HETALIA PERTENECE A HIDEKAZ HIMARUYA


Todo empezó de una manera tan sutil, tan calmada que nadie pudo ver el peligro, no hubo manera de prepararse para lo que se avecinaba.

Al igual que las mismas naciones, todo comenzó con una idea.

No era una idea nueva, en realidad. Durante siglos, los intelectuales habían postulado teorías acerca del orden mundial ideal. Algunas naciones eran tan arrogantes que habían dividido el mundo en primer, segundo y tercer mundo. Las diferencias entre norte y sur, el este y el oeste iban más allá del clima. Había ricos y pobres, privilegiados y parias. Todos los intentos por ayudar a los desamparados habían ensanchado aún más el abismo entre ellos. A medida que pasaban las décadas, los ricos se iban haciendo cada vez más ricos y los pobres, cada vez más pobres. Los ricos se aprovechaban de los pobres y siempre querían más y más y más.

Si la humanidad dejaba de dividirse a sí misma en pequeñas parcelas, comenzaba a mirar a su prójimo como a un igual en lugar de como a un extraño, quizás pudieran llegar a ser realmente solidarios. De este modo, la primera medida para mejorar de manera eficaz el estado de las cosas era eliminando las fronteras. Es decir, eliminando a las naciones.

Se editaron libros sobre el tema. Ciudades importantes como Nueva York, Munich o Rotterdam albergaron conferencias al respecto. Hubo debates en los televisión y la radio.

Naturalmente, ninguna nación podía estar de acuerdo con la idea de poner fin a su propia existencia, pero la mayoría aceptó que se hablará y se discutiera el tema. Habían pasado por mucho para conseguir la libertad de expresión. Incluso ideas tan disparatadas, utópicas e impracticables como esa tenían un hueco en la sociedad. Era bueno que las diferentes posturas se enfrentarán. Aunque, claro, hubo algunos, cuyas naciones gozaban de una gran estima, rayando la veneración, como Corea del Norte, Rusia o China, que los silenciaron de inmediato; en muchos otros podían ganarse la reprobación de los gobiernos y de la calle, pero, en general, las naciones no le dieron demasiada importancia.

La idea se expandió y se convirtió en un tema candente. Los debates se multiplicaron. Dinamarca, considerado uno de los mejores países donde vivir, siempre en el top diez de las cosas buenas, aceptó la invitación de enfrentarse a una simpatizante del movimiento por un gobierno mundial.

— ¿Con qué derecho puedes tú disfrutar de un sinfín de comodidades mientras que un país pobre de África, tan preparado y trabajador como tú lo tiene vetado?—le preguntó.

Él sonrió con toda la educación del mundo.

— No sabría decirle. Supongo que todo lo que tenemos en la vida es una mezcla de trabajo duro y suerte. A veces uno tiene las ganas y las herramientas y aún así no consigue lo que quiere. Todo lo que disfruto...bueno, déjeme aclararle una cosa para empezar: si ahora vivo cómodo es porque nunca he dejado de trabajar como un esclavo para conseguirlo. A mí nadie me ha regalado nada.

Él pasado. Sí, los simpatizantes también usaron el pasado como arma arrojadiza. Los países "del primer mundo" eran prósperos a costa de los del "tercer mundo". Éstos no podían mejorar su situación porque sus colonizadores, los traicioneros blancos, les habían robado sus recursos, dejado con un daño material irreparable y en decadencia moral, compraba su trabajo a un precio irrisorio. Europa y Norteamérica no podían hacerse los inocentes. Todos ellos se habían beneficiado. Ya sólo por su raza ya tenían privilegios que no podían negar.

El movimiento comenzó a ganar adeptos entre la izquierda sudamericana, africana y en ciertas áreas de Asia.

Las naciones estaban acostumbradas a estos reproches y seguían sin presentar apenas atención. Los países de estos lugares quizás estuvieran de acuerdo con uno o dos argumentos, pero meneaban las cabezas diciéndose que no eran más que cuatro gatos con mucho tiempo libre y una vida personal tan exenta de problemas que tenían que resolver los del mundo.

La censura de unos y la permisividad de otros dio pie a las reuniones y a la creación de asociaciones centradas en la idea. Derivaron en la creación de partidos políticos. El primero apareció en Estados Unidos, y cada vez más y más comenzaron a aparecer en todos los continentes.

Al principio tuvieron un impacto pequeño. En las primeras elecciones en los Estados Unidos a las que se presentaron no llegaron a tener representación. En sus primeros años, simplemente... estaban ahí. La mayoría de los electores desconocían su existencia, o pensaban, sonriendo, que cualquiera podía crear un partido.

Pero la creación de estos partidos fue visto por algunos gobiernos como una declaración de hostilidades hacia la nación, un ataque, y trataron de prohibirlos. Cuatro años después de su creación, el No-Borders Party en Estados Unidos fue declarado ilegal. Lo mismo ocurrió con sus homólogos panameños, húngaros y suizos. En otros países, la protección de sus naciones degeneró en represión. En Cuba, los implicados fueron condenados a veinte años de prisión. Sucesos similares se repitieron en Sudán, Marruecos y Bielorrusia. Las imágenes de los manifestantes siendo brutalmente golpeados y arrestados por la policía rusa hicieron que se ganara la condena de muchos países.

No lo sabían, pero les hizo más daño que bien a largo plazo. Tal y como explicó un periodista de Francia, «les han dado el argumento perfecto ».

De esta manera, los partidos ganaron atención, y con la atención llegaron los votos.

Porque, ¿por qué tenía la gente que sufrir para proteger la dignidad de una nación, de un mero concepto revestido con una capa de carne?

Aquellos cuyos partidos políticos habían sido prohibidos se quedaron con dos opciones: hacer presión en las calles hasta que los volvieran a legalizar o reventarlas directamente.

Lo primero fue lo que pasó en Suiza. Las protestas y huelgas se hicieron tan frecuentes que no le quedó más opción que aceptar la existencia de este partido en su contra. Era cierto que no podía silenciar las quejas que pudieran tener sobre él. Libertad de expresión, ya saben...Y así, en sus primeras elecciones, se convirtieron en el tercer partido más votado.

La segunda fue la más escogida en todo el globo.

Los cubanos simplemente se hartaron. Prendieron fuego al palacio de Cienfuegos y llenaron la ciudad de grafitis: «QUEREMOS LIBERTAD». «NO MÁS PATRIA, NO MÁS EXCUSAS».

Ciudad del Vaticano quedó atrapado en la Basílica de San Pedro, protegido por toda la guardia suiza, después de que un grupo de fanáticos tratara de hacerse con el control al grito de: «EL DINERO DE DIOS PARA LOS POBRES.»

Grecia, tal y como muchos notaron en las reuniones, y tenía aspecto sombrío. Tenía razones para estarlo. Una mañana, se despertó con un gato muerto clavado en la puerta de su casa. No se supo si era suyo propio o un gato callejero, pero todos sabían del amor que sentía por estos animales y no les extrañó que este hallazgo y la pintada que había al lado le dejarán tocado. La pintada decía: «ABAJO LAS NACIONES.»

Un grupo de mujeres consiguió burlar a las guardaespaldas de Catar. Trataron de arrancarle el velo, luego la empujaron y la hicieron caer al suelo. «¡NOS COMEMOS A LOS RICOS! ¡ABAJO LA SHARIA! ¡DERECHOS PARA LAS MUJERES!»

La situación comenzaba a complicarse y las naciones trataron de complacer a los manifestantes con ciertas medidas. Italia prometió mejorar el acogimiento y situación de los inmigrantes. Canadá se mudó a un pequeño estudio y donó su casa a los indigentes. Austria hizo públicas sus cuentas, en un intento por tranquilizarlos con su austera objetividad. No fue suficiente.

Los gobiernos seguían robando el dinero de la gente gracias a la cual estaban donde estaban.

Todas las miradas se volvieron entonces hacia las monarquías.

Individuos que nunca habían hecho nada productivo, que vivían a la sopa boba con la excusa de proteger y guiar a las naciones. Parásitos. Descendientes de tiranos y oportunistas.

Estas revueltas al principio fueron fáciles de controlar y no eran muy violentas. Alguien le lanzó un tomate al emperador de Japón. Donde quiera que fue el rey de España y su familia, allá le seguían los insultos. Nadie estrechó la mano de la reina de Noruega o siquiera se dignó a mirarla a la cara.

Pero alguien se pasó de la raya. Un joven rompió el perímetro de seguridad en torno al rey de Marruecos y lo atacó con un martillo. Las fuerzas de seguridad consiguieron sacarlo de allí antes de que lo matara; aún así el monarca acabó con las gafas rotas y en el hospital por una brecha de mal aspecto. La imagen de cómo dos guardaespaldas lo llevaron en brazos con sangre corriendo por su cara mostró el camino a los más radicalizados.


Sealand se encontraba en casa de Inglaterra ese día para discutir o, desde el punto de vista de Inglaterra, darle por saco con sus pretensiones sobre los malditos derechos de pesca. Inglaterra interrumpió su ridículo discurso cuando vio la luz y oyó el tumulto, y pensó por un segundo que eran hooligans que celebran una victoria o protestaban por una derrota.

— ¿Eh? ¿Qué está pasando ahí fuera?—preguntó Sealand.

Mas cuando Inglaterra abrió las cortinas para averiguarlo, no vio los colores de ningún equipo. Había caras ocultas, capuchas. Llevaban bengalas en las manos, pancartas...y todas clases de armas. Fue entonces cuando se percató de que uno de ellos tenía algo más en la mano: su bandera. Una bandera a la que prendió fuego con la ayuda de un mechero y a la que pisoteó frente al mismo Buckingham.

Chillaban como una jaula de monos. Escuchó con atención y reconoció un cántico: «¡DIOS LIQUIDE A LA REINA!»

Los labios de Sealand se despegaron de puro horror ante esta estampa fantasmagórica. La puerta se abrió y el duque de Cambridge entró, pálido y con los ojos desorbitados.

— ¡Están en la puerta! ¡Tenemos que irnos ya!

Inglaterra y Sealand no se lo pensaron.

La familia real los esperaba para la evacuación. Usarían un pasadizo secreto que pocos conocían, tras el cual una mini caravana, aparentemente común, los esperaba.

Fue en ese momento crucial cuando Mary Elizabeth, la hija más pequeña de la duquesa de Sussex, de cinco años, soltó la falda de su madre y salió corriendo. Ésta estaba tan aturdida, estaba tan enfocada en sus otras dos hijas, que no se percató. Pero Inglaterra sí lo hizo.

— ¡MARY!—chilló, y fue tras ella.

— ¡Inglaterra! ¿Qué estás haciendo?— Sealand dudó, pero finalmente corrió tras ellos. ¡Este no era el momento de mirar atrás!

Inglaterra encontró a la niña de vuelta a su habitación, tratando de coger en brazos a su conejito mascota.

— ¡No podemos dejar aquí a Bigotitos!—dijo a Inglaterra.

— ¡No debiste hacer eso! ¡Esto es serio! ¡Debemos permanecer juntos, todos!—la riñó Inglaterra, pero no perdió más tiempo con eso. La ayudó a sacar al animal de su jaula y la tomó en brazos para correr. Esperaba que no se hubieran ido sin ellos.

Cuando Sealand los encontró y oyó ruido muy cerca del palacio, vio que no se habían ido. El coche seguía allí. La familia estaba dentro. Y la turba los había encontrado.

Los forzaron a quedarse dentro. Entonces uno de ellos empapó el vehículo con un líquido que llevaba en un bidón. Otro lanzó un mechero encendido. Sealand quiso gritar pero ningún sonido salió de su garganta. Inglaterra ahogó un grito y se apresuró a obligar a Mary Elizabeth a que presionara la cabeza contra su pecho para que no mirara.

Oyeron los gritos. Por fin los dejaron salir del coche, y los recibieron con martillos, llaves inglesas, palos...

La garganta de Inglaterra le comenzó a quemar, quería llorar, pero lo dejaría para cuando todo acabara y estuvieran a salvo. Ellos todavía tenían una oportunidad. Miró frenéticamente a su alrededor, y recordó...había pasajes en ese palacio que la gente de ese siglo no conocía y que él y sus ancestros solían usar.

— ¿Q-Qué hacemos?—preguntó Sealand a Inglaterra.

— ...¡Seguidme!—respondió.

Corrió hacia los aposentos de la Reina y allí palpó palmo a palmo las paredes hasta que encontró lo que buscaba. Dejó a Mary Elizabeth en el suelo para arrancar el papel con sus propias uñas. Mary Elizabeth se agarró a su pierna temblando de miedo. Sealand ayudó aun no estando muy seguro de qué hacían.

¡Ahí! Por fin consiguieron desnudar la pared de piedra, la puerta que había detrás. Inglaterra la abrió presionando la piedra adecuada y agarró a la niña de nuevo para cruzarla. Estaba oscuro. Mary Elizabeth lloró sobre su hombro porque tenía miedo de la oscuridad. Inglaterra le musitó que debía ser fuerte, aguantar tan sólo un poco más...Y salieron al exterior, bajo las estrellas. Una vez allí, siguieron corriendo, con Inglaterra de guía, al ser el único adulto. Él no sabía adónde ir. Pero, de todas formas, corrió.


Bárbaro. Atroz. Completamente censurable. Ningún político podía aprobar la masacre perpetrada a la familia real británica. Los actos de conmemoración se sucedieron por todo el mundo.

— Nosotros no queríamos esto. Los implicados en este acto abominable no eran parte de nuestro grupo. Nosotros abogamos por la paz. Todos cuantos participaron en el ataque serán juzgados como criminales, y les pedimos con toda firmeza que liberen a la nación británica, si es que la tienen prisionera.

Este suceso consiguió lo que los manifestantes buscaban. La monarquía británica era un símbolo. Una por una, todas las casas reales se derrumbaron. Tailandia consiguió convencer a la turba de que no hiciera daño a su rey, pero no pudo evitar que diera con sus huesos en la cárcel, acusado de corrupción. Catar, los Emiratos, Arabia Saudí, Oman, todos ellos vieron cómo sus emires eran arrestados por aquellas fuerzas de seguridad que en otro tiempo les protegían. El rey de Suecia se entregó para no complicar más las cosas, después de conseguir un compromiso de que no le pondrían las manos encima a su nación. Holanda trató de defender a su reina y fueron necesarios cinco hombres para sujetarlo mientras se la llevaban. El príncipe de Liechtenstein le entregó a ella y a Suiza unos documentos falsos y se despidió de ella con un beso en la frente y un largo abrazo.

La mayoría de los políticos vio en estas manifestaciones la voluntad del pueblo. Una especie de revolución global. Era el albor de una nueva era. ¿Cómo podían luchar contra ello? Los que no dimitieron fueron echados. En las siguientes elecciones, el Movimiento por un Gobierno Global llegó a saborear el verdadero poder, gracias a coaliciones o a sus propios méritos.

Y sus primero decretos fueron los mismos, allá donde gobernaran: la orden de arrestar a sus respectivas naciones, para juzgarlas por corrupción y diversos crímenes.

Pero se encontraron con que no había nadie a quien juzgar. Todas las naciones se desvanecieron como el humo. Aquellos que trabajaban para ellos fueron interrogados, pero no les dieron ni una pista de quién les ayudó a escapar, adónde habían ido. Los colaboradores en su fuga recibieron condenas ejemplares.

Fue la presidenta Karina Verno, del antiguo estado de Estonia, quien promovió la creación de una nación común para todo el planeta, eliminando todas las fronteras. Durante este proceso, y debido a que las pocas casas reales que quedaban se resistían a aceptar la voluntad popular, los diferentes parlamentos abolieron la monarquía. En el caso de las monarquías no parlamentarias, fueron las revueltas del pueblo llano las que los derrocaron a la fuerza.

Dos años después, tras aquel órgano transitorio llamado La Unión, los países desaparecieron formalmente para fusionarse en lo que es conocido hoy como Tierra, simplemente Tierra, tras la promulgación del Tratado de El Cairo. Las fronteras se convirtieron en una división simbólica, un mero recurso administrativo, las áreas 1, 2, 3, 4...El primer presidente electo del planeta fue el anteriormente ciudadano chino Chang Hu.

Pasaron dos años, y cinco, y diez, y quince, y seguía sin haber ni rastro de las naciones. Después de tanto tiempo, muchos se olvidaron por completo de ellas.