DISCLAIMER: ninguno de los personajes pertenecen a mi persona, sino a SNK Playmore.

Capítulo cinco.-Recuerdos/Oscuridad

Despertó y miró rápidamente al costado para comprobar que no había estado soñando. Se dio vuelta y quedó cara a cara con el Coronel, que aún dormía. Se dedicó a mirarlo dormir.

-Ralf…- susurró después de unos instantes. Él abrió lentamente los ojos y dijo, sonriendo:

-Leona…

-¿Qué tienes que hacer hoy?-preguntó ella, acariciándole el cabello.

-Nada, estoy libre. ¿Por qué preguntas?

-Hay un lugar al que quiero ir, pero no quiero ir sola. Le pedí a Iori y dice que no tiene tiempo. ¿Podrías…?- se puso algo tímida, pero siguió-¿Me llevarías a la playa?

-Está bien, vamos- respondió él, un tanto sorprendido de que ella quiera salir juntos.

Leona volvió a su cuarto a cambiarse y poner algunas cosas en su bolso. Vio su celular y pensó en no llevarlo, pero no pudo. ¿Y si Iori la llamaba? Ella lo extrañaba mucho y le dolía pensar que todo terminaría así. Se encontró con Ralf, que ya estaba con la moto encendida. Se subió.

-No tan rápido muchacha- dijo él, poniéndole el casco en las manos. Ella puso cara de molestia –mi moto, mis reglas.-concluyó, sonriendo. No tuvo otra opción que ponérselo. La hacía sentir ridícula, y le pesaba. Abrazó la cintura de Ralf, que sonrió y comentó:

-Está prohibido coquetearle al conductor, pero por esta vez…-ella le golpeó en la cabeza- ¡Está bien, está bien! Sólo decía…- partieron. Cerca de dos horas después, Leona escuchó el sonido del mar. Se puso inquieta, buscando cuánto les faltaba para llegar. Ralf aparcó la moto y la ayudó a bajar, pero ella empezó a correr hacia la arena como si la estuviera por pisar un camión. Leona se quedó parada frente al agua, abrió los brazos y cerró los ojos. Su amigo se rió, se notaba que nunca la habían traído a la costa, extendió una manta y se sentó a contemplarla, minutos después ella se sentó a su lado, sin previo aviso, se quitó las zapatillas y los pantalones (traía unos shorts debajo).

-¿Qué diablos haces?- preguntó Ralf, confundido.

-No vine hasta aquí para no entrar al agua- respondió ella, sonriente, y se quitó la camiseta. Él no se lo esperaba, y se quedó con cara de estúpido al verla semidesnuda. Había visto a decenas de chicas desnudarse frente a él, pero con ninguna se sintió tan sorprendido como en ese instante, porque era imposible -hasta ese entonces- imaginarla haciendo algo así. Se puso algo colorado y exclamó:

-No lo dices enserio… ¡El agua está helada, mujer!- ella sólo sonrió aún más-¡Te resfriarás!

Pero Leona se dio vuelta y se metió hasta las rodillas. El agua estaba congelada.

-¿No piensa acompañarme, Coronel?- preguntó, juguetona.

-¿Yo entrar al agua en invierno? Espera sentada…-sentenció Ralf.

-¡Qué gallina! ¡Y eres soldado!-exclamó ella, y retrocedió hacia él, pateó el agua y llegó de lleno a la cara del Coronel.

-¡Estás frita!- amenazó él y se quitó la ropa para entrar.

-¡Lindos bóxers, Coronel!- le gritó en tono burlón Leona. Él sonrió. Cuando llegó por fin a su lado, la levantó:

-¿Así que quieres darte un chapuzón, encajes rosados?- dijo, triunfante y la metió entera al agua.

Al terminar de comer los sándwiches que Ralf había hecho (el Coronel era buen cocinero), tomaron unas cervezas y Leona dijo:

-Podría quedarme aquí toda la vida… ¿Tú no?

-Me gusta la playa, pero a mí siempre me ha gustado viajar. Pienso que cuando seamos viejos y no tengamos fuerzas para nada, lo único que tendremos serán nuestros recuerdos, y quiero guardarme los mejores que pueda y tener cientos de paisajes que rememorar. Hay que disfrutar la vida al máximo, porque es corta- dijo él, recostándose, poniendo sus brazos como almohadas.

-Sí, disfrutar…- suspiró Leona, y se acostó a su lado, apoyando su cabeza en el pecho de él, y éste empezó a acariciarle el cabello. No tardaron en quedarse dormidos. Cerca de las cuatro de la tarde, Leona despertó. El Coronel no estaba ahí. Miró a todos lados, sin encontrarlo, así que se levantó… Lo encontró sentado en una roca. Notó que había estado llorando, o eso parecía, porque cuando la vio se dio la vuelta y se secó los ojos. Le preguntó si todo estaba bien.

-¿Qué…? ¡Ah, sí! ¡Todo está bien!- contestó, esquivando su mirada.- Bueno, creo que debemos irnos: hace frío y seguimos mojados. Debemos estar allá antes de que sea de noche.- Empezó a levantar las cosas, Leona lo siguió.

Faltaban unos veinte minutos para llegar al cuartel, cuando pararon en una estación de servicio. Mientras Ralf cargaba combustible en la moto, Leona se le acercó y dijo:

-Gracias, Ralf. Hoy pasé el mejor día de mi vida.

-No es nada- contestó el Coronel con una sonrisa algo forzada.- Hay que venir en verano, así no me helaré el trasero cuando haga tanto calor.- Leona rió y lo abrazó, sin ser correspondida. Sintió un poco de tristeza. ¿Y si él se había dado cuenta de que ella no valía la pena? ¿Si se había cansado de estar con ella?

-¿Puedo preguntarte algo? No tienes que responder…- dijo Leona, él asintió despacio.- Cuando seas viejo y te acuerdes de mí, ¿seré un recuerdo bueno o malo?

Ralf se quedó callado. Ella se dio la vuelta, pensando que quizá él ni se molestaría en recordarla, porque siempre había sido muy difícil de tratar. Una punzada de dolor muy fuerte azotó su cabeza, pero no quiso darle importancia. Entonces los grandes brazos de Ralf la hicieron girar en sí, al tiempo que él le dijo:

-Serás el mejor y más bello de todos mis recuerdos.

Los dos se acercaron uno al otro, y cuando los labios de Ralf rozaron los de Leona, el celular de ésta sonó. "Iori…" pensó Leona, y sacó el celular del bolsillo.

-Sí, contéstale, no le hagas esperar- dijo Ralf sonriendo, pero en él había una frialdad hiriente. Leona sintió un frío recorriendo todo su cuerpo al escucharlo hablar con esa rigidez, y las punzadas de dolor en su frente volvieron. A pesar de eso, sintió alegría de poder arreglar las cosas con Iori, pero faltaba algo para estar contenta del todo.

-¿Hola?- dijo, dándole la espalda a Ralf, que había ido a pagar. No tenía mucha señal.

-Leo… lugar seguro… aléjate de… Orochi…CORRE-fueron las únicas palabras que escuchó decir, y acto seguido escupió sangre. Respiró agitadamente y entró en pánico. Pensó que iba a lastimar a Ralf, así que, aunque retorciéndose, se alejó de la moto, entre la maleza del lugar.

Ralf salió de la tienda, sintiéndose más miserable de lo que jamás se había imaginado, y no encontró a Leona. "No seas idiota, se fue con Yagami" pensó con amargura, pero en ese momento escuchó un grito agudo que veía de unos árboles cercanos y no lo pensó más: echó a correr. Al llegar vio a Leona arrodillada en el suelo, arañando la tierra que había a su alrededor. Cuando ella lo divisó, comenzó a gritar:

-¡No, no! ¡Aléjate de mí! ¡Vete AHORA!

-Maldita sea…-masculló Ralf, corriendo al lado de la chica, que con todas sus fuerzas se arrastraba tratando de alejarse de él. Él la alzó como pudo y la llevó hasta la moto.

-¿Crees que puedas resistir hasta llegar?- le preguntó, consternado.

-No, no… Ya casi…- respondió ella, agitadamente.

-Por favor, Leona, ¡resiste! Sé que puedes hacerlo…- le puso el casco y la subió a la moto, aferró los brazos de la muchacha a su cintura y partió lo más rápido posible. Llamó a Clark:

-Contesta, contesta, contesta… ¡Contesta!- exclamó Ralf, a quien Leona ya le estaba clavando las uñas- ¡CLARK! Escucha, Leona entró en disturbio. Busca un lugar para encerrarla hasta que se le pase. Estaremos ahí dentro de unos quince minutos, ¿oíste?

-¿Qué? ¿Estás loco? ¡Aléjate de ella! ¡Te matará!- dijo un muy asustado Clark.

-¡Haz lo que te digo, maldita sea!- gritó Ralf y guardó el teléfono. Leona ya le había hecho profundos cortes en el abdomen, y no sabía cuánto tiempo faltaba para que se convirtiera del todo, si es que aún no lo había hecho. Nunca había tenido tanto miedo, y no se atrevía a mirarla porque temía verla con el pelo rojo.

-¡Otra vez no, por favor! ¡No quiero, no quiero!- gritaba desconsoladamente Leona.

-¡Tranquila, Leona! ¡Ya casi llegamos, sólo falta un poco más!- dijo Ralf.

-¡Ayúdame! ¡No le dejes hacerlo! ¡Haz que se calle! ¡QUE PARE!- lloraba la chica, retorciéndose.

-¿Quién, Leona? ¿Quién dice qué?- preguntó Ralf, algo aturdido.

-¡Él… me está hablando! ¡Su voz retumbando en mis oídos!

-¿Qué te dice Leona?- preguntó el Coronel, en un intento de distraerla. Ya podía ver el cuartel a lo lejos. Sólo un poco más…

-¡Me dice que…! ¡ME DICE QUE TE MATE!- respondió Leona en un grito, y se retorció aún más. Él quedó en shock al oír esas palabras. "Tienes el poder para hacerlo… Es una mosca que puedes aplastar, Leona. Hazlo y tu sangre te lo agradecerá. Hazlo y serás aún más poderosa. Es lo que eres". Por más que luchó, algo la derrotó por dentro. Leona ya se había ido. El Coronel volteó a verla, creyendo que todo había terminado, y se quedó helado al ver su cabello rojo y sus ojos totalmente blancos. Fue ahí cuando recibió una especie de puñalada en su espalda tan fuerte y profunda que lo hizo caer de la moto. Rodó cerca de la entrada de la base, donde Clark los estaba esperando, y éste corrió hacia él, seguido de Whip.

-¡Te dije que te quedaras adentro, Whip!- le gritó Clark a la muchacha, mientras ayudaba a su amigo, inconsciente.

-¡NO LOS DEJARÉ SOLOS!- exclamó Whip, molesta, y se dispuso a ayudar también al Coronel.

-¡Está bien! ¡Quédate con él!- ordenó Clark, y corrió hacia donde Leona había desaparecido.

-¡No, Clark, te matará!- sollozó Whip desesperada. Él siguió corriendo.- ¡Clark! ¡Te amo!

Mientras corría, Clark no pudo creer lo que había escuchado. Sin saber porqué, ahora corría más fuerte, tal vez escapando de alguna realidad. Se detuvo. Sabía que Leona en disturbio no se acordaría de su amistad. Escuchó ruidos detrás de él y se preparó para atacar, pero distinguió a Whip y Ralf, que sangraba abundantemente. Estaba a punto de reprocharles el haberlo seguido, pero de repente Leona salió de la nada y atrapó a Whip, golpeándola ferozmente. Clark actuó rápido y se la sacó de encima, inmovilizándola con uno de sus famosos agarres, y trataba de no hacerle daño, pero era imposible. Ralf lo ayudó a agarrarle las manos y Whip las ató ágilmente con su látigo. Los dos amigos la levantaron y la llevaron hasta el cuarto que había preparado Clark, y Whip le sacó el látigo porque ya le estaba quemando las muñecas. Después de encerrarla, la observaron por la ventana correr y estrellarse contra la pared.

-Ve a la enfermería- ordenó Clark a Ralf, quien lo miró serio, puesto a que él era quién daba las órdenes, pero al ver a su amigo, supo que lo decía por preocupación y no por querer ser el líder. Estaba a punto de hacerlo, pero los tres se apenaron al ver a Leona luchar contra sí misma, con una ferocidad digna de mejor oponente, y se hacía daño. Entonces Ralf se sintió extremadamente impotente, y él odiaba sentirse así. No lo soportó más y entró. Ya adentro, trancó la puerta. Clark le gritó:

-¡¿Acaso estás demente?! ¡Sal de ahí! ¡Te va a matar!

-Lo siento, amigo. ¿Qué nunca te has enamorado?- contestó Ralf sonriendo.

-¡No seas imbécil y vuelve aquí! ¡No voy a dejar que mueras!- gritaba desesperado su amigo, pateando con toda su fuerza la puerta. Whip se puso a llorar. Leona se percató de la presencia de Ralf, que se acercaba lentamente hacia ella, y le dio una patada que lo mandó al otro lado de la habitación. Corrió hacia él, lista para dar el golpe final, pero Ralf reunió todas sus fuerzas restantes para derribarla, y gritó, esperando que la Leona enterrada en esa bestia lo oyera:

-¡Vuelve, Leona! ¡Sé que puedes hacerlo! ¡Tú no eres esto: tú eres la persona más maravillosa del planeta! ¡Puedes vencerlo!

Ella parecía haber entendido eso porque gritó con voz algo escalofriante:

-¡No quiero ser esto! ¡No quiero hacer daño! ¡NOOO!- Ralf tuvo que taparse los oídos, al igual que Clark y Whip, para que no estallaran. Entonces Leona dejó de retorcerse y su cabello volvió a tornarse azul, ese azul que tanto adoraba el Coronel, y éste rió dolorosamente, acostándose al lado de Leona, rendido…