DISCLAIMER: ninguno de los personajes pertenecen a mi persona, sino a SNK Playmore.

Capítulo tres.- Destino.

A la mañana siguiente, Ralf se dirigió a la oficina del Comandante, y escuchó una discusión adentro. Pensó en irse, pero en ese momento vio como Heidern le daba una bofetada a su hija, así que decidió entrar a separarlos.

-¡No me importa que te enojes, Leona! ¡Si digo que se acabó, SE ACABÓ! ¡No vas a estar con ese imbécil, claro que no!- gritó Heidern.

-¡Es todo, ME LARGO DE AQUÍ!- exclamó la chica, y salió llorando a toda prisa.

-Cálmese, ¿qué ocurrió?- preguntó el Coronel. Heidern le pasó unas fotos que captó la cámara de seguridad, y vio con pesar a Leona e Iori juntos. Se exprimió el cerebro pensando qué le atrajo de él, y la idea le llegó como si le hubieran lanzado un zapato al cráneo:

-Señor, ¿Yagami no es el que también tiene…?

-Sí, tal vez por eso ella… Pero: ¿Y si la está usando para infiltrarse…? , podría salir lastimada…- Más que estar enojado porque un intruso se metió burlando las medidas de seguridad, lo estaba porque sabía que su pequeña ya era una mujer, y los celos de padre son invencibles.

-Lo pagaría muy caro- dijo sin querer en voz alta, Ralf, pero el comandante estaba muy preocupado como para darle importancia a eso. El solo hecho de imaginarse a Leona llorando por un idiota, atravesó el corazón del comandante como una daga.- No puede prohibirle salir con él, sólo hará que se encapriche más. Tengo una idea: que esté con él, yo lo vigilaré.

-Me parece bien- respondió el Comandante después de meditarlo- Hágame un favor y vaya con Leona, que no se le ocurra dejarla ir.

Se dirigió a la habitación de la muchacha. Tocó la puerta. Ella le abrió al reconocerlo y siguió revolviendo sus cosas para meterlas en su valija. Estaba llorando. Así como para el Coronel lo mejor del mundo era ver reír a Leona, lo peor que podía pasar era verla llorar.

-Ya no puedo seguir aquí, nadie me entiende…No soy feliz aquí…

-Shh, shh…-dijo el Coronel tapándole la boca con sus dedos.- Yo sí te entiendo, por eso hablé con tu padre… Él te dejará estar con Yagami siempre y cuando no hagas travesuras- le dijo sonriendo, y retiró los dedos de su boca para secarle las lágrimas. Ella lo abrazó muy fuerte y le agradeció. Cuando lo soltó, él le dijo:

-Y bueno… ¿qué pasó por esta habitación? ¿Un tornado o una estampida? ¿Puedo ayudarte a ordenar?

En días normales, ella no habría permitido que tocaran sus cosas, pero no quería que se fuera todavía. Así que dijo que sí y los dos empezaron a ordenar. Para desgracia de la chica, el Coronel encontró, entre todo el desorden, uno de sus sostenes. Se puso a jugar con él, mientras Leona lo correteaba tratando de quitárselo.

-¡Lindos encajes, Leona!- se burló sacudiéndolo en lo alto.

-¡Deme eso, Coronel!-exclamó ella, apenada- ¡Démelo ya, maldita sea!

-¡Ja, ni muerto: esto vale oro!- gritó Ralf, divertido. Ella se le abalanzó, y cayó encima de él al suelo. En eso entraron Whip y Clark, abochornados por la escena que estaban viendo.

¡Ay, lo sentimos mucho! ¡No quisimos interrumpir nada! ¡p-pensamos que estabas sola!- explicó Whip, desesperada y roja como tomate.

-¿Acaso eso que tienes en la mano es un…?- dijo Clark, sonriendo, porque sabía que tendría caña para molestarlos durante un año. Leona se lo arrebató de las manos a Ralf, y este se paró, ayudándola a ella a hacerlo, también.

-No pasa nada, sólo estábamos teniendo una lección de combate- explicó tranquilo el Coronel.

Whip y Clark pusieron cara de escépticos, y éste último comentó:

-Me parece que yo me perdí la clase de defensa a base de sostenes.

Leona e Iori llevaban saliendo tres meses. Ella aprendió a comunicarse más con sus amigos, a reír y a divertirse, eso sí: sólo con sus compañeros, su novio, su padre (quien le había pedido perdón por haberla golpeado) y con quien fuera necesario. Fuera de ellos, su timidez y distancia para los desconocidos o poco cercanos era inflexible. Whip y Clark seguían con sus reuniones secretas, cada vez más frecuentes, y el Coronel seguía de cerca a Iori, pero no parecía tener ningún plan malintencionado, así que Heidern dejó de pedirle que lo vigile. Ralf también se resignó a que estén juntos, notaba con tristeza que ella era feliz con él, pero seguía su vida como siempre, aun que a Leona le daba la leve sensación de que el Coronel bebía más que de costumbre desde que cambiaron las cosas. Un viernes cualquiera, aprovechando que tenía el fin de semana libre, Ralf se compró unas cuantas cervezas y se encerró en su habitación a ver un partido de básquet. Le hubiese gustado salir ahí con Clark o Whip, pero ellos habían desaparecido "misteriosamente" al mismo tiempo. Sonriendo ante esa idea, escuchó unos sollozos afuera en el patio. Se asomó por la ventana y vio a Leona escondida en el árbol más alto. Decidió ir a preguntarle por qué lloraba.

-¡Treparía hasta ahí, pero no llegaría ni a la segunda rama!- le gritó, divertido-¿Te importaría bajar? Está haciendo frío, pero si no vienes, me quedo a acompañarte...- antes de que terminara la frase, ella ya había bajado, y sin previo aviso, corrió a abrazarlo. Cuando lo soltó, exclamó:

-¡Está temblando!

-Sí, estaba en mi habitación y aquí no hace tanto frío como aquí- explicó tiritando.

Pero en ese momento cayó un chaparrón que los dejó empapados de pies a cabeza. Él le tomó la mano y fueron corriendo a su habitación. Leona nunca había estado ahí. Era bastante agradable, estaba llena de fotos enmarcadas, colgadas en la pared, y notó que aparecía en muchas de ellas. Vio una en particular, en la que estaba Ralf sonriendo y abrazándola y ella mirando seria a un costado.

-Es la más decente que tengo de ti- le comentó él, envolviéndola por detrás con una toalla. Ella se giró y se sorprendió al verlo sin la pañoleta y sin camiseta. Abochornada, se tapó los ojos, eso hizo que Ralf riera. Él le prestó ropa para que no se enfermara (le quedaba enorme). Ella nunca había imaginado que alguien como él tendría una habitación tan linda y genial como esa, porque le daba la impresión de ser desordenado y poco detallista. Se imaginó como su casa fuera del cuartel.

-Debe ser maravillosa- comentó sin querer en voz alta.

-Este… ¿qué cosa?- preguntó Ralf, extrañado.

-Nada, olvídelo- contestó, un poco apenada. Se sentaron en el sillón.

-¿Qué ocurrió? ¿Por qué llorabas?- le preguntó él, mientras destapaba una botella.

-¿Le importaría darme una?-pidió Leona señalando la cerveza.

-La cerveza no es la solución- dijo él, sonriendo pícaro.

-Cierre la boca y deme una, Coronel- ordenó ella, devolviéndole la sonrisa.

-¿Te importaría tratarme menos formal?-preguntó él, pasándole una botella.-No sé, usar el tú en vez del usted, te lo agradecería- ella asintió- Y, ¿me vas a contar por qué llorabas?

-Bueno, Iori y yo peleamos, y él… me terminó.- respondió, volviendo a llorar.

-¿Estás enamorada de él?- preguntó él, necesitaba saberlo.

-No lo sé… ¿Cómo sabes si lo estás? ¿Tú te enamoraste alguna vez?

-Sí, unas pocas veces. Pero la que más me dejó cicatriz fue hace algunos años, Kira- respondió, dando sorbos largos a su botella- Sentía que ella completaba las partes que me faltaban, o que habían desaparecido. Sentía que no había nada que no pudiera hacer. Pero ella odiaba a lo que me dedicaba y quería que nos fuéramos a empezar una nueva vida. Yo me negué y ella se marchó. Ahí me di cuenta de que no me amaba como ella decía, porque si tratas de cambiar a alguien, no te enamoraste del todo. Amar sólo es amar si necesitas hasta lo que no te gusta de esa persona, porque las virtudes atraen, pero los defectos enamoran. Me mandó una carta, en la que me decía que quería ser amigos, y que se iba a casar, y como de seguro supondrás, anduve hundido en el alcohol, y salí de ahí gracias a tu padre y a Clark. Con el tiempo, acepté su salida de mi vida y me dio gusto que encontrara la felicidad que no encontró conmigo. Ahora sé que no teníamos que estar juntos: hay otra persona destinada para mí- sin darse cuenta había terminado la botella- Espero encontrarla pronto- sonrió melancólico.

-Vaya… entonces no, no lo estoy- dijo después de un momento ella- quiero decir, lo quiero y me hace feliz, pero creo que hace falta algo más, no sé qué. Tal vez arreglemos las cosas mañana, tal vez no, pero tienes razón, el destino nos pondrá a la persona ideal en el camino, y se quedará con nosotros, sin importarle nada.

-Tendría que ser más que idiota si te deja ir así sin más, sin lucharla-dijo Ralf, destapando otra botella. Leona no se había fijado antes cuan maravilloso era el Coronel, aunque ya sabía que él era único y especial, que jamás le iba a fallar. Con él, nada podía hacerle daño, entonces decidió hacer algo. Cambió con el control al canal de música, y le tomó la mano a él, tirando hasta que se levantó del sillón, mirándola confundido.

-Dijiste que querías verme bailar, ¿qué mejor que verme bailando juntos?-le dijo sonriendo.

Empezaron a bailar alegremente, riendo, hasta que se acabaron las cervezas y pasaron música lenta en la televisión. Leona se detuvo, indecisa de bailar una pieza así con el Coronel, pero él le agarró las manos y las colocó en sus hombros, deslizando las suyas hasta la delgada cintura de ella. De repente se sintió la chica más feliz en el planeta. Estaba consciente de que extrañaba tremendamente a Iori, pero en ese momento, no importaba. Todo menos continuar abrazada a él, perdió importancia. Cuando ya les empezó a dar sueño, Ralf se acostó en el sillón y le dijo que si quería, podía dormir en su cama. Pero ella se acostó a su lado y él la abrazó por la cintura. Puso sus manos encima de los brazos de él y cerró los ojos. No había nada en el mundo que se comparara a estar ahí con él abrazándola, que superara el sentir su calor, sus brazos, su respiración…