Hola de nuevo, aquí está el primer capítulo. Espero que lo disfrutéis y me digáis si os ha gustado o no. Agradecer también a las chicas que le han dado a me gusta, ¡me habéis dado mucha alegría :DD!

Una cosilla más, que este capítulo es un poquito coñazo, porque presenta un poco la situación de los personajes, etc..., prometo que a partir del Capítulo 2 las cosas mejoran! Así que no desesperéis os lo pido! ;)

Intentaré actualizar según vea que es aceptado. Así que ya no me lío más y aquí os lo dejo ^.^


Este capítulo ha sido beteado por Verónica Pereyra (Beta FFAD)

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Capítulo 1

Eran las doce de la mañana, el sol posaba majestuoso en medio del cielo y los pajarillos piaban, algo muy raro teniendo en cuanta la constante lluvia que caracterizaba a Inglaterra. Las risas y las conversaciones de los invitados quedaron cubiertas por el enorme ruido que producían las campanas de la iglesia. Una niña se sobresaltó y por los pelos no se cae del banco color tierra, el cual estaba adornado con hermosísimas rosas en los extremos, haciendo que su madre la mirara con mala cara.

La Señora Cope, una bella anciana, le dio un codazo a su irrespetuoso marido. ¿Cómo se ha podido quedar dormido? -pensaba. Tras dos codazos más, el siguiente más fuerte que el anterior, el pobre hombre se despertó y dando un brinco en su asiento, miró desorientado hacia los lados hasta que vio a su enfadada esposa.

— ¿Cuántas veces te he dicho que no te comportes como un niño? —exclamó, pero para cuando pronunció las palabras "niño" el Señor Cope ya no la escuchaba, estaba admirando minuciosamente la preciosa decoración, tan detallada y con gusto que hasta la mejor decoradora tendría envidia.

Mientras su esposa seguía con su riña, el olor de las rosas combinadas con las lilas lo envolvían en un aroma tan agradable que incluso le hizo olvidar a la bruja con quien se había casado. No sabía cómo había pasado. Ella solía ser cariñosa, tierna, alegre pero desde que cumplió los 55 y a medida que los años pasaron, su humor había empeorado desorbitadamente. Ahora era una gruñona, chismosa, ¡no tenía piedad, ni conciencia! Sin duda, no sabía cómo había pasado.

Entre tanto, en las puertas de la iglesia un Mercedes aparcó. Por la puerta de atrás salieron, una detrás de otra, cinco damas de honor, todas vestidas de lila, con guantes y flores blancas. Sus vestidos largos tocaron el suelo haciendo que algunas de las gotas de agua de la llovizna del día anterior se adhirieran. Por último salió la novia, Ángela, Angie para los amigos.

Su vestido era de un blanco resplandeciente, ya que el dorado de la cinta de seda que le envolvía la cintura formando un pequeño lazo al final lo acentuaba. La cola del vestido, al ser tan larga, tuvo que ser sujetada por algunas de las damas durante el recorrido hacia la Iglesia.

— Venga, Angie —animó Alice. —Éste es tú gran día.

Ángela miró hacia las cinco caras sonrientes, mejor dicho cuatro y media. Se acercó a la castaña de ojos chocolate que tenía delante y le abrió los brazos invitándola a un tierno abrazo. Ella, a regañadientes, accedió.

—No pongas esa cara porque parece que me estás diciendo que estoy cometiendo el mayor error de mi vida —, le dijo irónicamente.

— ¡Anda y no me digas tonterías! —Bella le guiñó el ojo intentando poner buena cara a lo que ella creía, la mayor estupidez que podría existir en la vida. Se alejaron la una de la otra, sosteniendo la castaña el gran ramo en forma de cascada de la novia.

Tras otras palabras de ánimo de las demás mujeres, retomaron el camino hacia las puertas con un ritmo tranquilo. Angie tomó aire y espiró una y otra vez para intentar tranquilizarse. El camino hacia el altar era cada vez más pequeño y Ángela se puso a hiperventilar.

Una de las damas más jóvenes, Jane, la tranquilizó con palabras bonitas que para Bella no significaban nada. No podía entender que se pusiera a hiperventilar por sólo ver a su prometido mirándola fijamente. Tampoco es que quisiera descifrar el brillo que tenían los ojos de Ben, pero no les tenía total indiferencia.

Ella les respetaba aunque no compartieran su opinión y por aquella misma razón se giró de medio lado hacia Angie, e intentó ayudar sabiendo que las palabras que iba a utilizar no eran de su uso normal, pero debía de intentarlo.

— ¡Mueve el culo Ángela! —exclamó haciendo que la mirada de ésta se volviera a colocar en su objetivo, el altar. —Voy a buscar a tu padre, espero que no te desmayes hasta entonces.

—Tra-tranquila —respondió en apenas un susurro.

Bella dejó el ramo que estaba sujetando en manos de Tanya, una rubia guapísima. La primera le mandó una sonrisa tranquilizadora y se fue hacia unas escaleras laterales. No sabía dónde estaba el Señor Weber, pero suponía que en alguna de las pequeñas recámaras de la Iglesia.

Abrió la primera puerta, dentro no había nada pero por lo polvoriento del lugar parecía estar en obras. Las siguientes dos puertas estaban llenas de flores. Bella aprovechó para coger un enorme ramo de lilas de aquella recámara, que por su tamaño podría decirse pesaba más de cuatro kilos, para terminar los decorados de los bancos cuando regresara.

Su búsqueda estaba siendo terriblemente desastrosa, no lograba encontrar al padre de Angie. Le pareció haber abierto miles de puertas, todas del mismo color, textura, tamaño… ¡Parecía que estaba abriendo la misma, una y otra vez!

Hasta que llegó a una en la que un cartelito rezaba: "Sólo personal autorizado". Estaba escrito a mano y en una Iglesia, lo cual a su pequeña cabecita no le costó mucho deducir que no era normal. Barajó tres posibilidades:

Primera, que fuera cierto y que guardaran los muebles de las demás habitaciones.

Segunda, que fuera el lugar donde los curas rezaban -aunque no estaba muy segura de ésta opción-.

Tercera, que algo muy raro estuviese pasando ahí dentro.

Cuando la balanza se inclinó hacia la tercera posibilidad, se volvió a formar una duda en su mente. ¿Entraba de golpe, o lentamente sin hacer ruido? Sabía que si había un ladrón, lo cual no era posible, iba a salir por alguna ventana que poseyera la habitación con el mínimo ruido.

Sin embargo, cuando entrara de golpe, la o las personas que estuviesen dentro se asustarían, darían la vuelta y revelarían su identidad. Reconocía que ninguna de las dos variantes tendría un buen resultado, ya que si era el ladrón del primer razonamiento llevaría una máscara, no le serviría de nada. Pero nada perdía, por lo tanto posó la mano sobre el picaporte.

Justo cuando se disponía a abrir la puerta, ésta se abrió bruscamente haciendo que la persona que la había abierto chocara con Bella y consiguiendo que ésta se tambaleara. Sintió como una mano la agarraba del brazo, intentando estabilizarla. Momentos después se fijó en la mano que la sujetaba y dada la proporción de ésta, supo que era un hombre. Pensó que quizás estaba de suerte y era el Señor Weber pero cuando su mirada se posó en la de aquel hombre, se dio cuenta de cuán equivocada estaba.

El padre de Angie tendría alrededor de 60 años, mientras que el joven que tenía delante era 30 años menor. Sus ojos verdes claro la examinaban detenidamente, igual que los de ella a él. Su pelo castaño, o eso le pareció a ella, estaba engominado ligeramente dando la sensación de que, por lo menos, había intentado peinarlo. La mandíbula cuadrada estaba adornada con una sonrisa socarrona que derretiría a cualquier mujer, no obstante, la mirada fría y el semblante serio de Bella le dio a entender que tenía que soltarla. Pero al no hacerlo, ésta se dispuso a decirle unas cuantas cositas.

—Perdone —empezó, —me está haciendo daño.

Patético, ¿no podrías decir otra cosa? Sabía que la fuerza que ejercía el hombre sobre su brazo era mínima pero esperaba que con éstas palabras la soltara y dejara que se marchara.

—Sí, perdona —respondió mientras su sonrisa se hacía más grande y se metía las manos en los bolsillos. Cuando Bella se alejó un paso, él no tuvo ni pizca de vergüenza en mirarla de pies a cabeza. Ella se sintió de repente muy incómoda, e intentó hacer algo por evitarlo.

—Si es tan amable, ¿me podría decir dónde está el Señor Weber? —preguntó. Él por fin levantó la mirada y la clavó directamente en la de ella, intimidándola.

—Bajó las escaleras hace cinco minutos —contestó.

—Por casualidad, no sabrá hacia dónde se dirigía, ¿verdad? —intentó averiguar Bella, ya que la pobre información que le había dado el hombre no le servía de nada en su búsqueda.

—Sí —respondió. —Estaba preocupado por no sé qué anillos y fue a buscar a Ben.

—Los anillos… —dijo simplemente. Sabía que él no tenía ni idea de dónde estaba ahora mismo el padre de Ángela, ya que los anillos los tenía Irina. —Gracias.

Su intención era girarse y seguir su camino pero cuando lo intentó la mano de aquel hombre la sujetó de nuevo. Irritada, se dio la vuelta bruscamente, con el ceño fruncido y chispas de furia asomaban a sus ojos.

—Le agradecería que me quitara las manos de encima, señor —al pronunciar las últimas palabras, lo hizo con tal desprecio que él se indignó.

Desde el momento en que la miró a los ojos vio algo raro en ella, no es que se hubiese enamorado a primera vista ya que sabía que eso era una cháchara que se inventaban los novelistas, las novelistas femeninas en general.

A pesar de la belleza de la chica, su carácter le molestó sobremanera. Edward no era el tipo de hijo mimado que siempre lo tuvo todo, pero en el caso de las mujeres nunca tuvo problemas, y no le permitiría a esa mujer despreciarlo de aquella manera. Él quería que le hablara como todas lo hacían, de forma melosa y tentadora, pero no lo hacía. Que se acercara a él provocativamente, pero ella se alejaba como si fueran el agua y aceite.

— ¡Que me suelte! —repitió cerrando los ojos e intentando controlar el impulso de pegarle una bofetada a aquél atrevido. Por supuesto, su cara no mostraba nada aparte de esa profunda indiferencia y el pequeño ceño que cada vez se pronunciaba más y más.

—Por lo menos dime tu nombre —dijo seductoramente. Por supuesto, él ya sabía quién era. La famosa, Isabella Swan, "la mujer más intimidante del mundo", no lo creía. Había llegado a creer lo que decían sobre su comportamiento, frío, distante, calculador, pero él había creído que con un poquito de pasión haría doblegar aquella muralla que tenía construida contra el mundo. Sólo entonces se dio cuenta de cuánto se equivocaba.

Ella abrió bruscamente los ojos y le miró fijamente, reflejando la furia, indiferencia y asco que él le provocaba.

—Si no me suelta, me obligará a usar la fuerza —contestó alzando la barbilla mientras le miraba, ya que era una cabeza más alto que ella.

Bella conocía la posibilidad de que quien acabara mal en un duelo físico fuera ella, pero siempre podría gritar. Él esbozó otra sonrisa, aún más grade que las anteriores, expresando su divertimiento hacia lo que ella decía. Todas las esperanzas de que la soltara amablemente parecían haberse esfumado, por lo tanto decidió hacer lo que había prometido.

—Si me lo pide con tanta insistencia —continuó. Seguidamente su mano derecha intentó darle una bofetada, pero Bella no contaba con que los reflejos de él fueran tan buenos, ya que éste le agarró la mano.

— ¿Esto es lo único que puedes hacer? —con un rápido movimiento la acercó a sí y le susurró al oído. — ¿Isabella?

Ella intentó controlar el escalofrío de placer que le recorrió cada célula de su cuerpo cuando Edward dijo su nombre, pero no se había rendido. Una de sus rodillas se impulsó fuertemente hacia atrás y, soltando una leve risa dejó que fuera hacia su entrepierna. El pobre hombre, que bien merecido se lo tenía, soltó un leve gemido de dolor. Poco después lo vio tambaleándose mientras su cara hacia la función de un semáforo, rojo, amarillo y verde.

—Recuerde que fue usted el que me lo pidió a gritos —se mofó. Seguidamente se giró hacia las escaleras más próximas y casi salió corriendo.

Las escaleras parecían no acabarse nunca y lo que menos quería era que aquel hombre fuera a por ella. Cuando por fin tocó tierra firme, vio al padre de Ángela hablando con los Señores Munthem, cuñada y hermano de éste.

Rápidamente fue hacia el lugar donde se encontraban para así hacerle saber que tenía que ir de una vez por todas con su hija, la cual estaba hiperventilando y sabe Dios qué más cosas se le estarían pasando por la cabeza. De todo, menos huir, o eso esperaba.

Al ir acercándose, las conversaciones de los invitados se iban haciendo más y más claras y por lo que llegó a entender, el esposo de una de las invitadas más mayores se había quedado dormido. No es que lo culpara, ya que la boda se estaba retrasando un poquito, pero tampoco era como un niño. Lo que había sucedido minutos antes sí que había parecido una pelea de adolescentes, por no decir de críos de ocho años. Sin embargo, había conseguido escabullirse de aquella situación tan poco decorosa.

No sabía el nombre de aquel hombre, ni tampoco quería saberlo. No obstante, no entendía cómo era que sabía su nombre. En Inglaterra era muy poco conocida, según estaba informada. Cabía la posibilidad de que el hombre no fuera de allí, pero no se había fijado en su acento.

Dudas y más dudas se formaron en su mente, las cuales fueron obligadas a dejar de venir, al llegar al lado del padre de Ángela.

—Disculpen la interrupción —saludó con la cabeza a los Señores Munthem y se dirigió esta vez sólo a Erik: —Su hija le está esperando en la entrada de la Iglesia. Será mejor que vaya y se preparen.

—Por supuesto —dijo con una sonrisa en la cara. —En un par de minutos estaré de vuelta con vosotros.

Bella había esperado cortésmente a que el Señor Weber se fuera para irse ella también, con una sonrisa un poco forzada. Mientras recorría los pasillos laterales, iba poniendo lilas por todas partes, que por suerte no se habían roto durante el encontronazo con aquel hombre. La madre de Ángela había sido muy estricta con eso y con más cosas, las cuales eran muchísimas.

Cuando su trabajo hubo terminado se colocó en medio de Alice y Jane. Cinco segundos después la marcha nupcial empezó a sonar.