esa crucial pregunta que le estuvo atormentando todo el santo día.

Lambo pareció contrariado, como si no supiera la respuesta o como si temiera dar la equivocada. En su vanidad no quería reconocer que ya no tenía motivos para partir.

—Tal vez —alzó las cejas, autosuficiente y presuntuoso, mientras se miraba las uñas para lucir más desamorado—; puede ser.

Si esperaba que Gokudera le rogase, podía hacerlo sentado.

—No puedes hacer lo que te plazca, Lambo —había cierta aspereza en sus palabras—, eres un guardián Vongola —terminó de lavar y se secó las manos—, el décimo te necesita.

—No me necesitan —contradijo, frunciendo el ceño y enfurruñándose como un niño. Miró hacia un costado, para ocultar las emociones que lo desbordaban.

—Podemos llegar a necesitarte.

Con eso Lambo asintió y adoptó una postura más digna de un guardián. Y aunque Gokudera se quedó sin saber si le había hecho el mínimo caso, al otro día y con pocas horas de sueño estuvo listo en la oficina de la central Vongola para decirle a su jefe todo lo que sabía sobre Barzini.

La predisposición de un caprichoso Lambo, aunado al detalle de que no había mencionado nada respecto a su partida, le dio a pensar a Tsuna de que esos dos habían podido amigarse de nuevo.

Siempre era igual con ese par.

Tsuna decidió esperar a que Yamamoto y Gokudera estuvieran presentes antes de hacerle hablar; de esa forma Lambo no tendría que contar todo dos veces. Desayunaron mientras aguardaban por ellos.

La historia de Lambo había revelado lo que ya sospechaban; Barzini no estaba escondido donde se suponía que debía estar. El menor de la familia aseguraba no haberlo visto ni tampoco haber tenido problemas para llegar a la sala central del castillo. Por lógica era de esperar una cantidad considerable de hombres apostados allí para salvaguardar la seguridad de su jefe.

—Por descarte —dijo Yamamoto, al ver que Tsuna le cedía la palabra—, está refugiado en el bunker de la alameda; pero no nos confiemos tampoco en que no está en el castillo.

—Entonces, el plan sencillamente es matarlo —Gokudera alzó los hombros, impávido—, ya, ¿qué hacemos perdiendo el tiempo?

—No son mafiosos comunes, Gokudera —le sermoneó el jefe—, ellos también tienen cajas.

—Sí, yo las vi —Lambo asintió con seguridad.

—Fueron astutos —Yamamoto sonrió, cerrando brevemente los ojos—, nos obligaron a subestimarlos. De esa forma íbamos a ir con la guardia baja. Seguramente esperaban que enviáramos a los regimes más débiles.

—Y hubiéramos tenido un montón de bajas de ser así —Gokudera perdió la mirada. —Bueno, ¿entonces? ¿Cuál es el paso a dar?—Él siempre había sido hombre de acción, aunque uno pensante. El plan iría elaborándolo sobre la marcha, como casi siempre hacía cuando el tiempo apremiaba. Él gustaba sacar soluciones de la galera—Déjeme ir a mí al castillo —pidió con raigambre—; si esperan a que nosotros vayamos allí como primer lugar, de seguro habrá una trampa y estarán apostados la mayor cantidad de hombres.

Tsuna sonrió levemente, Gokudera nunca había tenido problemas en enfrentar lo más peliagudo de las misiones, incluso aquellas que implicaban trampas. Era bueno para sortear obstáculos mentales y físicos; pero había sido por su carácter tan temerario que no había dudado en darle el control absoluto de la zona sur de Namimori, que implicaba el negocio de armas.

Siempre había tipos duros tratando de negociar con los caporegime para venderles, y no era problema el negocio en sí –ellos mismos solían recurrir al mercado negro-, el principal problema era cuando los integrantes de alguna de las familias con las que tenían enemistades pretendía introducir "cajas" en el mercado.

Fuera cual fuera la Familia a decir verdad, porque las cajas imprudentemente usadas por gente no capacitada o de plano inexperta, siempre traía problemas. Y aunque ellos no necesitaran de algo como las armas de fuego, las tenían por una cuestión de lógica.

No emplees un fusil para matar una mariposa.

Por eso había asignado a Gokudera aquella zona. Su temperamento era lo suficiente rígido para mantener a raya a hombres que estaban acostumbrados a lidiar diariamente con la muerte. En el bajo mundo le tenían tanto respeto, como miedo. Asimismo, el regime de dicha zona también había sabido crearse su reputación. Siempre cumplían todas las misiones; no hacerlo implicaba desde el desterramiento a la muerte, dependiendo del grado de insubordinación cometido.

Los hombres de Gokudera eran fieles a él porque sabían lo que podría llegar a pasarles de no serlo.

Si había algo que alguien con la filosofía de Gokudera odiaba más que a nada en el mundo, era la traición. Por ese motivo nadie se atrevía a traicionar la confianza de quien era a la vez el hombre más leal al Décimo Vongola.

Gokudera se encargaba de dejar en claro a cada novato que una traición hacia él, era indirectamente una traición hacia Sawada Tsunayoshi. Lo cual era imperdonable.

—El tema de quién irá lo dejaré para lo último —aclaró Tsuna, guiando la mirada hacia la Lluvia—, Hibari-san sigue en el oeste, ¿verdad?

—Sí, todavía no ha terminado de limpiar la zona.

Muchos años atrás la mera insinuación al respecto hubiera puesto los pelos de punta a un joven Tsuna, pero en el presente sabía lo necesario que era cargar con unas cuantas muertes sobre los hombros.

No, él jamás aceptaría quitarle la vida a alguien, no era Dios, ni era nadie para decidir algo de ese talante, pero a veces era difícil razonar con los hombres del bajo mundo.

Y para eso estaba Hibari. Él sí sabía hacerles entrar en razón de una manera muy persuasiva y actuar cuando las palabras no servían. Esa era la razón por la que le había dado el control absoluto de la Zona Oeste de Namimori donde el narcotráfico hacía de dicho sector un verdadero campo de batalla, con hombres que estaban dispuestos a todo, a lo que fuera, con tal de no perder un negocio tan lucrativo, valuado en millones de dólares.

Eran, a la larga, la clase de mafiosos más temibles porque eran capaces de vender a su madre al mejor postor. El negocio de las drogas –legales e ilegales- es lo que más dinero mueve y moverá siempre en el mundo.

A Tsuna no le importaba llenarse los bolsillos con el vil metal, con lo que ganaba en los negocios propios de la Familia le alcanzaba de sobra. Sus designios tenían que ver con el Tri Ni Sette, muy lejos de esa clase de vida. No obstante era una realidad que el no tener interés en ser parte de esa movida le traía varios inconvenientes. La lista de enemigos de los Vongola era tan larga como la de los aliados.

Como Tsuna controlaba gran parte de Japón con su carisma e influencia, la droga no circulaba por carriles que serían convenientes para los narcotraficantes. Por eso, cada cierto periodo de tiempo, diversos capos mafiosos solicitaban entrevistas con el Décimo Vongola para ofrecerle tratos jugosos en negocios turbios. El problema empezaba cuando Tsuna, gentilmente y con una sonrisa, luego de haberles ofrecido cigarros, tabaco, alcohol y comodidad en la oficina falsa que tenían en el centro de Namimori, se negaba rotundamente.

La clase de hombres con la que debía lidiar el Décimo no aceptaba un "no" como respuesta. La guerra, entonces, no tardaba en iniciarse apenas el despachado mafioso en cuestión se hubiera ido frustrado e insatisfecho por la respuesta obtenida, que resultaba ser siempre la misma e inflexible.

Tsuna lo solucionaba de la manera más sencilla. Él mandaba a uno solo de sus hombres a luchar contra el ejército de turno. Hibari solía encargarse a la perfección de esa clase de asuntos en compañía de su reducido regime.

—¿Cuánto tardará en volver?

Yamamoto alzó los hombros, Hibari no era un hombre que gustase de comunicar el avance de sus misiones; él no tenía por qué rendirle cuentas a nadie y si respondía a Sawada Tsunayoshi era simplemente porque había aprendido a tenerle el mismo respeto que le tenía al bebé. Aunque no dejaba de asegurar cada tanto que algún día los mordería a los dos hasta la muerte.

Si bien las razones por las cuales Hibari servía a Tsuna permanecían ocultas hasta cierto límite, todos sabían que tenía que ver con un incidente ocurrido hacía varios años, en el que Tsuna intercedió a favor del ex presidente del comité de disciplina. Historia larga y que en la Familia era leyenda, un rumor vago y a veces escéptico sobre cómo había conseguido Tsuna domar a alguien tan inclemente, cruel y desalmado como lo era Kyoya Hibari.

Tsuna había sido muy reservado al respecto, ni siquiera su Consigliere o su mano derecha conocían la historia. Por eso suponían acertadamente que gran parte del respeto que le tenía Hibari a Tsuna se debía justamente a ese voto de silencio.

—Cuando lo llamé para saber qué tal iba el trabajo lo único que me dijo al respecto fue: "No fastidies, Yamamoto Takeshi, o te morderé hasta la muerte cuando vuelva", y me cortó —estalló en carcajadas, mientras Tsuna suspiraba y dejaba caer desganado su cuerpo sobre el escritorio.

—Siempre igual —refunfuñó Gokudera cruzándose de brazos.

Lambo seguía en silencio, observando la escena con suma atención. Sabía que su lugar no era allí, en la oficina de Tsuna mientras este tenía una reunión con sus hombres más fieles, pero de cierta manera se sentía parte de ese círculo, se sentía cerca de ellos como nunca antes.

Los tres siempre se reunían en la oficina de la base, llegaban a un acuerdo, llamaban a los demás Guardianes para informarles y de allí salían las órdenes que impartían a los demás. Y ser parte de ese vínculo cerrado le hacía sentirse importante y valorado.

Tsuna lo miró como si recién reparase en él. Creyó que le hablaría, pero simplemente le sonrió y desvió de vuelta la mirada para fijarse en la Lluvia.

—Onii-chan debe ir a su zona, estamos con las defensas bajas. —Pese al paso del tiempo, Tsuna nunca había dejado de llamar al guardián del Sol con el mismo mote que de jóvenes—Con todo este asunto de Barzini hemos perdido a muchos hombres y algunos capos se han aprovechado de ello.

Ryohei se encargaba de lo que, de cierta forma, mantenía económicamente a la Familia y que era el juego; tanto legal, como el entretenimiento ilegal.

Aunque Tsuna se había negado a sumar la prostitución a la larga lista por una cuestión de principios, eran mayoría las prostitutas que preferían trabajar bajo el control de Sasagawa. Porque de él no solo recibían protección, sino también atención médica y una subvención económica por parte de la Familia Vongola cuando no podían ejercer por enfermedad o por cualquier otro motivo.

Sin duda lo que le ofrecía Sasagawa era mil veces mejor a que estar en la calle o bajo el yugo de algún otro jefe mafioso sin escrúpulos.

De esa forma el negocio se fue formando sin que Tsuna estuviera plenamente de acuerdo. Cuando quiso darse cuenta, estaba dándole refugio a una docena de chicas que buscaban seguridad bajo su ala, ofreciéndole sus servicios a cambio para el beneficio económico de la familia. Servicios que igual pensaban darlo en la calle, con o sin la protección del Décimo Vongola.

Sasagawa mantenía a raya a todos los chulos que buscaban lastimarlas y había sabido ser gentil con ellas a su masculina y extrema manera. Las mujeres en el bajo mundo lo adoraban, porque él no permitía ninguna clase de abuso hacia sus chicas y eso incluía a los hombres de su propio regime. ¡Respetar a una mujer al extremo!, era lo que siempre decía antes de moler a puños al insubordinado de turno.

Con los salones de juego, la Familia vivía bien. Poseían la infraestructura más importante de todo Japón: un hotel con casino que era controlado por Ryohei. Cada pelea llevada a cabo, fuera profesional o no, también era controlada por él. El porcentaje de todo el dinero que obtenían por televisar encuentros entre boxeadores conocidos, y las entradas que cobraban en las peleas callejeras ilegales, eran también administrados por Sasagawa.

Este era conocido por tener un carácter explosivo, pero también por ser simpático y atento con las personas. Sin embargo no dejaba de ser un Vongola y por eso se lo tenía en consideración. Podía invitar con una cerveza a un desconocido y hablar sobre boxeo con este por horas, pero si lo "buscaba", también podía dejar al desdichado de turno sin un hueso sano, internado en el hospital y al borde de la muerte. Otro que sabía poner en apuros a Tsuna. Con un par de copas de más, Ryohei era extremadamente peligroso.

—Tú tienes que quedarte aquí conmigo —aseguró el décimo mirando a Yamamoto con una tenue sonrisa; no tardó en percibir la incomodidad de Gokudera gracias a un suspiro seguido de un leve carraspeo. Lo miró y le sonrió ampliamente—Tú querías ir al castillo, ¿verdad?

—Sí.

—Bueno, entonces —Yamamoto tomó la palabra—, lo mejor será enviar a Chrome y a su regime a la alameda, en busca de Barzini.

Tsuna asintió con convicción. A ella le quedaría el trabajo más difícil, tratar de conseguir que Barzini dejase su escondite y se entregase por las buenas. Sabía que eso último no sería posible, y en cuyo caso la única opción viable para el hombre sería la muerte.

El décimo tomó aire, tratando de borrar esa ligera sensación tirana que siempre le dejaba la Parca. La manera de no sentir remordimientos, el mecanismo que utilizaba, era traer a la memoria los cadáveres de todos aquellos que habían sido parte de su querida Familia. Personas que habían sido leales a él y que Barzini había matado.

No quería que más integrantes de su Familia muriesen.

De esa forma pudo alejar las dudas de él. Si le daba la orden a Chrome, ella llevaría a cabo el trabajo con la eficiencia que siempre supo emplear cuando su jefe le da indicaciones. Y también, como siempre, la acompañaría su particular regime. Particular porque era uno de los más exiguos de todos pues apenas estaba compuesto por Ken y Chikuza. El resto solía tener un regime que iban de la docena, como tenía Hibari, a los cincuenta o los cien hombres.

—En cuanto a Lambo… —lo miró, notando que por haberlo mencionado estaba colocándole en una situación difícil.

Quería darle un lugar importante en la Familia, lo habían hablado con Yamamoto la noche anterior. Ellos mismos habían empezado a involucrarse en los trabajos de la Familia con tan solo quince años. Proteger a Lambo, al final, había resultado lo peor, porque era evidente que el chico quería ser un participe más activo.

—Vendrá conmigo —Gokudera interrumpió el dictamen del jefe, sorprendiéndolos.

Tsuna meditó la propuesta; era muy arriesgado para Lambo enfrentarse a una de las partes más dura del trabajo; más tomando en cuenta su poca experiencia en batalla, pero a la vez creía comprender el fin de Gokudera. Sonrió. Sí, sin dudas la Tormenta sabría cuidarlo y actuar acorde a las circunstancias. No tenía de qué temer.

—Bien —accedió, dándoles el visto bueno. Cuando Gokudera se puso de pie para irse, Lambo lo imitó, parándose tan rápido del asiento que la silla rechinó ensordecedoramente. Era evidente que estaba ansioso. —Harás lo que Gokudera te diga, ¿está claro, Lambo? —Tsuna buscó asegurarse de ello.

—Sí, jefe —asintió con solemnidad.

—Y tú —dijo la Tormenta mirando a Yamamoto—, cuida bien del décimo, idiota.

—¡Haha! No te preocupes, no pasará nada aquí en la base.

Gokudera gruñó por lo bajo. Quería ir al castillo a encargarse del asunto, pero se suponía que él era el guardaespaldas de Tsuna. Dejarlo sin su estricta vigilancia lo inquietaba, no obstante sabía que si quería cuidar de la seguridad de su jefe, más le valía erradicar el problema de raíz.

Cuanto antes terminase con el trabajo, todo volvería a la calma y ya no habría más intentos de asesinato. Todavía le dolían las cicatrices de los balazos que había recibido en uno de los últimos atentados contra Tsuna. Los hombres de Barzini habían ido contra ellos una tarde cuando Tsuna despedía a su madre en el aeropuerto.

Apenas bajaron del coche una lluvia de balas cayó sobre ellos, casi sin darles tiempo a nada. Habían apuntado a mansalva contra Gokudera siendo conscientes de que por ser el guardaespaldas del Décimo solía estar siempre alerta, armado y dispuesto a dar guerra.

Tsuna supo protegerlos a los dos, tanto a su madre que se había refugiado contra el auto, como a su mano derecha; pero Gokudera no la sacó barata y tuvo que ser hospitalizado. Otra vez al borde de la muerte.

Cuando los dos se fueron de la oficina, Yamamoto aprovechó la soledad para tocar un tema con Tsuna en el que había estado meditando en los últimos días.

—Si todo sale bien… me gustaría darle mi zona a Lambo. Es muy tranquila.

Tsuna sonrió con incredulidad. Si el Norte estaba en paz era precisamente por el temperamento apacible y negociador de Yamamoto. No por obra y gracia del Cielo, sino de la Lluvia.

—Está bien, igual te necesito como Consigliere aquí.

Pensaba darle a Chrome la zona de Yamamoto cuando la sucesión fuera llevada a cabo, pero no le parecía mala la propuesta de su Guardián. De esa forma Lambo podría tener su propio regime y adquirir más experiencia; pero consideraba que debía conseguirse sus propios hombres y los de Yamamoto ser reubicados.

Pero se estaba adelantando demasiado, primero quería evaluar el desempeño de Lambo en esa misión; esperaba que todo saliese bien. Por un leve instante la duda lo colmó, porque ese par nunca había aprendido a llevarse bien.

Sin embargo las cosas salieron mucho mejor de lo esperado. Resultó ser que Barzini no estaba refugiado en la alameda, así que Chrome no tuvo dificultades para enfrentarse a los pocos hombres que estaban allí. La información que recabó era la que necesitaban para dar el siguiente paso. Barzini sí había estado refugiado en el bunker de la alameda, pero debido al movimiento imprudente de Lambo, habían decido por la seguridad del jefe enviarlo de vuelta a la fortaleza del castillo. La Niebla no haría tiempo de llegar para ser un refuerzo, pero llegaría, tarde o temprano. Mientras, Lambo y Gokudera deberían arreglárselas lo mejor posible.

El saber que el enemigo tenía cajas los había ayudado a tomar medidas preventivas. Gokudera siempre era preventivo. Según en palabras de Tsuna: era un perseguido, pero tenía motivos para serlo ya que todo el tiempo estaban queriendo matar al Don, ¿qué clase de mano derecha sería si no lo fuera? A medida que Tsuna se iba haciendo conocido por su carácter amable y por su autoridad, los sicarios iban en aumento.

Por eso ya a nadie le sorprendía que Gokudera, antes de cada viaje, se echase al suelo en traje para inspeccionar y asegurarse que bajo el auto a conducir no hubiera ninguna bomba, por ejemplo. Y debido a ese carácter obsesivo, ya estaba preparado para enfrentar a una cantidad de hombres mucho superior a la estipulada, e incluso a la que esperaban según los informes.

Fue una autentica masacre. Tuvo que enfrentarse a cajas que nunca antes había visto.

Lambo había estado todo ese tiempo tras sus pasos, pero en un determinado momento, ya dentro del castillo y con tan solo un tercio del enorme lugar inspeccionado, le había perdido el rastro.

Trató de no preocuparse por él, lejos de conseguirlo en verdad.

¿Por qué siempre tenía que hacer lo que se le cantaba? ¿Por qué siempre se metía y los metía en problemas? Antes de buscar a Barzini, debería primer encontrar a Lambo o no podría dinamitar el castillo a gusto y piacere.

Lambo tenía sus propias cajas, pero lo que no tenía era experiencia, así que el uso que podía hacer de ellas era pobre o ineficiente. Gokudera dio vuelta por el castillo, recorriendo de nuevo los lugares por los que ya había pasado, pero era un jodido laberinto y todos los hombres ya estaban alertados de su presencia; regía el caos absoluto y no podía caminar sin toparse con un tropel de hombres.

Sabía que ya había pasado por un lugar cuando se encontraba con los cadáveres que habían dejado en el camino, pero no tardaban en aparecer más y más, que salían como ratas de alcantarillas. Y en uno de los cuartos creyó escuchar a Lambo llorando.

Caminó hasta allí y en medio de la penumbra, sobre el suelo, pudo reconocer la vianda de comida que la vaca había llevado. Maldición, ¿en una situación como esa se le daba por comer? ¿Y encima llorar?

—¿Lambo, dónde te… ? Oh, no —protestó—Maldición, ¿no sé te podía ocurrir un mejor momento para usar la bazooka de los diez años, vaca idiota?

—¡Debo… resistir! —Un Lambo de cinco años repetía su mantra, pero apenas lo vio pareció recordar algo sumamente importante y no tardó en reprochárselo—¡Hakodera, ¿por qué escribiste eso? Ahora me darás bombones en compensación o diré que-!

—¡Haz silencio! —Lo calló, tomándolo en el aire y tapándole la boca con una mano mientras el pequeñajo se agitaba enfurecido en sus brazos—Bien, solo cinco minutos —murmuró neurasténico—, quédate quieto por cinco condenados minutos.

Podía escuchar la procesión de hombres armados que pasaban corriendo por el pasillo. La puerta entreabierta de lo que parecía ser una sala de juegos –lo deducía por las mesas de pool- le permitía adivinar la cantidad a la que debería enfrentarse; por las sombras que se proyectaban en la pared podía hacerse una idea bastante certera.

Miró al pequeño que tenía entre los brazos, sintiéndose inquieto por su seguridad. Un Lambo de quince años, en una situación como esa, era una cosa, pero un Lambo de cinco años cambiaba todo el panorama.

—¿Qué demonios pasó? —Murmuró, pero como el pequeñín se largó a llorar escandalosamente, volvió a taparle la boca.

Se sentó en el suelo sin soltarlo y apoyó la espalda contra una de las mesas para esconderse mejor. Tanto tiempo como hiciera falta. Los minutos transcurrían lentamente, eran los cinco más largos de toda su vida. De mal en peor, se habían metido tres tipos dentro de la sala.

Preparó una de sus dinamitas; con una sería suficiente para quitárselos de encima, pero no quería utilizarla salvo que fuera muy necesario. Sabía que el jaleo terminaría por develar su posición. Para colmo, el maldito bribón que tenía sobre las piernas hacía lo imposible para tratar de zafarse.

Pudo suspirar aliviado cuando se dio cuenta de que los sujetos abandonaban el lugar, hablando entre ellos sobre seguir buscándolos en otro sitio. Eso había estado muy cerca.

—Lambo, escúchame…

—¡Debo… resistir! —Chilló—¡Hakodera!

—Te daré todos los dulces que quieras —negoció con impaciencia—, siempre y cuando hagas silencio. Escúchame —le rogó imperativamente—, estamos en una situación peligrosa, así que… —volvió a taparle la boca cuando otra vez escuchó voces demasiado cerca. Sabía que el diablillo no le haría el menor caso.

Trató de organizar su cabeza, de sostener a Lambo fuertemente para que no se fuera corriendo, aguardando ansioso a que esos tortuosos minutos pasaran de una condenada vez. En algún momento Lambo pareció tranquilizarse, demasiado. Cuando lo espió, sorprendido por tanta pasividad, notó que se había quedado dormido. Mejor, seguramente faltaban pocos minutos.

Sonrió mientras lo veía respirar enérgicamente. A veces olvidaba que Lambo alguna vez había sido así de pequeño; tan tierno que lucía y en verdad era un rufián que le había dado más dolores de cabeza que en el presente. Dormido parecía ser tan inofensivo que hasta daban ganas de llorar.

Se preguntaba qué había estado haciendo en su época. Seguramente que corriendo a I-Pin, ¿no había dicho algo sobre dulces? No. ¿Una caja de bombones? Tal vez su Gokudera le había arrebatado los dulces en castigo por alguna travesura cometida.

Eso activó un recuerdo lejano que había estado dormido en su cabeza por muchos años. El de un día de San Valentín, cuando tuvo que correrlo para rescatar unos chocolates que en teoría eran para el décimo -y que en realidad terminaron siendo para él -; pero no recordaba que Lambo hubiera usado la bazooka en esa ocasión.

No pudo seguir rememorando el pasado, las voces de los hombres volvieron a ponerle en alerta, estaban lejos, pero podrían llegar a descubrirlos si el pequeño Lambo se despertaba y se ponía a chillar. Por fortuna eso no pasó, un humo rosa le encegueció y sobre sus piernas ya no tenía el débil peso de un Lambo de cinco, sino el de quince años.

—Lo siento, mi yo del pasado usó la- —intentó excusarse, pero Gokudera lo silenció poniéndole una mano en la boca.

—Están cerca y se juntaron muchos —le susurró en el oído, causándole ligeras cosquillas. Lo acomodó porque ya le dolía tener semejante peso en la entrepierna—, así que lo mejor será esperar a que se vayan y tomarlos por sorpresa. ¿Qué demonios te pasó, por qué estás tan herido? —cuestionó viendo un hilo delgado de sangre correrle desde la sien hasta la barbilla.

—Es que...

Lambo tragó saliva queriendo explicarle lo que había visto, pero fue incapaz. La posición era incómoda, en todos los sentidos. No recordaba cuándo había sido la última vez que Gokudera lo había tenido así, sobre la falda… ¿Cinco minutos atrás? La situación era tragicómica y le confundía aun más que el extraño viaje que había tenido en esa ocasión. ¿Habría estado funcionando mal la bazooka de los diez años?

Para colmo la nueva situación en la que se hallaba envuelto lograba confundirlo incluso más, de ser posible. Ya no estaba en edad para que le hicieran upa, pero entendía que el más leve movimiento alertaría a los hombres que habían entrado al cuarto. En esas circunstancias sería difícil hacer de tiempo para armarse y defenderse. Lentamente Gokudera escabulló la mano entre sus prendas para dar con sus dinamitas y tener todo al alcance en caso de necesitarlo a último momento.

Lambo se removió inquieto al sentir el leve contacto de esas manos revisándolo todo a través de las prendas. Se dejó caer lentamente a un costado, hasta terminar sentado sobre el suelo y evitar así esa intimidad.

Le había hecho transpirar y sabía que si su corazón latía frenéticamente, como si estuviera en una cita con la chica más linda que en el mes hubiera conocido, no era solo por el peligro que les aguardaba afuera.

Podía sentir la cálida respiración de Gokudera en la mejilla, este tenía la boca ligeramente entre abierta para atrapar el aire que necesitaba y pese a la penumbra del cuarto, sus labios brillaban y lucían tentadoramente suaves.

Volvió a humedecerlos al sentirlos resecos y estos volvieron a brillar apeteciblemente –no, no era un momento para reparar en esos detalles intrascendentes. Lambo, no estás en una cita-. Se advertía agitado, por los nervios de tener que lidiar con la situación. Con la que le hacía vivir Gokudera y con la que de por sí era el estar infiltrados en terreno enemigo.

El cuerpo de Gokudera también sudaba y desprendía calor, uno que envolvía al joven que trataba de tomar distancia de esos brazos musculosos que lo asían protectoramente.

Se acomodó y a gatas se alejó, de tal manera que en otro momento hubiera resultado vergonzosamente gracioso.

En ese instante Gokudera pudo tener total libertad, se puso de pie y arremetió, acabando con el problema principal en poco tiempo. Nada que un kilo de dinamitas y sus cajas no pudieran solucionar.

En cuanto pudo encarar a Lambo más relajado, le exigió con dureza que se pegara a él y que no se distanciara por nada del mundo.

—Sé mi jodida sombra, ¿está claro? —Santa madre de Dios. —Comiendo empanadas…

—No fue mi culpa —despotricó—, mi yo más joven usó la bazooka y yo también tuve que usarla porque Reborn me lo ordenó. ¿Qué querías que hiciera?

Gokudera siguió refunfuñando como un viejo gruñón. De mal humor caminó por los pasillos insultando a diestra y siniestra mientras le pasaba por encima a los cuantiosos cuerpos tirados. En un determinado momento se dio cuenta de que volvía a hablar solo.

—¡Me lleva el demonio! —Se jaló del pelo, saturado—¡¿Ahora dónde mierda se metió?! —Le iba a dar un ataque de histeria. Si no lo mataba Barzini, lo mataba Lambo. Eso sería muy irónico. —¡Cuando te encuentre voy a mandarte al matadero, vaca idiota!

Lambo había tomado distancia de él porque, primero, lo necesitaba… necesitaba alejarse y ordenar su cabeza -el viaje de la bazooka lo había trastocado- y, segundo, porque no pensaba seguirlo si iba a tratarlo de aquel modo, como si hubiera cometido algún crimen imperdonable. Tampoco había sido para tanto. Ni tampoco había sido técnicamente su culpa.

No había podido entender que si Gokudera estaba enojado, no era con él, sino con la circunstancia de no poder evitar preocuparse. Y que fuera por Lambo empeoraba más la situación.

Cuando hacía trabajos con los demás tendía a desentenderse porque todos eran capaces de cuidarse solos, y aunque no dudaba de la fortaleza de Lambo cuando este sabía ponerse serio, tampoco podía evitar inquietarse por él, más si se le daba por usar la bazooka de los diez años y dejarle en su lugar a un Lambo pequeño y vulnerable.

Cuando lo volvió a hallar le sorprendió encontrarse con una escena tan feroz. Apenas abrió la puerta ancha de una de las salas se encontró con Lambo cubierto de sangre, temblando y llorando.

Pensó lo peor y se desesperó.

—¡Lambo! —deliberó un instante, no sabía si ir a socorrerlo o matar a quien lo hubiera puesto en peligro, pero enseguida se dio cuenta de que no hacía falta tomar cartas en el asunto. Porque en ese cuarto todos estaban muertos. Incluido Barzini—¿Qué… demonios pasó aquí?

—¡Hakodera! —sollozó Lambo cayendo, pero sus rodillas no alcanzaron a tocar el suelo. La Tormenta lo aferró contra sí y le ayudó a ponerse de pie.

—¡De donde sale tanta sangre!

Pudo hilar lo que había pasado dentro de esa sala cuando Lambo, hipando, se le contó a media voz. Esa sangre no era de él, sino de los sujetos que se había tenido que cargar, sin saber que entre ellos estaba Barzini.

El menor de la Familia Vongola no había esperado encontrarlo refugiado allí. No esperaba encontrarlo en el castillo, de hecho. Gokudera no entendía un ápice cómo demonios se había dado todo, pero lo importante es que más allá de los nervios que parecían comérselo vivo, Lambo estaba sano y todo había salido bien.

No tenían nada que hacer con Barzini ya muerto y con gran parte de sus hombres electrocutados. Gokudera se acercó al cadáver y se aseguró de que fuera el auténtico jefe y no un doble. Le quitó el anillo como prueba de que lo habían matado y dejó el castillo en compañía de un Lambo que no dejaba de temblar.

Un guerrero puede acostumbrarse a la sangre, pero no a la muerte. Reaccionar con fría impasibilidad a la hora de matar no es algo sencillo, si bien siempre prima el instinto de supervivencia en el calor de un enfrentamiento.

—¡Mierda, funcionas bien bajo presión! —Gokudera le desordenó el pelo, molestándolo para tratar de distraerlo y hacerle volver en sí.

—¡Déjame en paz, idiota! —gruñó como un niño—¡Me quedé solo y de repente aparecieron todos esos tipos! Carajo, ¡nunca en mi vida tuve tanto miedo! Tuve que usar la caja y… —aunque sí recordaba momentos de extremo temor, no es que nunca antes hubiera estado en situaciones tensas. —Debo… resistir —desvió la cara, para que Gokudera no lo viera quebrándose.

La Tormenta lo sabía, Lambo solía atacar con todo cuando se enojaba o se asustaba, así era su temperamento. Carcajeó apenas; tenían los dos unas pintas que daban asco, los trajes hecho jirones y cubiertos de mugre.

Había sido como el bautismo de sangre de Lambo; ahora oficialmente era un hombre de la mafia.

La sorpresa de los demás no fue menos cuando supieron que quien había matado a Barzini no había sido Gokudera ni Chrome, sino que Lambo completamente solo y a la buena de Dios se había encargado del trabajo.

El susto que se había llevado le enseñaría a obedecer las órdenes, pues si Tsuna le había dicho que le hiciera caso a Gokudera, había sido por algo.

La noticia de que la mayor amenaza hacia la Familia Vongola en Japón había sido erradicada por el más joven de sus guardianes corrió como y con el viento. Tsuna le dio la Zona Norte que antes era de Yamamoto, con algunos hombres para que formara su propio regime; pero la felicidad y el momento de gloria no duraron demasiado.

Cuando llegó la noticia a Italia y la Familia Bovino supo del progreso que había tenido Lambo, lo mandó a llamar. Claro, ahora que notaban que era competente, lo solicitaban, cuando primero lo había librado a su suerte.

Tsuna no quiso negociar con la familia Bovino, no le gustaba ni un poco la idea. Él había estado esos diez años lidiando con Lambo y ahora, que ya se había convertido en todo un hombre de la mafia, debía "devolverlo". Ni que fuera un paquete o algún robot al cual programar.

Por eso mismo dejó que Lambo tomara la decisión que él, por sentimentalista, no podía tomar. Después de todo su guardián más joven era lo suficientemente maduro para tomar sus propias decisiones.

Le dio una semana para que lo pensara bien antes de darle una respuesta, pero Lambo estuvo seguro desde el primer momento.


La página está andando como el traste. Me di cuenta de que se había comido parte de las notas, así que si hay algo medio raro en el texto (como que falta el pedazo), avisen, porque puede ser error de la página y yo ni me entero XD Revisé antes de subirlo, pero... no sé. Aviso por las dudas.

Un poco de vocabulario, extraído de la Wikipedia así que no me fio demasiado XD Yo me baso en el libro de Mario Puzo (de hecho, de ahí viene "Barzini"), aunque vale destacar que no sigo la jerga y el "cómo es" el mundo de la mafia en la vida real. Digamos… con cajas y rayitos mágicos de colores uno pueda tomarse ciertas libertades y fantasear a sus anchas.

Vicejefe, Sottocapo o Underboss: La mano derecha militar del Don y normalmente su posterior sucesor.

Consigliere: Significa "consejero" en italiano. Se encarga de aconsejar al Don sobre todas sus acciones y movimientos. Es su mano derecha no militar.

Caporegime: Cada caporegime dirige un regime, que es un grupo de soldados. En cada familia hay un número variable de regimes que van en lo normal desde dos hasta cinco, pero se sabe de familias muy grandes (mierdah! me volvió a cortar el texto)

Básicamente había pensado a los seis guardianes como Caporegime, con sus regimes cuantiosos. No es lo mismo ser consejero que ser la mano derecha. Digamos que los dos lo son, pero desde lugares distintos, uno como guardaespaldas y hombre más fiel, el otro como consejero y hombre más fiel XD.

Cada vez que Yamamoto dice "por cierto, yo soy su mano derecha" para fastidiar a Gokudera, asiento con la cabeza. Sí, señor… tiene la personalidad ideal para ser Consejero del décimo. Pero Gokudera ES su Mano Derecha. Y todos felices. Son mi OT3.

Muchas gracias por haber leído ^^.


5 de septiembre de 2012

Merlo Sur, Buenos Aires, Argentina.