Capítulo 3 de 3
Si algo había aprendido, por haber sido parte de ese bajo mundo desde niño, era a ser fiel a la familia, a no abandonarla cuando más necesitaba de uno. Frente a Tsuna, en la oficina de este y luego de que la semana de plazo se hubiera cumplido, intentó explicárselo, sin tener la necesidad de hacerlo. Tsuna había intuido que esa sería su respuesta y no le molestaba, al contrario, lo entendía perfectamente. En su lugar hubiera hecho lo mismo.
—Es mi familia, Tsuna-nii —se excusó, sintiendo una culpa inexplicable, porque él también era consciente de lo que muchos pensaban, pero no se atrevían a decir—, sé que en estos diez años no he sabido nada de ellos, que… no se han preocupado por mí.
—Sí, a su manera se han preocupado por ti —Tsuna le sonrió, porque se daba cuenta de que más allá de su egoísmo Lambo sabía ser misericordioso. A su lado estaba Yamamoto. Gokudera no andaba cerca y eso le aligeraba la culpa; porque ante la Tormenta sería más dura la sensación de ingratitud. Sentía que estaba traicionando a su familia del corazón.
—Sí, sé que en estos años se han interesado por mi progreso —Había mantenido un frío y lejano contacto con su familia, casi siempre a través de Tsuna—, pero…
—Pero quieres ir —le ayudó el ex beisbolista con empatía—, es entendible Lambo. Tu familia está pasando por un mal momento y necesitan de tu ayuda. Te la han pedido expresamente. No te sientas culpable por ello.
—Y no te sientas obligado tampoco a aceptar dar esa ayuda —aclaró Tsuna—, pero no quiero que te vayas creyendo que nos estás abandonando. Si decides ir a Italia por tu familia, nadie te juzgará.
—Será una temporada —agregó Yamamoto para animarlo—, cuando todo esté bien podrás volver de nuevo.
—Además —continuó Tsuna al ver que Lambo lucía más relajado—, pensé en darte trabajo. Así que no dejarás de ser un Vongola si eso es lo que más te preocupa. —Era su Guardián, no dejaría de serlo nunca, pero entendía sus inquietudes.
—¿De qué se trata? —Lambo arqueó las cejas, curioso por la propuesta.
—Serás una especie de embajador en Italia, un representante de la familia Vongola —explicó la Lluvia.
—Estamos expandiendo el negocio. Japón nos queda chico —el jefe tomó la palabra—, y como en Italia tenemos contactos, lo mejor será comenzar por allí, pero necesitamos alguien de confianza… que sea de la familia ¿entiendes?
—¿Y quién mejor que tú, ahora que estarás allá? —Yamamoto le puso una mano en el hombro—Eres un chico con mucho carisma y es lo que se necesita para los negocios. Aparte estarás con Reborn, y Dino te ayudará… —le tranquilizó. Cavallone le pondría al tanto de todo y el ex Arcobaleno sería el nexo—; y tú podrás ayudar a tu familia económicamente.
—Además estarás más cerca de mamá… —Tsuna volvió a sonreír—y eso me dejará muy tranquilo.
Lambo sonrió ampliamente, satisfecho y aliviado con las palabras de los dos. Asintió, aceptando el trabajo sin que le importase lo que este implicase. Lo haría de todos modos; porque siempre haría lo que fuera por su familia del corazón.
Sin embargo no podía estar del todo tranquilo. Durante los días previos a su partida, trató de evitar a Gokudera y fue tan obvio para este, que acabó por ser él quien lo buscó. Ya estaba al tanto de su viaje y por eso suponía acertadamente las razones que tenía para esquivarlo.
Cuando vio a la Tormenta en su cuarto, bajó la vista al suelo y no le dio tiempo a hablar.
—Ya sé que el Décimo Vongola me necesita, pero mi familia ahora me necesita más que él, además yo voy a ayudarlo de todos modos, desde Italia y-
—Lambo —Gokudera sonrió, sumamente divertido. ¿Había estado todos esos días haciéndose la cabeza por lo que le había dicho hacia semanas en la cocina? Lambo le producía tanta perplejidad, como furia y ternura; un cóctel extraño, sin duda. —Está bien. —Titubeó—solo… quería desearte buen viaje.
Lambo lo miró con desconfianza, incluso frunció el ceño y se replegó hacia atrás cuando Gokudera caminó hacia él para pasar a su lado y dejarlo solo en la habitación; pero antes de que la Tormenta abandonase su rango visual, alcanzó a decirle:
—Gokudera —perdió la mirada para decirlo, en su orgullo se negaba a reconocerlo—, gracias.
En eso resumió lo muy aliviado que se sentía de no haber tenido que lidiar con el reproche de él. No podría irse tranquilo si Gokudera tomaba su partida como una traición hacia los Vongola. Y aunque Gokudera se sintió ofendido porque, claro, Lambo no se había molestado en decirle que se iría y tuvo que enterarse por otro –y ese otro había sido Tsuna, sin ir más lejos- ahora confirmaba sus tontos temores para no querer contarle.
Contra su voluntad, no pudo evitar reprochárselo.
—Vaca idiota, venir enterarme a horas de tu viaje que te vas —chistó, con media sonrisa socarrona—. ¿Ni siquiera pensabas despedirte de mí, desgraciado?
—Pero es que pensé que…
—Pensé, pensé —se burló—¿No ves que eres un bobito?
Eso fue suficiente para suscitar la furia del menor; no se detuvo a preguntarse ni a preguntarle a qué se debía el insulto gratuito. Miles de granadas se cargaron una pared que Giannini y sus hombres deberían reparar más tarde.
Lambo se fue con la promesa de volver pronto, en cuanto todo estuviera bien en Italia. Suponía que le tomaría algunos meses, quizás como mucho un año, pero ¡vaya! que la familia Bovino necesitaba de su integrante más joven. Y para mucho más que solo limpiar inodoros.
Lo que Lambo pensó que serían ocho meses, se convirtieron en nueve años. Casi una década, que pasó en un abrir y cerrar de ojos.
Durante ese tiempo fue haciéndose cargo de los negocios de la familia Vongola en Italia, aprendió mucho más sobre el bajo mundo, creció como individuo y maduró en numerosos aspectos, pero en el fondo no dejó de ser el mismo de siempre.
En esos años vio en pocas ocasiones a sus hermanos, puntualmente en las bodas o cuando alguno de los Guardianes viajaba a Italia por algún trabajo. Le hubiera gustado mantener contacto con Gokudera, pero lo cierto es que era al que menos había tratado y visto en ese tiempo.
La última vez que se lo cruzó había sido para la boda de Yamamoto y Haru, hacia ya más de cinco años, pero la Tormenta había tenido sus propios negocios por atender, sumando su obsesión al trabajo y su amor hacia la mafia, siempre estaba ocupado y era poco el tiempo que le podía dedicar a las personas que no fueran Tsunayoshi Sawada.
La excepción claro, fueron los enlaces de sus amigos más cercanos, porque poco antes había sido el turno de Ryohei y una chica que Lambo recordaba como la bruja Shishi. Es más, los Vongola recordarían que el momento más gracioso de ese enlace sería el de Lambo señalándola a Hana y diciendo "shishi babaa".
La cara de Hana había sido tan épica como la de Lambo y la foto que le sacaron en ese momento ilustraría de por vida la enajenación de los dos; pero tampoco fue mucho lo que pudo tratar a Gokudera en dicho evento.
Las bodas al estilo Vongola eran colosales, encontrarse con alguien en una de ellas podría ser a algo similar que a gestar un milagro. Por ese motivo, no haber podido dar con Gokudera le había herido en lo más profundo. Que ni siquiera la Tormenta se molestase en acercarse a él, todavía más.
No esperaba tampoco que tomase el teléfono y lo llamase para saber qué era de su vida, suponía que se enteraba de él por medio de los demás, pero hubiera sido agradable tener presente esa extraña unión y no solo en la fecha de sus cumpleaños. Reconocía, sí, que en su infancia le había dado muchos problemas y que siempre había simulado ignorarlo. Ahora podía sentir un poco de todo ese veneno. Karma.
Los demás se mostraban más afectuosos con él y era evidente que no querían cortar el vínculo, pero Gokudera era un poco como Hibari en ese aspecto. Si la gente se acercaba a ellos, pues bien, que sufriesen las consecuencias, pero no eran de buscar acercarse a los demás por cuenta propia.
Pero fueron circunstancias; desencuentros que Gokudera no había previsto, por supuesto. En el casamiento de Ryohei tenía un asunto importante por atender debido al tráfico de armas que al final resultaron ser cajas peligrosas, así que llegó temprano y a las dos horas se marchó, cuando Lambo apenas llegaba. Para el casamiento de Yamamoto había pasado algo similar, pero a la inversa. Buscó a Lambo, pero el que se había ido temprano acompañando a Nana que estaba cansada había sido él.
Para cuando le tocó el turno a Tsuna de casarse, Lambo estaba listo para enfrentar las sombras del pasado, las del presente y las del futuro. Le gustaba la vida en Italia, se sentía como en casa, pero su ciclo allí ya había terminado y tenía ganas de volver con ellos para vivir cerca de sus hermanos.
Las mujeres italianas le agradaban y ellas a él lo adoraban, pero extrañaba la paz y serenidad que le daba Japón. Si seguía teniendo la clase de vida que tenía en Europa, moriría muy joven. Además nunca había podido alejar de su mente que alguien lo esperaba en su futuro, en su destino.
…
Le gustó encontrarse primero con Chrome, lucía como toda una femme fatal. El vestido de gala que llevaba puesto le indicaba que era más tarde de lo previsto; se había perdido el enlace. En la fiesta, luego de saludar a los recién casados, buscó a I-Pin. La encontró junto a su pequeño y con un nuevo embarazo. Se había casado hacia cuatro años con un modesto comerciante y el detalle, lejos de agradarle, le demostraba que el paso del tiempo era inclemente.
No sabía si era envidia o qué diantres. I-Pin le había dicho que eran celos, porque Lambo siempre había sido muy egoísta para lo que consideraba suyo y para con la gente que adoraba. El mundo debía girar alrededor de él. No obstante ella lo había conocido y aceptado así desde que eran unos críos.
Lo bueno de conocerlo tanto es que no era de las que acababan haciendo las típicas preguntas que solían hacerle: "¿Estás casado? ¿Para cuándo, entonces? Mira que los años pasan volando. Siempre presentas a una chica distinta, que esta se llama Mirna, la anterior Ana…".
En el fondo siempre supo que Lambo nunca encontraría a una mujer con la que sentar cabeza, siempre sería descuidado, caprichoso, egocéntrico y un poco infantil. Después de todo, era al que más le había costado crecer de los dos; pero sus defectos eran parte de su encanto.
Admitía, eso sí, que le agradaba la idea de ver a Lambo feliz, y aunque no podía asegurar que lo estaba al cien por ciento ese día, al menos en el diálogo mantenido con él notaba que comenzaba a madurar, buscando otros rumbos y otros aires en su vida. Ya no más fiestas mafiosas, lujos y mujeres ligeras de cascos.
Le había tomado su tiempo, pero Lambo empezaba a crecer.
I-Pin comenzó a reír ante ese pensamiento, desconcertándolo. Le estaba hablando sobre lo mala que era la comida en los aviones de la compañía, no le había contado un chiste. No le veía lo divertido al asunto del pollo.
—Lambo… ha pasado el tiempo, pero tú no cambias y a la vez sí.
El aludido alzó una ceja sorprendido con esa contradicción. Se perdió en los enormes ojos expresivos de su amiga, hasta que el pequeño Kuon llamó la atención de su madre y esta tuvo que disculparse con él y dejarlo solo para atender a su hijo.
Lambo se puso de pie y buscó a sus hermanos. Tsuna y Kyoko estaban todo el tiempo rodeados de personas que buscaban saludarlos y felicitarlos por el enlace. Mientras los veía siendo asediados, se preguntaba por qué se habían tomado tanto tiempo en dar ese paso. Creía entender las razones. Un jefe mafioso nunca pretende exponer a la mujer que ama a los peligros del bajo mundo. No obstante, en el presente con una criatura en su vientre, toda esa prudencia se iba al tacho.
Se encontró con Reborn en compañía de Shamal, pero desde hacía años que ya no buscaba matarlo, así que se limitó a dedicarle un fingido desprecio que fue correspondido con una de sus sonrisas maquiavélicas. Verlo en su versión adulta no dejaba de inspirarle respeto pese a que debería estar acostumbrado luego de haber pasado esos diez años bajo su yugo. Buscó a Bianchi, quizás ella podría decirle donde hallar a su hermanastro.
Esperó ver a Gokudera rodeando a la pareja recién casada, después de todo era el guardaespaldas del jefe y por lógica, lo sería automáticamente de su esposa y de sus hijos, pero el guardián de la Tormenta no estaba allí. Suspiró, mirando alrededor haciendo un paneo y pudo reconocer a Dino y a Fuuta, junto a Basil, quiso ir a saludarlos, pero sus ojos se reencontraron con Yamamoto.
—Yama-nii —lo llamó, esbozando una efímera sonrisa para ir al punto—, ¿has visto a Gokudera?
—Hace rato que no pasa por aquí —señaló dentro del enorme salón—, lo vi perdido entre los copetines hará una hora, ¡haha! Y siempre vuelve, pero… todavía no lo vi pasar.
Saludó con una reverencia a Haru, mientras ella le desarreglaba el peinado con afecto.
—Te ha crecido mucho el pelo, Lambo-kun —dijo, como si todavía fuera el de cinco años que ella hubiera conocido hacia ya veinte.
Luego del previsible "¡Preséntame a tu novia un día de estos!" y del consecuente "¿Cuál de todas ellas, Haru-neesan?" y las risas, se metió dentro del salón en una búsqueda infructuosa. A cada paso que daba, debía frenar para cruzar una o dos palabras con los conocidos.
Encontrar a Ryohei sentado a la mesa junto a su esposa fue una bendición porque de él sí pudo obtener la información que precisaba.
—¿Cabeza de pulpo? —Señaló las escaleras—No se sentía bien… —alzó los hombros—Supongo que habrá ido a acostarse.
—Bebió como un cosaco. —El ligero y parco reproche de Hana no pasó desapercibido para los hombres.
Lambo se disculpó y los dejó solos. Siguió camino por las enormes y galantes escaleras de mármol del castillo Vongola, predio cedido al Décimo en exclusividad para llevar a cabo una boda al estilo occidental, como era de esperarse.
La seguridad era apabullante, cada dos pasos se encontraba con algún miembro de la Vongola apostado a cada centímetro del salón, estudiando todo con mirada crítica. Al verlo, muchos lo saludaban con afecto, al menos los que lograban reconocerlo como el Lambo de quince años que tantos problemas había dado en la base. Los que no le tenían tanta confianza, sabían identificarlo y lo saludaban formalmente con una reverencia para después permitirle el paso.
La larga alfombra roja hacía un gran contraste con el blanco de las paredes. Las puertas estaban cerradas y no recordaba cuál era la que le pertenecía a él, pese a que Chrome le había dado el número hacia pocas horas. No tenía nada mejor que hacer, así que siguió camino con la excusa de conocer el lugar.
Al final de uno de los interminables pasillos encontró una puerta entre abierta que parecía ser la de una sala de juegos. No le costó reconocer a los dos que estaban dentro, uno era Gokudera y el otro con el que hablaba tan enérgicamente, no lograba verlo porque la lámpara en la pared le ocultaba el rostro, pero logró adivinar por la figura, y especialmente por las tonfas, que se trataba de Hibari.
Dio unos pasos metiéndose al cuarto. La Nube sostenía a Gokudera con una de sus armas, aprisionándole el cuello. El sonido de sus zapatos rozando la alfombra fue suficiente para que Hibari girase inclemente la vista, molesto con quien había osado invadir su espacio personal.
Lambo lo miró con ecuanimidad; no había temor en sus ojos, porque más allá de saber cómo era Hibari, tenía la plena confianza de que no saldría herido. Al menos en esa ocasión.
—Bien —sentenció Hibari con frialdad—; encárgate tú de él —dijo de la nada, escudriñándolo previamente de arriba abajo—Yo iré a cambiarme los zapatos —miró a Gokudera con desprecio.
—Imbécil, si quieres pelear… —Gokudera arrastraba las palabras dejando en evidencia que la cantidad de alcohol que corría por sus venas era preocupante.
—Sabes que no me gusta tener ventaja —lo soltó, haciendo que se tambalease al perder el punto de apoyo—. Cuando mañana estés sobrio, te daré la paliza de tu vida por haberme vomitado los zapatos.
—¿Y quién te pidió que hicieras de niñera, infeliz? Jódete.
Un golpe con la tonfa en la cabeza fue lo que Lambo necesitó para salir de su introspección. Dio un respingo hacia atrás, como si le sorprendiera la violencia inusitada a la que tan acostumbrado había estado en el pasado. El cuerpo de Gokudera cayó hacia un costado, flácido.
Hibari guardó su arma y se marchó por el pasillo, del lado opuesto. Lambo aprovechó la distancia para acercarse al cuerpo de Gokudera, notando que no estaba inconsciente del todo, solo embotado por el alcohol y el golpe. Intentó ayudarlo, pero se lo negó y como pudo se puso de pie, sintiéndose mareado por los litros de vino que había bebido y por el doloroso golpe seco en la sien. Desgraciado, un día de estos iba a terminar por matarlo. O dejarlo tonto, lo que pasara primero.
Caminó hasta el cuarto que le habían asignado y que estaba junto al del matrimonio. Dejó la puerta abierta y trató de caminar hasta el baño sin que le importarse llevarse todo por delante, pared, silla y marcos de las puertas incluidos.
Aunque quiso negar la ayuda, tuvo que reconocer que algo tan sencillo como abrir el grifo de agua fría representaba una tarea titánica en ese momento. Lo peor fue intentar desvestirse solo. Debía bañarse, porque por muy borracho que estuviera tenía plena consciencia de que el pastón en el pelo y en la camisa era vómito. Se sentía fatal, como nunca antes en su vida, o como no recordaba haberlo estado.
Lambo lo siguió por detrás, dándose cuenta del empeño de Gokudera por ignorarlo. No solo a él, sino la circunstancia en la que estaba envuelto. Se sentó en la silla y se sirvió un trago de whisky mientras lo veía batallar con su propio cuerpo, intentando meterlo dentro de la tina sin caer. Iba a terminar con la cabeza abierta. Pero no se levantó a ayudarlo, porque sabía que Gokudera no se lo permitiría.
El Lambo de hacía diez años atrás podría no entender a qué se debía la furia de la Tormenta, pero en el presente un millar de interrogantes empezaban a ser respondidos lentamente.
Gokudera estuvo dentro de la tina el tiempo suficiente para que el atardecer bañara la habitación con cálidos colores. La botella de whisky estaba vacía. No era ningún merito, ya había estado empezada y podía suponer por quién.
El agua dentro de la tina comenzaba a helarse y el cuerpo a tiritar de frío. Mientras Lambo se quedaba dormido sobre la silla. El sopor del alcohol, el del viaje y el cansancio mental por hallar las otras respuestas que no fueran las que lograba vislumbrar sin dificultad, acabaron por vencerlo.
Dormitaba cuando escuchó el chapoteo del agua. Abrió perezosamente los ojos y vio a Gokudera vistiéndose ante él. La seriedad con la que lo miraba lo enmudecía, todavía tenía el torso desnudo y el cinturón del pantalón desabrochado.
—¿Cómo te sientes?
—Fatal —respondió. Ya no estaba tan ebrio como para no darse cuenta de que ese hombre ante él era el pequeño Lambo—. Demonios, como has crecido.
Se estudiaron sin reparos y con inmensa curiosidad. Lambo no estaba de traje, no estaba acorde al evento que festejaban. Tenía unos jeans gastados, un cinturón enorme y una camiseta blanca, y encima de dicha camiseta solamente llevaba una chaqueta marrón, que todavía no se había quitado, y en las manos, unos guantes por los que se destacaban unos dedos ásperos, de guerrero. De limpiador de inodoros. Ya no esas manos de niños que en su adolescencia cuidaba como si fueran las manos de una princesa porque a las chicas les gustaba que fueran suaves.
El pelo era abundante, ondulado como siempre y negro como la noche. Su mirada era profunda, demasiado intensa, al menos Gokudera no la recordaba así. No parecía el Lambo que él hubiera conocido en su juventud. Buscó un cigarrillo pensando en todo ello, pero sin decir nada al respecto.
—Increíble, ¿no? —dijo, tratando de buscar algo que quebrase ese incómodo silencio, tocando un tema que, paradójicamente, no quería tocar—El décimo se casa… digo, se casó —murmuró, corrigiéndose al darse cuenta del lapsus, era su propia mente que lo traicionaba de nuevo. Se sentó en la cama, apoyando la espalda contra el respaldar.
—Bueno, ya tiene… ¿cuánto? —correspondió Lambo, buscando las palabras correctas para lograr rescatarlo de ese letargo, sin que nadie, ni el mismo Gokudera, se lo hubiera pedido. Era algo personal, algo que él quería hacer porque le molestaba ver tan derrotado al hombre que en su infancia había admirado. Gokudera era fuerte, en todos los sentidos. —¿Y tú? —lo señaló flojamente con la cabeza.
—¿Yo qué? —preguntó con más desgana.
—¿Por qué nunca te casaste?
—Va contra mis principios —respondió, sin inmutarse por el desconcierto del otro—y mientras el matrimonio gay siga siendo ilegal en este país… —sonrió.
Se dio cuenta de que no había encendido el cigarrillo todavía. Antes de seguir hablando, buscó fuego por todo el cuarto.
—Igual… nunca tuve la intención. ¿Y tú?
—No me gusta atarme a las personas —sonrió socarronamente al darse cuenta de la falacia que había soltado. De lo hipócrita que estaba siendo. Porque si estaba allí, si permanecía en ese cuarto era porque siempre había tenido un lazo que lo ataba a sus hermanos y especialmente a Gokudera.
—Allí hay botellas de vino —señaló un compartimiento bajo un pequeño bar—, abre una y sirve un trago para los dos.
—No deberías seguir bebiendo.
—Ah, mierda ¿ahora tú también te pondrás en plan de niñera? —Preguntó con apatía—Por Dios, hace mucho que me hice adulto —. Desde que tenía ocho años y debió aprender a la fuerza a valerse por su cuenta, si mal no recordaba.
—No te comportas como uno —lo dicho le llevó a hacer cálculos mentales. Pese al paso del tiempo, notaba que los años le sentaban muy bien a la Tormenta. ¿Cómo hacía para lucir cada década más atractivo? Desde su porte hasta sus facciones, que ya no eran tan delicadas como en la más lozana juventud. Una incipiente barba candado y el pelo recortado, daban cuenta de que su masculinidad estaba en todo su apogeo.
— El mundo está realmente jodido: ha llegado el día en el que la vaca me dice cómo tengo que actuar.
Lambo frunció el ceño, lejos de enojarse. No era su padre así que buscó la mentada botella, la abrió, sirvió el trago y se lo dio.
—Me siento realmente fatal —suspiró la Tormenta, echando la cabeza hacia atrás con el vaso ya vacío en la mano.
—Si sigues tomando, no vas a sentirte mucho mejor.
—Lo sé, pero… déjame en paz, Lambo —se quejó de una manera muy particular, casi como si le estuviera rogando a Lambo, al mundo, a la vida y a la suerte que le dieran una tregua. —Hoy quiero emborracharme hasta no recordar mi nombre —arqueó una ceja—, ¿me acompañas?
Lambo sonrió y negó con la cabeza.
—He dejado de lado esa vida.
—Oh, pero eres joven todavía para tirar la toalla —chistó. —Me haces sentir viejo, Lambo. Y te detesto por eso.
El mentado rió quedamente y la mueca tan varonil en un joven que Gokudera recordaba con gestos que podían juzgarse de amanerados, le resultó atractivo. Negó con la cabeza, la actitud de Hibari, la boda del décimo y el paso del tiempo, le hacía pensar en estupideces. Como por ejemplo, en que era la mera mano derecha de Tsuna, como siempre había querido ser, pero no el Consigliere, ni tampoco alguien más importante en su vida. En la vida del chico que lo había sido todo para él, desde su más tierna juventud.
—Siempre supe que eras gay… —dijo a rajatabla, como si Gokudera se lo hubiera preguntado.
—Ah, ¿sí? —preguntó socarrón—Y si sabías que lo era, ¿por qué no me lo dijiste? Yo me acabo de enterar —exageró, para después reír como un auténtico borracho. Enseguida se enserió y en un arranque de furia arrojó el vaso contra la pared, con tanta debilidad que rodó por el piso sin romperse, y el detalle de no tener fuerzas siquiera para eso lo humilló—. Hibari, maldito cabrón —murmuró entre dientes.
—Tuve algunos romances en Italia… c-con hombres —especificó, con lo que parecía ser pena, perdió la mirada atreviéndose a susurrar lo siguiente—, la gran mayoría fueron mujeres, pero... alguna que otra experiencia con… —no sabía por qué, pero sentía esa estúpida necesidad de sincerarse, de contar algo igual de personal. De abrir una puerta que siempre quiso dejar abierta.
—¿Y a mí qué mierda me importa?
La expresión de sorpresa que le arrancó al muchacho fue apoteósica. Gokudera carcajeó sueltamente y por eso Lambo se dio cuenta de que volvía a estar borracho. Mientras, afuera se hacía de noche y la fiesta ya había terminado.
—Te traeré café. Estás, de verdad, muy borracho.
El detalle de que Lambo lo estuviera cuidando le resultó no menos que tierno, y con ese pensamiento soltó lo que andaba dando vueltas en su cabeza, como el molesto zumbido de un mosquito en verano.
—Todo vuelve en la vida, ¿no?
Lambo no respondió, al menos no con palabras. Pensaba lo mismo. Se fue en busca del mentado café, sabiendo que no sería necesario. Efectivamente: cuando volvió Gokudera se había quedado dormido. Lo acomodó con afecto en la cama, juntó los vidrios tirándolos al tacho, ordenó un poco el desastre que había hecho en un nuevo arranque de furia, que seguramente había tenido cuando se había ido en busca del café, y lo contempló dormir unos instantes.
Se mordió los labios antes de rozar con ellos las mejillas enrojecidas por el alcohol, luego siguió con el cuello, sonriendo bribonamente. Le gustaba ver que Gokudera seguía siendo el mismo cabrón de siempre.
—Ey, Lambo —murmuró sin abrir los ojos, sintiendo el cálido recorrido de unos besos sobre el rostro—. No hagas eso, por favor. —Tenía las defensas muy bajas como para tolerarlo, y las fuerzas drenadas como para molerlo a palos.
—Duerme —decretó, incorporándose del todo. Apagó la luz y antes de irse revisó los bolsillos de su chamarra marrón dejándole algo sobre la mesa de luz.
Al otro día Gokudera despertó con un dolor de cabeza antológico y cuando pudo fijar la vista en algo sin sentir que la luz diurna le agujereaba las retinas, notó que había un papel junto a la lámpara de noche. Los rayos del sol atravesaba la ventana inundando el cuarto con vivos colores.
Sonrió abiertamente al reconocer el dibujo, pero no pudo evitar sentirse levemente molesto por el detalle. No le gustaba recordar que él tenía ese tipo de lazo con Lambo, le hacía sentir culpa en el presente al admitir que era capaz de llegar a desearlo como hombre.
Pidió el desayuno a la habitación, pero fue más rápido Lambo que la mucama. En el fondo Bovino sabía que Gokudera jamás iría a él porque respetaba demasiado el lazo que tenían. No obstante era evidente que su atrevimiento había dejado por sentado que él no pretendía mantenerlo de la misma manera. Y tenía sus motivos.
La Tormenta sabía lo tozudo que podía llegar a ser el muchacho.
—¿Qué es esto, Lambo? —preguntó blandiendo la hoja y tomando de un sorbo el café.
Lambo sabía que no le estaba preguntando por el dibujo en sí, que comprendía lo que era. Lo que no entendía era lo que buscaba decirle con el gesto. Se sentó a su lado en la cama en una posición muy despreocupada, con las piernas ligeramente entreabiertas, sumamente provocativo.
El maldito bribón sabía cómo seducir, sabía qué armas utilizar, o al menos, conocía aquellas técnicas que resultaban siempre efectivas para con las mujeres; pero a quien buscaba seducir en esa ocasión no era una mujer. Es más, era Gokudera, con lo que serlo implicaba para ambos.
—Cuando era chico me molestaba que siempre nos comparasen como hermanos —sonrió con nostalgia, advirtiendo que no lograba el menor efecto en Gokudera. Era lo suficientemente duro para no mostrarse conmovido por la provocación—. Con el tiempo entendí por qué. Nunca quise tenerte como hermano.
—Lambo… —torció una sonrisa, quería frenarlo, explicarle que él no estaba capacitado para darle nada que podría llegar a pedirle, ni tampoco algo tan sencillo y mecánico como sexo per se.
No podría limitarse solo a eso; después de todo, Lambo pesaba mucho en su vida, pero no como hombre. No quería verlo como a un amante.
—Siempre te admiré —señaló el papel que había quedado de vuelta sobre la mesa de luz—, supongo que en algún momento la admiración mutó a esto… —Y él jamás olvidaría cuál había sido ese momento.
—Es una situación extraña… —negó con la cabeza, bebiendo la última gota de café.
Lambo le sacó delicadamente la taza de la mano, aprovechando el artero movimiento para elevar una mano y acariciarle la mejilla. Gokudera frunció el ceño, nunca se había sentido incómodo junto a Lambo. Al menos nunca antes había sentido esa clase de incomodidad.
—Eras mi amor de la infancia.
Gokudera sonrió, descreyendo esas palabras. Su cabeza se movió, en un gesto de absoluta incredulidad.
—Ahora no vas a salir con…
—No, no I-Pin —aclaró con una sonrisa sensual—, por raro que suene. Fuiste el primero.
—Solo… me querías mucho, Lambo. Porque por muy mal que nos lleváramos… —chasqueó la lengua, molesto consigo mismo por no poder dar con las palabras. —Es común mezclar las emociones en la infancia.
—Supongo que tienes razón… pero después fuiste mi amor de la juventud —admitió sin tapujos, no tenía por qué esconderlo ahora que era un adulto y sabía diferenciar bien las emociones—Mi primer amor, ¿cómo es que le dicen los jóvenes? —Traqueteó los dedos, tomando un poco de distancia y buscando la palabra correcta—¿Crush?
Gokudera rió con energía, Lambo había dicho aquello como si en vez de veinticinco tuviera ochenta y cinco años.
—Pensé que ibas a sorprenderte cuando te dijera esto —arqueó las cejas—, yo me sentí muy sorprendido cuando me di cuenta de lo mucho que te quería y de lo mucho que me molestaba verte tan destrozado. —Suspiró imperceptiblemente—Eres fuerte… eres la persona más fuerte que conocí en toda mi existencia; porque siempre la has peleado, por dura que fuera la contienda, por muy perra que se pusiera la vida.
La mirada penetrante de Lambo, aunada a esas palabras dichas con tanta seguridad, lograron intimidarlo, de una manera que su gastado corazón no sabía precisar ni explicar. Ni mucho menos tolerar. Comprendía el tipo de fortaleza de la que hablaba Lambo.
—Yo sé que eres muy fuerte —volvió a asentir con convicción—, vales más que todas esta mierda, que todo este circo.
—Lambo, toda esta mierda y todo este circo —reprochó—, es mi vida desde que tengo catorce años. —El décimo era su vida desde que tenía catorce años.
—¿No te cansas de la mafia? ¿No te cansas de todo esto? —La pregunta parecía ser retórica—Yo me cansé de las mujeres… aunque no del sexo, lo cual es una gran paradoja porque no puedo tener una cosa sin la otra.
Gokudera volvió a reír y en esta ocasión Lambo lo acompañó.
—El punto es que… me molesta que me sigas viendo como el Lambo de antes. Sigo siendo un llorón, es cierto —admitió con gracia—, he llorado cuando me di cuenta de que necesitaba tu aprobación; luego cuando me di cuenta de que te quería de esta manera —Se había sentido fuertemente fastidiado en la adolescencia cuando tuvo que admitir que la distancia con Gokudera le dolía por razones que, se prometió en vano, jamás iba a consentir—; pero ya no soy un niño.
—Me doy cuenta… —Sopesó lo que el otro le estaba ofreciendo, el punto es que no entendía qué le ofrecía, así que decidió preguntarlo porque ya no quería más malentendidos en su vida—¿Qué propones? ¿Sexo o…?
—No sé, primero sexo… y después —alzó los hombros. El cariño haría su parte, ambos lo sabían.
Gokudera sonrió con tristeza. El ruido de los amantes en la habitación de al lado, lejos de mellarlos les hizo sonreír con complicidad. Los recién casados no habían perdido tiempo pese al embarazo avanzado.
—¿Competimos con ellos? —preguntó señalando con la cabeza la pared contigua.
Gokudera negó, no porque no quisiera, sino porque el dibujo de un Lambo de cinco años seguía abierto en la mesa de luz y se burlaba de él. Le venía a demostrar que al final, el único lazo que había mantenido lo suficientemente sólido había sido ese, lejos de haber tenido la plena intención de mantenerlo.
E iba a humillar eso, a mancillar esa unión porque, se daba cuenta, necesitaba que alguien lo quisiera. Que lo hiciera de verdad o al menos que le ayudase a creer que era posible, que todavía no era tan tarde para él.
Un abrazo, un pecho donde refugiarse… es algo que todo ser humano necesita en algún momento. Alguien que le dijera que lo quería porque, se daba cuenta también, había pasado treinta y cinco años de su vida sin que nadie lo expresara en palabras, pero escuchándolo de todos modos en boca de otros.
Querer… querer como amigo, como pareja, como hermano. El único que le había demostrado ese afecto fraternal, como un vendaval arrollador, había sido siempre Lambo. Sin restarle mérito al afecto y a la paciencia que habían sabido tenerle los que lo rodeaban. Gokudera sabía que no era un tipo fácil de tratar y estaba agradecido por la suerte que tenía de haber encontrado en su camino a gente tan noble.
A su edad ya no se sentía mal por admitir que precisaba de alguien que llenara ese espacio vacío, que todos habían empezado a llenar con hermosas mujeres y maravillosas familias. Él no quería hijos y podía pasar toda la vida esperando a que Hibari le dedicara unas mágicas palabras sin conseguir más que unas pocas migajas de su parte.
Abrazó a Lambo, con la necesidad de quien se ha sentido solo por mucho, mucho tiempo, tanto que no sabe precisarlo. Pretendía un poco de afecto, nada más, aunque fuera superficial.
Tal vez lo que más le asustaba era saber que con Lambo no sería superficial.
—Oh, Lambo —se quejó con cariño—, sigues siendo un llorón.
Sin razón aparente, entre risas y un Hakodera idiota, soltado con todo el veneno que podía dedicarle, Gokudera también empezó a llorar en silencio. Con ganas de golpear la pared y pedirle a los otros dos que dejaran de informarle al mundo lo bien que la estaban pasando.
Necesitaba apagar esos gemidos, sublimar esa angustiosa sensación de no estar en ese cuarto y en esa vida, de la manera en la que siempre pretendió. Y se abrazó más a Lambo, sabiendo que estaba siendo egoísta con él, pero sin fuerzas e incapaz de poder evitarlo.
Lambo fue el que dio el paso definitivo, le mordió la boca y lo besó con violencia, con un entusiasmo que acabó por sublimarlo. Parecía estar rogándole implícitamente con los ojos que no se resistiera más y, ciertamente, Gokudera ya no tenía ganas de seguir resistiéndose a los encantos de un Lambo demasiado apasionado.
—Joder, pendejo, que te has puesto bueno…
Le mordió el lóbulo de la oreja, mientras sentía la apagada risa sensual en el oído y las poderosas manos de su amante de turno sobre el trasero. Su cuerpo fue cayendo lentamente sobre la cama y sobre su cuerpo Lambo se acomodó mejor.
Sonrió, porque Gokudera ya comenzaba a verlo como lo que era: un hombre. No era tan difícil después de todo, lo que tenía entre las piernas acreditaba dicha condición. Había conseguido la clase de aprobación que en el presente precisaba de la Tormenta, pero de golpe, en el momento menos esperado y pretendido, un humo de color rosa inundó el cuarto.
—¡Me lleva el demonio! —exclamó Gokudera al saber lo que eso significaba—¡¿Justo ahora?!
Agradecía a Dios que ante él fuera imposible que un Lambo de cinco años se presentara o iría él mismo a la comisaria a decirle al oficial "enciérreme por ser un pedófilo enfermo". La cara de un Lambo de quince años, que intentaba procesar la situación actual, le arrancó una sonora carcajada. Lo tenía sentado sobre las piernas, mientras él estaba con una erección brutal y con la camisa abierta.
—Solo cinco minutos… —murmuró—No hagas preguntas —amenazó, quitándoselo de encima antes de que terminase de entender lo que ocurría. Demasiado tarde, porque esa dureza en su trasero había sido bastante esclarecedora.
Lambo estaba en blanco y era incapaz de entender la situación o mejor dicho, se rehusaba a entenderla. Sin duda algo raro había pasado allí… o estaba por pasar.
—Debo… resistir.
Al ver que estaba a punto de quebrarse, prestó más atención al aspecto que tenía.
—¿Qué te pasó? —Miró el hilo de sangre que surcaba el rostro del chico—Estás herido.
—Y tú, Hakodera, estás viejo —agredió con la voz quebrada.
—¡Ah, vaca estúpida! —Se enfureció—¡Encima de que usas la bazooka en el peor momento! —Cuando bien sabía que tenía prohibido usarla.
—¡Yo no la quise usar! —Se defendió, arrodillado en la cama—Se supone que estaba en el castillo de Barzini y después estaba ante un tipo fuerte… Reborn me dijo que volviera a usar la bazooka y luego regresé… —se tomó la cabeza—¡Ah, no entiendo nada! —se suponía que debería estar en su tiempo.
El nombre de ese antiguo enemigo acaparó toda la atención de Gokudera. El cigarrillo sin prender se cayó de sus labios. Arqueó las cejas. ¿Barzini? ¿Castillo? Ahora creía entender porque el maldito bribón parecía comprender mejor que él cómo funcionaba su cabeza.
Sonrió, torciendo la mueca hasta hacerla una que denotaba enojo, pero este fue superfluo.
—¿Qué estábamos haciendo? —preguntó Lambo, tratando de lucir galante como siempre hasta con el tono de la voz, pero con un delator tono carmín en las mejillas que dejaban por sentado su pena. Era chico, pero con la suficiente edad y agudeza mental para comprender el significado sexual que había en esa cercanía; pero Gokudera no le contestó, siguió hablando solo, consigo mismo.
—Maldito rufián. —No podía; por alguna extraña razón no podía enojarse con la situación—Es así como lo supo todo el tiempo… —asintió, divertido y sorprendido por lo que comenzaba a revelarse ante él—. Cuando vuelva me va a escuchar. Vaca desgraciada.
Mientras tanto, el Lambo adulto se encontraba envuelto en una situación que le daba inmensa nostalgia.
—Ah, esta situación —sonrió, viendo el rostro de sus hermanos cuando todavía eran unos niños. Y pensar que en ese momento él, con cinco primaveras, ya los veía como hombres. —Si no estoy soñando debo estar en el pasado por la bazooka de los diez años.
Qué mal momento había elegido para dispararse. El cuerpo tieso de un Gokudera maduro aguardaba por él y por toda la voracidad que sabía desplegar en la cama.
Su pícara mirada lo buscó, entre los jóvenes que lo observaban estupefactos.
—¿En serio es la vaca estúpida? —Y la voz de Gokudera llegó a él como una bala, junto a las exclamaciones de Tsuna-nii y sus demás hermanos.
—No pensaba que los vería de nuevo, muchachos —sonrió levemente, era extraño estar en ese pasado en particular. —Todos sus rostros… —tomó aire—qué nostálgico —cerró los ojos, emocionado por el golpe de realidad—Es suficiente para hacerme llorar, pero… parece que no es momento para emocionarse. —El aura asesina de Levi A Than lo había trastocado, así que guió su atención hacia la zona de la batalla—Hay una persona muy tosca mirándome.
La pelea parecía ser difícil, pero solo necesitó escuchar la exclamación de Gokudera: "¡La pelea está ganada!" para sentirse respetado y valorado por él; avergonzado por los cumplidos de sus jóvenes hermanos.
Todo ese tiempo buscando su aprobación, para recibirla en el momento menos esperado y cuando menos podría recordarlo. ¿Quién le hubiera dicho que sería de esa forma? Pero en lo mejor, cuando estaba luciéndose en verdad, pudiendo demostrarle a ellos y especialmente a Gokudera lo fuerte que se había hecho, le tocó volver.
En sus manos tenía los cuernos que había perdido hacia una semana. Podía leer la inscripción que Gokudera había trazado con una fibra indeleble en ese entonces. Lo buscó con la mirada y lo encontró con la espalda apoyada contra la pared, de brazos cruzados y una expresión de mortal irritación en el rostro.
Lambo no se inmutó por ello y sonrió abiertamente.
—Ahora entiendo mejor… —murmuró, mientras perdía la consciencia levemente, superado por el dolor que las heridas de Levi A Than le habían infligido.
—¡Lambo! —se preocupó, borrando todo gesto adusto del rostro para correr hacia la cama y socorrerlo.
Recostó la cabeza de Lambo sobre la almohada y tanteó el cuarto en busca de un botiquín de primeros auxilios.
—Fue lindo verte… —murmuró tan bajo que Gokudera, en la desesperación por dar con algo, no lo escuchó—, fue lindo verte orgulloso de mí.
Dio con alcohol y una gasa, eso era suficiente para atenderle las heridas. Lambo sintió el escozor, pero no lo manifestó más que con una ligera mueca de dolor.
—Debo… resistir.
Gokudera entornó los ojos riendo internamente, pero plasmando un gesto de sentido hastío por fuera. Algunas cosas nunca cambiaban. O lo hacían al mismo paso de la naturaleza: paulatinamente.
Cuando sintió la mano de Lambo sosteniendo la suya buscó acercarse más. Se sentó sobre él apoyando las rodillas en la cama y a cada lado de su cuerpo y apretó los labios contra los suyos. En la habitación de al lado habían dejado de gemir y ellos ya no estaban con ganas de tener sexo. Tan solo con ganas de quererse.
Se acostó a su lado, lo abrazó con el afecto que siempre le había tenido y durmieron un rato, como si fueran dos niños compartiendo una siesta. Nunca antes Lambo había consentido compartir la cama con alguien sin que eso implicase sexo, pero sabía que habría tiempo para eso. Todavía tenían toda la vida por delante.
Fin
Chatumá, siempre me sale drama, me pregunto si me saldrá algo cómico alguna vez con esta tirada de fics :s Encima escribiendo este se me ocurrió otro fic. ¡Ja! ¿Pensaban que se iban a salvar del 5927 conmigo? XD
Muchísimas gracias por leer. No sé con qué seguir T.T tengo en la cabeza uno con Kyoko, pero quizás me siente a hacer uno con Haru, Bianchi, Mukuro o Dino en cuanto la Universidad me suelte las bolas xD AH, QUÉ FINA. Y, claro, cuando termine de cumplir con todas las asignaciones (me metí en dos millones de cosas y ahora no sé para donde salir corriendo).
12 de septiembre de 2012
Merlo Sur, Buenos Aires, Argentina.
